domingo, 28 de febrero de 2010

AUTOBÚS


Ahora mismo no percibo cual es mi realidad. Estoy sentado con una bolsa de viaje sobre mis rodillas. Mi cuerpo se mueve con la inercia del autobús que sale de una estación. Pero no sé a donde voy.

CINE


Pudo haber sido un jueves de semana santa de hace unos cuarenta años. Podían estar echando, -en Eastmancolor, Technicolor, o Metrocolor-, las películas obligatorias del régimen: Los Diez Mandamientos, Ben-Hur, Cleopatra, La Biblia. O alguna edulcorada como Simbad y la Princesa, La Noche de los Muertos Vivientes, Mary Poppins, Desayuno con Diamantes. El título no me importaba mucho. Siempre entraba al cine Goya, con la película empezada. Al entrar desde la calle, los ojos tardaban en adaptarse a la semioscuridad de la pantalla. El acomodador encendía ligeramente una linterna que tapaba con los dedos, era como si adivinase a donde ibas. Caminaba presuroso, por el pasillo lateral del patio de butacas, y me dirigía a la oscuridad plena de las últimas filas que quedaban protegidas por el saliente del anfiteatro. Oteabas el ambiente, apenas adivinabas las siluetas de cuatro o cinco mujeres. -por lo general, distribuidas simétricamente-. Si había alguna libre te sentabas a su lado. Si estaban ocupadas esperabas en la fila anterior. El resto no es muy descriptivo. Eran dos pesetas de nada. Luego sentías la mano deslizarse por tú bragueta, las suaves caricias, el movimiento compasado, y el colapso, con las piernas estiradas,- y si acaso un gemido no permitido-. El resto era un trapo rugoso que te limpiaba apresurado, cerrarte la bragueta, y huir, casi reptando, a las filas más decentes, o a la luz cegadora de la calle.

sábado, 27 de febrero de 2010

AROMATERAPIA


Esta noche me dejaron aquí. Recuerdo que la cama estaba helada, y que sentí el mismo miedo de todas las noches. No recuerdo cuando he muerto para los vivos, ni cuanto tiempo llevo adoptando esta postura de acurrucado. Una vez al día me estiran, me dan dos vueltas o tres, mientras siento el agua fría sobre mi cuerpo, y percibo el olor de los ungüentos. Nada que objetar a esto. Te sientes inanimado. Ningún recuerdo. Ninguna sensación táctil. Ninguna señal que te indique que formas parte de algo. Sólo miro, oigo y huelo. De estos tres sentidos del que más disfruto es el de la vista. Me ubica. Es mi secuencia del tiempo- día, noche y día-
Después de embalarme para la noche. Los siento en la otra cama. Jadean. Parece una pequeña pelea. Aparentemente se aman. A ella la disculpo por la soledad que implica mi vegetación. Después de amarse. Ella se desliza en mi cama. Se escurre, y me da a oler su parte más intima. -Yo se lo agradezco con una leve sonrisa-

viernes, 26 de febrero de 2010

RSS


He activado varios RSS, alimentando mi página Web. La pobre estaba un poco triste, con poco color y muchas ausencias. No tenía vida. Digamos que estaba deshinchada.
Desde hace unas horas está más contenta. Se pueden ver públicamente muchas cosas de mí. Se accede directamente al sonido de mi corazón, puedes palpar su ritmo, la clase de latido, incluidas variadas extrasístoles, y ritmos sinuales descontrolados. Por otro lado también es visible mi estado de ánimo, los biorritmos en pulsos de gráfica con secuencias cada 28 segundos. Es accesible mi temperatura corporal, con variabilidad cada hora, en gráfico a dos ejes. Se puede saber mi desplazamiento vía GPS, con una exactitud admirable. He puesto en la habitación pequeña una web-cam, visionando un sofá. Cada 23 horas me podréis ver leyendo, o viendo la televisión. Este es mi gran hermano particular. Mi próxima implementación es poder transmitir los estados de mi alma. Un poco más complejo quizás. Pero a mi no se me resiste ningún RSS, chuleta.

jueves, 25 de febrero de 2010

ARMARIO


Ayer a las tres de la tarde me volví a meter en el armario. Como están las cosas, tiene muchos beneficios fiscales de contribución, dado que la superficie ocupada es menor. También tiene menos porcentaje de comunidad. El gato escogió el anaquel superior, y yo la parte de abajo. Llevo varias horas viviendo. Al principio no me acomodaba bien. Ya eran tres años viviendo fuera, y ya se sabe, la amplitud tiene sus comodidades.
Ayer cené una tortilla de bonito, y el olor era algo cargado. Abrí ligeramente la puerta y se disipó rápidamente. Hoy saldré a comprar comida para todo el fin de semana, dicen que habrá vendaval. Voy a asegurar los geranios que tengo en el balcón. Vivir en el armario no es tan malo, si se lleva con imaginación. Un beso para todos.

PABLITO


Dicen los profundos conocedores de Homero, –poeta y rapsoda griego, del siglo VIII, antes de Cristo-, que cuando quería inspirarse, atravesaba el gineceo, y lentamente se agachaba en el jardín, absorto, observado por las mujeres, esperando una leve luz de los dioses. Así estaba agachado, hasta que le renacía la inspiración. Y dicen, que después de limpiarse con una hoja de parra, se levantaba, llevando en las manos doce versos de la Iliada. Que malo tenía eso. ¿Acaso la Iliada nos ha olido mal? La mayoría de los poetas han forjado sus poemas en instantes parecidos, ausentes, con la mirada perdida mientras el esfuerzo muscular regula los esfínteres, plasmando la rubrica enroscada sobre el ballico. ¿Y acaso, los poemas de nuestros poetas preferidos nos huelen mal? Dejemos a un lado que los poetas, en general, son una morralla evanescente, creídos, neuróticos, raros, insoportables, siempre esperando que les pasen la mano. Incluso los que fueron asesinados se cagaron de miedo al final de sus tristes segundos de vida. ¿Acaso por eso los poemas nos huelen mal? Pablito era uno más. Uno de tantos, digamos, uno más que en su paranoia unió más palabras. Porque en el fondo, la poesía es un estado de animo para locos. Para tristes locos que lloran. Y para tristes locos que hacen catarsis deprimida. Pues viva Pablito. Pero Pablito cuando cagaba, como Homero, llevaba para la mesa un puñado de versos. ¿Y acaso los versos de Pablito nos huelen mal? Pues no. Por eso, cuando uno caga está como ausente. Prueben a mirarse al espejo en ese trance.
¿Pero huelen mal los versos de Pablito? !Pues, no!

miércoles, 24 de febrero de 2010

"LOS RUTIOS"


Ayer por la tarde, de la que venía de trabajar, pasé por mi vídeo club y saqué dos títulos muy sugerentes: La sinfonía del placer, y la Almeja rosa. Luego me metí en el súper y compré seis de palomitas, una de orejones, ocho botes de cerveza, - por si se me acababa la logística de la nevera- En el quiosco arramplé con dos de barritas de siete cereales, una de fresas pica pica, una de jumbos, y dos de tortitas de regaliz. En el Burger me compré dos dobles con beicon y queso, tres churrusquitos, una de aros de cebolla, y cuatro de papas; y lo que más me gusta, dos de tarta de chocolate, y mucha munición de mostaza y tomate.
Cuando llegué a casa con el cargamento ya eran las 8 de la tarde. No hice muchos prolegómenos, prendí el video, metí la de la Almeja rosa, -era la más sugerente- y empecé a zamparme todas las viandas. La cosa es que a eso de las tres de la mañana, me desperté en el sofá con muy mal sabor de boca. Me subí los pegajosos calzoncillos, y a trompicones me tiré encima de la cama. Mientras iba por el pasillo solté cuatro “rutios” como un león de la Metro Goldwyn Mayer. -Esto no me digáis que nos son cosas del alma-

martes, 23 de febrero de 2010

BEAGLE


Desde mi balcón veo el palo mayor de las velas del Beagle. He puesto la tienda en el salón, y estoy rodeado de hojas y plantas extraordinariamente hermosas. Espero contemplar y observar esta parte de la tierra, tan extraña para mí. Mi compás de madera comprueba la dimensión lateral del cráneo de mi gato, y cuidadosamente lo dibujo. Hoy estaré todo el día aquí. Mañana acamparé en la habitación del niño.

lunes, 22 de febrero de 2010

AEROPUERTOS


Mark Waras Flikus, reunió el 18 de Diciembre del año 2009, en su sede de Bridgeport, Connecticut, cerca de de la histórica Captain's Cove, a sus 10 altos ejecutivos, entre los que se encontraban los 4 directores de fábrica para productos de alta tecnología en seguridad.
La reunión en un principio tenía el carácter en el argot de empresa de prioridad alta, con todos los argumentos que parecía ser implicarían en el programa de la reunión: alta estrategia de mercado, alta estrategia logística, y sobre todo, alto secreto. (Esto último ya efectivo en la letra pequeña del contrato de todos los sus altos cargos, allí presentes.)
La mesa era inmensa, geométricamente una elipse perfecta, que el Presidente de SSIC (Security Systems and Integrated Control), había propuesto personalmente con toda meticulosidad. Con una finalidad única; la de poder observar a todos los presentes.
La reunión empezó 12 minutos mas tarde de las diez de la mañana, fijada como hora inicial.
Cuando entraron todos, y todos estuvieron en su sitio, se hizo un silencio sepulcral. Mark Waras, se levantó del extremo curvo de la mesa, franqueado por las dos hileras de sus encorbatados altos cargos. Y comenzó a disertar:
…La reunión de hoy es para hablaros de estrategias. Nada que ver con lo que habitualmente hablamos. Hoy os pido a todos, la máxima discreción en los planteamientos que tengo que exponeros. Como sabéis desde hace 6 años, nuestra especialización industrial se basa en equipos de alta tecnología para sistemas de seguridad y control. Nuestra nueva ampliación es la especialización, desde hace dos años, en el control de ataques cibernéticos, que como sabéis llevan nuestras filiales de Maryland y Houston.
…Últimamente el mercado se ha resentido en lo que se refiere a prioridades en desarrollo de seguridad. Los estados no compran, y por lo tanto nosotros no vendemos. Os he reunido aquí porque voy a exponeros la particularidad de nuestra nueva forma de marketing y mercado. Nosotros debemos ser el principio y fin. Quiero decir que nosotros vivimos del miedo de los ciudadanos, y si queremos seguir viviendo como grupo empresarial, deberemos nosotros mismos desencadenar el miedo en los propios ciudadanos.

La reunión, que yo sepa, duró 6 horas más. Eso me dijeron. Tampoco sé si alguno del los 10 se fue de la lengua. Yo no se lo hubiera dicho a tantos a la vez.

domingo, 21 de febrero de 2010

HOJA DE ABEDUL


Soy una hoja de abedul. He crecido en primavera. Puedo considerarme afortunada por lo hermosa que he sido. Tuve una aureola de diente de sierra bordeada en mi exterior. Mi epidermis fue suave como el celofán, y mis nervaduras eran semejantes a una espina de pez, simétricas, a ambos lados. Siempre pensé que las otras hojas me tenían envidia. Transporté la savia mejor que nadie y por mi parte inversa y oscura, circulaba el oxigeno a raudales. He tenido la suerte de crecer en la parte alta de una rama esplendorosa. Por las mañana mi figura se veía reflejada en la corteza blanca, y he visto de cerca los plumajes de gorriones y tordillos; y algún azor ha estado aquí oteando presas de conejos.
Han pasado muchas noches y días. Me han soplado aires del nordeste. Mi vaina se ha agitado bruscamente. Algunas veces me he creído morir antes de tiempo. Soporté la nieve, enormes gotas de lluvia, y los golpes del granizo. Algunas veces me sentí deprimida y sola, viendo como mis envidiosas compañeras se caían al vació.
Ahora me reflejo en la corteza blanca, y la memoria me lleva a los tiempos en que estaba llena de deseo, y jugueteaba con el aire en la más hermosa adolescencia.
Me viene a la memoria, cuando en las noches con poca luz el amor me sonrojaba, y sentía el abrazo de los búhos, y oía el palpitar de la vida en la hojarasca.
Me viene a la memoria cuando el sol me ponía vestidos blancos, y las telarañas tejían hermosas cuerdas de terciopelo sobre mi garganta.
Hoy, una suave brisa me ha quitado mi perenne vida. Mínimo soplo que agitó la rama que me soportaba.
Voy hacía el suelo lentamente con los labios fríos. Llena de sensaciones pasadas. Sin haber amado al mundo, que sigililomaente me miraba.

sábado, 20 de febrero de 2010

CRISTAL


Soy W. A. Morrison. Llevo muchos años acudiendo a todas las citas propuestas, con cierta lentitud en el tiempo, y muy desfasado en la exactitud que debe presidir cualquier encuentro que se precie. En las citas de amor, soy tremendamente exacto. No exculpo si ella llega tarde, aunque sus razonamientos premeditados traten de inventar disculpas.
Siempre me gustó lo exacto. Lo armónico. Todo esto me obsesiona. Muchas noches siento vibraciones globales sobre mi cuerpo, que aunque puedan deberse al síndrome del Túnel Carpiano, me invitan a razonar sobre su oscilación, elongación, amplitud, y sobre todo, lo que más me interesa, su frecuencia. Totalmente perceptible cuando bebo agua, y veo como en la superficie del vaso se forman unas pequeñas ondas milimétricas, de exactitud infinitesimal.
Creo que debo razonar y meditar.
Se me vienen infinitas ideas a la cabeza, de cómo recoger este mensaje de la naturaleza, y poder transformarlo en algo que sea mensurable. Lo que está claro, es que no soportaré más citas de amor, a destiempo.
El Domingo pasado estuve tomando un café con mi amigo Horton, en una cafetería del centro de Trenton. Me habló de Pierre Curie, un antepasado lejano de su abuelo, y muy aficionado al esoterismo. Me dijo que Pierre creía que el cuarzo estaba vivo, y que tenía la capacidad de absorber energías negativas. Después de aquel Domingo, le estuve dando vueltas al asunto, y llegué a la conclusión de que el cuarzo vibra.
Trabajé dos largos meses en este invento. Apenas he comido. Apenas he salido a la calle. Apenas he visto el día. Incluso he descuidado mi higiene personal.
Pero por fin voy a ver a mi amada, totalmente acicalado, a la hora justa.
Estoy subiendo por la Avenida Abraham Lincoln, y la gente se para extrañada. Aparte de mi ramo de camelias, llevo sobre la espalda un cristal de cuarzo transparente de 560x380 mm. Del que salen dos diminutos cables que entran en mi pecho, donde están la batería y un circuito integrado. Ahora mismo me faltan 234 diezmillonésimas de segundo, para llegar a la cita, y mi corazón palpita apresurado, a 32.768 oscilaciones por segundo.
El amor puede llegar a ser insoportable.

jueves, 18 de febrero de 2010

QUIZÁS


Cuando estés leyendo esto, yo te estaré mirando. Ocurre que puedo levitar en silencio y me sostengo en el aire como un ave de rapiña. Cuando pases por aquí, y leas esto, no sé que pensarás, ni cuales serán tus sensaciones en lo que llevas adelantado del día o de la noche. Preveo tu postura inclinada, la luz que te ofrece tú ordenador, el ambiente que existe entre tú y el universo. Cuando estés leyendo esto, yo ya puedo estar muerto, o lleno de deseos. Por si acaso dame tu mano. Estírala virtualmente, déjame sentir tú calor, la agradable sensación de que aún me queda un hálito de vida. Cuando estés leyendo esto, en este mismo instante, tú y yo seremos diminutos, y quizás ya estemos muertos, sin ninguna dimensión que nos defina.

EL BMW


…me he dejado barba, pero ya te cuento…había dado cuatro vueltas a la manzana, con mi R-9, TS, del 82, bien conservado, iba a la gestoría , “Selohacemostodo”, de la zona del Empalme, cerca de la antigua Estación de La Renfe, aparcar en la Manzana del Empalme, se las trae, el caso es que a la quinta vuelta veo por mi lado un hueco, con su rayita azul, como para coger dos coches, meto el intermitente, y empiezo la maniobra para aparcar, hostias, tío, en esto llega un BMW, pintadito de color mierda, recién estrenado, habría costado doce kilos, de los de antes, por lo menos, y en un abrir y cerrar de ojos se me mete allí, me quedé flipando, se bajan dos pijos trajeados se ponen delante de mi, me hacen una rabila y lo del dedo del urólogo, y encima me dicen, tiralo pringao, y se van, pues sabes, di otras cuatro vueltas y no volvió a aparecer hueco igual., y la cosa me urgía, volví al barrio de las Mil, metí el R9 en el garaje, paré un taxi, y con el rabo entre las piernas, dejé la escritura en la gestaría, ya ves tío, tío, tío, no acaba aquí la cosa, a eso de los diez días, por una casualidad, pasé por allí, sobre las dos de la mañana, y tío, tío, tío, entre la esquina de la calle Faro Norte, y Anselmo Arenal, estaba el BMW, inmaculado, limpio, brillaba como una estampita, aparcado en la esquinita, encima de un paso de cebra, me dije, joder, están aquí los hijos de puta, pues me lo puso aquí, Belcebú, llegué a las Mil, aparqué el R9 en el garaje, y cogí un piolet que siempre llevo en la guantera, (por si hay que abrirle a uno la cabeza), me dije, esto bien vale un taxi, volví, el BMW aún estaba allí, miré arriba abajo, me apoyé en la puerta de adelante, y disimuladamente, empecé a picarle la puerta como un pájaro carpintero, así con las cuatros puertas, el capot, las lunas ,( la delantera a los dos picazones se quedo como una telaraña.), me dije, voy a descansar, caminé un poco, para distensionar, para otear, volví para atrás, y empecé con los faros, primero los de adelante, luego los de atrás, pues me dije, hay que acabar bien el trabajo, saqué la rasca, de las de venteo, y se las clavé, primero en las ruedas de adelante, y luego en las de atrás, por si acaso, menudos hijos de puta, pues por si acaso, pues por eso, me he dejado barba, tío…tío, tío

martes, 16 de febrero de 2010

EVANS SCHULTES


Esta mañana al levantarme descubrí en mi pequeña terraza a Richard Evans Schultes. Estaba de espaldas, y entre la penumbra que producía la luz de mi habitación vi como manipulaba unas hojas de geranio. Sentía el sonido de su pequeño mortero machacando las hojas en un cuenco de madera. Cogió hortensias y algo que llevaba en los bolsillos y revolvió el ungüento. Vi como se daba la vuelta y en dos pasos estuvo ante mí. Desde mi cama aprecié sus pequeñas gafas y sus largas manos emponzoñando un dardo.
En el bolsillo de su chaqueta asomaba una pequeña cerbatana. La sopló ágil y el pequeño dardo se incrusto sobre mi vientre. No pude apreciar más. Me encuentro aquí paralizado, con los ojos abiertos, sin poder moverme. Mientras mi gato olisquea mi cara.

LA NOCHE


Sin duda alguna la noche puede ser infinita cuando no duermes. Es como si pudieses ver el ojo enorme de Dios. La cabeza se convierte en deforme teatro de saltimbanquis. Pasan historias que has vivido, y caras con las que nunca has soñado. Valoras sucesos inmediatos. Eróticas ensoñaciones con seres que algún día te abrazaron. Y te quedas quieto por si acaso te duermes. Y te quedas quieto por si acaso la última ilusión no te ha convencido. Qué extraña es la noche. Que larga.
Qué noche sería la de aquellos que esperaban la muerte en el paredón a las 6 de la mañana.

GRITOS DESESPERADOS.


Llevo dos años viviendo sólo y es indudable que no me arreglo igual que antes. No soy organizado. Sólo hay que verlo. En mi casa suelen entrar pocas personas. Pocas, no. Diría que ninguna ha pasado de la puerta. La abro un poco para mirar quien ha tocado el timbre y sólo si me resulta familiar. Si me traen algo lo cojo. Si me tienen que decir algo lo escucho. Si tengo que firmar algo, no lo firmo. Si miro por la mirilla y me parecen sospechosos, no les abro. Si son del Servicio Social, los mando a tomar por el culo gritando detrás de la puerta. Si aporrean la puerta, los dejo hasta que se cansen. Lo único que me toca soportar es el guirigay de los niños a la salida del colegio, lo odio. Es la única atadura temporal a parte del día y de la noche. Debo de llevar veinte días aquí. No lo recuerdo bien. La última vez salí por comida, llené el arcón de paletillas de ternera, y a eso de las tres de la tarde volví a bajar para comprar vino y latas de conserva. De farmacia ya me queda poco. Las últimas recetas están agotadas. Puede decirse que mis relaciones domésticas son totalmente satisfactorias. No merece la pena ver la cocina. Todas las cosas las estoy ordenando a mi forma. Por supuesto nada que ver con la pulcritud de entorno que hace años reinaba aquí, era de esquema geométrico, casi perfecto. Aquí entraba todo Dios, era como una exposición surrealista. Las filigranas las he tirado de tan incomprensibles (indescifrables en la sala inmaculada con fondo azul). Nunca me ha gustado el orden. El orden no desencadenó el origen desde la nada. La creación fue inspirada por el caos organizado. Y ahora la simetría es el principio del fin. Cada vez siento más que mi intelecto es mucho más normal que antes, que pienso más trascendental (aunque no me abandonan los seres misteriosos que me cambian las cosas de sitio) .Lo que va mal es lo somático. Pero el olor que me envuelve me gusta. Lo rápido que a veces encuentro las cosas también. Las dos televisiones funcionan de continuo. En el video de la salita ponen durante veinticuatro horas “El Cazador”. Me gusta esta película. No paro de verla. La escena en que yerra el tiro sobre el venado me conmueve, mil y una veces la he visto; cuando entro en la salita, si esta parado ,le doy al play y vuelta a empezar. Muchas veces sube el plasta de abajo a protestarme, me dice que escucha los tiros ¡Y qué! Ni le abro. Hoy tengo la impresión de que ando orinado, también me noto ansioso. He ido al salón a revolver la cómoda para buscar no sé que. Pero no estaba allí, y me fui a la vitrina donde tengo el rifle de caza.
De Niro está sobre las rocas. Agazapado. Es tan extrañamente real la escena.
.......... está persiguiendo al venado por la escollera, va sigiloso, siente sobre su cara una brisa suave y limpia, sus pies resbalan mientras camina como un guerrillero agazapado, se agacha, apoya el rifle en su hombro, el venado está ante él, erguido y hermoso, lo tiene encarado, la crucecita de la mirilla señala primero su cornamenta, luego desciende lentamente, y se para en su carita alargada, y dispara, una vez y otra, dispara todo el cargador...
Sobre mi cara sopla un aire cálido, insoportable. Por mi cara cae un sudor espeso. Estoy agotado de andar por estos desfiladeros, me vuelvo de espaldas y me siento, con las piernas estiradas sobre la alfombra.
Dejo el rifle apoyado sobre la forja del balcón.
En la salita aún huele a pólvora.
En la calle un lamento estridentes de sirenas y gritos desesperados.

domingo, 14 de febrero de 2010

EL DE LA BATA AZUL


No sé qué día desperté a las tres de la mañana. Pongamos un día cualquiera. No importa. He perdido esa dimensión que llaman tiempo. Ya no es mensurable para mí.
Ocurre que ya no soporto recordarme. Y mi problema, ahora es dejar la mente en blanco, o lo que se dice para describir no pensar en nada. Aunque no sé si alguien habrá conseguido esto. Pensar en blanco no es pensar en un tendal blandido, porque eso ya es pensar. Pues que me digan cómo.
Me han admitido por causas que desconozco. Por “episodios”, caracterizados por sentimientos ansiosos y diversos síntomas concomitantes, (palabra extraña), con desviaciones somáticas a escalofríos, palpitaciones, agitaciones estomacales, falta de apetito, y sin iniciativa. Al de la bata azul le hablé que no me apetece moverme. Andar desde aquí hasta allí, para qué. Doblarme para qué. Sentarme en el water para qué. Y el de la bata azul masticaba un lápiz. Y me comía con los ojos, pero no pensaba en mí. Había entrado una zorra de culo alto, y buenos pechos. Y también le dije que me sentía cada vez más y más triste. Cualquier noticia me precipita mi ansiedad, y es entonces cuando me da por sollozar sobre una almohada. Y el de la bata azul no sé si me escuchaba. Para mí son noticias trascendentes, porque en este momento tengo ganas de pensar y cada vez me ocurre menos. Soy una tormenta de pensamientos. Así que el de la bata azul, no sé si se daba cuenta de lo trascendente del momento. Y entonces le dije que ahora mismo sé cómo me llamo. También sé lo que llevo en los bolsillos, y de dónde he cogido la ropa que visto. La zorra había entrado otra vez, para entonces el de la bata azul dibujaba con el bolígrafo sobre una hoja cuadriculada, recalcando una forma geométrica de diamante. Y yo le dije que ya no tenía humor. No sé reírme. Me acordé de lo de la lejía, y se lo conté. No sé que día. Pero al juntar mis piernas me acordé por el dolor. Me dio por rociarme los genitales y mi escroto está contrito y no funciona. Eso me parece. El de la bata azul no se inmuta. Tanta catarsis diaria le ha puesto una coraza de tortuga. Pero yo estoy aquí, y ahora me acuerdo. Una cuerda ata mi corazón con mis testículos. Las palpitaciones hacen vibrar a mi escroto. El de la bata azul pasa de todo. La zorra cada vez entra más veces. Y ahora ya no me acuerdo de nada. He sido muy razonable haciendo el esfuerzo de acordarme para que este gilipollas piense que soy un muñeco más. Cuando entré aquí tenía ciertas esperanzas en la terapia mental. Pero esto es una rutina. El de la bata azul tirará de protocolo. Es indiscutible que estoy loco. No sé como de repente me vino aquel impulso. Cogí el abrecartas me abalancé sobre el, y se lo clavé en medio del estómago. Lo vi allí sentado, sangrando como un cerdo. Ahora si que me miraba, pero no sé si me veía. No recuerdo más. Estoy atado a una cama y miro al techo pintado de blanco. Y ahora sí que no pienso en nada.

sábado, 13 de febrero de 2010

EL MAIZ


Cuando mi padre le pegaba a mi madre, yo salía corriendo a esconderme. Corría y corría ladera abajo, mientras miraba al río, luego, exhausto me sentaba entre el maíz, y allí parecía que se terminaba mi universo. Si eres niño y te metes entre el maíz descubres un mundo extraño entre un bosque de tallos. Fue el dieciséis de julio cuando mi padre le dio la paliza más grande a mi madre, ese día, ni si quiera lloraba mientras corría, pero el maíz ululaba, las hojas sonaban a papel de caramelo. Aquel día se acabó el cielo, porque me tendí boca abajo y me quedé dormido. No se el tiempo que pasó. No lo sé bien. Tampoco sé si había maíz, o era el agua del río.

viernes, 12 de febrero de 2010

ENSOÑACIONES


Me propongo poneros aquí, la página 689, de mi diario. Con esto no quiero demostrar ninguna dotación literaria, totalmente descartada, por mis años. Aquí, os describo científicamente, un sueño erótico que me persiguió desde el estreno de la segunda versión del cartero siempre llama dos veces. Pues bien, esa ensoñación post vigilia, me vino en innumerables ocasiones a la memoria, en inolvidables días, mientras vivía con la parienta, y después, años después de vivir sin ella. Bien. Ayer jueves por fin lo puse en práctica, con un rollete de infancia, encontrada, de años atrás, con Matilde, eminente colegiala del catecismo, y demás soledades. En una de sus visitas lo premedité todo, …sería después del desayuno, y fue después del desayuno, no cuento prolegómenos, salivación de 230ml, (aproximado), de caldo vaginal, con sabor entre melaza y harina de pescado, la cogí con cierta violencia, sorpresa imaginada en sus ojos, la levanté con fuerza sobre la mesa de la cocina, su trabajo me costó, tres intentos, al cuarto estampé su trasero sobre el mármol, , y la templé boca arriba, imaginaros la escena, Matilde, rellenita, espatarrada como una ranita, (nada que ver con la Jessica Lange), y delante de mi..,yo, bajada de bragueta presurosa, como el Nicholson , (nada que ver yo con el Jack Nicholsonl), y amigos, primer problema, no llegaba para a envergar, Matilde esperando ansiosa , yo apoyado con la punta de los dedos de los pies, ella intenta adelantarse un poquito, y tira al suelo de la cocina, un tarro con café, (789 granos aproximado), un cuenco con azúcar, dos cubiertos que se hicieron añicos, restos de dos tostadas, el tarro de mermelada, un yogurt, un trozo de mantequilla, todo al suelo, y yo sin envergar. Fue un desastre.

Consecuencias:

1.-) Para el polvo de el cartero siempre llama dos veces, nunca utilices mesa de mármol. (Resbala mucho)
2.-) Calcula primero las posibilidades que tienes de subir a la hembra a la mesa. Su peso, estatura, etc.
3.-)No dejes café en grano, el recogerlo es una putada.
4.-) Mira la altura de la mesa, cual es el nivel de tú verga respecto al suelo, cual es el descuello entre la mesa, parte superior, y el suelo.
5-) Para el supuesto, pon un plato con harina, algún cuchillo romo etc, es suficiente.
6- ) Piensa bien tus posibilidades de éxito.
7- ) Matilde se marchó con dos renegones en la zona pélvica. Calcula que tú amor no vaya a la policía con el cuento.
MUY IMPORTANTE.
8-) Si eres ancianete, no pretendas follar como cuando tenías 23 años.

EL TERRITORIO


Hace ya tres meses que me dejó mi mujer. Eso se dice. Dejar es abandonar algo. Olvidar. Tuvo muchos motivos, según lo que releo en este documento plagiado de otros. Cosa de jueces. Hace tres meses que duermo sólo. Y puedo contemplar con extrañeza por qué se dice dormir juntos. Roncar. Hacer la sillita. Clavársela por atrás. Sentir la humedad. Pero si lees esto pone textualmente. Entre otras cosas. “Comportamiento animal.” Y qué hacía yo. Nada. Mi preconsciente. Mi incosciente. Mi consciente. Unidos por una tubería. Y qué culpa tengo. Todo fluía. Si lees textualmente otra frase. “Su comportamiento se volvió muy extraño cuando llegaba a casa.”. ”La olía”. Y qué culpa tengo. “La esposa sospechó que le derramaba gotas de orina sobre la ropa interior”. ¿Alguien me lo mandaba hacer?. No lo recuerdo. Pero yo lo olía cuando ella llegaba a casa. Hace ya tres meses que duermo sólo. Y ahora por la ventana me molesta la luz. Ya es por la mañana. O quizás es de atardecida. La verdad. No lo sé. Y qué hacía yo. Lo de afeitarse el coño, acabó con mi paciencia. No sé.

EL MOROLO


Franco, José Antonio, y Don Joaquín, el maestro.. Detrás había una estufa de leña que soltaba olor a pino, con un tubo curvo que salía por un cristal roto de la ventana. En otoño los árboles de fuera se agitaban como si fueran cientos de manos, todos pelados, menos un boxe mutilado y anárquico. El maestro hablaba del último decenio de historia, mientras yo trataba gozar del cielo. Si hablaba de religión el infierno lo asociaba al abismo, al peligro mortal, a cómo escapar de la condenación. Y el tiempo pasaba y pasaba, mientras la estufa soltaba un vaho de humo tras la ventana. Íbamos con Dios y disparados, cuando Don Joaquín levantaba la mano y apuntaba a una puerta de arcos ojivales, con dos hojas, que apenas dejaban espacio a la barahúnda. Salíamos como poseídos, corriendo con los maletos, por la rampa, hasta el hórreo de Hortensia, escondiéndonos entre los pegollos. Muchas veces estaba allí el Morolo, babeándose, sentado sobre las trabes del hórreo, con los pies colgando. El morolo tenía unos ojos grandes de color gris, muy hundidos entre cejas tupidas, y la cara llena de granos. Qué ojos tan tristes e ingenuos. Ahora los recuerdo mirándome, como un perro apaleado, en el suelo, cuando Leandro y Talo, se agarraban a sus pies tirando con fuerza hasta hacerle

LA VIRGEN


El día no era malo, Por el Castedón había tímidos rayos de sol, y la niebla ya se quitaba,
cuando mi padre entró en la cuadra y me soltó a la Torba,(la del badajo con collar de filigranas), luego salieron la Mocha, la Torera, y la Xatía, todas eran cabañesas. Mi madre me preparó un fardelo con dos buenos trozos de pan de centeno, unas lascas de tocino entreverado, dos peras conferencia ,dos manzanas de sidra, y un puñado de castañas cocidas. Aquel día el río en el Barranco tenía un rastro de color de plata, que brillaba extraordinariamente. Cambiaba según íbamos pasando las revueltas hacía el Foxo. En los berzales de Anita la Coxa había cantidad de tordos, con guirigay, alguna golondrina primeriza zigzagueaba con vuelos rasantes y veloces. En las casas de Carzol salía humo azul y recto que perforaba la niebla en un juego de mezcla de colores.. Por Cabaña asomaban nubes pechugonas marcadas sobre el azul, algunas oblongas como si reposaran resbalando sobre las laderas de los Buitres de San Roque, torpemente desgajadas. Cuando llegamos a la revuelta del Molino de Antón, empecé a ver las ovejas de Chano el Pastor, desperdigadas por un lado y otro, algunas estaban entre el centeno de Onésima, abriendo surcos como locas, medio desaparecidas. A Chano lo vi con una oveja tordilla, de frente negro, agarrado por atrás, a dos puñados de lana de las paletillas, afincándola contra un pino doncel de rama alta y tallo áspero. La oveja paraba como una condenada. Berreaba angustiada, (o consolada), eso no lo sé. Al pasar por delante de Chano, no me dijo nada, bastante tenía consigo, con los pantalones caídos, y los ojos desorbitados. La Torba caminaba poseída, olía en la distancia el ballico y la forrajera llena de rocío.Yo sentía el sonido de su badajo lejano al ritmo de pisada, como una llamada de misa, y veía su rabo nervioso y mosqueado.

Faltarían unos cien metros para la revuelta de las Animas, donde los carballos de Grandoba eran gigantes, formando deformes torgos con cara de demonio, cuando vi una extraña niebla que subiendo muy alargada, formaba una onda con base de campana. Según me iba acercando se hacía más nítido el tono cristalino, con bordes añilados, como si fuera agua limpia de tormenta que ascendía.
Fue entonces cuando la Torba se paró, levantó el rabo y salio poseída monte arriba entre toxos, carqueixas, artos, xestas y brezales, y algún ramallo de castaño, corría como si tuviera mil tábanos y moscasquias comiéndole las ubres. Las otras la siguieorn monte abajo una, y monte arriba las siguientes. Todas se despendolaron.
Yo miré hacía arriba, y la vi, con las manos entrelazadas como si estuviera detrás de un espejo de agua, y el fondo fuera el mismo abismo.
Era una señora muy hermosa, con ropajes azules, escapularios de piedras de colores, y los pies descalzos dentro de una concha blanca como el coral, que flotaba quieta .Pensé que me miraba. Estuvo así, un tiempo, sin decir nada. Yo sentía a lo lejos el badajo de la Torba que se alejaba imperceptible, un sonido de cuquiello, cuatro perdices que pasaron muy rápido, una coruxa trasnochada, una oveja del rebaño de Chano, que estaba perdida, y dos escalantes negros. También observé un desfile de filoxera subiéndose a un pino, y un hormiguero tupido de hormigas pardas. El sonido de todo eso, era lo que me llegaba. Había una paz plena.
Aquella señora, movió la mano y yo me arrodillé, despavorido. De repente a su alrededor, aparecieron dos rabilargos, cuatro arrendajos, ocho cuervos, una tordilla, seis grajillas, dos cornejas, cuatro chovas, veinte cascanueces y muchas más golondrinas que no me dio tiempo a contar.

Vi cómo movía sus labios, y sentí con retardo una voz lejana llena de paz que me dio aquel mensaje….
No sé el tiempo qué pasaría, el sol estaba muy metido.
Luego sentí el perro de Chano que me olía la cara.

EL MASTIN NAPOLITANO


Acabo de salir del médico del seguro, y me aumentado la dosis del Prozac, a una pastilla más. Eso es que no ve bien. Antes de volver a casa pasé por el cementerio de Deva para ver la plaquita del niño. La he limpiado, y le eché agua al guindo que escogió Orencio. No tiene bien las hojas. A mi me gustaba más la hoja del cornejo, es más grande y le caen menos. Luego me pasé por Poago, a ver a Kaiser a la perrera. Aún no lo han matado. Al verme se subió con su patas sobre los barrotes de la jaula, está sucio y tiene los ojos muy tristes, nunca lo sentí aullar con tanta pena. Le llevé unas alas de pollo. Tiene dos heridas en el cuello, y el hocico reventado. Me dio mucha pena y me volví a casa.

A Orencio le pusieron Dosulepin, y anda a trompicones. No lo quitaron del camión. Reparte por Lugo de Llanera. Yo a lo que más miedo le tengo es a la autopista, a que de un volantazo. Ayer cuando cenamos se le cerraban los ojos. Ahora no llora tanto como antes.

Yo lo que quiero es no recordar, pero las cosas no son como una quiere, la cabeza va y viene y no se controla, sólo la pastilla logra atontarme, y ahora con más dosis andaré como un zombie.

Si Orencio no tuviera aquella costumbre. Cada poco lo hacía así. Cuando llegaba no iba a ver al niño, Yo siempre fui dispuesta a todo. Dejaba intencionado algún plato en el fregadero, y cuando sentía la llave en la puerta, me ponía allí, aclarando aquello. No decía nada. No le veía la cara. Sólo sentía su mano bajándome las medias. No había prolegómenos. Nada que objetar. Si le gustaba yo estaba para eso. Algunas veces con el gusto me cogía la cabeza, y me hacía besar el fregadero. Aquel día eran las siete de la tarde. Del niño, sólo sentimos un grito. Aunque no sé muy bien si fue del Kaiser o del niño. No puedo describirlo, pero lo tengo aquí. Muy metido. Luego vimos a Kaiser en la puerta que nos lo traía cogido por el cuello, como si fuera un regalo. Pero ya estaba muerto.

LOS CUERVOS.


Ahora estoy aquí sentado sobre saliente del ábside al lado del presbiterio de la iglesia mientras hacen la misa.
Los vivos están ahí, pero sólo pueden ver los cuervos revolotear. Están posados tras el cristal policromado de una claraboya profunda y circular.
Lo llevaba pensando desde hacía varios meses. Había días que lo meditaba con mucha intensidad, hasta casi llegar a la obsesión. No fue una acción repentina, algo que decides sin venir a cuento. Fueron casi dos años desde que me vino a la cabeza esa idea de acabar con todo. Cuando piensas en eso, tienes algunas veces momentos de irascibilidad con los que te rodean, como si los culparas, de que para ti no hay salida por ningún camino posible ni figurado. Y te surgen esas reflexiones de llevarte a varios por delante. Considerando que su culpabilidad hubiera sido manifiesta, en la causa directa de tú autodestrucción.
Los prolegómenos son extrañamente metódicos. Digamos que es muy mental. No obstante, lo difícil en estos casos es escoger el día. Eso lo dejas siempre para el final, como si todo estuviera claro, y trascendente, cuando tienes una gran tarea que realizar y la pospones porque no te resulta del todo agradable.
Me decidí por fin el día 19 de abril, (santos Rufo y Expédito). Aunque la logística no era complicada, también medité sobre que cuerda seleccionar, y qué tipo de árbol escoger, y en que zona. Nada desdeñable esto último, de ello dependería cuánto tiempo tardarían en encontrarme. (Tampoco deseaba que me comiesen las alimañas).
Una semana antes del acontecimiento bajé a la Ferretería de Rufo el de la parada, y compré cuatro metros de cuerda de pita del dieciocho, siempre me pareció excelente por su poca dilatación al tiro; muy importante que haya poca deformación en estos casos, para no calcular mal, y además aguanta muy bien, (Os comento esto por si alguno tiene la misma intención, nunca se sabe). O sea, ya tenía la cuerda. Con lo del árbol me decanté por la higuera de Eulalio, el de Cabañas, casi centenaria. Está en un huerto del fondo del pueblo, y es muy visto por los que regresan del otro lado del río, con las caballerías y el ganado.
Fue todo el lunes, a las siete de la mañana. Comí queso, y dos buenas hebras de lacón cocido, y tomé unas seis copas de orujo. Cogí la cuerda, y me dirigí sin prisas a la huerta. Por el camino sólo encontré a la señora Apolonia que venía corrida con dos hogazas de pan. Me saludó de pasada.
Sabéis. Al llegar a la higuera no me lo pensé mucho, el nudo ya estaba hecho, la rama escogida, por la mejor zona para subirme. Me lo puse en el cuello. Miré por última vez las montañas de San Román, algo oscuras, aún. Y me tiré.
Lo extraño de todo esto, es que cuando acabé de patalear, me vi a mi mismo colgado. Llevo así dos meses y medio, vagando por el pueblo, sin que nadie me vea. El cura ni una misa dijo. Ni dentro del cementerio me enterraron. No sé cuanto tiempo debo vagar. Necesito que digan tres misas, pero no tengo forma de dar una señal. Me acompañan los tres cuervos de un lado al otro, algunas veces hago que piquen las ventanas. Pero para ellos, los vivos, no es una señal, son puñeteras aves de mal agüero que vienen a avisar al próximo.
Cuando acabe la misa, seguiré vagando. Ahora estoy aquí sentado.

LA TORTILLA ESPAÑOLA


Quizás eran las tres de la mañana, cuando me desperté sin ningún motivo aparente. Últimamente duermo entrecortado, a saltos, y me quedo despierto largas horas. Desde que me dejó mi mujer, instintivamente estiro la mano y compruebo que sigo sólo. Eso es algo que trato de olvidar. El martes pasado, sucedió lo inesperado. No fueron ruidos habituales los que subieron de la planta inferior. La planta inferior parecía extrañamente habitada. Sentí pasos, la radio encendida, y una tenue claridad asomaba por el inferior de la puerta de mi habitación. No soy dado a los estremecimientos, pero de repente me asaltó una inesperada angustia, con irracionales pensamientos, sobre cosas de las que no creo en absoluto. Pero la realidad era otra, y la interrogante inmediata existía: Cómo estando yo sólo podía sentir vida en la planta inferior, siempre inanimada.
Me armé de valor, nervioso, me puse la bata, me calcé las zapatillas y comencé a bajar a oscuras. La luz que estaba encendida era de la cocina. Sentía mover de platos, y un tenue canturreo de la emisora españoleando sobre cosas del querer. Seguí sigiloso, mi corazón latía sobresaltado. Me quedé parado en la esquina de la escalera, comencé arrastrar mi cabeza por el borde de la pared, hasta que conseguí avistar un pequeño ángulo de la cocina, fue entonces cuando la vi, como flotando un tenue arco azulado. Era mi ex suegra pelando unas patatas, para lo e parecía ser su plato preferido. Una tortilla española.

Mi suegra falleció el 20 de noviembre de hace dos años. Me acuerdo siempre, por ser el aniversario del Ogro.