lunes, 31 de mayo de 2010

VELATORIO


Por lo poco que sé de aquel suceso, las cosas ocurrieron sobre las dos de la mañana de un mes de agosto, de hace cuarenta años. Estaban velando al muerto en la casa de Desiderio, era su abuelo, el Tuerto de Quiñones, con la caja posada sobre la artesa, en el salón de la galería que estaba encima del ganado. Allí había muchas enredaderas de pino, me acuerdo bien de aquel salón con las paredes ahumadas por la antigua cocina de leña, y el olor a estiércol que llegaba de la cuadra. Allí se calendaban de seis en seis pasándose de vez en cuando la botella de orujo. El milagro pasó, como digo, un poco antes de las dos. Los que estuvieron allí dicen que la luna casi se tocaba, y que fuera, por la cornisa, las golondrinas se arrumaban sin casi caber en los nidos. Dicen que tenían una torda y dos pintas en la cuadra, además de conejos, un borrico, y dos mulas de arrastre para la madera, y que puede que hubiese más vida allí, (gallinas también las había, y si eran las dos de la mañana puede que alguna jineta, acechadora, hubiese bajado de los bosques de la Grova).
Cuando se acababan de pasar la botella, el Tuerto tiró aquel pedo estruendoso y se quedó sentado en la caja, y abajo en la cuadra se montó un guirigay de dos pares ,increíble, y las golondrinas salieron todas hacia el resplandor que dejaba la luna en el río. Y los que estaban allí velando salieron despavoridos cada uno hacía un sitio sin encontrarse los unos a los otros, porque el miedo tiene esas cosas -da más miedo si te encuentras con otro que tenga miedo-; mientras que el Tuerto se fue cayendo hacia atrás, para quedarse de nuevo con las manos cruzadas, y el pañuelo de mortaja envuelto en la cara como si simplemente tuviera un flemón de muelas; y es que dicen los que lo vieron antes de tapar la caja, que se había quedado de un natural, que se había quedado incluso con color, como si estuviera vivo; quitando lo de aquel ojo , casi abierto, que te miraba desde cualquier lugar en que quisieses ocultarte.

VIAJE


El encuentro era a las diez de la noche en la curva del Ponto, al lado de un antiguo mojón kilométrico que señalaba el veintiséis de la vieja carretera comarcal que iba a Beda de los Infantes. En aquel punto al lado del río la niebla lo cubría todo. Llegué con mi coche sobre las diez menos cuarto y lo aparqué con las luces apagadas bien arrimado al ras de la cuneta, permaneciendo dentro mientras observaba por el retrovisor con la ventanilla bajada. Pasaron tres turismos hasta que el cuarto aminoró la velocidad y se puso detrás de mí. Se bajó el conductor y un acompañante, impecablemente vestidos, acercándose a mi ventanilla: “lo tenemos aquí” – me dijeron-. Volvieron al coche y abrieron las puertas de atrás, lo sacaron, parecía un bulto, totalmente tapado con una especie de saco negro que le llegaba casi hasta la cintura; llevaba las manos a la espalda atadas con una brida eléctrica. Me bajé, abrí la puerta de atrás, y les ayudé a sentarlo, cerré la puerta y me volví a mi asiento, emprendiendo la marcha. En el coche sólo se sentía el sonido del motor y el ruido de las ruedas sobre la irregular calzada; permanecimos así un buen rato, hasta que sentí su voz forzada que me hablaba: “por favor, quítame este saco de la cara” – no le contesté-, me lo volvió a pedir varias veces pero permanecí indiferente; “por favor dame de beber” -y tampoco le contesté-, también me lo repitió varias veces, sin hacerle el más mínimo caso. Lo ojeaba por el cristal del retrovisor, ahora estaba ligeramente inclinado hacía el lado izquierdo, como acomodándose sobre sus manos atadas, y la cabeza caída hacia adelante, parecía un penitente: “a donde me llevas” –prosiguió-, no le contesté; no le iba a contestar, mis órdenes eran solamente llevarlo; no deseaba que escuchase mi voz, no quería ningún nexo afectivo, ningún diálogo.
Cuando en la lejanía divisamos Beda de los Infantes, ya eran cerca de las once y media. Por las montañas que lo bordeaban se apreciaba una pequeña claridad entre las nubes, por la luz de la luna que se filtraba levemente. Atravesé el pueblo, y llegamos al polígona industrial de los Canabes; aminoré la velocidad, era la nave treinta y ocho, y ya estaba abatido el portón de entrada; me estaban esperando dos hombres que fumaban, se les veía ansiosos; cuando abrí la puerta de atrás se acercaron y lo sacaron bruscamente, pude percibir sus gemidos, estaba llorando.
A los pocos minutos de emprender la marcha, por una casualidad de la luz reflejada de las farolas del polígono, vi aquella humedad en el asiento de atrás, estaba totalmente orinado, y en el lado derecho había una cartera, frené lentamente arrimando el coche a la acera, me estiré y la cogí. Cuando pasé por el puente sobre el río Nubia, aminoré la marcha, y la tiré al agua.
No quise saber quién era aquel hombre; era un muerto más de los que se almacenaban en aquella nave. (No vayas a pensar que lo de los chinos es una leyenda urbana).

sábado, 29 de mayo de 2010

LABERINTO


No sé cuanto hace que me han dejado aquí sólo; no sospecho las circunstancias, ni si ha existido algún motivo especial; en este instante estoy perdiendo lo que se llama mi identidad espacial, (no sé en que tiempo estoy; y el espacio que ocupo tiene coordenadas desconocidas).He dado innumerables vueltas y empiezo a estar desesperado. El pasillo por el que camino no mide más de un metro de ancho y el olor a ciprés y a cedro es muy intenso. Si miro hacía arriba es la misma sensación, los bordes de los pasillos son curvas perfectas por donde puedo ver el azul del cielo sin una triste nube que lo haga variar en la más sutil referencia identificativa. No puedo determinar en qué momento he empezado a sentir esta angustia, tengo síntomas claustrofóbicos; no porque no haya amplitud, sino porque no veo la salida; es igual que quedar metido en la caja de ascensor de un gran edificio. El hecho de dar vueltas sin ninguna orientación parece empeorar el problema, he intentado correr y quizás haya vuelto al mismo sitio innumerables veces, sin darme cuenta. Que yo sepa hay cinco personas más dando vueltas, esa es la cuenta que llevo, o puede haber más; nos preguntamos dónde estamos si nos vemos de frente, si nos alcanzamos por la espalda procuramos dar un quiebro para no encontrarnos; llevan en los ojos el mismo terror que ellos deben ver en los míos.
Empiezo a suponer que me deberé adaptar a esta circunstancia, quizás tenga suerte y uno de los desvíos me lleve a la salida. Espero que haya una salida, ya empiezo a dudar que la encuentre antes de la noche; cuando llegue la noche será un problema añadido, tantas estrellas allí arriba, y aquí, tan solos, en este laberinto que parece no tener fin.

jueves, 27 de mayo de 2010

PALOMA


Florianito tenía cara de habichuela, no en su forma estricta, sino en el contorno de la cara, algo aplastada y con una curvatura un tanto desajustada. El Señor Victorino, el maestro, siempre lo sentaba en la primera mesa porque atendía bien y machacaba las cosas para aprenderlas de memoria. El problema de Florianito empezó con el catecismo y el alma, algo tan difícil de explicar que hoy en día aún seguimos esperando a que nos den explicaciones fidedignas. Para don Victorino el alma estaba dentro de nosotros en la zona del corazón, allí ponía la mano, y allí entendía Florianito que estaba el alma, debajo de su corazoncito que se movía tenuemente al lado de su camiseta de felpa. Otra de las cosas que Victorino nos decía era cómo salía el alma cuando nos moríamos, Florianito lo entendió a la primera, cuando nos moríamos el alma salía en forma de paloma, y era por la boca, porque moríamos boca arriba, todos moríamos boca arriba. Todo era así de simple, las tardes del invierno se hacían muy largas hasta las cinco de la tarde, porque había pasado el sol, y pasaban las nubes, y había llovido en todo aquel tiempo, y se habían posado infinidad de estorninos sobre el calor de la chimenea que dejaba salir el humo denso de la estufa, quemando húmedos trozos de roble. El caso es que Florianito quedó preocupado por aquella sabiduría que no tenía una explicación racional; y cuando salio de la escuela con aquella maletita de madera: con el parvulito dentro, y la pizarra y tres lápices de colores, el estuche de plumas y el palillero; y puede que muchas estampas de santos y flores; Florianito iba roto por las dudas, caminaba más despacio porque ahora el alma iba allí con el, al lado de su corazón y no quería molestarla si corría, y cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue subir al piso de arriba para entreabrir la puerta de la habitación de la abuela y verla allí delgadita, el pelo canoso estirado y largo, posado hacía atrás, sus manos pequeñitas, y sobre todo su boca, por donde quizás muy pronto saldría una paloma blanca hacía el cielo; un acontecimiento que no se quería perder.

TÚ MANO DERECHA


Si estás leyendo esto es por que no estás muerto, pero en el fondo sé que quieres estarlo, adivino que varias veces has intentado suicidarte sin resultados positivos; porque en el fondo eres un cagado de mierda, y ni se te ha pasado por la cabeza aquello tan manido de: “…si me suicido me llevo a medio mundo por delante…”; pues bien, amigo, hoy ha llegado tú hora, si no te suicidas tendré que pegarte dos tiros. Si me ves, ponte en lo peor, soy tú mano derecha y llevo un arma.

martes, 25 de mayo de 2010

DIGESTOR


Por circunstancias que desconozco este sueño se repite en mí con cierta frecuencia.
No puedo determinar si es de origen orgánico, o puede obedecer a alguna oscura profecía hacía mi persona. Por un extraño fenómeno natural me siento “abducido” a mi mismo mientras estoy comiendo una manzana. Dijérase que comienzo en un estado de “obnubilación” y acabo como simple pulpa jugosa y estirada por mis dientes.
Para esto que os quiero contar no es necesario muchos conocimientos técnicos del trayecto gastrointestinal; todo lo que veo consiste en un túnel lleno de suaves limos y olores nauseabundos, entre extrañas oscuridades y biliosos ácidos corrosivos. Estando aquí, dentro de uno mismo, el significado espiritual no tiene sentido -quizás lo angustioso del largo viaje, y las impresiones aportadas, que pueden ser desazonadoras-. No caminas, reptas; no descansas, eres obligado a deslizarte; formas parte del camino, y eres como una serpiente que se desplaza en todas las posiciones posibles. Del alimento original no queda nada, es destrozado por baños de jugos y ruedas que le dan vueltas, mazos que lo machacan, manos que lo exprimen entre heridas abiertas que rezuman sangre- todo eso lo observo sin que a mi persona le pase nada-. El gran digestor: destroza, comprime, exprime, disuelve, extrae; y genera detritus en una secuencia fabril agitada e interminable. Nada escapa a esta “lindez”, que por un raro axioma forma parte de la filosofía existencial. Es como si fuese engullido por la vida en el más estrafalario de los escenarios; como si fuera fagocitado abriéndome hacia dentro, para devorarme a mi mismo, quitando el mal sabor que le doy a mi boca, mezclándome entre la pulpa de una simple manzana.

sábado, 22 de mayo de 2010

VACÍO


Le había dado por ir sólo, más que nada para quitarse el miedo de sus pensamientos, y se había vestido el arnés como si fuesen los calzoncillos cuando se levantaba, ajustado sobre las ingles, cruzado sobre la espalda sin dobleces, la presilla atada al pecho, y el mosquetón a la espalda, con el tramo de cordino atado, calculado, hasta justamente el ras de la torrentera. Pasó las dos cadenas al perfil del quitamiedos, miró la arcada del puente, viendo el precipicio que se abría entre los bordes del arbolado. Estuvo, así, de pie unos instantes, el sol estaba ya alto, se sentía el agua del barranco, y alguna ave que cruzaba despistada; el estaba allí de pie con un miedo inmenso, con los ojos cerrados intentando no ver el vacío, levantó levemente los brazos como las alas de un azor, y sin desplazar los pies en un mínimo impulso se dejó caer totalmente estático al vacío, fue inmediato, vertiginoso, unos instantes de ingravidez, y luego el bamboleo casi al ras del agua, de un lado al otro, hasta quedarse parado como un peso completamente muerto.

jueves, 20 de mayo de 2010

INCLUSO


Ahora me reclaman todo lo vivido.
(incluidos los instantes en que mi boca y el mar
fueron un conducto abatido por marejadas y corrientes).
Y también me piden los paisajes hermosos que he mirado,
-incluso por los que no recuerdo-.
El debe el haber y todas las columnas observadas,
llenas de guarismos.
Por si acaso, he puesto a compararme (puede haber engaño),
he buscado en los papeles:
lo declarado, lo pensado, lo sentido, lo amado.
He observado por donde viven los otros compañeros,
todas las tumbas que había para llegar a ellos;
incluso, busqué por donde los ilustrados podrecieron,
resguardados del invierno por altas cruces y frases que estremecen.
Incluso, busqué, los restos de la guerra,
los muertos tirados por los valles sin recuerdos.
Y después de todo comprendí:
que a nadie le reclaman nada, ni a los muy muertos.
A nadie le piden que devuelva las pisadas caminadas,
ni los sueños, y mucho menos el sabor del vino,
o el pan alargado y tierno crecido entre las brasas,
ni el frío, ni el calor, ni el trabajo que me ha tocado:
apretando remaches en los puentes;
moviendo bielas;
acortando caminos por trazadas rectas,
entre árboles y acequias.
Ahora me reclaman lo más nimio:
que si he sido animal que repta,
y extraño volador que caza,
que si he sido alimaña, depredador, asesino entre los robles;
que si he amado en frías tardes de domingo;
y entre el solano y las siestas en agosto.
Incluso me dicen que debo pagar por lo amado en el delito,
cuando cerraba desesperado las cortinas, en secreto,
y sangrando apretaba mi alma entre cristales.
Si es así,
-y así parece que dicen que así sea-.
Que me devuelvan vivo,
que me den otro nombre,
otra historia,
para poder nacer de nuevo,
quiero llevar mis cuentas al principio.

DIÓGENES Y LAS COSAS DE NADA


Ignoro cuanto tiempo pasaré aquí, y si este lugar es el adecuado para mí. Tengo muchas dudas en mi cabeza, pero una vez dispuesto a quedarme deberé pensar cómo pasar el tiempo. Si se logra dormir por la noche cuando uno despierta, si hay luz que puedas mirar, te das cuenta de que en cierta forma has nacido otra vez, hasta que los pensamientos reposan y percibes quién eres y el lugar que ocupas. Otras veces cuando despierto sobresaltado, puedo no saber lo que hago aquí; empiezo apartando todos los objetos que he traído ayer, y otros que ni tan siquiera reconozco. Al principio guardaban cierto orden, había, digamos, cierta racionalidad, no en lo que recogía, sino en su colocación en la primera habitación que llené. Describir ahora lo que hay aquí sería tan largo que no merece la pena. Imaginaros un basurero municipal y todos los detritus que allí se transportan; incluido el olor nauseabundo que desprenden y del que forman parte. En mi casa se puede encontrar de todo lo inimaginable, el pasillo tiene otro pasillo intermedio, y a los lados hay simplemente cosas; y están almacenadas cosas en las dos habitaciones; y en el baño también hay cosas; en la cocina sólo queda libre un hornillo de gas, donde me preparo la comida, y en el resto del espacio hay cosas. Como os decía empiezo a meditar sobre el tiempo que pasaré aquí. Estos últimos días no siento tanta compulsión a tener que salir a buscar cosas, quizás esté sufriendo un proceso evolutivo a otras estancias mentales. Pienso que los objetos eran inservibles en sí mismos; pero tenían esa particularidad que me excitaba, porque para mí volvían a tener vida animada en la referencia a su utilidad pasada, a su historia, a su lugar ahora; había que salvarlos, colocarlos, almacenarlos en su nueva servidumbre y vida: mirar sus colores y sentir su textura, y, si emitían ruidos, agitarlos en todos los tonos acústicos posibles.
Pues, como os digo, todas esas sensaciones ya casi no existen; y al no existir mi objetividad se ha destruido por completo; y ya no deben permanecer aquí, este lugar no es el adecuado para ellos.
Después de meditarlo mucho he decidido quemarlo todo, para acabar de una vez con tantas historias salvadas, y mi propia historia.
En estos instantes el fuego y el humo comienzan a purificar mi casa, y yo paso a otro estado existencial, o quizás a ser una cosa irreconocible entre todas las cosas que puedan quedar indelebles, (o milagrosamente salvadas), para que vuelvan de nuevo a ser cosas de nada.

miércoles, 19 de mayo de 2010

MIRADAS


Sé que tenía que suceder y ha sucedido; así de simple, sin darle muchas vueltas a este tema. Estoy detrás de mi balcón con la cuerda de nylon sintético, perfectamente atado en su punta un gancho de vástago con seguro, muy ligero, para poder lanzarlo con facilidad. Tengo arrimada al borde la pértiga de cuatro metros con marcas simétricas, equilibradas, para poder agarrarla con las manos; también tengo puestas las zapatillas con suela de badana, y un culotte largo, completamente ceñido a mis piernas. Sólo me quedaba tener suerte al lanzar el arpón al otro lado, y parece que la he tenido, se ha quedado enganchado, a la primera, entre dos filigranas forjadas y el refuerzo superior de su balconada; por otro lado, los ocho metros calculados son correctos, al tensar fuertemente la cuerda me quedan dos metros holgados para hacer un robusto nudo ballestrinque. Miro hacía abajo: los seis pisos que me separan de los coches aparcados, y de los escasos viandantes que transitan a estas horas de la mañana, me dan cierto respeto, pero no estoy nervioso. Me subo al borde del balcón, cojo la pértiga, la equilibro con mis manos sobre las marcas. Mis zapatillas se adaptan al nylon, siento la presión sobre la planta de mis pies, y comienzo muy despacio el movimiento pausado: un pie y otro, (en la punta de uno, el talón del otro), mirando al frente. Presiento que en la calle ya hay gente observando el número circense, oigo sus voces, sus gritos, pero mis ojos están al frente. Por fin ella ha salido al balcón, y me ha mirado extasiada. Mis ojos ya no le son indiferentes.
Ya me habían dicho que en el amor todo empieza por una mirada penetrante. Ella nunca quiso tomar ni un triste café conmigo.

martes, 18 de mayo de 2010

ESCALERA CERO


En la escalera cero de la Playa San Lorenzo suele haber colgado de un mástil un ramo de flores, y algunas veces en el ramo una nota escrita cuidadosamente doblada. Nunca me he parado a leerla. Por la escalera cero se baja al acantilado que da al Club de Regatas, por la parte externa, son varios escalones hasta un descansillo intermedio, y otro tramo que acaba bajando a las rocas; con una apariencia de falsa protección al oleaje.
En una intensa marejada de primeros de noviembre que coincidía con marea alta, una mujer de treinta y seis años (a eso de las tres de la tarde) bajó con una botella los diez escalones que dan al primer descansillo; las olas azotaban el lateral del espigon, y recorrían la esquina formando una onda que barría todo el borde superior. No puedo imaginar la forma en que la mujer intentó meter al mar en una botella de cristal, los que estaban allí dicen que casi no oía los gritos de advertencia que le lanzaban, y el mar, extrañamente injusto, no quiso quedarse dormido por un instante, placido y tranquilo, para que su mano pusiese al ras la botella y el agua entrase en el interior como en una acequia; el mar no quiso eso, el mar no quiso quedarse en la botella y trágicamente arrastró toda la historia en una ola imprevista y ligeramente arbolada. El resto son versos entre flores y recuerdos de los que han quedado amando. En la escalera cero cada poco hay flores, será así mientras el recuerdo y la pena aguante. Y mientras eso ocurra, el mar seguirá allí lanzando olas con dientes de espuma sobre el acantilado, cuando la marea esté alta, negándose una y otra vez a quedarse encerrado dentro de un cristal.
El mar quizás sea trágico por que es libre, y devuelve los cuerpos pero se queda con las almas.
Hay flores que el mar no devuelve.

lunes, 17 de mayo de 2010

TÚMULO MILIMÉTRICO


Tengo una terracita, que no es gran cosa, anexa a la habitación donde dormíamos mi esposa y yo; son seis metros cuadrados a lo sumo, con una hilera de maceteros de geranio colgados sobre una barandilla que da al tejado, cuatro rosales plantados sobre latas vacías de aceite, un pino rojo diminuto sobre tiesto de barro, una camelia de casi un metro, preciosa, y varias clavelinas ya marchitadas. Lo bueno de mi terracita es que da a la salida del sol; y esto me ha intrigado desde hace diez años que llevo viviendo aquí. En las diferentes mañanas, despejadas de nubes, en las que me quedo en la cama absorto mirando al techo, he observado como se va desplazando la luz del sol en su nacimiento desde mayo hasta finales de junio, los dos meses más extraordinarios; el resto del año es una penumbra con luz mortecina y desigual, que se pasea despacio por la pared lateral: primero sobre un anaquel con dos enciclopedias, y luego sobre nuestro cuadro de boda; donde aparecemos mi esposa y yo aquel día tan celebrado. Pero a decir verdad, el fenómeno más preciso es el veintiuno de junio, la luz forma una extraña prolongación circular que, exactamente, a las seis de la mañana, se interpone entre nuestras cabezas, dejando un alo extraño que parece separarlas sobre el cuadro. Pues bien, el año pasado he recogido las coordenadas exactas, referenciadas desde este punto respecto al suelo, y en el otro eje a la marcación de la puerta; estas coordenadas las he calculado con perspectiva focal al punto intermedio de la terraza (Esta situación de cálculo me ha obligado a volver a recordar trigonometría espacial en mi enciclopedia escolar). Una vez que las proyecciones caballeras estuvieron claras, he construido, en el punto medio de la terraza, con ladrillo de cara vista esmaltada en marrón y de forma curva, un túmulo cilíndrico, de mil doscientos sesenta y ocho milímetros de altura. Al mismo he anclado una pequeña estructura metálica regulable en sentido cardinal; esta regulación exacta me permite orientar con una tolerancia de desplazamiento en ambos sentidos de cincuenta y ocho milímetros, las cuatro posiciones en las cuales a esa hora justa y determinada, el sol, en su salida, focalizará sus rayos por un tubo circular de dieciocho milímetros de diámetro, en cuyo interior hay un cristal prismático de tres lados de incidencia, suavemente pulimentado.
Pues bien, hoy es veintiuno de junio – mi suerte me ha permitido un día completamente despejado- , son las cinco de la mañana y cincuenta y cinco minutos. No he tenido que despertar a mi mujer, porque me ha abandonado hace dos meses -un mes después de construir el túmulo-. En mis manos tengo una pequeña llave inglesa; y sobre el horizonte comienzo a ver la franja roja y curvada del sol. Lo observo nítido con mis gafas inactínicas, y ahora mismo estoy orientando el prisma hacia su radio medio (las guiaderas se deslizan con suavidad mecánica: exacta, milimétrica), quedando orientado en el mismo centro del sol. Me he girado para ver la pared, y es extraordinario, en la parte superior del cuadro, entre nuestras dos cabezas, hay un punto de unos treinta milímetros con todas las tonalidades iridiscentes que mis ojos puedan identificar.
¡Qué pena que no esté mi mujer para verlo!
Las generaciones futuras, no sabrán si es una casualidad que el sol se proyecte de esa forma, tan exacta, a través del túmulo; o si este ha sido construido como un monumento de adoración totémica, en donde se realizaban extraños sacrificios de convivencia; o como una escultura surrealista; o simplemente será tomado, por los menos imaginativos, como un estrambótico macetero decorativo.

domingo, 16 de mayo de 2010

ÁLAMO


El fugitivo fue capturado en el despoblado. No había nada en el paisaje que fuera digno de mención; era una llanura labrada con un horizonte perfecto en todas las partes que permitían el giro de su cabeza; sólo algunos álamos desperdigados señalaban en la lejanía el camino empedrado, por donde se desplazaba el carro de bueyes donde iba el fugitivo, atadas las manos a la espalda, y estas al palo del cabezal. El fugitivo había sido declarado contrabandista y traidor
Cuando ya casi atardecía escogieron un álamo de rama baja, que estaba sobre una suave colina. Bajaron al reo y le pusieron la soga al cuello, la cuerda de cáñamo la pasaron sobre aquella rama extendida hacía el poniente, y luego tiraron los tres soldados con fuerza, el reo pataleo durante unos instantes, cayéndosele sus pantalones de franela; luego ataron la cuerda anudada al tallo; y dejaron un candil alumbrando en el suelo, debajo de sus pies; para anunciar a todos los depravados que pasasen por el lugar. El carro se alejó de nuevo, vacío, por donde había venido. Ya era de noche, y sobre la colina se dibujaba, fantasmagórico, el álamo solitario y aquella luz que alumbraba los pies descalzos del reo.

jueves, 13 de mayo de 2010

CUERNOS




Sé que no hay ningún medio científico que pueda demostrar la relación entre los procesos llamados emocionales o anímicos con nuestra parte orgánica, -somática-, en otras palabras, nuestro ser corporal. Lo cierto es que llevo varios meses con desordenes en mi piel, en la zona frontal derecha, se me enrojece con suma facilidad en momentos determinados del día, desapareciendo, no sé por qué circunstancias aleatorias, a los pocos instantes. Los especialistas le han llamado roseacia, sin ninguna causa orgánica aparente.
Lo malo de todo esto ha empezado a partir de semana santa de este año –ahora estamos en Junio-, cuando empecé a tener la sensación clara de que en mi parte frontal había dos bultitos incipientes. Al principio llevaba mi mano a la frente sin tener la más mínima señal en mi tacto, de que allí no había nada anormal. Empecé a sospechar entonces, que algo fuera de natura me estaba sucediendo, porque mi comportamiento estaba cambiando entre la extrañeza y el pánico que me embargaba, por la clara y patente claridad con la que lograba captar mi nuevo significado biológico. Pasó un mes de todo aquello. Visitaba innumerables veces el baño para certificar con mis ojos que allí no había nada, que todo era normal, pero pasaba mi mano por la frente una y otra vez, y sentía aquellos dos duros apéndices de doce centímetros cada uno, -los media cada poco, controlando su virtual crecimiento-
Por otro lado mi cuerpo y mi alma se estaban transmutando. Ya era indudable. Era poseedor de dos cuernos que crecían apartados hacía los extremos. Comencé a reflexionar mucho sobre todo aquello. En la teoría del hombre cazador los cuernos eran las poderosas armas defensivas de sus presas, algunos de los conceptos que los humanos hemos asociado a ellos hacen muy patente la claridad con la que logramos captar, desde tiempos remotos, su principal significado ancestral, incluso como atributo sexualmente seductor, colgados desde hace siglos de las paredes de amplios salones, como muestra manifiesta de la hombría reflejada en una paradójica dualidad de cazador (<->)cornudo.
-Referidos al axioma relativista sobre el espacio y el tiempo: que hace la mujer del cazador, mientras este caza-
A casi tres meses vista desde los primeros síntomas, el asunto no ha mejorado. Me siento muy raro en mi proceder, y las demás personas lo notan con total claridad. Cuando paso mi mano por los anexos de mi frente, me siento bien armado con dos cuernos del tipo astifino, anchos en abertura, tirando hacía arriba y abiertos en punta para el ataque. Los puedo tocar, sentir su rugosa consistencia, su final afilado en punta de aguja, pero en el espejo no hay nada, sin embargo siento al caminar su proporción de gálibo, y lo que es más, empiezo a suponer que son necesarios para mi estabilidad y situación espacial y equilibrio, ya que empiezo a tenerlos en cuenta en mis maniobras de circulación y en la geometría y volumen de todos los objetos que me rodean. Dijérase que tienen cierto modo funcional de vibrisa sensorial, sentido invisible, que ha incrementado sustancialmente mi necesario espacio vital. Durante muchos años, los entomólogos consideraron que los cuernos y mandíbulas corniformes que presentan algunas especies de coleópteros, constituían armas defensivas con las que hacer frente a los depredadores. Durante otro tiempo, se impuso la idea de que esos apéndices eran meros adornos carentes de utilidad práctica o función natural y biológica alguna. Yo os puedo afirmar, que esta sensación de cornudo existencial que me ha tocado vivir desde semana santa, me impone reflexionar sobre el tema, y convencerme de que realmente en mi frente no asoma nada, aunque vitalmente deba proporcionarme espacio y orientación cuando hago el amor con mi mujer, al ver como sobre la pared se refleja la sombra de nuestra unión del emú, y yo observo el vaivén acompasado de aquellos dos cuernos altos y afilados,coincidentes sobre la foto de nuestra boda que corona el lecho conyugal.

miércoles, 12 de mayo de 2010

ESFERA


Ahora mismo iba para el trabajo pero me he parado aquí, en la plazuela de San Miguel, porque hay una burbuja de cristal en forma de esfera, y en su interior se encuentra un hombre dentro. Los reunidos dicen que es el mismísimo David Blaine. Somos unos veinte los que miramos absortos su media barbita y sus pantalones negros, y su torso desnudo, musculoso, desafiante. Nos gesticula y da vueltas con sus pies apoyados a la curva inferior de la esfera apenas sujeta por cuatro cuñas, que impiden su giro, sobre una plataforma de madera. Como ya ha salido el sol, y la fuente se ha puesto a funcionar, se refleja sobre el arco superior una gran cantidad de colores increíbles. David está dispuesto a que lleguemos tarde a trabajar. Apenas sentimos sus vocalizaciones, sólo los movimientos forzados de su boca para que tratemos de darnos cuenta de lo que pretende realizar. Ahora mismo parece estático, (como ensoñándose), las manos estiradas a lo largo del cuerpo; su cabeza trata de mirarnos con los ojos cerrados; lo único que quizás capte de sus labios fue la insistencia en aquellos movimientos vocalizadores: “me-voy-a-di-sol-ver”. Y es que ahora mismo parece difuminarse, primero su cabeza y cuello, luego hacía abajo su tronco y extremidades inferiores. Y ahora mismo, todos los que estamos aquí, que ya seremos la centena, hemos abierto la boca “obnubilados” por esta fantasía, porque en el interior de la esfera ya no hay nada, no hay nadie, -es un diminuto instante-, y yo siento, porque me ha tocado a mi, como una mano ligera en movimientos, ágiles y precisos, desabotona mi bolsillo de atrás, intentando sacar mi cartera, -es esa sensación del metro en las horas punta-, por lo que tengo que dar un manotazo a la nada…, en mi parte de pantalón y cadera donde guardo lo poco que llevo. Y es que David Blanem, debe de atravesar un mal momento económico, y ya no sabe lo que hacer para poder subsistir en este valle de lágrimas. Como veis los carteristas han evolucionado mucho. Andar con cuidado. Si veis una esfera de cristal en la próxima plaza con palomas, rodeada de ancianos que no duermen, de sonámbulos, de gentes que retornan de la noche, seguir de largo, un carterista ilusionista puede estar detrás de la magia aparente que pretende transmitiros. Si ya hace sol, y hay una fuente, y el viento mezcla las gotas con el aire para llenarlas de colores, no detengáis vuestra marcha, no hay confianza; son magos y trileros los que te hechizan con sus ojos, y los que rebuscan tus bolsillos con sus manos.

martes, 11 de mayo de 2010

LA MESA


No te canses de preguntarme,
por qué he vuelto a esta esquina de la casa.
Sigue preguntándome una y mil veces,
por si acaso lo recuerdo.
En esta misma esquina me viene a la memoria:
-de otras veces-,
la mesa poblada de alimentos,
las cosas que comíamos en silencio,
mirando azulejos llenos de hojas y frutas verdes;
o la claridad de la ventana en las tardes de verano,
o los otros domingos tan largos como la vida,
En esta misma esquina, arrinconado,
en que violentamente me atravesaban tus miradas,
buscando los días que perdimos a sabiendas,
sin recobrar el aire y las flores de los parques,
sin arrastrar cadenas de oro, ni colgantes,
ni oropeles, ni vestidos;
-ni tan siquiera gestos-,
siendo mudos.
No te canses, y pregúntame.
Vuelve otra vez con la mirada y hazme daño.
Dime que estoy de sobra entre las migas que abandono.
Mírame a la cara y pregúntame por qué he vuelto:
Tan liviano y pasajero,
Tan irrespetuoso,
Tan mentiroso,
Tan indiferente,
Tan mudo.

FIGURA


No puedo determinar en que parte de mi inconsciente apareció aquella figura que huye y retorna. Algunas veces inanimada, otras llena de vida. Aquella figura no era etérea, estaba en los límites de lo humano y lo irreal. Era el contenedor en el que almacenaba mis instintos derivados del inconsciente colectivo, con toda la carga animal que ello conllevaba. La mayoría de los instintos a que me refiero son de supervivencia, incluyendo la reproducción y el comer. La parte del humano que es capaz de violencia está almacenada en la parte de la sombra de la mente inconsciente. Antes de que los humanos fuesen realmente humanos, sus ancestros no eran conscientes de sí mismos. Por lo tanto, eran verdaderamente animales. Estos animales, tal como todos los demás, hacían lo que tenían que hacer para sobrevivir: asesinar , copular, defender su territorio. Estas acciones pueden parecer violentas hoy en día. Todavía son parte de nosotros hoy, aunque somos conscientes de nosotros mismos, excepto en el delirio. Es por eso que están almacenadas en nuestras extrañas penumbras. A veces nos sentimos culpables de cometer semejantes actos, pero son las naturales en cualquier animal irracional. Ahora que los humanos poseen conciencia de sí mismos, nos sentimos mal pensando en ello o cometiendo tales acciones. En los sueños, esas manifestaciones están representadas por figuras grotescas: dragones, demonios o monstruos alados, como el que ahora contemplo en esta parte de la pared que me toca mirar. Mientras hago estas reflexiones justificativas que no solucionan mi angustioso miedo, que parece retornar a mi mente, por que sé que volverá a ocurrir en cualquier momento del día, en que esa figura grotesca volverá a tomar vida en el techo, gateará reptando hasta la esquina encalada, bajando a través del tabique, y de allí al suelo, y luego plenamente viva, se pondrá sobre mi sujetando mis brazos, sacando aquella larga lengua de ser inmundo, maloliente, posándola sobre mi cara. Se que este ser es de mi mundo, no es de otro mundo, está conmigo, y viene a verme para contemplar en mis ojos todos mis ancestros; viene a recordarme mi antepasado animal lleno de instintos que tratan de devorar mi pulcra consciencia, generando este conflicto que me está llevando a la locura.

lunes, 10 de mayo de 2010

INJERTO


La tarde estaba plomiza y muy fría.
Cuando subía al desván a buscar las púas sonaban los badajos de las máscaras de carnaval dando vueltas al tejo de la iglesia.
Siempre meto las púas de cerezo entre un hueco de las losas del tejado, allí les entra la ventisca y las conserva frías. De las doce que tenía, seis eran de reiner, me gustan las cerezas rojas, y las de reiner son grandes como puños y aguantan bien las granizadas. Cuando bajé a la cuadra a buscar el saco de boñigas de vaca, los badajos habían parado; ahora sonaban las pedradas sobre las campanas. Y cuando salí hacía Pena Moura caían algunas gotas de lluvia y el cielo casi se tocaba por las laderas de Sacho. Según subías había niebla baja que corría despacio ,y el camino estaba muy mojado, con muchas telas de araña brillando sobre los brezales.
Iba pensando que los injertos del año pasado fueron de yema y que ólo prendieron cuatro de tragana y uno de guindo, así que este año metería púas de reiner, que aunque es más insípida es bien dura aguantando las granizadas. Ahora ya iba metido por la niebla que me arropaba y me hacía invisible; sobre la loneta de la chaqueta de mi impermeable había gotas finas que chorreaban. Cuando abrí la cancela apenas apreciaba los cerezos, los más cercanos parecían extraños seres encantados, difuminados. Empecé por uno pequeño que tengo al lado de un peñón de cuarzo blanco que sobresale de la yerba; serré una rama vertical de unos cuatro centímetros de espesor, con la corteza limpia, y le hendí cinco centímetros la navaja, quedó lisa, y le metí la púa en forma de espita
- la púa tiene que estar muy fina y plana-, la até con bramante bien apretada y le envolví cuatro tiras de arpillera de saco de patatas, luego más bramante y el puñado de boñiga por encima y otra vez arpillera. Cuando acabé los seis cerezos casi era atardecida; ahora la niebla parecía una nube que naciese del suelo, y la lluvia era fina y densa. No se veía ni la cancela de salida, no sonaba ningún ruido de animal, y el viento no existía, sólo percibía mis pasos rozando sobre la yerba resbaladiza. A duras penas encontré la cancela para comenzar a bajar de nuevo por el camino embarrado.
Estaba llegando a los robledales de Nabalois, cuando sentí el sonido de aquel badajo, parecía acercarse hacía mí, pero no había ruido de pasos, lo que me pareció muy extraño. Disminuí mi marcha tratando de no hacer ruido, y entonces vi aquella figura cada vez más nítida que se acercaba, y que avanzaba por el borde del camino. Me quedé parado arrimando a una pared de señal repleta de zarzales. La vi pasar despacio. Los badajos se movían por arte de magia, y sonaban a ritmo de campana de difuntos, la figura iba tocada con saco emborcado sobre la cabeza, vestido con un traje haraposo de mortaja, sobre su cara una careta de cartón sin nada dibujado, sólo la abertura de los ojos y la nariz. Cuando pasó a mi lado levantó su mano y me mostró una soga de pita bien enlazada con nudo corredizo, y en uno de sus bolsillos vi asomadas seis púas de cerezo. Cuando se giró nuevamente para seguir su camino, comprendí de repente que aquellos ojos cansados que me habían mirado, eran como si fueran mis ojos que ahora penaban eternamente..., injertando yemas y púas, para después ahorcarme de nuevo sobre el chupón de un cerezo tardío en las praderas de Pena Moura, entre la niebla y la ventisca; todas las tardes de carnaval de todos los años venideros, asustando a mascaras y feligreses, porque hago sonar las campanas a muerto, atinando pedruscos desde la pilastra del poyo, aquí al lado de la iglesia.

domingo, 9 de mayo de 2010

EL RELOJERO DE BERNA


Hacía casi una hora que la noche había llegado a la plaza Münster. Droz apenas sentía ya su murmullo, ni el estruendo de los coches de caballos. Apenas apreciaba las piernas de los viandantes pasar a través de los cristales, de aquel pequeño bajo lleno de humedad procedente del rió Aar. Llevaba dedicando el trabajo de cuatro días, sentado detrás de aquel autómata. Era una anciana extrañamente tocada con una larga falda de plisados hecha de hojalata dorada, con una toquilla cogida al cuello que acababa cubriéndole la cabeza, y dos bastones apoyados en el suelo para facilitar su estabilidad y movimiento. Sobre su cabeza llevaba un llamativo pañuelo bronceado y su cara, brillante y deforme, estaba recubierta de finas placas de estaño y latón para rematarla al final con suaves placas de cerámica que reposaban sobre su mesa.
Droz, llevaba dos horas totalmente ensimismadas en aquella leva mecánica que activaba manualmente haciendo moverse a la anciana por la habitación. A cada paso que daba, Droz se veía obligado a arrastrarse sentado sobre su silla. No sabía por que ocurría aquel fallo imprevisto que no daba continuidad a los elementos motrices del autómata; algo fallaba en los cables que iban a los elementos lejanos de las articulaciones. La estancia empezaba a oler al aceite de ballena de los cuatro quinqués encendidos. Por las ventanas que daban a la calle había una calma total, de vez en cuando se apreciaban pasos apresurados detrás de aquella plena oscuridad. El tiempo pasaba con irrelevancia pasmosa para Droz. Y allí seguían dando vueltas por la habitación. La anciana arrastraba sus zapatillas de latón, y los dos bastones, en cortos espacios, y con una continuidad de un máximo de ocho impulsos, luego se quedaba parada, Droz arrastraba su silla, y volvía a manipular aquella maldita leva llena de exactos y progresivos mecanizados, que coordinaba el movimiento de los brazos y los pies en impulsos simétricos e iguales.
Quizás fuera sobre las tres de la mañana, cuando Droz tuvo un presentimiento, casi una certeza, de que el fallo provenía de los pequeños imanes que retenían el impulso del movimiento de los pies. Pensó que estaban sobredimensionados y el apoyo era excesivo; lo que también hacía excesivo el esfuerzo mecánico por el rozamiento sobre el suelo.

Pero ya era muy tarde. Y el agotamiento podía con él. Y aquella humedad del Aar, que hacía gotear la pared que daba al nivel de la calle, hacían doler su espalda. Se levantó lentamente dispuesto a marcharse, fue apagando los quinqués de los laterales de la habitación, dejando el de la puerta para el final. Retiró la silla, miró a la anciana proyectando una grotesca sombra sobre una mesa llena de diminutas piezas, y se dispuso a salir. Caminó lentamente los cinco metros que le separaban de la puerta, deslizó el cerrojo para abrirla, y fue entonces cuando sintió aquel pequeño golpecito en su espalda, al dar la vuelta la vio allí, detrás de el, con la cabeza ligeramente erguida, dando la vuelta. La viejecita no paraba de moverse en círculos, sin pararse, tan silenciosa que parecía levitar.

lunes, 3 de mayo de 2010

CALLES




No cabe duda de que al paso de los años uno se hace más sutil. Más falso.
De tanto andar por la ciudad aprendes a mirar de forma obtusa.
Y vas pisando las palomas que comen en las manos de los niños.
Y no te para ni la sangría del sol en las cálidas tardes de verano.
Cuando llega la noche subes por los angostos terraplenes.
Pasas las vías del tren, y llegas a nidos iluminados.
Donde cuelgan asustados los murciélagos.
El paso de los años te hace más vil, más huidizo.
La ciudad te escupe por todas las esquinas sus arrogantes anuncios.
Las caras de papel son atroces y felices y te besan en los labios.
Ya no amas. Ya no dices palabras de amor hacía la luna.
Y un pesado reloj cuelga de ti marcándote la vida.

CEREZOS


La autopista no se parará nunca. Ya veo las máquinas allí al fondo, en la finca de Ubaldo, por encima de de la ribera de Soutos, y pronto estarán aquí. No tengo nada que objetar. Pagaron lo que pagaron, lo establecido según ellos, la mayoría se bajaron los pantalones antes de tiempo, y ahora ya están aquí con esas máquinas grandiosas pintadas de amarillo y los camiones con ruedas más altas que una persona. Cuando me levanto por la mañana, lo primero que hago es acercarme a la ventana para ver cuanto queda para que me arranquen los cerezales, las mimosas y la hilera de manzanos que daban sombra a la casa. A cuatro metros de la puerta de entrada irá una valla, y lo poco que me queda del otro lado lo tendré que ver desde la ventana, es una paradoja que tenga que hacer tres kilómetros para llegar a lo que antes sentía con mis dos manos estiradas. Casi se cogía la fruta así. No es broma. Así de cerca estaban las reinetas. Lo dije y lo prometo, esto acabará conmigo, y si no al tiempo. Algunas veces me dan ganas de coger la escopeta y no dejar ni uno. Pero ellos que culpa tienen, trabajan para vivir. A otros se la metería entre los cojones y de buena gana apretaría el gatillo. Qué más da todo. Quizás lo empiece a pensar. De todas formas ya no merece mucho seguir viviendo. Para qué. Pero antes seguro que me llevo alguno por delante.

domingo, 2 de mayo de 2010

CAMISA DE FUERZA




Los motivos de mi ingreso fueron literalmente por hiperactividad generalizada y sobreproductividad errática. Lo que está claro es que mi actividad motora se ha incrementado exponencialmente, lo mismo que mi irascibilidad. Puede decirse que soy un perfeccionista en el sentido más amplio de la palabra, mi actividad incansable me permite el orden total de las cosas, de todo lo que me rodea. Siempre me ha excitado el éxito, los símbolos materiales, considero que el dinero es de vital importancia. Así se lo he hecho saber a este palurdo que me escucha y que me irrita. Sólo basta ver el estado irracional que le rodea. El desorden geométrico de todos sus objetos, que no guardan ninguna relación entre sí, ni en colores, ni en formas, ni en dimensiones. Y no es una pulsión lo que digo. Se debería saber que el universo es un estricto orden, todo debe suceder por un esquema prefijado: la muerte y la vida son así. No quiero escuchar, ni quiero sentir, quiero ordenar, necesito mis manos libres para que todo sea perfecto, y simétrico respecto a mis ejes imaginarios, -esos ejes van conmigo- y sólo pido que me quiten esta camisa de fuerza, para proseguir ordenando todo el caos que os persigue y os destruye.

sábado, 1 de mayo de 2010

ZAPATILLAS


Cuando vivía mi padre, yo solía poner un magnetófono con una cinta de guitarra, y me acostaba encima de la cama a escuchar las guajiras, o unos tarantos a ritmo de zambra, hasta que me quedaba dormido.
Ahora estamos mi madre y yo solos y la sigo poniendo, y me sigo quedando dormido tan fácil como antes, no siento ni un susurro por la casa, y las tardes se caen encima con un sopor de muerte, quedando la luz reflejada con figuras grotescas en todos los flancos de la pared.
Un día abrió la puerta de la habitación mi madre y yo también abrí mis ojos, hasta ese punto imperceptible en el cual se puede ver sin darse cuenta el que es mirado, de esa forma la observé, su caminar cansado, sin ruido; traía en las manos unas zapatillas de color añil que posó al lado de la cama, alejándose de nuevo, de la misma forma que vino, procurando ir despacio, arrimando la puerta con un gesto delicado.
Sonaban por aquellos instantes, unos lamentos mineros con unas vueltas que amodorraban los sentidos. La tarde también era silenciosa, sumisa a la existencia y poco dada a la lucha. A mi llegaban sonidos de la calle, lejanos griteríos de niños.
Fue entonces cuando sentí el olor de las zapatillas, era gomoso, como a amoniaco; me fue tan familiar aquel olor, que de un golpe comprendí su historia, de improviso quedé despierto, vivo.
Me di la vuelta y me puse a mirar hacía arriba .Ante mi estaba el techo rasgado de hendiduras, riachuelos de mapa que lo atravesaban transversalmente. En la mesita el magnetófono emprendía una inspiración andaluza, y en el suelo aquel olor a medicamento, que me recordaba a mi padre. Eran de el aquellas zapatillas.
Más de una vez había reñido con mi madre,- no quiero ponerlas, esas zapatillas, no- Tuve intentos de levantarme para abrir la ventana y tirarlas a unos matojos que crecían a dos palmos, al otro lado de la pared. Pero me quedé allí soportando aquel olor engomado, úrico, lleno de presagios y con tantos recuerdos de mi padre antes de su muerte. Mientras a mi cabeza retornaban recuerdos y recuerdos de largas noches de enfermedad y sufrimiento.
En el magnetófono quizás sonaban unas seguirillas con compás lento, muy largo y muy pausado.Yo seguí mirando largamente al techo, hasta que me quedé dormido.

RAP


He conocido a un hombre satisfecho con su piel. Negro como el betún. Habla de la suavidad y turgencia de su epidermis. De su estirpe y ascendencia. Se enorgullece del perfil de su boca, de sus labios amplios y carnosos, de su mentón prominente, de sus narices aplastadas, de su pelo ensortijado y tupido. Ese hombre me ha hablado de no poder soportar su espíritu, por el olvido de su escasa historia. Me ha dicho que odia a sus congéneres mezclados, con anillos grandes y trajes blancos, que han puesto las cadenas de sus pies en el cuello. Odia sus gestos agresivos, su música de dos notas alta y baja, como el bolero interminable, sus brazos estirados y encogidos en un ritmo sin sentido de locura catatonica. Sus territorios marcados por la basura y el espanto.