lunes, 30 de mayo de 2011

Y NO SÉ QUÉ HACER.




Hay un preludio y no sé qué hacer. Fueron más de cien veces los intentos.
Las gentes se inventan pareidolias mentales, poemas sin significado.
No dicen nada.
Por ejemplo:
Estuvo dentro de mí y sentí el reflejo de su alma.
Eso es media polla caminando por el coño.
O mi alma se estremeció porque sembraba palabras habladas sobre mi piel.
Eso es que le come el chici a boca llena.
Por lo demás, no me cuentes abstracciones, dime lo que piensas, sinceramente.
Si me das la mano, es eso, una mano grande que te aprieta.
Y lo que sientes es calor, sinceramente.
Y si me miras me alegras.
Y si lloras el mundo se me viene encima.
Y lo que queda después es la soledad y el silencio.
Tengo un preludio y no sé qué hacer...

ERA DE EXPORTACIÓN.


Yo no distingo lo que es original o lleva conservantes.
Ahora bien.
Si te metes un pepino por el culo lo contagias. A mi señora yo le metí un pepino muchas veces,
luego yo chupaba el pepino.
Ella era y es mucha mujer.
Buscábamos el mejor del invernadero, los de exportación.
Por la noche yo le enseñaba a Paquita aquel pepino.
Manoseado por cuatro moros indignados de Tetuán.
La noche no tiene mañana ni tarde, es toda seguida después de la media noche.
Nos entreteníamos con juegos excitantes.
A veces por delante.
Se abría de piernas como un saltamontes y le metía un pepino de exportación,
suavemente.
Le daba vueltas. Era muy curioso. Yo era como un doctor.
Le decía:
lo sientes, mi cielo, me lo trajo Abdel, era el mas grande.
Dime si lo sientes, mi amor.
Y le entraba todo, algunas veces faltaba pepino, y al sacarlo se le hacía el vació.
Era como si hacia dentro chupase mi boca, se le encogía la barriga,
los ovarios, las trompas de falopio, y todas esas piezas.
-Una vez le saqué dos niños-.
No te creas que tirábamos los pepinos, las alemanas son muy guarras.
Iban para Alemania.
No llevaban nada contagioso.
Cuando me tocaba a mí.
Yo boca abajo.
Ella también sentada.
Y muy despacio el pepino me entraba por el culo.
Muy despacio, sí, era muy despacio, soy de muchas almorranas.
Ella se reía, mira, lo suelto y sale despedido.
Las noches así, después de la media noche, eran tremendamente cortas.
No te creas,
no se tiraba. El pepino iba para Alemania.
Era de exportación.

sábado, 28 de mayo de 2011

ES IGUAL.



La postura es esta: yo boca arriba.
A través de la ventana un conducto de ventilación.
Boca arriba, incluso, con ciertos proyectos pendientes.
Tú debes tener ciertos proyectos pendientes. Si no de qué estarías así.
Incluso con ilusión.
Lo que he ordenado ayer no me vale. Los objetos así no tienen ningún porvenir.
No tienen ningún porvenir esas sensaciones que te arropan.
Por ejemplo: que le quieres aún. Es indistinto.
No sé qué hacer, quizás esta postura no es la adecuada: boca arriba.
O dando la vuelta de lado. Es igual.

viernes, 27 de mayo de 2011

TU ALIENTO.



Cólmame, en el sentido de la galbana, déjame como un minino durmiendo contra el sol.
Los ojitos entreabiertos. Empieza de una puta vez a cortarme los pelos del pijo.
Vete con tus deditos buscándolos en racimos, pódalos.
Desenrosca los escondidos, no dejes los canosos, los cansados.
Te espero boca arriba, tiernamente sometido.
Cualquier cosa que me hagas es una caricia.
Con tus manos, con tu mano, o tus dedos.
El barbero me acaricia algunas veces, y me quedo con los ojitos medio abiertos,
también, retoques en las cejas, en los lóbulos de las orejas, me peina.
Tú me coges el codo y pasas tú manos,
también, y mi piel se vuelve como la de una gallina desplumada.
El autobús vibra bajo mis pies.
Las maquinas que apisonan, cualquier cosa,
antes de los adoquines.
Me deja así, agilipollado, digo,
entre aquella frecuencia traspasando la suela de mis zapatos,
un temblor de tierra,
embobado.
Una vez en la huerta me baje los calzoncillos ante los vecinos,
detrás de setos de arrayán y un sauce,
y las criaturas.
El sol estaba de lado, la sombra era de lado, el viento era de lado.
Sobre mi piel, aquel frescor me puso los ojos pequeñitos,
mientras cuatro golondrinas pululaban en zigzag,
haciéndome la hipnosis.
Me tiré varios pedos, pedos largos y cortos, repetidos,
despedidos contra las margaritas. Toda la envolvente vaporosa,
subió (qué delicia, mis propios pedos):
olor a boroña de maíz, a cocido de lentejas, a marmitaco de bonito,
ascendiendo en espiral.
Disfruto, también, de esa sensación en que una mosca se posa sobre tu brazo,
-venía de la garganta de un becerro-
y va caminando, también – no la asesino-.
Y tú misma cuando me dices: date la vuelta.
Y empiezas a pasarme el dedo por los pelos del culo, me abres.
Y luego, también,
cuando te abrazas desnuda contra mi, boca abajo,
y siento el contacto de tu coño húmedo,
como si me hubieran puesto un puñado de hierba,
mojada por el rocío, donde empieza la espalda.
Me quedo con otros instantes dichosos.
Esa sensación en la que por fin sabes que vas a dormirte.
Tras una dura noche despierto.
Tras una dura noche en el desierto.
Con tantas historias obsesivas.
Si me chupas las tetillas, ya es la hostia.
La punta de tú lengua haciendo juegos.
Mi corazón estremecido.
También.
Sencillamente, tu aliento.

jueves, 26 de mayo de 2011

NINGUNA RAYA INTERMEDIA PISADA.



Coger el ascensor, eso, nunca. Incluso, si he de andar a gatas andaré a gatas.
Hoy desde el tercero hasta el descansillo del portal he contado treinta y dos escalones, y no es así, no es así, no es así, no es así, no es así. He vuelto hacía arriba, he vuelto hacía abajo y eran treinta escalones; aún así, he comprobado que eran treinta escalones volviendo a subir despacio. Pero quizás lo haya hecho mal y he vuelto a bajar contando, también lentamente, mi pie derecho primero, mi pie izquierdo después, otra vez treinta y un escalones…, por alguna circunstancia que desconozco hay un error, hay un error, hay un error, hay un error. Hasta que han salido treinta otra vez, otras dos veces subir y bajar. Incluso no estaba seguro de que esa cantidad estuviese bien (habiendo coincidido perfectamente con la de otras veces calculada).Alineación a la izquierda
-La he tenido que dar desesperadamente por buena-.

-Y ahora cómo salir a la calle con este miedo de que algo choque contra mí.

Un adoquín dos adoquines. Ninguna raya intermedia pisada. Un adoquín dos adoquines ninguna raya intermedia pisada. Un adoquín dos adoquines ninguna raya intermedia pisada. Un adoquín dos adoquines ninguna raya intermedia pisada. Un adoquín dos adoquines ninguna raya intermedia pisada.

lunes, 23 de mayo de 2011

ESTAMOS VOTANDO.



Me gustan las pelis de Schwarzenegger y las de Chuck Norris, mientras tengo mi dedo en su coño, el dedo del medio de la mano derecha.
Y la abrazo con el otro brazo, y con la mano del otro brazo comemos palomitas con la boca.
Mi dedo de la mano derecha es de sesión continua.
Ahora mismo:
Gandalf caído en el abismo, poseído por Sarumán.
Ponte encima de mí, cacho cerda –le digo educadamente-.
Todos los cinéfilos se han marchado, machácame – le digo educadamente-.
Como puede..., se readapta como puede:
un brazo de ella, otro brazo de ella me abrazan. Sus manos cogidas sobre mi nuca,
me abrazan. Está más caliente que una fragua: suelta vapor por las tetas.
Su culo es un esplendor.
Le huele la raja a verduras y a arroz con bugre, mi cachorrillo huele a cecina y a salmuera. Hay un líquido por sus pantorrillas pégalo todo. Nos encontramos cuando la reina de los Elfos se aparece como una virgen: daría hasta pena comerle el coño sobre los líquenes que reposan en las raíces de los árboles,
perdidos en el Bosque en Lothlórien – de tan fina que es-.
Ufffff, yo quiero a mi guarrona, a mi gochona.
Su culo está sentado, dos inmensidades, dos culos, mi polla le llega todo lo adentro que puede -creo que está en los labios menores, haciendo señas, no más allá, aún.
La butaca chirría como un palo mayor tendido a barlovento. Y me infunde respeto.
Qué burra es.
Me machaca sin piedad.
Yo me escurro por si puedo penetrarla, más y más.
Que le den por el culo a tooo.
Esto bota, estamos votando.

viernes, 20 de mayo de 2011

MUELLE DE GIJÓN.


Le decían muil, o mugil, o múgil, o mugle, o llisa, o lisa, o liza, o albur, o cabezudo, o capitón, o corcón; pero a él no le importaba. Estaba debajo de la sombra del pantalán tomando el sol; y yo apoyado en la barandilla blanca del muelle mirándolo como abría su boca y la cerraba contra la fina superficie del agua.
Yo soy viejo, era medio día y me arrascaba la polla por encima de los pantalones.
Al medio día yo tengo arrugas y me huelen los gatos y los gatos huelen el pescado y de los bares me huelen las sardinas a la plancha y no sé qué hacer a estas horas en las que el sol es un pesado plomo que anuncia una tormenta.
Me da un soplo el aire, el aire trae sonidos del puerto del Musel, y el borde de las montañas de la Campa de Torres asemeja a Cristo tumbado boca arriba como si durmiera la siesta mirando al cielo.
Y yo soy otra vez viejo, apenas en unos instantes.
Tengo una fotografía de aquí, a este lado, los tejados en blanco y negro, los ojos con cara de susto. Mi madre con un carro de niño tipo carretilla, y las grúas en forma de pico de pelícano sacando carbón de barcazas semihundidas, donde los soportes de los pantalanes han crecido.
Mi madre bordaba redes y anidaba gatos acurrucados sobre madejas de bramante.
Mi madre agitaba con su pie recubierto de unas chanclas el carro sobre ballestas de varilla de paraguas, y yo dejaba de llorar arrastrando hollines de carbón debajo de mis ojos llenos de lágrimas.
Me duele ahí donde la polla, donde nazco de pie, y me la cojo con las manos, debajo del sol, y le doy manoseos a la polla.
He dado la vuelta dos veces por Lequerique oliendo los orines entre los cubos de hormigón en la rompiente llenas de frases de amor y preservativos.
Y voy de acuerdo conmigo mismo hastiado de haber hecho alambre trefilado, de haber bebido aire con restos de pútridos olores de batería de cok, casi cuarenta años haciendo todo eso.
Abierta la mañana me la escurro, la polla, entre unos restos de clinex.
Mis manos huelen a muil y a pollón arrugado.
Y la mañana se me acaba.
Pronto se me acabarán los recuerdos.
Mientras las gaviotas van y vienen, siempre así, sobre el Muelle de Gijón.

lunes, 16 de mayo de 2011

Y A DÓNDE.




No sé cómo decirlo. El haber llegado hasta aquí quizás haya sido un éxito. La verdad, ahora mismo, no sé en que orden he llegado. No me refiero en el aspecto de toda mi vida, eso es aparte, me refiero simplemente desde ayer hasta hoy. Digo desde ayer, porque ayer no estaba nada animado a llegar hasta hoy. Y hoy sigo pensando temporalmente que quizás no quiera llegar hasta mañana – ¿es el típico juego de palabras?-.

Al despertarme de un sueño profundo pensé que ya no estaba aquí. Cuando uno se despierta retoma los pensamientos inacabados del día anterior. Me di cuenta enseguida que seguía en el mismo sitio en que me había dejado ayer abandonado. Me abandoné a las doce de la noche mirando boca arriba. Luego di varias vueltas indistintamente a izquierda y a derecha mientras pensaba obsesivamente en si debía llegar donde ahora mismo me encuentro, en el mismo sitio que ayer, otra vez boca arriba, pero ya por la mañana. Es difícil asimilar todo esto, pero no es un juego de palabras, no lo es.

¿Ya he pensado lo que debo hacer? Aún no. Entonces, qué he de hacer ¿Debo levantarme? ¿Acaso no lo hice ayer también, y anteayer, y más atrás en el tiempo lo he venido haciendo? He decidido que seguir aquí tantas horas sería malo para mi piel, y para mis músculos ya agarrotados. La decisión de levantarme surgió sin ningún razonamiento. Quizás fue el estímulo externo de la claridad de la ventana, y un pequeño e ilusionante rastro azul que observaba desde mi posición. Ponerse de pie con dignidad es un acto fenomenal, en el sentido de que incluso con la ayuda de la cabecera de la cama he logrado erigirme, en el sentido de apoyarme en la alfombra con mis pies desnudos e impulsarme con mis manos apoyadas también de una filigrana de la cabecera de mi cama. En ese sentido, digo, poniéndome de pie lentamente, mi cabeza girada hacia mis espaldas mirando al techo blanco de la habitación como un hombre cualquiera desde hace -¿millones?- de años hacia la cúpula del universo.

Estar solo en el sentido de no haber compañía.
-Sólo realmente nunca estás, estás contigo mismo-.
Luego, no hay compañía cercana. Lo inmediato, los tabiques a otros tabiques de arrimo formando huecos. Y a través de todo lo que es sólido las vibraciones trascienden hasta mí. Sonidos transportados. Estar sólo en el sentido de que nadie se ha apercibido de ti. Desde hace muchas semanas nadie tiene una idea clara de dónde estas. Dentro. Fuera. No estás ubicado. Ni tan siquiera estás ausente; ausente respecto a qué y a quién.

Y ahora cómo. Ya de pie. Y a dónde.



viernes, 13 de mayo de 2011

ESTE HA SIDO EL ACONTECIMIENTO.

                             ...un acontecimiento repentino ha sucedido. Todo ha cambiado de repente...
Sí.         
Por así decirlo.
Cual es el mayor acontecimiento de tu vida.
El mayor acontecimiento no es haber rozado con tu mano  a un famoso prócer. Ni haber estado en el meridiano más extremo de la tierra, habiendo dejado documentos fehacientes de tales hechos.
No.
No lo dudes. No seas infantil. El mayor acontecimiento de tu vida es aquel que marca tu destino para siempre.

Me había mandado al infierno innumerables veces: vete al infierno, me decía, así, a secas, que te pudras en el infierno. Pero yo no me iba al infierno. Según la nueva teología, el infierno es un estado del alma en nuestra existencia misma. No en el más allá, no; en el más acá. Deduje: me había mandado al infierno innumerables veces, me decía, supuestamente: vete a tú alma de una puta vez, y yo me metía allí dentro, en mi alma, a pudrirme.

Cuando era niño leía libros de aventuras. Tuve una infancia relativamente feliz. Aparte de algún penerasta tocándome debajo de la barbilla, y un barbero que me sobaba los genitales y me daba caramelos de palo, no tuve mayores incidencias en mi desarrollo psíquico. Eso sí. Vi innumerables veces a mi madre de rodillas chupársela a mi padre.
Los recuerdos no me torturaron. El daño fue nimio. Estuve varios años pensando que mi madre oraba  hablándole a las caderas de mi padre, siempre se santiguaba al empezar las felaciones.

Marita, mi Ella, tuvo otros aconteceres infantiles de los cuales sé escenas contadas. Sus nebulosas afloran por momentos mirando con ojos extraviados a las cosas. Hay entre nosotros instantes de convivencia extraordinariamente difícil, con esa violencia silenciosa que se corta en el ambiente.

Algunos instantes de soledad.

Ella era mucho de ramos de flores. Yo me acostaba boca arriba en el sofá del salón y siempre me olía a flores marchitas. Cuando ella regresaba de la cocina para dar unas vueltas, sin decirme nada, también me olía a escarola cocida para su régimen. Dijérase que esto era un paisaje habitual. Yo tirado boca arriba con las manos cruzadas sobre mi pecho, la televisión encendida, y ella mirándome de reojo.

Allí dentro no había nada. Había instantes y algunos miedos. No sé si te has dado cuenta cómo son los sucesivos pensamientos, son sucesivos, donde quiera que estés son sucesivos, unos enlazan con otros, no hace falta que yo lo diga, obsérvate. Algunas veces no guardan una relación clara. Pueden tener un nexo, o ser activados por una causa externa, pero en general se suceden sin ningún orden; salvo que estés poseído por una neurosis obsesiva, entonces se vuelven recurrentes y cíclicos, torturadores, son pensamientos sobre un mismo tema, y te consumes – neuronalmente innumerables paseos entre las mismas neuronas, ida y vuelta, en un mismo ciclo-.

Yo la veía allí, mirándome de esa forma que tiene de mirarme, que parece que no me mira, pero me mira desde su nebulosa. Se me vino a la cabeza, al ver su bata posada sobre su ancho culo, la última vez que habíamos follado, no recuerdo cuándo. Nunca hubo mucha pasión en nuestros actos amatorios, los actos amatorios no eran fulgurosos, llevaban un orden establecido. Habitualmente estábamos viendo la televisión cada uno con nuestros pensamientos, es decir sin dirigirnos la palabra, sin mirarnos, a una hora de la noche (antes de la media noche era el suceso), así que yo me acercaba a ella, a su altura, sí, así dispuestos, emparejados, imagínate a vista de pájaro, a vista de lámpara, los dos boca arriba mirando nuestro HD con los ojos inclinados a hurtadillas. Ya sabía ella lo que significaba. Yo le cogía la mano y se la metía debajo del pantalón del pijama, donde reposaba lánguidamente mi  polla, y ella la empezaba a mover dándole semivueltas, vueltas enteras,  con el índice. Esto siempre me recordaba cuando era niño y habíamos matado una culebra de agua, le dábamos vueltas con un palito de higuera para saber si estaba muerta. Pues ella igual, pero sin el palito. Yo notaba su mano suave, o suavemente. Luego comenzaba  a subir y a bajar lentamente mi prepucio, luego con su uñita comenzaba a escarbarme en el agujerito del meato, luego escupía en la palma de su mano pasándola suavemente por el glande, o bola, o capullo, o capullón, o bolón, o ceborroncho.
Ciertamente mi polla, mágicamente, ereccionaba entre tanta indiferencia.
Bien. Cuando llegaban los anuncios ponían aquello de: cinco minutos y volvemos en uno instantes, no se vayan, y un reloj digital en la pantalla que se ponía a correr furibundo hasta el cero más absoluto. Llegado ese momento, y estando  duro (ya duro), yo le bajaba las bragas, me subía sobre ella, le quitaba las gafas, y se la clavaba, se la metía, la oradaza, la taladraba, la atravesaba, la penetraba, la la la envergaba, y la la la la notaba como muy poco lubricada, quizás ella hacía un gesto de dolor. Me empezaba a mover vertiginosamente, arriba, abajo, abajo, arriba, una bajo fuerte, un arriba despacio para bajar una fuerte, luego abajo arriba, mientras el reloj de la tele debía de ir marcha atrás en los tres minutos. Sí. Y yo dale, ale, ale, ale: arriba, abajo, con esa secuencia. Sabiendo que me acuciaba llegar antes de que empezase el programa para que no saltase en cólera, ella con los ojos cerrados, sin el más mínimo gesto en la cara, y yo, contando hacía atrás: diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero, y me iba. Sabes esa cosa que te viene, el gusto, que en realidad está en ti.
-El gusto está dentro de ti, no le des más románticas vueltas.
-Te follas a ti mismo mientras que piensas que follas a otro.

Y reflexionaba. Malos y buenos pensamientos. No lo sabe ni uno mismo. Malos y buenos pensamientos, vete tú a saber.

Todo es tan sencillo como eso. Las relaciones humanas no son tan complejas como parece. La imaginación a veces no es posible, y aunque le pongas imaginación en el fondo estás teatralizando una situación ficticia. Qué enorme grandeza es irse al alma de uno mismo y estar allí dentro por un tiempo. Yo lo hacía con frecuencia. Yo no sé si el alma es (un hecho) cuando piensas, o es la envoltura de los motivos por los que piensas. De niño el alma pecaminosa la pintaban de color negro en los libros de historia sagrada, no había términos medios, o blanca o negra, morado por ejemplo, no.
Yo no quiero saber lo que tú piensas, me horrorizaría por lo que piensas. Fijo. Me horrorizarían tus asquerosos pensamientos rayando con la ilegalidad, aunque tengas cara de bueno.

Absurdamente está ella que me huele. Me huele un ramo de flores con pétalos marchitos sobre una mesita camilla. Yo mientras estoy en el sofá estoy jugando con mi polla. Me encanta sacar la mano de vez en cuando y olérmela. Hace unos instantes entró un moscón errante y hace ese ruido buscando la salida. La veo a ella con una  servilleta de la cocina jugando al despiste con el moscón, de un lado al otro. Cuando da un bandazo, repentino intentando golpear al moscón posado sobre los cortinones, se le levanta la bata y veo sus asquerosas pantorrillas, dos muñones que se tocan a la altura de sus rodillas cuando camina.

Una vez llegó a estar de tres meses. Hubo una vez, sí. No puedo recordar en que acto del sábado por la noche fue el suceso, en que número de afuera adentro fue, allí, al final, casi con placer, en el mismo cero absoluto, dentro de su cueva, depositando mi semen dentro de su cueva.
-El niño se malogró. Un colofón perfecto. Sin agujas  de calceta-.

Sobre los pensamientos. Filosofando: un moscón y los pensamientos.

Deprisa. Quiero decir que pienso deprisa. Se puede pensar deprisa o se puede pensar lentamente. A ciencia cierta es algo que me intriga, si los pensamientos se pueden cuantificar en unidades de tiempo. Yo me he preguntado muchas veces cuánto puede durar un pensamiento más o menos. Yo ahora mismo los mido por las vueltas que da el moscón, ella detrás del moscón y mis pensamientos aleatorios a ese ritmo, el moscón bufando sin estridencias, el moscón reposado, escondido, y ella alerta, la bayeta levantada, otra vez el moscón acosado, y ella dando vueltas.

Me ronda todo aquello: y si un día…., y si un día. Me ronda. Quiero decir que gira en mi entorno, invisible, imperceptible, diáfano, inconsecuente, horrible. Y si un día…

Fue hace un mes cuando me subió del buzón aquel panfleto: vengan a disfrutar ustedes de la gastronomía y de la primavera a León y a la cueva de Valporquero. Una fantástica excursión que además de divertirte te ofrecían dos estupendos regalos, con la entrada incluida a la cueva, otro regalo sorpresa, un desayuno especial de café con leche, pan, zumo, queso, jamón york, mantequilla y mermelada, ah, y el almuerzo también gratis: primer plato, segundo con guarnición, pan, vino, agua según gustos, postre casero y café, -chupito de manzana no traía-.
Pues eso. Me tira el panfleto encima de la barriga, y me dice, mira esto, son veinticinco euros, merece la pena. Y yo que estaba allí, clásicamente con mis pensamientos, le hecho un ojeo, ya Portugal que lleva cóctel de bienvenida y además te acercan a Fátima, y no es mucho más de precio. P le dije, sí, le dije, y además te enseñan la Catedral de  León, pero a mi me gusta más este del viaje ues se lo dije, y dio aquella media vuelta de repente como si estuviera haciendo instrucción militar. Me  espetó los ojos de su cara de solete,  me dice, sí, y me dice, y me dice: pues para milagros estoy yo, así que vete preparándote para el jueves. Sale el autobús de la calle Cura Sama a las siete de la mañana. Vamos a ver las cuevas de Valporquero porque lo digo yo. La muy zorra, va y  me dijo eso, que lo decía Ella, por sus ovarios.
A mi aquel viaje me supo a muy angustioso. En el descansillo intermedio de la escalera que bajaba a las cuevas me dio un ataque de claustrofobia. Y después de comer a la vuelta nos hicieron una demostración de artículos exclusivos y nos compramos: una cubertería completa, un juego de café, un abrelatas automático, un juego de cuchillos córtalo todo, una cafetera llamada Julia, un minipimer y un esprimidor de frutas- de todo eso ya teníamos en casa-. En total la broma fueron trescientos ochenta y ocho euros. Y muy jodido estuve.

Noto que folla con algo más de sentimiento cuando está bebida. Quiero decir que ha bebido pacharán y le huele el aliento como a arándonos.

Era su mano izquierda o era su mano derecha. Cuándo me había dado su mano, no me acuerdo. Incluso cuando follábamos  se las iba a buscar y las escondía. Eran sus dos ojos, incluso tampoco nos mirábamos, y cuando follábamos también los cerraba, quiero decir cerraba, los apretaba, ella mandaba a sus ojos: cerraros, no lo quiero ni ver. Eso quiero decir yo, ella comprimía los párpados, no era por gusto de estar jodiendo. Joder conmigo, aparentemente, salvo que estuviese hasta atrás de pacharán, no le daba ningún gusto.

Si que son sucesivos los pensamientos, pero vete a saber dónde nacen dentro de la chola. Yo no sé si he amado a alguien alguna vez, lo recordaría en mis pensamientos. A Ella no la he amado nunca, ni tanto como esto que es así de pequeño. Pero este pensamiento se me viene una y otra vez, llevo semanas dándole vueltas y me entran escalofríos por su nitidez. Lo malo de los pensamientos compulsivos es que llegan a sobresalirte, quiero decir que son la causa que desencadenará un  efecto. Tantas veces dándoles la vuelta que te llegan a convencer.
Cuándo un pensamiento te convence, para bien o para mal, ya estás perdido, pasa a ser un acontecimiento.

Puto existencialismo.

Todo lo posterior, es decir, estar después en el tiempo o en el espacio. Todo lo anterior, es decir, lo que está antes en el tiempo y en el espacio. Lo presente, es decir lo que está ahora mismo. En esos tres estados estaban mis pensamientos a la vez. Y así, cuando el moscón resulto abatido por un certero bayetazo, la decisión estaba tomada.
A Ella no la veo, pero la oigo detrás de mí.
No hay manera de seguir saltando días.
He de acabar con Ella.
Este es el acontecimiento.

martes, 10 de mayo de 2011

LA PUERTA ABIERTA.



Qué extraño. Hubo una vez en que se abrió una puerta, y se me vio llorar.
Y varias veces más de esa forma en que llegaba la mañana. Obligados a movernos.
Hay muchos recuerdos de tantas veces llorando, las manos aún diminutas,
y acaso levantadas. Recuerdo, siempre levantadas.
He descontado todos los días que han quedado hasta esta hora, y no queda nada.
Un día y otro, fueron soplos. Mucha noches largas, quizás,
días cortos, días inacabados, días acabados, quizás.
De todas formas, si abres la puerta estoy ahí. Debes abrirla.
Esta noche, creo, que no hubo noche, quiero decir que no me importa.
Ya no hay leves besos, ni las manos con el calor acostumbrado.
Me sabe esta mañana a no sé qué. Y es un prodigio que aún pueda llorar.
Si alguien quiere verme puede abrir mi puerta.
Pensaré que hubo una vez en que estuvo mi puerta abierta.

lunes, 9 de mayo de 2011

LA INMENSIDAD DEL DÍA.



La inmensidad es un acontecimiento en sí mismo, si llegas a torturarte mientras la contemplas.
Le he dado tiempo para que suceda. Permanecí parado para que todo fuese sucediendo. Primero nubes de todas las formas posibles, variaban porque se movían. Luego el sol transparente que trataba de filtrarse entre las nubes. Luego el azul pleno y sólo el sol desde cualquier lado alumbrando todo el paisaje plenamente.
Sucedía todo eso y le daba tiempo a suceder.
Sentí aquella sensación de que todo era ambigua nitidez. El horizonte muy amplio se veía más que otras veces, más lejos aún. A cualquier punto que mirabas, dando lentamente la vuelta en círculo, había infinitas posiciones ojeando a cualquier punto. Demasiado amplia la raya quebrada del horizonte en todos los puntos que mirabas. Qué angustioso era todo aquello. Me empecé a dar cuenta lo lejos que estaba de mi escondrijo. No sabría decir cuánto. No sabría decir cuánto había caminado hasta aquí, ni desde dónde. Acaso varias leguas, una legua, media legua -o en kilómetros: ¿tres kilómetros?-; o acaso aquella sensación de que nunca había caminado y que siempre había permanecido aquí, allí. Por momentos no sabía con total certeza, con total certeza cómo saberlo.
Estaba sentado en un banco angustiado por la inmensidad repentina. Era un ataque de inmensidad – perdido dentro de lo inmenso- y tenía miedo. Esa era mi situación dentro de mí. Fuera de mí a cada sitio que me orientaba estaba toda la angustiosa inmensidad. Otra vez.

Pude suponer que lo mejor era cerrar los ojos, cerrar los ojos siempre cansa, taparme los ojos mejor. Pero cómo taparme los ojos. Así sentado con las manos tapándome los ojos, buscando la oscuridad, pero aún así las manos no son totalmente impermeables, se nota al trasluz la sangre en un endeble rastro rojo. Decidí por fin imaginar. Estuve imaginando durante dos minutos y opte por la opción más imaginativa: ponerme boca abajo en el banco, la cabeza entre los brazos, casi herméticamente mis brazos sobre el contorno de mi cara. Todo a lo largo, sobre el banco, como si estuviera durmiendo. Me sentía menos angustiado en esa postura por la inmensidad que estaba fuera.

Desde no sé qué hora hasta no sé que hora. Indistintamente sin ningún nexo temporal.
Nada que llevase un ritmo para comparar cuántos estados iguales habían transcurrido ¿No es absurdo estar, así, sin ningún nexo que mida tu estado dentro de la realidad? Lo es. De todas formas estaban los sonidos de gentes que pasaban, de ancianos que blasfemaban por ver su banco ocupado, de niños que me tocaban, de gentes que me aguijoneaban con palos por si estaba muerto, por si estaba dormido, lo más posible decían, durmiendo la mona, decían, durmiendo la curda, decían, durmiendo, lo decían en general, al ver que mis espaldas levemente bajaban y subían y un suave tono de respiración se desprendía por debajo de mis codos, totalmente herméticos a la luz de la inmensidad.

Digo que desde mi postura estaba todo oscuro. Incluso abriendo los ojos, todo oscuro. Me lo había propuesto no comprobar cada poco dónde estaba la inmensidad para no desesperarme. En esta situación angustiosa nada era mensurable. Ningún rasgo externo excepto lo ya descrito –ya lo he dicho-. Por lo tanto. Cómo saber que la inmensidad seguía ahí. Otra vez me puse a imaginar. Esta vez cómo saber que la inmensidad seguía ahí.

Reflexionando permaneciendo en la oscuridad, la cabeza sobre mis codos:
Imaginar es parecido a la realidad en otro momento que nunca ha existido -en el pasado o en el futuro-. Sólo estadísticamente, aleatoriamente, podría cumplirse lo imaginado en lo que solemos llamar buena o mala suerte. Eso sí, todo dentro de la inmensidad. ¿Cualquier suceso ha de suceder obligatoriamente dentro de la inmensidad?

No sé cuanto tiempo transcurrido. Le he dado mucho tiempo para que suceda. Había imaginado de nuevo que lo mejor no era hacerlo de repente. Lo mejor era progresivamente. Paulatino. Fluyendo sucesivamente.
Dediqué unos instantes a desajustar mi cabeza de mis brazos, levemente, o paulatinamente, o progresivamente, o fluyendo sucesivamente. Y habiendo hecho esto dando vuelta muy suave, muy lento a mi cabeza, pude comprobar que ya no se filtraba nada de luz esplendorosa. Nada. Nada, es nada de luz entendida la luz como lo que alumbra la inmensidad bajo nuestra percepción. Pude ver difuminados por un lado los arbustos, los árboles que me habían cobijado del sol y allí arriba el cielo plagado de escupitinas disimuladas entre la oscuridad más absoluta. Aunque el firmamento es la inmensidad, la oscuridad lo disimula. No es nada angustioso, nada desesperado ¿Es una ilusión?
Otra vez he de decir que no lo sé.

Me habían dicho que lo negro de la oscuridad era gelatinoso. Que todo flotaba a través de lo negro. Que el movimiento de todos los objetos celestiales era a través de lo negro. Que lo negro existía como tal. Con esa particularidad de que cuanto más negro más denso, más consistente como medio de desplazamiento. Las galaxias flotando por lo negro, alejándose entre sí a través del fluido negro.
Pero a mi no me angustiaba lo negro aunque también era inmenso, más inmenso aún. La oscuridad o lo negro, no sabría que decirte.

Ahora mismo.

Geodésicamente situado, localizado, en un punto. He de elegir cómo desplazarme: reptando es una posibilidad, sobre dos patas otra posibilidad, la tercera posibilidad es sobre dos patas y dos manos. A vueltas sobre mi mismo nunca, no existía el medio adecuado para poder girar; está todo mi entorno lleno de obstáculos.
Me había bajado del banco por el lado posible. Me dejé caer sobre la tierra blanda dispuesto a reflexionar sobre qué medio de locomoción adoptar, no teniendo claro aún que dirección tomar hacia mi escondrijo, aunque cualquier camino fuese bueno, siendo sólo inadecuada la elección dependiendo del recorrido, digásmolo así, inadecuado. Decidí orientarme hacía las tenues luces amarillentas de la ciudad. También decidí utilizar mis dos manos y mis dos pies traccionadas al unísono para desplazarme. Consideré que este medio de autotrasnporte era el más conveniente dadas las pendientes que observaba hacía la dirección elegida.

Me puse en marcha a cualquier hora. Mi cabeza se levantaba de vez en cuando como si fuera un simio, oteando. No me desplazaba respecto (a que) ni lento, ni rápido, simplemente me desplazaba convenientemente, tenía toda la noche para llegar. Para llegar a las primeras callejas de la ciudad me iba guiando por los pináculos de la catedral, pero una vez había llegado a los empedrados entre encaladas paredes sin apenas aceras decidí orientarme siguiendo el instinto o el recuerdo; aun recordaba como había bajado presuroso en la madrugada, a dos patas, para poder sentarme antes que nadie en el banco del parque. Así que me vinieron familiaridades, esa sensación de que había estado allí antes, no que me había ocurrido un suceso allí antes, no, que había estado allí antes, casi perceptible ya la angustiosa y matutina inmensidad.

Proseguía mi marcha a cuatro patas, digásmolo claro, con cierta espectacularidad para los escasos viandantes que había a cualquier hora. Quiero decir que no pasaba desapercibido, incluso, suponiendo que era una forma más de desplazamiento, aunque no la habitual. Que no fuera lo habitual era causa de hilaridad de las personas que paradas me veían pasar un poco por el irregular empedrado, un poco sobre los baldosines de las estrechas aceras del casco histórico.
Cada vez se me hacía más familiar el trayecto, encontraba sincronías en mi mente entre la penumbra amarillenta que daban las escasas bombillas que alumbraban sobre la calle. Fue sobremanera una gran balconada repleta de geranios rojos la que me alegró, pues fue nítido su recuerdo. Sabía ahora que mi madriguera estaba cerca.

A cualquier hora di la vuelta a una coqueta plazoleta llamada la de San Jeremías. Por fin algo que me ataba a la realidad más precisa. Precisa, no. Era la realidad. San Jeremías era la plazoleta donde vivía y le di la vuelta lentamente hasta un portal enladrillado muy estrambótico, decorado con azulejos llenos de motivos árabes. Quiere esto decir que a un poco más de a cualquier hora ya estaba delante de mi puerta toda pintada de verde oscuro, casi irreconocible dada la plena penumbra existente -vuelvo otra vez: penumbra, oscuridad...-. Con mi cabeza empujé lentamente una de las hojas de la puerta y a través de la oscuridad (digamos eso) avancé sobre las escaleras, ahora reptando, hasta otra puerta entreabierta aún desde la mañana. Avancé por el pasillo hasta mi habitación. Lentamente, no sin cierta alegría, me dejé caer sobre la cama deshecha, boca arriba. Empecé a sentir fuertes dolores sobre mis rodillas y en las palmas de mis manos, algo que hasta entonces me había pasado extrañamente desapercibido.
Disfrutaba ahora de respirar con mi boca abierta y por mi nariz a la vez, o sólo por mi boca, o sólo por mi nariz. Disfrutaba ahora con mis ojos abiertos de aquella densa oscuridad que casi podía apartarse con las manos. Disfrutaba ahora de aquella libertad plena de sentirme a salvo. Y reflexioné mientras me fui quedando dormido de que nunca más, nunca más saldría a caminar a dos patas entre la inmensidad del día.

sábado, 7 de mayo de 2011

EN ESTA MISMA HORA.


Ahora, a esta hora,
quizás no estemos para leer poemas transcendentes, ni otras alegorías al amor.
O cosas así, ni al sol y todas sus penumbras, sus esplendores, digo.
Ni al mar como recién descubierto, cubierto, aún,
por las nieblas de las fábricas.
Esto es un tratado de la desesperación intentando creer que estamos vivos.
Y que solamente vivimos un error.
Y mañana otro error, y así, que creamos, errores sucesivamente.
Nada cerdo entonces, un beso es un beso, allí donde te apetezca.
Me lo dices entonces, debo creer, creer en ti que te has despertado conmigo.
Tú que tratas de alimentarme desde el borde del fregadero.
Dame amor sólo, influjos, me apetece, no tocarte, mirar solamente tus movimientos;
tus huesos en movimiento lentamente doloridos.
Por ahora estaremos aquí siempre, otro sábado esperando.
No estamos tan mal, aún vivos, con mucho azúcar en la sangre.
Y nuestra cita en la cocina a la hora de los sábados.
Pediremos que sea así siempre, nunca peor, siempre así.
Ahora.
En esta misma hora.

viernes, 6 de mayo de 2011

CÓMO ME HAS OLIDO HOY.



Me da que te huele el coño,
como los calamares pasados de la nevera;
pero no me importa.
Qué diferencia hay entre esos olores y otros:
naranja, almendra, lichi, rosa, peonia, miel, iris, musk, heliotropo, vainilla;
de tú cuello,
de la regaña de tus tetas,
de la línea recta de tú nuca
-lleno de todos los aires mediterráneos-.
Según me acerco al valle de las tormentas,
me apestas.
He de hacer de tripas corazón.
He de seguir.
He de seguir.
Como si tomara un horrible medicamento.
Abrir tú almeja siempre es una sorpresa.
Puede haber hasta un llavero.
Hoy me rasca la barba de tu coño.
Y lo escupo para cambiarle el sabor.
No puedo pasar sin bajarme ahí.
Me alimenta.
Luego, si quieres, me la chupas.
Lo mío,
es como un rastro sabroso de pellejería.
Nunca olvidaré cómo me has olido hoy.