jueves, 29 de diciembre de 2016

TRIGO.




Qué cosas tan guarras le hacía como desnudarla con los ojos ingenuos, o jugar al escondite para poder abrazarla detrás de los almacenes de trigo.

Tu no sabes lo que es una lluvia de trigo.
O una torrentera de trigo.
Como el trigo se desplaza en forma de coletas como si fuera el agua.

Todos los años, al final de la paradoja del tiempo, me doy una vuelta por allí. Sigue allí aquel tubo largo en forma de cilindro enseñando sus tripas llenas de ladrillos entre brezos y maleza como si fuera una columna de Hércules que sujeta el cielo. Si te digo la verdad aún germina el trigo después de cuarenta años, lo ves con ese encorvado que se eleva con su carguita de grano. Y me viene el recuerdo de aquella tarde allí escondidos, jugando a que nos encontrábamos cuando por un designio mágico aquella puerta cedió a tanto posible pan nuestro y dejó aquel hueco entre tablas rotas y el trigo cayó y cayó sobre nuestras cabezas como si fuera la lluvia del gran ser inexistente y mágico.

Al final del tiempo puede decirse un treinta y uno con un cielo muy azul.

Ella.
No sé en qué lugar del cielo por decir algo. O de la tierra.

Ves.
Lo dicho.

Por ahí nacerá un grano. Te lo juro.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

LAS PALABRAS.




Yo sé que nunca vas a escribir bien, no tienes eso que cuando alguien te lea le apetezca coger un folio y emborronar el folio porque le has trasmitido materia oscura que le remueve algo dentro de donde se piensa allí en el estómago o en otro lugar de su cuerpo.


No sabías como empezar me dijiste, y te dije por algo así como que lejos estaba el mar y que bello era agitándose y agitándose incansable desgastando piedras y piedras desde tanto tiempo como que ha llovido millones de toneladas de agua desde entonces.


Sé que te aplasta el infinito cuando miras por la ventana y cierras los ojos. Olía a café pero era igual, tu tenías aquel miedo con tus manos tan vacías sin otra mano por allí que les pasase un dedo de arriba abajo.

Le dije a Gloria que baje a buscarme porque no sé subir por donde bajé.
Es muy largo y serpentea el carrerillo que baja al acantilado. Yo sé que un día no bajarás a buscarme y me quedaré aquí para siempre intentando imaginar una historia que no esté inventada. Contar tantas cosas sublimes de alguna forma diferente que te apetezca leerlo casi por el olor, que a los setenta y dos segundos de abrir el libro no le des la vuelta y lo dejes hasta que le quede una marca de polvo cuando lo vayas a tirar a la basura.
Lo sé muy bien , Gloria. No sé que haré si un día me faltas tú.
Por ejemplo. Como cuando nos decía la maestra, copiar, y casi no había luz.
Yo lo empezaría diciendo cómo puede ser tan inmenso lo que veo y yo tan ridículamente inútil que tengo que rebuscar y rebuscar las palabras que poner aquí y que a mi mismo me asquean cuando lo releo.

martes, 27 de diciembre de 2016

EN ESE LUGAR.




Parece notarse en el aire que dijera algo, no me voy por ejemplo a quedar quieto viendo las horas, ni diciendo recuerdos de hace años cuando los labios eran de celofán y calentaban húmedos.
No me da la gana tener miedo, no me da la gana intentar saber orientarme. Prefiero estar perdido dentro de mi boca buscando un lugar desconocido con mi lengua todos los minutos buscando por allí y allí hasta decir aquí no estuve nunca nunca y volver otra vez a pasar la lengua.
Merece la pena escuchar boca arriba.
Con todo eso sobre ti el techo inmenso con sus nubes y por la noche sus estrellas fugaces, la claridad del amanecer con todas sus noticias.
No perder la esperanza hasta dos minutos antes.
No morirse de pena y abandono de soledad como la cosecha de los árboles.
Que no existiese hasta nunca o no podré verte mas o aún sentir cómo tienes pena donde llevas el corazón.
Las rosas no merecen la pena si no quieres verlas, estar inspirado para ver el atardecer colgado sobre el mar.
Arriesgarse a reposar por el lado de tu corazón sentir ese zumbido colgando de los oídos.
Me gusta soñar en aquellos días en los que empezaban los cuentos erase una vez y luego un montón de palabras y palabras.
¿Si me miras a los ojos no te imaginas que que aún estoy pensando en tus manos blancas que caían levemente sobre mi frente?
Eran como mariposas del invierno.
En aquellos días en que aún sabía tu nombre.

domingo, 18 de diciembre de 2016

ELLA DE VEZ EN CUANDO ME DECÍA UN !HALA,HALA,HALA! TEODORO.



Nunca nos habíamos abrazado hasta las últimas consecuencias. Abrazarse hasta las últimas consecuencias no sé qué es eso, es abrazarse mucho, es abrazarse poco, en realidad no lo sé. Hacía unos días le había dicho que teníamos que abrazarnos, no sé cuántos días hace de esto, pero se lo dije.
Un domingo el cielo no se ponía de acuerdo, de acuerdo como yo lo deseaba, unas veces azul a poniente y con unas nubecitas en el medio de la cúpula, otras veces (o a las dos horas), un tono muy gris y claro en todo lo que abarcaba a mirar a través de un hueco que casi era una ventana, por donde miraba a la calle y al cielo con mis brazos apoyados y encogidos mientras veía los camiones de descarga. Mismamente cuando decidí dar la vuelta cansado de ver el paisaje Ella estaba allí revisando sus nóminas del Súper sentada sobre la cama, se lo dije, le dije lo mismo de hacía varios días, cuánto hace que no nos abrazamos, le dije, hoy es bueno para abrazarse le repetí, cuánto hace que no veo tú coño, le aposté. Noté indiferencia en todo, o acaso supuse que aún no me había oído, o que en realidad no quería oírme. El día transcurrió como de costumbre, no sucedió nada digno de mencionar, pudo haber esa sensación de comer pan del viernes, o incluso pan del jueves, una sopa jardinera a medio día de la Gallina Blanca, algo espesa para ser una sopa digna y un filete con patatas retorcido como una mano medio cerrada. Nada digno de mencionar.A las nueve de la noche había media nostalgia, otra vez encogido en la ventana viendo atardecer, simplemente, simplemente los clareos ahogados y algún resto rojo, y los sonidos de los domingos a eso de las nueve sin mucha trascendencia.
Yo no sé de dónde venía, venía de dentro de la casa, pero no sé de dónde, y la vi sola cenando pan, leche desnatada y unas galletas mientras ojeaba una nómina del súper llena de migas. Me senté también viendo su perfil, su perfil masticando lentamente galletas húmedas de leche. Le dije, deberemos hacerlo, y ella pudo suponerlo, su rajita sobre la silla cuasi aplastada, su rajita.Vi gotitas de agua sobre el vide, dos horas después, y lo pensé de repente, Artemisa la casta diosa de la caza, Fedra la reina trágica se habían confabulado sobre el vide colmadas, cristalinas, perlas de agua como señal divina: se había lavado el coño.
-¿Era buena señal que se lavase el coño antes de ir a la cama?
Yo cené cogollos de Navarra con anchoas, bebí la grasita de las anchoas. A los cogollos los rocié con aceite de oliva, mientras todo esto tuvo que suceder que ella se lavó el coño, mientras yo ponía pimientos del piquillo sobre los cogollos, sobre las anchoas, sobre tres gajos de cebolla, sobre el aceite de oliva y el vinagre de Módena. Muchas veces quedábamos en la habitación a una hora, si dormíamos juntos. Sucede que era a una hora en punto, a las nueve en punto, a las diez en punto, o a otras horas en punto, pero siempre era en punto. Algunas veces ella llegaba antes e iba a dar una vuelta por la habitación del niño, cuando yo llegaba como ella no estaba, pensaba que no había venido y me iba a la salita a ver la tele. Ella volvía y si yo no estaba se marchaba a dar otra vuelta, y así sucesivamente, el caso es que nos encontrábamos al lado de la cama a las tantas, pero siempre era en punto.
-Hoy no.
Hoy eran las nueve en punto y ya estaba allí, panza arriba en bragas y en sujetador. Yo, a todo esto, me había lavado la polla en el lavabo. Todo era así de ecuánime. Ella así de ecuánime seguía mirando la nómina del mes del Súper_Cheap , cuánto le habían sisado el mes pasado de su sufrida retribución. Tal como digo, todo el día obsesionada con la nómina del súper, mirando dígitos con una calculadora de dígitos inmensos. Yo me puse encima de ella a eso de las nueve y media, pasarían dos minutos de la hora, treinta y dos minutos tarde de lo establecido. Mi polla no estaba mal. Le bajé las bragas, las desenganché de un pie, las bragas quedaron en el otro pie encogidas como un liguero, siempre me ha llamado la atención por qué las bragas se quedan así tan recogidas. Me hago mucho daño cuando follo con ella, su coño es una carretera de asfalto en agosto, muy seco, a ella no le pongo vaselina refinada por lo de la flora alterada por los derivados del petróleo, no quiero ver su coño lleno de flores, la vaselina la pongo encima de mi preservativo como un ungüento. Así que ella como un semicrucifijo una mano estirada y la nómina del súper en la otra, ahora sin bragas y un muñón de pelos. Yo un crucifijo entero sobre ella, entrelazada mi mano en su mano libre, quizás algo de ternura en eso, quizás un gesto de amor antes de clavársela despacito y empezar a moverme adentro afuera adentro afuera adentro afuera adentro afuera y luego adentro, y fue cuando me dijo aquello de !HALA, HALA!, Teodoro, que me corrí, y ya está.

viernes, 16 de diciembre de 2016

UNA DE TORTILLA DE PATATA.


Anita, que siempre nos decía que cuando se muriese nos seguiría viendo a vista de pájara, y que las cosas aparte de otras muchas cosas llevaban silencio dentro como las piedras de Pastur. Aún me huele a tortilla cuando entro en la casa vacía y parezco adivinar un rastro azulado que me viene de la cocina, y el ruido del cuchillo asesinando cebollas y patatas, y a veces me huele a betún del negro, a alcanfor mientras una ventana deja un rayo de sol estrellado sobre la moqueta con todas aquellas pequeñas libélulas moviéndose dentro de un tubo invisible como si tuvieran vida. Soltó la palomita blanca por la boca ocho meses justos después de que Amancio el Ioputa soltase el último pedo y moviese la cabeza de tan muerto que estaba, después de haber subido con una rumana de Harghita en el coche a la Campa para ver la estiba y sentir el pitido de los barcos y a que se la chuparan,sí, era raro que entrase en casa con la bragueta abierta, y que no supiese donde estaba, y que se le olvidase subir la cremallera y que lo tuviesen que sentar a la mesa de la cocina con la mirada fija sobre las cenefas en forma mariquitas con sus ojos rojos como si estuvieran llenos de mineral de hierro, Pantono, el Amancio que cuando iba a Benidorn por la época de las flores con un carrón de jubilados, saltaban por sildenafil los detectores del aeropuerto de Ranón, todos sabíamos de aquella que había muerto por superpotencia como el Capitán América, con unas venas de un centímetro de diamétro. ........Anitona con su cara redonda que me olía a aceite de girasol, y que cuando me ponía la mano sobre mi cara ya arrugada se volvían los dedos pequeñitos mientras yo cerraba los ojos para volver a ser un gran viajero de otros mundos. Todo esto cuando subo por estas escaleras viejas de madera, y percibo delante de mi en el piso de arriba unos leves crujidos de pisada de zapatillas en los escalones que se paran cuando yo me paro, y que cuando meto la llave en la puerta parecen seguir inanimados hacía la buhardilla llena de palomas y muñecas que sueltan musiquita si les das la vuelta, y que cuando abro la puerta me viene ese olor a tortilla como si la pájara de Anita me cogiera de mi pequeña mano para llevarme por un pasillo que no se acaba nunca.

lunes, 12 de diciembre de 2016

POCHONA.




La Pochona que se ponía unos tules azules en la cabeza al puro estilo kufiyyas , y era como una bola de la palanca del cambio, gordita, redondita, neumática a veces, con sólo tres marchas. Le decía, llego y me hueles a tres años de distancia y además ya lo se desde el cuarto lo que me vas a decir cuando entre a este infierno, ya lo sabía,sí, como si hubiera sucedido y no sucedido a la vez. Un día le quise hacer lo que le hicieron al pobre gato de Schrödinger, y era muy por la mañana de un día caluroso de agosto cuando lo pensé, aún tengo el día aquí como si se me viniese todo subido de tono aquel día. La Pocha con sus geranios en el quicio de la ventana conyugal, sin una puta cuerda que los sujetase, se lo había dicho el día de Santa Germana Cousin, pedorrona, ponles algo, vas a matar al Pixoto -llamado el Bígaros-, de la Rondona, que estaba sembrando serrín todo el puto día en la puerta de la sidrería mordiendo un puro en la boca, ná, ná,ná, por aquí me entra pero no me sale por aquí, se volvía sorda. Y el olor a potito. Otra vez al entrar estaba dándole la papilla a la Pentona con sus ochenta y siete tacos, haciéndole arrumacos con el arroz con leche o las papas de maíz con torreznos de cerdo piedrain. Lo de Schrödinger me lo imaginé a la siesta del domingo, era ese día caluroso que ya viví, después de haberla montado entrándola entre las bragas y la raja del choto, de lado con insidia, entre toda aquella pelambrera maloliente un ya tá de tantos y tantos ya ta y ta y me fullo too pa ti, como podría hacerlo como lo de aquel gato que estaba vivo y muerto a la vez sin dejar huella, cómo, y sin una miagada siquiera en su caja de cartón que ponía pañales Moli Med absorbe más de una sola vez.
-Un dejavi, uisss, un dejavi.
El día que el viento de la canícula hizo aquella rolleta y levantó el tiesto un dedo del mármol , cómo saber, cómo intuir, cuando se la estaba sacando a la Pochona, que el tiesto bajaba desenfrenado hacía la Rondona, y el Pixoto estaba muerto y vivo a la vez en aquel mismo y preciso instante, el segundo trescientos ochenta y ocho. Cómo procurárselo a ella lo del caso de Schrödinger -un teórico perturbado-, para disimular que aún estaba viva cuando le quité la almohada de la cara, y el espíritu azulado del sidrero pasaba delante de mi ventana diciéndome adiós con las manos, mientras la Pocha parecía sonreírme como si aún estuviera viva o puede que muriéndose a la vez.

viernes, 9 de diciembre de 2016

EMBUTIDOS.




Qué deciros de un chorizo, se podría escribir algo tan gordo como el Quijote: tipos, modalidades, zonas de fabricación, sabores, ternera, cerdo, jabalí, yo qué sé. Al chorizo no lo abrí. Ya sabía que tenían el corazón machacado, está todo junto, podría decirse que un chorizo nunca tuvo corazón. Y a sí les va. Quieren aparentar que no son chorizos, pero son chorizos, siempre los cazas por el olor. Un chorizo huele en todos los sitios. Si los llevaras Orión seguirían oliendo igual, a chorizo.

Si venía la Pioca de Benazolve siempre traía aquellos papeles de estraza con tres vueltas de chorizos de Valdevimbre. La tía de todos tenía unos moños como la dama de Elche, y unas increibles caderas. Cuando yo tendría unos siete años arrumbaba con mi muñeco gerrero debajo de un taburete de nudo de roble, y por un hueco grande le veía su gran coño peludo y hermoso escurrido entre las bragas.

De Benazolve también traía el Portexo vino de tierra de la zona sur de Ponferrada que sabía a cochinilla y a sulfatos, a cepas viejas, sin esperanzas, y que manchaba mucho la ropa. Lo bebiamos en cachos de madera como por Pelorde en la zona de Galicia.

En las tardes de sábado de Noviembre a veces el sol dejaba un rastro muy largo por la zona de los Ancares. Muchos de los que estaban a la mesa no los conocía. A la Moncha sí con aquellos ojos tan profundos que te miraban como si pidieran un ruego para el más allá, con tanto dolor en su cuerpo antes de irse con la santa compaña.

Ferino que había quedado manco por el vuelco de una Carroceta cargada de texo de contrabando por la cuenca del Burbia.

A mi lo que me gustaba era el chorizo, muerto a tajos gordos, dejando aquel rastro de pimentón, como si fuera a derrimirnos en un acto sacramental.

Luego venía un frío que pelaba, la niebla baja de ribera y un extraño sueño medio borracho que te dejaba sin alma.




martes, 6 de diciembre de 2016

ORUJO.



Pence vino ayer de Monforte con dos botas de caña altas de cuero gordo, y dos costales de cerdo bien curados y dos botellas de orujo añejado de pulpa de uva de la zona del xestal. Vino Nita, la boba, toda pintada, y el castrón de Richar que anda por la zona de las piedronas de Pembrokeshire aprendiendo el inglés. Bajamos todos incluida la tia Paula toda coja y el mulón de Papandreu a la cabaña de Suarna para ver bien el río entre los castaños y los abedules amarillos. Prendimos fuego de caroco de madroño y después de comer descorchamos el orujo. A lo que os voy es a ese olor, yo lo bebo a morro después de un trozo de chocolate negro y me quedo pensando mientras baja y te purifica y el río tiene ese poso de plata que parece un camino que no se acaba nunca, y parece la entrada del mismo cielo.

martes, 27 de septiembre de 2016

QUIZÁS UN BUCLE.






Me levanté como de costumbre, con la rutina habitual de todos los días. Son los ejercicios que el pensamiento no ve ni coordina, como si dentro de nosotros, un pequeño enanito llevara los mandos. Cerré la puerta de casa tras de mi y bajé paso a paso las escaleras, he de decir que los ascensores me producen claustrofobia. Cuando llegué a la cota inferior para entrar a mi garaje sentí el sonido lejano de un claxon. Pasé las dos puertas de seguridad y el sonido se hizo totalmente perceptible, mientras el automatismo fue encendiendo las luces y pude comprobar con sorpresa que el sonido procedía de mi coche aparcado en la plaza número cuatro. Con cierta cautela y algo de miedo me acerqué lentamente desde la parte de atrás hasta que se hizo totalmente visible el cristal delantero. De aquella calma angustiosa pasé al miedo más profundo y paralizante, en mi coche había un hombre dentro. Estaba con la cabeza apoyada en el claxon, con el pelo recién cortado como yo, con las gafas semicaidas como las mías, con misma camisa blanca y corbata, y con mis mismos ojos abiertos sin dejar de mirarme. Quedé inerte unos instantes, hasta que me decidí a abrir la puerta lentamente, viendo como la figura se difuminaba como un arco de neón transparente. Presa del pánico decidí sentarme muy despacio en el asiento. Fue entonces cuando sentí que mi cabeza se desvanecía golpeando el frontal del volante, empezando aquel zumbido largo y estridente que se fue extinguiendo hasta quedarme casi inerte. Mientras mis ojos, ya casi paralizados, veían cómo alguien se acercaba al coche .Era un hombre que caminaba como yo, con mis mismos pantalones, con las mismas gafas y la misma cara, y los mismos ojos cansados que se miraban a si mismos.

lunes, 12 de septiembre de 2016

GARBANZOS.



Le dije para cambiar de tema ayer vi en un documental de la dos que hay mundos como el nuestro que ya están muertos desde hace millones de años. En realidad le quería decir que cerraban por derribo ultramarinos La Antigua, pero no le dije eso para no deprimirla más. No sé si soportaría no poder comprar nunca más garbanzos chamad y estar allí minutos y minutos hablando de cosas intrascendentes.

Si te ibas.

Si te ibas. Según mirabas sus espaldas te dabas cuenta de lo qué era el cansancio o las pocas ganas de vivir. En algún momento las cortinas la taparon como si fuera una aparecida movidas por una leve brisa de aire.

Sí.

Ella seguía allí en la ventana esperando no sé qué, sabía de sobra que nuestro hijo no iba a volver.

La ventana había quedado abierta, llevaba días y días como si fuera un homenaje.

Si te ibas.


Si te ibas, los visillos aún adivinaban su forma llena de vacío.

martes, 30 de agosto de 2016

SOPA DE AJO.



En un trasiego. La mano ansiosa que me acaricia en esa proporción de piel que le indico. El olor a pan húmedo entre una fritura de pimentón picante y ajo. El sol que se queda parado sobre mi dedo elevado, sobre un pequeño bulto donde mis piernas se juntan al tronco. Eso debe ser la muerte que crece en una extraña paradoja. El sol tan quieto entonces, la sombra perfecta, sin penumbra, y muchas migas sobre la mesa, como si un brazo hubiese pasado de lado desparramando copos de nieve.

La ventana tiene un árbol fantasmagórico que va y viene.
El bosque estaba allí inmenso. Grajeaban las aves de no sé qué paraíso, los radicales mirlos en zigzag vertiginosos, sin pausa. Los azores de ronda dando vueltas sobre el principio de los árboles llenos de hojas de color naranja arrobados por el débil viento del medio día. Y luego los buitres oteando el festín.
Los lobos habían bajado para matar, sin dimensionar primero el ansia, lo preciso para comer, mataron tres reses de las que se llevaron sólo una porción ínfima.

Levantarme despacio para ver cuánto me queda de recuerdos.
Ser un valiente que avanza a pasos cortos venciendo la gravedad, y sin haber perdido aún la esperanza.

martes, 9 de agosto de 2016

ARENA.



Serás de arena cuando el tiempo pase,
formarás parte del tiempo en ese reloj
inexorable.
Nada de lo que te estremece será posible,
sólo un poco de amor en las cosechas.
Ni humo que hace a la noche pesada,
ni oscuridad,
ni un poco de sombra.
Ni exiguo dolor.
Sólo arena.

lunes, 25 de julio de 2016

CONTAGIOS.



No hay nada malo en contagiarse la pena,
en contagiarse enfermedades de la piel, y el odio, o el amor
si luego,
sabes deshacerte de ello con facilidad.

El crimen más grandioso, desear que fusilen a alguien, y tenerlo veinte años
esperando
a que llame a su puerta el confesor y el cocinero.
Que te llenen de pócimas y te contagien los gritos de la locura,
que te contagien la miseria.
Que sin tocarte te vuelvas catatónico con sólo mirarte a los ojos.
Que lleves sobre ti enfermedades infecciosas:
el odio a veces,
el miedo a veces,
-para subsistir-.
Y casi todas las veces,
el mayor de los contagios,
la falta de compasión.
Amén.


lunes, 18 de julio de 2016

AZÓFAR LA CIUDAD QUE NUNCA EXISTIÓ



A estas horas ya han abierto La Pondala, aquí enfrente, en la calle Garcilaso, ya está llena de genios, y me huele a serrín y a sidra. Estoy en Azófar y hace mucho calor sobre las aceras, y hay un desierto lleno de manzanos, y el rey Salomón me habla sobre la transición de la vida y de que los más poderosos deben someterse a Dios. Sé que mil jinetes me andan buscando. Por Azófar siempre voy disfrazado de siervo, y si veo un jinete me estremezco, me da angustia, y me paro donde esté. En ese lugar me han visto como una estatua, como un mimo, las manos abiertas hacía el cielo susurrando un salmo con un sombrero esperando unas monedas a mis pies.

viernes, 15 de julio de 2016

DOCTRINAS.



Es muy cierto que antes de devorar digieres mentalmente tu presa.
Pero incluso viendo sus fauces entre las vísceras.
Tengo fe 
de que esa noticia de una sola palabra
será sublime
para derrotar a los fieles y a los infieles,
y a todos los creyentes.

lunes, 20 de junio de 2016

ROMÁNTICO.




Tengo una prótesis de cadera, dos puntadas en el promontorio del isquion. Doce fistulas interesfinterianas, sin abuso de terceros. Por decir algo para este medio poema.
No me vengas con vaginitis. Apriétame. Sácame la leche.
Sale como los gusanos.
Otros vivos se encaminan sin tropiezos.
Marchar, no. Mejor quedarse. Ninguna aventura baldía, nada.
¿Cuántos instantes antes del silencio total?
¿Toda reflexión implica pararse para pensar?
Paseate con el dedo por todos los acontecimientos recientes, no encontrarás uno saludable.
Y por qué todo aquí entre mis manos, sin poder hacer nada, hablando y hablando. Hablándome.
Antes de ayer estaba en la misma posición, y ayer. No sé en qué tiempo debo decir amor.
Las pequeñas pausas me desconciertan. Cómo van a proseguir después. Con qué tema.

Malditos hijos de puta.

miércoles, 8 de junio de 2016

EL PSICÓLOGO




Cuando me dijo aquello un sudor frío ascendió desde mi dedo gordo del pie hasta el último pelo de mi cabeza. Debía negarme, tenía que negarme pero no lo hice. Ya sentía la sensación de pánico. Él lo debía  ver como un hecho normal en mis ojos mucho más abiertos.
Acompáñeme- me dijo-, será muy fácil confía en mi, yo estaré contigo. Se levantó, tocado con su bata blanca, y vino hacía mí, pasándome la mano por el hombro en un gesto que parecía tranquilizarme. Atravesamos el pasillo saliendo al rellano. Notaba aquel sudor frío que recorría mi cuerpo, era como si bajo mis brazos empezaran a descender goterones de sudor. Tocó uno de los ascensores, y me empujó suavemente a su interior. Las puertas se cerraron lentamente. Y sin comerlo ni beberlo me vi allí, encerrado. Quizás él supuso mi miedo. Sentí su mano sobre mi hombro apretándome más fuerte, casi me hacía daño. Fue entonces cuando aquel pánico, ancestral, e indescriptible volvió a mí. Volvió a mi aquella sensación de faltarme el aire, respiraba y respiraba cada vez más fuerte, pero tenía la sensación de que mis pulmones se ahogaban, a ellos no llegaba nada, ni una pizca de oxígeno. Me puse a gatas en el ascensor. Como un animal intentaba respirar por las rendijas de las puertas al ras del suelo, perdiendo totalmente el control de mí conducta, al mismo tiempo que pasaba a otra realidad no percibida.
Para aquellos momentos, Sr. Comisario, yo ya había perdido toda noción de identidad (“digéramoslo así”) no le puedo contar más, el pánico pudo conmigo, en estas situaciones, sabe usted, que la fuerza de un hombre adquiere proporciones inimaginables, uno se vuelve un animal, y posiblemente lo haya estrangulado sin darme cuenta mientras lo hacía.
Qué recuerdos le podría contar a usted, Sr Comisario, ya se los conté a él:...la cuna estaba allí en la segunda planta. Abajo el ganado salía hacía la Ribera pisando la escarcha. Y yo estaba atado, completamente arropado debajo de un zurcido de lana. Y mi hermanita tiraba de la cuerda....… y la luz que yo veía daba aquellos vuelcos, se entornaba y se abría, bajaba y subía entre la inercia de un tirón fuerte y la vuelta suave a la posición de vahído, surgido, devuelto desde mi estómago, como si desde aquel instante empezase a horrorizarme la soledad de este mundo.


lunes, 6 de junio de 2016

HILOS.


Casi en silencio las llamas lo destruyen todo,
lo frágil, lo robusto. Es el ejemplo para aprender.
Sentado, apoyados los codos sobre la mesa, otra vez.
Mi vida ha sido así, en varias posturas: sentado, de pie, acostado.
De pie entre dos intervalos en movimiento , si te fijas.
Siempre:
o sentado,
o de pie,
o acostado,
o empujado, no de otra forma.
Excepto caminando en circulo, hasta el descanso;
ya mucho más tarde, en pleno final de la inercia.
Una vez tú, solo tú, sobre tu pecho esperando es mucho más fácil,
a que tu boca baje sobre mis oídos y me digas:
debes descansar, sólo o en dos posturas:
sentado, acostado, ya no habrá más,
nunca más.
Esto es el verdadero final.
Los hilos que te mueven desde no sé qué parte.
Ahora los brazos, las piernas, los labios,
los dedos.
No sé. Tú doblado como un saltimbanqui que yace.




sábado, 4 de junio de 2016

LAS MAÑANITAS.




La parte de amor que debe llevar mi historia me parece inconsistente. La quiero tratar con sutileza, que no signifique nada sobre la trama principal completamente trágica. Sucede en una solitaria mañana de sábado y los dos deben abrir los brazos después de un largo tiempo sin haberse visto. ¿Cómo he de describir esa situación? Acaso mi escasa experiencia en encuentros amorosos podrá enfrentarse a tal desafío? En realidad todo lo que se relata sobre el amor es una jodida mentira.

Colocarle aves a la cosa realza la situación. Un atardecer. Una terraza miserable, tal vez.

Cursiladas así.

Deja el inconsciente vaivén de tú mano y, mientras, mira a la ventana llena de vencejos, y las sutiles sombras que deja el atardecer paseándose, lamiendo nuestras caras, así de pesadas y robustas, hercúleas sobre la cal de la pared, llenas de vida sombría, porque son sombras caprichosas y se mueren con la luz.
Tócame y cerraré los ojos, sáname, dame sal, bocanadas de yodo, sorbe amoniaco como si fueras Satanás y disuélveme como a un azucarillo, digiéreme.

En realidad sólo había tres macetas de geranios. Al regresar a mi habitación la historia ya se había desvanecido. Alguien me había cogido suavemente del brazo para llevarme hasta un sillón que daba a una galería, y de la galería a un amplio valle verse, a mi lado, mis compañeros aparcados en simétrica batería bajaban la cabeza sobre su pecho con las comisuras de sus labios llenas de humedad, y las manos como muertas cruzadas sobre sus piernas.

En realidad nadie sabía que estaba pensando unas frases de amor para endulzar la parte trágica de aquella mañana de junio, la parte leve,de un relato demasiado largo.

A ella la veo acercarse lentamente con aquella sonrisa tan hermosa.


viernes, 3 de junio de 2016

TÓCALA JOMBRE.


Que veo a mi Santa por este agujerito del cielo entre nubes en forma de tripas como cuando vas en un avión, que la veo, sí, subir cargada con su bolsas de la compra, que la veo hablar y decirle a la Paulita que como la tocó su hombre no la tocaba nadie, que la tocaba muy bien, eso, muy bien , que no necesita que la toque nadie otra vez, lo sé, fijo que no la van a tocar por el mismo sitio siempre como la tocaba su hombre sin olvidarse ni una esquinita, y la veo, con esa lentitud que va hasta el segundo aún con las carnes prietas y puede que con algún deseo. Y yo la espero aquí entre el tiempo infinito, todo lleno de tiempo infinito y denso, la espero para acostarnos juntos y empezar de nuevo de aquella forma inolvidable rutinaria e irrepetible, tanto azul, tanta paz, entre tanto silencio que no te puedo describir.

martes, 31 de mayo de 2016

FATIGA.



No quiero hablarte del inesperado precipicio.
El vacío que dura unos segundos. La ingravidez como una inédita caricia.
Deseo meditar sobre la secuencia de acontecimientos
entre dos efemérides señaladas: el día de hoy,
y la celebración que harás mañana al despertarte
aún sabiendo tu nombre.

Sobre cuál es el mayor grado de desesperación que se puede alcanzar.
Si la angustia es un factor mensurable,
en qué escala o baremo estará el inicio de la quiebra.
A cuánta fatiga estaremos sometidos
para que la inicial fisura nanométrica 
nos haga romper en dos partes casi iguales.

¿Es cierto que al nacer empezamos a morir?,
-según los antiguos manuales en uso que describen la vida-.

Y el impulso que decrece. La inercia vencida por las heridas.

Y el corazón qué tiene que ver,
por qué pensamos que allí se manifiesta
lo que amamos,
o el hilo más leve de la esperanza.

-Cuándo te has dado cuenta,
de ese obsesivo presagio
que te llevará al reposo de lo inerte.

¿No has oído el sonido que le precede,
fuera de toda lógica,
propagándose en el vacío?