jueves, 29 de abril de 2010

MUÑECA


Hacía dos años que no volvía a mi casa de San Martín donde había nacido. Llevaba cerrada desde que mi última hermana se marchó de allí para siempre, hace de esto bastantes años. Cuando abres la vieja puerta de dos hojas que da a la subida del Leirón, chirría ligeramente, y aparece el pasillo de la planta superior con suelo de tabletilla sobre viguetas de madera. Delante de mí estaba aquella penumbra rota por la claridad de las cuatro habitaciones que hay a derecha e izquierda. Por la planta baja se accede desde la carretera, a través de una acera de piedra amplia. Abajo teníamos un pequeño almacén con apeos de labranza y una cuadra. No sé si vosotros habéis tenido esa sensación de volver, después de años, a la casa donde habéis nacido, jugado, vivido, amado, despertado, soñado; y todo esas sensaciones innatas de la infancia. El caso es que me embargó una extraña emoción de volver a ver todo aquello, era un recordar continuo de sensaciones que se captan con todos los sentidos; entre alegría, sorpresa y tristeza, de sombras que parecen oler y tomar vida. Lo recorrí todo. Las habitaciones, la cocina, la galería que daba al río Navia entre la profundidad de las laderas de Eilongo. Luego bajé por las escaleras de madera que descienden a una pequeña bodega con sólo un ventana mediana, de un solo cristal, llena de tela de arañas, por donde entraba una amplia claridad. Aún había aquel olor antiguo que parecía avivar los recuerdos. Allí estaba la caja de madera con el viejo anagrama de tréboles marcados a fuego sobre sus lados, y aquella tapa que había colocado mi padre con unas bisagras doradas, y una manilla en forma de tirador. La abrí despacio. Estaba todo desordenado: fotos, litografías en blanco y negro, antiguos almanaques, cajitas de hojalata de colores con bisuterías, cromos, libros de la escuela, cuadernillos. Había de todo. Me senté sobre un escalón de la escalera, arrimé la caja, y comencé a sacarlo ordenadamente. Quizás el tiempo quiso acortarse, quizás el tiempo tuvo un extraño retroceso. El caso es que me vinieron tantos recuerdos, torrentes enteros de recuerdos. Cuando estaba llegando al fondo de la caja, vi el pelo rubio de la muñeca, su falda plisadita llena de polvo, al cogerla sus ojos se inclinaron y se abrieron, me miraron como si quisieran contemplarme lentamente. Fue un impulso el apretarla contra mí, como aquella primera vez en una mañana de Junio, en que la recogí arrimada al tallo del cerezo de la huerta, mi hermana siempre estaba detrás de mi, me esperaba de pie, en ese sitio, con los brazos estirados, y las manos levemente recogidas, esperando, hasta que ceremoniosamente se la ponía sobre sus manos; desvaneciéndose luego no sé por donde. Ahora abrazo a la muñeca contra mi pecho, teniendo la sensación de su presencia, es como un peso extraño sobre mi nuca. No tengo miedo. Se que debo dar la vuelta despacio, sé que está aquí, en la parte superior de las escalera, con la claridad sobre sus espaldas, posada sobre su cara la penumbra de la tarde, los brazos estirados, las manos levemente cerradas indicándome que le ponga su muñeca, de nuevo, en esta ceremonia irreal, que ya creía olvidada, y que no sé si estoy soñando.

miércoles, 28 de abril de 2010

NIDOS


Para ser tan avanzada la primavera, no se me había dado del todo mal. Ya tenía tres nidos encontrados. Había salido de la escuela antes y procuré que nadie me siguiese.Hacía dos días había encontrado en el Cabano de Monxa, al lado del molino, uno de golondrina, grande, hecho de barro con forma de corazón y con dos agujeritos. También tenía el de zorzal trenzado entre las ramas de un cerezo de Eulogio el de Cernías, y ayer había encontrado aquel tan grande que debía de ser de carricero o petirrojo, con cuatro huevos llenos de pintas, y otros tres huevos blancos que eran los primeros de cuco. Este último estaba en el peral de Antonio el Guarda, al lado del pajar que tenía en el soto. Pasé haciendo el recorrido, mirándolos todos, comprobando que nadie los tenía localizados. El que más pena me daba era el del carricero. Mala suerte había tenido la madre. Sabía que cuando saliesen las tres crías del cuco se harían con el nido, las matarían de hambre o les picarían la cabeza. Era la ley de la vida. Pero estaba contento. Para ser tan avanzada la primavera no se me estaba dando nada mal aquel año. Tres nidos a finales de mayo, no eran poca cosa.

PASILLO


Siempre pensé que eras tú.
La que volvías a tocar mi puerta.
Y eras tú.
La que encontraba a eso de las seis de la mañana.
En el fondo del pasillo.
Caminando acompañada del insomnio.
Estaba tan acostumbrado a ti.
Sentir tus pasos era evitar la soledad.
Siempre pensé que eras.
La que dando la vuelta. Volvías a despertarme.
Como un suceso tantas veces repetido. Nimio y normal.
Y ahora que no hay esquinas. Y el pasillo está condenado.
Y que la claridad de la ventana es sólo mía. Y la penumbra.
Vuelvo a recordarte como algo de lo más usual que me ha pasado.
De lo más aburrido que imaginaba. De lo más intranscendente.
Recordar pensando que eres tú es morirse un poco. Echándote de menos.
Negar la evidencia que nunca estarás ya, detrás de la puerta.
Negar que nunca me hablaras de las cosas que pasan.
Negar que no vuelvas a llamarme por mi nombre.
Negar que te escuchara sin oírte. Echándote de más.
Siempre pensé que eras tú la que hacías ruido.
Ahora no hay otros sonidos. La soledad no los contempla.
Al final de ese asqueroso pasillo condenado.
Y no eras tú.
Empiezo angustiosamente a darme cuenta.

lunes, 26 de abril de 2010

POSICIÓN FETAL


De una forma u otra sé que me encontrarán aquí. Ayer estuve dos horas mirando por la mirilla de la puerta de entrada, sentía acercarse unos pasos que nunca llegaban. He pasado la noche acurrucado en un pequeño cuartito que tenemos anexo al baño. Allí me mantuve expectante. No sé si he llegado a dormir algo. No lo recuerdo. Deduje por la claridad que entraba por debajo de la puerta de que el día había llegado. Y ahora estoy aquí, con la misma pesadumbre y el mismo miedo angustioso. No puedes esconderte. Aunque debas hacerlo para aumentar tus probabilidades de que se cansen de buscar; algo de lo que no tengo ni la más mínima esperanza. Ahora me encuentro en el salón. Siento ruidos en el piso de arriba, o quizás sean en el de abajo, no puedo precisar, ni analizar más de lo que mis sentidos alcanzan. Espero que llegue la noche, para volver a acurrucarme, de cuclillas, la cabeza metida entre mis brazos, y los oídos bien abiertos, hasta que retorne la claridad bajo mi puerta. Cuando me encuentro así, doblado sobre mi mismo, desearía volver al vientre de mi madre. Pero sé que no es posible.

domingo, 25 de abril de 2010

NIKOLA TESLA


Mientras estaba mirando por la ventana sentado en mi sillón, se que ha entrado otra vez a tocarme la cabeza. He sentido su mano huesuda, sus uñas largas, su olor nauseabundo. Y cuando la mano se ha retirado he tenido esa percepción extraña de poder oír los colores, poder ver los sonidos y poder sentir el sabor por la textura de las cosas que toco. De nuevo la obsesiva croquización en mi cerebro, el planteamiento esquemático, de los bocetos sobre la Electrogravitación, los cálculos resueltos sobre un encerado imaginario lleno de símbolos hechos con tiza blanca. Ayer han estado los otros aquí, revolviendo mis baúles, los sentía detrás, agitados, llevando papelazos de mi armario. Pero lo que verdaderamente me asusta es la figura extraña que retorna en la noche, cuando los ruidos de la gran avenida se hacen leves y, el trasiego por el pasillo del hotel apenas se escucha. Llevo durmiendo en este sillón varios días. Quizás he de morirme aquí, sin nada. Sólo. En esta habitación cuyo número no es múltiplo de tres. Nada razonado por un tres, multiplicado por un tres, o dividido por un tres. El diablo ha vuelto y quiere llevarme consigo. Hoy es seis de Enero. Hace mucho frío y, mañana creo que ya no estaré aquí.

sábado, 24 de abril de 2010

PUERTA




Ayer no estabas.
Y fue como si el cielo se hubiese caído.
Ayer llegué en la misma tarde que otros días.
Más fría.
Pero a la misma hora.
Y no estabas en la puerta en que te encuentro.
Miré a todos los puntos.
- No había más puntos que mirar-.
Y, que triste, no te encontré.
Luego baje o subí, no lo sé. Caminé.
Buscándote en todas las puertas abiertas.
En todas las puertas cerradas.
En todas las caras que se iban.
Y venían. Y no hubo suerte.
No estabas.

miércoles, 21 de abril de 2010

CENIZAS


...quizás no era un domingo cuando saqué a pasear por la Playa de San Lorenzo a Poncho. Ya no suelo recordar estas cosas. Poncho es un perro labrador al que le encanta el agua del mar, chapotearse, se vuelve como loco de contento. Siempre lo olfatea todo. Empezamos a caminar en la escalera cuatro. El día estaba desapacible, con lluvia pardilla de la fina y, hacía un frío que invitaba a esconder las manos. La playa casi estaba vacía, apenas se veía gente caminando por la arena. Poncho jugueteaba delante y, yo miraba el mar que tenía unas olas grandes y continuas, casi paralelas a la ralla del horizonte. Las olas son incansables y, me ayudan a pensar. Poncho caminaba a unos veinte metros de mí, lo veía con su pelo blanco y las manchas pardas sobre su costado. Me gusta pasear cerca de las olas, sentir su ruido acompasado y, dejar pasar el tiempo por encima de mí, los pensamientos así se hacen menos preocupados y, las reflexiones parecen tomar el camino adecuado. Cuando íbamos cerca del Puente del Piles lo vi arrastrando algo del agua, a duras penas lo traía hacía mí. Era una chaqueta de ante, desarrapada, que de repente me pareció completamente familiar. La cogí para registrarla, había una cartera de cuero, casi deshecha por el salitre. La despegué despacio y, extraje lo que parecía un carnet de identidad en formato digital. Cuando le di la vuelta vi de nuevo mi foto y mi nombre. No cabía duda. Era la ceremonia de siempre. Ahora estoy aquí parado. Observo sobre la playa los roquedales llenos de ocle, al otro lado está el Musel y, el verde del Cerro. Como siempre Poncho ha dado la vuelta, y detrás de el va caminando un hombre que no conozco. Yo ahora los estoy perdiendo de vista porque me estoy metiendo en el mar. Quizás sea domingo como he pensado. No importa mucho. Me sigo preguntando por qué tiraron mis cenizas en esta playa. Es un fastidio penar por aquí con esta lluvia y estos días grises tan tristes. Siempre de la misma forma. Para recordarme a mi mismo y ver a Poncho buscando mi olor sobre la arena.

EDWIN HUBBLE


Llegó a la puerta de mi habitación el mismo Edwin Hubble. Yo no tenía ganas de escucharle, pero le abrí. Era enojosamente lento cuando hablaba, mientras con su dedo índice señalaba al universo a través de la ventana. Sus gestos eran inequívocos. El sol había explotado, me decía. Abrió un cuaderno y se puso hacer números y, cálculos complejos. Luego me miró con sus ojos penetrantes, diciéndome:” Si la gravedad es una onda electromagnética que se propaga a la velocidad de la luz, te quedan apenas seis minutos y medio para meterte en la madriguera.” Me quedé atónito, mientras se alejaba. Yo me resisto a creerlo, pero en estos momentos estoy comprobando sus cálculos. Si la distancia de la tierra al sol son 142.700.000 de Kilómetros. Debo considerar que la gravedad se propaga como una onda electromagnética, luego su velocidad serán 365.000 Kilómetros por segundo. Si dividimos la distancia al sol por la velocidad de la onda, nos quedan, exactamente, 6 minutos y medio. Creo que estaba en lo cierto. No sé qué hacer ahora. No tengo donde guarecerme. No sé si estoy equivocado. Comprobad los cálculos lo antes posible. !!!ES ACUCIANTE!!


lunes, 19 de abril de 2010

CHIMENEA


La chimenea tenía noventa y cinco metros desde el soporte base. Me dijeron: “Debes cambiar las luces fundidas de las balizas de gálibo”. Y yo que no lo sabía: “Para que las vean los aviones”, apostillaron. Y así fue que comencé a subir, con mi arnés reglamentario la escalera de gato, acojonado, mirando despacito al frente, no mirando abajo, que cada vez era más pequeñito lo que veía. No subí del todo mal. Soy razonablemente joven aún. Pero cuando estuve en la plataforma circular superior, por donde sale el penacho del humo, aquello se abatía ligeramente por el viento. Parecía imposible, pero se movía. No sé que extraña sensación me vino a la mente. Era pánico angustioso. Me tiré boca abajo en la plataforma superior hecha de tramex y, cerré los ojos. A los pocos minutos sentí las sirenas y el despliegue en la base de la chimenea. Estaban los bomberos de la factoría y, una ambulancia. Por las pequeñas rendijas de la plataforma, los observaba subir por la escalera de gato. Desde abajo me gritaban con altavoces de mano:”Tranquilo, Tranquilo, ya te bajamos”. Yo casi no escuchaba. Me vino aquel mareo repentino y, comencé a vomitar.

DEMONIO




Al levantarme siempre hago el gesto habitual de mirar por la ventana, subo dos palmos la persiana y retiro suavemente los visillos. Siempre aparece ante mí aquel banco solitario, al lado de un viejo olmo con el tallo lleno de tatuajes. Hoy he repetido el gesto, y una luz mortecina invadió la habitación despejando las sombras. Cuando mis ojos se adaptaron, lo vi allí sentado, con su rabo corvo, disimulado bajo un gabán oscuro, y sus cuernos mal adaptados a un sombrero borsalino que le caía hacían un lado. Miré brevemente su espalda y noté cómo volteaba la cabeza. Aprecié sus ojos enrojecidos y brillantes, mientras levantaba su mano para gesticularme levemente. Poco más pude hacer que vestirme. Mi voluntad estaba contrariada. Bajé. Salí a la acera y me tendió su mano. Sentí su palma fría y húmeda que me guiaba calle abajo. En este momento lo llevo a mi lado sin causar expectación por su rara vestimenta.
No sé a dónde me lleva, ni cómo acabará mi día.

sábado, 17 de abril de 2010

ALTAR


La estancia era diáfana como si hubiera estado preparada para recibirme. No hacía ni frió ni calor entre aquellas paredes altas llenas de rosetones de colores. Había hileras de pilares cónicos que soportaban cúpulas repletas de alegorías cósmicas. El olor a incienso era fuerte y, los coros arrullaban el aire con cánticos indescriptibles. Caminaba por la nave central con las manos atadas a mi espalda, no había nadie a mi derecha ni a mi izquierda, al fondo estaba el altar. Me acerqué despacio, me quedé unos instantes delante de imágenes policromadas y, luego me arrodillé delante de un tarugo de madera, apoyando mi cabeza.
Aún tuve que esperar largo tiempo la llegada del verdugo.

jueves, 15 de abril de 2010

COMETA


Algunas veces me creo sobre un rayo de luz, pero no lo digo a nadie. Otras veces puedo atravesar paredes, como si nada. Y para qué decírselo a alguien. Y otras tengo la capacidad de bucear por ríos profundos. Y tampoco lo cuento. He vagado por el bosque estando acostado en mi cama, pisados lechos de hojarasca y,blancas alfombras de líquenes misteriosos, que cubrían las piedras. He vagado con los lobos en las noches nevadas husmeando el ganado encerrado en las cuadras. Me he tirado desde alturas misteriosas llenas de rayos de sol y, volando sin tocar la tierra. Y no se lo cuento a nadie. He buscado el rastro de un enfermo moribundo en el hospital cercano, con un santón en la puerta. He sido un Satanás induciendo al crimen, donde el alcohol tiene una frontera imaginaria en las calles desoladas. He amenazado y, acuchillado a la mujer amada en una nimia disputa de desamor. Pero nadie se ha enterado. Estuve en las cárceles a las tres de la mañana, cuando alguien canta llorando de pena. He cogido al niño no querido, expulsado del vientre de la madre, levantándolo al cielo como un trofeo de guerra. He ido rampando por las calles repletas de vagabundos soplando los cartones para que se mueran de frío. He castigado a los árboles rozando su tallo con mis dientes de acero. Y nadie lo ha sabido. Estuve en aquel almacén de viejos con los ojos pegados a los cristales. Y en los mismos ojos de la locura. Acompañe a seres creídos dioses vistiendo sandalias de oro. Miré bajo las faldas de las mujeres su extraña pesadumbre. Y metí el dedo en el yoni de las vírgenes moras , dándole vueltas y vueltas para deshonrarlas. Castigué al cura con una mueca falsa, cuando intentó creer. A los agoreros del clima les puse tormentas sobre la cabeza. Metí una bomba en el regazo de una disminuida para dejarla desparramada como semilla, fundida en el asfalto. Busqué el miedo en la noche para entregarlo en los portales. Hice desfiles de pederastas por calles invadidas de hermosos niños con banderas. Y por donde quiera que pase, deje un rayo de luz azulado como un cometa mensajero. Pero no se lo dije a nadie.

INSTANTES


Estas situaciones deberían darnos que pensar. Son instantes. Los instantes que la plebe opina que el rey también tiene. Así de coloquial. Y el Papa. Y toda la pléyade de seres biológicamente activos. Con este simple mecanismo transformador de la básica ley de la energía, cumplimos el misterio de la existencia. Y es que este instante, es un ínterin místico, un intermedio de mi viaje a ningún lado, sentado en el inodoro de una estación de autobuses, con mi maletín lleno de bisuterías posado frente a mis pies. Fuera de este pequeño instante, esta el bullicio de gente que entra y sale, de otros que aporrean la puerta ansiosos por buscar el lugar, donde pensar un poco y aliviarse. Filosóficamente mis cinco minutos están siendo plenos, existenciales, leo las salvajadas de la puerta y, me escruto los bolsillos buscando un catálogo repetido, con fotografías de diademas para el próximo cliente, lo abro pero no lo leo, premeditadamente ya estaba destinado, a falta de papel higiénico. Hoy ha tocado la imitación a swaroski. Es prácticamente imposible que pueda salir de aquí plenamente satisfecho. Tengo la sensación de que dejo algo dentro de mí a pesar de los esfuerzos. Cuando arrugo el catalogo, sus colores casi reales, se vuelven rallones de celulosa, mi intención es hacerlo más suave, menos erosivo, por eso lo aprieto varias veces. Así es que me he limpiado. No describo la situación. Me he subido los pantalones. Descorro el cerrojo. Y abro la puerta para salir al mundo arrastrando el maletín con mi alma dentro. De todos los autobuses que están aparcados, cualquiera me vale para continuar mi viaje. A ciencia cierta no sé ni a dónde voy.

miércoles, 14 de abril de 2010

LA TRIPITA


Me dijo que se lo hiciese despacito. Eso para mi era un problema. No por que no me gustase. Es que con ese diapasón aguantaba mucho menos. A mi siempre me gustaba empezar con la boca anudando y anudando aquel cordelito de bramante y, cuando estaba todo preparado y húmedo , meter la tripita y, dar aquellos tironcitos, que eran como si dominase la situación, sin previo aviso, cuando estaba la tripita bien metida, y la postura era la adecuada, entonces el tironcito, entre violento y suave, moviéndome un poco hacia los lados, como le gustaba, y siempre susurrándole, cosas del día, mirándole a los ojos, sin mayor importancia, preguntándole cómo lo quería, como lo deseaba, para que entendiese que lo hacía para ayudarle a sentir toda la amplitud de la tripita. Muchas veces ella me cogía por atrás para darme más ímpetu, aumentar el ritmo, como ansiosa y, yo me sentía pequeñito, de tan amplia y lubricada como estaba, a decir verdad era muy suave, era como si me deslizase por la más entrañable viscosidad de aceites aromáticos y relucientes. Yo la sentía a ella. Llevaba un compás de suspiros y gestos no verbales, que me hacía adivinar el ritmo necesario, muy compenetrados, cuatro tironcitos suaves y un tironcito fuerte y seco, y a repetir, modificando el movimiento armónicamente acelerado, hasta que notaba su agitada respiración y, aquel estremecimiento sublime, abrazándome como si me quisiera para ayudarla toda la vida, porque hay que rendirse a la evidencia, la forma del movimiento, y la geometría de la introducción son las que marcan la pauta para hacer una buena serie de chorizos de Navelgas. Dar bien a la manivela es fundamental, aunque parezca absurdo. Su movimiento, ordenado y rítmico, evita que la masa forme grumos y, no entre uniforme en la tripita. Los chorizos siempre deben ser iguales, en amplitud y anchura. Eso se nota cuando los curas a humo lento de madera de roble y tarugos de castaño, colgándolos después en la bodega, con vueltas y vueltas, sobre varas de avellano, dejándolos olvidados a salvo de garduñas, por la cuesta de Enero arriba.

martes, 13 de abril de 2010

ESCALERA


Me giré para contemplarme sobre el espejo del portal. Era el gesto habitual siempre que entraba. Mirarme. Y seguir por las escaleras. No suelo coger el ascensor por mi claustrofobia eterna. Cuando comencé a caminar hacia el cuarto noté que alguien iba delante de mí, sentía sus pasos, parecían los tacos de una mujer. En el primer descansillo me paré unos instantes y aquellos pasos también pararon. Me pareció extraño. Seguí subiendo y los pasos se reiniciaron delante de mí. Sin duda eran tacones de mujer. Me paré de nuevo y los tacos también pararon. Qué extraño era todo aquello. Cuando llegué al cuarto B, donde vivo, los tacones sonaron sobre el quinto piso. Quiero decir que mi bloque es de ocho plantas. Metí la llave en mi puerta y la volví a sacar de la cerradura preso de la duda. Qué raro todo. Proseguí subiendo, me paré en el sexto, en el séptimo, y los tacos pararon igualmente. Sabía que en el rellano sobre el octavo encontraría aquella mujer. Allí solo estaba la caja de ascensores, siempre cerrados, y un pequeño hueco sin salida. Cuando subí los últimos escalones que daban al pequeño descansillo sobre octavo, no había absolutamente nadie. Estaba completamente seguro que nadie había entrado en el último piso. La ventana enrejada que daba al patio de luces también estaba cerrada. Se hizo presa de mí la inquietud que ofrece la duda de lo incomprensible. Cuando bajé para entrar en mi casa, los tacones cesaron. No bajaban delante de mí. Metí la llave en la cerradura y abrí la puerta de mi casa. Había un extraño silencio solo roto por el siseo de la televisión encendida. Cuando entré en el salón la vi recostada hacia atrás, la cabeza vuelta sobre el respaldo. Me acerqué despacio para despertarla, estaba vestida como para salir a la calle, con unos zapatos de tacón alto puestos. Cuando la toqué, se desplomó sobre el lado opuesto. Estaba muerta.

lunes, 12 de abril de 2010

ALMOHADA




La silla en que me siento a tú lado ya está desgastada.
Me gusta llegar rápido a casa para contemplarte, y poder darte besos. No quiero que llegue el atardecer y que estés sola. Ha sido tanto tiempo juntos, tanta pelea, que ahora eres como mi brazo, como mi pierna, o como mi corazón. Pero estoy tan triste porque creo que sufres y no te mereces esto. Y estoy triste porque no sabes quién soy, quien te aprieta la mano, quien te limpia la frente.
La silla en que me siento al lado de la cabecera de tú cama ya está gastada, algo sucia, de cuando aún podía reclinarte sobre almohadas, ponerte en postura de ser humano, alargarte cucharaditas de papilla de niño.
Pero ahora, cada vez que te contemplo entubada, con ese cansado respirar que te ata a lo que la vida significa, me da tanta pena que mis ojos intentan perderse en la penumbra de la habitación, tratando de no contemplar nada. O quedarme dormido a tú lado, sintiendo que aún palpitas, que aún desprendes calor, que tú vegetación es extrema e inanimada como una planta en el otoño.
Lo he pensado muchas veces, en el extremo opuesto de la desesperación, y me he dicho para qué, y por qué, siendo tan fácil arrastrar la almohada sobre tú cabeza, como ahora, y apretar muy suave, viendo como tus manos se encogen lentamente y se quedan abiertas como diciéndome adiós.

jueves, 8 de abril de 2010

BUITRES


Siempre que a Prudencio le tocaba segar la Avena Fatua por la primera quincena de Mayo. Se marchaba muy temprano de casa montado sobre la Casta, una vieja mula de carga y un macho primerizo que le llevaba las viandas y los apeos para la jornada. Cuando salió de San Martín el día apenas clareaba. El Macho iba atado al rabo de la Casta, rezongando y de mala gana. Cuando el sol ya estaba subido sobre el pico del Texo, ya veían la pradera verde y amplia. Su marca comunal era la más lejana, así que iban atravesando aquel campo verde como si fueran flotando sobre un mar de pequeñas hojas dejando un rastro de tallos doblados. Cuando llegaron al roble de marca descargó la mula y el macho, sacó la bota de vino de las alforjas y la sumergió hasta la mitad en la torrentera del Foxo, por donde bajaba el agua fría y cristalina. Las alforjas de las viandas las colgó de una gabita del roble, y a los animales, con cuerda larga, al mismo tallo. Montó la guadaña, la afiló y comenzó con la primera hilera de siega. Cuando pasaron seis horas el sol estaba sobre el cielo picando alto, las moscas ya se hacían pesadas, las mulas estaban agachadas, y la bota fría y el vino hermoso. Estiró un saco de arpilla bajo la sombra; sacó chorizos, tortilla de patata, cecina, un buen trozo de queso viejo, media docena de manzanas y pan de centeno recién horneado, abrió una navaja Sevillana, y comenzó lentamente a comer. La brisa era liviana, las hojas del roble sonaban con el viento del ras. Prudencio le daba cabeza arriba a la bota con chorro fuerte, bien apretada. Cuando hubo comido le entró aquel sopor que da el vino de pellejo bebido en cantidad, severo en alcohol y muy espeso. Apoyó la cabeza en el saco y se quedó dormido. Sus ronquidos eran largos, su pecho no se movía, vibraba, parecían rugidos del mismo demonio; y el sol que había abandonado la sombra se puso sobre su cabeza lento y traidor. Cuando pasaron dos horas casi ya no había ruido. El pecho de Prudencio estaba muy parado y sus ojos muy abiertos mirando de frente al sol. Sobre el empinado del roble se agitaba el aire entre las hojas, dejándose ver por las dos partes. Mientras las mulas se quitaban las moscas frotando el cuello contra la rugosa corteza del roble.
Del despeñado de Frías, angosto y alto, se acercaron dos buitres grandes volando suave hasta posarse a dos metros del cuerpo inerme de Prudencio. Giraban con la volada caída como si intentasen identificar la presa, hasta que uno de ellos dio dos saltos con las alas entreabiertas posándose sobre su pecho y, se quedó unos instantes quieto, manteniendo el equilibrio; agitó su pelada cabeza como escrutando su cara, y comenzó a picarle los ojos, mientras de las peñas de Frías el cortejo de buitres daban vueltas y vueltas apresurados, cada vez más bajo, presintiendo que el sol pronto estaría del otro lado.

lunes, 5 de abril de 2010

HOTEL


Nada puede ser tan sutil como un ataque de melancolía. Llega tan despacio, tan apático, tan fatigado, tan lleno de sopor acumulativo, que va creciendo como las dunas del desierto. Esta melancolía de la que te hablo está reservada a los mortales como yo, dejándonos el alma al descubierto como los pechos de los santos parroquiales, para que la lluvia los azote, para que el viento los roce con su penoso silbido, para que el sol los diluya en las tardes de solano. Pero a los melancólicos nos gusta la oscuridad, escuchar en el lecho que el tiempo no pasa, para que el pensamiento no sea medido y pueda viajar recreándose entre la escasa claridad de las cortinas, entre el abismo del techo y mis ojos abiertos como puños, o entre mis ojos y el cristal reflejado como una mueca viviente en la pared. Y es que hoy debo acordarme de ti otra vez, de una hora cualquiera entre las interminables horas en que descubrías mi cuerpo, entre todos los cuerpos moribundos y, te quedabas aquí, tan feliz, a mi lado, en el sopor de la siesta, desnudos sobre las sombras que nos arropaban; y es que te sueño ahora y, estás aquí conmigo, tan real y tan lenta, tan abrazados y atados a la costumbre de esta hora secreta, en este hotel trasiego de viajantes y seres llenos de secretos. Tú y yo escondidos de las miserias, por enésima vez abrazados en tierras neutrales, entre el abismo y la sensación del miedo al cazador furtivo, de tan absolutamente indefensos que estamos, esperando que alguien tire la puerta abajo, y nos dispare su ira. Pero no es nada. Ahora mismo mi boca está buscándote abierta y desesperada, para respirar dentro de ti, y sentir tu extraña suavidad, reposando mi cabeza entre tus piernas, oyendo cercano a mi tus frases apasionadas, sintiendo tus manos acariciando mi cabeza, y el estremecimiento, el estertor entrecortado que te lleva hacía una nube, para regresar no siendo nada, absolutamente nada, diciéndome tantas y tantas veces que me quieres.
Y hoy presiento que nunca llegarás, analizo los sonidos tras la puerta, y pasa todo el mundo, todos los sonidos que otros días no pasaron .Hoy ya sé que no vendrás a este lado del secreto. Y mi corazón empieza a quedarse dormido. Y mi sangre ya no es mía, es un arroyo que va hacia la puerta a dar la alarma de que me muero, mi amor, queriéndote tanto.

sábado, 3 de abril de 2010

MIGAS


La mirada bovina de el lo inunda todo. Las cuatro paredes son su imperio. Ahora mismo se pavonea delante de un espejo con sus muecas, levantando pesos ficticios que casi tocan el techo. Hoy ha sacado los tanques al pasillo, y allí no se mueve ni dios. En la habitación del niño el escalextric se ha parado. Ella bambolea la fregona sobre el suelo húmedo de la cocina, vigilando por la rendija de la puerta sus movimientos cargados de ira. Camina descalzo, el pijama abierto, la barriga dispuesta para chocar en una marcación, gritando su fuerza animal, y la grandeza de sus fracasados proyectos. Hoy no habrá paz, ella lo sabe y ; piensa cómo pasar lo mejor posible la noche, mientras recoge las migas de pan sobre la mesa.

viernes, 2 de abril de 2010

OLORES


Mi padre queda en el pajar destilando orujo. Cuando marchamos de allí mi hermana y yo olían las uvas machacadas, el sarmiento, el roble quemado, y las manzanas maduras colocadas sobre la hierba seca. Bajamos corriendo por el prado hasta la compuerta de riego. Ahora veíamos el río Navia a nuestro mismo nivel totalmente manso, como si sobre su superficie hubiese papeles de celofán moviéndose lentamente. Bajamos la compuerta de madera, y el agua dejó de entrar en el canal con apenas medio metro de altura, luego abrimos un pequeño aliviadero al nivel del fondo, y una torrentera en forma de coleta empezó a bajar prado abajo. Cuando el agua fue disminuyendo de nivel comenzamos a ver sus lomos plateados moviéndose al trasluz, y cuando ya no hubo agua, las cinco truchas movían desesperadas su cola, abriendo una y otra vez la boca buscando el aire. Allí donde estábamos empezaba a olerse la madera podre de la ribera, y ahora el río tenía un tono verde y estaba completamente plano. Las truchas seguían muriéndose abriendo la boca muy lentamente. Fue una decisión inmediata, nos miramos a los ojos, cerramos el aliviadero, corrimos a la compuerta y la abrimos con rapidez. El agua entró de nuevo y las truchas comenzaron a mover la cola para escapar a la profundidad plateada del río. Luego caminamos prado arriba muy despacio, cuando entramos en el pajar, el orujo caía gota a gota dentro de una botella, y ahora si que olía el destilado, las manzanas, el roble quemado, y la hierba seca.

jueves, 1 de abril de 2010

MANOS


En el hospital he tomado una actitud calmada y racional hacia mis problemas; reconozco que no tengo ninguna razón para sentirme así por los gérmenes, ya se que era de tontos lavarse tantas veces las manos, aunque sigo sintiéndome muy a disgusto si no lo hago. Se que me están analizando una y otra vez para descubrirme posibles sentimientos de culpa. Me dicen, habla, cuéntanos cosas que se te ocurran, y yo qué se que les cuento: imágenes desprovistas de sentido, emociones usuales de cómo cambio de jabones, pensamientos desordenados de antes de dormirme, recuerdos de la infancia, sentimientos que me abordan con frecuencia, y los olores que descubro una y otra vez en mis manos. Aparentemente creo que he disminuido la frecuencia de los enjuagues. Me han dicho que no de la mano a nadie. Si quito mis guantes casi veo las venas de mis palmas, de tantas veces que las restriego bajo el agua.
Pero, a pesar de todo, sé que aun existen gérmenes entre mis dedos, los siento desplazarse por mis yemas, van a miles por los pliegues; y por mis nudillos hay pulpos microscópicos de cien brazos.