domingo, 31 de julio de 2011

ES TU GRAN DÍA.



Shadow.
Estoy configurado para viajar en las sombras.
Borrando mis pasos un viento extrañamente milagroso.
Sendas de vacas, asnos, mulas, caminos alargados y hundidos por las ruedas de los carros que recogen el agua del diluvio.
He salido por una ventana abierta, tres piedras en dolmen llenas de hiedra que entra y sale entre losas de pizarra.
Shadow.
Hacía los cementerios buscando los muertos, entre tumbas que huelen a moho humedecido.
Me sabe a gloria no tener sabor.
No sentir mis pies.
No ser descifrado.
Poder abrazarte con manos que no aprietan, que no dan calor.
Llegar a tu boca, meterme en ti.
Shadow.
Es tu gran día.

miércoles, 27 de julio de 2011

NO QUIERO SER UN ASESINO EN SERIE.



Me habían abrazado de esa forma. La cabeza se te queda sobre el cuello del que te abraza. Lo hueles. Sientes una suave sensación de calor. Y con los ojos abiertos al otro lado de su nuca miras un paisaje usual. Cómo no vas a comprender qué es un abrazo simple, no tiene nostalgia, no tiene nada de particular. Unos segundos protocolarios. Luego te vuelves hacía atrás y tienes que verle la cara.

No lo conocías.

De esos abrazos a patadas, quiero decir muchos abrazos de esos.

A mi me dio aquel estado depresivo paranoide en el climaterio, poco antes de la vejez. Es una predisposición así. Les daba por abrazarme sin mucho calor emocional en los abrazos, y eso me hacía notarme más desatendido aún.

Poseído de incoherencia verbal, en el sentido de cambiar rápidamente de tema sin un sentido lógico.

Las otras manías de ir por la calle comiéndoles el coño a las mujeres. Imaginando. Imaginando cuando llevaban falda sus muslos apretados, en una cola del supermercado, en la cola del autobús, etc, etc,etc. Sus muslos escondiendo su manjar. No me importaría el momento, ni como estuviesen de saladas o pútridas. Imaginaba. Mi boca allí. Metida mi lengua todo lo profundo que diese, revolviendo mi lengua en aquel hermoso coño que imaginaba.

Follar luego, no. Sólo coños. Es eso: coños y coños.

Sin más. Apriétame. Déjame que por lo menos ponga mi oído sobre tu corazón.

Hay una turbulencia sobre mis ojos. No afronto con inteligencia mi problema cotidiano. Salir a la calle, o frotarme bajo la ducha, sacármela para mear indistintamente fuera o dentro. Mi propio olor como una sensación de existencia.

Pretendo que me achiques a gatas. Has puesto con tus dedos una olorosa crema incolora. Y me aprietas cogiéndome por los hombros. Abrazas mis omoplatos y te siento dentro con cierto dolor. En realidad pensaba que era diferente ese gusto. Tiene de particular lo que esperas, con que ímpetu te la meten y luego te la sacan.

Solo sus manos en tus caderas oblongas. Restos de humedad y palmadas en el culo.

Me abrazaba porque estaba solo mirando a no se donde. Llegó hasta mi. Te acerca. Siento sus manos en mi espalda, arriba y abajo la palma de la mano. El aire estaba allí pasando de un lado al otro. En mi cara como una mano de aire que no me toca y tengo que adivinar. Es el aire en forma de mano.

La falta de actividad es una consecuencia que origina un descenso vertiginoso en tu escala social. Si tus signos psicomotores son propensos a la entropía cero: olvídate.
Quiero decir. Caminas como un autómata. El pasillo de tu casa es un trayecto lleno de peligros. Caminas con las manos estiradas sobre tu cuerpo. Vas deambulando.

Un coño está ahí. Apenas unos pelitos en el frontispicio y tú lo besas alrededor. Huele ligeramente a orina. Es una emoción abrirlo. Abres la boca como si fueras a gritar. Nada que objetar. Lo comes una y otra vez.

Los coños tienen sorpresas como los huevos Kinder.

La fase aguda de mi esquizofrenia tiene momentos dichosos. No siempre soy proclive a la negatividad.

Y me abrazas.
Sé que estas ahí. Quitas tu cabeza y siento tus manos en mi hombro.
A veces es suficiente que me dejes oír tu corazón.
Cuento durante unos instantes los latidos: uno, dos, tres, cuatro..
No quiero ser un asesino en serie.

domingo, 10 de julio de 2011

NO SÉ SI LO HE SOÑADO.



Me subí a un sauce blanco.
Obsesionado por saber por qué los pájaros no se caen al suelo cuando duermen por la noche.
-Mira.
Se agitan las ramas con el aire y no se caen. Permanecen atados milagrosamente.

Las luces de la noche eran como el café con leche, sobre montañas con un verde que subía desde el mar, ya oscuro. Una franja marrón claro en el cielo asomada por las montañas hacía poniente. Eso era lo que ocurría con la claridad. Todo muy tenue.
El olmo tenía las ramas como una mano abierta sin un dedo, de tallo bajo, frondosamente derramadas las hojas que lloraban hacía el suelo. Muy tupido.
Yo llevaba unos tirantes con peto que sujetaban unos pantalones cortos, y unas sandalias muy abiertas. Las sandalias se me caían con facilidad. Si ascendía. Si corría. Si saltaba. Si caminaba despacio sin cuidado.
Subí por una de las ramas que daban a donde el sauce más lloraba, cientos de hojas tapándome la cara.
-Paulatinamente.
Quiero decir que el suceso ocurrió según tenía imaginado.
Si te quedas quieto en un sauce llorón con un ligero correr del aire, te llega un sonido como a hierba seca desplazada. Todo es normal, la vida allí. Lo diminuto. Lo grandioso. Lo que parece no existir pero existe.
-Y esperas.
De un momento a otro los gorriones y otros pájaros que desconozco llegan sigilosos. En un principio haciendo cabriolas. Algunos retornando el vuelo no sé a que sitio. Otros atusándose, moviendo su cabecita vertiginosamente.
-Plenamente.
Ya era la noche plenamente.
Sobre las once de la noche.
Llego un gorrión de viaje. No sé de qué destino.
Mi padre, mi madre, mis hermanitas habían pasado hacía media hora debajo del sauce dando voces, gritando: Paquito, Francisquito, Nenito. Vi las coletas de mis hermanas y el sombrero de mi padre, la blusa apuntillada de mi madre, y me quedé más quieto aún, todas las hojas del sauce parecían llorar sobre mi cuerpo, tapándome, haciéndome desaparecido. Casi invisible. El gorrión que había llegado de viaje se quedó a un metro de mi, sobre una ramita de apenas unos milímetros de espesor. Tuve que apartar de mis ojos unas hojitas que lloraban a raudales y pude verlo quieto en una posición inicial erguida. Luego lentamente se fue encogiendo, casi la cabeza metida en su cuerpo, los ojos entrecerrados, agachado sobre sus uñitas agarrotadas encima de la rama diminuta.
No volvieron a pasar mis padres y mis hermanas. La noche quizás estaba sobre mi, apenas veía en algún ralo de hojas que no lloraban un grupito de estrellas.
Por la mañana aparecí agachado sobre mi cuerpo. Me sorprendió el ruido de una escalera al apoyarse sobre la fuerte rama, eran dos hombres raros. Sentí sus manos calientes sobre mis pies desnudos, se afanaban por desatar mis dedos que bordeaban fuertemente la gorda rama, yo en cuclillas, la cabeza metida en mi pecho y las manos escondidas sobre mi espalda.
Por la noche no se ve.
No sé si lo he soñado.

sábado, 9 de julio de 2011

LA OSCURIDAD DE MIS BRAZOS.


Me acabo de estirar todo lo largo que doy.
Me veo en el espejo del armario en la esquina derecha de la cama.
Un pingüino, de repente, se extravía de su manada y va caminando como un cura por la sabana helada setenta kilómetros o más hasta que se muere agotado.
No hay una razón explicable. Quizás la locura.
Hay un hormiguero en forma de montículo de hormigas rojas sobre un sendero lleno de restos de hojas resecas y maderas peladas. Sigues caminando unos veinte metros y observas una hormiguita perdida que lleva entre sus fauces diminutas un trocito de insecto. Si la observas detenidamente da vueltas en círculo, desorientada, perdida del pequeño nido apenas unos metros más abajo - es un mundo de desesperación-.
Mi padre una vez se marchó de casa como a las doce del medio día. Lo fuimos a denunciar a la guardia civil. Apareció al día siguiente lleno de arañazos, con los pantalones rotos y unas sandalias por donde se le veían los dedos de los pies ensangrentados. No sé aún cómo pudo volver. En qué momento se dio cuenta de que tenía que volver. Ni cómo se orientó para volver desde donde había salido.
Me estiro todo lo que doy. Me da gusto estar tirado sin nada que hacer. Me vienen cosas a la cabeza sobre olvidos. Esa sensación que existe en la que no sabes dónde esta el coche aparcado. O lo que ibas hacer un segundo después de ahora mismo. Muchos segundos de olvido de ti mismo.
De repente.
Me da por no saber lo que hago aquí.
Hay otra vuelta y es ponerme boca abajo.
Mi cara sumida dentro de la oscuridad de mis brazos.

viernes, 8 de julio de 2011

SE LO COMO.


En el oído.
Llevo unas pocas de microondas. Ondas onduladas a no sé qué frecuencia.
Moodys te pone la nota y te jodes. Yo me abstraigo. Por las mañanas hay un largo paseo lleno de botellas por el suelo, huele a todo lo que dejó la noche. Unos jóvenes con las piernas largas se descubren. Ahora me huele a pócimas, mi olfato tiene secuelas como si todo fuera con sabores de pólvora dentro de una mecha lenta.Nubes a borbotones por los flancos del mar, a derecha e izquierda en algún sitio, nacidas, sopladas por el viento (dedícate a adivinar sus formas).
A los ancianos nos sobra la noche y nos pica la polla y vamos sobreexcitados moviendo las venas a un lado y al otro.
Aún podríamos follar si nos la sorbieran.
No sé si me escuchas. El Señor Moodys está reflexionando y estás suspenso.
Es imposible que no pase algo. Un brazo dormido o cosas así. Un día no puedes hablar con el otro lado de tú cabeza. Mientras tanto me hierve la sangre, y las veo culonas, y aunque no tengo potencia las deseo envorcadas, cuanto más grande el culo mejor todo. Mi pellejo metiéndoselo a puñados, besarles el culo por el ano, pasarles la lengua todo lo larga que es. Ando más salido que el pico de una cigüeña.
Llevo un pingajillo y unos pololos con machas de colores, unas sandalias, una camiseta blanca, y una gorra chuleta.
Bordeo por la acera arriba hasta los astilleros vacíos.
La radio pequeñita me dice todas las cosas que necesito.
Los de Moodys nos están jodiendo bien jodidos.
Yo aún me follaba a la Christine Lagarde.
Y si hay que comerle el coño se lo como.

jueves, 7 de julio de 2011

NO TENÍA NOMBRE.


Empezó con un zumbido en los oídos y acabó hablándole Dios.
Son esas cosas que a veces nos pasan cuando estamos desbordados.
También solía llevar el mar. Y siempre preguntaba si hacía frió o calor antes de salir a la calle. Pero sobretodo siempre preguntaba dónde estaba el mar. Se desorientaba.
Me llamo Rita. O me llamo Concepción. O Paula. O Encarna. O Amelita.
Doblando las esquinas como un cuento de niños hecho de cartones de colores. En los oídos una escalera de caracol y muchas pisadas.
Pero siempre el mar como una plancha en calma de diferentes tonos en la atardecida.
Resonando las olas. Dios y a veces todos los arcángeles allí dentro.
Rita abriendo los ojos sobre los árboles que retuerce el verano.
Globos en el verano volando sobre la terraza llena de geranios.
Amaranta cocinando calamares que saltaban como si estuvieran vivos.
O Genoveva poniendo a remojar lentejas.
O Corina dándoles vuelta a las sábanas plegadas en el armario.
No sé si sabes lo que es querer a alguien. Si quieres a alguien no quiere decir que lo conozcas. En una película escuché que solo conoces a los que odias.
María cocinando canelones. Amasando harina. No sé.
Acompasados sus hombros, sus brazos, en sus dos manos bolsas de plástico con leche desnatada, lechugas, zanahorias. Compraba por afinidad o por los olores.
Arriba cuatro formas un resquicio de luz escaleras arriba. Pausadamente en cada rellano aquel zumbido de serrucho antes de que apareciese Dios. Luego todos los santos hablándole.
A veces, por el pasillo la llamabas a la alta la lleva. Y la voz volvía desde la salita como si hubiera chocado en las laderas de Gredos: ¡no está Azucena!
Iba a buscarla a ultramarinos La Familiar, y la ponía mirando hacía la puerta con dos botes de pimientos en las manos, y las monedas sueltas en el bolso del mandil.
Caminaba delante de mí por si acaso se pasaba del portal de las aldabas doradas.
Cuántas veces dibujando sobre un papel de estraza redondeles que eran el sol y la luna, y casas que tenían varias chimeneas, y un árbol que tenía frutas redondas que eran naranjas amarillas.
Yo por las noches la apretaba contra mí con una mano debajo de sus caderas. Éramos dos allí juntos, quitábamos la almohada, respirando sobre su nuca. Le decía detrás del cuello: Rita, estás ahí, dime si te habla Dios o todo está en silencio.
A veces yo escuchaba en su cabeza. No fuera a ser verdad que Dios le hablara a mi mujer que ya no tenía nombre.

miércoles, 6 de julio de 2011

LEVEMENTE HACÍA LA MUERTE.


Poco después de andar a gatas con esa simplicidad que me daba la niñez por haber nacido en el campo, las palabras clásicas que me decían si tocaba, si sobaba, era cacadevaca, si husmeaba, era cacadevaca. Si era agosto había largas tardes con las contraventanas cerradas y yo me iba a escarbar en los montículos de caca de yegua, de la caca de vaca reseca para buscar escarabajos peloteros que encerraba en cajas de cerillas. Tenía también algún ciervo volador. Al final quedaban allí colgados sobre varales de fréjoles o sobre emparrados de cercas con pequeños hilos de coser, agitándose, crucificados.

El comezón de mi padre por las piernas arriba, en agosto también. Sentado sobre el jergón doblado hacía adelante con aquel movimiento de rascar y rascar antes de coger un tubo de pomada blanca y darse friegas. Al otro lado el aire venía por la carretera moviéndose en espejismos de fuego, y todas las moscas, y todas las moscas que había.

Llegaba el baboso de Lantero, un tonto, con una chaqueta grande y unos pantalones atados a fardel viéndosele el ombligo, rajadas las hombreras. El viento bordeaba las campanas de la iglesia por la siesta.

En la cama de mis padres había dos huecos en el jergón de tanto tiempo. Algunas veces las nubes eran hacía abajo y de formas raras. Grandes moscas había sobre los pomos y chocando contra las ventanas. La puerta de la habitación de mis padres daba aquellos brincos al balancearse por la brisa ardiente sin sofocar que la agitaba, con un sonido a pena. Y veía el culo de mi madre hacía atrás y la mano de mi padre todo lo grande que era, cuatro dedos allí metidos, escarbando. Luego dispuesto agarrado a aquel gran culo como si llevara manillas, de rodillas sobre el jergón, una y otra vez hacia adelante, mi madre sonando a carne contra carne estampada, y caído mi padre derrumbado como un árbol con un gruñido de res, derribado sobre las espaldas desnudas de mi madre, a eso de las cuatro de la tarde.

Corría hacía los varales de las cercas. Los hilos colgando con los bichos huecos e inermes. Y el último ciervo volador vivo agitando sus cuernos muy despacio.Tan levemente hacía la muerte.

martes, 5 de julio de 2011

LES CIERRES LOS OJOS.



Hemingway era muy valiente. Una barbaridad. Llevaba a cuestas un sarpullido mental. Robert Capa hizo instantáneas maravillosas. Se caía la Luna en Extremadura. Y por las sierras de Madrid había piedras desgastadas por el viento de Dios. Todos ellos bajaban a retaguardia y se abrían el pecho para recibir besos, o la levedad de alguna mano de niño. Para que les posasen sobre sus pelos blancos en forma de sortijas alguna flor roja.
Indistintamente.
Indistintamente todas las cárceles eran un frente. Y los dedos abiertos esperaban entre los sacos terreros pidiendo los muertos que les cerrasen los ojos. Ellos estaban allí altruistamente escuchando canciones. De los olores no hablo. Del sufrimiento que estimo en las imágenes. Mis ojos parados sobre el blanco y negro. Muchos minutos buscando las vidas que hay tras imágenes llenas de tragedia. Vislumbrando qué describían las palabras, una y otra vez releídas, por si capto algo que me trasporte ensoñándome con los ojos cerrados, tal como hoy cinco de Julio del 2011.

Me rasco los huevos sobre un colchón nuevo que huele a viscoelástica Flex, y doy gracias por no haber vivido una guerra. Por observar las guerras ajenas en el África, en el Oriente Medio, o por donde Buda se sentó a contemplar, o por donde los ojos oblicuos van descalzos, mirando oblicuo. O las guerras imploradas por los guerreros mejicanos del narco tráfico. También doy gracias por no tener un cacharro tuneado por un negro de fuertes pectorales en las calles de Miami. De no tener la piel de un nórdico arrasada por el sol. De todas formas, incluso aquí echado sobre un colchón flex, ahora mismo añoro de aperitivo un culo grande de negra, que se de la vuelta, que me coja a horcajadas por mi nuca, y me meta toda mi boca abierta sobre su coño, y que le de vueltas como un estropajo, y que me haga beber todo su néctar grasiento como a un niño de casiteta.

He dicho ayer que tenía un nanosegundo de edad.

Absolutamente amanecido Gijón. El mar no es cruento. Las gaviotas se abanican por el aire. Ha subido hasta mi el portentoso olor de algas. Paso la lengua sobre mis encías y me adivino descubriendo rincones inexplorados de mi mismo.

Pude haberme hecho un tacto rectal.
Necesito una bocanada de flujo dentro de mi boca.
Eso de una puta vez.
Desnúdate. Ven a sentarte despacio sobre mi cara.
Muévete a lo danza maroíe. Hazte diez hakas seguidas.
Cágate encima.

Han vuelto a retratarme en blanco y negro en mi mejor agraciada postura.
He dicho ayer que tenía catorce mil millones de años.
De ayer a hoy.
Cuánto es de ayer a hoy

Y me digo que el fin del mundo está donde tú deseas que esté. No debes irte a donde Jacques Piccard bajó en el mar con un tubo en la boca a más de diez mil metros. O donde el Capitán Nemo tenía un nido de medusas entre peces completamente planos. Que no te cuenten el cuento de Roald Amundsen en el Polo Sur, no te creas los viajes de Marco Polo. El fin del mundo está aquí, sobre un mullido colchón Flex apoyado en un tabique de color verde.

Y ahora pienso que haber vivido fue difícil a medias.
Que es difícil saber que tengo que seguir viviendo.

Cuando me hago tactos rectales a mi mismo quedo insatisfecho. Algunas veces certeramente miro páginas de chicas de compañía y me hago una paja de doscientos euros en una hora, y luego piso los doscientos euros y me los guardo en el bolsillo izquierdo.

De todas formas envidio a Ernest Hemingway.
Me viene olor a pólvora. Los sonidos de los aviones son como cuchillos que retumban. Desde hace días vienen cada poco. Sobrevuelan un paisaje en blanco y negro y vuelve a caer la metralla sobre cúpulas de iglesias destrozadas, sobre casas cien mil veces derrumbadas. Y hay cuerpos sobre la Cibeles tapada con sacos terreros en la misma acera circular que han dado un giro sobre si mismos, inverosímilmente (dada media vuelta la cadera), y los ojos tan valientes abiertos hacia el cielo.
Los muertos siempre imploran para que les cierres los ojos.

lunes, 4 de julio de 2011

ME ATAS A LA VIDA.



No sé si es al amanecer o antes del amanecer. Existe el silencio. El silencio no sé si existe del todo, o lo que es en realidad el silencio. Un reloj de pared va y viene. Cruje un mueble. Algo en equilibrio inestable se ha ganado el equilibrio indiferente. Si eso ha ocurrido, algo ha vibrado. Algún mueble se dobla levemente. Luego los sonidos lejanos que entran por la ventana entreabierta. Hay un momento en que en la calle no pasa nada. Entra un siseo de brisa, los visillos son un péndulo. Y el ruido de la ciudad (fuera) es como un motor encendido. Un perro ladrando es lo más inmediato que oigo. Y de indiferente a estable, por una extraña casualidad, un pequeño platito cerámico se hace añicos y se disgrega.

Debo tener unos siete años. Debo tener sesenta años. Debo tener mil años.
Debo tener un segundo.
Quizás no exista.

Te molesta mi calor. Han cerrado una puerta suavemente y el aire está aquí, empujándose.

Mi calor contra tú espalda. Apenas si respiras.

Llevo aquí una centésima de segundo, o llevo aquí tres mil millones de años. O nunca estuve aquí.

Me oigo en tu espalda.

Estás ahí. Siento tu corazón.
Me atas a la vida.

sábado, 2 de julio de 2011

LLEVO UN ARMA.


Si estás leyendo esto es por que no estás muerto, pero en el fondo sé que quieres estarlo, adivino que varias veces has intentado suicidarte sin resultados positivos; porque en el fondo eres un cagado de mierda, y ni se te ha pasado por la cabeza aquello tan manido de: “…si me suicido me llevo a medio mundo por delante…”. Pues bien, amigo, hoy ha llegado tú hora, si no te suicidas tendré que pegarte dos tiros. Si me ves, ponte en lo peor, soy tú mano derecha y llevo un arma.

viernes, 1 de julio de 2011

PENSAR DE NUEVO.


Mis dudas habían empezado a eso del mediodía. Es ese estado en que te paras a pensar y luego prosigues y prosigues, parándote otra vez a pensar. Estuve así unos diez minutos, algo que no es normal en mí. Los que me conocen saben que soy decidido y que pienso las cosas lo justo. El caso es que venga a darle vueltas sin encontrar la solución sobre aquel dilema (llamésmole así), que ya empezaba a obsesionarme. Me habían dicho que así se iniciaban los conflictos, y que de allí a la desesperación existía un corto paso. Cuando estaba llegando a las doce y diez, se me vino aquella idea congruente y desistí del intento. Cerré la llave del gas y abrí todas las ventanas. Así es como se lo cuento, así sucedió, y no vamos a darles mas vueltas a las cosas. Sólo deseo, Señor Comisario, que no me de por pensar de nuevo.