domingo, 5 de junio de 2011

NO SÉ SI VUELVO A TENER MIEDO.



Un hombre fuera de la nevera huele mucho. Un hombre a la intemperie, enroscado, es una crisálida y huele a hombre sólo, a piel transparente, a esa cosa que tiene el extravío.
A esos olores que tienen los hogares de transeúntes, a esas transpiraciones que da la cobardía que nos ata a la vida por hilos transparentes e invisibles.
Oler a no se qué que da asco. Me entiendes. Insoportable en el baremo de los olores dentro de la escala de las repugnancias. Los alientos, las exudaciones, las transpiraciones. La piel como una criba soltando flujos.
Un martes es una circunstancia existencial. Un lapsus. No importa.
No importa de qué manera el destino quiso este final angosto.
No había amado bastante.
O no había odiado bastante.
Me descubrí una mañana de martes tapado con un dominical, por si había rocío. Era brisa. Las hojas aleteaban entre tres arcos ojivales y una maceta de flores silvestres.
No sé como sucedió si en apariencia todo iba regular.
Todo iba de esa forma con horarios habituales. Sujeto a la rutina del plato del día.
En el fondo estaba ella, él, ellos, los otros, y vosotros que no conocía.
Fue una secuencia de días, hasta que el cielo se levantó la tapa de los sesos.
Y empecé a ver la coronilla de Dios. El rabo del diablo, y su pútrido azufre amarillento.
Empecé a ver las mañanas largas como si desplegaran una alfombra hasta el infinito del medio día.
Empecé a mirar por la ventana con mucha paciencia los camiones del reparto.
El de las cervezas.
El de los palets hasta arriba de viandas. Y los ancianos apoyados. Y los niños con un gabán y una mochila de astronauta.
Y detrás de mí la cama deshecha por los cuatro bordes. Un pasillo inmenso que iba hasta la otra parte, en otro lado, a otra ventana.
Me entiendes.
Fueron trescientos noventa y ocho días. Con ese paisaje a diferencias de claridad, noche, día, frió y calor. Sucesivamente una y otra vez la cama sin hacer. Sin ninguna voz que te previniera de la anarquía. Sin ninguna voz de ultratumba. Sólo los chasquidos y voces vecinales, indiferentes.
Llegó un día.
Todo llega en un día, no le des vueltas, es un día concreto. Son los sucesos cruciales de la existencia.
No es exacta la hora.
No es exacto el minuto.
No es exacto el segundo.
No es exacto lo infinitamente menor que un segundo.
Sucede, simplemente.
Despiertas con esa sensación de que estás más solo que la una, o las dos, o las tres.
Tirado. O tirado tiritando.
Tapado por las hojas dobles de un dominical, un martes cualquiera.
No sé si vuelvo a tener miedo.




3 comentarios:

Anita Noire dijo...

No sé que es lo que me pasa cuando te leo cosas como éstas. No sé que decir, me quedo así como muda.
Bss

delia díaz dijo...

""""Por lo demás, no te cuento abstracciones -somos maestros dándole letras a la abstracción- pero te diré lo que pienso, sinceramente:

Si te doy la mano, es eso, una mano firme que te aprieta.
Y lo que sentirás es calor, sinceramente.
Y si te miro, no siempre será alegre, pero te miraré, bien, al fondo, como se ha de mirar.
Y si lloras, lo haré contigo, debajo del mundo que se nos vino abajo.

Pero quedará algo más, siempre queda después un algo, apenas confiscando en una esquina la soledad y el silencio.

Porque ya sé a qué hueles.""""

parafraseándote, te digo, y sin parafresearte, te abrazo...

EDUARDO YAGÜE dijo...

Este texto toca muy adentro. Excelente.