martes, 29 de abril de 2014

Y NUNCA MÁS.




Cinco años antes había llegado a la puerta. Aún la recuerdo, de dos hojas que se abrían a la mitad, la de abajo debía de permanecer casi siempre cerrada, la de arriba abierta para la ventilación. Llegar hasta allí fue relativamente fácil en el sentido de que sólo era caminar dando dos vueltas en zigzag para acabar en un tramo recto que te llevaba a la casa. Las vías del tren pasaban por la parte posterior, y cada doce minutos aproximadamente transitaba un mercancías o un tren de pasajeros, y siempre aquel pitido que empezaba en la lejanía, que se acercaba y se alejaba con diferente tono, como si la vibración se disipase al alejarse y se concentrase al acercarse.
Poco después estuve mirando por una ventana. Era usual en mi ver el camino por el que había llegado, reflexionaba cómo habría podido caminar tanto, cómo habría podido llegar hasta allí por aquel sendero lleno de tortuosidad, cómo habría podido guiarme por aquella senda cinco años antes.
De todas formas me acordaba como si fuera ahora mismo el primer silbido en la lejanía, sus fluctuaciones al acercarse, cuando ya estaba cerca como un chasquido, y luego el sosiego y su particularidad al alejarse hasta una suavidad casi infinita para entrar en un intervalo de casi silencio, sólo la brisa al agitar las hojas de los abedules que crecían en el entorno.
No sé cuánto. A veces pienso que aquel día el sonido empezó muy lejos. Y pude adivinar por su tono que era un mercancías. Puesto de pie con la cara vuelta a la ventana que daba a las vías. Había calculado con cierta dificultad la distancia desde una robusta viga larguera hasta un caldero de zinc emborcado sobre una mesa blanca y hule azul. En qué instante fue de ahora mismo en que procuré aquella coincidencia, el silbido en la lejanía acercándose, el calculo previo de mi balanceo, para que entre todo el estruendo, con aquella probabilidad cumplida, mis ojos se cerrasen sobre mi boca abierta.

Y nunca más.

miércoles, 2 de abril de 2014

POLILLA.


Cuando por la noche hay mucho silencio se escuchan las polillas oradar las vigas largueras. Algunas veces pienso que están dentro de mi y que me comen. No hay nada más íntimo que estar sólo cuando hay mucho silencio.Si es de noche el silencio es tan espeso que no puedes apartarlo con las manos.
Dana se fue el mes pasado de abril y no la esparcí por las laderas de Pastur. Es una promesa incumplida a una muerta. La tengo dentro de la lacena junto a los tarros vacíos que juntábamos para hacer mermelada de manzana. Tuve la ocurrencia de ir bebiéndola con el café, mezclada con el azúcar que lo hizo pardo. Todos lo que venían a verme llevan un poco de Dana en sus entrañas, o no sé si queda algo allí, en las entrañas, o se caga o se mea, y a dónde va después, si al río, por torrentera, o se queda en la tierra, o en el cuerpo como un metal pesado. El caso es que desde hace unos días tengo esto aquí, en el estómago, como si fueran las polillas que abren túneles sobre las vigas maestras.

Me resquema el alma o eso que se te pone y no sabes donde está cuando te pasas las manos en plena desnudez.

Vino su prima Zaida la de Busmente y me dijo la echaste donde ella decía y yo le dije la esparcí todo por entre la ballicada y las hierbas de la maldición, y parte del polvo voló sobre el tejo de la santa de Pastur, y otro poco salio hacía arriba, muy alto, y no puedo decirte a donde llegó. Mientras sacaba ropas de Dana de la cómoda yo le hice un café sin achicoria y le metí antes del azúcar dos cucharillas medianas de la urna, y el café se puso más negro aún, como si se cortara al revolver. El azúcar lo puso ella a buenas dosis y lo tomó soplando entre sorbos, y yo la miraba como se le iba poniendo la cara coloradita, y fue que se metió la mano en el regazo apretándosela mucho, eso después de unos cuantos minutos, como sofocada y mirándome con fulgor, muy extraña su mirada a ojos altos de deseo. Suspiro muchas veces y me senté con ella sobre la artesa amarrándola por allí a un puñado que no me cabía su coño, me calentaba la mano, que estaba que ardía, y no dijo nada, suspiraba más, ahora con la boca abierta. La engarce a braga subida de lo caliente que estaba, y cuando jadeaba talmente me parecía la carraspeada y áspera garganta de Dana cuando le cuadraba la segunda semana. Se la metí hasta atrás y la sostuve como un hombre. Las pantorrillas se le pusieron así, con una costra suave y grasienta.

Me sube como un sopor.
Es como si llenaran una botella de vino rosado.
Una sensación como si me fuese llenando de algo desde los pies a la cabeza. Algo tenue que va marcando mi piel de una endeble sombra colorada.

Es ella.
Se ha metido en mi.

Vino la cría de la Perota con sus diecinueve añitos a traerme el libro de familia con la Dana cerrada donde las defunciones. Le dije, Marita, no te vas de aquí sin tomar un café, y ella que no quería, y yo insistiendo, venga mujer, que aún te queda toda la mañana en el ayuntamiento, y así, que mientras esperaba viendo los cerezos de la huerta tan blancos, le puse dos de la urna y una y media de azúcar con unas rebanadas de brazo de gitano. Lo tomó muy rápido, la veía sorber mirándole a la carita rellenita, mientras sus papitos tomaban aquel color carmesí. Esta fue algo así como si le entrara escozor, era como si no estuviera en si misma, los ojos muy abiertos mojándose los labios con la lengua. Me arrimé a ella desconfiado y también le puse la mano allí abajo, estaba como una ascua, derretida, la envergué a tirón llevándome el virgo por delante, dio una mueca de dolor pero disfrutó a lo bruto, a lo muy hombre también, y sin miramientos. Se fue con la sayalita manchada con unos puntitos de sangre.

Vino la maestra a traerme unos bordados de canutillo olvidados en la catequesis del centro social.
Vino la mujer del secretario, la Pura, con una cesta de higos rojos.
Vino Prudencia la de ultramarinos el Coloso.
Vino Adriana la mujer del Ciprian el de la Ferretería, a interesarse.
Pasaron muchas mas ya tomadas en años o con el virgo reciente.
Todas tomaron café espeso dandole muchas vueltas.
Y todas en un momento u otro, cuando la tenían dentro, jadeaban como Ella, de esa forma desesperada, con aquel gorjeo como si Dana estuviera dentro de sus bocas y fueran los gemidos del mismo demonio.

Estoy casi lleno, con una marca endeble que se me aprecia en el mentón.
El labio inferior como ceniza.

Fueron muchas noches de silencio y de carcoma, las manos estiradas hacía donde ella reposaba.
Cuando llegó septiembre la urna tenía casi los diez dedos menos. Cogí a la Encastrada y la cinche con la albarda de tiro. Me subí a la mula a eso de las seis de la mañana con luz por las lomas del Xisto, llevaba la urna envuelta en un mantel blanco con bordes de filigranas azules. La niebla estaba puesta según íbamos por las retuertas, de esa forma pegajosa dejando lastrones húmedos y las hojas con gotas como lágrimas. Cuando llegamos a Pastur era una raya quebrada arriba azul y abajo verde.
No me bajé de la mula, desenvolví la urna y la agité al aire, fue como un soplo turbio sobre algo transparente, iba hacía arriba y a los lados, me quedé allí mirándolo como si tuviera forma de un ser del otro mundo. Y me di la vuelta.