miércoles, 31 de agosto de 2011

COMO SI NO FUERAS NADA DE MI.


Me vienes a la memoria mientras te paso una esponja mojada en agua tibia por tus caderas.

Un taburete muy íntimo pintado de azul con un agujero de cuatro dedos de amplio en el medio. Me hacían señas para que avanzase. Incluso sabiendo ya caminar a dos patas yo avanzaba a gatas, era más fácil a gatas la costumbre de reptar de esa forma con una visión panorámica muy especial de las cosas. Llegaba debajo del taburete y me sentaba allí mirando hacía arriba por el agujerito, la piel blanca de los muslos de mi madre o de mis hermanas, o de tía Melita, algunas veces sus bragas color carne llenas de manchas amarillentas.

De qué me viene esa atracción por lo pútrido, por lo que ha estado oculto sin respirar. Tantas horas dentro de una cuna hecha de tablas de cajas de cerveza y troncos de pino todo barnizado. Con unos pocos meses me había cagado blando o duro, había regurgitado leche de vaca al amanecer. Me daba vueltas con los calores de junio entre aquella vasilla amarillenta, hasta que llegaba la mediana, mi hermana Conchita, con la palangana llena de agua y un trapo blanco descosido.

No sé como es eso de nacer escupido por la placenta, ni cómo se traslada uno en ese trayecto, de qué forma la boca cerrada o abierta sobre aquella suavidad tantos instantes juntos en no sé cuántos segundos. Yo había estado en aquella crisálida negra llena de venas, atada a un cordón alimenticio como cualquier alíen nacido en este grandioso planeta.

También crecía y lloraba. Mi padre se abstenía masturbándose en la cuadra. No sé a ciencia cierta si le puso a la Tola el madero debajo de la faja, entre el morcillo y el faldón costillar y se le subió a las caderas donde la babilla, y se la metió por la natura como pedro por su casa, mientras la Tola rumiando yerba balliquera con aromas de azafrán seco. De lo que me acuerdo era por la noche, los vientos solanos muy secos de junio, me escurría bajando por la sábana abajo y me quedaba a gatas donde daba el claro rayón de la luna que dejaba pasar la contraventana y los ramajes del roble de la huerta, inermes, sin brisa. Daba allí mismo la luz blanca, incluso sentía algunas veces como me rozaban rítmicamente las peludas pantorrillas de mi padre, su gran verga una y otra vez saliendo y entrando dentro de mi madre, hasta que la luz pasaba, o yo me caía de la cama, recordando que lloraba.

Y los olores, no sé cómo decirlo. Podría ser los ovarios de las flores de los amarillentos dientes de león, los filamentos de las dalias, los pétalos de las margaritas, los estigmas de las flores del cerezo, y el pan de centeno entre brasas de raíz de encinas; y el estiércol a paladas que salía mágicamente aventado por mi padre desde debajo de los pesebres, no sé de que manera me apetecía aquello, que cayesen sobre mi cabeza restos de helechos secos y bulas de vaca, y caquitas tipo canica de mierda de cabra.

Ahora que te veo así te amo. Ahora que estas tirada en la cama, escuálida, abierta de brazos y de piernas y no me conoces, te amo.
-Como si no fueras nada de mi.


domingo, 28 de agosto de 2011

CELEBRAR UN BESO.


No hubo nada de particular. Silencio.
Caminábamos alejándonos o acercándonos. Creo recordar el instante.
Incluso cuando su boca estaba a dos dedos de mi en todos los sueños de las noches transcurridas.
Un día, o un lunes. Hubo flores nuevas.
Nos cruzamos veinte veces, y una vez coincidimos con los brazos abiertos.
Estaba sobre el cielo toda la luz de los vivos.
Sus bolsillos llenos de papeles rotos.
La arrimaba contra mi. Éramos humo.
En un péndulo de reloj dorado nuestras caras juntas por un instante.
Como dije, luego fue su boca que había llegado del otro lado del mundo.
He perecido. Pero vuelvo a la vida los lunes sólo por celebrar un beso.

sábado, 27 de agosto de 2011

NUESTRAS VIDAS.


No sé exactamente cuando empezó aquella rara sensación. Los días fluían sin sobresaltos aparentes, con la rutina habitual, esa rutina habitual que echamos de menos cuando se rompe por un hecho transcendental que cambia de repente nuestras vidas a una nueva fase totalmente desagradable.
Recuerdo un sábado de mayo en que me guarecí sorprendido por la lluvia bajo los soportales de la calle de los Arcos, arrimado mi hombro sobre una columna, mirando con los ojos perdidos como las gotas salpicaban sobre el empedrado de la calle. Estaba pensando y era como si no estuviera sólo, quiero decir que algo dentro de mi también lo hacía, pensaba de la misma forma inconexa e intrascendente; grandes personajes en mi cabeza ,repetidos, yo como protagonista de aquellas ensoñaciones. Sin duda éramos dos pensando. Ese fue el inicio. Cuando cesó la lluvia, crucé la calle con aquel extraño desdoblamiento. No puedo describiros como se suceden los pensamientos dobles. En realidad que parte de mi era la verdadera.
Sucedieron muchos días así. Era dificultoso desenvolverme en el trabajo. Una cadena de montaje que no beneficiaba en nada mi estabilidad emocional. Llevo diez años detrás del panel de un robot de amplios brazos remachando chapas caprichosas en lugares donde a la mano del hombre le sería imposible entrar.
Qué día fue aquel en que noté de una forma totalmente confusa como me desdoblaba de pies y de manos. Creo que fue al levantarme en una cafetería de la calle de la Alhambra. Cómo describir la impresión causada en mi estabilidad, dos piernas más partían de mi, dos brazos más sobre mi hombro, pero cuál eran las reales y cuál las imaginarias. Mi deambular fue torpe, tropecé con alguna silla, y partí avanzando por la acera con la impresión de ser un inestable octúpedo.
Tengo que decir que a continuación fueron otra boca, otros ojos, y así, todo desdoblado en una extraña mitosis acelerada. Sentía dentro de mi respirar dos veces, masticar dos veces, limpiar mis dientes dos veces. Estaba muy confuso. No había explicación en aquel proceso dual, incluso como si durmiera dos veces, esa era mi experiencia al despertarme, me despertaba dos veces.
Fue un Miércoles de ceniza, eso lo puedo confirmar, hace de ahora cuatro meses. Encendí la luz de la mesita con una de mis dos manos y vi sobre mis ojos aquella membrana sanguinolenta llena de venitas, me vi rodeado de un espeso flujo repleto de limos, mis bocas saboreaban aquel líquido dulce, nada desagradable. Percibía dos veces aquel estado, manoseando mis cuatro brazos, mis cuatro piernas en el interior de aquella leve membrana. No sé a qué hora de aquella mañana, en que quizás angustiado percibí que estábamos dos allí, totalmente idénticos, ahora independientes, cada uno en su propio núcleo separado.
Ahora nos vemos dos.
Posiblemente va detrás de mi.
No puedo deciros, en este preciso instante, cómo podremos llevar nuestras vidas.

jueves, 25 de agosto de 2011

SIMPLEMENTE LOCO.


Lo había intentado innumerables veces. Me refiero a olvidarla. Pero su foto estaba sobre un panel de anuncio y yo caminaba cuatro veces al día hacía la fachada de aquella casa abandonada. Ella dormitaba hacía atrás en blanco y negro. No sé más. Era como sacar cuatro veces la cartera: dos en la mañana, y dos en la tarde y buscar su foto, allí recostada.

¿Estoy loco por ella?
O simplemente loco.

Cuando era niño mis padres tenían un pajar a la entrada del pueblo. Y en mi pueblo había un mercado quincenal los domingos. Por las mañanas se vendían terneras rollizas de color pardo y cuernos incipientes. En los meses de julio y agosto al acabar el mercado había baile de acordeón.
Las mujeres casaderas de la Vaguada aprovechaban el pajar para cambiarse la ropa a eso del las cinco de la tarde. Las alpargatas llenas de polvo. Lo hacían en la parte de atrás en un pequeño espacio oculto entre la pendiente llena de arbustos bajos,un guindal, y la pared del pajar. Me apostaba allí esperando bastante antes. Quitaba tres piedras y una cuña de madera, y quedaba un hueco para mis ojos de como si juntaras el pulgar y el dedo siguiente y te lo pusieras de gafas.
Esperaba. Algunas se cambiaban los vestidos dejando la ropa escondida disimulada entre la maleza. Si había suerte se me ponía algún culo desnudo allí delante, agachado. Y con mucha suerte veía de los abundantes pelos del coño cayendo la orina a borbotones virgorosos. Tenía su culo tan cerca como así. Ya te digo. Así.

A veces llego a casa a cualquier hora. Abro la ventana y siento los ventiladores del aire acondicionado del Zara que dan al patio de luces. Tengo fijación con ese sonido. Si te fijas en un sonido puede convertirse en ruido. Le dije a la niña encargada del Zara que lo dejan puesto, incluso por la noche. En el baño el goteo de la ducha. Casi una hora sentado en la taza del vater con un zorollo a medio caerse. Me da no se que meter la mano. La encargada del Zara tiene el labio de arriba con una pequeña hendidura. Te mira violentamente. Pero ese sonido sigue ahí ahora mismo.

Detrás del pajar no siempre te cuadraba un culo destapado. Estadísticamente podría ser una vez de cuatro. Cuando bajaban seis mozas las oportunidades eran muchas. Algunas veces era de frente. Todo el coño recubierto de pelos negros, ensortijados, a menos de un metro, y el chorro que iba en espuma como una culebrita por el rellano de cemento hacía abajo.

Te digo. Es una fotografía en blanco y negro, ella recostada hacía atrás, como si el sol le diera en los ojos. La fachada medio derruida, y el panel inmenso como un cuadro de pared. Un sujetador negro, nada mas. Unas tetas medianas de cuatro bocados.

Yo estaba en un caldero plano de lavar la ropa y el jabón lagarto flotaba por unos instantes cuando lo dejaba caer. El agua tenía posos del color del zinc. Llegaba mi madre con una toalla encima de la espalda y se agachaba, a ver a ver a ver, como así, canturreando, su mano rugosa subía por entre mis piernas y era un estremecimiento una y otra vez manoseándome. Cuando me bañaban en la galería también veía el paisaje, más o menos, los dos nisales que mi padre dejaba mancos para que no se agitasen contra las cristaleras. Creo que me puse duro allí un cuatro de septiembre, estaba lloviendo a cántaros, goteaban las hojas como si llorasen.

Cuántas pajas pude hacerme detrás del pajar.
Supe que tenía capullo por el escozor del jabón lagarto.

El día que se marchó me dejó la cocina recogida. Estaba muy buena. Y cómo iba a ganarse la vida, le dije. Yo por aquella ya andaba medio zombie, con las espaldas tiesas, las manos estiradas, y me daba miedo todo. El sonido de los ventiladores del Zara me ponía frenético cuando los dejaban por la noche. Le dije, ya me dirás cómo te vas a ganar la vida. Y se fue.

Yo no sé por qué antes las mujeres tenían todos los pelos del coño. Aquellas pelambreras. Eran gozosas como se caía la orina como un chorrito de canalón roto. Lo veía, lo sentía tan cercano que me olía entre dulzón y salado, no a urea. Eso fue después. Un día que se lo comí sentada en la taza de la ducha y me meo por la cara sin pedirme perdón.

A la galería llegaban gorriones a comer las migas que tiraban mis hermanas de recoger la mesa. No importaba que mi madre canturrease, o que moviese la toalla contra mi como si estuviera haciendo un paquete. Ellos picoteaban porque ya hubieran estado ayer picoteando.

La vi en la fachada el martes. Fue la segunda pasada de por la mañana. Me vino mucho frío por las piernas. En la espalda se me puso un dolor extraño y una sensación a entumecido.

Presiento que ando más rígido aún.
Sigo muy ensimismado, lleno de recuerdos inconexos.
Mi mano ha cogido por fin mi sobra indeseable. Tenía que acabar de una vez.
Posiblemente esté simplemente loco.

miércoles, 24 de agosto de 2011

NO SÉ QUÉ HACES AQUÍ.



Para asomarte al acantilado no lo hacías de repente. Ibas paso a paso sobre un mullido verde hasta una acacia azul que abrazabas para ver el precipicio. Hacía abajo casi habría cien metros, rocas de formas grotescas, y en el fondo con la marea baja, quebradas losas alineadas que se perdían entre las olas.
La senda municipal me llevo hasta este lugar después de caminar renqueante unas dos horas. Y estando aquí sentado mirando al infinito no me explico de qué impulso partió la idea de caminar sin rumbo aparente, siempre hacía el norte para buscar el mar.
Llevaba varios días con un picor insoportable en mi espalda. Lo notaba insidioso al apoyarme en los respaldos de las sillas, al acostarme boca arriba, en el mínimo roce de la camisa. Mi mano llegaba con dificultad doblando mucho el codo para tocarlo, o arrascarme, más de una vez rocé mi espalda sobre las esquinas quebradas de los tabiques, sobre marcaciones, lo adivinaba a la altura de mis omóplatos en la zona intermedia, a un lado de la espina dorsal. Traté innumerables veces el verlo por mi mismo con la ayuda del espejo del baño y otro espejo sobre mi mano izquierda, que a duras penas lograba colocar alineado con mi vista, percibiendo en la zona una amplia y sospechosa mancha rosada, y en el tacto con mis dedos un bulto que cada día me parecía que aumentaba en volumen.
Tengo que decir que la médica del seguro no le dio ninguna importancia, evitó tocarlo y me dijo que se trataba de un simple folículo piloso. Y así me fui con una pomada y la esperanza de que en unos días drenaría por si sólo.
Hasta hoy, hasta este instante han transcurrido cuatro días y unas horas. Hasta esta mañana en que noté como una especie de nódulo en forma de volcán de grandes dimensiones que a duras penas logré abarcar con la palma de mi mano. Sobre las sabanas de mi cama una gran mancha de restos purulentos depositados por la noche.
Algo en mi mente había cambiado y emprendí el camino hasta llegar al lado de la acacia azul rodeada ahora por mi brazo, mientras mis ojos miran la raya que deja el mar casi confundida con el cielo, un gris a ambos lados, una leve brisa que acaricia mi cara, y la sensación de que el nódulo de mi espalda está adquiriendo dimensiones de herida purulenta , cada vez más grande, notando debajo de mis pies descalzos un flujo amarillento muy abundante que se precipita como un rastro lento y espeso, zigzagueante, goteando por las rocas hasta el mar.
Nadie te critica tan purulento.
Sólo el anónimo resto amarillento de una bestia. Algo así de forma de corazón con bordes rojos.
Disolverte aquí, anónimamente, lleno de soledad.
Debes intentarlo.
-¿Te has preguntado?
-No sé qué haces aquí.

martes, 23 de agosto de 2011

NOCHES DEMASIADO LARGAS.


Yo soy de correrme fácil.
A veces un pie arriba y un pie abajo y ya me corro.
Benerita me dice: ya.
Y yo le digo:ya.
Todo esto es por la noche. Grajean gaviotas. Aceleran motos. Y hay voces de una calle que está muy cerca.
También un coche parado en el semáforo. Luego arranca. Luego un acelerón. Luego un sonido industrioso que es el silencio, un buuu de máquinas lejanas. Y entre todo esto el silbido del último tren. A veces.
Me dice, anda ven, ponte encima, y me pongo.
Es eso que tienes que pasar la pierna, salvo que entres por la horquilla. Sus piernas en forma de y griega, de al revés.
La noche empieza cuando me marcho de entre sus muslos. Sus amplias espaldas son como la Muralla China a lo lejos, sus espaldas desnudas llenas de vapor, gotitas infinitesimales de lágrimas.
A veces a mi se me aparece el Niño Jesús, y me dice todo muy bien, o casi bien, la follas técnicamente bien.
También el Arcángel San Gabriel me dice que soy el penetrador solitario. Me animan.
Ya he dado la vuelta.
Hay noches demasiado largas.

domingo, 21 de agosto de 2011

RIESGO DE MUERTE.



Ponía sus piernas abiertas y encogidas, la planta de los pies sobre la arena de la playa dejando una huella de lagarto gigante. Las nubes llevaban varios minutos chocándose, sólo dejaban ver sus lados negros donde se escriben los anuncios.
-Meteme la boca aquí todo lo que puedas.
-Hazme un papanicolao con la lengua, quiero seguir viviendo.
Las nubes sonaban como si hubiesen derramado dos quintales de patatas sobre un desván de tarima de roble. Se asustaban los gatos que comían cabezas de sardinas a dos millas de distancia.
Se habían asustado los niños por los goterones , vasos de agua cristalina que caían desde las antípodas, sí, como si unas manos invisibles ordeñaran las nubes desde las montañas.
Con los ojos cerrados yo no sabía llegar en aquel viaje lleno de peligros, mis pies sobre algas y conchas de pared muy débil.
Luego algas enredadera, algas con flores rojas, y luego todo muy suave entre sus muslos. Me sabía a ella, simplemente, más salado. Había restos del mar, incluso, se veían barquitos con velas blancas entre sus piernas. El mar ya estaba volviéndose violento.
Eso es así, una ola a regañadientes y otra a risa plena, bufando a carcajadas.
No tuve que escupir. Estaba todo muy suave. Era como degustar un cocido de almejas a la marinera.
Entre bocado y bocado abría los ojos, y veía la playa, un desierto, y pensé que tenía sed, y allí también había agua. En el hueco de sus piernas se puede vivir unos instantes sin ir al supermercado. Es el paraíso. Un valle verde y silencioso que te espanta de la angustia.

-Creo que te quiero tanto y aún más.

Puede que los señoritos tengamos más miedo a morirnos.
Lo había razonado de repente por si una casualidad hacía un rayo cortocircuito por dentro de nuestro corazón. De un corazón al otro. Los dos corazones.
Nos habíamos quedado porque estábamos calientes.
Me había tapado la cabeza con la toalla. Todo muy negro.
Tan empapados había mucho riesgo de muerte.

viernes, 19 de agosto de 2011

UNA NUEVA PALABRA.


Un sonido.
Viene desde algo.
Desde lejos, desde cerca.
Un sonido es algo.
Las palabras lo nombran todo.
No tengo recuerdo de cuándo empezaron a enseñarme el nombre de las cosas.Martita me decía: mira, esto es una piedra, una piedra al lado de otra piedra, una piedra encima de otra piedra. Luego mi padre de espaldas metiéndose el dedo por el culo, agachado, el culo al aire, la mierda saliendo por el culo de mi padre al lado de la mierda de caballo, al lado de la mierda de vaca, y Martita y yo esperando fuera de la cuadra sentados sobre una cerca de piedras, piedras cortadas en forma de losa como un cuchillo de plano detrás de otro cuchillo hasta donde se perdía la vista, una pared ciempiés dos curvas y una recta y dos curvas más.

Venía el Cabo y un Número como dos sombras en forma de capa no sé de qué color. Mi madre pelaba patatas cocidas y las soplaba, y el Número agitaba la culata contra la puerta a dos badajazos, y Paula y Martita y yo en el cuello de Martita bajábamos a la cantina y tirábamos de un pasador y la puerta se empujaba desde fuera, los señores guardas sacaban las manos de las capas y los tricornios brillantes como zapatos de cura posados al lado de la balanza, donde los graneles de garbanzos y lentejas donde el saco de arroz blanco. Yo en el cuello de Martita escuchando palabras, viendo las manos de hueso de los guardas con las copas de solysombra arrimadas a la boca.

Olía el coñac y el anís.
-Coñac, anís.

Llevábamos así medio año mi madre haciendo panes de maíz y asando torreznos entre brasas de encina, mi padre durante seis meses cagando a la misma hora y la pared creciendo hacia el fondo muy larga una piedra y otra piedra sobre el pecho de mi padre, yo arrimado sobre el tuco de un cerezo viejo lleno de sarmientos y Martita con una cesta de mimbre de avellano acarreando grijos para el relleno.
Largos días llenos de palabras, y cada quince días el Cabo y el Número.
-Coñac, anis.
Olor de anis, olor de coñac.

-Qué extraño el proceder humano.
Fue otra primavera, el tuco de cerezo lleno de flores y el Cabo y el Número saliendo de la cantina, mi padre delante y yo de la mano de Martita, a saltitos. Me pusieron sentado sobre el tuco a eso de las nueve de la mañana, olía a flores blancas y seguía escuchando palabras y palabras, palabras largas, palabras cortas, palabras altas, palabras bajas, palabras rápidas, palabras lentas. Veía a mi padre cogiendo piedras planas sobre el pecho , caminando como un sapo cojo por el esfuerzo, veía a Martita coger piedras pequeñitas sobre la estera de mimbre, uno detrás del otro hasta una rebladera a treinta metros, junto a la tapia derruida del abandonado cementerio. Fueron así otros seis meses, piedra tras piedra, hasta que despareció la pared ciempiés que mi padre había hecho.

Regresé un día, después de cuarenta años. Ya estaba lleno hasta arriba de palabras, estaba hecho de palabras, de todo tipo de palabras, de increíble cantidad de palabras. Aún estaba allí la pirámide de piedras, sobre ella crecían amplias matas de brezo lleno de flores color vino, muchas piedras estaban adornadas de moho y líquenes blancos, zarzales enroscados entrando y saliendo por los huecos. Estaba el tuco, y nacido de lado un amplio cerezo rodeado de maleza, muy alto y recto.
Me vino aquel amargo recuerdo.

Robar la pared de los muertos para rodear de pared a los vivos.
El cura tuvo compasión de mi padre, no le obligó a rehacer la tapia del campo santo.
Ahora allí era un sonido.
Venía desde algo.
Yo me quedé quieto para ponerle, muchos años después, una nueva palabra.

jueves, 18 de agosto de 2011

HOJAS TRANSPARENTES.


Pues como la cosa está muy mal a día de hoy decidimos comprar en valores por lo que pueda pasar.Peruca nos dijo ayer que ellos llevaban tiempo invirtiendo en tangible, el dinero no vale nada. Lo más abundante este año es el fréjol, así que llenaron el arcón con doscientos kilos que compraron en la Carama, a un aldeano que tiene una huerta en las rebladeras del embalse de Anido. Paula la del Chico compró una ternera en las praderas de Alfanes, y la mató y la descuartizó y fue para el arcón forrada de sábana vieja. Mi Trinita compró veinte melones en una granelera tapada con hoja de maíz que estaba en el borde de la carretera viniendo de León, y llenamos el arcón, y en lo que quedaba metimos ocho cajas de langostinos de los que bailan el tango. Le dije a Trinita lo del colchón, de tanto tiempo apareados tiene dos valles, de tanta noche y tanta mañana juntos, dos huecos y en el medio un pico. Debiéramos invertir en bienes, le dije, sí, le dije; y tomamos la decisión, un viscolastic de los grandes de una pieza, no de separados como el de ahora. El dinero no vale, sólo para lo que tengas que comprar de a diario, el azafrán comprarlo por kilos, es un bien imperecedero, luego juegas con productos en el vecindario, siempre hay tiempo. A mi me mata tanta indecisión. Lo que hoy vale mañana no vale. Limpios a la calle aún salimos, pero me da que si no tienes previsión se pasará muy mal. Latas de conserva y eso, eso es tangible. En el trastero sacrificamos hueco a las plantitas y metimos enlatados, de todo, de cocidos, y sobre todo albóndigas, incluso en frío se comen. Hay un aromillo allí, y mucha luz pálida. Da gusto ver las hojas transparentes.


miércoles, 17 de agosto de 2011

OTRA VEZ DESEANDO ESO.



Me he propuesto invadir el campo de esa forma, con la mirada, dando una vuelta sobre mi mismo con la mirada, y luego dando otra vuelta con la mirada elevada hasta abarcar todo lo que me envuelve. He salido de mi caparazón a las once de la mañana, primero lentamente, saliendo de la oscuridad a la penumbra, de la penumbra a la luz, progresivamente. Y ahora, una vez completada mi rotación, me dispongo a reflexionar si debo de tener angustia por tanta profundidad en todas las direcciones posibles.

La lejanía me desorienta. No sé por qué motivo permanezco casi todo el tiempo dentro del caparazón. Que extraña inquietud me asola cuando debo salir lentamente para otear un rumbo cualquiera. Hacía cualquier lugar en linea recta está la existencia de la inmensidad. Doblar mi cuello hacía arriba es una osadía; el infinito es como una losa que pesa millones y millones de toneladas. Lo inmenso descansa sobre las montañas, el infinito lo soporta mi cuello.

Me decía el galeno, no te dispongas a comprender la materia oscura, o la energía oscura, la oscuridad en general, flotamos; por qué has de sentirte humano en la oscuridad e inhumano en la inmensidad de la luz; por qué has de engañarte dentro de tu caparazón imaginando que todo es próximo, no hay ninguna explicación, sólo tus manos estiradas tocando lo inmediato, adivinando una forma geométrica por el tacto o por el contorno. Sacando tú mano sobre el caparazón, sintiendo la rugosa sensación, los pliegues, su sinuosa forma esférica sobre ti, suponiendo, imaginando mejor que llegas hasta ese cercano borde que te protege del mundo, el mundo por decir algo, lo inmenso por decir algo, lo infinito por decir algo, dentro de tu caparazón nada tiene límites. Tampoco.

Deduce mi galeno.
Es entre la filosofía y locura (casi lo mismo). Los galenos están para eso. Saber de todo un poco.
Hacen unas chapucillas de nueve de la mañana a la una de la tarde.
Sí,sí.
Ya eran las doce de la mañana. Casi una hora sometido a tanta inmensidad. No sabes cuánta angustia en tan poco tiempo.

Una bata blanca o un quimono. Una parafernalia de objetos sobre los anaqueles. Bolitas eternas dándose por el culo unas a las otras sin acabar nunca de darse, odiaba no captar como iba disminuyendo la amplitud de sus golpes. Su boca a veces moviéndose, viendo como su boca se mueve casi imperceptible en lo que deben ser simples susurros, y yo en mi pequeño hueco, deseando salir a rastras debajo de mi oscuro caparazón para meterme dentro de la oscuridad.
Otra vez desando eso.



martes, 16 de agosto de 2011

TOMATES.



Hasta aquí todo bien.
He troceado varios tomates sobre una tabla de madera, a tajazos.
Los trozos quedaron disgregados, absolutamente, de esa forma tan usual para los tomates.
Mi postura es un tanto violenta, no sé si me entiendes, troceo rodajitas de tomate sin ninguna contemplación, con un cuchillo jamonero. No pienso en nada particular mientras hago esto de cortar tomates.
A estas alturas no sé si te has enterado que corto tomates, no sé si te has preguntado por qué corto tomates de esta forma tan violenta, y que necesidad tengo de cortar tomates con odio, odiosamente, dos tomates enramados y tres tomates en forma de tomate pera, en ovalo, ahuevados.
Acojonados los tomates en forma de tomate manzana, o tomate plátano, o tomate melocotón.
En todas las cadenas que emiten a estas horas cortan tomates, filetes de ternera, rodaballos, y aguacates para rellenarlos de mayonesa y gambas peladas y sucedáneo y triturado de pimientos de colores.
Cuando estaba en esta función de cortar tomates mientras miraba la televisión, se me vino a la cabeza rellenarlos de algo. Y ahora qué. Todos los tomates ya cortados. Muertos, absolutamente sin vuelta atrás, una carnicería sobre la tabla de madera, sangre de tomate, corazón de tomate, alma de tomate, brazos de tomate esparcidos, tripas de tomate, intestinos.
Tía Pura está aquí por las fiestas. En la otra sala como inspirándose. Y Damiana que viene con un pez espada desde la habitación de los niños. O un pez aguja, con un pez aguja pespunteando las cortinas traslucidas de la cocina, ella con su pierna corta caminando como una máquina de coser.
Yo manipulo los alimentos con cierta exquisitez, previamente las gotitas del escroto, previamente mis manos lavadas con jabón lavanda especial para manipular tomates. Soy un manipulador profesional del hambre. Dijéramos. Metafóricamente.
Me parte el alma tanto asesinato sobre la meseta de mármol a estas horas de la mañana. Todos ancianos pululando por aquí, cada uno con sus viandas, pescados recién descongelados, grumos de aceite de oliva en un bol, manos pringadas, todos cocinando mirando canales de cocina, cocineros con los mofletes en forma de tomate. De tomate en forma de ciruela.
Mis tomates (ahora qué) cortaditos, rellenos de nada.
Prometo no volver a seccionar nada en vano.
Es pecado, en este mundo hambriento, matar tomates.
No sé si me entiendes, estuve cortando tomates.
Hasta aquí todo muy bien.

viernes, 12 de agosto de 2011

DIMENSIÓN.


Estuve preocupado antes de posar el pie, luego el otro pie. Reflexionaba si era conveniente ese riesgo de no sentir sustentación, esa sensación de apoyo que se presiente previamente. Sé que mi estado requiere una consulta urgente. Es todo tan real que no sé donde termina mi alucinación. Una angustiosa y metódica deformación de la realidad, pero en realidad qué es la realidad. Ahora mismo medio cuerpo está hundido en el suelo de mi habitación y nadie acude a mis voces, son instantes en los que agito mis piernas ocultas en otro submundo, hasta mi pecho quedan escasos instantes, unos centímetros si es espacio, unos minutos si es tiempo, mis manos no me sustentan. Esta vez no es un cuento, no es un sueño. Definitivamente , ya tengo medio cuerpo en otra dimensión.

miércoles, 10 de agosto de 2011

QUE SE ME QUITAN LAS GANAS.



Rózame.
El alma cubierta de piel. Pásate por aquí de arriba abajo en hora punta. O como quieras. Deslízate, repta.
Siquiera tu mano extendida.
Suele decirme versos así, cosas así que suenan tan bien, tan bien. Está claro que el alma no tiene piel, pero me apasionan sus versos. Me quedo pensando, no los entiendo, pero me quedo pensando tan extrañamente bien.
O bésame sobre el piélago de mis labios. (Qué coño es eso).
Pero me empalmo.
Pero me hace buscar:
en el diccionario.
¿Tienen algún sentido algebraico sus poemas?
Yo subo por el mismo borde de la acera y es el filo de la navaja, me miran los retrovisores de los camiones de reparto. Bajan alacenas enteras de langostinos y sucedáneo de marisco, tarritos de pimentón picante, pañales de niños, servilletas y montones de chuches de colores.
Bacalao, tarros de mermelada, helados de vainilla.
Pilas de petaca, bayetas, escobones con forma de bigote.
Y llevo tu mano aquí desde ayer en el aductor izquierdo, acariciándome un dedo tuyo por el bultito de la hernia y me encojo, literalmente, por el mismo bordillo.
Tengo miedo a tropezarme. Bajan y suben jóvenes con la cabeza tapada por chándales blancos, bailan por todos los baldosines, un paso y otro, ritmos infernales a eso de las cuatro de la tarde de los viernes. O más tarde con bolsas del súper, y ojos de caballo.
Que hermosos versos me dices, no sé de dónde los sacas.
La tristeza va dejando un rastro gris en tu cara, pero yo no la he visto; tu tristeza.
El aire que respiras lo veo entrar de color azul por tu boca como si fuera esa niebla que respira el diablo.
Poemas largos, poemas cortos, lijando el atardecer para que quede bonito. Toda la luz que te espera, todo el mar que imaginas, todas las llanuras resecas, tan rojas.
Relees poemas de un maricón muerto, y tu piel queda con un sarpullido de amor.
Espejismos de fuegos fatuos...
Tus versos me empalman, no pares , así, así, y así, muchas incongruencias.
Quedan tan bien, hacen tan lindo.
Mi bordillo es mas fino aún, el indeleble corte de una cuchilla de afeitar.
Sinceramente te digo, sólo el corazón tiene piel.
No es el alma.
Paso por aquí, y me viene ese olor a súper, y se me quitan las ganas.

domingo, 7 de agosto de 2011

UNOS MINUTOS DE NADA.


Hace tres minutos que empezó a acabarse el mundo.
Es inaudito que yo no deje de pensar en ti. Pero eres tú en un sentido figurado, desconocida. Una vez te soñé. Era como tú.
Unas piernas torneadas, allí delante, obsesionado. Caído un vestido displicente, y de un lado la pierna al aire, y sobre la otra pierna, indistintamente te cruzas y descruzas.
Tengo ganas de hacerme una paja. Oler por allí. Salir a gatas. Oler por allí.
Y darme la vuelta.
Las salas de espera son el corredor de la muerte.
No te imaginas que luz más tenue entra. Revistas amontonadas de fauna y pesca. Cosas sobre la higiene bucal. Un árbol de Portugal retorcido como la verga de un perro. Y ahora la otra pierna dejando ver un hueco oscuro, entre las dos.
Me haría una paja delante de ti de buena gana.
Sacarme el capullo mientras te miro a los ojos.
Su cara no me importa. Quizás el cuello muy largo y una blusa desdeñada respirando, de vez en cuando, respirando sublimemente leve, despacio.
El mundo se ha acabado aquí. Voy a gatas por los desiertos salados del Uyumi.
No existe nada que no sea la soledad.
Deseo salir desde este lugar del mundo para ir a oler entre tus piernas, y seguir vivo.
No me ahuyentes.
Mi boca sobre tu coño es la chupona del bañal.
Ha sido una casualidad que el asteroide haya caído en el edificio de al lado.
Nos quedan (aún) unos minutos de nada.

jueves, 4 de agosto de 2011

INEXPLICABLEMENTE.


A veces me quedaba así mirando muy absorto. Conseguía poner los ojos en un punto. Sobre la mesa de mármol de la cocina quedaban granitos de azúcar y migas de corteza de pan. A ciencia cierta estos estados me sobrevienen cada vez con más frecuencia. No sé de qué parte de mi surge esa leve sensación de galbana, cansancio, como un estado de total ensimismamiento después de una dura jornada. A las diez de la noche la luz amarillenta me alumbra por la espalda, y sobre el mármol oscuro aparece una sombra mediana con el contorno de mi cabeza, mis hombros, y la penumbra inmediata de mis manos entrelazadas. He notado más de una vez, después de unos mínimos segundos que no puedo cuantificar, la extraña fuerza que me eleva lentamente a tres palmos del suelo, sin ninguna causa externa aparente, sin ninguna fuerza magnética que me impulse. Sí. Permanezco unos instantes levitando para luego girar, para luego avanzar, para luego quedar reposado de nuevo a unos metros de la cocina, en pleno pasillo, o dentro de una de las dos habitaciones. Allí me viene como un sobresalto al encontrarme parado, retornando la conciencia de repente, sintiendo un olvido casi total de lo más inmediato. Dudando de que el prodigio haya sucedido de nuevo, inexplicablemente.