domingo, 9 de julio de 2017

FUNCIÓN, b= f(a).


Le dije, Yo soy función de Ti -Yo (Ti)-. Dependo de Ti, de todos tus estados de ánimo. Cómo decírtelo de una forma sencilla. Al levantarnos tu cara de esa forma absoluta en que tu mirada va hasta ese mundo perdido de no sé que lugar, a veces tanta tristeza. Ese ciclo extraño casi cuantificable, tus ojos brillantes que exclaman la huida hacía el sol repletos de alegría, la curva simbólica sobre un eje imaginario que desciende en ciclos milimetrados y exactos. Cómo he de explicarte que mi sonrisa se apaga con la tuya, hasta ese límite en el que cierro las ventanas para que no te de por mirar con tus ojos y mis ojos al tremendo vacío.

jueves, 22 de junio de 2017

COSAS MUCHAS Y CON TANTA PACIENCIA AL ATARDECER.


Cuando era niño leía libros de aventuras. Tuve una infancia relativamente feliz. Aparte de algún penerasta tocándome debajo de la barbilla, y un barbero que me sobaba los genitales dándome caramelos de palo sabor a fresa mientras agitaba con el meñique mi minúsculo pene debajo de los pantalones cortos. No tuve mayores incidencias en mi desarrollo psíquico. Eso sí. Vi innumerables veces a mi madre de rodillas, sumisa, delante de mi padre.
Los recuerdos no me torturaron por esos actos familiares. El daño fue nimio. Estuve varios años pensando que mi madre oraba hablándole a las caderas de mi padre, siempre se santiguaba cuando suavemente empezaba a chupársela.
A veces hacía un calor insoportable, y había unos atardeceres gloriosos. Tanto como el universo podía enseñarme. Tan inmenso todo que daba miedo.

viernes, 9 de junio de 2017

POSOS.




En este instante mismo me huele a primavera, y aunque la tierra ya está reseca, surgen flores desconocidas para mi entre la trágica rotura que forma una dura piedra blanca.
Por eso.
Imploro cierta ilusión.
Suponer que entre cada estío haya un periodo  exuberante. Que el duelo de la tierra deje paso a rastros de espesos  colores, y la vida  albergue sublimes  instantes antes de desaparecer llena de dolor.
Deseo imaginarte.
Como lo vivo y viva.
Aunque estés clínicamente muerto, sobre el vapor que suelta tu boca, en  ese espejo que trata de adivinar los restos de tu vida, se podría dibujar un corazón con la caricia de un dedo.


martes, 6 de junio de 2017

PUERTA XOR.



Le había dicho cuando se acercó a mirarme hasta la mesa del comedor, oyes, desde hace tiempo tu cabeza es una xor. Se lo decía en broma, eran letanías de mi trabajo que ella no entendía. No había que ser un especialista en cosas del alma para darse cuenta de que era una paciente rumiadora en todos los actos que le sucedían, tan llena de personajes en su cabeza, como si fuera una obra de saltimbanquis que un ser extraño dirigiese con finas cuerdas invisibles. De todos sus personajes había uno cierto que siempre comentaba como tal en una única salida a la realidad, de ahí mi denominación de puerta xor.
Creo que fue sobre el veinte de mayo cuando subía con sus pesadas bolsas del supermercado, era una acarreadora con los ojos pensantes profundos y perdidos. Fue sobre esas fechas que comenzó a meter la llave en las puertas de los vecinos, en orden inverso, hasta el primero, en que la puerta se abrió mostrándole su espacio tan lleno de vacío como una única salida.

domingo, 4 de junio de 2017

TELETIPO.



Me había realizado un banburismus como si me hubiera hecho un rápido corte de mangas. Ella en su esquina de la mesa en el acto repetido de la cena , deambulaba con su índice con las pequeñas migas de pan sobre el mármol. Era extraño que en los atardeceres de los domingos yo no comprendiese su mirada perdida, ni tampoco los vertiginosos vuelcos de las golondrinas que veíamos pasar una y otra vez como relámpagos a través de la ventana abierta. Un banburismus, pensaba, una rara señal con una pausada secuencia de vacíos entre las migas ordenadas. Sí. Cómo advertir su gran soledad, sus movimientos pausados para colocar aquellos diminutos trocitos de pan en seis precisas hileras, sin espacios, que trasmitían a larga distancia un SOS con la palabra olvido.

sábado, 27 de mayo de 2017

LA CABINA.


Hoy estuve caminando por el extraído de mi ciudad. Sucede que vas a buscar panorámicas hermosas para ver el mar, digamos que subiendo una media montaña que tiene unas vistas inmejorables de esa raya tan infinita que te ayuda a reflexionar con ese extraño silencio que proporciona el mar.
Cuando ya estaba mucho más allá de donde las casas se terminaban observé un servicio de urinarios municipales totalmente pulcro, muy hermético, pintado de azul, lleno de anuncios publicitarios. Digo hermético en el amplio sentido de su apariencia externa, y lo digo porque no tenía ni una triste ventanita, sólo en su techo se le adivinaba una salida de ventilación, supongo asistida automáticamente cuando se abría la puerta y entrabas en su interior. Quiero decir que cuando lo pasé no llevaba ningún tipo de apretura, tan sólo se me vino a la cabeza aquella fábula llamada La Cabina que protagonizaba el extraordinario José Luís López Vázquez y que quizás nos trataba de mostrar una imagen abstracta de aquella época, digamos, tan peculiar .A unos pasos traspasados de la dichosa cabina de baño se me vino a la cabeza la agitada imaginación que tenemos los claustrofóbicos, que aún sin pasarnos el hecho desencadenante de quedarnos encerrados ya presentimos la consecuencia consumada y nos llenamos de escalofríos angustiosos.
Pues eso.
Me vino aquella desazón.
Había pasado por allí, había sentido aquellos horrorosos golpes en la puerta, y había vuelto la cabeza. Sentía que desesperadamente desde dentro me llamaban por mi nombre, y que yo era a la vez el que llamaba. Mis voces eran apagadas, apenas perceptibles, mi cara escuálida sentado sobre la taza del inodoro de acero inoxidable, en la más plena oscuridad, metido allí desde hacía días en el extraradio de una ciudad que estaba situada a varios kilómetros, por la que sólo había un paseante que era yo. Presa del pánico, seguí caminando apurando el paso, tratando, en una alegoría imposible, de olvidarme de mi mismo que suplicaba y suplicaba desesperado desde dentro de aquel váter que era mi propia cabeza.

miércoles, 17 de mayo de 2017

MARCHA ATRÁS.




...así, fue así, le dijo, mi amor métemela ya de una puta vez, sácamela por el culo, así mismo le dijo, de una puta vez que la atravesase, como acuciando, angustiada. Así que su Jombre se bajó los pantalones de esa forma, sonó la hebilla del cinturón de esa forma, y así amordazadas las dos piernas entre sus calzoncillos, entre sus perneras, atado, se escurrió hacia adentro a la primera en un acierto pleno, todo el muñón y la bola hasta los huevos, cerquita del mismo culo, todo aquello tan lubricado, tan acariciadoramente suave que vibró en varias acometidas emocionadas, en la ultima acometida después de treinta y ocho vibró diferente al tiempo que las manos de Ella amordazaban las dos partes de su culo que iba a retirarse hacia atrás lleno de cobardía, como otros días en otras mañanas llenas de cobardía, y ella tan harta de ovalarse tantas veces ovalándose para nada, todo un desperdicio sobre los pelos de su coño. Tantas veces esperando en la ventana, tantas secuencias repetidas tantos óvulos ansiosamente solos esperando a un triste amante tan cobarde. El propio ancestral instinto lo apretó contra sí como nunca lo había hecho, mientras se decía así misma de aquí no te sales socabrón.

martes, 25 de abril de 2017

SAXO.


Había una muchacha negra que había salido de la calle y cantaba blues sobre un estrado diminuto en forma de triángulo esquinero. Apenas un saxo y un batería. Decían que aquella muchacha había entrado por el Mediterráneo, pero no se sabía desde dónde. En realidad yo a la muchacha la conocía de algunos días anteriores. Días tan largos que a veces acababan mal. Alguien la había puesto allí entre aquellos pegoteros de blues: el del saxo, quizás, lo que más grande había hecho era tocar con cierto desparpajo las redondillas del gato montés, el de la batería para que comparar. Pero sabéis, cuando la muchacha se subía llegaba el hechizo. Muy extraño. Por una rara conjunción de los planetas los dioses y del sonido, o de cosas así de brujería, su voz no se sabe de dónde salía, hechizaba cuando conversaba consigo misma, y el del saxo se convertía en un virtuoso, y el de la batería llevaba el ritmo como si golpease el mismísimo ángel malo que los protegía.
Así eran aquellos blues que casi se veían salir como volutas.
Yo entré allí muchas veces a ver a la muchacha de grandes proporciones, tocada con un kimono color vino que le arrastraba por el suelo. El local me olía a jabón y a lejía que se calaba por entre las rendijas de la vieja madera del suelo tan desgastada. También entraba allí buscando a alguien con quien hablar para que las horas fueran más cortas. Por lo demás era un arribista con pocas cosas que soñar. Los días eran tan lentos para mí, que algunas veces me parecía imposible que la vida se acabase alguna vez. Pues como digo, una noche que no concluía nunca, la muchacha se subió al estrado y empezó muy despacio un quejido yoruba, en realidad yo no entendía nada, digamos que era el género de la balada, o una melodía extraña, llámalo como quieras, lo que me transportaba por algún misterio extraño era la profunda voz como una desértica llanura. Por un instante se me helaron las venas y tuve ese punto ciego en una vieja de la otra esquina de la barra, y empecé a amarla, porque el amor debe ser inmediato e instantáneo para que sea verdadero amor. El tiempo lo acaba todo. Casi a solas, la vieja y yo mirándonos estábamos menos solos. Eso parecía. No queríamos salir a la calle con pocos portales para guarecerse. Cuando estos lugares se quedan tan solos dijérase que lo único que encuentras son almas en pena; porque quizás la vieja, la mucha del blues, el del saxo el imberbe de la batería y yo, ya estuviésemos muertos.

jueves, 23 de marzo de 2017

SOBRE EL AMOR.


De entre todas las etapas que hacía tenía la impresión que eran para alejarme. No había en lontananza un paisaje que me llenase de ilusión, sin mariposas, el polvo posándose sobre el brezo y los zarzales de un día extrañamente caluroso en que la mitad del mundo era de color azul. De tanto amor, henchido como llevaba, decidí alejarme mas y más. No te describiré gran cosa si ya sabes lo que es viajar con una carga de amor.Imaginarte el recibimiento, los brazos, las bocas y la piel en su esplendor -poros como volcanes plenos de furia-. Y los olores debajo del perfume. El corazón repleto y a saltos bailarines, llenos de amplitud. El estómago carcomido por alacranes.Mi sexo humedecido por el deseo. Era caminando cada etapa de espaldas al horizonte de donde venía la luz,sin otro pensamiento que su cara en holograma moviéndose una y otra vez delante de mis ojos.Su piel oliendo a aceites de almendra, como siempre, su ropa llena de perfumes como la pasada primavera. He de decir que me recreaba en mis pensamientos,la ultima vez, la antepenúltima -casi unos segundos nítidos- en que sus manos se posaron sobre mi pecho, y que su peso, exacto, preciso, descendiendo de repente, acabó con mi cansancio nada más apretarme con su coño, en otro atardecer. En otro viaje.