viernes, 12 de enero de 2018

ANTON DE PRELO.




Antón de Prelo descansaba durmiendo sobre un jergón de hojas de mazorcas de maíz. El día había sido duro. Al otro lado de una ancha pared de piedra estaba el ganado, llenándolo todo de un olor pesado a estiércol y a vahos de hierba fermentada. De fuera llegaba el canto del búho. Y por las contraventanas de roble semiabiertas, se filtraba nítidamente la luz lechosa de la luna llena. Por el suelo, entre virutas, desordenados, estaban: zuelas, gurbias, llegras, cepillos, escoplos, raquetas, hachas, clavos, y muchos tacos de goma; madreñas a medio hacer, troncos blancos y lisos de abedul, nogal y castaño. Sobre el banco, acuñada y ahumada, había una madreña terminada, untada de grasa de pelleja.
Su casa estaba a unos metros del callejón de la iglesia. Desde su jergón se oteaban, parte del ábside. Y la única gárgola con forma de ser alado y misterioso, con cuerpo de dragón, que proyectaban su sombra – como si tuviera vida- a través del ventanuco, sobre una amplia pared de piedra, muy anegrada por el humo. Hacía mucho que habían pasado de las doce. Que los murciélagos habían salido a buscar insectos. Que los perros aullaban como lobos, y que los animales de la rumiarcuadra habían dejado de rumiar y de lamerse, para recostar la cabeza entre las patas.
Fue a eso de la una de la noche, cuando se sintieron pisadas de herradura. Y el rechinar de lo que parecía un alazán. Fue a eso de la una cuando una sombra tocada de capa negra entorno las dos medias puertas con gatera, y entro impresionante en la estancia. Eran un poco más de la una cuando Antón de Prelo, sintió sobre su cabeza una mano fuerte que le dejó sonámbulo. Haciéndole levantarse lentamente para buscar entre la luz blanca de la luna, sus apeos de trabajo. Cogiendo primero el hacha, para hacer el desbaste bruto sobre un tarugo de abedul, esculpiendo la papa y el empeine, remarcando lo que sería la cumbrera de una madreña de amplio pie.
Durante tres noches sucesivas de luna llena - y a eso de la una de la mañana-, siguió llegando aquel extraño ser a su puerta. Era como una aparición repentina. El relinchar extraño del alazán, y la sombra vestida de negro proyectada sobre la pared de piedra. La mano nervuda sobre el hombro de Antón, y su lento despertar sonámbulo, para coger el rasero y ponerse a trabajar en la segunda madreña, sobre otro tarugo de abedul.
Antón se levantaba por la mañana sin ninguna sensación de cansancio, sin darse cuenta de las dos madreñas hermosamente moldeadas que estaba fabricando.
Cuando llegó la tercera noche, la luna empezaba a estar gastada por un lado como un caramelo chupado por un niño. En el cielo había nubes reflejadas en tonos casi negros. Y se repitió la historia. A eso de la una, el grito estremecido, las pisadas, y la sombra. Aquella noche Antón no estaba dormido. Y vio plenamente su figura negra, tocada con una capa que le arrastraba, vio como se acercaba, y se doblaba para recoger las dos hermosas madreñas, vio como con su mano grande y tosca con una rara cadena en el pulso, tocaba una zuela apoyado en una pata de la cama, y como daba media vuelta y se iba. Antón se levantó horrorizado, corrió hacía la puerta. Apenas pudo ver al alazán de dos patas, que llevaba aquella figura negra sobre su grupa alejándose hacia las oscuras lomas de Estaxide. Al volver horrorizado para meterse en la cama observó que una de las dos zuelas había cambiado de color. A la mañana siguiente cuando la fue a coger para rebajar una boca se le ocurrió rayarla con un clavo. Era puro oro.
Pasaron dos semanas, y aunque no era muy religioso, aquellos sucesos inexplicables, que no había contado a nadie, le dejaron intranquilo, no paraba de darle vueltas a la cabeza por ser cosas del mismo diablo. Y algo le remordía la conciencia.
Como era jueves Santo se fue hacía la iglesia para hacer el camino de la cruz.
El vía cruces se hacía por una senda embarrada. Iban parando un poco en cada estación. Fue en la novena -en la que Jesús caía por tercera vez-, en el mismo ábside, debajo de la gárgola, que veía desde el ventanuco de su casa- reflejada en días de sol, o de luna llena-, cuando se fijó en los pies del cura casi escondidos bajo la sotana. Quedó paralizado por el miedo. Calzadas sobre unos escarpines blancos, estaban sus madreñas con las tres filigranazas de trébol sobre la tapa, los dos surcos cruzados sobre la argolla, y aquel ser horrible dibujado sobre el papo

martes, 12 de diciembre de 2017

ZEPELIN.


Esto fue a 46 grados Norte y a 6 grados Oeste, en un lugar casi sin Nombre en donde si te fijabas mucho podías ver el mar por Viavélez,en un lugar donde la helada dejaba siempre una línea blanca casi perfecta entre la luz y la oscuridad. La capitana y la Murcia, a eso de las nueve de la mañana, tiraban de la rastra de un arado romano. Yo iba delante de guiadera, mi padre detrás dirigiendo la reja para que no arrastrase xeixos, abriendo un surco estrecho por donde mi hermana Asunta dejaba patatas cortadas revueltas en azufre a dos palmos unas de otras. Las pegas bajaban a las lombrices, los tordos en manada revoloteaban entre los brezales a unos metros llenos de flores de color vino.Todo era así, abajo el pueblo con aquel humo de las chimeneas tan recto como si llevase al cielo todas las almas en pena que habían salido por la noche. Fue a las diez el prodigio, por las laderas de Miudeira apareció aquel bicho en forma de pedrisco de huevo de aluvión de color plata, que reverberaba cuando el sol lo cogía de costado. Yo lo veía de frente acercarse como una gran ave sin alas, enorme, dejando una sombra en forma de puro sobre la la helada que ya se disolvía. Me dio mucho miedo aquel pájaro enorme y traté de huir y la Capitana se torció de riego. Mi padre se cagó en mi madre, y me llamó cabrón. Me quedé quieto. Muerto de miedo lo vi allí arriba, con aquellas gamada cruzada en las cuatro aspas de la cola, mientras mi padre iba deletreando lo poco que sabía leer: ZE-PE-LIN. Fue sobre las de las diez de la mañana a 46 grados Norte y a 6 grados Oeste, de un lugar mísero que casi no quiero acordarme.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

NO SÉ.



De qué forma los días proseguirán sin ningún particular.
Lleno de secretos que van contigo.
Manifestándose con toda esa lentitud
como si no fueran de este mundo.
Por cuántos lugares que pasaste quedará albergada una parte de ti
que resplandezca.
Habrá ecos de tus palabras. Tu mano desgastará el mármol
hasta ser perceptible una huella.
Tus labios dejarán un pensamiento dentro de un ínfimo recuerdo.
Se trata de una caricia, un dedo que vuela sin tocarte la piel.
Para que alguien te recuerde.
En un papel arrugado habrá una marca casual de tu pertenencia,
algo de tus manos que fue un gesto repetido.
Algo que dejas y que fue tuyo. Una esencia.
En las últimas sábanas que te acogieron.
Buscará alguien que te amó tu olor para percibirte.
Se quedará quieto una tarde y un segundo para imaginarte.
Se detendrá la angustia cuando ya no estés.

viernes, 17 de noviembre de 2017

EL FLUJO.





Algunas veces mientras la esperaba yo estaba con esos pormenores y otros pensamientos sobre que tipo de protocolo iba a seguir hoy cuando ella llegase. Contemplándome en un espejo de la pared me dedicaba hacer poses, mientras suponía que ella ya se estaría acercando por el pasillo hasta esta habitación en nuestra enésima cita. Cuando entraba no le miraba a los ojos, casi nunca le miraba a los ojos. Usualmente siempre traía faldas cortas, le miraba a las piernas que eran muy largas, y como en esa ceremonia que había pensado desde el día anterior me arrodillaba delante de ella y la abrazaba por las caderas mirando hacía arriba su cara de esfinge. La mordía ansiosamente por encima de su ropa. En esos instantes el mundo dejaba de existir. Cuando metía mi cabeza debajo de su falda y me llegaba el efluvio de sus gotitas alucinantes a lo Clive Christian’s , no sé si eran de Clive pero pudieran serlo. Le buscaba el coño y se lo comía a bocados con todo tipo de cadencias y ritmos. Casi perdía la respiración y el equilibrio cuando se iba, todo aquello me parecía un manjar de dioses. Le venía el orgasmo tardíamente después haber estado lamiéndola incansable mucho tiempo. Se doblaba lentamente por la pared hasta sentarse en el suelo, mientras yo arrojaba sobre su piel unos – aproximadamente- 200 ml de flujo guardados dentro de mi boca. 

No te puedes suponer lo encoñado que estaba. Fue mi ruina.

domingo, 13 de agosto de 2017

LA VERDAD, NO SÉ CÓMO TITULARLO -LO SIENTO-

De todo lo que se queda desnudo toda la vida
hasta la muerte, miro como la sombra cubre la luz de enero, lentamente, sobre tu cara. Luego repaso más historias de que estoy hecho, mientras me quedo viendo cómo sube la marea. -Aquel recuerdo que retorna al despertarlo el olor a hierba seca-. Cómo decías: te quiero de aquella forma, sin dudas. Tus labios redondos pintados de rojo en forma de corazón. Desnudos. Cálidos. Blandos. -Y por unos segundos la total inexistencia.-

sábado, 29 de julio de 2017

INVERNADEROS.


Allí,
oliendo a insecticida,
ya estaba Áymara de Arequipa, con su lomo en forma de serpiente.
Oliendo a fresas, a tomates cherrys, a pimientos del piquillo.
No quiero que me castiguen las aguas de Terranova.
Me horroriza el mar.
Allí está el mar furibundo e infinito, y mis parientes del Yucatán y de Guinea,
donde Juan Caboto vió nubes de peces en la oscuridad.
Debajo de catedrales de plástico.
Me quedo en el Maresme, tan apacible al atardecer…
cuando puede conmigo el cansancio sobre la ruina de mis huesos.

viernes, 21 de julio de 2017

HERMES.



Estuvimos mucho tiempo cenando -ella de lado-,
casi treinta años pasándonos cosas, el pan
y todas las dificultades, los dolores de los brazos,
cuando a veces la lluvia llegaba oliendo a pólvora.

Nos divertíamos pensando en nuestros secretos,
mintiéndonos con los ojos.
Yo a veces soñaba que era el dios Hermes,
cargado de mensajes que quitasen la monotonía de las brumas.
De vez en cuando la luna ensangrentada después del equinoccio
de primavera.
Aquella luz rosada atravesando el tendal lleno de ropa.
Ahora, tarde ya, me doy cuenta
que era una gran fortuna
tenerte allí,
para sentir tu brazo que me ayudaba a levantarme.

domingo, 9 de julio de 2017

FUNCIÓN, b= f(a).


Le dije, Yo soy función de Ti -Yo (Ti)-. Dependo de Ti, de todos tus estados de ánimo. Cómo decírtelo de una forma sencilla. Al levantarnos tu cara de esa forma absoluta en que tu mirada va hasta ese mundo perdido de no sé que lugar, a veces tanta tristeza. Ese ciclo extraño casi cuantificable, tus ojos brillantes que exclaman la huida hacía el sol repletos de alegría, la curva simbólica sobre un eje imaginario que desciende en ciclos milimetrados y exactos. Cómo he de explicarte que mi sonrisa se apaga con la tuya, hasta ese límite en el que cierro las ventanas para que no te de por mirar con tus ojos y mis ojos al tremendo vacío.

jueves, 22 de junio de 2017

COSAS MUCHAS Y CON TANTA PACIENCIA AL ATARDECER.


Cuando era niño leía libros de aventuras. Tuve una infancia relativamente feliz. Aparte de algún penerasta tocándome debajo de la barbilla, y un barbero que me sobaba los genitales dándome caramelos de palo sabor a fresa mientras agitaba con el meñique mi minúsculo pene debajo de los pantalones cortos. No tuve mayores incidencias en mi desarrollo psíquico. Eso sí. Vi innumerables veces a mi madre de rodillas, sumisa, delante de mi padre.
Los recuerdos no me torturaron por esos actos familiares. El daño fue nimio. Estuve varios años pensando que mi madre oraba hablándole a las caderas de mi padre, siempre se santiguaba cuando suavemente empezaba a chupársela.
A veces hacía un calor insoportable, y había unos atardeceres gloriosos. Tanto como el universo podía enseñarme. Tan inmenso todo que daba miedo.

viernes, 9 de junio de 2017

POSOS.




En este instante mismo me huele a primavera, y aunque la tierra ya está reseca, surgen flores desconocidas para mi entre la trágica rotura que forma una dura piedra blanca.
Por eso.
Imploro cierta ilusión.
Suponer que entre cada estío haya un periodo  exuberante. Que el duelo de la tierra deje paso a rastros de espesos  colores, y la vida  albergue sublimes  instantes antes de desaparecer llena de dolor.
Deseo imaginarte.
Como lo vivo y viva.
Aunque estés clínicamente muerto, sobre el vapor que suelta tu boca, en  ese espejo que trata de adivinar los restos de tu vida, se podría dibujar un corazón con la caricia de un dedo.