miércoles, 30 de noviembre de 2011

Y SIN AMARNOS.

                     
                            Algunas veces la mañana no sabe a nada.
                            Tú ahí, yo aquí, y sin amarnos.

Si se cumple la disposición electrónica de Bohr  y los cuantos de Planck,
en realidad no nos tocamos nunca, flotamos sobre lo que vive.
Como consecuencia,
piensa que pudieran ser una ilusión nuestros besos, o la sensación cálida de tus manos tocando las mías entre otras manos quizás desconocidas.
Sí, sí…
(eso, que cuando me acerco a ti es tu piel  que me envuelve y me quita la tristeza).
Yo puedo suponer lo que estás haciendo tú ahora.
Pero no es una certeza: ni sé si estás feliz, ni si estás triste,
sólo ocurre que te vienes con insistencia a mi memoria.
También es una certeza falsa que si te miro a los ojos pueda imaginarme,
con cierta exactitud,
lo que estás pensando:
si piensas en mí, si acaso no piensas, si no piensas en nada.
Supones que eres inmediato, en este (.) punto, que no es igual a este otro (.),
aunque lo parezca.
Los separa un abismo, los separa la soledad más absoluta, y entre ellos hay silencio,
y están envueltos de aire. Y si me apuras, uno pudo acabar de nacer, y otro ya estar muerto aunque siga separando  palabras de amor.
Los puntos encerrados entre paréntesis también sufren de claustrofobia,
por lo tanto,
suponlos llenos, en su atonía, de anónima existencia, de increíble angustia rayando con la locura.
Por otro lado, el paisaje más hermoso que hoy te parece  grandioso, lleno de armonía, mañana,
siendo más extraordinario en colores, te es absolutamente desapercibido, impreciso,
incluso,
desde el mismo ángulo, con los mismos rayos de sol, a la misma hora,
en la enésima  tarde estando tú y yo solos.
Si te da consuelo deberías preguntárselo a tu corazón por qué es distinto,
(quizás dependa de tu estado de ánimo, de si te sientes al otro día un poco más, deplorablemente, desencantada y llena de dudas e inquietudes).
Luego, está el movimiento que te ocupa respecto a qué, siempre debe ser respecto a algo:
un árbol, una casa, una mesa, una farola…, si vas sobre un río no puede ser, el agua corre; sobre el mar tampoco, se bambolea o se pone furibundo enseñándote sus dientes.
(En esto sabes que no me complico la vida, para lo más íntimo, instintivo y cercano aplico las leyes de Newton).
Me queda el espacio que es también la distancia,
y en conclusión,
tú ahí, yo aquí,
y sin amarnos.






-CLIC,CLIC,CLIC.


-Clic clic clic .
-Es un sonido-
Medias de red, medias con costura y ese trocito de carne que queda hasta las bragas; medias caladas negras llenas de filigranas, algunas al estilo pantys repletas de vivos colores hasta la rajita; las medias térmicas no me gustan parecen sin señas de piel; ligueros voluptuosos que se enganchan en un precipicio circense a extravagantes medias medio auto sujetas que denotan el atrevimiento inmediato de otras manos; las medias antiembólicas, ni verlas, son el desastre de la irracionalidad y una foto perdida; las medias superxesis siempre llevan el encanto de una portadora juvenil y tienen algo de virginal en lo que esconden; los leotardos son de extrema necesidad y me imaginan el polvo del camionero que va a Lesaka a por un cargamento de piezas de motor de automóvil.
Podría relataros lo de las braguitas. Debajo braguitas de todos los colores, debajo de las medias, sobre las medias, sin medias; escondiendo el tarrito de miel, el cuenco de mermelada, el chotito, las insinuaciones de un rasurado reciente, o el poblado monte asilvestrado sobresaliendo por esquinas rizadas como leves insinuaciones de un bosque abandonado entre el desdén y el tiempo, transitado de pascua en ramos.

Me llamo Cesáreo Rendueles Beliehva, con sesenta años recién cumplidos, y tengo un trasnochado
Nokia cinco mil doscientos cincuenta  y además soy un puto cerdo. Desde hace dos años mi obsesión son las prendas íntimas de las mujeres. Aunque me atrae su desnudez, su desnudez no es mi lógica obsesiva. La desnudez total de una mujer esta exenta del ritual, y el ritual es imprescindible en mis ceremonias. Mi excitación es anormalmente extraña. Cuando veo una mujer en la calle, de las normales, no las celebrities de Vogue, Telva, Elle, Cosmopolitan, llenas de glamour mostrando sus primorosas intimidades. Quiero decir (que me refiero) a las prendas íntimas de una mujer que va a sus cosas, que tiene ese encanto de lo furtivo y de lo cotidiano. De cómo y cuándo se ha puesto sus braguitas por la mañana, si se ha duchado antes de ponerse sus braguitas por la mañana, si lleva rastros del amor, de cómo se ha puesto sus braguitas por la mañana: de pie, mirándose al espejo, de cómo han llegado sus braguitas al empeine de la ingle tapando su coñito, de cómo estaba su coñito cuando ha sido escondido por sus braguitas, si llevará tampax o no llevará tampax, si debajo de sus faldas existe esa mezcla de efluvios a perfume o a olor descuidado, si existe incluso la enfermedad más cruenta. Y luego las medias. Las medias tienen un encanto especial, las medias de las mujeres me sacan de quicio, me desbordan la imaginación hasta casi perder el control de mi mismo. Muchas veces pienso que tengo cierta capacidad para detectar las feromonas femeninas. Dame unas bragas recién usadas de una mujer y déjame olerlas durante unos leves segundos, te podré decir hasta su estado anímico.
Soy un olfateador, tengo esa facilidad de perro husmeador.

-En realidad no sé si estoy algo loco.
-En realidad no sé si tengo algo de maniaco.
-En realidad no sé si este vicio extraño podrá degenerar en situaciones incontroladas.
-En realidad no puedo reprimir esta necesidad que me impulsa, como una fuerza de origen desconocido.

Hoy tengo pensado hacerme la escalera mecánica del
Ikea, la del Pryca y la del Corte Inglés. Compré mi Nokia hace un año y medio y es discreto y de suave manipulación, nada que ver con mi anterior dos mil setecientos treinta, casi detectable cuando hacías clic y sonaba aquel arrastre como cuando recoges la puntita de un bolígrafo.
Este Nokia apenas hace ruido, te arrimas desapercibido a sus espaldas, lo bajas a la altura de su falda, y presionas levemente. Es suave en su manipulación y saca unas fotos de una nitidez extraordinaria.

Cuando manipulo mi
Nokia con esa parsimonia descuidada, agachándome ligeramente, vienen preguntas trascendentales a mi mente. Tengo claro que mis antepasados tuvieron que traspasarme estas manías. Y que si los Australopitecos proceden de las grandes praderas africanas me pregunto por qué no soy de raza negra, y sólo guardo esa atracción extraordinaria que tenía su descendiente el Homo Antecesor por lo de los olores, por esa primigenia capacidad de poder tocarse con el pulgar los dedos de las manos.
Vengo de una familia de homo sapiens con un largo historial de folladores al estilo perro. Mi abuelo Gabino, el abuelo de mi abuelo Gabino, el abuelo del abuelo (ponle cien mil abuelos hacía atrás), y así, hasta una generación que se perdería en la genealogía de los tiempos, quizás remontándonos hasta las sabanas africanas, donde este ejercicio ya se hacía al estilo cuadrúpedo en el sentido del sostén inercial de las acometidas. Sí. Con violentas aproximaciones para verles a las hembras el coño por atrás, oliéndolas desde el apoyo de las rodillas hacía arriba; metiéndoles las narices en su parte más intima para detectar ese aroma inconfundible, antes de penetrarlas a la fuerza y sin ningún respeto.
(Se dice envergar al quite, o al arrastre, con el inmovilismo de la hembra apresada por su cabellera:¡No te me muevas soguarrona!
Para follar a estilo perro lleno de fulgor hay que ser muy hombre y tener mucho aguante, la polla se te pierde totalmente en el abismo y tú verga roza y roza por donde la suavidad está repoblada de venitas palpitantes y torrentes de flujos con sabor a raras melazas y a ungüentos de ocles marinos.

En el nuevo edificio de hacienda han puesto una escalera mecánica muy inclinada hasta la segunda planta. Bajo los vestidos de las mujeres se encuentran los reportajes más voluptuosos y atrevidos. La escalera mecánica del nuevo edificio de hacienda te lleva directamente a la mesa de avisos y subastas, o a la información fiscal; y en la escalera de hacienda, si eres paciente y esperas en la planta baja, puedes inmortalizar ropa interior vestida con gran coraje y osadía, con ese punto de refinamiento, o, incluso, fotografiar también el más vulgar de los estilos.

Por la ropa interior que lleva una mujer se puede saber a dónde va o, sobre todo, de donde viene cuando existen simetrías descuidadas.

Era ancestrales en mi familia los olores. Mi padre follaba a mi madre y yo dormía a la espalda de mi padre. Mi padre violaba a mi madre y yo lloraba. No había términos medios. Mi madre aguantaba, yo veía su cara, así de abierta, las manos cogidas en las sábanas. Por parte de de la familia de mi padre ya dije que eran folladores a estilo perro, y por una extraña osadía grandes oledores, instintualmente algo
australopitecoides.

Encajes, ligueros anárquicos (
crossdressers legs) y angelados, pieles de látex, y esas esencias vaporosas adivinadas, lo no captado, olor fabril, gotas de perfume, olor del cuerpo, olores de menstruación, sonidos a Swarovskis hilados sobre finas y elásticas gomas de tanza que envuelven esbeltas pantorrillas llenándolas de magia. Olores de la vida. Algunas veces el clic es tan disimulado y perfecto que percibo una ligera esencia, que nunca he podido guardar como un recuerdo.
Llego a casa, y siento ese extraño nerviosismo. Lo inmediato es encender el ordenador, y esperar a que todas las fotos se vuelquen se descarguen. Esperar a que veinte o treinta fotos se archiven sobre el disco duro. Luego aquella emoción de visionarlas recostado sobre el sofá, mientras me acaricio en esta ceremonia silenciosa que no debería ser delito; creo que sólo soy un reportero de ciertos interiores, no me basta imaginarte cuando te veo por la calle con ese andar erguido, sugerente, con tú tarrito tan escondido.

El voyeur de móvil es un solitario. Un observador. No es un obseso sexual. No lo es.

Es un fotógrafo profesional de reportajes que con métodos escondidos, sigilosos, retrata los bajos de la vida femenina, y se ensueña, se apodera de un reflejo de intimidad, disimuladamente, en una playa repleta, en una escalera mecánica, en una escalera de esas que circunvalan todo en forma de caracol o en un quiebro brusco, y nos ascienden o descienden desde la cota cero hasta el abismo o desde la cota cero hasta el mismo azul del cielo.

Me llaman
Cesarito, llevo en el inconsciente ancestro la copulación a lo perro, desde cuevas inimaginables aún sin rastros del fuego. Presiento los olores, percibo los olores, asocio los olores a cada imagen que revivo. Y por la ventana de este pequeño saloncito entra una claridad de un día inanimado. Sombras geométricas que se dibujan entre el parket y el sofá como si fuera el altar de una extraña liturgia donde la luz del sol se mueve como dentro de una cueva ancestral. Revivo imágenes: encajes, transparencias, ligueros, braguitas negras a lo push up, sujetando hacía arriba la mínima prominencia de los labios mayores, laderas de un surco intermedio apetecible para morder acariciar, para hacerle el violento (paralizador) y prensil puñado, bodys negros a juego, luz casi inapreciable en esa hondonada de entrepierna a lo paso en falso, refinados unos, con desdén despreocupado otros, con una apreciable dejadez otros muchos.
Pasan una y otra vez las imágenes en un lento automatismo, mientras silenciosamente me acaricio, amándome, dentro de esta extraña y miserable cueva que sigue siendo el mundo.

lunes, 28 de noviembre de 2011

ENSOÑACIÓN.

   
Este poema abstenerse de leerlo en público con música de acompañamiento.
(Derechos muy reservados…)
Antes de las diez de la noche, a finales de noviembre.
Es imposible acercarse -ni a una millonésima siquiera-,
de lo que es la sensación de ser inexistente.

Para cenar me hice una tortilla de jamón.
Los huevos eran muy amarillos,
y al batirlos se me quedó aquella espumita en el punto ciego de los ojos.
Así (tan sólo), pensaba en ti cuando hacía una tortilla de jamón:
En cómo sería tú espalda desnuda.
En cómo sería mi viejo pecho sobre tú espalda desnuda.
La luz de la cocina era tan artificial,
que en el techo parecía que se reflejaba el Mar de la Serenidad
en la cara blanca de la luna.

La tortilla era sólo para mí, de apenas dos dedos de cerdo.
Pero cuando me rozaba sobre tú espalda estábamos los dos,
tan apretados.
Me apetecía morder tú nuca en plan rabioso,
y hacértelo por atrás, abiertas tus piernas,
mientras tú me dabas la boca, así de grande;
y tu lengua así de larga,
mientras te decía por enésima vez que te quería.
mientras mientras mientras que te quería.

Para cenar estaba aquella mesa de mármol negro, y una silla,

una naranja, un poco de vino, algo de ilusión, el pan.
Cuando comes tortilla de jamón a las nueve de la noche te viene un impulso extraño,
los ojos ciegos miran un punto que está perdido, y,
sin pretenderlo, invocas al mismo Belial, al hijo de la Luz Bella.El Angel malo que inventó las tortillas de jamón y
los puntos ciegos.

A una tortilla de jamón no le hagas caso,
no es gran cosa,
la partes por la mitad y es el Trópico de Cáncer.
Luego estabas tú, que no estabas, y los viajes ensoñados:
los ojos contra los ojos, y esas cosas que se dicen.
Una tortilla mirada de cerca es un mundo, el planeta Marte.
Lleno de cráteres, y los puntitos rojos, las cavernas,
los volcanes de Tharsis que sustenta al Monte Olimpo,
y el Valle de Marineris, que es un surco mal cocido,
lleno de huevo, lavas y arrastres de tormenta.
Luego estabas tú que no estabas, como en un sueño.
A veces pienso en lo que se diluye.
El fluir de la vida, de las cosas, de tus cosas,
los problemas que parecen infranqueables.
Quizás en la vida de la vida no haya ojos contra ojos, quizás.

Y nunca nunca nunca nunca te diferencie de los ojos que imagino.
Hoy he saboreado tortilla de jamón, llena de ausencias.

Una espalda amplia, tu nuca que es como un tallo de ciprés.
Y tu piel, de esa forma tan suave, casi derretida.
Y esa sensación de estar escondido detrás de ti, por un instante,
batiendo unos huevos que daban espuma amarilla, en un momento,
en todos los momentos,
que nunca han existido y por eso los reniego,
porque no estuviste conmigo,
ahora, a las nueve de la noche,
en que todo ha sido la ensoñación de un punto ciego.









 

COLCHÓN.


Si vas a comprar un colchón y te regalan una paletilla de cerdo,
nunca dormirás bien,
el colchón lo han hecho los chinos.
Si llegas a casa y Ella está haciendo unos calamares en su tinta,
mientras te espera
y está de espaldas
y sientes ese vacío en el pasillo, y ese olor que te repugna
huye, debes irte
antes de que vayas abofetearla.
Ni pizca de  amor.
En un colchón hecho con sufrimiento
no se descansa bien.
No hay términos medios,  a veces,
los presentimientos se cumplen.
Nunca trates de explicarte el infinito, ni las calles que te reciben
llenas de vacío
todo  estaba antes
dentro de la creación
antes de hacerte a ti
el vacío
quizás no  te habías dado cuenta.
Si has cerrado la puerta detrás
sólo
dejando ausencia y desamor
dejando el aire que se queda
no vuelvas,
simplemente escóndete
no vuelvas a mirar sus ojos,
por si te arrepientes,
te convertirás  en estatua de sal.
Ya sabes
todos
tenemos suficiente espacio
para deambular
y apretar las manos.
Piensa
que el infinito no existe
todo estaba ahí
antes que tú.
No le des más vueltas
en un colchón hecho por los chinos nunca podrás soñar,
posiblemente
está lleno de sufrimiento.

domingo, 27 de noviembre de 2011

DIGO.


Iba de babuino con el pelo agrisado peinado hacía atrás y una buena capa de gomina fijadora de espuma, bien definidos los rizos por mi parte frontal. En aquellos momentos se me pasó por la cabeza aplicarme el número de Dunbar, dentro de la tipología social, relacionándome con todos los congéneres que bajaban y subían por el Paseo de los Olvidados.

Y elucubraba.

Era esa capacidad que tenemos los monicacos sociales para interpretar el entorno a través de los símbolos.

El exceso de información creo que está degradando nuestra capacidad de relación.

Somos simples saltos condicionales de unos a otros.
Me puse a pensar:
Dibuja en un folio ciento cuarenta y nueve círculos de color azul y uno de color rojo, y únelos en todas sus posibilidades con una línea: desde ti a ellos, entre ellos, y desde ellos a ti. Verás que las capacidades de tus relaciones inmediatas son exponenciales. Y otro hace lo mismo en otro folio, y cada folio se une a su vez con una línea, y así pudiera ser hasta el mismo infinito (si es que existiera tal dígito).
(Contigo unido por una rayita está toda la humanidad. Digo yo. Al menos.
- ¿Y si hubiera planetas en el futuro habitados o colonizados? -No quiero ni imaginármelo.)

Llevo años intentando estructurar mi pensamiento y lucho denodadamente por salirme de todos los símbolos babuinos que me rodean. Mis ojitos escrutadores se afanan sin descanso en captar el mundo para generar nuevas ideas, pero mis costumbres, ancestralmente arraigadas, tratan de imponerse, así que voy de babuino lleno de estereotipos, cortando el aire con mi cabeza tuneada con gomina.

Mi aplicación del número de Dunbar son una gonorrea de sensaciones. No comprendo muy bien. Entro en la cafetería Las Pérgolas y me interrelaciono inicialmente con un agradable olor a café, y un aroma a porras rellenas de chocolate. Eso serían ocho situaciones que mi neocórtex puede asimilar, no muchas más, dentro de esta tribu de ciudadanos que se afanan en mojar y mojar.

Marita estaba en el fondo mojando churros sin relleno dentro de un café con leche cremado. Les daba vueltas y aquello era una vorágine dentro de su taza. Cuando la vi me trasmuté al típico pensamiento lineal, interactuaba entre información pasada, desdeñando lo lógico, lo matemático, para desembocar en lo más burdo y natural. Pensé de repente cómo tendría su coñito hoy, en estos instantes, como estaría allí calentito, apretadito entre sus muslos, sentada en la forzada posición de un taburete.

Yo había pensado eso, y Marita vio mis ojos emitiendo algún tipo de luz y pensó bucólicamente que denotaban ternura afectiva y algo de amor. Los babuinos tenemos esa mirada repentina, gesticulamos con nuestra cabeza; y nuestros ojos tienen sorprendentes cambios de orientación, es una consecuencia del ancestro, de estar en guardia, de vigilar para no ser apresados por otras tribus del entorno.

Sentí su mano y aquel beso, un piquito, era la lógica de su aprobación. A mi me supo a poco, me hubiera gustado sentir su lengua. Marita tiene una lengua babosa en el sentido de suave y prensil, cuando la siento deambular y me la mete entre el premolar que me falta me dan respingos, como si tuviera frío, es esa sensación en la que cerramos los ojos y nos abandona cualquier proceso creativo para pasar al más genuino abandono.

No sé en que número de interacción estaba. Me sobraban ciento cuarenta y ocho. Y quizás estaba en el proceso de preparación, vamos me estaba iluminando. Mi polla instaba asomar por la hebilla del cinturón, pero en vano, era una sensación mental. En algún reservado Marita me metía a veces la uña del dedo meñique por el agujerito del meato, como escarbando levemente, y aquello se ponía a lo máximo medido desde su parte inferior (si soy digno debiera decir que era una mera ilusión dentro de la media nacional: casi de conejo).

Marita es mi hipervínculo. Me lleva hacía impresiones sensoriales: imágenes, placer pasivo, reexpirementación de lo vivido, estimulación de los sentidos, y hacía a otros sentidos desconocidos en mí. Es una succionadora que te mira de reojo cuando funciona en (on). Lo del hipervínculo es porque te abre la ventana al séptimo cielo.

No quiero elucubrar más. Me pone de los nervios pensar en esta mierda de los hipervínculos hacía otros hipervínculos. Es descorazonadora la infinitud, y me llena de soledad.

Cogimos el coche y nos fuimos al mirador del Faro -al final hay un faro que está apagado, como digo-. Subes por una carretera que va entre robles enanos que puso el ayuntamiento. Antes de llegar hay seis torres eólicas que van vacilando de espantapájaros y hacen ese sonido apagado arrastrando el aire. Luego está el mar. Por poco que te imagines el mar siempre es hermoso. Allí abajo los barcos daban pitidos como almas en pena. Cuando aparcas el coche, si no hay mirones, te pones de inmediato a la faena.

Las compañeras de trabajo tienen ese componente furtivo de ojos ladeados como guardando un secreto a voces.

Aquí, con toda esa inmensidad que angustia mis ojos, tocando, acariciando forzadamente su pelo contra mi bragueta, los ciento cincuenta números de Dunbar son un dúo predecible. A ella le doy un círculo azul y le pongo el uno y en mi círculo rojo me pongo el dos. Y los interacciono con una raya que son nuestras lenguas así unidas, a intervalos (por su boca sé que mi capullo sabe a sal), son esas sensaciones de babosa tan pegajosa y agradable que tiene la lengua de Marita. Tan golosona Ella.

Marita, no te chupa exactamente, succiona levemente; y cuando te vas a correr lo sabe porque me dice que vibro varios nanosegundos antes; y entonces te tapa el meato con la lengua, unos nanosegundos sólo, y luego le deja ir a toda esa soledad que es una nebulosa, pero que en realidad es la leche. Digo.

sábado, 26 de noviembre de 2011

SOSPECHAR QUE YA ESTÁS MUERTO.


Esto fue al final del todo.
Yo estaba en el suelo porque circunstancialmente me había caído de la cama. Quiero decir que estaba equidistante de todo menos de la cama. Si estiraba mi mano aún podía asirme al colchón por el borde superior, digo asirme, no en el sentido de apoyarme para elevarme, sino en el sentido de asirme para poder intentar elevar mi cabeza. También gritaba orientando mi boca indistintamente hacía los lados, con el fin de que los posibles gritos que saliesen de mi garganta pudieran ser escuchados hacia el norte, hacia el este y hacía el oeste; el sur no era dominado aún debido al escaso margen que dejaba mi cuello para poder girar en esta dirección. En mi suave caída hasta la alfombra había arrastrado las sábanas y el cobertor quedando las mismas sobre mi, lo que impedía que la brisa que entraba por la ventana entreabierta enfriase mi piel desnuda, sintiendo sólo la frialdad por la parte de mi cuerpo apoyada en las baldosas. De encima de la cama sentía unos rugidos casi estertóreos, y el contorno ovalado de su barriga que subía y bajaba en forma de montículo.

Esto fue cómo hace unos ocho minutos.
Me dispongo a escribir esto sin mucho afecto, quiero decir que no estoy afectado.
Percibo con regularidad sensaciones inequívocas, señales extracorpóreas, que aunque difusas me llenan de dudas razonables. Desde hace seis años me vienen obsesionando las empanadas de berberechos, los berberechos en sí, su deformación vulvar. Quiero decir que los berberechos me apasionan en cualquiera de sus formas y presentaciones, incluso dentro de la almejita. Tengo una predisposición angustiosa si no capto su sabor en periodos de frecuencia quincenal, ni un día más. Me veo obligado a tener en casa una logística de unas doscientas veinte latas, ni una menos. Viajo siempre con una media de cuatro latas, ojeo la posibilidad  de encontrarlas como comida en los platos del día. Quiero decir con todo esto que es evidente mi manifiesta  compulsión por este molusco arenero. Antes era mucho de zamburrinas, me encantaban las picantotas en conserva. También las navajitas asomando por su vértice entre las dos hojitas laterales.
Fui mucho de almejitas y caracoles de mar. Lo mío quizás sea algo cliptoriano.
He de consultar.
Le dije a ella, sácame otras dos latas de la alacena, (joder), no quiero cucharilla del café, las voy a beber, ya sabes que siempre las sorbo.
Veo tantas latas vacías en el abismo del patio de luces, que me parece imposible.
(Ocho mil cuatrocientas setenta, muy aproximado).

Esto fue ayer a media tarde.
Yo soy mucho de tocarme los huevos en cualquier lado, incluso llevando traje, y cuando hablo con otro (u otra) en la misma calle. No sé por qué motivo siempre me los estoy rascando o sobando. Muchas veces cuando estamos mi mujer y yo panza arriba sobre la cama, también me los toco. Mi mujer me llama guarro, guarrón, porque en esas circunstancias, después de sobármelos bien, bien, me huelo la mano, y me huele a sudor de huevos, a rancio. Algunas veces también me paso la mano y los dedos por la raja del culo y saco bolitas de pelusillas -lo del culo es sólo es en los días santos y fiestas nacionales-.

Esto fue el viernes en el baño mientras cenaba la parienta:
Algunas veces me hago de pajas con la vecina, quiero decir pensando, imagino que la penetro, pero cuando la estoy penetrando voy y me corro. No soy mucho de aguantar en las pajas. Con mi mujer aguanto más, la veo allí, con los ojos abiertos.

Esto fue con siete años:
Plañíamos en el aspecto de cantar al santísimo. Todo creado a cuatro patas, incluso sin esfuerzo apoyados sus brazos de cualquier parte del universo, deponiendo. Una gran cagada. Nos venía a decir aquel fraile sin cara desde la esquina del pulpito, elevado sobre todos nosotros. Y entre deposición y deposición del sumo hacedor, plañíamos canciones a muchas voces que sonaban a hueco por cualquier hueco de la iglesia.

Esto lo hago siempre:
Muchas veces me quedo mirando la sombra de las cosas, según va pasando el sol, es una costumbre de antiguo. Últimamente lo hago con una línea recta del armario a eso del medio día, cuando le da el sol de lado. La sombra va pasando sobre la alfombra dejando una leve penumbra a ambos lados. Quiero decir que no es una línea exacta, es difuminada. Muchas veces antes de llegar al borde de mi cama, me pongo a dormir. Cuando miro a esa línea no pienso en nada. No sé si es posible no pensar en nada.

Esto algunas veces ocurre:
Los vecinos de abajo son muy mayores. Ella está muy impedida. Un día vi descargar en el portal un artilugio como una grúa con un vástago cromado y unas ruedas. A él lo siento pegar muchas voces a eso de las nueve de la mañana. Quiero decir que lo sentía.
Últimamente no se oye nada. Mi mujer me dice que quizás la haya matado. No sé.
No huelo nada. No huelo a nada que no sea el agua salada de los berberechos flotando dentro de la lata.

Esto cuando mi mujer tiene la regla (no le gusta por el ojete):
Cuando mi mujer me hace una paja (al unísono) también me gusta que me meta el dedo por el culo, y que lo mueva al mismo tiempo (al unísono). Si te fijas en el dedo medio de la mano izquierda –es zurda para las pajas- no tiene la uña preparada.
Ni pintada siquiera. Es una putada, pero…, me escarba.
(…Me jode mucho el olor de la acetona cuando se limpia las uñas. Eso y el zotal no lo soporto. Tampoco soporto el olor a pino que pone la gente para enmascarar el olor cuando se tira pedos en el coche). 

Esto todos los días:
Me da pena ver a la señora del tercero con ese niño cogido de la mano. Es un niño grande. Algunas veces cuando salen del ascensor y los veo, me pregunto que será del niño grande cuando la señora no esté. Se me olvida siempre. Cuando los veo lo vuelvo a recordar. Siempre hay mucho silencio cuando salen. Yo los miro, salir en silencio y en silencio.

Esto cuando ceno:
Cuando abro las latas de berberechos no suelo meterlas en la basura, le digo a mi mujer que abra la ventana de la cocina y las tiro al patio de luces. Me gusta llevar la cuenta de las que como. Hay gente que protesta por los tendales de ropa. A mi me la suda. Las de berberechos ya taparon a las de zamburrinas, y las de zamburrinas ya taparon a las de almejas a la marinera.

Esto la semana pasada:
Al niño le compré un juego de cartabones traslucidos. Estuve dos días para explicarle lo del ángulo de noventa grados, un día para el de treinta grados, y una semana para el de sesenta grados. Al final ya le dije que la suma de los tres tiene que ser ciento ochenta.
Muchas veces se mete la madre por el medio que no tiene ni puta idea.
(Un grado es una cosa muy pequeña que se curva).

Esto pensando:
Lo va a querer dos veces. Tres, no.
Si lo quieres tres, no puedo.
Arréglate, ábrete bien las piernas.
Deberías afeitarte el coño cada poco. Es un decir.

Esto un Jueves con siete años:
Aquel fraile que no se le veía la cara, me dio un beso en la boca dentro del confesionario. Yo aún era un niño, y era por Semana Santa. Los santos tapados de negro. Las campanas tocando a muerto. Olía a incienso y a mimosas secas. A muchas viejas les olía el potorro. Olía a cuarterón de picadillo. Sí. Olía a masaje Floid. A humo de roble.Había mujeres que olían a pan de centeno. Olía a placenta de vaca. Olía a tierra mezclada con estiércol de conejo. A madera húmeda de pino. A serrín de madera mojada por la lluvia. A destilado de uvas de vino fermentadas. A laurel. A orujo.

Esto ahora mismo:
Me dio un cólico, aquí.
Donde tengo la mano. Es como si te follaran por el culo con unas tijeras.Y las abriesen dentro. Y luego les dieras vuelta. Y luego cortaras. O si te zurcieran con bramante. En la misma juntura, zurcida también la juntura. Del aguijonazo di un brinco milagroso. Levité del dolor.
Creo que fue una ojeriza.
No vuelvo a comer otra puta lata de berberechos. Así me tenga que ir al psiquiatra del seguro.

¿De la cama me tiró mi mujer? Dijerase que me dio un telele repentino. No me muevo con todo el conocimiento. A ciencia cierta no sé si me tiró ella sin querer a me dio algo nefrítico, algo algo algo. Es como si no pudiera gritar. Es como si no salieran gritos de mi boca, mientras la oigo a ella roncar completamente desnuda sudando como una cerda.
Cuando doy voces aquí al lado de la cama, tengo la sensación de que no salen voces de mi boca. ¿Serán esos instantes antes de morirse?
Esto ya no es la vida.
¿Qué será entonces?
¿Estaré vivo?
No hay nada malo en sospechar que ya estás muerto.





jueves, 24 de noviembre de 2011

AMÉN.


No hay nada malo en contagiarse la pena,
en contagiarse enfermedades de la piel, y el odio, o el amor
si luego,
sabes deshacerte de ello con facilidad.
No hay nada malo en recorrer el camino que baja sobre ti,
y abrirte y buscarte y luego levantar los ojos para ver sobre tu cara
cómo te sienta, incluso, si no te sienta bien cuando te beso del revés
preguntarte
cuál es el camino para que cierres los ojos
con ternura, diciéndome que me quieres, levemente con tus labios.
Y volver.
A ciencia cierta volver como siempre y entrar de espaldas dentro del portal,
muy cansado
contagiado un  poco más.
Si hay algo malo es que no te perdonen por las ofensas amén,
por los crímenes que cometes con el pensamiento,
por los actos impuros que dejaste de cometer, incluso,
desear vírgenes impúberes, transoceánicas,
cuerpos blancos, cuerpos rosas,
niñas con ojos de color añil.
El crimen más grandioso, desear que fusilen a alguien, y tenerlo veinte años
esperando
a que llame a su puerta el confesor, y el cocinero.
Si te aprietas a alguien tienes ese riesgo,
donde quiera que lo beses,
donde quiera que lo toques.
No hay nada malo en desear lúgrumente  que crucifiquen otra vez a Cristo
-esta vez al revés-.
Que sodomicen a Mahoma
-esta vez por la boca-.
Que te llenen de pócimas y te contagien los gritos de la locura,
que te contagien la miseria.
Que sin tocarte te vuelvas catatónico con sólo mirarte a los ojos.
Que lleves sobre ti enfermedades infecciosas:
el odio a veces,
el miedo a veces,
-para subsistir-.
Y casi todas las veces,
el mayor de los contagios,
la falta de compasión.
Amén.

AL ABRIGO DE LA LUNA.


Me había dado por creer en esas emisoras de radio que sólo emiten un sonido inicial de caja de música y luego números machaconamente repetidos. Creía también en lo que llamaban la impregnación del amor o el odio que queda en los lugares habitados de seres que se habían ido. En las figuras de niebla entre la penumbra de las estancias cerradas. En la levitación de objetos. En los males de las miradas. En no tocar ciertas manos, ciertos hombros. Llevaba años con esa sensación de que nunca estaba sólo, cuando en realidad sólo estaba mi cuerpo y el silencio, que no es del todo silencio.

-¿Tener que creer en lo que no existe es una consecuencia del desencanto?

Había muchas veces pequeñas estampillas como sellos de grandes de la Virgen de Regla perdidas entre las sábanas. Intentaba disimular en sus actos su obsesión por la santería. Más de una vez la había cogido en sus murmuraciones ceremoniales, a lo boca cerrada, mientras trajinaba por la casa.

Sus caderas eran como las laderas sofocadas de un volcán. Abierta de carnes era invencible. No había hombre que sofocase su ardor cuando las lunas le eran propicias. Sus pantorrillas a veces brillaban por la humedad como un lago sin brisa al amanecer. Y te deslizabas en su interior con una suavidad indescriptible, por una oquedad que te parecía eterna y sin fin, inabarcable, siempre derrotado, caído sobre sus pechos como precipitado desde el abismo.

El primer sabor a ella fue en noviembre del año pasado en el cepillo de dientes. Aún mezclado con agua y enjaguado varias veces le quedaba aquel sabor extraño a pulpa de pescado. Fueron cuatro cepillos desgastados de cerdas, renovados, tres en total, con aquel sabor que persistía. No sé cómo describirlos. Percibidos en mis papilas después de dar muchas vueltas en mi boca a todos los sabores de mi cuerpo, incluso de mi alma. Sí, tales eran mis creencias, que a veces pensaban que eran efluvios de mi alma.

-¿El alma sabe a algo? Y si tiene sabor, ¿se manifiesta por la boca?

Luego reconocí aquellos rastros a ocle putrefacto en los cepillitos interdentales. El sabor quedaba allí entre los huecos de los premolares, si sorbía entre los incisivos percibía aquel rastro familiar que no podía descifrar.

-Hay amarres imposibles.
-Hay amarres indignos y otros deseados.
-Te amarra tu espíritu porque llegan ordenes de otro espíritu que se mete en ti.

Ayer entré a casa a las nueve de la noche después de un duro día. Cerré despacio la puerta sin decir nada. Éramos mucho de silencios tras días agotadores. Ella estaba en el baño de espaldas como si estuviera cosiendo. Cuando me acerqué a ella estaba desnuda de medio cuerpo hacía abajo. Desenvolvía lentamente la seda dental sujetando la cajita con el dedo gordo del pie, mientras con las manos la iba envolviendo en una otra cajita vacía. El hilo, ascendía recto, tenso y ordenado, hacía la altura de sus brazos, gesticulantes, ceremoniosos. El fino hilo iba pasando a través de la raja de su coño, igual que si fuera una tejedora mágica flotando sobre un pantano al abrigo de la luna.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

PARA RECONOCERME.



Había supuesto que si Plotomeo tuviera razón el sol no alumbraría diferente.
Ni los días serían distintos ni con distinta luz.
Ni las noches diferentes miradas desde un precipicio.
En el fondo,
a mi me horroriza que si desaparezco nadie pregunte por mi,
cualquier día, a cualquier hora, mientras la tierra está en un stop.

Había supuesto que con lo que cuestan cuatro tornillos Allen
del Curiosity que se va a Marte,
podría vivir toda mi vida con cierta opulencia, sin rasgarme las vestiduras
en los supermercados.

Había supuesto que si los representantes del pueblo
escogidos democráticamente no me hubieran fichado,
para estrujarme siempre,
podría vivir sin sobresaltos angustiosos.

Que haya poetas cursi no me importa,
que el 90% de la población haga algún día un poema
tampoco,
que describan que el aire es una caricia, cuando es fétido,
tampoco
y cosas del corazón y del alma
tampoco.
Yo sólo deseo que si aparezco muerto
haya alguien para reconocerme.

domingo, 20 de noviembre de 2011

SEGUNDOS POR SALTAR.


-Cómo hacer que hoy un recuerdo sea una ilusión.
-En ese instante en que  cada uno de nosotros aprendemos a caminar dicen que una garza blanca agita sus alas entre los juncos  del río Zambeze para aprender a volar.
Yo no tenía una edad conveniente, si hubiera andado a gatas me hubiera desplazado lo mismo. Conveniente en el sentido de lo oportuno, en ese instante en que por una vez,
levanté mis manos, y luego pude desencorvar  mi débil cuello para mirar al cielo.
Una primera vez me desplazaba, y había un hueco de espacio entre mis piernas,
un primer espacio para sonreír por un fenómeno  imposible, de ver lo de atrás,
otro lugar al que volver a visitar, tan inmediato, y no olvidarlo, tenerlo es los recuerdos.
De otra forma no podría ser, que todo se hubiera movido, un poco de aire tan sólo,
tan ínfimo soplo aplastándolo todo, todo el aire por mi leve movimiento.
(He de decir lo que alguien dijo, lo de la mariposa del invierno con sus alas muy anchas, agitándose).
Y los colores no eran tan iguales, parecían unidos por la misma ley difuminada y progresiva.
(He de decir que tampoco recuerdo cuándo mis ojos inventaron los colores que nunca estuvieron en las cosas, ponerle a cada cosa su color, fue un  increíble trabajo).
No eran igualmente percibidos, los colores.
Dadas las circunstancias, apenas un poco de cuerpo, y en el cuerpo,
un poco de piernas, un poco de brazos, y en los ojos,
una ansiedad  vertiginosa por la ingravidez del movimiento,
por lo inesperado de verme erguido, también, erguido y desafiante, cazador  y presa, dispuesto para agazaparme.

Me habían dejado sólo y sólo por arrogancia, sobre  tres azulejos de colores.
Me habían proporcionado la libertad de mover las piernas en equilibrio indiferente.
Apenas un leve palmo, en el sentido de lo primigenio y diminuto.

Tan fundamental, casi impulsado hacía unos brazos abiertos como alas con plumaje carmesí de piel de ave del paraíso.
En otra dimensión extraña.
El sonido de un corazón sobre mis oídos, siempre aquel corazón desde el principio.
(He de decir que nunca recordaremos cuándo sucedió la percepción de los latidos, pero hubo uno).
Y el olor de Ella, jamás, en toda mi vida  desprendido de mi olor, siempre aquel olor
anunciándome su presencia,
que eran sólo tres pasos, a tres pasos sobre una diminuta senda.
Con la primera percepción del tiempo
sospechando
…que ya tendría que haber llegado a una estación en forma de regazo.

Luego surgió la voz, primero un gesto de la boca, donde después se pusieron los nombres de las cosas: lo más alto y lo más alto aún, lo más ancho, lo más grueso,
lo más lejano, lo cercano, lo dulce y lo más amargo, lo rojo y lo muy rojo, lo azul y lo blanco, las cosas, y todas las cosas, no he enumerado todo, la locura:  vino lo ausente, la ausencia, lo angustioso.
Y luego la mujer de los abrazos largos me enseñó lo contrario de lo que era malo.
La octava dimensión inapreciable que está en todo lo que nace y desea vivir.
Y me acariciaron una y otra vez esas cosas que son las manos, guantadas de amor que llegaban tan lentas como la luz que ya estaba en su sitio, porque  nunca se había ido de tan veloz en su regreso.
Sólo, lleno de soledad, me  dejaron llegar desde el primer camino.
(He de decir que nunca recordaremos muy bien cuándo fue esa ruta).
Ella, la que me estaba esperando.
Nada que añadir antes de avanzar.
Aún me quedaban millones de segundos por saltar.

sábado, 19 de noviembre de 2011

DESPERTADO.





La épica no existe.

Ayer dejé la mesa sin recoger. Eso fue ayer, no sé desde qué hora.
Alguien predijo este momento, volver a entrar, y ver la mesa en ese estado.
No hay nada más hermoso que levantarse medio muerto, medio dormido.
Nada más hermoso que dudar quién te contiene.
Instantes de incertidumbre, casi flotando, sin reconocer la vida.

Mucho más allá distingo la ventana, y es una osadía  quebrar el instante.
Nunca más será el regreso a esta noche en la que no recuerdo haber  soñado.
Si pudiera darme la vuelta, imaginariamente,
recorrer lo recorrido,
volver al claustro, como si ninguna vez me hubiera despertado.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Y FRÍO.


Me puedes decir que todo es todo,
que lo inmenso se establece
cuando quieres describir la libertad.

Que  son influencias de este mundo
el que te puedas quedar callado,
cálido aún,
en medio de la penumbra.

Y que por si acaso, para que sea llevadero,
te hablan del dolor como algo pasajero,
e inmediato, que debes estar preparado
para regresar al silencio.
Ya desde siempre.
Abiertas todas las puertas.
Estando ya desestimado,
inexistente,
y frío.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

ABSOLUTAMENTE.


Me huelen las manos a neumáticos Michelín, a perejil, y a tu conejo. Absolutamente.
Me huelen a ponerte la mano por atrás, a sujetarte en el metro, y en la puerta del hospital, a esperarte y a cogerte la bolsa en el Mercadona.
Me huelen las manos a ponerlas levantadas y abiertas sin esperanza, me huelen las manos a apretarte; y me las huelo, mientras me siento en la sala del dentista, acojonado,
poco hombre.
No sé de qué morirme, no sé si de velocidad, de inmensidad, de dolor, de viejo, de joven. Absolutamente.
Y vuelvo a oler mis manos con rastros de aftershave, de que estuvieras tú antes del amanecer señalada por mi dedo.
Te quiero tanto que solo  huelo a ti cuando voy a buscar la dosis en un erre cinco, al estilo Picapiedra.
Y se me parte el alma de tanto paisaje dado la vuelta porque es ya Jueves.
Sé que estarás preguntando por mi, cuando me muera lentamente. Siempre.
Escondido tras un muro de tablas deshechas.
Siempre.
Al alba, como los poetas cobardes. La cabeza en mis rodillas.
Huele mi mano, aún huele a ti.
Absolutamente.