MARACAS.

En aquella época hice un trío llamado los Veracruces. Lo formábamos un negro de Guinea, el Nchama, al que le dimos las maracas, uno llamado Jenaro de Azadinos, con el acordeón, y yo que cantaba como nadie los angelitos negros. Por el verano andábamos a fiestas desde Monterroso por Galicia, la zona del Bierzo por León, o subíamos hasta Navelgas por Asturias. Íbamos a donde nos llamaban con comida y pensión incluida, la mayor parte de las veces repartidos por las casas de los pueblos por donde había fiestas. El repertorio que teníamos era mucho de Antonio Machín o los Panchos, aquella de... quítame su amor porque soy un pecador... Yo a las de Machín les daba aire, la de angelitos no veas, y que decirte de espérame en el cielo..., iba desparrmándose con aquella cadencia por el aire. -Seré conciso a lo que quiero contar, que se me vino ahora. Cuando fuimos por el sesenta y ocho a Ferreiros, un pueblo de Lugo, nos repartieron a las cuatro de la tarde, sábado, de un dieciocho de julio...