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Mostrando entradas de 2019

CLAXON.

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Me levanté como de costumbre, con la rutina habitual de todos los días. Son los ejercicios que el pensamiento no ve ni coordina, como si dentro de nosotros un pequeño ser llevara los mandos. Cerré la puerta de casa tras de mi y bajé paso a paso las escaleras. He de decir que los ascensores me producen cierta desazón. Cuando llegué a la cota inferior para entrar a mi garaje oí el sonido lejano de un claxon. Pasé las dos puertas de seguridad y el sonido se hizo totalmente perce ptible y penetrante, mientras el automatismo iba encendiendo las luces me embargó una repentina inquietud al comprobar con sorpresa que el sonido procedía de mi coche aparcado en la plaza número catorce. Con cierta cautela y algo de miedo me acerqué lentamente desde la parte de atrás hasta que se hizo totalmente visible el cristal delantero. De aquella calma angustiosa pasé al miedo más profundo y paralizante, en mi coche había un hombre dentro. Estaba con la cabeza apoyada en el claxon, con el pelo recién

VIDA.

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Tuvo que ser en primavera cuando le dije que la amaba. Después de dieciocho años de aguantarnos, voy y se lo digo: -pues, oyes, te quiero. Yo no tenía nada ya que hacer cuando ella se iba a trabajar, las hojas de los geranios seguían creciendo y dando flores en el balcón, la vida seguía sucediendo, por ejemplo, aquellos grandes camiones de reparto de cerveza que venían bufando a primera hora. A veces los niños con su griterío, imbéciles siempre, ya con depresión el mayor, llena de manías la más pequeña. Harto de todo los dejaba solos cuando no tenían escuela, y bajaba a tomar un café a la Solana. Al volver, al abrir la puerta, todo aquello, el olor, los gritos de la menor y todos los platos para lavar. No sé si le dije que la quería sin darme cuenta. Ahora mismo no recuerdo si fue en primavera,o quizás esta misma mañana antes de irse a trabajar.

ANO.

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Miré al cielo omnipotente mientras meaba sobre una maleza de zarzales y brezo. Todo esto lo hacía al cielo de poniente en su larga presentación de nubes entrelazadas, figuras llenas de anarquía a las que trataba de poner cierto orden mental dentro de aquella total ofuscación. La soledad del bosque solo roto por el ulular del viento y el graznido de algún ave desesperada. Sentía aquel dolor horrendo en mi linea pectinea, desflorado mi esfinter interno, aún nota ba la humedad de aquellos restos sanguinolentos. Aunque mi verdadero dolor era otro, aquella obsesión ofuscada de verme violentado por los tres robustos madereros del bosque de los Robledales. Me sentía aprisionado aún por el cuello y la rodilla del calvo y su aliento a orujo sobre mi boca, mientras uno moreno me entraba sin compasión a tirones salvajes, y así se fueron turnando uno tras otro sin la más mínima compasión. Dejándome allí tirado, al borde del camino, dentro de aquella inmensa soledad. Mi incertidumbre

TENDAL.

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El hijo de puta del cuarto D tiene el lomo tatuado con un águila que cae en picado sobre unas espaldas inmensas, pero quiero rajarlo, quiero meterle una hoja con venteo que tengo de Taramundi, hasta donde le llegue, y dejarle entrar el aire para que ventile la patata. Mi Dolores ya me lo dijo dos veces, que se asoma por la ventana del salón al patio de luces y coge las bragas escuálidas de su parienta y la mira, mientras las huele, la mira con una sonrisa de conejo, mientras mi Dolores retira las a las suyas, hermosas a lo XL, de su ordenado tendal, que le va el culo de mi hembra, que lo sé, a ese hijo de puta sin trabajo conocido.

NORA.

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Cuando llegué a Valdoncina, mi tía Nora me llamó Paquito como cuando tenía seis años. Debajo del entrante del portón estaba mi hermana Amancia y me lo dijo, no le hagas caso, ya no sabe ni cómo se llama ella, muchas veces piensa que está aún en Valdevimbre, o en Sahechores. Por las Lomas se veía la atardecida, yo recordaba siempre aquella raya quebrada en forma de serrucho con todos los colores cuando el sol se escondía, y extrañamente las primeras golondrinas al final de Marzo. Siempre que iba era una ceremonia subir al desván por dos quiebros de escalera de madera, allí olía a cecina y chorizos y estaba todo revuelto lleno de trastos viejos, montones de patatas y grano de trigo y de centeno. Me quedaba de pie viendo la larguera de madera que lo sujetaba las dos pendientes del tejado de losa con dos claraboyas de aireado por donde entraba una extraña claridad en forma de tubo. Me quedaba de pie y cerraba los ojos para escuchar aquel grito de Nora intentando levantar las pier