viernes, 2 de marzo de 2012

NO TENÍA NOMBRE.



En su día 21.170 la delató la mirada.
Lo de antes nunca es igual que lo de ahora.
Hablo del último decenio, limitado por dos acontecimientos cualesquiera. Por la noche siento su espalda en un sube y baja. Y hasta cierto punto no sé si debo pensar más, y darme la vuelta.
Empezó con un zumbido en los oídos y acabó hablándole Dios.
Son esas cosas que a veces nos pasan cuando estamos desbordados.
También solía llevar el mar. Y siempre preguntaba si hacía frió o calor antes de salir a la calle. Pero sobretodo siempre preguntaba dónde estaba el mar. Se desorientaba.
Me llamo Rita. O me llamo Concepción. O Paula. O Encarna. O Amelita.
Doblando las esquinas como un cuento de niños hecho de cartones de colores. En los oídos una escalera de caracol y muchas pisadas.
Pero siempre el mar como una plancha en calma de diferentes tonos en la atardecida.
Resonando las olas. Dios y a veces todos los arcángeles allí dentro.
Rita, abriendo los ojos sobre los árboles que retuerce el verano.
Globos en el verano volando sobre la terraza llena de geranios.
Amaranta cocinando calamares que saltaban como si estuvieran vivos.
O Genoveva, poniendo a remojar lentejas.
O Corina, dándoles vuelta a las sábanas plegadas en el armario.
No sé si sabes lo que es querer a alguien. Si quieres a alguien no quiere decir que lo conozcas. En una película escuché que solo conoces a los que odias.
María, cocinando canelones. Amasando harina. No sé.
Acompasados sus hombros, sus brazos, en sus dos manos bolsas de plástico con leche desnatada, lechugas, zanahorias. Compraba por afinidad o por los olores.
Arriba cuatro formas un resquicio de luz escaleras arriba. Pausadamente en cada rellano aquel zumbido de serrucho antes de que apareciese Dios. Luego todos los santos hablándole.
A veces, por el pasillo la llamabas a la alta la lleva. Y la voz volvía desde la salita como si hubiera chocado en las laderas de Gredos: ¡no está Azucena!
Iba a buscarla a ultramarinos La Familiar, y la ponía mirando hacía la puerta con dos botes de pimientos en las manos, y las monedas sueltas en el bolso del mandil.
Caminaba delante de mí por si acaso se pasaba del portal de las aldabas doradas.
Cuántas veces dibujando sobre un papel de estraza redondeles que eran el sol y la luna, y casas que tenían varias chimeneas, y un árbol que tenía frutas redondas que eran naranjas amarillas sin su color verdadero.
Yo por las noches la apretaba contra mí con una mano debajo de sus caderas. Éramos dos allí juntos, quitábamos la almohada, respirando sobre su nuca. Le decía detrás del cuello: Rita, estás ahí, dime si te habla Dios o todo está en silencio.
A veces yo escuchaba en su cabeza. No fuera a ser verdad que Dios le hablara a mi mujer que ya no tenía nombre.
En su día 21.171 ya no contestó por su nombre.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Escribes viejo.
Eres patético.
¿? ...

KENIT dijo...

(¿? ...)
De todas formas, y aunque no te guste, si me has leído, ya es suficiente. Gracias.
Un saludo.

delia díaz dijo...

los nombres, nombrar las cosas, las personas, reducir hasta comprender y nominar lo comprendido...

sabes aquel que dice que mejor que hablen mal a que te ignoren?
pues eso, escribes tú, y a muchos nos gusta... incluso habrá a quienes les disguste, pero ampararse en el anonimato para escaldar, pues no escalda pero rebota, por ejemplo, en mí... y lo que en mí rebota vuelve con fuerza multiplicada; cosas de la física cuántica y la teoria de la incertidumbre: a más te observo, más cambias
y me gusta lo que observo, y me gusta el cambio...

pero, también, me cabrea la cobardía del anonimato porque se parece mucho a caca de perro sin pedigrí lleno de pulgas y sarnoso, aunque entonces me acuerdo de mi abuela cuando decía que si pisabas una caca tendrías buena suerte

Damián Aguirre dijo...

No le hagas caso a las críticas estúpidas que uno no escribe viejo sino fiel a su propio estilo. Y tu estilo me gusta =) Abrazo!