martes, 31 de diciembre de 2013

TIEMPO.




Si te fijas,
cuando me fui
este mundo ya no estaba conmigo.
Casi entre dos estaciones:
flores recientes y hojas envejecidas.
Ya no era real.
Lo suave o lo rudo, la ternura,
lo agrio, lo dulce,
el dolor, el placer, la mano tenue,
y de qué lado los sonidos
ni de qué forma las cosas.
Nada.
Si no me encuentras para el abrazo,
si no me ves,
ni me sientes,
cierra los ojos,
recuérdeme,
compareceré ante ti
con la gloria que tiene la fuerza,
de los brazos a veces abiertos
con ese afán de apretarte.
Entiéndeme.
Ya debes considerarme sin tiempo,
sin medida.
Si te fijas,
para ti,
estaré en todo lo que he mirado.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

HUECO.



Concluida una historia muy larga,
tantas veces a esta hora en este día,
la esquina que daba a la ventana,
el pan blanco, dos platos,
dos vasos.
De cierto no sé cuánto tiempo,
viendo avecinarse el futuro,
hasta que un día la casualidad
se detuvo,
y fue más amplia la luz,
más difuminada la penumbra,
más solitario el hueco,
sin nada,
en silencio,
aquella hora repetida,
miles de veces.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

GARBANZO.



El hombre que estaba presente era una institución. Después de varios intentos de suicidio mal preparados le daba por creerse inmortal. Y así lo hacía saber en las sidrerías con mucha algarabía. Se hacía llamar el inmortal de Pénjamo. A veces entraba con unas pistolas de juguete que blandía a diestro y siniestro dándoles vuelta sobre sus manos, y metiéndolas de nuevo en unas cartucheras recubiertas con papel albal.
Lo normal era pedir una lata de berberechos en la propia lata y un palillero, pedir un vaso de vino y empezar a picotear igual que un pajarito, en el mismo medio de la barra, casi desierta por las mañanas, con un frió de noviembre aterrador que se notaba al abrir la puerta.

Otro día se llamaba Penácaro y era saxofonista para lo cual llevaba un cepillo de barrer sobre el hombro. Lo soplaba por el mango con cierta parsimonia, pintados a bolígrafo unos agujeritos alternados por donde iba pasando los dedos según lo que se tocase.

Transcurrían los días entre el sembrado de serrín y aquellos olores especiales a plato del día: cocido de berzas, gulas en conserva con huevos, fritura de patatas, pimientos asados y la acidez de la sidra que lo abarcaba todo, entre rancio y agrio, como si aquel mundo fuera siempre igual, pero como si alguna especie extraña le diera cierto especial aroma para diferenciarlo.

El trilero entró a las doce de la mañana sin dos dientes y con unos tenis de color negro, enjuto, casi sin grasa en la cara, se le notaba la calavera, el pelo rapado, muy endeble, y de una altura descomunal que le hacía mirarlo todo desde arriba. Cuando pidió un caldo salio la mujer de Calimero del fondo de una cortina llena de tapas de botella colgadas sobre hilos, como una aparecida. Un caldo que llevase algún rastro de huevo cocido, algo que alimentase y calentase a la vez.

De aquella Penácaro se llamaba Tijuana, y llevaba un machete de reyes de baquelita brillante y cromada y una funda a lo espadón mejicano de la época del Álamo. Marcial en su porte militar, muy de pie, daba vueltas sobre si mismo tremendamente rígido. Toda la noche había estado hablándole el espíritu santo y lleno de palpitaciones. Ahora con su lata de berberechos, en cada uno un palillo de pie, cuarenta y ocho palillos equilibrados como desfilando, comiendo berberecho a berberecho muy despacio. Luego se bebía lo que quedaba en la lata. Tierno y salado. Desatascador.

Delante de él aparecieron tres cáscaras de nuez como la mitad de un cerebro, dándose vueltas a un lado y al otro. El dedo de Tijuana daba a una señalándola, pero debajo aparecía el silencio. Daba a otra y aparecía la nada. Daba a otra y estaba el alma. Daba a otra y estaba el infinito. El enjuto era tan hábil que sus dedos parecían los leves cables de un saltimbanqui. Le dijo, ahora pones un euro a la que quieras, ya has tenido entrenamiento suficiente. Los ojos de Tijuana tenían demasiada abertura para ser normales, y los del trilero estaban dentro del abismo, muy profundos. Volvían a pasar los cascos de nuez y su cabeza se movía como un gato cuando se para un ovillo. Y al menos que el silencio no había nada debajo.

Hasta la una y media fueron ocho euros y dos latas de berberechos y tres caldos.

En el fondo de la barra reposaba una menbrillera con su queso de bola rojo, y había una estampa de la la Santa de Covadonga y muchas de fútbol, y dentro del cristal un largo cuchillo jamonero de gran estrechura.

Pudieron transcurrir muchos instantes así contados con su cadencia. Parroquianos sólo había dos nuevos con una pinta de vino al lado del codo, y la mirada perdida. Pasaron las cuescas de nuez muy solas pero muy rápidas en perfectas parábolas en forma del infinito, siempre debajo estaba el cero absoluto, o el ser, o la santísima trinidad, el alma ya no se contemplaba. El trilero sorbió de una vez unos posos de huevo y se dio como media vuelta hacía un túnel blanco, no se de qué forma el cuchillo jamonero se quedó allí sujeto a su cuello como a un madero, y casi de pie, dándose la vuelta primero se fue cayendo de bruces, mientras su brazo arrastraba lo poco que había sobre  la barra: una nada, un infinito, y un pequeño garbanzo que quedó al lado del pie de una silla sobre el suelo lleno de serrín.  
Sangre el Trilero tenía poca.

viernes, 22 de noviembre de 2013

COMO TANTAS VECES.





Como tantas veces.
Era la mano izquierda.
Los verbos que empleo. La mano izquierda.
Las extremidades desnudas en su afán de contacto.
Pocas veces más, sin medida, al repetir: pocas veces más.
Antes de olvidar no sé lo que sucede para que olvide.
Tiene que haber silencio, es indudable.
Me lo imagino, para poder olvidar, entre el silencio.
Todo lo que conozco, lo que deseo, lo que pretendo.
La sensación de darme a mi mismo una orden de impulso.
Parte diluyéndose del lugar de donde se olvidan las cosas.
Me lo imagino, para empezar a olvidar, ha de ocurrir algo:
la causa del olvido.
Entre tanto silencio.
Llegaste tú, tan blanda a mi contorno.
Y te pusiste a respirar donde mi hombro se acaba
-era para no olvidarte-.
Segundos antes de que me hablaras, sentir tu vibración cerca de mi.
Era para no olvidarte.
En ese lugar en que todas las cosas dan vueltas,
y una se queda
para que la olvides para siempre.
Dos veces la misma cosa, o tres.
Es mucho, es demasiado para que recuerde.
Hablándome sobre mi cuello.
Imagino tu pelo abandonado, nada tan simple.
Y el peso de tu cabeza que sostienes para que sea leve.

Dime si es así, varias veces, para no olvidarlo.
Como tantas veces.

lunes, 11 de noviembre de 2013

BREA.




Con frecuencia miraba que paciencia tenían las plantas para crecer tan despacio. Que paciencia tenían las piedras suaves y ovaladas para quedar así, con esa forma tan certera entre colores disimulados de pálidos grises y blancos expectantes.
Mis estados anímicos se evaluaban con frecuencias, quiero decir a intervalos o ciclos observados.
Todo en el entorno era así, con cierta dificultad para el raciocinio. Sentado en una silla de mimbre sobre un balcón que daba a toda una anárquica vegetación en donde predominaba el verde ballico,
el brezo oscuro, zarzales que lo envolvían todo, y una grandiosa mimosa de ramajes muy aplastados.

Me olía a brea en aquellos instantes. Mi orín daba esa disparidad de olores, unas veces a brea recalentada, otras a un leve rastro de amoniaco, o al dulzor extraño de la maleza triturada y descompuesta.
Desde las nueve de la mañana estaba en el balcón lloviese o hiciese frío o cayese un sol abrasador.

Ella llegaba a veces.
Su presencia a través de la vibración premonitoria de mis espaldas.

Se ponía delante de mi con aquellas medias hasta la cintura y observaba sus amplias caderas sin nada más de abrigo de cintura para abajo, su coño aplastado enseñando sus formas plegadas, amplias y descomunales.

Mi primera pregunta siempre era interrogarle por Mainstone con mi mano temblorosa enfatizando el nombre. Le dije varias veces varios días varias semanas que avisase urgentemente a Mainstone. Quería relatarle mis curiosidades dignas de ser relatadas. Ella odiaba a Mainstone quizás por el trabajo que le pudiese ocasionar en la visita. Cambiarme la ropa interior, pasarme una toalla húmeda por mis sobacos, por mi polla, por la raja del culo y luego por mi pegajosa boca. También le odiaba por el mísero café con leche al que tenía que invitarle con apenas dos galletas horriblemente tostadas.

Hacía experimentos mentales para comentarlos con Mainstone. Eran duros razonamientos aunque simples por su aburrida sencillez. Mi nexo con la realidad del mundo era la presencia ante mi del larguirucho Mainstone siempre enjaezado con traje y pajarita y unos zapatos relucientes. Me agradaba sobremanera su cara de aguilucho y sus grandes gafas, siempre con aquella sonrisa sumamente amable.

La dependencia económica del ser humano en una continua disgregación en corpúsculos indefensos, y a merced de la caridad de seres sin escrúpulos ni compasión. Incluidos los representantes de todos los dioses existentes, tan egoístas y existencialmente impotentes, dados con mucha frecuencia a la eyaculación precoz, de ahí esa obsesión compulsiva con la posesión.
Quiero decir en términos generales.

Ella a escala reducida siempre haciéndose dedos. Mojando el dedo y haciéndose todos los dedos, en todas las posibles posturas de sus dedos.

Me sacó de la Residencia de Ancianos por mi paga. Se casó conmigo notarialmente. Le dejé todo lo que tengo y se quedará con mi mediana paga de viudedad.

Sólo le pido que avise a Mainstone, es mi exigencia suprema no incluida en el contrato.

El Pitch Drop Experiment no ha dejado de crecer. La caída de la octava gota será el final de mi longevo experimento. Le dejaré toda la gloria a él. Le transmitiré toda mi sabiduría observada en en el interior de mi imaginación.

Es una mala pécora, sí. Una simple limpiadora de hogar de ancianos. Me enroló en su vicio acostumbrado. Fue primigenio en el año dos mil ocho. Una tarde de junio esplendorosa, circunvalada por aves en lontananza vistas a través de una ventana de dos hojas en sus zigzag desordenado.
Aquel día en qué pensaba en el por qué de la ovalidad de las piedras del mar, la progresión geométrica de sus movimientos, la erosión paulatina y leve en miles de millones de segundos hasta ir deshaciéndose en arena diminuta.
Ella con aquel balanceo de la fregona en movimientos armónicos de onda casi perfectos en el periodo de avance, el intenso olor a lejía. Hasta llegar hasta mí, abriéndose el tornapolvos, bajándose las medias ajustadas poniendo ante mi boca su coño peludo, acudiendo en mi ayuda con su mano para arrimar mi boca sin piedad hasta lo más profundo de si con mi lengua babosa.
Sí.
En el calor de su viscosidad chupaba mi boca con fruición su flujo de aromas indescriptibles y variados, sabores a roble, a pan, a cebolla, a navajitas del mar.


De todo lo del mar,
su baldío trabajo, agitarse.
Todo el mar es transparente, hasta donde la luz lo calma.
De todo lo que la tierra tiene casi muerto.
Al fin.
Lo rígido no es tal.
Si lo golpeas con insistencia puede llegar a la paz eterna.

domingo, 15 de septiembre de 2013

TARDE.




Sobre una bóveda azulada imaginado el tiempo,
en una pausa o en muchas
la luz que parece quieta encima de la tarde.
En los nidos hay bocas esperando.
De vez en cuando volando sobre un pico llega una lombriz
y el día deja de ser una aventura.
Escucho los ruidos cercanos.
Si transitas imagínate que detrás de cada cuatro paredes puede haber:
amor,
odio,
sufrimiento,
que puede estar surgiendo la vida o la muerte.
Es indistinta la fraternidad de las ánimas de los vivos.
Son nidos,
y siempre habrá bocas abiertas.

lunes, 9 de septiembre de 2013

MEMORIA.



Quedará testimonio de mi. Las huellas.
Un día golpeando algo contra algo. Arrastrando, hurgando.
Todos los años, años anteriores, años posteriores.
Me rodearon personas que también lastimé con mis dedos,
y de forma indeleble, invisible, con mis actos.
Testimonio en mi, en mi cuerpo, si abro las manos,
si abro los ojos,
y ves mis pupilas y el contorno,
mi forma inclinada, los pasos asustados y difíciles.
De mi no quedará nada en ti,
absurda soledad de arrojarme a la calle en las mañanas
abriendo una puerta.
Los lugares que visito despoblados,
las ruinas.
Y mis pies arrastrándose desde este lugar
donde empieza a perderse la memoria.


sábado, 7 de septiembre de 2013

CAMINO.



De entre todas las etapas para alejarme,
recuerdo una en que me negaba a caminar.
Sin mariposas, ni libélulas, las piedras y el polvo repletas de moras.
Cómo podría decirte, si estás enamorado ya lo sabes.
No había en lontananza la imagen necesaria,
donde el camino se hiciese ilusorio, e inexistente.
De tanto amor, henchido como llevaba,
decidí alejarme mas y más.
No sabes lo que es viajar con una carga de amor.
Saber, imaginar, otro recibimiento en otra ciudad,
llenos los brazos, llena la boca. Y la piel en su esplendor.
-poros como volcanes plenos de furia-.
El corazón repleto y a saltos bailarines:
ahora en su amplitud,
quieto ahora como en la muerte.
Pretendía alejarme lo más posible para acercarme
y cada paso mi estómago saciado, repleto de alacranes,
y mi sexo humedecido por el deseo.
Era caminando cada etapa de espaldas al horizonte,
sin otro pensamiento que su cara en holograma.
Su piel oliendo a aceites de almendra,
como siempre su ropa llena de perfumes de la pasada primavera.
He de decir que me recreaba en mis pensamientos,
la ultima vez,
la antepenúltima -casi un segundo nítido-
en que sus manos se posaron sobre mi pecho,
y que su peso, exacto, preciso,
descendiendo de repente,
acabó con mi cansancio,
en otro atardecer.
En otro viaje.

lunes, 12 de agosto de 2013

ENTRE TANTA SOLEDAD.



Cuando todo me empezó a dar vueltas, faltaban dos minutos para la sexta década de mi vida. Percibí una intensa sensación de nausea . Y cuando quedaban apenas unos segundos para la onomástica, me cogí a la manilla de la puerta del baño, y entre tanta soledad me fui cayendo lentamente de rodillas. Quedando la mitad de mi sobre una moqueta verde oscura, y la otra mitad de mi -los pies desnudos-, sobre los azulejos blancos del baño. En ese estado nauseabundo, mi boca sobre lo mullido, mis pies descalzos soportando el frío de la piedra. Y así, entre tanta soledad.

La hora por la luz, quizás medio día,
por los ruidos de la calle, quizás media tarde,
por la algarabía de los niños, quizás la mitad
de una hora temprana. Y siempre.
No sabría cómo.
Entre tanta soledad.

Entre tanta soledad debía decidir el rumbo. A un lado la puerta de la cocina, al otro la ventana del balcón entreabierta por la que se agitaban unos visillos blancos abatidos por el aire. Entre todo aquello una radiante claridad azulada casi milagrosa.

Tendido todo a lo largo por el suelo un hombre es un reptil. Si elevas la cabeza tus ojos sólo ven una inmensa profundidad.
No hay abismos para el que repta.

Si observas donde el rastro de los pies hay un mundo de infinitos caminos.

Mi razonamiento fue absoluto, no había otro razonamiento en ese lugar, donde los pies se arrastran. Al decidir mi huida escogí el balcón al final de todo, y me dispuse a proporcionarme impulso con los brazos, de forma que el recorrido – unos quince metros-, fuese lo menos desagradable posible.

Imposible menos, entre tanta soledad.

Inicie el avance con cierta facilidad. Luego, sin esperar lo que había imaginado como fácil, todo se hizo pesado, difícil y angustioso, por ver tanta profundidad delante de mi.
Me refiero a lo lejano.

-Cuánto tiempo no lo sé.
A veces así: deshecho los segundos para la contemplación de las cosas.
Contagioso preguntar la hora, y contestar sin precisar los segundos.

Próximo al balcón mi agitación aumentó. Mi corazón con un ritmo casi sin tiempo entre los latidos.
Todo por aquel logro sublime de haber reptado totalmente desamparado, y estar allí, con mi cara metida como una cuña de madera entre los barrotes forjados del balcón. Con la boca abierta, casi sin aire, entre tanta soledad.

Ya no quedaba nada para el final.
Quizás, la soledad.




sábado, 2 de marzo de 2013

TE LO DIJE.





Después de haber deambulado mucho tiempo. En algún momento preciso recordé que ya era la hora de darme la vuelta.

Sugiere la puerta que la abras.
A lo largo de todo el silencio, en su vuelta, te enseñará el espacio al que perteneces. Es sublime.
De improviso no recuerdo a más de cuatro desconocidos,
a más de tres conocidos.
No sé si debo cerrar tras de mi todo el espacio sobrante.
Y habitarme.
Es muy sublime la desproporción.
Dentro de mi no hay nada, fuera de mi no puedo abarcar lo que existe. Siempre la inmensidad.
De un tiempo a esta parte presiento a los ácaros al entrar, cómo se esconden, inapreciables, si estuvieras tú al fondo, al lado de la cómoda, tu cabeza en forma de hormiguero, el tronco, las manos. Sublime esta percepción de ver lo microscópico. Incluso. Cómo creces desordenadamente en tu interior.
- Te lo dije. Mira, te lo he dicho.
Por la moqueta lo que vive al caminar suena como si pisaras nieve. Mis pies un contorno de pútridas vísceras. Es sublime que pueda avanzar.
Alguien me hace ver lo microscópico.
-Te dije: No vayas, no subas, no salgas, no esperes...
Alguna vez me apeteció mirarme desnudo desde la punta de los pies, en posición vertical. De sentado mirarme. De acostado mirarme, oblongo. Fue sublime saber que así tirado sobre la cama hubo un hijo de puta que pesó el alma cuando te creía muerto.
-Te dije: No pienses en nada, no ames.
Sublime esta percepción de notar la diferencia entre lo que no pesa nada, y lo que pesa menos aún.
-Te dije: No hagas lo que estás pensando.
Ahora mismo si has leído esta {X}, tu suerte será inmediata. No cruzarás el umbral donde debías perecer.
Cuatro balanzas de cuasi tolerancia infinitesimal. Te tirabas el pedo post morte y marcaba  dieciocho gramos menos (dependiendo de la raza del sujeto). Sublime el alma en forma de voluta haciendo enredos de tabaco alrededor de la lámpara.
-¿Sugiere lo que pienso obsesivamente que es verdad lo que pienso?
-¿He de visitar a un andrólogo o a un psiquiatra?
-Sí. Te dije: Mira, ya te lo dije, y nada. Es como hablar a las piedras.
-Peor, aún.
-Aún.
Está la misma luz de ayer, posada. La misma brisa agitando unos visillos que se cuelan por una ventana entreabierta. Es sublime el techo lleno de insectos hasta donde abarco, todo tipo de insectos moviéndose presurosamente. Ni uno es grávido, ni uno sólo.
-¿Sugiere que dentro de mis pensamientos compulsivos, pueda haber uno lúcido?
-¿Pero cual es el lúcido, de entre tantos?
-¿Quién me indicará que ese es el bueno, el indicado?
Y, cuando suceda esa lucidez,  ¿debo huir despavorido al andrólogo?
Es sublime.
¿Qué les pasará a las piedras?
-Te lo dije, luego no digas que no.
-Ya te lo decía yo.


miércoles, 13 de febrero de 2013

BESOS.




No hubo nada de particular.
Lo que llamamos silencio.
Caminábamos alejándonos o acercándonos. Creo recordar el instante. Algo impreciso.
Incluso, cuando su boca estaba a dos dedos de mi, en todos los sueños de las noches transcurridas,
su boca tan cerca de mi de forma misteriosa.
Un día, o un lunes. Hubo flores nuevas.
Nos cruzamos veinte veces, y una vez coincidimos con los brazos abiertos.
Estaba sobre el cielo toda la luz que ven los vivos.
Sus bolsillos llenos de papeles rotos.
La arrimaba contra mi. Éramos humo.
Quiero decir como si no existieramos.
En un péndulo de reloj dorado nuestras caras juntas por un instante. Marcando un momento.
Como dije, luego fue su boca que había llegado del otro lado del mundo.
He perecido, soy lo que no se abarca.
Pero vuelvo a la vida los lunes, a este pasillo,
sólo por celebrar un beso.

sábado, 9 de febrero de 2013

OLVIDO.




No puedo expiar ningún pecado. Lo sensual era por obra y gracia.
Y estaban aquellas flores y todo lo que era hermoso.Una ventana. El cielo irregular.
Podría apretarte todos los días cuando sea domingo. Sin prisas.
Y buscar nuevos enigmas debajo de la mesa. En las estanterías.
Los pensamientos que nos invitan a la memoria.
No hay reglas invariables en nuestras secuencias. Hace una semana otra vez aquí.
Dispuestos a emprender el viaje por el mar Amarillo.

Hubo una vez.
Un beso. Lo recuerdo.
Otra vez alas.
Y otro beso. Uno diminuto y otro grande.


No debo rezar en este infierno el pan nuestro.
Nada nos es dado que no vaya a suceder por un designio.
La soledad, no el silencio, la soledad.

Otra vez las manos.
Acaso, y cosas de los ojos.
Cuando comprendía que era para amarnos durante un tiempo.
Toda la vida, nunca.

Otra vez como, así,
como vienes hasta mi hombro haciendo una hilera de besos.
Y la piel se me da vueltas. No sé que ocurre,
si es domingo,
y aún no ha llegado esa triste historia del olvido.

jueves, 7 de febrero de 2013

LABIOS.




Todo se basa en la inocente ausencia. Como una cúspide apoyada sobre su parte angosta.
Todos los pensamientos tienen en el recuerdo la ausencia.
Y en sí. Recreada. Es como si tu mano dibujara su forma. Tan sutil.
Me acoges en ti en las horas desproporcionadas en que he de mantenerme en equilibrio.
En el sentimiento de ausencia no hay ninguna dicha.
Se cumple la ley en todos los fenómenos inexplicados.
Sin presencia absoluta. Te recreas. En todo.
Con cierto dolor.
Sólo en la noche. Te percibo.
Como dibujada sobre las sombras. Casi nítida.
Excesivamente necesaria. En la perfección.
De un dedo minúsculo recorriendo el surco de mis labios.

miércoles, 6 de febrero de 2013

TU ESPALDA.





Ves la yedra.
Que me abraces de esa forma para dejar la marca,
sobre la pulcra piedra.
Envuelveme. Dame eso.
Varias vueltas hasta el cuello.
Un leve rastro para saber volver sobre mi mismo. Nunca lo inmenso.
De lo lejano sólo un poco. Nada de multitudes.
Tengo que saber que puedo abrir la puerta. Quiero.
Tu boca abierta en un gesto dulce. Lo inmediato.
Dime: voy a bajar por aquí si tú me dejas.
Todo lo que es vida en esa orilla. Agua mansa como una mano lenta.
De los recuerdos de sólo un segundo.
Hubo un muerto. Olvidado.
En este momento mismo en algún lugar. No tan lejano.
Y tengo miedo de todos los segundos.
Yo quiero quedarme contra tu espalda. Aun. Caliente.
Escondido y cobarde.
No valgo nada si no descanso sobre tu hombro. Los labios.
Dando besos que desparecen en un instante. Como un secreto.
Desde ese lugar hasta al otro donde tu cuerpo acaba. No hay más.
Un millón de leguas para dos dedos.
Nada. Y nada. Y nada.
Sólo el desierto y tanta luz y tanta sed.
Del fuego eterno sólo quiero un poco de calor. Donde.
Tu espalda.