sábado, 2 de marzo de 2013

TE LO DIJE.





Después de haber deambulado mucho tiempo. En algún momento preciso recordé que ya era la hora de darme la vuelta.

Sugiere la puerta que la abras.
A lo largo de todo el silencio, en su vuelta, te enseñará el espacio al que perteneces. Es sublime.
De improviso no recuerdo a más de cuatro desconocidos,
a más de tres conocidos.
No sé si debo cerrar tras de mi todo el espacio sobrante.
Y habitarme.
Es muy sublime la desproporción.
Dentro de mi no hay nada, fuera de mi no puedo abarcar lo que existe. Siempre la inmensidad.
De un tiempo a esta parte presiento a los ácaros al entrar, cómo se esconden, inapreciables, si estuvieras tú al fondo, al lado de la cómoda, tu cabeza en forma de hormiguero, el tronco, las manos. Sublime esta percepción de ver lo microscópico. Incluso. Cómo creces desordenadamente en tu interior.
- Te lo dije. Mira, te lo he dicho.
Por la moqueta lo que vive al caminar suena como si pisaras nieve. Mis pies un contorno de pútridas vísceras. Es sublime que pueda avanzar.
Alguien me hace ver lo microscópico.
-Te dije: No vayas, no subas, no salgas, no esperes...
Alguna vez me apeteció mirarme desnudo desde la punta de los pies, en posición vertical. De sentado mirarme. De acostado mirarme, oblongo. Fue sublime saber que así tirado sobre la cama hubo un hijo de puta que pesó el alma cuando te creía muerto.
-Te dije: No pienses en nada, no ames.
Sublime esta percepción de notar la diferencia entre lo que no pesa nada, y lo que pesa menos aún.
-Te dije: No hagas lo que estás pensando.
Ahora mismo si has leído esta {X}, tu suerte será inmediata. No cruzarás el umbral donde debías perecer.
Cuatro balanzas de cuasi tolerancia infinitesimal. Te tirabas el pedo post morte y marcaba  dieciocho gramos menos (dependiendo de la raza del sujeto). Sublime el alma en forma de voluta haciendo enredos de tabaco alrededor de la lámpara.
-¿Sugiere lo que pienso obsesivamente que es verdad lo que pienso?
-¿He de visitar a un andrólogo o a un psiquiatra?
-Sí. Te dije: Mira, ya te lo dije, y nada. Es como hablar a las piedras.
-Peor, aún.
-Aún.
Está la misma luz de ayer, posada. La misma brisa agitando unos visillos que se cuelan por una ventana entreabierta. Es sublime el techo lleno de insectos hasta donde abarco, todo tipo de insectos moviéndose presurosamente. Ni uno es grávido, ni uno sólo.
-¿Sugiere que dentro de mis pensamientos compulsivos, pueda haber uno lúcido?
-¿Pero cual es el lúcido, de entre tantos?
-¿Quién me indicará que ese es el bueno, el indicado?
Y, cuando suceda esa lucidez,  ¿debo huir despavorido al andrólogo?
Es sublime.
¿Qué les pasará a las piedras?
-Te lo dije, luego no digas que no.
-Ya te lo decía yo.