martes, 31 de enero de 2012

ES UN PRESENTIMIENTO.



La situación empeora con los teoremas. Los teoremas no explican el límite de la nitidez de la luz y la sombra. Esa sencilla singularidad de lo indefinido, lo inexplorable.
Te llevo aquí, no puedo decirte en qué parte. Tu espalda descubierta debajo del contorno de mi mano, puedo asegurarlo.
Hablar de piel es una osadía, no existe, sólo la sientes. Apretarse para que no quede el silencio, no existe, lo escuchas.
Quitarnos el frío es lo bello. No decir nada, es lo absoluto, sólo el corazón con su ritmo de vida, y respirar y vivir.
Lo imperfecto es lo inexplicable de por qué hay ojos que una vez se miran.
Lo imperfecto de un primer abrazo, y la duda, y luego otro abrazo, y otra duda.
Cuando abrazas con ánimo de amar todo se para. Estas en un borde, en un lado lo que obedeces, en el otro la singularidad de lo desconocido.
Hoy la lluvia se equivoca.
No hay ninguna sospecha.
Estás aquí, no puedo decirte dónde.
Es un presentimiento.

lunes, 30 de enero de 2012

HUMILDE OLVIDO.


De todo lo que puedas sujetar con las manos, con desesperación, en el hábito de llevarte, sólo una cosa se te olvidaría, coger tres panes para bendecir lo que has robado.
De todo lo que ha estado a tu alcance y has observado con ojo de agrimensor, forzando tus brazos para recogerlo, sólo una cosa se te olvida, quién lo ha sembrado, después de oradar la tierra, quién ha muerto unas horas sobre la cosecha.
Si hay que devorar una rata, tú tienes planes inmediatos.
En el límite más extremo de las hambrunas, formarías un previo concepto,
de cada una de sus partes, para llevarte la más preciada.
Luego está el humilde olvido
.

EL BAR LA PARADA.


Aquel enanito -más pequeño  que los enanos-, a Pacita le gustaba. En el bar la Parada era la mofa, por lo tan enano, más pequeño que un enano, aún.

Se abría la puerta despacio y aparecía Mencio, con sus piernecitas encorvadas, y sin mirada. Para ver su mirada debías agacharte, e incluso, así, no conseguías saber de qué color tenía los ojos hundidos sobre unos pómulos prominentes mezclados con una boca de labios muy  amplios.

Al Ogro de Pacita le llamaban Ogro, mal encarado, como si oliese siempre de lado los perfumes sospechosos, con unas espaldas de acorazado, rapado estricto en su cabeza ovalada, y bíceps extraordinarios, muy tatuados de filigranas arabescas. De porte alto y amenazante. Te miraba a lo pit bull, y pedías de una sola vez un café sólo, sin confundirte. En Liliput ya sabéis, el doctor Lemuel era un Ogro, el monstruo de Tasmania. El bar la  parada un oasis en la general que atravesaba Blefescu.

Cuando llegaba Mencio, Pacita salía de la barra porque tenía miedo que lo pisase un camionero; lo llevaba hasta la mesa y lo sentaba sobre la silla que daba a una cristalera al lado de una máquina expendedora de tabaco. Alguna carcajada había cuando Mencio entraba; siempre había desconocidos en el bar de la Parada, que llevaban tiempo sin ver a un verdadero enano.

A Pacita le ayudaba una peruana a la que llamaban Queruba, de cara estrechita y pelo lacio, algo roja la frente, y ojos oblicuos y almendrados. Queruba y Pacita confidenciaban y algunas veces se reían del bulto del enanito, será posible tanto mondongo para tan poca cosa, a escala compartida, el Ogro tendría metro setenta y cinco de diferencia. Y Pacita le decía a Queruba aquel secreto del medio palmo de su marido -si había suerte de enervarlo-, y de lo irrisorio de sus envestidas que la llenaban a medias.

-Pacita le describía al Ogro con todo lujo de detalles.
-Quizás la peruana sabía de enanos y le aconsejaba a su vez.

Por San Silvestre estaba prohibido que circulasen cuatro ejes, circulaban domingueros para llegar a la Noche Vieja; y al lado de la máquina del tabaco había guirnaldas y lucecitas chinas de colores, y un Papá Noel que daba vueltas y decía musiquillas de campanas. El Ogro se había quedado rastreando en la cama algo de paciencia, y a Pacita le dio por sentarse delante del enano y entonces le vio los ojos de color castaño muy grandes y profundos. Cuando lo subió a la silla, por un descuido su mano notó la descomunal verga, y luego apreció su sonrisa, y entre toda aquella sensación estrenada, verle la cara al enano era como mirar el mar de anochecida: sin aire, tan callado el mar que impresiona. La cara del enano era de pastorcito y marinero a la vez, ideal para nacimientos.

En la Parada, por las mañana, todo sabía a café y por la barra porras con nata dentro y coñac con un olor a rastro de medicina, y si la peruana amasaba pan casero subía como un sopor de calores y levadura del sótano. El enano tomaba el café y mojaba las porras con ansia al masticar, su boca se llenaba de muecas y se le ponía cara de payaso, mientras de la comisura de sus labios inflados caían gotitas de café y granitos de azúcar.

Pacita se quitó una babucha de pico árabe y le dio por extender el pie para poder tocar las piernecitas del enano, como en una broma para niños, y notó las piernecitas y otra vez aquel bulto descomunal que casi le llegaba a la nuez del pescuezo; pero no le dio por seguir; al enanito se le cambiaba el gesto de los ojos a un figurado intenso brillante.

El Ogro se marchó a la pesca de vara (a por truchas), el día de los Santos Inocentes, temprano, porque no solía estar el guardia de Prelo en la arremolinada de la presa del Gumio. La peruana había acabado de sacar treinta riches de pan y dos empanadas de conejo y una de carne guisada. Estuvo cortándolas en porciones sobre la barra. Pacita ponía copas de sol y sombra y miraba por entre los cortinones de la cristalera que daba al aparcamiento. Pronto vio subir al enano por las escaleras, casi a gatas, a la vivienda de arriba, y empezó a secarse las manos disimulando la impaciencia.

Si tienes unos brazos como los de Paquita y unas espaldas de mujer hecha de una vez, y unas tetas que miraban al suelo porque eran grandes, a los enanos te los follas, sin más, al estilo botijo, de otra forma es imposible. Cuando entró quitándose el mandilón Mencio ya había trepado sobre una silla de mimbre en el trastero donde se guardaban licores y manteles, y cuando la vio empezó a bajarse los pantaloncitos y como unas bragas de niña de color azul oscuro. Pacita vio levantarse aquella verga descomunal como si hubiera salido de la nada, inusual la escala para un cuerpo tan desvalido, el glande era coloradito como una manzana de reineta con estrías, y por el empeine no se caería una gota de agua hacia los lados de lo cantimpalo que era el mango. Era de seguro que si defecaba un tiempo sobre la hojarasca se le subirían las hormigas.

No desvariaban, gemía Paquita agitando al enano como si fuera una prótesis o un consolador de porcelana, agitaba al enano hacia dentro y hacía fuera, y según le entraba el gusto, más grande era el ritmo, estaban mismamente de pie, aunque antes le dio por ponérselo encima pero el enanito estaba fuera de maniobra, así que apremiaba aquello que ya le bajaba desde la médula, y lo cogió así, como un botijo, hasta que logró correrse ella varias veces y el enano mareado.

No había sábanas blancas, sólo una ténue luz mortecina a través de una claraboya.
Al final del día de los Santos Inocentes En el bar la Parada olía a truchas fritas repletas de jamón por el vientre..

domingo, 29 de enero de 2012

SOBRE EL AMOR.


Adivinada  mi  primera tristeza
he de marcharme de mi erróneo paraíso, como un huésped incorrecto.
Pertenecemos a una  triste  especie que vive en fuga constante.
No hay otra solución en tiempos de cólera que hacer poemas de amor,
aunque las consecuencias de su erosión sea el roce de un cabello sobre la piedra.
Hoy te hablo de distancias, en el sentido de lo inmediato, de cómo conseguirte.
Sabes.
La curva existe por un presagio de no creer que es lo más corto,
pero si has de viajar sobre los cuerpos  la recta es un engaño.
La recta no me permite experimentar el buscarte, está fuera de toda  estadística certeza,
de en qué lugar habitas.
No me importa por tanto, de qué forma  he de orientarme
discurriendo con veloz lentitud, avanzando como una aparición.
No sé ni cómo ni cuándo será el encuentro. Repaso cada detalle. Aprendo ceremonias.
Y me sitúo arrodillado en el entorno  de tus pies para salir viajando por ti,
sin especular cómo llegaré antes para alimentar mi deseo.
Subir renqueante, sostenerme entre  tus piernas, esconderme dentro de tu falda,
y esperarte,
a que dobles tu cabeza sobre mis hombros,
y que me aprietes en una señal para inciar juntos nuestro viaje.

sábado, 28 de enero de 2012

PARA TI.


Cómo podría conseguir que una posibilidad se convierta en realidad sabiendo que hay una sutil diferencia entre lo posible y lo probable.
Sin  ninguna opción prevista para que ocurra un resultado.
Todo lo lejano tiene que ver con la ausencia, el peso en el corazón, en la cabeza un teatro de guiñol, y siempre su cara.
Ir diciendo: te quiero, te quiero.
Y luego mirar y oler, contemplar lo abstracto, la silueta de los bordes, lo posible que ha quedado del ser que amas.
Sabiendo
que ningún  fenómeno real ha de cumplirse en ese instante sobre todos los objetos tocados por sus manos, sobre la piel que te  cubre que estuvo sobre su piel. O sobre el aire  sospechar brazos abiertos transformando  volutas imaginadas.
Todo lo que sucede ahora bajo la luz ambigua es la posibilidad que esperas: detalladas apariencias, un hueco dentro de tus manos.
Lo cierto es que en el gesto de un abrazo no hay probabilidad de suceso si uno de ellos está  ausente. Al menos no hay nada escrito sobre ello en la teoría del conocimiento.
Sin embargo, quién puede asegurar que no haya laberintos dentro de  las sombras.
No sé qué decirme.
Sabiendo que aún no está el ser que amo,

sólo es posible cerrar los ojos y recrearme en la aventura.

miércoles, 25 de enero de 2012

TE MIRA A LOS OJOS.


Hay una parte de azar para que ocurra un suceso en toda inmovilidad.
Son antiguas paradojas: Aquiles y la tortuga, el arco y la flecha,
sin alcanzarse nunca,
o recogiendo un impulso.
Es muy cierto que antes de devorar digieres mentalmente.
Y que la imperfección está decorando las esquinas donde hay algo expuesto.
Pero no estoy de acuerdo que para regenerarse todo debe destruirse.
He sabido que de lo inanimado procede lo animado.
El insecto que debajo de tu zapato sobrevive,
sale reptando en un gran desafío, y es una burla para la fortuna,
o la semilla que explota para alejarse por un designio imposible.
No es una casualidad que si algo se  muere, algo tiene que nacer.
No es una casualidad que algo que está aquí esté en otro lado a la vez.
No es una casualidad que un  hombre ya muere cuando olvida su nombre.
No es una casualidad que  un ser humano nace cuando lo señalan.
En el amor suceden  dos estados, cuando estás y te aprieto,
cuando sobre mi queda tu mano, aunque ya te hayas ido.
Ante toda imposibilidad, si exceptuamos el descuido,
antes de asesinarlo,
un hombre siempre te mira a los ojos.

REZA ALGO, POR DIOS.


En la calle unos niños están jugando. Cuentan desde diez hacía atrás. Pienso que cuando lleguen a cero, no sé que pasará. Me escondo.
Así que todos estamos a merced de este puñado de imberbes.
Tanta dialéctica para acabar pendientes de un conteo negativo.
No soporto no saber, no saber, no soporto no adivinar, no soporto no saber, que bragas tienes puestas ahora, cómo te marcan, no soporto no saber cómo son tus bragas, no soporto no saber que bragas te pondrás cuando lo vayas a ver a él.
Hija de la gran puta.
Un día se me abrió de piernas. Todo aquello era para mí. Los niños, recuerdo, empezaron desde ocho millones abundantes hacía abajo, y yo me quité la dentadura, las dos, la de arriba y la de abajo.
Le comí el coño, sólo lengua y encías mucho más suave que el culito de un bebé.
Se retorcía. Me decía, hay Chusquito, me haces volar. Yo para ciertas cosas llevo el ritmo del bolero de Ravel (tararealo), así, a ese son, se lo hacía a ella con mi boca.
Los niños contaban y contaban, hacía atrás. El final nunca llegaba. Se dilató por primera vez cuando iban más abajo de doscientos ochenta y ocho, de los ocho millones abundantes hacía abajo. Los niños nunca pensaban que llegarían hasta cero, y con tres añitos (apenas) se angustiaban. Sentí esa leve vibración armónicamente acelerada de su botoncito, mi bolero proseguía, incansable, sus caderas se movieron como una barca por el oleaje de otra barca, y luego me apretaba hacía arriba follándose mis encías, cuatro movimientos bruscos. Pongo algo de paisaje. He de decir que estaba de plenilunio, el cielo impermeabilizado por una cubierta de celofán irradiado por un atardecer suave repleto de colores. El sol desaparecido detrás de su oquedad, unas montañas que tapaban otro paisaje detrás de las montañas, otra oquedad -no sé ciertamente si había aves-. Fueron trescientos mililitros de flujo (aproximado) (eso), soltó un chorrito hasta mis amígdalas. Digiérase para mi gusto que era como un sabor a eucalital a Peppermint , a salmonete con destiempo, a miel de la Alcarria con un toque de anís de Chinchón, aromas de butifarra con pelusina. Y ella nunca como hoy, me dijo, tus encías son de suave margarina. Las sábanas estaban con resplandores de luz por los limos transparentes. Vi que me miraba levantando levemente la cabeza, aprecié desde mi sumisa postura sus ojos asomados sobre sus tetas, y vio mi boca en forma de chocho, los labios ondulados, las dos partes de mi dentadura sobre la colcha, y la hija de la gran Chingala va y me llama cerdo, y aún toda húmeda, se viste y se va dando un portazo.
Repito, qué hija de la gran puta.
En la calle los niños están jugando.
Los niños van en diez. Ha pasado una eternidad y ya tienen barba.
Contar desde ocho millones hacía atrás es mucho mucho mucho.
Yo deambulo buscando mi dentadura.
Cuando lleguen a cero me taparé los oídos.
Reza algo, por Dios.









lunes, 23 de enero de 2012

NO EXISTE EL TIEMPO.


...entre cada dos silencios te estoy llamando,
entre dos sueños,
grito tu nombre.
Necesito que tengas la intención de buscarme.
Piensa
que por cada decisión que adoptes te quedarán cien dudas
y por cada duda cien  incertidumbres. Pero debes buscarme.
Si quieres encontrarme habrá una escalera donde algo muy ancho tapa los abismos.
Si vienes a recogerme trae pan de trigo, algo de sal,
y envuélvete desnuda sobre una tela blanca.
Una vez decidido el trayecto nuestro viaje partirá a cualquier hora.
No tengas miedo.
Te sujetaré por el hombro
no has de despedirte de nadie
no tendrás dolor en el corazón
no habrá manos abiertas dibujando adioses sobre el viento.
Será nuestro secreto.
Has de llegar sigilosa, sin apresurarte,
no tengas prisa, vamos a una ciudad que se llama No Volver Nunca Más
allí
para los seres que se aman no existe el tiempo.

SHIVÁ.


Estoy en el octavo escalón observando la danza de Shivá, sus cuatro manos en sincronía moviéndose, y Deví la diosa múltiple, apareciéndose, desapareciéndose entre un difuminado azul, sin esquinas, sin bordes, sin principio, sin final, sin distancias, sin tiempo, sin conocimiento inmediato de por qué estoy aquí. El inicio de todo fuiste tú mirando mi cara, mi última mirada fue tu cara, no sé si tus ojos, no sé si tu boca, no sé, a ciencia cierta, lo que vi de ti por última vez, tus pechos quizás, sólo puedo confirmar que eras tú, de aquella forma, en que te contemplada sobre mí. Sucedía intemporalmente un invierno, un verano… Fue una casualidad tú visita de esa forma en que llegabas de improviso, aún mi corazón no preparado, esta vez en primavera. Tu ropa nada más entrar, sembrada por el suelo, sin descanso. No hay ningún dolor en las sorpresas del amor, sólo ahogo apresurado por verte desnuda, como de bruces. No sé si eran los buenos días, o si eran las buenas tardes, o el parte de las dos, o las descargas en las tiendas, el ronroneo de la calle, los acelerones. Si estás desocupado te tiras sobre la cama, la cama siempre deshecha, el olor de siempre, abierta, contigo dentro. Entrabas como a una cueva rupestre, olía a carne cruda, a mierda, y tú eras una neardental, y sin apenas tiempo, eso, eso, eso, un polvo rápido y una hamburguesa para volver al trabajo, te pusiste sobre mí, te clavaste en mi, te apuñalabas, de esa forma intempestuosa, sobre algo frágil que no tenía ganas de vivir, y te quedaste allí dentro, sentada, y al volver tus ojos, viste mis ojos tan abiertos, inexpresivos, increíblemente muertos, sólo dentro de mis ojos, invisible, la danza de Shivá, allí mismo abrazándome , rodeado de muchos brazos, sobre un claro fondo azul, sin esquinas sin bordes, sin principio, sin final, sin distancias, sin tiempo, sin conocimiento inmediato, sin sufrimiento, ya no estaba contigo, mi cielo, estaba donde el azul.

ÁRBOL.


Ya no hay nada.
Las piedras están acostadas.
El tiempo se derramó donde se pierde la vista, y parece dormido.
Los muertos tienen los órbitas vacías hacía la oscuridad.
El agua en coletilla siempre va o viene hacía donde lo desean las fuerzas invisibles.
Es un recuerdo y como tal casi no tiene colores.
Lo árboles si los miras desde el suelo parece que están clavados sobre las nubes.

Yo cuando llegaba allí lo abrazaba. O cuando llegaba allí ponía un ojo abierto y el otro cerrado sobre su rugosa corteza, y miraba al cielo. Sus hojas aleteaban un verde intenso. Yo había sido un nudo de culebras cambiando la piel donde empezaban sus raíces en aquel ojo inmenso que se hacía oscuro, y había sido el cuco dando aladas, el búho, y los gorriones. Aquel día cuando puse mi pecho y mi cara como mirando, como escuchando, y luego me quité desconsolado, me quedó una marca roja sobre el jersey, y en unos instantes, eso, como en unos segundos de nada, entendí que tenía que apretar mucho más (sin apretarlo casi), a mi árbol, que ya estaba sentenciado a muerte.

A Quirino le conté muchas veces para dormirse la historia del Roble de la Charca, que había nacido por casualidad cerca de donde los de Franco pusieron años después el lavadero comunal. Y no era mentira que una de las raíces salía de la tierra y avanzaba metiéndose una y otra vez, como si fuera una inmensa lombriz, para llegar debajo del cementerio, casi doscientos metros más abajo.

Detrás del lavadero se cambiaban las medias y las zapatillas de esparto las mozas de la Montaña que bajaban al baile quincenal. Yo las escuchaba y las vigilaba por el agujero del aliviadero metida la vista por la llanura del agua, mirando sus pantorrillas, y como se mojaban hasta las bragas y por debajo y por detrás, y como la muda de Placencio se lo levantaba todo hasta más arriba de la cintura enseñando una piel demasiado blanca, casi como la nieve.

Y le decía al Quirino que no era bueno sentarse en el tallo arrabanado, ni contar los ciento veinte circulitos que lo envolvían en espiral señalando hacía el norte o al sur; no lo se bien. Decían las viejas del lavadero que los muertos chupaban por sus raíces, y que sentías como el agujero del culo se te encogía si estabas mucho tiempo a posaderas sobre aquella mesa reseca de roble.

Había sido mucho antes.

Ya te dije.
Cuando vinieron los madereros del Suso estuvieron cuatro días razonando, dándole vueltas al roble. Incluso pudieron haber llegado a las manos haciendo disquisiciones sobre su derrumbe, que se caería para el este o para el oeste, pero que siempre habría que acuñarlo por el norte. Ponían varas alisadas de avellano a lo largo y a lo ancho, y aquello decían que era igual de horizontal por todos los lados que lo mirases. El menor de los del Suso decía que siempre caería para el cementerio, que los muertos ayudarían tirando.
Una locura. Pasaron cuatro días. Iban y venían con los apeos, a saber: dos hachas de volteo, y cuatro arrojadizas de doble filo de las medianas, y dos de culata mocha y mango con empuñadura de garganta, y dos cintas de sierra de diente chico y diente amplio para tiro, y con las cuñas de hierro fundido de un palmo y un dedo de tajadera. Iban y venían con todo. Lo dejaban allí. Lo recogían. Volvían al día siguiente. Y otra vez las discusiones.

Al Quirino le conté que el Roblón tenía más de cien bultos acerados de resina de como un puño de grandes, en forma de tumor, a la altura de donde topa el corazón de un hombre, cerca de donde empezaban las quebradas de las raíces antes de enterrarse. Le dije al Quirino lo de los fusilamientos y las balas con sangre que se quedaron allí. Algunas veces cuando veníamos de la escuela del Fondón parábamos a escarbar con las navajas.

El Roblón no tenía corazones de amor.
Tenía piel de corazón dentro.

De copa muy alta, las ramas se ampliaban hacía la mitad, y su sombra, por alguna extraña paradoja, no seguía los designios de donde arrimaba el sol, cosa rara era ver la sombra desviada casi al revés que sus hermanos los castaños.
Cuando los del Suso decidieron de qué lado iba a caer (por los designios de la ciencia y el razonamiento), era un viernes de cuaresma, tres días habían pasado desde el martes, dando vueltas con varas escuadradas, arriba y abajo, sintiendo aires, mirando su doblez con arrimadas de poniente. Decidieron darle veintiocho tajazos de hacha hacia donde el coleteo del agua, casi ingrávida, arrojada desde un pellejo.
Estaba duro. Saltaron lascas blancas como la manteca hasta que se hizo una medía cuña de un palmo. Luego cogieron la sierra de diente largo y le metieron un tajo fino allí por donde daba el corazón de los fusilados. Fue un largo y pesado corte de dos horas, los cuatro del Suso se cambiaban y escupían en las manos hasta que llegó un poco más allá de la tierna espina que tenía los anillos más pequeños. Descansaron medio muerto el árbol. Comieron tocino enhebrado, y pan de centeno, bebieron vino en bota. Y luego empezaron el tajo quebrado hacía donde la coleta del agua se había difuminado.
Le conté a Quirino, cómo ponía los ojos allí por donde los bultos de bala llenos de miel de hormiga. Lo senté sobre el tallo cortado y le dije que escuchase.

Fue cruento y aún no se sabe por qué. Con ganchotes de anzuelo y lorzas de esparto quitaron a duras penas la cuña. Hicieron roldana sobre un tallo de castaño. Tiraron una y otra vez hasta que salio la grandiosa tajada de madera. Daba miedo ver al árbol así. El Roblón crujiendo cuando la leve brisa lo arrimaba a un lado y al otro. Parecía imposible que se mantuviese de pie de tan poco como quedaba de su alma.
Le dije a Quirino que escuchase, le dije, la raíz que iba al cementerio empezó a moverse, se removía la tierra. Los del Suso no se dieron cuenta, se iban estirando las partes corvadas que subían hasta el tallo. Era como si saliese una serpiente de la tierra.

Tiraban desde allí los muertos.
Y no calló el Roblon por brisa ni por el destemplado del desnudo. No fue hacía el lado donde la coletilla del agua bajaba desamparada. Hubo un momento en que los del Suso se miraron con los ojos extraviados, sin entender, y cuando dijeron: ¡árbol!, el Roblón empezó a inclinarse hacía todos los lados de forma majestuosa, y no dio tiempo, eran tan grande sus ramas, que abarcaron como una mano gigantesca por donde parecía imposible que llegase.
Los cuatro del Suco quedaron allí, muy muertos. Y si escuchas bien, si pones el oído en las rayitas de los años, aún los oyes discutir con sus varas de avellano, todo a lo largo o todo a lo ancho, tan horizontal.
Yo cuando llegaba allí lo abrazaba. O cuando llegaba allí ponía un ojo abierto y el otro cerrado sobre su rugosa corteza, y miraba al cielo.
Ahora las piedras están planas sobre el silencio.

domingo, 22 de enero de 2012

DEBO VOLVER.



-Permanecer aquí donde todo es hueco.


De nuevo estaba con  esa sensación de desconfianza e inseguridad. Había salido de casa a eso de las siete de la mañana. Eran habituales aquellas ceremonias de comprobación (redundantes) de que todo lo que pudiera ser peligroso quedaba perfectamente revisado, a saber: grifos, llave del gas, televisión apagada, ventanas cerradas totalmente -dejando siempre  una ranura para que entrase algo de luz y aire fresco-.

Luego estaba la otra ceremonia premeditada de los signos. Signos que iba rotando en nuevos gestos según pasaban las semanas: unas veces eran las dos cruces con mi mano izquierda sobre la puerta; otras el circulo con mi dedo índice sobre el saliente de la cerradura -una vez pasada la llave tres vueltas, contadas lentamente-; otras, tocar con mis rodillas sobre la parte inferior de la marcación antes de coger el ascensor como si fuera un sometimiento religioso (hubo otros signos, gesticulaciones compulsivas que me iba inventando ,y que no mencionaré por lo difícil que pude resultar su descripción para llegar a comprenderlos).


-Los signos ceremoniosos no sé de qué parte de la mente proceden. Tampoco puedo explicar su significado, surgen porque la desgracia o la suerte  inexorablemente deben cumplirse en un destino movido por hilos sobrenaturales-.


Aquel día me marche con aquella sensación extraña de que alguien había quedado en la casa cuando yo me había ido. Algo que me parecía imposible. Podría suponer que llevaba  dos años, una semana, un día…, como mínimo, viviendo completamente sólo, y sí estaba seguro de no haber llevado a nadie a casa el día anterior. Digo esto, porque mí estado mental algunas veces me jugaba malas pasadas al identificar ciertos sucesos con su nexo temporal.
Más de una vez, al levantarme con mis dos saltitos habituales de la suerte sobre la alfombra, había tenido una ligera sospecha de no encontrarme sólo. Aquel día me embargó una duda tan grande, que incluso desde que entré a trabajar sobre las ocho de la mañana no paraba de darle vueltas al asunto. Me obsesionaba aquella idea de haber percibido una mirada y un ligero murmullo de despedida antes de haber cerrado la puerta.


En la oficina tuve la impresión de que mis compañeros se habían dado cuenta de que no estaba en mi mundo. El caso es que yo tampoco tenía claro  que estuviese  en el suyo. Había observado que me ignoraban, como si no me tuvieran en cuenta en su espacio ni en sus movimientos. Era una vaga y errónea certidumbre que más de uno en el pasillo se quedase mirando hacía mí. De vuelta de la impresora presentía que me daban por inexistente. Otros contemplaban  desde la parte superior  del biombo divisorio, donde estaba mi diminuto espacio de trabajo, como si se hubieran impregnado sobre un lugar vacío algunos vagos recuerdos.


-Mi preocupación iba en aumento.


En esos instantes ya dudaba de haber cerrado la puerta. Incluso estando seguro de que había realizado la ceremonia del círculo con el dedo índice alrededor de la cerradura. Las ceremonias de un obsesivo llevan un escrupuloso orden de hechos consumados, y el círculo con mi dedo era posterior a cerrar la puerta, por lo que esta debería haber quedado completamente cerrada.

Tanta fue esa inquietud, que me dirigí al despacho de mi jefe, y se lo dije: tengo que volver a casa, creo que he dejado algo mal. Quizás asintió, ausente,  como si no notara mi presencia, no lo vi bien. Salí  precipitadamente hacía  la calle, y cogí el metro. En unos veinte minutos estuve en la calle Corpus Barga, delante del veintiocho, enfilando apresurado el tercer piso. No esperé el ascensor, subí por las escaleras como si mis piernas tuvieran un extraño resorte. Cuando estuve en el cuarto B, mi puerta estaba completamente cerrada, (esto siempre era un consuelo cuando llegaba a casa),  no se observaba nada fuera de lo normal. Me quedé  más tranquilo. Saqué la llave y giré las tres vueltas de rigor, eran las tres vueltas: ni dos, ni una; tres vueltas para que estuviese abierta -antes de entrar dibujé una cruz protocolaria  por donde la mirilla-. Con la puerta abierta percibí la claridad de la ventana de la cocina, y una ligera brisa. No olía a gas, no había agua por el suelo, tuve la corazonada de que la casa llevaba muchos meses cerrada. Sólo observé la anormalidad de luz de la habitación encendida, y  pensé que algo había fallado en aquel protocolo rutinario de comprobación a la salida. De la lámpara de la mesita salía una forma geométrica de luz y sombra difuminadas hasta el otro lado de la cama.
Quizás me estremecí por el olvido (he de decir que las ceremonias de un obsesivo son de exactitud algebraica), o me estremecí por aquella visión inmediata y aterradora, no lo sé aún. Cuando empuje la puerta levemente para poder mirar en el interior, la vi allí tendida sobre la cama con la almohada tapándole la cara, las piernas abiertas, las manos estiradas con las palmas hacía arriba, entrecerradas, en un rictus. En aquellos instantes imaginé que aquella escena no era de hoy, no sabía de cuándo era, ni cuánto tiempo había trascurrido desde entonces, ni si yo había salido algún momento de mi casa hacía la oficina, o si alguna vez había salido de aquel espacio; porque pudiera ser que el cuerpo de la alfombra con la cabeza ensangrentada por un disparo fuera el mío, y la casa llevara dos años, una semana, un día, sólo un mínimo segundo cerrada. No lo sé aún. Le estaba dando vueltas, razonándolo todo.


-Hubo un instante.


Tuve la extraña percepción de que lo material no influía en mí. En la singularidad de la inexistencia  no hay leyes. Lo leve vence lo impenetrable, nada es  mensurable. También percibí la extraña distorsión de la temporalidad referida a los sucesos, de que yo había existido siempre al no recordar ni un principio ni un final; y de que nada me impedía atravesar los tabiques, para ver este mundo lleno de los finos hilos que lo soportaban, como una sutil, teatral, y endeble estructura sujeta por la nada.
Otra vez lo he mirado todo: grifos, llave del gas, ventanas cerradas…, y un poco de luz.
Me acabo de marchar  con esa repetida extrañeza de que alguien ha quedado ahí, mirándome con sus ojos abiertos. Sabiendo que siempre que se me olvida el cerrarlos, debo volver.

sábado, 21 de enero de 2012

TRANSPARENTE.


De todo lo que te puedas imaginar, lo más simple es que la manzana atrae a la tierra, y que todo lo que se mueve es por un afán de morirse.
Acostumbrarme a ti, en el sentido de que me faltes, sentir la ansiedad de  esperarte, decirte que todo lo demás no existe, que mi infinito  es el solitario fondo del pasillo que me acoge.
Boca arriba imaginando el leve contacto de un beso, acogiéndome a las leyes,  sintiendo que arrastro al mundo.
Suponer que estas aquí y que me amas, sobre los ojos cerrados,
que abrazo un cuerpo en forma  de aire,
y que  me pesa
el leve roce
de una cara transparente

jueves, 19 de enero de 2012

NO VOLVERÉ NUNCA.



Después de tantos años allí, no recuerdo bien lo que se veía por la ventana.

No estaba dispuesto a fregar el baño nunca, pero he aquí que me encuentro con un estropajo en la mano sobando el interior de la taza del váter. Para quitarle hierro al asunto pienso en la perfección de esta geometría tan cóncava lacada en blanco para que las cosas puedan irse hacía el mar sin pena ni gloria.

Con Ella se fueron los rastros de aromatizador azul. Nunca más ese olor a bosque de pinos.

Me toca por la espalda el niño, y le digo al niño, o te comes las lentejas o de la hostia que te pego te pongo la cara como unos alicates, y el niño que no se las come, que les da vueltas con la cuchara y selecciona por tamaños y colores…, o las que flotan o no flotan, o las que están cocidas o no, y que se va a la hebra y rasura un trocito de chorizo, niño, hijodelagranputa, que te mato, cógelas todas por igual que son lentejas, te enteras, y no las dejas, por mi madre.

La lavadora tiene la puerta que no cierra bien y pierde. Le saqué el filtro el viernes y aún aparecieron monedas de una peseta, algunos céntimos de euro, tres imperdibles, y una sortija de la zorra de Purita y muchos limos negros. Resulta que cuando el niño comía las lentejas, yo me lavaba las manos después de haber limpiado la taza del váter, se pone a centrifugar y se abre la puerta y me tira todo aquello por el suelo, y va el niño, y va y va y va y va , y coincide que dice aquello de estas lentejas saben muy mal, y fue entonces, allí mismo, que le suelto aquel guantazo de lado y se queda tirado en el suelo, sentado en la silla, con la nariz sangrando y yo cagándome en todo lo humano y lo divino.

No recuerdo si en aquel momento sentía algo de pena.

Llevo veinte días de martillo percutor, se te aflojan las carnes, algunas veces pienso que los huesos ya no me sujetan la carne, y que me tiemblan los ojos, y cuando bajo al bar veo vibrar las botellas, y cuando doy la mano me miran raro porque les tiemblo, y creo que me vibran los azulejos, pero el que vibra soy yo. Y ahora el niño está en el suelo y tiemblo pero de miedo, porque tiene los ojos cerrados y sangra mucho por la nariz, y ahora si que tengo pena y desasosiego, y lo aprieto contra mí, aquí en el suelo, entre trapos mal centrifugados, y mis manos que creo que aún me huelen aún aún aún aún a mierda.

No lo recuerdo bien, pero sobre la puerta de la nevera había una nota azul que  ponía, no volveré nunca.

EL ÍNDICE.


Mi entorno no es dichoso en el amplio sentido de la palabra, pero puedo considerarlo hasta cierto punto confortable. Tengo mi butacón para sentarme; y me da la claridad casi todo el día, por una ventana del patio de luces.
Quizás noto en falta un poco más de espacio vital, aunque mis estiramientos son estáticos y apenas desarrollo ejercicios que requieran desplazamientos de mi cuerpo. A saber: trabajo los grandes pectorales, los grandes dorsales, hago derechos e izquierdos posicionados para la columna, ayudado de los brazos estirados; para las oblicuas utilizo el palo de la fregona; formo los deltoides; saco músculo a los hombros utilizando kilos de azúcar envueltos en cinta aislante (dos o tres paquetes de un kilo en cada mano); el transverso espinoso forzado me lo hago como si rezara a Mahoma; bíceps, tríceps y braquial anterior lo trabajo con tres kilos de garbanzos atados a una cinta adhesiva, con unas manillas de fieltro duro para facilitar todos los movimientos; mi abdomen lo trabajo con sentadillas, atando mis pies con una cuerda a la parte inferior del radiador; la posición de la cobra la hago como si hiciera el amor con la alfombra (a tironcitos). A todo esto, para compensar la relajación final, le añado varias posiciones de yoga: la de la cigüeña, el triángulo, el pavo real, el cuervo, etc. La que más practico es la posición de la cigüeña (padahastasana); una de las más difíciles ya que permite flexionar la espalda hacia adelante hasta extremos inimaginables. Cuando perfeccione este ejercicio tengo una vana esperanza de poder acariciarme a mi mismo algún día (coloquialmente: “chupármela”), no sé cuando alcanzaré el prana, pero el onanismo con la boca es algo que me apasiona. Nada que ver con el amor contenido entre el pulgar y el índice.

martes, 17 de enero de 2012

DECIR NADA.


Algunas veces me fijo en lo erosionado por las manos, cuántas manos me pregunto sobre la piedra suave, sobre la madera desgastada, cuántos pies sobre las pulidas losas, cuántos siglos.
Si nos quedamos sobre lo que adoramos, me entra el miedo cuando lo acaricio.
Todo lo que tú has tocado sigue aquí, en la oscuridad, y presiento que se mueve.
Algunas veces me fijo en un leve rastro donde te dabas la vuelta al lado del espejo,
y tengo miedo, a que te hayas quedado allí y no me quieras decir nada.

PROHIBIDO POR LEY.


…debes  describir antes la situación. La forma geométrica de dónde estabas contenido. No puedes decir yo era un punto, nadie te imagina midiendo con las manos lo anónimo y diminuto.
Decir estaba sólo, tampoco es bueno. En el entorno existía  toda la soledad antes de que llegaras tú. Para bien o para mal pondrás: calles, árboles, algo de cielo, y en cualquier extremo siempre ha de verse una montaña. Habrá ventanas. Niños jugando. Si quieres.
tampoco te afanes en hablar del corazón, y puedes olvidar a Dios. Dejar fluir una tormenta inconexa de palabras. Si te duelen los huesos debes decirlo, pon un pizquito al alma, otro poco del color de los ojos, los dedos en una mueca de caricia, la piel imprescindible, estremeciéndose, unos rastros de sufrimiento,
 y,
a poco que te esmeres,
tendrás un poema de amor.
Si no estás inspirado te aconsejaría que te dejases llevar. Hubo pensadores sublimes que iban por el camino y las palabras les surgían a borbotones, y las apuntaban en la frente
para la inmortalidad (les fluía emocionado su vientre).
De todas formas, cualquier técnica es posible. Nunca un punto, en un punto nadie te imagina.
He de decirte que copiar el sentimiento de otro está penado con cadena perpetua.
Que  lo que a ti te estremece a otro le parece el horóscopo diario mientras se toma su café.
No describas el entorno en vano, el paisaje es de importancia vital.
Por ejemplo: Un árbol estuvo despierto toda la noche, hazles ver que los árboles duermen.
Y un animal de cualquier raza, abandonado entre la escarcha.
y cuando te ibas para guarecerte, detrás de la ventana de un autobús, según pasabas, una
raya larga, como un hombre tirado sobre el suelo.

Sin nada más.
Un punto, nunca.
Prohibido por la ley.

lunes, 16 de enero de 2012

NO PUEDO DECIRTE MÁS.


Para estar totalmente tranquilo hubiera necesitado un bolsillo más.
Para esconder lo más intimo, un bolsillo bajo la piel.
Y luego dejarme llevar, sobrevivir sobre una parte hecha de sal, una de aire, una de tierra, una de fuego, y permanecer sobre todo lo que se mueve, dando ligeramente amor, haciendo sufrir lo menos posible.
Entretenerme colocando piedras en grupos de cuatro, alguna vez, otras veces en grupos de cinco, otra vez en grupos de seis de distintos colores.
Y esperar a que venga el sol, venir en el sentido de que será grandioso, hasta morirme  por exceso de luz.
Ahora es el momento de coger puñados de arena y soñar. Tener el miedo necesario, ser cobardes lo imprescindible, amar con precaución y mejor no sufrir.
Alguna vez he podido tocarte en sueños, levemente.
Existes para mi cuando todo está oscuro, como el inicio de algo vivo.
No puedo decirte más.

domingo, 15 de enero de 2012

VIVO.


No he bendecido los alimentos, de otro sudor, que hay sobre la mesa.
Ni a ti que me has besado a pesar de todo.
No doy gracias por recordar que día es hoy,
ni me disculpo,
por ese rastro de odio que me mantiene vivo.

sábado, 14 de enero de 2012

DE ESTE MUNDO.


Os diré una cosa, ya no orino. Mi prepucio está bajo el influjo de un nerviosismo incontrolado. Veamos también mi sudor, lo que se llama sudor frío. Y esa sensación en mi boca tan empalagosa de segregar saliva muy abundante. Debo de decir que tengo muchos puntos débiles. Son dos días entre estas cuatro paredes, sin explicarme como he podido precipitarme dentro de mi propia trampa.

...la cuna estaba allí en la segunda planta. Abajo el ganado salía hacía la Ribera pisando la escarcha. Y yo estaba atado, completamente arropado debajo de un manta blanca de lana. Y mi hermanita tiraba de la cuerda, y el balancín de la cuna iba y venía cada vez más fuerte, hasta que dio una vuelta y me quedé allí debajo buscando el aire.
No deseo ir más hacía atrás en el tiempo. Me horroriza. Pero puedo imaginarlo.
Estoy con la cabeza contra la blandura de su pelvis, no sé en que postura, mi boca lleva aplastada muchos instantes; las manos que me arrastraron a través de la vagina son muy rugosas y poco avezadas, y es como si no quisiera salir hacía este mundo, o hubiera tardado demasiado. De ahí me puede venir esa tendencia a huir  de las oquedades, a meditar siempre que haya un punto de fuga, que me haga soportar esta grave claustrofobia que no me deja vivir.
Él está sentado delante de mí, y es lo que me sugiere, un parto difícil, una matrona de pueblo que hace las cosas a su modo. O aquella costumbre antigua de atar la ropa de la cuna con bramante grueso para que el niño no se destape en época de labranza, cuando falta el tiempo para estar pendiente. Trata de explicarme el motivo desencadenante de la aversión a los espacios cerrados, el pánico que me produce la incontrolable sensación de ahogo, y como este efecto es el iniciador del miedo. Me dice aquello de que la angustia es como una emoción, con dos componentes estrechamente vinculados: el psíquico y el somático; con esa sensación de que algo desagradable va a ocurrir, lo que se denomina, según él: expectación ansiosa. Usted lo que experimenta es un malestar indefinido, un desasosiego, vivencias amenazantes, inseguridad, temor ante algún acontecimiento peligroso que no se puede explicar claramente, adoptándose una actitud de vigilancia y alerta continuadas. Su expectación ansiosa está desencadenada por el miedo que el recuerdo claustrofóbico pueda desencadenar en usted, un suceso incontrolado de pánico. Todo esto es un bucle, un miedo trae otro. Y tenemos que acabar con ello –prosiguió, con aquella perorata imperante que a mi no me convencía-. Y vamos a acabar ahora. Usted se va a venir conmigo al ascensor de este edifico, es amplio, no tiene que tener miedo, yo le acompañaré en todo momento, nunca estará sólo.

Cuando me dijo aquello un sudor frío ascendió desde mi dedo gordo del pie hasta el último pelo de mi cabeza. Debía negarme, tenía que negarme. Ya sentía la sensación de pánico. Él lo debía  ver como un hecho normal en mis ojos mucho más abiertos.
Acompáñeme- me dijo-. Se levantó, tocado con su bata blanca, y vino hacía mí, pasándome la mano por el hombro en un gesto que parecía tranquilizarme. Atravesamos el pasillo, saliendo al rellano. Notaba aquel sudor frío que recorría mi cuerpo; era como si bajo mis brazos empezaran a descender goterones de sudor. Tocó uno de los ascensores, y me empujó suavemente a su interior. Las puertas se cerraron lentamente. Y sin comerlo ni beberlo me vi allí, encerrado. Quizás él supuso mi miedo. Sentí su mano sobre mi hombro apretándome más fuerte, casi me hacía daño. Fue entonces cuando aquel pánico, ancestral, e indescriptible volvió a mí. Volvió a mi aquella sensación de faltarme el aire, respiraba y respiraba cada vez más fuerte, pero tenía la sensación de que mis pulmones se ahogaban, a ellos no llegaba nada, ni una pizca de aire. Me puse a gatas en el ascensor. Como un animal intentaba respirar por las rendijas de las puertas al ras del suelo, perdiendo totalmente el control de mí conducta, al mismo tiempo que pasaba a otra realidad no percibida.
Para aquellos momentos, Sr. Comisario, yo ya había perdido toda noción de identidad (“digéramoslo así”) no le puedo contar más, el pánico pudo conmigo, en estas situaciones, sabe usted, que la fuerza de un hombre adquiere proporciones inimaginables, uno se vuelve un animal, y posiblemente lo haya estrangulado; y mientras lo hacía, ni me haya dado cuenta.
Qué recuerdos le podría contar a usted, Sr Comisario, ya se los conté a él:...la cuna estaba allí en la segunda planta. Abajo el ganado salía hacía la Ribera pisando la escarcha. Y yo estaba atado, completamente arropado debajo de un zurcido de lana. Y mi hermanita tiraba de la cuerda....… y la luz que yo veía daba aquellos vuelcos, se entornaba y se abría, bajaba y subía entre la inercia de un tirón fuerte y la vuelta suave a la posición de vahído, surgido, devuelto desde mi estómago, como si desde aquel instante empezase a horrorizarme la soledad de este mundo.

jueves, 12 de enero de 2012

EN ELLO LA VIDA.


Realmente resulta mucho más cómodo hacerlo entre el pulgar y el índice. Coger las cosas.
Darte la mano completamente, apretarte los dedos sin daño, y agitarte el brazo, lentamente.
Levantar el brazo no es bueno puede suceder un signo, o santiguarte de repente.
Puede suceder agitarlo para decirte adiós hasta no sé cuándo, y perderte.
Deseo que levemente juntes tus dedos y los abras, así, ciertamente sabré que me recibes.
Si me señalas aprende a nombrarme, con voz suave.
Si quieres decirme que me vaya no agites fuertemente los brazos salvo que me vaya en ello la vida.

miércoles, 11 de enero de 2012

SO.


Estoy casi seguro que la maté porque no me la quiso chupar. Había confianza.
Teníamos una ardilla en una jaula que lo llenaba todo de muecas y amor.
Dos abanicos en la pared. Y cuando le bajé la cabeza me dijo: huele que apesta.
En esa postura es un ajusticiamiento. Me debieras amar a pesar de todo, so cerda.
Yo llevaba días sin tener nada que hacer. En la pared una litografía de Sorolla.
Sobre la mesa del salón otra jaula con un canario, y una pecera con un pez  negro de un lejano lago africano.
Le dije.
Ya  estoy harto de comerte el coño, sin recibir ninguna recompensa.
El suelo lleno de gominolas.
En el cielo dos nubes y frío.
So puta.

MIRAR EL CIELO.


Lo cotidiano es la existencia. Los pequeños sucesos que nos resultan metódicamente aburridos son reflexionados como una realidad sin vivencias. Todo esto se añora cuando algo se rompe dentro del entorno, o dentro de nosotros. El suceso  nos agita y nos hace desembarcar en la penumbra. Y es entonces cuando añoramos la triste monotonía.

Mario vino a verme ayer por lo que yo creo un tema trivial. Lo encontré en el portal de mi casa esperándome muy preocupado. Ni siquiera llegamos a subir. Se quedó con el hombro apoyado sobre un lateral de la puerta, como si presintiese que perdería el equilibrio.
Según me comentó le acucian las deudas y ha quedado sin trabajo. Cuando me hablaba percibí un ligero temblor en sus manos, y una apresurada gesticulación, recalcando cada comentario como si dirigiese una inanimada orquesta.
Me habló que ya no le cabía la menor duda de que era controlado. Un ente era el culpable. Cómo podían sucederle a él tantas desgracias acumuladas. En un año le había dejado su mujer y una hija de tres años, esta le había quitado la casa, y encima le habían embargado una pequeña herencia familiar, por una deuda adquirida hacía dos años. Y ahora tampoco andaba muy bien de salud, y había vuelto a vivir con su vieja madre. Todo esto no podían ser cosas del destino. Alguna mano negra le había tocado. Alguna mano oculta estaba abanicando los hilos del guiñol y él era el saltimbanqui. Cuando me hablaba no me miraba de frente. Sus ojos profundos estaban marcados en el contorno por bolsas y ojeras pronunciadas. Mal afeitada la cara. La ropa descuidada. Decaído. Estaba sin áurea.

Pero qué podía hacer yo por él. Lo escuchaba sorprendido. Era una catarsis perfecta hacía mi persona.
Me transmitía preocupaciones y hechos de su antigua convivencia. Me transmitía sus pesadumbres cotidianas. Los conflictos originados por decisiones mal tomadas. Fue desagradable ver a mi amigo en aquellas condiciones. No me hacía a la idea de verlo así. Siempre había sido arrogante con la vida, siempre locuaz, bromista, quizás, en sus buenas horas, irrealmente extrovertido.
No sé cuánto tiempo estuvo así. Sólo hablaba él, yo asentía.

Su marcha fue repentina. No me saludó para despedirse. Fue entonces cuando descubrí su sorprendente noia. Era una ceremonia extraordinariamente compleja. Había que bajar un escalón del portal a los adoquines de la acera. Vi su secuencia: primero puso el pie derecho en la calle, luego el pie izquierdo. Repitió tres veces la misma operación con los dos pies, subiendo y bajando. Era como si fuese contando los pasos que debía dar - como un bailable de salón-. Cuando hubo acabado la meditada secuencia, dio media vuelta sobre el escalón, juntó las dos manos en señal de oración, y como si yo no estuviera, dobló la cabeza respetuosamente hacía mí.
Lo vi cruzar la calle en dirección al pasadizo de Muñoz de Molina. Cuando estaba subiendo las escaleras, empezó a repetir la idéntica secuencia entre el rellano y el primer escalón: uno, dos, uno, dos…, y el saludo final dirigido a extrañados viandantes.

No es absurdo pensar que Mario barruntaba que otra desgracia le estaba haciendo sombra. Un mínimo fallo en su ceremonia, – o no realizarla puntualmente-, le acarrearía muy malas consecuencias.

Su trayecto mental era indiscutiblemente simple. Un daño colateral del inconsciente colectivo. Un fugaz ceremonial dentro de los rituales tan antiguos como la misma vida del hombre. Sueños reales y extraños que nos llenan de angustioso vacío, cuando no vemos solución ni futuro, y algún extraño mecanismo se pone en marcha dentro de nosotros.

Dejé de verlo. Me metí en la penumbra del portal y decidí no coger el ascensor. En el primer escalón me quedé extrañamente parado – ni me había dado cuenta-. Bajé y subí mi pie derecho hasta el rellano. Conté ocho pasos, y comencé a subir la escalera.

De una u otra forma siempre hemos adorado al Sol.
El vértigo empezó cuando pudimos mirar al cielo.

martes, 10 de enero de 2012

MAÑANA DE ENERO.


A nada que observes, te darás cuenta que abunda la simetría en todo lo que puedes ver.
Incluso en la oscuridad  hay otra parte igual de ti, está en el otro extremo, imaginada.
El que ha segado una vida no se ha dado cuenta que el cuerpo asesinado tiene dos partes idénticas. El guerrero que ha muerto es una figura, un trazo, cruzadas las piernas, los brazos debajo del pecho.
La fruta abierta. El humo cálido de las arenas.
Me sabe mal que no te des cuenta al mirar las hojas de los árboles, cualquier nube pasajera tiene otra parte, los dibujos  del agua. Arrímate a un espejo, si te alejas, te vas al final del mundo donde la soledad más extrema se refleja ya sin profundidad.
Tú a ambos lados. Conmigo en muchos recuerdos de colores. De manos en forma de plumas que acarician y te ponen otra piel.
A nada que me mires me verás dos veces en ti cumpliendo un paradigma.
Abrazarte y amarte, subir con mi boca sobre ti, y bajar sobre ti por un camino diferente,
al mismo sitio, y mirarte horizontal, infinita, desde donde me oculto, como otra parte antagónica, simétricamente  -una locura de  semejanza-.
A nada que digas que  se haga el silencio oirás al gran Señor maravillarse de tanta belleza, y de tanta paradójica tristeza -y así: amor, odio; y así, y así: abierto, cerrado-.
Poder amarte después del tiempo, sin las leyes que rigen la naturaleza.
Esperarte, ya viejo, repartido contra el respaldo de una pared azul de un asilo, en una  mañana de enero.
Viéndote al otro lado del espejo, señalándome con tu mano.
-Al Mensajero le he dicho que me esperes.
No puede ser que esto se acabe aquí, si abunda la simetría en todo lo que puedo ver.
No puede ser si te he amado tanto.
 Si aún te veo ahí, en el lado tupido de un cristal,
de una gélida  mañana de enero.

domingo, 8 de enero de 2012

SOL CASTIGADOR.


Antes había estado la lluvia.

Dos asnos con su mango fuera, pensando los asnos con sus orejas reposadas hacía atrás. Una mula maderera emborcaba su boca dentro de un saco atado al cuello comiendo cebada. Las babosas de la cuneta habían salido porque había llovido instantes antes. Había vapores, caracoles también, y un enjambre de moscas a eso de las cuatro de la tarde en la acera del Pontigón. Olía como cuando tiras un cohete, o como cuando se hace pan, o como cuando esparces hierba mojada y le das la vuelta.

Estaba allí. Antes había pasado la pareja con las manos metidas en los correones. Después de la pareja comenzaron los gritos, no se sabía de qué forma eran, o de pena, o de dolor, o de placer; de qué forma son los gritos.

Cirilo. Sabían que era él por lo de los asnos y la mula, una mula camello muy alta. Arriba detrás de la galería con muchos geranios rojos estaba Lula, dándose vueltas de un lado al otro, con mucha fuerza sobre un jergón que sonaba a hojas de mazorca. Ahora mismo de la regaña le caía un trapo de camisa usada sanguinolento, olía como cuando pudren las personas antes de que la muerte llegue a los huesos. No lo quería encima a Cirilo. Pero era aquel olor bestial el que le hacía abrir la boca y luchar como un poseso, con las dos manos cruzadas sobre las manos que trataban de arañarlo. Fue una cierta clase de suerte en la pelea, que la entró de una vez muy enfurecido, de alguna forma sus ojos muy abiertos mirándola, husmeando un olor nauseabundo, dándole tirones medidos para no desenvainar.

A las cinco de la tarde los dos asnos con el mango recogido y la mula con el saco de cebada. Las babosas que habían calculado mal, con un rastro casi endeble sobre las losas de la acera. Resecas.Y muchas moscas dándose un festín de olores bajo un sol castigador.

ÚLTIMO SABOR.


Algunas veces por la boca hay algo que te sabe dulce y no sabes lo que es.

A Bernasito lo que más le gustan son los lacasitos y los caramelos de goma de colores, los afrutados a limón algo amargos, así, blanditos mojados en azúcar. Le hacen mirar con cara pícara de viejo listo. Suelta babonas viscosas, y cuando bajamos por la Rua Armorica hasta las murallas romanas, va estirando la mano como si quisiera decírmelo con sus gestos. En Guayambe a los viejos lelos los llamamos ricochos, pero yo a Bernasito le he cogido mucho cariño, ya es un año de acarreármelo.

En la politécnica salesiana saqué educación parvularia, y a Don Eudes Casielles, el hijo de Bernasito, como que le atrajo porque dice que se ha vuelto como un niño de cuatro años que aún siente los sabores y los colores. Yo  lo noto al llegar a la quiosquera de Fontiñas, mueve las manos como si dijera albricias de niño con su vayvén. Sus reflejos de condición le dicen que le voy a dar los chuches, por eso suelta aquellos limos espesos que le caen por la barbilla.

El viernes me dijo la Chanta: Perucho, necesito hablar contigo, hay cosas de allá, vente para acá aunque sea con el viejo.

La Chanta, las dos Gayambesas, la Peruana, y la de Petare tienen la casa de putas en el Paso del Horno, en el recodo de la muralla, donde el Alcázar. La casa tiene muchos años, y no hay ascensor. Para subirlo nos ayudó Eusebio que echa horas con ellas de petero, y además es cuidacoñero y ñeta. Cuando estaba allí le puse los lacasitos en la mano, pero los dejó caer de lo insistente  que miraba las pantorrillas de la peruana, y se lo digo a la Peru, métele la mano que a Bernasito fijo que se la sacas dura. Aquello fue una risa de pencos, y acabó en apuesta. La peruana se mojo la mano en crema de suavizar los chotos, y Bernasito descapulló en menos de ocho minutos, poniendo una cara como si le hubiera caído el espíritu santo. Yo me gané los veinte eruritos.


Cuando lo bajamos a la calle llevaba una cara muy feliz y la bragueta abotonada a destiempo. De vuelta, cuando pasamos por la Fontiñas, se merecía chuches, le compré regaliz de fresa y se lo dejé chupando hasta que acabamos la Rua Armorica, que se los quité de la boca. Don Eudes siempre dice que le ponen más insulina de lo normal, y que el azúcar no le baja. A Bernarsito el azúcar de los chuches le pone la vida dulce , sinodequé.

Si te mueres decentemente nunca sabes cual es el último sabor.