viernes, 30 de diciembre de 2011

DOLIENTES.



Yo no sé si estaré vivo cuando lleguen los tres arcángeles. Me da mucho miedo.
La manzana no cae a su abismo porque esté llena de materia, se precipita porque ya estaba muerta.
Tampoco está claro hacía dónde nos extendemos. Aunque no lo creas, no sabes a dónde vas. Aunque no lo creas solamente percibes de lo que te rodea una mínima parte del espectro que va desde al amor más tierno a la violencia más absoluta.
En cualquier punto de esos colores infinitos quédate a suponer lo que no captas.
Has de suponer que siempre podrás estar entre la cruz de una mirilla, dispuesto siempre a morir, debajo de un dedo que razona si apretarse.
O cagando en los fétidos servicios de una estación de tren.
O dando vueltas por un descampado buscando a alguien que te acaricie.

No me desees nada. No es verdad. No tienen fundamento teórico tus deseos.

Mi hermana vive sola y siempre tiene un ramo de flores sobre una mesa camilla. Mi abuelo Carlos vive sólo y se asoma a la ventana del comedor a eso del atardecer, y siente el frío de la materia oscura. Mi amigo Pablo tiene un apartamento en las afueras y vive sólo, y algunas veces sale a buscar amor y regresa con una barra de pan y una lata de mejillones. Yo vivo sólo y tengo un gato y una camisa blanca que suelo poner los domingos por cambiar el ritmo. Pablo y yo somos amigos de Onan, pero yo tengo miedo por las noches y muchas veces me acerco hasta el mar porque me angustia la muerte.

La imagen del espejo no es cierta. Si te vas a hurtadillas te quedas allí.
Abre tus muslos, quiero permanecer.
Abre tu boca a las seis de la mañana, no me importa.
Déjame olerte, no me repugnas.
Prometo cuando me hables levantar mis ojos.
Escupe en tu mano. Acaríciame.

Habían dicho una vez cuanto silencio tiene que haber para que sea demasiado.
Quiero decir que el silencio tiene masa y energía y se estira, silencio en el sentido de no tener donde asirte cuando te sientes perdido.
No sé si has percibido lo que el autor dijo de los insectos. De cómo se mueven desde esa perspectiva. No sé si te has preguntado a dónde van con su desproporcionada carga, cuáles son sus motivos. No sé si has tenido tres minutos para seguirlos con los ojos.

A un anciano lo acaban de sacar hacía una galería. Y se ha quedado allí hasta el medio día.
En estos momentos a un hombre se le ha olvidado algo, y es una premonición de que desde ese instante empezará a olvidarse de si mismo.
Y en otro lugar un Superhéroe sostiene el diálogo de un niño.
Lo afirmo.
Por cada ser humano feliz, hay veinte débiles y dolientes.

jueves, 29 de diciembre de 2011

RECUERDOS DE DICIEMBRE.



Hubo tiempos felices, y sobre las cunetas pulpa de uvas.
y moho verde sobre las gruesas losas de los tejados,
y el humo de las casas, tan blanco que se disolvía donde el azul frío de  diciembre,
 infinitamente gélido y eterno.
Ahora quizás recuerdo que hacía poemas irreverentes.
Poemas que hablaban de blasfemias, de extrañas osadías, de la revolución de las mujeres, de los hombres.
Y que a cada estrofa ponía:
Pero
Yo
Te quiero.
Los tiempos felices te embargan, cierras los ojos, y ocurre:
rastros de olor a pino, estiércol, procesionarias royendo sabias,
el sonido del agua.
Y argumentabas, no me hacía falta nada, sólo la vida.
Y eso lo tenía y amaba a mi forma.
Y si había que morir estaba dispuesto,
a morir con las botas puestas.
Amabas así, y de vez en cuando le ponías:
Pero
Yo
Te
Quiero.
Los tiempos felices son despreocupados,
allá por diciembre.
Nada te hace falta, sólo tú y tu joven pecho.
Dispuesto para la trinchera, incluso,
soñabas,
mártir en un interrogatorio por la libertad.
Por las huestes revolucionarias.
Pero de vez en cuando le ponías:
Pero
Yo
Te
Quiero.
Y olías a tu padre y olías el sudor que le subía de las manos.
Y olías a tu madre y olías el sudor que le subía de las manos.
Y todo era trabajo, cansancio, y tierra, y sol, y noche, y amanecer.
En el atardecer te tirabas de la vida y entrabas en los sueños.
Pero de vez en cuando le ponías:
Pero
Yo
Te
Quiero.
Tiempos felices en que escondías libros bajo luces amarillas.
Periódicos subversivos, y panfletos que llamaban a la lucha.
Y el miedo, hubo muchas veces miedo, no importaba.
Tu pecho era largo y plano.
Pero de vez en cuando le ponías:
Pero
Yo
Te
Quiero.
Y le dabas flores de camelias en diciembre.
Y aún en el recuerdo, flores blancas.
De la cantidad de veces que le decías:
Pero
Yo
Te
Quiero.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LODAZAL EN EL INVIERNO.



Hoy el cielo apareció más alto que ayer.
No sé si es (así) .Si es así yo he caído más bajo.
Como siempre.
Vino Nelita con el bolso negro a eso de las nueve de la mañana y yo quise saber lo que traía. Así que le dije, Nelita, enséñame el bolso. Nelita se dobló con el bolso abierto y yo me asomé al bolso, había cosas que nunca había visto, así (así) que metí la mano para detectar su forma y su tacto. En el bolso de Nelita había como un espejo donde se reflejaba el cielo, casi hacía daño, salía un rayo fulgurante que te ponía en los ojos un resplandor eterno. Cuando le metí la nariz me vino aquel olor al perfume de Nelita.
Olía a madera de roble.
Olía a un caldero con posos de lejía, y por decir algo hermoso olía a polvo de la Luna.

Escucha, no abras las ventanas, me da miedo a que entren los espíritus impuros. Escucha, si abres la ventana puedo salir yo que estoy flotando. Pero abría las ventanas y empezaba a canturrear algo que no tenía son, a lo lejos, aquel siseo monosílabo con algo de ritmo a pasodoble, una canción flamenca muy desgarradora.

Cuando miro a ese cielo tan alto pienso a quien le dio por inventar el infinito. Si partes algo infinitas veces es la nada. Yo partido infinitas veces soy la nada. Uno dividido por la nada es el infinito.

Nelita hoy huele a champú de albaricoque.
Nelita hoy tiende a sobaco afrutado y flota sobre mi, y es tan terrenal que tiene parte del trópico capricornio entre sus manos.

Esta repartiendo las cosas por toda la casa. Las cosas estaban desubicadas, como olvidadas. No eran cosas.
Yo la espero.
Deseo que destape las sábanas y que me descubra otra vez lleno de mi mismo: algo (así) como si fuera lo más parecido a un lodazal pisoteado en el invierno.



lunes, 26 de diciembre de 2011

VAGÓN DE TREN.



Habíamos vivido con muchas flores, un ramo aquí, otro allí.
Nos veíamos y había mucha paciencia y mucha pasión, y a veces era como si nos robáramos el uno al otro los pensamientos.
-Ya no te digo. Para bendecirla follamos en todos los sitios de la casa, menos dentro del armario, por lo incómodo. Éramos muy dados al polvo del calefactor, que no lo explico por no alargar este  -digamos-, poemilla.
Algunas veces encontrábamos granos de café en el suelo de la cocina, y pétalos.
Casi no había muebles pero lo teníamos todo guardado.
Teníamos hojitas de laurel resecas para dar gusto a las cosas.
Y hacíamos cuentas de lo que debíamos. Hacíamos cuentas de lo que habíamos pagado.
Hacíamos cuentas de lo que nos quedaba por pagar.
Con algunos papeles arrugados que tirábamos al suelo yo le hacía mariposas del invierno.
Y le decía: ¡ a qué te follo!
Pasó el 2006, el 2007, en el 2010 nos empezó la fiebre. Yo le decía, no te preocupes aún quedo yo, tú me cuidas.
Pero las flores.
Mira que valdría cualquier tipo de flores.
Las flores no hacía falta comprarlas, las hay hasta en las cunetas.
Crecen entre los solares derruidos.
Las flores sólo hace falta tener ganas y subirlas con las manos.
Un día, lo recuerdo bien, apareció un gramo de café en el suelo, y se quedó allí.
Tú no te das ni idea lo significativo que es un gramo, tan sólo, sobre unos azulejos blancos.
Con una casa tan pequeña, y  ya no nos encontrábamos.
Incluso.
Hubo una vez  que nos asomamos a dos ventanas diferentes.
Y era como si fuésemos dos extraños asomados en un viejo vagón de tren.

sábado, 24 de diciembre de 2011

NO SÉ CÓMO SE MIDE.



Lo más diminuto no puedes medirlo con la luz. La propia luz modifica su estado y por lo tanto su medida.
Las gambas de la sopa de pescado habían tenido una erección porque flotaban todas con el rabo pelado hacía arriba. Luego había trozos de merluza, puede ser que congrio, berberechos, y bastantes almejas con la rajita abierta, todo mezclado con abundante picante en unos platos decorados con flores azules que parecían moscas.

Yo a las almejas las cogía una a una y las chupaba mirando para mi cuñada Panchita que estaba frente a mí. Comíamos en la cocina y aquello era como un fumadero de opio; el abuelo Carlos, mis primos Romerito y Silvestre fumaban y comían a la vez.
A saber, estaban: Panchita, Silvestre, Carlos, Romerito, mi prima Victoria, mi hermano Inocencio, mi otra concuñada Bárbara con los dos niños Peluco y Nerina, la abuela Lucía, mi otro primo de Calatayud y su mujer Yola, y el hijo mayor Pedrito, mi otra hermana la divorciada, Marién mi hermana la pequeña, mis padres; y alguno más que me pierdo, éramos una montonera en la cena de Nochebuena.

La cocina es de esas antiguas muy espaciosa. En Sahechores las cocinas están en la planta baja. La cocina de la casa de mis padres daba a una huerta llena de berzales viejos y restos de nabos de otoño, estaba embarrotada con forjados y con varios tiestos de jacintos, unas enredaderas de pino y camelias que subían desde macetas atadas a un respaldadero anclado a la pared y apoyado sobre el suelo.

Pues eso.
La cocina era un hervidero. Las mujeres echaban una mano en todo, trajinaban. Panchita llevaba un mandil con rayado escocés de popeleín muy fino. Y cuando la veía levantarse me daba gusto mirarle los lacitos del mandil que se le caían sobre aquel culo tan espacioso y redondo, que imaginaba prieto y duro. Desde niños siempre me había gustado la Panchita, tenía unos ojos que parecían diamantes de ese color indefinido en los que parece que se ve el mar.

Habían puesto una barrica de tinto de Valdevimbre forrado con una cuña de madera sobre una esquinera al lado de una plancha de acero en donde unos quemadores de butano hacían dorarse costillares de cordero. Entre el humo del tabaco, los vapores del cocinado, el asado que se doraba (y el que nadie quería abrir la ventana por el frío), el ambiente tenía olor de matadero.

Después hubo guisado de carne con abundante guarnición, bien armado de patatas fritas, medallones de solomillo bañado con salsa que llevaba Oporto. Al final de todas las viandas creo que comíamos desordenadamente. En cada plato fuente había restos de costillares, patatas fritas y hebras de solomillo por donde el nervio. La barrica de tinto ya se le había puesto el forro por detrás para inclinarla, y empezaban a aparecer botellas de champán, turrón de las dos clases, polvorones, lagrimones de chocolate; y qué se yo.

Yo miraba para mi hermano Inocencio y mi cuñada Panchita que estaban allí como si por la mitad hubieran puesto una barrera invisible, quiero decir de indiferencia. Inocencio cocido como una cuba casi bebiendo el champán a morro cayéndosele chorreones de sudor por las mejillas con los ojos medio cerrados ya por la borrachera.

Y los niños que gateaban. Los niños con una pelota hecha de papel de periódico y cinta adhesiva, dándole por todos los pasillos.
La noche angustiosa sin aliento. La noche tiritando, poniéndose las hojas blancas.

A las cinco de la mañana nos lo habíamos bebido todo y acabamos con un café negro de puchero en cuencos de loza mezclado con una buena ración de orujo.

Cuando se prepara para amanecer en Sahechores aparece sobre el horizonte plano una leve raya de color azulado. Eso lo he visto muchas veces. Y ahora lo estaba viendo otra vez un poco más disimulado entre los visillos de la habitación de mi ventana.
Me levanté aletargado y fui al baño con esa pesadez que dan los excesos de licores y comida, es como si mi cabeza fuera una bola de rodamiento gigante. Cuando pasé de vuelta por delante de la habitación de mi hermano salían unos bramidos como si estuvieran apaleando a un oso que ya estuviese herido. Se me ocurrió entreabrir la puerta de la habitación y aprecié entre la penumbra que daba la luz del pasillo a Panchita con los ojos abiertos como puños (perdidos), o yo no sé cómo describirlos de tan tristes que parecían; pero no dormía. Entré muy despacio. Cuando estuve delante de ella me quedé mirándola unos segundos. Mi hermano dormía soplando sobre la pared. En esos instantes no meditas porque las miradas denotan un muto acuerdo. La destapé ligeramente. Ella me recibió como si estuviera inanimada. Son gestos de ese tipo. No me estorbaron sus bragas. Sentí la calentura de sus muslos, y la follé muy despacio, sin hacer ruido, cuando me corrí no solté ni un suave quejido, es eso que aprietas la boca.

Me fui como un zorro, y quizás en los ojos de Panchita quedaba mucha más tristeza, no me di la vuelta para mirar. Cuando pasé por delante de la cocina había un gran desorden existencial.
La luz empezaba por una rendija de la contraventana, era un leve rastro.
La tristeza no sé cómo se mide.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

PARA AMARTE.




No te puedes suponer lo endeble que eres.
Un día, desnudo, deberías pasarte las dos manos sobre tu contorno.
Si te imaginas algo transparente ese eres tú.
También puedes darte la vuelta, de vez en cuando, mirar hacía atrás.
Es ínfimo lo que has caminado, ínfimo en el sentido de lo largo, lo alto,
y lo ancho que ocupas.
Hoy fijo has abierto una puerta, también has reposado, has dormido,
abierto los ojos hacía una fina raya,
 un tubo aparente que dibuja el sol, agitando polvo diminuto, sin ninguna ley.
Eres eso que no puedes observar.
Que no puedes medir, sin herirlo.
 No sabes que ya estás disuelto dentro de todo lo que es líquido.
Supón las rocas, tan duras, y se van haciendo invisibles.
Eres tan terco en tu solidez que incluso lo imposible puede ser  posible.
Mientras no lo observes, puedes estar en dos sitios a la vez.
Sin embargo,
no puedes imaginar lo grandioso del amor, se queda ahí,
únicamente,
cuando tú no quieres ver, en el fondo del pasillo.
Sobre una butaca de cuero, esperando desde el origen,
a que te hayas ido para seguir amándote.

martes, 20 de diciembre de 2011

CANCIÓN DE CUNA.



Era obvio que aquello iba de un lado a otro, y que la sombra que se formaba en el techo se movía respecto a mí de derecha a izquierda, y viceversa. En esta posición estuve un día tras otro durante muchos días, no sé cuantos, siempre a la misma hora y con la misma frecuencia; el movimiento era pausado a un ritmo totalmente cadencial. De vez en cuando sentía su voz, tan suave y cercana, que me hacía cerrar los ojos. También me aletargaba el calor posado sobre mi cuerpo, o la brisa fresca que soplaba pasando como una suave mano sobre mi cara. Por el balcón se agitaban las ramas, o algo frondoso que lo recorría en forma de péndulo uniforme cargado de hojas verdes sobre el tono gris del cielo. Algunas veces unos visillos blancos en la ventana, y cuando mis ojos se entornaban aquella voz pausada iba cesando de arrullarme, desapareciendo, decreciendo hasta el silencio. Es obvio que en este lugar (todo tan diluido en blanco), y ahora en este instante, otra vez el cielo con ese gris, y mi cuerpo levemente tapado, mis manos estiradas muy largas, y mi viejo esqueleto ligeramente encogido en un pliegue, sin el arrullar, sin el movimiento leve, sin la suavidad de aquel calor que nunca molestaba, con este sopor de hace segundos posado sobre mi cabeza, medio aletargado; llegando al final de la vida entre tantas malas noticias que ya no me importan; como si mis neuronas fueran a buscar los recuerdos a no sé que lugar dentro de ese raro entresijo de la memoria, y me trajeran, de nuevo, aquella machacona y hermosa canción de cuna.

lunes, 19 de diciembre de 2011

BÉSAME MUCHO.



Fuimos de la opinión de que si llovía teníamos que abrir el paraguas, hasta ahí de acuerdo, incluso, como algunas veces caía mucho sol, el paraguas también abierto, totalmente de acuerdo, para pasarle el brazo, una posibilidad, el paraguas también abierto. Me daba no sé que sus espaldas tan anchas, el culo igual, también muy ancho, las piernas zampas tocándose entre si las rodillas, sentía de un lado su calor, avanzábamos posiblemente cogidos, aquello era ir cogidos, por algún motivo que ahora no recuerdo, con un paraguas abierto. Llegamos al succionador municipal de Santa Engracia, el que está al lado del estanco y una floristería llena de flores de camelias y gladiolos, siempre tiene flores así, siempre huele a fragancias, a tallos podres  y a tabaco, es  el primer succionador de la calle Santa Engracia. Había cuatro delante y esperamos. Le dije, si llevas un euro suelto y me sujetas el paraguas te lo agradezco, yo tenía dos euros, sin preparación previa son tres euros, con preparación son seis, y le dije, hazme el favor, seamos prácticos, nos ahorraremos para un café, abre mi bragueta y hazme jueguecitos. Noté su mano, tan suave su mano, para aquello era única, escupió sobre el cuenco acercándolo a su boca, abrió mi bragueta, y fueron unos instantes deliciosos. Mientras me lo hacía con aquel movimiento armónico me fijé sobre la estela de un reactor, una raya perfecta que iba difuminándose sobre el horizonte, sí, mientras me lo hacía no cerré mis ojos. Llegó mi turno en cinco minutos. La pequeña vagina se había ya, ya se había auto repuesto. La veía aséptica a través de un cristal blindado. Metí los tres euros sobre la rendija, sentí aquel sonido a calderilla caer en el estómago de la máquina. En unos instantes el automatismo funcionó perfectamente, sobre unos dígitos rojos se leía: succionado de nivel dos, tiempo en intervalos de treinta segundos hasta tres minutos. Lo creí suficiente. Introduje mi pene y todo comenzó. Ella me seguía cogiendo por la cintura y sujetando el paraguas. Y le dije, cuando ocurra que tiemble, bésame, bésame mucho, luego tomaremos un café.

viernes, 16 de diciembre de 2011

HOJAS DE MANDARINA.



Yo en las playas grandes suelo pintar corazones sobre la arena dura, con un palo cualquiera, y dentro pongo nombres que nunca han existido. En mi tarjeta dice Arthur Stopson, pero en realidad me llamo Arturo García y soy natural de Herrera del Duque, y dentro del endeble corazón he puesto: A. S., ama al mundo, pero no amo a nada, porque no soy yo el que vive dentro de mí. Hace unos instantes estuve a unos milímetros de una boca y no llegué a sentir sus labios, y sé que una mano pasó tan cerca de mis sienes que estuvo a punto de rozarme, no era un gesto amenazante, resultó ser un beso y quizás la caricia de una mujer que me despedía.

Me llamo Stopson y soy un tío duro. Sin embargo no blasfemo. Dame tú boca otra vez, acaríciame. Si me miras a los ojos verás un vacío extraño, algo que no tiene fondo, no verás nada. Pero tengo un frío inmenso porque sé que voy a morir dentro de otro.

Sr. Arturo, Stopson salió a pasear a la playa y anda haciendo cosas raras, me decía el niñato que llegó apresurado a la habitación al mismo tiempo que me estira los catalejos. Entonces lo vi casi donde rompen las olas, con unos calzoncillos de flores, calcetines negros y una camisa de rayas azules, la corbata vuelta hacía atrás como si le hubieran puesto la cabeza metálica de un muñeco articulado.

Dentro de aquella habitación el humo era más denso que en una batería de Cok, y olía a tabaco y alcohol, olía a perfume, a hojas de mandarina. Había un hombre y una mujer sentados a sus anchas sobre dos amplios butacones de cuero negro. A través de un ventanal ligeramente abierto se oía el sonido de las olas y se veían ramas de pinos agitándose.

Sobre una mesa redonda una pistola de tambor había quedado apuntando hacía una vieja silla isabelina. Las otra silla también estaban vacía, y sobre la mesa permanecía una partida poker abandonada. Sr. Arturo, prosiguió el mocoso, lo de Stopson degenera, ahora se ha quitado los calzoncillos y está en pelotas, y lo veo dando tumbos sobre la arena con un palo en la mano haciendo garabatos, completamente desnudo de cintura para abajo.

Los cristales del ventanal tenían restos de lluvia, el aire agitaba las gotas de un lado al otro como dándoles vida. No pude más que reírme al verlo allí cagado de miedo como un cobarde. Nunca pensé que Stopson, con su cara plana llena de vivencias, dos surcos de hoja de navaja en sus pómulos, su labio partido, sus ojos fríos de estatua griega, pudiera tener un alma tan perra y cobarde al mismo tiempo, mostrándome aquella imagen a través de los catalejos como si enjaguase espesos lagrimones.

Me dije, tengo que dar la vuelta y di la vuelta, el frío me atenazaba, me di cuenta de repente que no llevaba ropa, mi polla así de pequeña no me daba vergüenza. Caminé descalzo hasta las escaleras de piedra que comunicaba con la playa, sentía la humedad en mis pies de forma diferente, era la dureza de las losas de pizarra, subí lentamente los escalones y corrí el ventanal, los ví a los dos derrumbados sobre los butacones, aprecié sus risitas de conejo mientras se miraban, quizás ella intentaba darle un beso o acariciarle con la mano. Me senté en la silla, el pánico atenazaba mi brazo, el otro hombre se sentó delante de mí me miró a los ojos y me dijo, es tú vez, no seas un cobarde de mierda, si no puedes con la pistola vuelve a la playa y húndete en el mar ya has puesto tú firma en la arena. Luego arrastró el arma hacía mi mano. No quise mirarlo, por mi cabeza pasó una idea repentina, debería dispararle a él, había permanecido impasible en las ruedas anteriores, quizás era valiente, más valiente que yo, pero pensé que quizás la fortuna había dictaminado que el que debía morir era yo.

Yo soy Thonson un mal bicho, los malos bichos son los duros y viven una vida irreal.

Cogí la pistola y la fui levantando lentamente hasta mi sien, mi dedo estaba en el gatillo preparado y casi sin fuerzas, lo apreté sintiendo el giro metálico del tambor sobre mi cabeza, luego un leve chasquido y la detonación. Ya casi no recuerdo. Mi cabeza se reclinó como un tallo vegetal sobre la mesa quedando inerte sobre el tapete repleto de naipes, quizás me dio tiempo a percibir la cálida humedad de un diminuto reguero de sangre sobre mi cara. Nunca lo recordaré.
Me estaba muriendo cuando aquel imperceptible rostro de mujer, puso su boca a unos milímetros de mis labios, y aquel gesto de su mano que casi fue como una caricia pasó rozando mis sienes.
Sé que hubo un último sentido, un suave aroma a hojas de mandarina.

jueves, 15 de diciembre de 2011

ABSOLUTAMENTE GRATIFICANTE.


Natalia me había recomendado aquel psicoanalista. Me habló excelentemente de él, de su tranquila apariencia y de sus usos como especialista. Llevaba casi dos años acarreando aquellos síntomas que me hacían frágil y débil para la vida, con inestabilidad emocional y mucha ansiedad, que habían desembocado en los últimos días con temblores involuntarios de mi mano derecha. Después de haber visitado varios psiquiatras, su éxito no fue el adecuado, siempre a base de psicofármacos a dosis fuertes, que me hacían insensible a la existencia cotidiana.
Decidí acudir a la consulta de Héctor Arrainz, así ponía en su placa.
Cuando entré mi curiosidad fue absoluta, me sentí transportada a otra época. Era un despacho amplio que se encontraba en penumbra, decorado al estilo victoriano, con un balcón de ventanales abatibles, en donde colgaban dos grandes cortinas semiabiertas de un difuminado violeta. En el lado derecho había una gran biblioteca de caoba antigua, repleta de libros, y en un lateral dos butacones y una silla. Sobre su mesa desordenada, resaltaba una estatua de una diosa hecha de cartón piedra, que me miraba arropada por una serpiente. Cuando me pasaron a su consulta, lo vi detrás de su mesa tirado hacia atrás con una bata blanca, sobre una butaca con un amplio respaldo lleno de filigranas doradas. Me hizo un gesto, sin hablarme, y me senté frente a el. Comenzó a preguntarme lo que me pasaba.
No sé cuánto tiempo estuve hablando. El no me decía nada, me dejaba hablar y hablar sin interrumpirme. Cuando me cansé de hablar, después de un mínimo silencio. Le oí decir aquellas palabras: “Son síntomas claros de Histeria”. Ese término me sonaba a las épocas ancestrales de los vividores malditos. Pero él dijo la palabra. Comenzó describiendo las causas de mis síntomas, hablaba despacio, de forma concisa, dejando silencios cortos entre palabras resaltadas, era como algo aprendido, preparado, clerical, hipnotizante. Fue al final, cuando me propuso lo del masaje, describiéndome sus ventajas, la normalidad de hacerlo sin ninguna premisa moral ni personal. Tenía algo de persuasivo. Supo deshacer mis defensas emocionales, lo evaluaba como un hecho médico utilizado ancestralmente. Su acción parecía estar llena de secreto profesional. Ahora mismo, cuando describo esquemáticamente la visita, no sé por qué acepté. Entró en un cuartito anexo y salió secándose las manos. Cogió la silla vacía, se puso paralelo a mí, sentado en sentido contrario, y suavemente metió su mano entre mis piernas. Me buscó despacio... Al principio aprecié su dedo frió deslizarse, fue una sensación vergonzante, luego prosiguió suavemente. Por su forma de actuar y su ritmo comprendí que lo había hecho innumerables veces. Mientras me lo hacía, adoptaba una postura impasible mirando al frente, absorto, como si no estuviese en ese sitio, ajeno a la grotesca situación. Yo abrí totalmente las piernas. Pasarían unos cuatro minutos. No pude más. Se nublaron mis ojos y me doble bruscamente hacia adelante.
Tengo que decir que fue un orgasmo increíblemente largo, y absolutamente gratificante.

APARECIDO.


No sé por qué aquella capa esponjosa y blanca había dado tanto de si. En el valle se depositaba la niebla, y mientras bajaba la veía como si fuera un mar de algodones blancos formando coletas y coletas entrecruzadas, tan lejos como podía otear, y tan espeso como un nevero. Cuando bajaba del Cordal, con el cabrito vivo sobre el cuello, las patas dadas vueltas por una cuerda de esparto, la niebla empezó a tener formas caprichosas: que si eran humos que subían en espiral, que si asemejaba a contornos de varal de hierba con el lomo deformado. El caso es que bajaba por un sendero resbalando por entre piedras finas y alosadas entre grijos de cuarzo, con el cabrito que había escogido para la costillada de San Fermín. No veía mucho donde posaba los pies, con cierto riesgo de pegarme un trompazo, ya que las manos las llevaba ocupadas sujetando las delanteras y traseras del cabrito. El sendero de las Raposas, si me lo ponen con los ojos tapados, lo hubiera bajado a carrerilla, pero aquella húmeda niebla no dejaba ver ni xestales, ni arbustos medianos, sólo  sentía los zarzales rozarme a la altura de las rodillas, dejándome mojados los pantalones de pana y algún rasguño que otro sobre la piel. Cuando ya llegaba a la cuesta del Texo, se acababa aquel vertiginoso descenso, pero seguía por allí sin verse nada de nada, ni tan siquiera los pies.
Aparecí en el camino principal, como flotando, cuando subían los dos hijos de Concha, el pequeño y el grande, y el mediano de Eulogio el maderero. Y aquella coincidencia con aquel ralo de azul y un remolino de aire, y la niebla como emergiendo entre aquellos dos dólmenes fantasmales clavados, que se veían al dar la curva según se subía. No sé cómo debió de ser todo aquello, tan inexplicable, que sin más ni más los vi allí arrodillados, y fue verlos y no verlos porque la niebla nos tapó de nuevo a mi cordero y a mi como si nos hubiéramos disuelto con una mágica coincidencia…; siendo desde aquel momento los aparecidos de la curva del Caxelo, allí donde se hizo corpóreo San Fermín Pascual…, porque yo me callé la boca, y nunca dije que era yo, un garrulo que surgió de una niebla tan tupida que parecía que ahogaba los pulmones, vísperas del Santo, de hace ahora unos cuarenta años.

martes, 13 de diciembre de 2011

EL MAR LO DEVUELVE TODO

Yo siempre pensaba que Febrero era distinto porque comíamos oricios. Padrino decía aquello de comerles las gónadas, y a mi me sonaba a los cojones de los oricios, pero las gónadas era aquella estrellita naranja oscura que había en su interior que cuando los partías con la navaja de un cuajo, la ibas sorbiendo como si fuera un huevo agujereado. Padrino comía los oricios como nadie, y nunca tuvo una mala indigestión. Los domingos bajábamos con las bicicletas y un remolquillo hasta el Franco, y luego a la playa de Porcia para subir despacio, como podíamos, hasta cerca de la punta de la Atalaya. De aquella teníamos todo el tiempo del mundo, y Padrino era un cachondo mental y los domingos muy largos.
A mi la playa de Porcia cuando estaba la marea baja me parecía algo de paisaje marciano, con aquella cantidad de roquedales tan anárquicos que sobresalían con la marea baja, rodeados de arena que era de un color pardo apagado, algo oscura, y muy maciza. Aquel domingo de febrero llevábamos bocadillos de tortilla y una buena bota de vino, y dos sacos de arpillera de aquellos que venían con las patatas cosecheras de Álava. La mañana era inmensamente azul y como estaba el mar con aquel color claro si mirabas al horizonte casi no se distinguía donde empezaba el mar y donde acababa el cielo.
Cuando empezamos a rastrear los roquedales Neto y yo íbamos delante, y Padrino un poco más atrás echando pestes por los que dejábamos por recoger, el oleaje no era intenso y cuando bajamos una quebradilla muy escarpada lo vimos allí flotando, con la cara hacía arriba de un blanco que asustaba, no tenía manos ni pies y su cabeza medio carcomida se agitaba al vaivén de las olas. Neto me miró sin decir palabra, y yo grité muy asustado: Padrino, ven; aquí hay un hombre muerto.
Si mirabas despacio había una suntuosa lejanía.

Sólo dijo: el mar lo devuelve todo.

lunes, 12 de diciembre de 2011

QUE CASI NO EXISTEN.



El bosón de Higgs no nos dirá, aún, de qué estamos hechos. Ni si es posible estar aquí y allí al mismo tiempo.
-Deberemos aún suponer.

A veces intento escapar de mi compañía y busco la compañía de otros.
Me ofende escucharme a mi mismo,
quiero decir dentro de mi mismo,
ahí mismo. Eso que te lleva a todos los lugares y que eres tú.
No sé cuántas palabras de media tengo que escucharme: día y noche,
y al otro día, y a la otra noche, sucesivamente.
Algunas veces viene mi amada y comentamos  intranscendencias
-hubo muchos muertos acaso en otros lugares-.
Follamos y hablamos, es lo justo, y algunas veces cerramos los ojos.
Mientras tanto ocurre el trance, como si masticáramos pan blando
mojado en salsas misteriosas.
Yo estoy con ella y es un aburrimiento, extrasístoles ventriculares.
Y ella también en ese trance de no tener qué decirme,
algo agitándose, no sé de qué forma, como sin espacio,
es el corazón dentro de si mismo, el corazón a su ritmo, saliéndose.
Es tanta la confianza que ella me aporta, después de tanto tiempo.
Que a veces intento escapar de mí y de ella a la vez.
Fugarme.
Me voy sobre todo al mar, y ocurre el milagro de su compañía,
la del mar.
La historia no termina aquí, el retorno a la casa sin saber cómo tengo las manos.
Sin saber que siempre he de subir a mi atalaya donde está mi propio olor.
Como una ofensa, señalándome, que allí habité acaso unas horas antes.
Sabiendo.
Que debo quedar sólo, de nuevo, con mi compañía.

Hay partículas elementales que tienen casi vida infinita, aún no se han muerto.
Y otras que mueren nada más nacer. Tan inmediato  que casi no existen.

domingo, 11 de diciembre de 2011

DESPERTAR PUEDE SER UN ALIVIO.


Se repite aquella pesadilla del monte de los Tilos. El sueño transcurre apenas acabado el día, o apenas entrada la mañana. Si es acabado el día, el sol ya está puesto, y mi cabeza se traslada entre una amplia densidad de ramas, y hojas verde oscuro, en forma de corazón, que se arrastran por mi cara. El suelo está mullido por musgo verde, las rocas por líquenes de colores, y algunos tallos están blancos y llenos de vestidos de enredaderas que llegan hasta las mismas  copas. Parece no existir ningún sendero, y al caminar dejo un rastro de helechos partidos por mis pies. A ciencia cierta en el sueño no sé a donde voy, ni tampoco cuándo empiezo a caminar. Sólo al final la veo a Ella con su cabeza saliendo de una roca con manos invisibles, y sin cuerpo, sólo su cara, y sus ojos, y su boca. Nada me dice. Yo tampoco hablo, es la impresión inmediata del sueño, una nebulosa reflejada entre brisas y hojas. Sé que aquella cara trata de hablarme, quiere decirme algo que yo no logro entender. Algunas veces la pesadilla no es en la atardecida ni en la amanecida, algunas veces deambulo a primeras horas de la tarde, y la roca aparece de repente cortándome el camino, sin saber de qué forma se pone allí, no sé de qué forma imagino el movimiento de sus labios, que sin duda me quieren decir algo, pero que nunca he sido capaz de leer ni descifrar. 
Despertar puede ser un alivio.

viernes, 9 de diciembre de 2011

LOS COJONES DE CORBATA.



Aristóteles y Platón lo jodieron todo. Luego vino Cristo y Mahoma. San Agustín fue tan cabrón como los doce apóstoles. A San Francisco de Asís yo lo perdono porque quiero mucho a los gatos. Pero en general, si no fuera por esta pandilla de degenerados la máquina de vapor ya podría haber caminado poco después del segundo siglo.

Yo cuando voy a buscarte pienso cosas y me empalmo ligeramente. Cuando voy a buscarte ya empiezo a pensar cómo voy a empezar hasta llegar a comerte el coño.
Llevo apuntado cuando te baja la regla, también sigo al Ogino, y llevo un calendario del BBV lleno de circulitos para uno, y rayas para lo otro.

Como tengo nada qué hacer le doy vueltas a la manzana donde trabajas, tú estás en una esquina. Y cuando tengo algo que hacer lo hago rápido, para seguir dando vueltas.

Algunas veces pienso que si no estuvieras tu se me pondrían los cojones de corbata de lo sólo que estoy. Si pones mi nombre completo en el google sale uno de la Coruña y luego yo, imagínate.

Soy tan insignificante que sólo me conoces tú.

A veces pienso que el tren debiera de haber existido antes. Pero ya te dije, desde que Arquímedes salio desnudo anunciando por qué flotaban los sólidos, hasta que galileo tiró bolitas por un plano inclinado, e intentaron quemarlo vivo, pasaron mil nueve cientos ochenta y ocho años.

Cuantos años perdidos. Los colgaría de los huevos.

El tener que ir a misa ha sido un verdadero desastre.

Te espero aquí.
 Hoy pienso, que si te olvidaras de mi  sería el fin de mi mundo, y se me ponen los cojones de corbata.

jueves, 8 de diciembre de 2011

NO VIENE A CUENTO.




Si las pirámides las hicieron los extraterrestres,
fueron unos hijos de puta, ellos sólo dirigieron la obra,
-no viene a cuento-.

Una buena poetisa no debe cocinar,
y si lo hace debe ser contemplativa.
Si hace las camas abrir las ventanas lo preciso,
el aire viciado estimula los sentidos.
Cada dos semanas bajar al trastero y subir una muñeca,
y acunarla hasta que cierre sus ojos.
Una buena poetisa no come chorizo, ni latas de conserva,
cocidos los necesarios.
Y los armarios abrirlos sólo una vez, oler la ropa vieja.
Y vagar por el pasillo esperando los recuerdos.
Leer otros libros para inspirarse, copiar lo justo.
No limitarse por las palabras.
Hacer inteligible lo inefable.
Saber algo de los abanicos de la dinastía Ming.
Tener sensación de ahogo es necesario si quieres hacer poemas.
Vestir descuidada a veces. Mirar tras los cristales
como llora  la lluvia, y dibujar con los dedos
corazones solitarios. Buscar fotos antiguas,
darles la vuelta para ver la fecha,
e intentar recordar lo envejecido.
La buena poetisa debe ir por la calle ensimismada,
buscando los reflejos, las aves ateridas, las caras suplicantes,
las voces, los guiños de los niños.
Andar en bicicleta.
Salir a mirara el mar no es imprescindible, no siempre se tiene cerca.
Si lo hubiera, quedarse mucha horas con los ojos ciegos.
No comer pizzas, ni hamburguesas, puede beber vino tinto.
Interpretar a las personas, sus gestos, ser actriz,
muñeca saltimbanqui.
Mirarte en el espejo e inventar. Sufrir por los niños.
Comer sopa de fideos está permitido.
Gritar contra el maltrato.
Masticar chicle, llevar pañuelos palestinos.
Ir en el autobús a buscar trabajo.
Llorar sólo dos veces a la semana.
Y tener un lapicero rojo, y un bolígrafo azul,
y un cuaderno cuadriculado,
un lapicero verde, y en un vaso una flor roja.
Ser republicana, odiar al rey y su puta descendencia;
moderadamente, ensalzarlo en algunos juegos florales.
Una buena poetisa debe ser limpia, tener la piel suave.
Desnudarse pero no contemplarse, sólo para buscar
lunares sospechosos como manchas solares sobre su espalda.
Una buena poetisa debe de tener a su madre viva,
amarla lo necesario,
mirarla cada quince días, atardecer con ella, por lo menos.
No comer productos secos, las pipas, las avellanas,  son contagiosas,
siempre quieres más. El pan nuestro lo justo.
En los poemas debe aprehender el todo: lo que esta muerto, lo que esta vivo,
lo que debería morir, lo que no muere, ser violenta si se requiere, sólo en los poemas.
Y que nunca se le olviden los árboles.
Que haya pausas de sol, ausencias, amores destrozados.
Tener cierta tendencia a los miedos incontrolados.
Abrazar despacio agitando la mano arriba y abajo frotando sobre  las espaldas.
Una poetisa debe follar en todas las posturas,
y ser buena, al menos, en una de ellas.
Chuparla si es necesario con los ojos abiertos.
Y tener el coño listo para masticarlo,
saber muy bien,
oler muy bien.
Desayunar con pan tostado.
No pasarse con los dulces.
Comer con educación, no dar voces.
Estar dispuesta a recitar sus poemas en todos los lugares,
dejando caer las palabras cada cierto tiempo.
Una buena poetisa no debe morirse en el intento.

Si las líneas de Nazca las dibujaron los extraterrestres,
eran unos degenerados.
-esto no viene a cuento-.




lunes, 5 de diciembre de 2011

YA NO EXISTE.


1.-
Todos los interesados en si te he visto no me acuerdo, deben irse.
Si eres de los interesados de al mal tiempo ponle buena cara, deberías quedarte.

2.-
De todas formas, el que te vayas o el que te quedes me es indiferente.

3.-.-
Una manzana no cae obedeciendo a la ley de la gravitación universal, cae porque debe caer. La ley de la gravitación sólo está en la cabeza de los hombres en un intento de buscar una razón. Digamos que es una hipótesis, una teoría derivada de  los hechos observados.

4.-
Que haya habido una historia observada y que sea tu historia no implica que pueda conocerte, tal vez hayas querido contarme una mínima parte, y tu vida sean cien mil partes por un millón de pequeñas cosas de ti que nunca podrás ni querrás describirme.
No me cabe la menor duda de que eres una hipótesis para mí.
Son  hechos observados, impresiones personales que detecto. Por ejemplo: tu angustia.
A veces respiras como si te faltara el aire, lo noto sobre tu pecho,
se mueve a veces como el fuelle de una fragua, muchas  veces para estar viva,
y tu corazón supongo que es una máquina que va así y así y así y así, para estar viva,
semejante a como abro y cierro mi mano ahora
 -no sé si  ves en la pared su sombra-,
así de apresurada, y en forma de latido de corazón… para estar viva como las sombras.
Haces bien en sospechar de todo, mirar a los lados y cobijarte las espaldas
para seguir viva.
Me importas mucho en el sentido de que no me dejes, en el sentido de que no te olvides de mí, en el sentido de que no vuelvas la cabeza si nos cruzamos al otro lado del camino.
He de decirte que los abismos te atraen si te dejas llevar por la tristeza cuando estás viva.
Y aunque trato de soñar en la orilla de tu alma no puedo percibirte.
No sospecho ni lo más mínimo en qué lugar de la tierra se encontrará tu precipicio. Conocer es muy profundo, es llegar a respirar juntos, a ese ritmo que te dije,
estando los dos vivos.
Tu elevas tu pecho yo elevo el mío, y sufro contigo, como estando vivos,
al tomar el aire, y  abro la boca como un pez inmerso entre la hierba
como el fuego que se envuelve en busca del oxígeno
para estar vivos.

5.-
Ya no existe.