lunes, 20 de agosto de 2012

SOBRE EL SUELO.




Me había figurado luchar con el ángel, fuerte, excesivamente  enérgico, maduro, vestido con bata de boxeador. Antes habíamos vomitado cada uno por su lado. Mi ángel con ulcera de estómago sobre mi grupa asomando la cabeza por mi hombro.
Cuando llegaba mi hijo, en esos instantes previos a su llegada tan agitada, el ángel se me subía a la grupa, y los dos deambulábamos con tremendos nervios en el estómago. Ni que decir tiene que mi hijo entraba sin hablar, imperante, dijéramos sospechosamente dominante y agresivo por la abstinencia.
La secuencia era la usual, a mi me sujetaba por el cuello y yo balbuceaba con ese tembleque de los ancianos, el ángel me abandonaba y se subía a él, dada la parte ocupada por su brazo. He de decir que mi hijo no tenía ninguna contemplación y sospechaba que el dinero estaba cambiado de sitio, y no entraba buscando, entraba a horcajadas sobre mi cuello, donde el ángel, con sus alas debía de volar hasta los anaqueles de la cocina, cerca de un botijo de porcelana que hacía de adorno; más de una vez el botijo estuvo a punto de desprenderse sobre los quemadores de butano. Sí. Esa era la secuencia. Mi cuello de viejo apresado por su robusto brazo derecho, y con la izquierda haciéndome un torniquete a la nariz con sus dos dedos índice y pulgar, al mismo tiempo que me preguntaba dónde estaba el dinero esta vez, en qué lugar imaginado de la casa lo escondía, llamándome, incluso, hijo de la gran puta, que sería su abuela, o no sé…
Mi ángel puso aquella apariencia luchadora. Yo sabía cuando las uñas de sus patas no eran dulces en el reposar sobre mis hombros. Retornó a mi desde donde estaba el botijo con un equilibrio estable, y se fue a hasta los ojos de mi hijo. El primer picotazo debió de ser extraordinariamente doloroso, el grito fue de pleno horror, quizás se oyese en todo el patio de luces, las ventanas colindantes, y el portal de entrada. Le prosiguieron numerosos picotazos más. Sentí sobre mis espaldas la sangre de mi sangre, que era la de mi hijo, y como, en un violento impulso, empezó a revolverse por el suelo de la cocina como una  ballesta a fuertes impulsos entre las cuatro sillas y debajo de la propia mesa de mármol. Sus gritos eran espeluznantes, nunca me había imaginado que mi propio hijo pudiese gritar así, nunca jamás había escuchado semejante timbre de voz de su boca. Farfullaba palabras ininteligibles, y por la forma de moverse y llevar las manos a  su frente  supuse que estaba completamente sin ojos para poder ver.
Mi ángel ahora en mi grupa, sin la bata de boxeador, con plumajes blancos brillantes, inmaculados, asomaba su cabeza a mi sien, y ambos lo mirábamos allí en el suelo, de vez en cuando, aún, diciéndome dónde guardaba el asqueroso dinero de la paga del mes de Agosto, mientras la navaja  que apenas sujetaba mi mano derecha se fue cayendo lentamente contra el suelo.



domingo, 12 de agosto de 2012

ANTES.



El epílogo es un modo de final. Tomada, a duras penas, la decisión de acabar.
Arrebatos de tristeza, aún existen, a borbotones, nada lineal o uniforme que te desgaste como el mar a una piedra, (la forma de una arista es su desafío).
Ya no cuento los pasos, pesadamente  en su zozobra no concluida. Nunca.
La mitad de las veces con la vista fija. El total son ocho, y una encrucijada.
Y de tanta dimensión que es, rebosante de vacío, por un final tan inalcanzable.
Me sorprendes en plena meditación. Antes que todas las partes se pongan en marcha.
En su aventura hay un riesgo meditado: dos sillas victorianas y media estatua de un rey negro.
Es mucho mejor que me aprietes por la espalda, si quieres escuchar lo que se mueve.
Que si te siento debajo del cielo (amplio, o eso, la inmensidad), posado sobre un extremo lejano, por un solo punto en equilibrio, como un paraguas dibujadas nubes, y azules, y un rastro de avión en dos vueltas como una filigrana. Dispuesto a oprimirme, el cielo.
Debajo de eso todos los días los gusanos asomados, no está claro si con ojos, a plena luz.
Me quede lleno de paz, adivinando tu aliento sobre mi nuca.
Si fueras destinada tú,
a quitarme el sufrimiento, a sacarme los pies de entre las sábanas.
En su postura  de espera, a tocarme la frente, el pecho, a posar tu cara y que me digas por qué lugar el temblor retorna ondulado e impaciente.
No queda nada y lo sabes, ladrillos reducidos con su enfermedad que los hace tierra.
Un surco, arrastrado el barro, como lengua, un recuerdo del agua sumisa en forma de coleta. Nada es decir poco, por mucho que te figures.
Manos abiertas sobre la cama, los dedos reclinados hacía arriba sin afán de presa.
Sí. Lo deseo.
Que levemente te poses, que aprendas a ser pluma,  un poco de brisa sobre mi cuerpo enfermo.
Si vienes llévame contigo, a veces abro los ojos, y siento los tuyos arrugados, los pómulos descolgados, y un suave roce de fragancia de ayer.
Bajar hacía mi como cuando hueles la tierra después de la lluvia evaporada.
Es una postura quedarte quieta.
Ingrávida, no. Pero parece que me esperas en el último trance, el octavo paso.
Si me ves aún como en la lejanía es que estás en mi mundo.
Debo quedar acurrucado a contemplarte. Dulce el pecho que no se detiene al poner tu mano.
Ya sabes que hay cierto grado de ansiedad en la fatiga.
Deseo que te quedes unos instantes.
Hay una larga pausa.
Antes.

lunes, 6 de agosto de 2012

HASTA EL FIN.



En tu compañía o en otra, me es indiferente.
Entre una larga pausa, entre un extremo y otro, sintiéndome un ser anónimo.
Todo lo que has sentido tú, lo que has pregonado tú, todas las frases hermosas que has hecho sin un sentido claro. Lo construido por ti, lo andado. Lo que te pareció feo o hermoso. Tu mano a veces en forma de golpe,  la ira, y en un  segundo la tierna levedad.
Siempre entre un ritmo y otro ritmo, entre dos sensaciones, dos sabores, dos caricias.
Entre un millón de hombres y mujeres, entre dos instantes inmediatos.
Sé que al despertar retorna el vacío, y he de ordenarlo con los ojos abiertos.
Entre dos miradas a lo lejos y aquí cerca.
Donde mis pies reposan esperando elevarme con tu ayuda.
Vuelto hacía arriba, por encima de mi rostro.
Descontado todo lo intranscendente de mi, se queda sólo un resto de osadía.
Reflexionando entre dos vivencias.
Nada que ocultar. Donde quiera que suceda el despertar.
Sólo con la longitud de mi brazo, inalcanzable, lo que trato de añadir a mi vida.
Tú dando la vuelta dispuesto a ser diferente y reconocido, erguido sobre un mínimo contorno entre muchas manos elevadas.
Entre tu y yo que regresamos al torrente que lleva lo que se diluye lleno de colores.
Sabes muy bien que no habrá paz hasta entonces.
En tu compañía o en otra, me es indiferente cómo llegar hasta el fin.

domingo, 5 de agosto de 2012

NOTICIA



Después de un profundo sueño esperaba noticias sin saber a ciencia cierta, si habría originado alguna acción que ocasionase recibir noticias, estando sentado esperando un gesto de alguien, un acercamiento a mi posición típica de esperar noticias.
De tanto tiempo sentado aquella mañana soleada sólo podía observar cientos de gaviotas locas, y una calle empedrada que dejaba ver al final un trozo de mar calmado. Yo sabía que era lo idóneo para recibir noticias, sin aún, saber ciertamente qué día debería suponer que fuera, indistinto para recibir noticias.
A eso de las once de la mañana, ya subido el sol, mi sombra se había encogido y ya no tenía forma de silla con un cuerpo reposando, era sencillamente una forma geométrica que debías imaginar como mi sombra, sin más particularidades. A esa hora que comento vi subir aquel hombre ataviado con una gorra de plato, uniformado a pesar del calor, subía renqueante moviendo el cuerpo hacía los lados como apesadumbrado y sin ganas, llevando un sobre en la mano. Ciertamente pudo dirigirse a muchos sitios adyacentes, pero los iba pasando, y tuve el presentimiento que al venir por el centro de la calle se dirigía irremisiblemente hacía mi.
Lo que quiero contaros ahora, no es de qué se trataba la noticia, no tendría mayor importancia para vosotros. Lo que quiero contaros fue mi estado en esos instantes previos a que llegase la noticia. El tiempo transcurrido desde que tuve la certeza de que aquel hombre uniformado se dirigía a mi con aquella carta, hasta que estuvo a mi altura. Jamás os desearé un estado de excitación semejante, mi vientre jadeaba, un ligero temblor recorrió mi cuerpo, mis piernas posada una sobre la otra comenzaron a temblar con un repiqueteo de tambor, mi vientre tuvo esa sensación de ganas de defecar, y sentía como si un puño recogiese mi duodeno dándole vueltas y vueltas. No supe jamás por que qué me embargó aquella excitación enfermiza. Cuando llegó a mi altura su cabeza se puso de la parte del sol que me alumbraba. Posiblemente dijo mi nombre, no lo sé a ciencia cierta. Estiró su mano, yo estiré la mía. Al darse la vuelta observé su espalda encorvada alejándose en un bamboleo inestable.
Por fin, la noticia había llegado. Pero en este punto, en que mi cuerpo ya estaba fuera de aquel nerviosismo inquieto, decidí permanecer con ella en mi mano largo tiempo. Incluso después de haber pasado todo el sol, aún permanecía en mi silla, viendo ahora el mar agitado de un color blanquecino tirando a gris en el horizonte. Dentro de mí había ahora nuevas inquietudes y desasosiegos, qué hacer con la carta, si abrirla para conocer las noticias, o romperla para quedar como hasta ahora a merced de mi imaginación suponiendo todas las posibilidades.
Ciertamente no sé qué hacer, y aún permanezco aquí, ya anochecido.
¿He de decidirme al fin a conocer la noticia?