martes, 25 de octubre de 2011

GIRASOLES.


La muñequita, un nudo de lana y ropitas de sábanas rotas, y unos arces con las hojas rojas que trasparentaban el azul como si dibujaran miles de firmas con lapiceros de colores. Una carretera muy larga por donde pasaban coches cada dos horas, un camión iba lleno de gallinas y era una prisión de gallinas, y los girasoles se daban la vuelta al medio día en aquel sitio en que la carretera era un badén y te podías suicidar cada dos horas si eras muy listo.
Yo una vez te vi con una blusita que tenía una pajarita en forma de hélice sobre tu espalda, la blusa era blanca y tenía una mancha de huevo sobre un bordado de una casita que echaba humo; pero no me dejabas tú muñeca cuando subíamos a la carretera, y en la carretera esperábamos a que pasase un coche sobre el único cambio de rasante que había, la carretera venía desde aquello tan lejano que era donde empezaba el infinito.

Me llamo (Beni) Benigno.
Ahora mismo no estoy haciendo nada, no tengo ganas de hacer nada, no voy hacer nada y presiento que tardaré en hacer nada, es esa forma en que te encuentras cuando te sobra el mundo y no quieres hacer nada, sólo dormir.
Recordar es no hacer nada.

En el lavadero las mujeres tenían un culo que se movía a ritmo de mambo y el agua estaba muy fría. El lavadero tenía tejas gordas de pizarra, y nidos de golondrinas en unos aleros en formas de festón. El agua olía a jabón de sebo y dejaba unos rosetones blancos que querían ser espuma pero no eran como la espuma.

Había lagartijas que se asomaban igual que lo hacen las lagartijas.

Y yo me sentaba a esperar para subir contigo con tu muñeca de trapo y jugar a que se suicidaba en medio de la carretera, haciendo tiempo, cada dos horas, por si pasaba el coche de línea o el taxi del Patriarca que tenía dos agujeros en las puertas de atrás y era de madera por dentro. El Patriarca que tenía unas gafas tan gordas que siempre iba arrimado al limpiaparabrisas todo lleno de mosquitos y moscones medio muertos.
El Patriarca que un día a las tres de la mañana se cayó al río por el puente de la Hondonada recién entrado el primer domingo de septiembre, porque decían que tenía mucha pena por ti y por tú muñeca de trapo.

En la cuneta también había amapolas todas rojas, y una vez vimos una culebra y un hombre allí tirado, y la culebra pasó de largo, y el hombre siguió durmiendo.

La muñeca no quería suicidarse porque era de trapo y además era feliz y cuando la besabas mucho siempre se reía (bueno, se reía siempre porque tenía la boca dibujada hacía arriba). Y si la poníamos en aquel cambio de rasante tan brusco y nos alejábamos parecía un puntito blanco allí tirada. Por un lado estábamos nosotros y los girasoles girando muy despacio, al medio día sólo se paraban un poquito, muy amarillos, llenos de avispas, abejas y abejorros con su traje medio negro, entre aquel hervidero evaporado, que hacía que en la distancia se moviese todo, menos tú muñequita que estaba allí tirada, suicidándose.

¿Era un espejismo, o un sueño? La muñequita de trapo nunca se quejaba sobre el asfalto pegajoso.

Tener una carretera, un lavadero y girasoles eran tener muchas cosas, y además cuando bajábamos por la senda había una tubería media rota por donde bufaba el agua, muchas libélulas, y los arces muy tupidos de hojas por donde casi no se veía el azul.

Un día jugábamos a suicidar a la muñeca de trapo, y otros días te perdías entre los girasoles y te buscaba al escondite entre los girasoles, entre los girasoles no oyes nada, acaso los girasoles hablándose como se hablan los girasoles, contándose sus cosas de girasoles, hoy hace un buen día, cómo está usted, hoy está pleno de luz, hoy da gusto ponerse a tomar el sol con todos los girasoles.
Un día que era de escondite y que yo salía de entre los tallos verdes tratando de buscarte, encontré de repente la carretera, la carretera se hizo sin quererlo como una gran pista que te llevaba o te traía del infinito, y miré a los lados y estabas allí, en el cambio de rasante, estabas allí tirada, y corrí mucho hacía ti porque estabas tan extrañamente quieta, como si te hubieras suicidado tú que estabas hecha de piel y tú muñeca que estaba hecha de trapo.

lunes, 24 de octubre de 2011

PAPEL DE CELOFÁN.



-Hablo de una Existencia.
Era un blanco sin nada, y un día tras otro sin más.
El infierno estaba sobre la endeble tela que contenía este universo. Todos los humanos desde el primer segundo en que un homo urdió la primera estrategia. Cómo hacer para conseguir comida inalcanzable de un árbol que tenía raíces en forma de tirabuzones.
Yo ya meaba sobre las brasas del fuego cuando era niño, y salían los espíritus en forma de vapores que daban vueltas y te miraban.
Todos los sacerdotes esquizoides.
Un sacerdote manosea y abre los brazos, después de muchas ceremonias incomprensibles.
Muchas veces mirando el azote del viento, los altos montes con una serpiente de llamas, las ramas estallando sobre los tejados.
Meaba de miedo donde la iglesia tenía una piedra para rifar pollos en forma de cuenco.
De arriba abajo la cal arrojada sobre la pared con ramas de pino, sin nada más que el blanco.
Todos los muertos cogidos de la mano de una estrella a la otra.
De día los nimbos en forma de tripas de cerdos abiertos al canal. Todas las mazorcas enseñando los dientes en fila. Dientes de leche y dientes carcomidos.
Sobre el centeno los cornezuelos como muelas cariadas de viejo. Esperando para enseñarte infinitos colores.
Aquella obsesión de apagar el fuego, tan ancestral.
Mis delgadas piernas, mis pantalones cortos, y un chorrito que casi no era nada.
Luego el vapor y unos ojos que me miraban desde detrás del universo.
A partir de ahí toda la vida alerta, siendo una presa fácil.
Y siempre el fuego, desde el principio.
Los sacerdotes abriendo los brazos, no importa a qué.
Todos los asesinados están sobre un leve y finito horizonte.
Mirando nuestro mundo a través de papel de celofán.

domingo, 23 de octubre de 2011

LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.


El éter y el aire.
Lo que llamaban éter en aquellas circunstancias en que veían tanto azul, que en realidad no era azul, era lo que era, algo indeterminado, transparente o negro. O lo que se llamaba aire que estaba dentro del éter y permitía a las ondas llegar hasta donde se podía llegar por su resistencia. A ciencia cierta nadie lo sabía, nadie sabía nada de cómo era aquella propagación hace casi dos siglos. Considerando todo esto, el éter, y el éter mezclado con el aire, todo fue razonado como un cable infinito por donde podían circular ondas, desde ondas infinitesimales hasta una onda infinita, la onda de las ondas, quizás la voz modulada de Dios, si existiese, y que además vibraba, vibraba y vibraba desde los confines y hasta los confines, rebotando dentro de una esfera de diámetro infinito.

El niño y el piano.
Aquel niño tocaba el piano en una sala grande que daba a una campiña verde, por su ventana se veían rosales allá por mayo. Era admirable su facilidad para las polonesas, mazurcas y nocturnos de Chopin. Su madre, completamente sorda, apreciaba el movimiento de sus manos sobre las teclas, cuando pulsaba las teclas parecía que algo temblaba, si posabas la mano sobre su pulida madera de abeto, sentías cierta sensación de movimiento, algo que llevaba alto y bajo (las notas del todo y la nada, el diapasón de la vida); movimientos vibratorios armónicos que hacían oscilar lo rectilíneo en secuencias uniformes unas veces, y otras con aquella sensación trasmitida hacía las membranas de los tímpanos de forma desigual y arrítmica.
La madre, posaba, la trompetilla e inclinaba la cabeza sobre la caja de resonancia del piano; otras veces incluso se escondía en la parte inferior, agachada sobre el mismo fondo apoyando sus rodillas en el suelo, para captar mejor la amplitud de las notas, mientras veía de soslayo los pequeños pies del niño moviéndose sobre los pedales.

Las vibraciones.
Cuando todo vibra el equilibrio en nuestro entorno es inestable, originado por la amplitud de la propagación, existe la velocidad constante y la aceleración; si el medio es el aire existe la resistencia a las pulsiones de su movimiento. El niño se obsesionaba por las vibraciones que originaba la tabla armónica y las cuerdas, las sentía, y estaba triste porque su madre no podía oír las hermosas notas del piano, captar las frecuencias que hacían a los sonidos diferentes. Los labios cuando se mueven emiten vibraciones, y el sonido que emiten genera ondas, pero su madre sólo podía leer sus labios, viendo su mímica, y sentir aquel cosquilleo casi imperceptible, las sensaciones físicas del movimiento oscilatorio de la caja de resonancia del piano a través de aquella trompetilla, que la transportaba al aparente mundo de los sonidos.

La obsesión.
Como su obsesión continuaba, cuando el niño creció se rodeo de sordos, daba clase a niños sordos, y todo giraba entorno a las vibraciones. Lo que hace vibrar puede escucharse de una forma u otra. En la clase había diez niños y muchos globos, globos de colores. El niño que ya era grande hinchaba un globo y llamaba a un niño, y el niño se acercaba, ponía el globo sobre su oído, y él hablaba al globo: “las flores tienen colores”, pronunciando fuerte y pausado las sílabas con su boca sobre la superficie suave del globo; y el globo azul, rojo, amarillo… lleno de aire vibrada sobre la sien y la oreja del niño, y el niño sentía unas ligeras cosquillas sobre su cara, y se reía y reía. Porque aquel extraño silencio tenía vibraciones, como si Dios tuviera labios sobre un globo azul y hablara sobre una leve y fina capa de membrana que rodease al universo , porque el viento y el éter son como una gran cuerda infinita, y todas las palabras se quedan allí resonando y resonando por los siglos de los siglos.

miércoles, 19 de octubre de 2011

PARA SIEMPRE.



Hay veces en que la tarde no se sabe cuándo empieza. Mirabas el cielo y aquí y allá había jirones azules entre un color plomo envejecido. En aquel momento una mosca fina de patas muy largas iba y venía sobre el plano de la televisión, dando vueltas de arriba abajo, de izquierda a derecha.No había mucho más qué hacer en nuestro mundo.Observábamos con cierta indiferencia las desgracias del telediario.

A Koya la estuve viendo un año entero sentada a la entrada del Mercadona de Lozoya, hiciese calor lloviese o nevase o no hiciese nada el día, o estuviese el día parado, el día solamente claro, sin nada especial. Después de comprar el pan le dejaba quince céntimos de euro. Y yo me iba con el pan, daba la vuelta a unos escaparates llenos de baratijas, a una tienda de electrodomésticos, a un cerrajero que copiaba llaves, y me iba a mis escaleras que daban tres vueltas y media vuelta más, hasta una puerta con aldaba dorada en forma de puño , aún, y abría, y allí estaba todo el pasillo con la cocina al fondo y varios sonidos del patio de luces, muchas más veces una berrea de niños, muchas más, o como si se lastimara un anciano, o por algún motivo suspirase una mujer, o vahídos, o no sé.

Me despertaba a veces por la noche y daba la luz y pasaba la mano por mi frente. Se me escurría una camiseta de felpa con tirantes, me hacía un grumo en la intercostal y escuchaba que caminaban por la calle. Al apagar otra vez la luz se me venía la peruanita Koya, su mano llena de rayas negras, sus rasgos de cara de crucifijo, marcados todos los huesos que tenemos en la cara, su pelo negro pegajoso que le tapaba la frente, muy largo también por su espalda, y sus ropas llenas de filigranas que le tapaban todas las piernas.

Una vez. Una vez me levanté todo enjuto, mis piernas como varillas de paraguas, mis hombros con dos huesos en punta por donde se posaba la piel, el estómago hundido hacia dentro, y me hice un café con leche y empecé a mojar pan, fue hace dos meses, en que encendía la radio y alguien lloraba.

Me vino a la cabeza Koya.

Al día siguiente empecé a hablar con ella de los valles de Tarma y fue cuando me dijo su nombre, Koya. Subía a veces dos barras de pan, en dos veces y me quedaba hablando con Koya de nada en particular, yo le veía los ojos hundidos y sus pómulos como dos huevos, y siempre sus manos con las lineas de la vida marcadas de negro, y su olor a no sé qué. En estas cosas hablas de la soledad que es común, y de la miseria que es común y del frío y del calor que es común, a veces se pensaban que éramos los dos pidiendo si no fuese que yo llevaba un pan bajo el brazo. Y a quince céntimos muchas veces, hasta un día que había retornado la lluvia y le dije sin muchas esperanzas que viniese conmigo, pero fue esa sorpresa de verla de pie todas las piernas tapadas, detrás de mi , en fila india, con aquella volantera de faldas de chillones colores.

Sí. Sin duda.La tarde estaba empezada.

Éramos tan frágiles uno junto al otro que no había muchas esperanzas. Se daba la casualidad de las lluvias de octubre con esa suavidad y aquella mosca de patas largas de arriba abajo, de una esquina a la otra. Una vez, quiero decir, una vez en aquel momento perpétuo, Koya estiró su mano. No sé si mi mano estaba fría ya para siempre.

martes, 18 de octubre de 2011

BOCA ARRIBA.


Dedicame el tiempo necesario, le dije, cuando me desperté.
Había soñado que el mundo tenía una máquina de gigantescas levas fabricando millones de billetes,
y que,
había tanto dinero que para comprar un caramelo de color rojo un niño debía llevar la mochila de la escuela repleta de estampitas, y que el quiosquero no quería calderilla, y que el quiosquero sólo vendía piruletas a cambio de billetes de quinientos. Eso las piruletas. Los donuts ni con eso.
Me desperté y una pierna de Ella se había quedado sobre mi cadera, como la maleza de un torrente desecado. Yo como un tronco de abedul con la barriga blanca.
Estaba sólo, sólo había sido un sueño, sólo.
Cuando desperté no dije nada, estaba despertando, y otra vez sólo, estaba sólo.
Estaba.
Y qué.
Hay historias que empiezan por otra vez tengo que salir a la calle.
Hay historias que empiezan en un sueño y no terminan nunca.
Hay historias que acaban y cerró la puerta.
O, era una historia sin historia, un mínimo punto en un libro de 188 páginas en blanco, que no decía nada.
Habían fabricado demasiado dinero y el amor se cambiaba por varios kilos de patatas.
Empezaba así:...se canjeaba.
Un roce sin amor por varios pimientos morrones.
Y un beso en las mejillas de esos que te abrazan gratis por dos cajetillas de tabaco.
Con un billete de quinientos casi nada, un mínimo imperdible. Un globo azul para un niño era equivalente a un tercio de estampitas, dos palmos de papeles recortados.
Un invento de los chinos, por ejemplo, calderilla.
Había soñado. Dedicame gratis un poco de tiempo. Ven a verme.
Deja tu pierna ortopédica sobre mi como si nos hubiera desplazado un gran tsunami..
Y ya hubiese sol sobre bidones de petroleo machacados, uralitas retorcidas.
Y que.
No sé cuánto más.
No hay historias.
Sólo existe tu historia.
Me quedé tirado boca arriba.
PD. (...poesías como las tuyas ya las han escrito billones de personas)

domingo, 16 de octubre de 2011

NI SIQUIERA EL MIEDO.


Io le decía a Zeus, ven y fóllame. En una pausa. Los domingos por la tarde.
Ocurría en octubre en el final de la tarde atardecida. En una pausa. Arropados contra el frío.
No hay nada más hermoso que follarse, incluso sin amor, follarse, las piernas abiertas, o las piernas sobre el cuello, o dándole golpecitos sobre su culo, a golpecitos como a un tambor sintetizado.
Por las tardes de octubre, cuando follas, sucede la metamorfosis, incluso de lado, incluso ella cabalgando, incluso ella posada como una mariposa, tan leve, como debe ser el inicio del final del mundo.
Dame pan de centeno, aceite de oliva y vino tinto en una tarde de domingo de octubre de frió de atardeceres blancos de aves diminutas que en el crepúsculo se posan como equilibristas sobre las hojas infinitesimales y amarillentas de los pinos.
Tú recuérdame.
Vendrá la muerte a buscarnos a rescatarnos, nos acurrucaremos en su manto huyendo de la miseria.
Ves a Júpiter como una estrella blanca cuando ya existe el púrpura.
Esperando el final.
Ámame aunque sea sin amor. Arrópame un domingo por la tarde.
Me huele tanto a ti que de verdad no me siento sólo.
Ni siquiera el miedo.

sábado, 15 de octubre de 2011

MI MANO DERECHA.


Llevo cerca de un año con una ansiedad que está condicionando mi vida. Había refrenado mucho mis impulsos instintivos antes de esta situación. He perdido la delicadeza para poder amar con cierto orden. Incluso, a veces, tengo la sensación de estar castrado simbólicamente. En lo que yo llamo mi conciencia aparecen irrefrenables pulsiones que a veces me dan hasta terror de mi mismo.

Me habían hablado de un trauma en mi nacimiento. Tanto tiempo allí en aquella suavidad como si no quisiera separarme de mi propia madre. Esta es una fantasía recurrente. Es como si llegasen a mi como una inundación todos los estímulos recibidos durante ese corto trayecto hacía la vida. Mi sistema nervioso bombardeado por infinidad de estímulos que me obligan a contener reacciones excesivas.

-¿Es que estoy loco?
-¿Mi madre también me trasmitió sus ansiedades?

Cuando mi madre desaprobaba mi conducta sentía una desazón increíble, próximo a un desencadenamiento somático sin precedentes. Incluso con repentinos e inmediatos eccemas ectópicos.

Quizás tenga algo que ver con mi desamparada maduración como niño, cuando mi relación biológica y psicológica eran de una dependencia total. Ese miedo a la pérdida de mis ataduras como si temiera ser un naufrago indefenso. El miedo a la pérdida del amor de mi madre.
-¿Pude haber nacido solamente con miedo y con rabia?
-¿Fue mi madre sobreprotectora?
Lo único claro de todos estos razonamientos es mi vulnerabilidad al stress. Trato de rodearme de argumentos reparadores sin conseguirlo. De ahí mis estados de agitación en momentos que no puedo controlar.
Fui desaprobado de niño infinidad de veces. Castigado infinidad de veces. Mis padres tuvieron respecto a mi expectativas excesivamente elevadas. Quizás mi conciencia demasiado represiva y escrupulosa haya heredado también esas rigideces.

He conseguido meditar. Me he sobrepuesto al dolor. Incluso he roznado metódicamente mientras me desangro en el lavabo, casi sin fuerzas. Mi imagen pálida sobre el espejo, mientras sostengo mi polla, colgando como un trofeo, de los dedos de mi mano derecha.

viernes, 14 de octubre de 2011

NO LO SÉ.



Por si un casual, me he desprovisto de todo lo suntuoso. Lo que llevaba a cuestas y todo lo que estaba preparado para subir a cuestas, la belleza entre otras cosas y otras sensaciones difíciles de explicar.
Ya no me abruma nada. Ya nada.
Algunas veces eché en falta la astucia para sobrevivir. La estrategia que tienen los cuervos para sacar los gusanos. Observar antes. No precipitarse como los buitres.
Algunas veces existía la belleza, esa sensación de observar absorto y ver los que otros no veían. Explicarles atardeceres suntuosos, atardeceres fuera de la ley, y cosas mucho más allá de las finanzas que me explotan.
Me levantaba como un resorte un día tras otro a las seis de la mañana para ir al trabajo.
Lo absoluto era mirar si llovía tras las ventanas. Si azotaba el viento. Si clareaba. Y luego la memoria. Lo inacabado del día anterior. Y luego cosas del amor. Si aún amaba. Si aún existía esa sensación. Y luego acaso el deseo. Y luego quizás el miedo. Y no sé hasta dónde podré caminar. No sé hasta donde este impulso de la verticalidad.
Hubo una primera vez que alguien miró al cielo.
Desprovisto de todo los suntuoso. Lo que cubría mi piel. Lo que me alimentaba. Lo que me trasportaba en el sentido literal de cambiarme de ubicación, la sensación de la inercia intentando proseguir. Desprovisto del romanticismo, a esas horas, en que la mañana está puesta por una casualidad, en que la tierra ha dado una vuelta para recogerte.
Y cosas así.
Sí.
Sí.
Me habían engendrado, me habían criado, me habían sujetado un día de una mano larga.
Y otro día había mirado de dónde procedía el brazo, y la había visto a Ella después de haberla olido, después de haberle escuchado sus arrumacos, para que me desvaneciera en el sueño.
Tengo un problema. Sigo sin recordar los sueños. Sólo despierto cuando voy a llegar a los adoquines.
Desprovisto de unos cuantos colores para evitar el despilfarro. (Sólo rojo, azul, violeta...)
Desprovisto de las ganas de aprender, sólo rozando superficialmente los fenómenos.
Por qué gira la tierra.
Por qué existe lo más diminuto aún.
Por qué la sangre no sale por mis oídos.
Por qué todo es blanco y negro.
Por qué siento tanta angustia.
Por qué, y de qué me viene tanto miedo.
Desprovisto de tanta belleza. No observo tanta belleza. No.
No.
No.
Tanta belleza en todo lo que subsiste, el más mínimo insecto que deseo aplastar.
Los ojos indefensos de los animales, y mi gesto iracundo.
Desprovisto de todo los suntuoso. No atacar militarmente al enemigo con amor. Desprovisto.
El alma apagada.
Es la enésima vez que me levanto en el billonésimo segundo de mi vida.
Los primeros recuerdos son para ti.
No sé quién eres aún.
No lo sé.

miércoles, 12 de octubre de 2011

UNA Y OTRA VEZ.


Yo había llegado antes a la Cita, y como tú no estabas me fui a dar una vuelta. Tú llegaste dos minutos antes, y como yo estaba dando una vuelta tú te marchaste pensando que yo no había llegado a la cita. Me había alejado demasiado y cuando volví ya era tarde.
Quiero decir tarde en la inmensidad.
En la Cita no había nadie.
Quiero decir nadie en el sentido de la soledad inmensa.
Se dice: en la Cita era como si el silencio tuviese forma de humo, y todo fuera transparente. Al final nadie. Es como si el corazón bajase el ritmo al fin, es como si el corazón se diese cuenta antes. El corazón está antes que todo, lo percibe de esa forma de sobresalto. Es como si los dedos vibrasen en un instante antes de la muerte, la mano se les queda así, con los dedos hacía arriba, con los dedos ligeramente encogidos hacía arriba, con los dedos..., así, con los dedos....
Es una suposición.
Es un razonamiento que yo me hago.
En realidad no sé si alguna vez estuviste debajo del olmo, donde las palomas esperan la comida, y dan vueltas una y otra vez sin asustarse, una y otra vez por si les tiran comida, una y otra vez unas palomas u otras distintas dando vueltas, esperando comida, sin nada qué hacer.
No sé.
O quizás
otro día.
En una laguna del parque había nenúfares y peces color naranja. Los árboles tupían el cielo. Las hojas dejaban ver su parte oscura al viento, algunas veces, al viento. La única necesidad que yo siento es no estar sólo a veces. Otros como yo. A veces otros como yo van caminando y por su forma ágil llevan una decisión encima, o llevan palabras en espera para decir, meditadas.
Se les nota como meditan en las palabras y las van repitiendo para que no se les olviden.Quizás era hoy cuando llegué antes a la cita.
Había un torrente de luz, de súbito.
Quizás la cita debió de ser ayer. Incluso. Hoy no siento esa necesidad de verte. Era ayer.
Mi mano buscando algo en mis bolsillos: una sortija abandonada que coge en mi dedo meñique.
El silencio va contigo. Lo absorbes.
Sé que has estado aquí antes para decirme que hasta aquí hemos llegado.
A ciencia cierta,
ahora las palomas, una y otra vez.

martes, 11 de octubre de 2011

EN EL 1996.


Yo no sé si recuerdas el último beso que has dado. Algunas veces la boca así o asado.
¿Usted sabe qué ese eso?
Tengo algo con el año 1996 que no lo recuerdo. De los otros repaso hasta donde creo que son.
Del 96 hacía atrás.
Del 96 hacía adelante.
Hubo situaciones frenéticas de amor. Bocadillos de sardinas. Flores silvestres. Y atardeceres.
Por decir algo. Olores.
Me llevo la mano a la boca según voy, me la tapo, y me huelen los dedos al 1996, pero no lo recuerdo. Tal vez cierro los ojos para no abstraerme, y espero con la boca relajada en un gesto, esperando, pero ni un roce del año 1996.
De otros años, del 1983, por ejemplo, cuando el mar subió tanto en el mes de Junio. Veo los peces muertos, las bocas abiertas al final después de varias veces abiertas, quedando abiertas, los ojos llenos de sangre.
Te amé de pie, eso lo recuerdo, no sé ponerle el año.
Y un día muy miserable en que tuve que pedir para el tren en una ciudad que no había tren.
Te había amado de pie.
Dicen que vas perdiendo la memoria de los años en desorden, aleatoriamente.
Pierdes todo el amor que había en ellos, y quedas descolocado. Con que te falte una año se pierde la cadena.
Lo intento pero no debo poder, porque lo intento.
Ya.
Ni estoy fijo que pienso en el 1996.

SACRIFICADO.

Me da que debo estar mirando al firmamento. Digo esto porque existe esa oscuridad de las noches sin luna, y, a ciencia cierta, no sé donde acaban las montañas y donde empieza el cielo. Lo único que tengo claro es que miro hacía poniente. Los que me trajeron hasta aquí dicen que este valle es sagrado, aunque desconozco las circunstancias de tales afirmaciones.
A mi me sujeta la mano una mujer aniñada de coletas rubias, y mi otra mano está en las de un anciano de barba descuidada y largas greñas blancas que le caen sobre los hombros. El círculo no sé dónde acaba. Nuestras caras se hacen visibles o quedan en la penumbra según se muevan las llamas de una hoguera que se encuentra en pleno centro, agitadas por la brisa, creando brumas azuladas que dejan el contorno con una extraña sensación fantasmagórica.
Desde mi posición puedo ver una especie de chamán levantando los brazos con las palmas estiradas hacía lo que sin duda es poniente. Distingo su indumentaria azulada y sus gestos moviendo en círculos los brazos, al mismo tiempo que grita una extraña oración. Por la oscuridad tan cerrada no podría calcular cuántos formamos el círculo.
Siento como la mujer que coge mi mano la aprieta de forma desigual, aflojándomela levemente, y volviendo apretarla al instante. Presiento que me quiere comunicar algo con aquel gesto, alguna señal que no llego a comprender.
Intentaba buscar la ciudad de donde procedía, pero el valle estaba más bajo que las colinas que lo circundaban. No había ninguna luz en la lejanía. De vez en cuando la mujer y el anciano tiraban de mis manos hacía arriba como si iniciasen un simbólico baile, yo me dejaba llevar como un autómata por sus leves impulsos.
Del fuego sólo quedaban unas brasas.
Cuando el día empezó a aparecer hubo un momento en que todo se quedó quieto, incluso la brisa. Los movimientos rítmicos cesaron quedándonos quietos con las manos caídas y entrelazadas por nuestros dedos. Ahora veía con cierta nitidez el círculo.
Era inmenso, casi no apreciaba toda su amplitud desde mi posición. Se empezaban a ver los contornos de las suaves colinas que nos rodeaban, eran de un negro volcánico, con una extraña simetría suavemente ondulada.
Vi que el chamán se acercaba caminando, portando una vasija cóncava hacía nuestra posición. Su andar era pausado y ceremonioso, caminaba levantando sus manos como si llevara un cáliz. Según se iba acercando descifré su cara afilada, su pose casi esquelética debajo de aquella túnica azul. Iba tocado con un pañuelo de seda que rodeaba su cuello. A unos metros de donde estaba el espacio que ocupábamos la mujer el anciano y yo, se quedó parado.
La mujer apretó mucho su mano contra mi mano, y supe que el primer elegido era yo.
Lo vi a unos palmos delante de mí con aquella barba blanca perfectamente recortada en el entorno de su boca, sus ojos hundidos de extraño brillo y llenos de excitación. Las palabras que dijo delante de mi eran ininteligibles. Ahora, también sentí la presión de la mano del anciano, su fuerza era casi de sujeción. El chamán acercó lentamente el cuenco hacía mis labios y abrí la boca tragando el primer sorbo.
Cuando mis rodillas fueron cediendo la claridad era inmensa. Un amplio sol nítidamente redondo se reflejaba recién salido sobre las negras colinas. Mis ojos ya casi cerrados pudieron aguantar su luz unos instantes. Luego, ingrávido, caí de bruces sintiendo un extraño dolor en mi estómago, como si una jauría de perros famélicos devorasen mis intestinos. Fue extraño percibir desde mi posición los pies descalzos de la mujer y del anciano. Oía aquellos cánticos que cada vez se fueron haciendo menos perceptibles.
Y hubo detrás de mis ojos otra oscuridad totalmente plena.
No cabía duda, había sido el primer sacrificado.


domingo, 9 de octubre de 2011

AGUANTARÉ AQUÍ.

Yo soy uno más de los doscientos mil que trabajamos en Google buscando palabras. Yo trabajo en una máquina llamada Algoritmo y es de uno de los últimos modelos, lleva un filtrador de palabras con movimientos vertiginosos sobre dos paletas y un eje axial, las palabras más grandes se quedan arriba, y las más pequeñas se van cayendo a otras máquinas Algoritmo que atienden mis compañeros. Mi jornada es de ocho horas. Es incansable. Sólo nos dejan cinco minutos para echar un cigarro (el que fume), o para ir al baño, previo levantamiento de la mano derecha para ser sustituido por un compañero. Os tengo que decir una particularidad, las palabras que más buscamos son: amor y sexo.
El otro día regresaba a casa muy cansadito, con mi camisa blanca, informal, y el nombre de Google de colorines, debajo de mi bolsillo derecho, y encuentro en el portal a la del segundo, creo que se llama Amanita (como las setas), y me dice, oiga, usted trabaja en eso de buscar palabras por Internet, pues yo estoy buscando una y no me sale, y le digo: pues usted la pondrá mal en el buscador, y ella me dice: ¿mal?, qué va, si es que son ustedes un desastre. La señora Amanita llevaba detrás de la espalda un muñequito, y un capirote rojo como el del día de los santos inocentes, no le di más conversación, dicen en el bloque que no anda bien de salud mental.
Lo que no me dijo es que palabra andaba buscando; vete tú a saber.
La gente me pide cosas raras, y no sólo la gente que no conozco. La noche del viernes al sábado a las tres de la mañana le da a la Nora (mi mujer) por cogerme el culo, luego le da por ponerse en la cama manos abiertas y piernas abiertas y le da y le da y le da y sin muchas ganas me tuve que poner encima de ella muy a medio gas; casi dormido. Cuando hacemos el amor la Nora y yo, siempre hablamos de nuestras cosas, muchas veces del niño, de cosas de la vida, del tiempo, de la loca del primero que no para de traer basura y ya huele; aquel día me suelta lo de la palabra “stramonium”, coño, le digo, pues mira nunca la vi caer por el filtro, y en aquella me corrí, se me había olvidado el condón, y le dejé unas gotitas de semen a la altura del ombligo. Salió como un rayo, y muy mala hostia, hacía el bidet:¡Mamón, no te pusiste el condón! ¡Qué maricón eres! ¡Mira que si nos sale otro como Vicentito!
Google tiene edificios standard, unos tres mil ochocientos veinte en todo el mundo. Estamos todos en nuestras salas muy abigarrados, apenas separados por unos biombos de media altura y un archivador. Es como un hormiguero. Me acuerdo un día en que tres máquinas de las que paginan los PageRank, se les averió la alimentación hidráulica al fallarles dos válvulas antirretorno de los sistemas de presión que se encuentran el sótano. Fue increíble, se desparramaron por el pasillo más de ciento veinte millones de palabras; tuvieron que venir seis camiones cuatro ejes para disipar todo aquello, y volvimos a dar servicio a las cuatro de la mañana. Aquel día, cuando llegué a casa, la Nora andaba a vueltas con Vicentito por un dolor de la tripita.
Un día se acerca a mi Monina, la que alimenta de palabras reversibles, las que diciendo lo mismo al final no entiendes nada; las que igual suben que bajan por las cribas. Me dice, que la llamo la Jefa de Sección al despacho por una protesta del Ministerio de Economía, por lo visto andaban buscando la biografía y los tratados de Keynes (en concreto: Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero), que lo querían poner en práctica otra vez, y que no lo encontraban en Google en el idioma castellano. La Jefa le dijo que habían comprobado el filtrado y que el problema estaba en ella, y ella le dijo, pues a mi Keynes no me parecía antes reversible, por eso no lo puse como tal, mira que poner a este tipo en boga otra vez.
Yo cuando llego a casa estoy muy cansado, siempre la loca del primero, como si me estuviera esperando para echarme en cara una palabra, como si yo las supiese todas, y luego Nora que se me abre de piernas y me habla del tiempo mientras follamos, y lo mal que empiezo a dormir de tantas palabras que tengo que ver, y que no entiendo, a lo largo del día.
Si encontrara otra cosa me marchaba de Google, el sonido de las máquinas, el olor de las palabras, al entrar, en la fábrica  ya me pone malo.
El trabajo está realmente mal. Aguantaré aquí.

sábado, 8 de octubre de 2011

INDUMENTARIA.

Hoy cuando llegué a casa eran las ocho de la tarde. Traía puesto unos calzoncillos de abanderado modelo underwear de cuadros a rayones grises en transversal y longitudinal, una camiseta tipo atletismo de color blanco de marca oysho (debe ser china), y que pone en la etiqueta we care about you. Bien. Los pantalones eran de pana de color verde oscuro hechos por confecciones Sur, en la calle Santa Justa de Málaga, ochenta por ciento de algodón, aunque en la etiqueta ponía Cortefiel de la talla del cuarenta y cuatro. Una camisa de la marca Cortefiel, pone en la etiqueta poplin Collection, talla xl, de color beis tirando a oscuro y rayas verticales de color vino. Un jersey de pico haciendo juego con el color del pantalón talla xl, no puedo deciros la marca porque tiene la etiqueta arrancada, desconozco por qué, yo no me acuerdo de haberla arrancado. Bien. También llevaba un chaquetón de la marca Pedro del Hierro, el color es más bien azul marino, pero tirando a oscuro. No vi la marca de los calcetines pero son de lana de color negro. Y unas botas bajas de cuero marrón calor de la marca Clarks, no estoy seguro con la r intermedia, por el desgaste de la suela, esa letra ya no se ve muy bien. En los bolsos tengo un móvil de la marca Nokia. Un pañuelo blanco, un llavero con las dos llaves: de casa y del portal, la de la oficina, la del garaje, y la del coche, el coche es un Polo de la Wolswagen que tiene unos seis años de color negro. En el bolso de atrás del pantalón hay una cartera, con treinta euros, un dni, el carnet de conducir, una tarjeta del ing, un carnet de colegiado, un carnet de la biblioteca municipal y una agenda que tiene exactamente doce teléfonos apuntados. Estos últimos detalles los digo como complemento; no quiero cansar mucho.

En fin. Cuando llegué a casa todo estaba oscuro y me olía a lentejas pegadas del día anterior. Lo primero que hice fue encender la luz del pasillo, quedándome unos instantes quieto. No pensé en nada. Decidí entrar en la habitación. En la habitación aún me olía al coño de la puta de mi ex, no sé por qué me sigue oliendo a sal y a ocle. Allí me volví a quedar unos instantes parado. Luego me empecé a desnudar tirándolo todo encima de mi cama. El orden para desnudarme fue el siguiente, no enumero: Chaquetón, los zapatos, pantalón, el jersey, la camisa, la camiseta y los calzoncillos. Los calzoncillo antes de tirarlos encima de la cama los olí varias veces por la parte que da a la raja del culo. Hoy me encantó, estaban ligeramente cagados.

Bien. Como podéis suponer estoy en pelotas, solamente con los calcetines. Lo que oigo ahora mismo no es mucho, algún grito por el patio de luces, desaforado, de histérica, algún gorrión, y el murmullo casi imperceptible de la calle.

Me quede pensando otra vez. Y me fui para el baño. Llevo exactamente dos meses sin echar un polvo, y aunque no tengo muchas ganas de follar desde que me dejó esa puta pécora, creo que me tengo que hacer una paja, más que nada por higiene.

Bien. Estoy delante del espejo del baño. Mido uno setenta y seis descalzo, tengo una ligera barriguita como una semiesfera, partir un mundo de colegio, coger la parte del ecuador para arriba, la mitad, más o menos. Mi cara es escuálida, con los pómulos ligeramente prominentes, ojos grandes, y el poco pelo que tengo peinado hacía adelante. Para la edad que tengo no estoy muy caído muscularmente, aun guardo cierta prestancia de la cantidad de deporte que me hicieron hacer.

A lo que iba. Mi polla mide dieciséis centímetros estando bien empalmada. Ahora mismo es un colgajo indecente. No tengo muchas ganas, pero, como digo, por higiene, me la empiezo a cascar en el formato in capuleto in crescendo, agitando el prepucio y de vez en cuando pasando la uña por el frenillo. Tardo algo así como cinco minutos hasta que se me empieza a poner dura. Empiezo a pensar en la puta de mi mujer, en el último que le eché cogida a la barra del baño, por atrás, metiéndosela por el culo. Cierro los ojos, y me vienen varios borbotones de semen en forma de gusano de lo revenido que estaba.
Me cago en su puta madre, si no me lo casco mesetapona.

viernes, 7 de octubre de 2011

SE LA TRAE FLOJA.


Yo iba por la calle Modesto Areas de esa forma en que camino, se me ve atónico, con un despacio especial de hombre que lleva muchas historias colgando. Y a eso me refiero, cuando voy andando así, es que voy pensando en hechos especiales de mi vida... Cuando llegué a la altura de la Sidrería la Checlaina estaba allí aquella máquina expendedora de Serventa, entre una cámara frigorífica que daba a la calle y una tienda de prendas íntimas. Me fijé extensamente en unos sujetadores con aros para todos los bustos, camisones de tirantes finos, bodys faja de encajes, braguitas bordadas con flores, y por el otro lado aquellas bocas inanimadas de un sargo mediano, un besugo tristón, un lenguado vestido de negro, y una lubina enroscada mordiéndose la cola, y mucho perejil.
Puse mi maletín en el suelo, le metí dos euros a la Serventa y le calqué al A-28, una ensalada ligera con brotes de soja, abre súper fácil, esperé, y miro a la maquinita que hace aquel gesto de autómata para recoger la ensalada Isabel y tirarla al vacío, y que la hija de puta de ensalada no se cae, y que le doy al botoncito para que me devuelva los dos euros, y que la hija de puta no los suelta, y que le doy unos golpecitos en el corazón donde debe de llevar las monedas, y que la hija de puta no se inmuta, y que le doy una patadita donde la espinilla de la maquinita, y que la hija de puta como si la hubiera acariciado, y entonces que me entra aquella rabia entre el hambre que llevaba y la ira repentina por los dos euros sisados, que cojo velocidad y le empiezo a pegar unas patadas tipo kárate kid a lo akitetoko, medio cristal roto, y por el suelo bolsas de patatitas saladonas, gomillenas, nubes de frambuesas, potajes de frutos secos, japomix, kikones picantes, kikos doraditos de maíz, kitkats rellenitos de miel, huevos sorpresa kinder , combinados de almendras y maíz, pipas peladas, huesitos de chocolate, etc., etc., etc.; todo por allí tirado, y la gente parada mirando como le daba a la máquina, oyendo aquello que me decían: ¡chalao!, tasss ¡chalao!, y que sale el sidrero con un mandil verde lleno de grumos, y que me dice tú eres gilipollas o que, y yo que le digo a que me cago en tu puta madre, y que se me mete para dentro; y como yo soy legal me cogí lo que me correspondía por los dos euros, una ensalada ligera Isabel y tres de huesitos, y aún le regalé a la máquina veinte céntimos de euro. Me senté en un banco adosado a un sauce callejero y me puse a comerlo todo; y allí fue donde me cogieron los municipales por altercado y desorden público.

Salí de la comisaría a las seis de la tarde con mi maletín y mi traje negro y aquel olor de calabozo, incluso lleno de neurastenia, por el lugar cerrado y con el encefalograma casi plano y los andares de esa forma que camino, con mi maletín, los muestrarios de sortijas y sin ninguna sensación en particular. Dijérase que me habían parido allí mismo con cuarenta y ocho años cumplidos y sin ningún porvenir.

Luego, al empezar a caminar, me vino aquel hervir de la cabeza.

A un hombre lo ves sólo y está solo, no le des más vueltas. Yo no daba vueltas, circunvalaba. El caso es que me empezó a dar aquello del resentimiento. El resentimiento no es resentirse de pisar mal y que te vuelva a doler una pierna. El resentimiento es eso que crece dentro de ti y que hace maquinar y maquinar por qué te han hecho eso a ti que no te lo merecías. Y tratas de explicártelo con el mejor razonamiento posible evaluando de la mejor forma, intentando bajar el nivel del resentimiento, incluso haciendo tú mismo de abogado del diablo, culpándote de los hechos que has originado. Pero todo da igual, el resentimiento es una bola que crece y crece y debes solucionarlo o te devora (es una vorágine).

Caminando así como iba cogí la línea 12, y al subirme al autobús me dijo lo del uno diez, son uno diez, y yo rebuscaba, y al final por poco no tengo suelto, por haber dejado aquellos putos dos euros dentro de la máquina. Me bajé en el surtidor que está en la esquina de Santa Eugenia con Edelweiss y le dije a la niña, necesitaba llevarme dos litros de gasolina pero no tengo en que meterlo.

No siempre camino así, como si fuera sembrando trigo, con estos andares que me dejó el patio de la cárcel. Dos mil doscientos cincuenta días de patio adelante atrás con el chándal llegando a un lado y volviendo al otro. En la calle si has sido preso sabes perfectamente quien ha estado preso por sus andares cuando lleva cierta prisa.

Cuando llegué a Modesto Areas La Checlaina bullía, y ya estaba repuesta la máquina de Serviventa, y había aquellos efluvios lejanos de olor a serrín, caldo de marisco y sidra. Cuando llegué delante de la puerta abierta se me acabó la prisa. De repente sentí una paz especial dentro de mí, como si me hubiera visitado el mismo Luzbel y me hubiera dicho, hazlo todo con mucho cuidado, disimulado, y lentamente. El caso es que entré. Había un partido de futbol, las mesas repletas de partidas de jubilados, y la barra un desfile de hombrones con el codo de esa forma y la pierna derecha semidoblada que ponen los hombrones de sidrería. Había tanta gente que no tuve mucho problema en seguir los dictámenes de Luzbel, así que abrí suavemente el tapón de la garrafa y me di tres vueltas soltando la gasolina entre el serrín como si fuera un negro vendiendo relojes. Quizás la sidra calmó un poco el volátil aroma que empezó a elevarse y a mosquear a los parroquianos que gritaban: aquí tufa gasota que te cagas.
Para aquella yo ya estaba en la puerta de salida con el mechero encendido, y con la mano levantada, gritándole aquello al hijo puta del mandil: Oyes, socapullo, me debes veinte céntimos y te los cobro ahora, que te mueras, sarasón.

Al salir, vi aquel resplandor amarillo y mucho humo, y yo seguí caminando como un preso, pero más lentamente pensé para mi mismo, que un hombre, así, tan sólo, si le huele a asado de hombre y a sidra todo se la trae floja.

jueves, 6 de octubre de 2011

EL SUICIDIO.


En la pequeña habitación que daba al patio de luces a través de una escasa ventana de dos hojas con unos frágiles visillos de tul blanco siempre había existido la primavera. Sobre una pequeña repisa que hacía esquinera a media altura había flores metidas en un brillante jarrón de porcelana azul. En enero estuvieron allí dalias y claveles, en febrero violetas y heliotropos; y ahora que era una fría mañana de domingo del mes de marzo, existían dentro del jarrón una mezcla de narcisos y ramas de mimosas que daban aquel extraño dulzor al ambiente, mezclado con el olor de la cera quemada por las innumerables velas de colores esparcidas por toda la habitación.

Se amaban en marzo y el mundo existía parcialmente. Amarse en marzo, en una tarde de domingo, puede ser hermosamente bello; la piel se encoge y estira más que en abril y en mayo. Mara, estaba delante del espejo, su cara redonda apenas perceptible en la penumbra de la habitación. Beatriz comenzó a acariciarle el mechado lleno de reflejos rubios, y las tijeras fueron arrasando mechón a mechón, luego la maquinilla eléctrica, el jabón de espuma esparcido sobre su cabeza, y el mínimo y cuidadoso rasurado con una maquinilla de afeitar. Su cráneo quedó blanco, y al mirarse en el espejo durante unos escasos segundos tardó en asimilar, sorprendida, su nueva imagen. Se intercambiaron. Se sentó Beatriz, su pelo era negro y rizado, y Mara fue cogiéndolo con cuidado, cruzando sus dedos, cortándolo sin prisas; pasó la maquinilla, luego el jabón, y el rasurado final. Cuando se miró en el espejo redescubrió la pequeña deformidad en el valle de su cráneo, y al verse de aquella forma era como si se sintiese bien consigo misma, había descubierto una extraña belleza: como un poco más armonía en su rostro.

Por el suelo esparcido había quedado aquella mezcla de pelos rubios y negros en una casualidad destinada para mezclarse.

Eran lloviznas de Marzo, no eran rocíos, había brumas; pero no existía el paisaje. Sobre sus cuerpos desnudos se pusieron las sedosas kasayas de color azafrán. Se quemaba incienso sobre tres conchas del mar. La puerta de la habitación estaba cerrada y aquella mezcla de esencias y de perfumes llenaba el ambiente de un olor indescriptible, espeso; como si sólo faltase el aroma de las solitarias flores de loto.

Alguna vez unas manos subieron entre la seda, alguna vez unas manos posaron sus dedos como finas patas de araña, alguna vez la piel se encogió donde los dedos tenían su huella, alguna vez hubo un estremecimiento, alguna vez el primer beso de la ceremonia cruzó las lenguas como serpientes que mudan su vestido. Era así como sus manos se acariciaban debajo de la escurridiza seda y como sus bocas se devoraban.

En el templo dorado de Siddhartha se había detenido el tiempo. El tiempo, a veces, cuando se ama, se detiene porque no existe. El Dios Vishnú había puesto la mano sobre sus cabezas y les decía que se amasen, que llegasen casi a la perfección, y la perfección llega cuando el mundo no existe porque ya formas parte de los espíritus, si las manos que te aman te caminan sabiamente.

Aquel domingo de Marzo comenzaba a decir que se moría; y fueron tres pasos hasta la cama, doce pies sobre el suelo, doce espacios, doce huellas, y varios titubeos con las manos ocupadas. El cielo estaba allí no existía en otro lado, el cielo es tuyo, va sobre ti, y no dudes nunca de que el cielo siempre es hermoso.

Hubo un momento en que Mara asumió su pasividad. El domino es una forma irreverente de poseer lo que se ama, o lo que se odia. En el amor el dominio forma parte de la pasión, el dominado percibe y espera, el dominador reacciona e imagina como lo predispone el propio instinto. Y ese momento existió como existe la conjunción en el universo, como es la propia muerte terriblemente necesaria. Beatriz comenzó a amarla. Quizás la sujetó violentamente por sus manos, ese gesto demostrativo que te aplasta y te domina, te inmoviliza; y quizás le susurró, diciéndole: espérame espérame espérame.

El silencio tal vez no existe, ya lo sabes. Ni la perfección exacta. No existe el roce (cuánticamente nunca nos llegamos a tocar). Pero el amor sí existe, ya lo sabes, y compensa todo lo que Dios no nos ha querido dar.

Estuvo en cuclillas a dos palmos sobre su cara tan desnuda, y lentamente fue bajando hasta su boca. Mara veía su coño adornado por una quilla de negros pelos acercándose lentamente, muy suave muy suave, ella lo esperaba, y lo tuvo en su boca, y empezó a besarlo lentamente, y lo buscó sintiendo su sabor, su olor.
Si te aman con la boca y luego te besan te conoces. Y ellas estaban allí para descubrirse y conocerse.

Alguna vez existió un momento así; pero cuando amas de verdad empiezas a morirte.

Marzo estaba lleno de bruma y lluvia que era muy fina, y de nuevo se habían encontrado.
Esa era la segunda parte de la ceremonia de amantes.
A la tercera parte le llamaban el suicidio.

martes, 4 de octubre de 2011

BABOSAS.




Dame goce. Ábrete. Déjame poner la boca ahí.
De alguna forma dejamos un rastro inacabado, por nuestra ansia de proseguir..
Desde un libro de aventuras me vino un sueño solitario y animal.
Hincamela de rodillas, nadie acecha. Tus ojos de loco en el último impulso.
Hay un lugar donde escrutan miles de gusanos, no te quedes quieto.
 
Me dice la abuela Nora: vete por la pita parda al gallinero hoy hacemos caldo para el abuelo. Cuando bajas al gallinero por noviembre todo lo encuentras lleno de babosas y caracoles, es como si subieran del cementerio, trepan por las piedras y brilla su camino. En el gallinero hay doce pitas y dos gallos, el kiriko es pequeño pero chulo, camina así, altivo, y ojea malo. La parda tiene el culo pelado y se le ve la natura como si fuera un mal beso -con boca cerrada-, de un enemigo.

A mi me da pena matar las pitas al estilo onda, cogerlas por la cabeza y darles vueltas, yo a las pitas no las mato así, me da canguela, sufren mucho, y la parda daba lástima por lo vieja. Tú ya sabes que por donde sale un huevo entra un nabo. Rodee varias vueltas de guirigay para coger a la parda y le cayeron muchas plumas de las alas, pero cuando la tuve allí saqué la navaja y me bajé la bragueta, cogiéndole las patas se la metí de una sola vez , acertando a la primera, y de un tajo le arrebane la cabeza – a las pitas si les arrodajas la cabeza aún pueden caminar casi veinte metros- así que le solté las patas y se movió como una peonza con la polla bien metida dentro, al minuto se quedó quieta, tuve que apretarla más y le llegó hasta gaznate, y me vino el gusto, a lo justo; y lo lleva dentro para sustancia.

Cuando subí la abuela estaba con el caldero y agua hirviendo y me vio las perneras llenas de sangre; extrañada me preguntó, sin en vez de haber matado a una pita había desollado un cerdo.

Las babosas siguen lentas y dan vueltas no saben a donde suben, en el tejado de pizarra se refleja un sol tenue, y para las babosas empieza el desierto y la misma muerte.

Después del gusto me escocía.