sábado, 26 de febrero de 2011

YO NO CONTESTÉ.


Me decidí por una mosca lucilia. Siempre me había fascinado su fortaleza a la hora de volar, y sus colores verdosos aterciopelados que le cubrían el tórax y el abdomen por su parte superior. Había evaluado imitar otro tipo de insectos pero, al final, todos habían sido desechados, algunos por su peculiaridad y fácil detección, y otros por los requerimientos de espacio (tan complejo) que necesitaba para la colocación de todos los sistemas de motricidad y transmisión infrarroja.

A ella la llevaba observando desde que me había venido a vivir a este callejón de un barrio de las afueras de Barcelona. Empezó a obsesionarme ocho meses antes un día de junio que la vi por primera vez asomada a un pequeño balcón forjado; poco después supe que era la habitación matrimonial. Para mis adentros la empecé a llamar Cuquita. Era increíblemente bella, de cara redonda, con unos ojos que detectaba inmensos, con una cabellera morena que le caía abundante hacía los lados. La adivinaba prieta de carnes, de caderas fuertes pero muy proporcionadas, increíblemente sensual cuando la veía asomarse con aquella camiseta blanca que resaltaba enormemente sus formas.

Para marzo ya estaba haciendo las pruebas de volabilidad a mi lucilia. Tuve aun bastantes problemas a la hora de coordinar la forma de posarse sobre los objetos por mínimos roces existentes entre las alas y su parte abdominal, en la que había dejado unos finos filamentos para que la imitación fuese lo más precisa posible. Las moscas tienen algo de mimetismo con los objetos sobre los que se posan.

Trabajaba afanosamente en una mesa que daba a una ventana resguardada por visillos blancos. Desde allí observaba todos sus movimientos sin que ella aparentemente pudiera verme. Algunos días por medio de unos prismáticos pude observar sus partes más intimas, su hermoso e increíble vellocino. Al verlo, mi boca y labios olivaban como si fueran a comer un suculento manjar.

Quería que mi lucilia quedase terminada totalmente para los primeros calores de mayo.Tuve verdaderos problemas para alojar la diminuta fuente de alimentación. No me quedó más remedio que ubicarla debajo del abdomen, resaltando una pequeña deformidad sobre el modelo disecado -unas cuatro décimas-, no obstante decidí que era la zona más disimulada por su posición inferior, completamente resguardada.

Hice la primera prueba el doce de Abril aún teniendo el mando a distancia sin su envoltura exterior y con una antena rudimentaria. Utilizando frecuencias infrarrojas extraordinariamente bajas logré que la lucilia se desplazase desde mi habitación hasta posarse sobre la lacena de la cocina de forma increíblemente exacta. Pude ver en mi ordenador portátil partes amplias, modificar partes cercanas y oír nítidamente el cadencioso goteo del grifo sobre el lavabo de la cocina.

Para aquellas fechas había observado tanto las cotidianas costumbres de mi vecina, que decir amor era poco. Había recurrido al onanismo más bestial que os podáis imaginar. Mi prepucio había adquirido una rojiza carne viva, casi afilado como la punta de un lapicero de colores. Notaba cada vez más compulsivo aquel vicio que no moderaba en absoluto y que sin duda acabaría dejándome decaídamente tísico.

El día elegido fue el veintiocho de mayo, no sé que santo se celebraba. Día caluroso, casi canicular, podría decirse que las primeras moscas empezaban a zurear por todos los rincones de las casa. Un día ideal totalmente despejado, con apenas una ligera brisa, algo muy necesario para que mi lucilia no perdiese el rumbo, y además sin ningún riesgo de lluvia, muy imprescindible también para el trasiego de mi frágil mosca guiada por control remoto.

Aquel sábado de mayo lo preparé todo. Antes de las ocho de la mañana ya había hecho dos vuelos previos uno al baño, y otro al taquillón del pasillo de mi propia casa. Lucilia se posó con una exactitud increíble, giró, se elevó ligeramente sobres sus patitas y obedeció a todos los ángulos posibles de orientación a semejanza del cuadrante de las coordenadas del control remoto que se encontraba en mis manos. Por otro lado los enfoques de la microscópica cámara, el zoom de acercamiento, la amplitud panorámica eran de nitidez perfectas, incluso en las penumbras más acusadas.

Esperé exactamente hasta las diez y media de la mañana. Fue a esa hora en que Cuquita entreabrió las dos ventanas de hoja larga y la pude ver a través de los visillos con una bata azulada puesta. Tenía mi ordenador preparado, y la pequeña botonera del mando a distancia al lado del teclado del ordenador. Toqué el botoncito de puesta en marcha y las alitas de la lucilia comenzaron a agitarse. Pude observar un diminuto resquicio entre las dos ventanas. Era suficiente paso para mi pequeñita mosca engendro.

Voló lucilia aleteando casi de forma invisible. La distancia entre las dos ventanas eran unos seis metros exactos. Como estaba previsto se introdujo sin ninguna dificultad por la pequeña rendija entreabierta. La habitación que estaba viendo era de escasa dimensión: un pequeño taquillón y un espejo oval con marco de plástico de imitación a marfil y en el otro extremo una cama de matrimonio, y en un lateral, sobre cuya parte superior se había posado lucilia, un armario simple de sólo dos puertas -también se apreciaba una pequeña butaca mullida de cojines-.

La mañana y la tarde pasaron ansiosas. Me acompañé con numerosos botes de cerveza.También llamé a telepizza, eructaba mucho, incluso me dormí y para hacer boca me masturbé suavemente antes de que me entrase aquel sopor. No sé como deciros. Por encima de la cama matrimonial pululaba de vez en cuando un perrito con la cabecita tapada por melenas blancas. Algunas veces jugueteaba sobre la butaquita como escondiéndose por entre los abundantes cojines color crema.

Esperaba que mi lucilia inmortalizase el polvo salvaje de los sábados, que alguien, aunque no fuese yo oradase aquellos muslos prietos y aquellas amplias tetas que tanto me habían obsesionado (yo no quería ni imaginarme como sería comer su coño).

Fue a eso de las once de la noche cuando los vi entrar en la habitación. Él hablaba en italiano. Hablar…, no era hablar, eran insultos que yo no entendía. Qué desagradable fue todo aquello. Mi estado de ánimo decayó de repente. Tanto tiempo, diseñando, imaginando, probando a mi lucilia para que al final sólo pudiese ver de mi amada aquel sometimiento a violentos empujones.

Nada de amor, por tanto.

Los voyeuristas si no vemos caricias, sensaciones voluptuosas, perdemos el sentido de ese instante tan esperado, tan cercanamente ceremonioso y existencial.

El terror más absoluto se apoderó de mi cuando ella cayó de un empujón sobre la cama, y él se abalanzó sobre ella apoyando sobre su cara un cojín blanco del butacón. Pude observar con estupor su violenta pelea y como sus piernas, agitadas enérgicamente en un principio, fueron perdiendo fuerza, hasta quedar inmóviles; y como el, quizás presa del pánico y del remordimiento quedó como dormido sobre su cuerpo largo tiempo.

Era el terror más absoluto.

Dejé allí a lucilia. Tuve que apagar el portátil. Aquellas imágenes me habían dejado, absorto, casi petrificado y con gran nerviosismo. Me fui a dormir presintiendo que mi cuerpo y mi alma se habían transmutado de un lugar lejano, mientras la pobre lucilia, testigo mudo, pernoctaba sobre la oscuridad del armario.

A la mañana siguiente, cuando me desperté, pude observar la ventana totalmente abierta. Al mirar con mis prismáticos aprecié numerosas personas en el interior de su habitación, algunas de ellas con uniforme. Aproveché aquel momento y activé a mi lucilia que lenta y disimuladamente se desplazó el corto espacio de la calle intermedia que le separaba de mí

Cuando llegó a mi altura, pude ver mi propia cara en mi ordenador portátil con los ojos tan cansados y ojerosos, que casi tuve miedo de mi mismo.

Sobre la parte blanca de mis brazos había dos largos arañazos que aún me dolían, y mi boca tenía una extraña y pegajosa sequedad.

Alguien me gritó en el umbral de la puerta:

-Ciao, come va la giornata

Yo no contesté.

jueves, 24 de febrero de 2011

PORQUE TE QUIERO.



De todas esas sensaciones. Hoy me levanté y (aún), con solo los calzoncillos le di clic al botón de la cafetera. Y la cafetera se puso a desvariar, ya sabes, ese bufido. Luego me fui al baño y me puse a cagar, ya sabes como se caga.Yo tengo que hacer algo de fuercecilla. Por la ventilación del baño sentía unos estorninos haciendo de estorninos, piando, quizás fuesen crías. Y así fue como apreté. Y en aquel momento sentí una rengolera de pedos que te cagas Romerito, la cafetera dando estertores, y los estorninos, u otras aves del paraíso,buscándose la vida sobre la chimenea de ventilación.

Yo no sé si cuando vosotros cagais si pensáis en algo. Hay gente que decide sobre la vida de otros mientras caga. Yo paso olímpicamente del tema. Como me levanto con la vejiga llena y empalmado, lo único que me preocupo es de que mi polla quede dentro de la taza para no mearme fuera.

Bien.
Desayuné cuatro galletas campurrianas a las que le puse margarina tulipán con omega tres y omega seis y confitura extra de mermelada de arándanos y un yogurt con sacarina líquida; las dos pastillas de Omeprazol; una capasula de Vitacrecil y cinco capsulas de Fibra Leo con sabor a ciruela y una de Condrosán para reforzar el cartílago.

Para las cosas del alma me acordé de ti: que te tenía metida la polla hasta atrás y que de las envestidas que te daba te levantabas de las patas, y que te rompía el coño follando y que tenía que llevarte a urgencias.
Te quiero.

Yo también soy poeta.
Me gustaría publicar algo, pero siempre me dicen que lo mío huele a mierda que tira para atrás.
-No les falta razón.

Mira, te hago un poema -lo miras si te gusta-.
Va sobre todo esto que te he puesto pero en plan serio -no sé qué te parece-:

La mañana me estrangulaba, me cogía así.
No es que me estrangulase exactamente pero sentía algo en la garganta.
En el baño piaban pájaros desconocidos, que nunca habían estado aquí.
Y la cafetera era como una máquina de vapor que arrastrase vagones a
Sobibor.
Doy gracias por no gatear, aún.
Doy gracias por que me reconozco y me recuerdo de ti y de mí, aún.
Y porque te quiero.


miércoles, 23 de febrero de 2011

Y PESABA MÁS.


Ella se tiró por el Cabo Peñas y yo dos horas antes pensaba que me quería,
dos horas antes es una eternidad,
dos horas antes a la velocidad de la luz dan para mucho,
-vete pensando en las marejadas de Andrómeda-
En dos horas en el acelerador de hadrones das más vueltas que un gato a la fuente
de mi pueblo (piensa que eso es un engendro hecho para girar muy rápido).
Cuando la vi aplastada allí abajo, impresionaba,
parecía entre Ariel (de tan bella), o el pato Donald que siempre se aplastaba,
-la bella durmiente siempre se dormía-.
Y pensé para mí que un hombre es una paja.
Pero una mujer son muchas más cosas.
Vendía libros del Circulo de Lectores.
Y llamaba siempre tres veces.
Y cuando llegaba a casa,
sólo habría la puerta, no llamaba.
Cuando entraba al oscurecer pensaba que su cara era así,
porque sí
-como un solete con la boca al revés-.
Nunca me imaginé que su cara era así de triste.
Cuando se tiro por el precipicio pesaba más.
Llevaba cosas de mí, cosas mías.
Las bragas manchadas.
Se la clavaba en el pasillo,
y se le caían los catálogos de los libros:
Colecciones de Quevedo, Juan de la Cierva,
Federico García Lorca, Machado, la biografía de Ramón Franco;
y todos esos , muchas más líricas, mucha más desesperación; y besos con la boca llena.
Follar así es como si corrieras para coger el autobús.
Te corres rápido, y no sabes por donde te corres, simplemente te corres.
Si te ves a vista de pájaro eres un conejo, no un pájaro,
taladras.
Ella se fue dos horas antes, llena de amor.
Y llevaba todo eso tan mío.
Y su corazón.
Y pesaba más.

ELEGÍA DEL POETA QUE LLEVAMOS DENTRO.
Yo de esa forma en que te veía desnuda,
la piel así como la leche entre penumbras.
Yo estaba en el mismo reflejo del agua para verte
como te ponías bajo la luna , retratada,
y te movías tan irreverente.
Ahora que me siento a mirar, aún estás en el agua,
primero tú pelo que emerge, luego tú cara tan blanca,
entre un bosque insuficiente, sin una pizca de ternura.
En el cabo Peñas una noche casual en que no había olas,
de madrugada,
bajando una escarpada senda para ponerte flores.
En febrero, tal como hoy, en que nunca más estuviste.


martes, 22 de febrero de 2011

AHORA MISMO.


Algunas veces me pones tú coño y me encoño.
Se habla de los ojos, la tez de la cara, las manos, el cuello.
Pero tú coño es un laberinto y no sé donde acaba.
Y me encoño.
Cuando te quedas tan abierta esperando más y más.
Me puedes.
Y me encoño.
Comerte viva es como empezar una lasaña por el sitio más caliente.
Y me encoño.
Sabes,
en este valle que llaman puta vida,
cuando te abres de piernas veo la inmensidad.
Y me encoño.
Me huele a todos los olores y más bien a mar.
A raros edulcorados, a restos de miseria y a pesar de todo:
Me encoño.
Ahora voy por la calle sin saber en realidad si debo ir.
Y te digo que voy encoñado.

sábado, 19 de febrero de 2011

POR EL MAR NUNCA PASA EL TIEMPO.

El tiempo es como un papel de celofán aplastadito dentro de un libro, que lo encuentras allí por casualidad. El tiempo también es encontrarte a tí por la calle (después de muchos años) y ver tus mofletitos o tú escuálida mirada, y preguntarse como me ves tú a mí y cómo te veo yo a tí.
Más tarde que temprano habrá una relativa brevedad, o un gran espacio entre sucesos y muchos mojones en el camino por donde hemos pasado, a veces, dejando rastros de desamor y desesperación en los otros que quizás nos querían.

-Tengo cuarenta y nueve azulejos del baño abombados, preñaditos.

Ayer cuando me afeitaba estuve apunto de dejarme bigote. Ayer vino a verme un trozo de tiempo de mi vida y tuve que cerrar la puerta para no recordar. Ayer cuando estuve en el baño me vino un extraño vacío en el último apretoncito. Y luego fue cuando encontré el papel de celofán en el libro que aún olía a chocolate. Y luego cuando intentaba recordar cómo y cuando puse aquel papelito allí me vino a la cabeza que eso es detener el tiempo, sin darnos cuenta.

Ya me fijé el otro día que en el baño tengo media pared abombada, los azulejos están a punto de caerse. Llevan una extraña cenefa. Vaya forma de complicarse la vida. Mi baño acabará como un Miró, o como la sala de los abencerrajes.

Cuando vi tú cara de cachalote y tú viste mi cara de ojeroso con aquella extraña forma de guiñar compulsivamente el ojo izquierdo debiste de meditar, qué jodío, Cosme, sigue como una cabra, y yo medité: que cara de solete hinchado tiene este gilipollas. A mí en el pupitre, Herrera, siempre me olía a mierda.

Mi Ex vino ayer a casa y trajo un ramo de camelias pero no quise follarla, no me apetecía mucho. Para follar a mi ex hay que tener mucho estómago, y eso que no se afeita el coño. Cuando vi a mi ex, vi una parte de mi tiempo que no fue libre, y vi el otro tiempo en que pensaba como ser libre. Mi Ex con unas flores de camelia es muy peligrosa, algo así como la virgen de Fátima, pero en plan de: cariño, ¿no te apetece echar un polvo en la cocina?

A mi los polvos en la cocina me saben a faire, ya lo dije muchas veces. Siempre viendo la llamita del calentador con ese amarillento como si fuera el panteón de un heroico soldado desconocido.

Esto es una reputa crisis. Hoy estuve apunto de dejarme bigote. Son esas ocurrencias que tiene uno. Cuando me arregle los pelitos de la proyección externa del cornete inferior con la gilete, me corté un poquito debajo de la nariz. Tengo una sangre especialmente roja. Mi sangre podría ser cualquier sangre tirada por ahí. Esta es una hijoputada de crisis (la sangre se evapora), se ve en muchos sitios esta hijoputada de crisis.
Para arreglarme unos azulejos en el baño me vino a presupuestar un peruano, un boliviano, un marroquí, y el español que vino traía una tranca como un piano. Al final se lo llevó el peruano por ciento ochenta euros (hablando con él, mientras metía piedra, me dijo que había sido pescador en la bahía de Chimbote).
Ahora los chavales españoles no les gustan ciertas manualidades.

-Me cago en su puta madre, hay una crisis de cojones.
-A mi me gustaba mucho ir a la vendimia.
-Trabajabas como un cabrón.

A Cosme lo encontré por casualidad son esas cosas de que alguien te llama, y tú piensas que llevas mal la matrícula, y te paras. Cuando lo miré le di la vuelta al reloj de arena, y la arena empezó a gotear tan sequita por aquel diminuto orificio, y fueron unos instantes de extravío, como si el tiempo no llevase marcas, no lo conocía, y va y me dice, no te acuerdas del Cerdito, y sabes, fue inmediato el poder de aquella palabra (causa-efecto) era el Cerdito, aquel que nadie quería de compañero porque se tiraba unos pedos, extraordinarios pedos nauseabundos. A mí por orden alfabético me tocaba de compa de pupitre. Fue entonces que el reloj de arena se detuvo, y aquella cara mofletuda de solete pasó por mi cabeza de repente volviendo hacía atrás en el tiempo, pasando unos instantes un número increíble de imágenes e imágenes. El tiempo se detuvo.

Cuando se marchó mi ex, cogí la camelias y las despedacé. Los pétalos los fui desparramando en la taza del vater. Cuando estaba tirando los pétalos en la taza del vater era todo muy bello y me puse romántico y pensé que la tenía que haber follado, total, el tiempo va a ser el mismo, y ella se hubiera llevado un polvo, un polvo más o menos mirando el faire tampoco me implicaba mucho. Pero es que ya no me empalmo con ella si no me la chupa antes (me daba rabia decirle que me la chupase).
Mi ex y su coño sabrosón, tenía ese rastro entre gambón descongelado y un cocido de brócoli con muchos trozos de zanahoria, patatas, y trocitos de pimiento.
-Tampoco te creas que sabía tan mal.

Lo he dejado todo como estaba. Mi ex se fue como estaba. Mi cara sigue sin bigote. Mi amigo Cosme sigue con la misma cara de cerdo.
Mi baño es como un bodegón de Juan Gris.
Y yo acabo de tirar de la cadena para que los pétalos de las camelias se vayan de una puta vez al mar.
Sabes, por el mar nunca pasa el tiempo.

miércoles, 16 de febrero de 2011

SE ACABARON LAS PALABRAS.


Según entras la puerta abre hacía la izquierda. Según entras lo primero que ves es una escalera color caoba que sube a la planta de arriba que es un pequeño bajo cubierta con dos habitaciones y un baño. Según entras hay un zapatillero de esos abatibles, y sobre el zapatillero dos negritas con unos cestitos en la cabeza, dos velas de colores, y sobre el techo una lámpara de lagrimones en forma de cono invertido. Según entras una alfombra de color granate se extiende por el pasillo que llega hasta la cocina.
Había cerrado la puerta despacio, porque quería dar a mi imprevisto regreso el carácter de agradable sorpresa. Me descalcé a la entrada, y arrimé mi maletín a la puerta abatible que daba a la salita. Empecé a subir la escalera que daba al piso de arriba posando suavemente los pies sobre los escalones de madera. Quiero decir que a la entrada, a la izquierda, hay un paragüero antiguo de madera, decorado con intensas filigranas de colores, y una pequeña claraboya sobre el techo por donde se aprecia la claridad del día.
Cuando estaba en la planta de arriba toda pintada de color verde fue cuando aprecié los jadeos, el respirar forzado, reprimido. Es indudable que supuse que algo extraño estaba pasando. Tengo que decir que según entras subiendo al bajo cubierta lo primero que ves es otra lamparita con cuatro focos azules en forma de pico de cigüeña, y que según sigues, hay otra alfombrita muy mullida y nuestra habitación de matrimonio. Por la puerta de la habitación se filtraba una ligera luz penumbrosa; me acerqué despacio y los vi tirados en la cama. Mira: estaban follando a mi mujer como quizás nunca la habían follado, él encima, observé su culo moviéndose despacio, ella con la cabeza vuelta hacía la pared con aquellos suspiros entrecortados, desconocidos para mí, pensé: pues se la están follando con mucha técnica, me excitaba el verlos follar con tanta técnica.
Él, sin inmutarse, le daba una y otra vez, incansable. No pude suponer el tiempo que llevaban así. Mientras los miraba no pude reprimir una incipiente erección, fu superior a mis fuerzas. Yo en la vida había follado a mi mujer de aquella forma, con aquel extraordinario control, se movía progresivamente meneando su culo, y al cabo de tres minutos o cuatro ella daba aquellos chilliditos cuando se corría, ya no me acordaba la última vez que los había dado conmigo. No sé el tiempo que estuve allí, ni las veces que ella se había corrido; la verdad, estaba sumamente excitado. Dejé de observarlos y bajé de nuevo al piso de abajo. Tengo que deciros que según entras a mano izquierda está la cocina llena de azulejos blancos, y al lado, una pequeña salita con una biblioteca en donde se apilan ordenadamente varios coleccionables, a saber: la enciclopedia internacional de la ciencia unificada; enciclopedia médica y de anatomía humana; la gran enciclopedia aragonesa; los diccionarios de la real academia de la lengua, otro sobre cine antiguo; y otra sobre papas que se llama decretales pontificios; y la antigua enciclopedia Espasa Calpe que me regaló mi suegro. Según entras a esta habitación está el armario con todas las postas para los jabalís, a saber: tres escopetas de corredera y dos rifles semiautomáticos para munición de la gama alta. Cogí uno y lo cargué con cartuchos del 458 y subí de nuevo lentamente. Cuando llegué con el arma cargada, él estaba in crescendo de nuevo, esperé un poco a que ella se corriese, daba aquellos quejiditos estremecidos como si se estuviera riendo, la verdad se corría como una verdadera ninfómana. Me acerqué a ellos los encañoné en la cabeza, esperé unos segundos, y disparé todo el cargador a bocajarro. A él quise verle la cara, y con la culata del fusil y mi pie descalzo le di la vuelta, la cama empezaba a encharcarse con una gran mancha de sangre que ya caía por el suelo. A él no lo conocía de nada, ella quedó desnuda, sus pantorrillas estaban inundadas de humedad, brillaban como si le hubieran derramado media botella de aceite de almendras. Yo cuando follaba con ella me hacía daño, me escocía la polla varias horas después de habérsela metido con mucha pena y algo de desesperación.
Los dejé allí. Bajé a la planta de abajo. Tengo que deciros que según entras, colgados sobre la escalera hay ocho cuadros de diferentes abstractos que compramos en el corte ingles; y que las paredes del piso de abajo son todas de color amarillo. También está colgado un cuadro hecho al pastel por mí que representa una faena de pesca sobre un fondo negro que es la noche. También también también se ve un cuadro mediano de una puesta de sol que saque cuando salíamos de Melilla en una patrullera que se llamaba Lazaga, cuando estuve haciendo el servicio militar en la marina.
Cerré despacio la puerta, y salí a la calle.
Antes de entregarme di unas cuantas vueltas. No quiero deciros como era el día, si hacía frío o calor, si hacía sol, si había nubes, si había mucha gente en la calle, si había palomas, si había kioscos, no quiero deciros lo que pensaba, tan sólo pensaba.
Lo único que si se me olvidó deciros es que a la entrada, según habrías la puerta había un gran jarrón con flores resecas de pantano. Y que si te asomabas por la ventana de la cocina se veían unas montañas rojas, unos caserones destartalados en penumbra, y dos fluorescentes reflejabas sobre los cristales que parecía se escapaban sobre el cielo color violeta. Antes de marcharme, cogí el móvil y le saqué una fotografía para enseñárosla.

Según entrabas estaba toda la casa, y ella, algunas veces, me esperaba para ponerme la mejilla.
Siempre la avisaba si llegaba antes, esto que os cuento son de esos imprevistos que surgen en la vida.
Esta vez quise darle una sorpresa de amor me apetecía besarla.
Esta vez quise darle una sorpresa de amor me apetecía.
Esta vez quise darle una sorpresa de amor me.
Esta vez quise darle una sorpresa de amor.
Esta vez quise darle una sorpresa de.
Esta vez quise darle una sorpresa.
Esta vez quise darle una.
Esta vez quise darle
Esta vez quise.
Esta vez.
Esta.
Se acabaron las palabras.

sábado, 12 de febrero de 2011

TE VOLVERÁ A SALIR.


Me había propuesto no dejarla abandonada en aquellas circunstancias, le habían dicho, todo esto son supuestos; alguien detrás de una mesa con la cara en penumbra y la luz en la espalda le había dicho, todo esto son supuestos. Luego nos levantamos. En la estación de autobuses había muchos autobuses aparcados. El billete era para los dos y fueron cuarenta y ocho euros, y nos pusimos uno al lado del otro, encima de nosotros estaba ese martillito con el que se podía romper el cristal en caso de necesidad. Cuando aquello se puso en marcha algo nos empujó hacía atrás también a los dos; en la cabeza nos iba resonando aquello: todo esto son supuestos. En estos casos, ella está mucho más triste y hundida que tú, hubo algún diálogo como que vida ha sido la mía contigo, y encima ahora esto. Lo demás fue silencio relativo, esos instantes en que el paisaje pasa inadvertido aunque lo ves pasar, pero no estás en el paisaje, no estás en ti mismo, intentas estar dentro de ella y le dices extrañamente aquella sandez consoladora: Por el pelo no te preocupes, fijo que te volverá a salir.

martes, 8 de febrero de 2011

SI ME DEJAS LLEVARTE.


Dear Colleagues:
Es para mí un placer deciros que mi corazón tiene sabañones, y lo rasco, pero me sigue picando, y esto es un poema de amor.

La particularidad es que el acero rompe por fatiga y yo romperé por una posibilidad entre ocho mil cuatrocientas cuarenta y ocho enfermedades,
o por aplastamiento,
o por atrapamiento,
o por tristeza, descartado el suicidio.

Esta mañana había flores que se enroscaban una sobre otra, a cual más bonita,
ya sabes como es eso, una flor y otra flor y otra,
creciendo sobre el enrejado de una alcantarilla, a eso del amanecer,
en el mismo instante en que me crecía una bolita dentro de mi nariz y un reptil entraba por mi garganta.

De
Todas
Las formas
Te
Quiero.

Y sigues creciendo dentro de mí, y apenas te siento crecer,
porque eres una pluma de cisne,
eres cien gramos de ligera dentro de mi alma,
vas conmigo como el espíritu santo
en el muestrario de esta gran superficie te llevo, y pervives
debajo de ochenta y ocho televisiones de plasma.

De
Todas
Las formas
Te has instalado en mí
Pero no sé si vas a gusto

Había una renglera de copos de nieve que eran maíz y latas de conserva y calzado a granel como si fuera en Dachau y yo aullaba porque no sabía salir.
Y todas las cajeras temblaban veían mis ojos llenos de pánico y angustia, gritaba,
te llevaba conmigo y te había perdido.
Estaba tú cuello esbelto lleno de besos, y no estaba
Tú cara más ajada pero hermosa, y no estaba.
Tus pechos blandos sobre mi corazón, y no estaban.
Y tu coño en mi boca en forma de un beso de coño, y no estaba.
Incluso mi lengua, buscando tú culo, y no estaba.

Y
Te
Buscaba
Detrás de una hilera de neumáticos que olían a fábrica.
Detrás de aire turbio.
Detrás de una hilera de carros vacíos repletos de niños.

Había muchos cielos uno encima del otro y yo llevaba una espumadera.
Una espumadera tiene doscientos veinte agujeros,
y si miras hay doscientos veinte cielos unos sobre otros.
Millones de nubes unas sobre otras.
Millones de colores unos sobre otros.
Millones de universos unos sobre otros.
Y nosotros tan pequeños. La nada.

Ibas ibas ibas ibas.
Conmigo,
Notaba tus manos,
Una vez me dijiste,
Y eran tus manos.

Hay deseos y un carro tirado por bueyes llenos de yogures con bífidos.
Cuatrocientos ochenta y seis yogures de germen de trigo,
Y a mi que me gustan tus caderas así de anchas para arrimarme en la noche cuando ya te duermes y no puedo estar sólo.
Y a mi que me gusta arrimarme y moverme al vaivén como un molino de avena.
Y a mi mi que me gusta olerte la espalda y medirme en tu cuello.
Y a mi que me gusta llevarte conmigo
si me dejas llevarte.

viernes, 4 de febrero de 2011

UNA NOCHE DE FEBRERO.


¡Help me!, estoy atragantado y es tú lengua,
dame una patada en los huevos.
Estábamos así tanto tiempo que ni respirábamos,
era como si fuera el inicio del proyecto del mundo,
hacía más de cuatro mil millones de años, y nos amábamos.
Éramos muchachos tirados en la playa, enganchados,
al crepúsculo, incluso,
blasfemábamos como si Dios no tuviera nada que ver,
en los naufragios que arrastraba el mar debajo de los desnudos pies.
Luego vino toda la historia y nuestras vidas juntas.
Arrobadas semanas, meses, años, que pesaban cien toneladas.
-es lo que pesa toda una vida-.
Un día aprendí a estirar la mano a las cuatro de la mañana.
La hora en que la tierra da un leve temblor,
para llevarse el sufrimiento de los hospitales.
Y dejar las almas flotando, sin poder escaparse,
tras las dobles ventanas que dan al precipicio.
Levemente le tocaba la cara, la sentía respirar,
y eso,
que ya casi éramos viejos unos millones de años.
Un día,
habían pasado sólo segundos
-imagínate la infinidad, un segundo-,
con mi palma abierta fui alargando el brazo,
y busqué su cara, y cómo expresarlo,
cómo contarlo;
no puedo decir solamente nada.
Hay que decir:
no estaba ella.
A veces por la noche eres un punto diminuto,
así visto eres microscópico.
Sabes a sal, o tienes la boca seca, o sientes frío.
Y pides ayuda, gritas atragantado: ¡Help me!,
vuelve vuelve vuelve, esto está oscuro.
Ahógame con tú lengua, quítame el aire:
me da mucho miedo estirar mi mano,
y que no estés,
a eso de las cuatro de la mañana.

jueves, 3 de febrero de 2011

POR UNOS INSTANTES EN MIS SUEÑOS.


Jueves Día 3 de febrero del año 2011.
Me habían dicho que no estabas.
(Preguntabas preguntabas preguntabas).
-Sino está, Señor.
-¡Ya le he dicho!
- No está.

Me expidieron en el vuelo IBE0478 hacía Madrid. En el paquete ponía: Por favor, tráteme con cuidado, mi cliente me está esperando y soy muy frágil. Por favor, le ruego que no me pise.
Luego por la terminal del aeropuerto iba con el pinganillo del móvil. Llevaba la mano en la boca para que nadie me leyese los labios, iba ensayando poemas de amor para tí; y es que son de mi patente.

Como estabas (no estabas en Madrid, estás en Madrid, aquí en este hotel, gilipollas, y te jodes).
En Madrid empecé a respirar el mismo aire que ella respiraba.
Ahora mismo son las once de la noche y siento tu aliento y tú hálito tan cerca.
Y ahora mismo, también, no sé si hablo en presente, en pasado, o para el futuro.

Te había buscado todas las mañanas de Febrero cuando la plenitud del cielo se presentaba tan extrañamente azul y frío. Y al andar así por las calles, con las manos hundidas en los bolsillos, caminando de un lado al otro, incluso husmeando, oteando los olores (el olor es el décimo sentido de los enamorados), las formas de los árboles, escaparates recién despertados, aromas a café y toda la gente apresurada, y yo, con todos los relojes para mí, sin hacer nada, ahora, que son las once de la noche, buscándote por calles que posiblemente no transitases.
(Es como buscar una aguja en un pajar).

Me cago en Too. Había uno leyendo a Borges, y suspiraba. Y otro entró en los vateres del aeropuerto con un libro de Baudelaire en la mano, iba poseído. Lo extraño del todo era aquel rapado con unas orejeras leyendo a Joyce que iba haciendo diagramas de flujo para entenderlo. Qué rollos tan extraños. La gente se complica mucho la vida en los aeropuertos. Yo le hubiera comido el coño en los lavabos a una inglesa de cara redondita que llevaba unas babuchas como en las mil y una noches. Qué hermosa. Parecía una virgen vestal.

La gente se apiñaba delante de los anuncios de vuelos para Egipto. En realidad no ponía Egipto en los anuncios digitales, era un anagrama con las tres pirámides: la de Jufu, la de Jafra, la de Menkaura, pero la gente sabía que aquel vuelo iba para Egipto. (Tenían pinta de iluminados, discípulos del profeta Bin Laden, vete tú a saber, hay gente mu peligosssa).

Esto es en el presente:
Hoy jueves me soltaron en Madrid a las ocho de la tarde de una oficina, quiero decir que no salgo de la cárcel.
Desde mi habitación del hotel, si me asomo mínimamente hacía la derecha, veo un poco los árboles amarillos de el Retiro. No estoy tan sólo como me parecía.

Era diferente aquel Febrero, lo sabía por el corazón, nunca antes tan extremadamente inconstante, como si fuera a salirse de un momento a otro, igual que las bailarinas de una cajita de música.
Poema sobre el corazón. Título: Pensaba en ella. Hora: doce de la noche.
De repente da un vuelco,
me tiro boca abajo sobre el colchón,
y tengo una erección.
(Rima, no lo pretendía)

En el amor existe esa dualidad que le llaman el objeto amado y el amante, que es otro objeto, así, tan puro y matemático. Yo podría ser como una silla, o un banco del parque, o cualquier cosa; pero te amaba. Digo, que te amaba en el sentido más estricto, pero no existía posesión. Cuando amas así, y el objeto al que amas te desdeña, te rechaza, eres un simple mueble, una silla por ejemplo, ya lo dije: es la dualidad amante objeto amado. Nada de ella te es indiferente. Puedes percibir su halo. Ella tiene santidad y está sobre un pedestal decorada con flores de primavera, la adoras.

En una hora me he duchado, he cenado.
-Y ahora qué, pringadillo.
Me tiro sobre el colchón. Si llevas un portátil lo enciendes te lo pones sobre los huevos y te los calienta, los huevos.

Recuerdo:
En mi pueblo amé mucho a un cerdo. Bueno, había cuatro cerdos pero yo amaba a uno. Os quiero decir que yo era un niño. Mi madre me soltaba la pequeña piara por un surco de vecindad en donde había mucha yedra por las paredes, zarzales con moras rojas que manchaban igual que el vino tinto, líquenes de color verde y mucha hierba que crecía sobre tierra blanda. Yo amaba mucho aquel cerdo porque me seguía como un perrito pequinés a todos los sitios. Un día apareció el matarife que era de Fonsagrada, traía tres cuchillos muy grandes y afilados. A mi cerdito lo cogieron entre tres hombres y el matarife le empezó a meter el cuchillo por el cuello. Yo estaba muy lejos y aún sentía aquellos chillidos. Y yo sabía que era mi cerdito, el que me dejaba abrazarlo por detrás de sus orejotas grandes, el que me empujaba con el hocico. Sabes, los cerdos parece que chillan igual, pero no chillan igual, aquel que se estaba muriendo era mi cerdo, y yo lo sabía.

Y le haces poemas, y caminas en las mañanas de Febrero por la misma ruta que ella caminaba, por si acaso aparecen sus ojos por una extraña coincidencia y le puedes decir: hola, que casualidad, siempre coincidimos, qué extraño, verdad.
Si amas así pide la cuenta, paga y sufre, eres un puto romántico del carajo. Has resucitado para ser zombie por las calles.

Otro poema:
Te estoy cogiendo tanto cariño.
Que te compraré una cocina al estilo americano.
(Como las de las películas)
Y te cogeré por atrás con el mandil puesto.
Y te diré poemas de Juan Luis Panero a los oídos.

Alguna vez parece que te huelo, me bajan efluvios del tercero derecha, debajo mismo de tú ventana. Ves a un hombre perdido, mirando como un lobezno con esa barbaridad de cara, y esa forma de caminar supersticiosa. Para que te aparezcas hago esas ceremonias: me rozo en las esquinas; para que me hables: doy dos vueltas a los troncos de los árboles del paseo, uno sí otro no; para que me de la mano: cuatro saltitos dos pasos largos y dos saltitos en tijereta; para que me de un beso sublime en los pómulos: le micciono al del quiosco de la revistas sobre los coleccionadles de coches de carrera (y salgo pitando…).

Es una ceremonia de presentimientos y traspasas el campo de la realidad para entrar en la más absoluta de las supersticiones.
Esto es otro recuerdo:
En mi casa teníamos una Sagrada Concepción que hacía milagros (nos tocaba cada tres meses). Yo la vi un día levitar sobre un brazo de gitano, y sobre un potaje gallego que estaba haciendo mi madre. Pasó sobre las morcillas del compango, sobre un vaso de vino blanco, sobre una hogaza de centeno, y sobre una cantara con leche para hacer manteca. La virgen, una vez le dijo a mi madre que yo cogía una cucharilla del café y la pasaba despacito por encima de la leche para comerme la nata que flotaba (por la canícula la leche se cortaba dentro de la artesa). Bueno, yo no sé si se lo dijo la virgen, o quedaban marcados mis labios pequeñitos de color blanco a lo nata.

En la habitación del hotel el espejo del baño desprende calor. Acabo de meter en la bolsa de viaje un kit de afeitarse, dos jabones de glicerina, un cepillo de los dientes con un tubito pequeño de pasta, un cartoncito que trae aguja, dos botones, un imperdible, e hilo. También hay un albornoz blanco, como de boxeador, que si cogiera en la bolsa me lo llevaba.

Ahora mismo está precioso mi capullo.
El objeto amado también es cuando te haces una paja, si ya te la has puesto tiesa y la empiezas a menear. El objeto amado es tú polla y la acción coordinada de tú mano. Es un conjunto indisoluble. Digamos que el placer revierte a ti de forma cósmica, no quiero complicar las cosas metiendo estrellas.

Hace unos días releí el Extranjero de Albert Camus. Observo lo inmediato, así, de esa forma. Lo que me rodea, lo que pienso, etc. Los momentos son tan simples.

El enamorado no correspondido es una piltrafa, y se habla a sí mismo. Lo descubres con un pie en el suelo y otro dando vueltas, y te dices, le falta un tornillo al pringado de la esquina.
Pues mira, existen esos hombres y esas mujeres. Lo darían todo por un roce, y ese roce los pondría como una fluorescente, radiantes, excitados, erizados por los pelos de los brazos. La piel de gallina también sale cuando te estremeces.

Las camas de las habitaciones de los hoteles les someten tanto las sábanas por debajo del colchón que para meterte debajo tienes que ser espeleólogo. En esta habitación hace un calor insoportable, y hay doble ventana, la de fuera es de aluminio, la de dentro de madera, lleva un pasador en la mitad. Cuando las abro me entra el ruido de la calle, y el aire, así tan frío.

Mañana a las nueve de la mañana retornan el bulto en el vuelo IB0477. En el paquete pone: Por favor tráteme con cuidado, en mi casa no me espera nadie, y soy muy frágil. Por favor, le ruego que no me pisen.
Lo cierto es que vuelvo para ver un mar inmenso, pasaron unas horas y es como si ya se me hubiese olvidado.

Tantas mañanas de Febrero baldías para el último romántico.
Y ni un rastro de su perfume.
Resumiendo:
El vuelo IBE0478, Madrid, Borges, Joyce, Egipto, Jufu, Jafra, Menkaura, Bin Laden, El Retiro, otra vez Febrero, el corazón, el colchón, la pajita que me hice pensando en ti, el amor, el ordenador portátil (HP), Fonsagrada, mi cerdito querido, el matarife, Juan Luis Panero, La Virgen, mi madre, el potaje gallego que sabía a morcilla de sangre, la nata de la leche, los jabones que robé del hotel, el albornoz que no pude robar, el propio hotel, Albert Camus, la piel de gallina que se me puso, el vuelo IB0477, el último romántico, y la hora: las nueve de la mañana en que me iré de Madrid, el mar que pronto veré, y tú que sólo estuviste por unos instantes en mis sueños.

martes, 1 de febrero de 2011

AGITADO CORAZÓN EN MIS OÍDOS.


Cuando murió mi gato se me pasó por la cabeza tirarlo al contenedor de inertes, pero fui hasta allí con mi gato metido en una bolsa de plástico negra, y al abrir el contenedor lo vi repleto de conchas de mejillones y restos de bacalao al pil pil,
y me dije,
no,
mi gato no puede ser tirado ahí y triturado con todo eso, recuerdo,
era por la noche y tuve que mirar al cielo buscando al Dios de los gatos, y no estaba,
y me dije: no importa,
por el Dios de los hombres yo a mi gato no lo tiro ahí para que lo machaque el camión de la basura entre restos de bacalao al pil pil y conchas de mejillones malolientes.
Cogí a mi gato, ya sabes como van los gatos muertos dentro de una bolsa,
encogidos,
las piernas de delante juntas a las piernas de atrás, como si fueran corriendo por la selva, y resulta que mi gato no corría, estaba muerto.
Yo sé, que tener lástima por mi gato, de esta forma que os cuento,
es pasarme un poco.
Ayer, por ejemplo, en la cola del paro me hice tres amigos.
-los llamaré los amigos de la cola del 30 de Enero del 2011, lunes, a las doce de la mañana, por si luego se me olvida-.
Hablando con ellos me dijeron que tenían gato, y que eran de color negro.
Nada supersticiosos, mis amigos de la cola de los desamparados.
Como decía,
tener lástima por mi gato, no es de recibo.
Hay otros ojos y otras piernas y otros brazos, descoyuntados,
y además cuatro paredes llenas de hostias.
Y detrás de ellas, aparentemente, mucho sufrimiento: hostias y hostias, y cuchillos;
y ojos perdidos y enfermos extrañamente inertes.
-Cuando voy por una avenida, miro a las casas, así, de refilón, y pienso eso.
Como cuando pasa una ambulancia y te dices: posiblemente vaya alguien muriéndose, o alguien naciendo boca arriba-.

Vuelvo con mi gato en su bolsa negra.
Estaba yo, mi bolsa con el gato, y el cielo, y una mujer limpiando las calles,
y las luces amarillas, y aquel frío.
Volver con mi gato así, ya era un entierro, desde el momento en que pensé en la divinidad y en el Dios de los gatos que lo puede todo.
Desde ese mismo momento ya era un gato que llevaba un alma dentro.
Y entonces, antes de entrar en el portal, me quedé parado.
Y recé:
gato nuestro que estas en los cielos…, tres veces,
Santa Maria madre de dios…, cuatro veces,
creo en Dios padre todo poderoso…, una vez,
Y así,
subí las escaleras con cierta lentitud y parsimonia ceremoniosa- era un entierro-.
Entraba en mi casa con un alma, ya era un ser de Dios todo poderoso.
Salí a la terraza.
Tenía un tiesto largo cargado de geranios rojos, extrañamente,
eran supersticiosas flores.
Los arranqué de cuajo.
Cogí a mi gato, aún era largamente hermoso, con sus grandes ojos azulados y profundos, aún abiertos, y lo besé en el medio de la frente.
Levanté mi mano y le hice la señal de la cruz metiéndolo en el fondo de aquel tiesto.
Tenía papel de celofán, y una tela de terciopelo verde oscuro.
Se lo puese encima, también le tiré unos pétalos de flores rojas de geranio.
Y lentamente lo tapé a puñados con la negra tierra.
Arrastré el tiesto a un lugar preferente de mi terraza, con una pequeñita cruz de dos palillos mondadientes,
y así,
de pie,
recé una oración que me inventé yo mismo:

Gato que me has amado
Gato que me has mirado como una hucha todas las noches.
Gato que has jugado conmigo.
Gato que has escuchado por mí.
Gato que has dormido en mi regazo.
Gato de mi alma, que ahora estás en el cielo de los gatos, ven a verme por las noches,
estoy tan sólo.
Mírame con tus ojos del color del mar y déjame sentir tú ronroneo y agitado corazón en mis oídos.

(Sobre la tumba de mi gato presiento que saldrán geranios rojos.Es una premonición).