viernes, 29 de abril de 2011

ESTO ES EL VERDADERO FINAL.


Otra vez en cuclillas los pies apoyados en el suelo, otra vez.
Otra vez sentado apoyados los codos sobre la mesa, otra vez.
Otra vez hasta aquí, hasta allí, luego el retorno, otra vez.
Todo esto que digo para desear que no llegue el momento.
Para desear que todo se aplace, inapelablemente,
hasta otro momento que ya llegará, inapelablemente.
Es una de estas dos situaciones:
Debo ir, sentarme,
mirarle a los ojos y esperar a que me diga la noticia.
El estómago revuelto de los nervios.
Con ganas de ponerme en cuclillas, otra vez.
Debo esperar a que vengan a contármelo.
El estomago revuelto de los nervios.
Sentado, apoyados los codos sobre la mesa, otra vez.
Mi vida ha sido así, en varias posturas: sentado, de pie, acostado.
Entre los intervalos en movimiento hasta el final, si te fijas.
Siempre:
o sentado,
o de pie,
o acostado,
o empujado, no de otra forma.
Excepto caminando en circulo, hasta el descanso;
ya mucho más tarde, en pleno final.
Una vez tú, solo tú, sobre tu pecho esperando es mucho más fácil,
a que tu boca baje sobre mis oídos y me digas:
debes descansar, sólo en dos posturas:
sentado, acostado, ya no habrá más.
Nunca más.
Esto es el verdadero final.

domingo, 24 de abril de 2011

NUNCA MÁS SABRÉ DE TI.



Estaba tan salido que me corrí fuera, pero le dije:
te quiero igual, el placer fue el mismo que si hubiera meado después de una curva,
con los niños en el coche, y mi mujer mirando por la ventanilla desde atrás.
Iba muy nervioso por casualidad, en mis espaldas llevaba unos ojos;
en mis hombros dos retrovisores, en mis manos un papelito blanco.
Y subí entre dos botellas de butano que había en el portal:
flores de plástico, olor a cocido de garbanzos, y una bicicleta coja sin las rueda de
atrás.
De tan negra que eras sólo me di cuenta de sus ojos.
Miraban así de blanco hacía los lados, a izquierda y derecha el blanco de sus ojos.
En el medio de la habitación una fontana árabe de chorro ladeado, un bidet.
La penumbra escasa desde el patio que daba a lugares escondidos:
-Marujas detrás de los visillos-.
-Viejos en las ventanas-.
-Ajuares de rodillos en los tendales-.
-Sábanas blancas sin ninguna prisa-.
El mango, por decirlo así, allí puesto, y ya casi me voy al precipicio con el chorrito semifrío.
Entre sus manos manipulando con dulzura, sentado en un butacón de porcelana.
Inadecuado. Se me salía por los ojos. Me lo dijo el taxista.
Tus caderas también negras, dos valles llenos de tormentas.
Tú culo como un montón de arroz cargado de calamares en su tinta.
Tus labios como dos neumáticos de un todo terreno, deshinchados por el pico de una rama de roble en forma de puñal.
Y luego.
Tú sin lengua y yo con mi lengua en forma de azada.
Socavando entre teclas de piano todas blancas. Tu boca me sabía a goma de borrar.
Y tus brazos que casi no apretaban me llevaron sobre tus pechos.
Fue la única piel que encontré en mi camino. Fue el único suceso.
Fue aquello de atinar hacía el noroeste, un poco al centro. Fue.
Y casi lo tenía, cuando vinieron a mi cabeza las llanuras del desierto.
Ocho mil cadáveres, una prensa de veinte toneladas troquelando cabezas.
El olor a grasa consistente.
El olor a líquido de frenos.
El olor a medicina.
El olor a estiércol removido por las moscas de la muerte.
Sólo supe que eras negra cuando me marchaba. Se me había olvidado.
Tú mano abierta casi blanca, mi corta gloria.
Llevando tu boca, por unos instantes.
En mis bolsillos vacíos, una corrida a destiempo.
Y Zoraida, tú supuesto nombre.
Quizás.
Nunca más sabré de ti.

UNA PUTA PENA.


Mi tierna infancia estuvo plagada de actividades extraescolares.
Nunca tiré una puñetera piedra a los pájaros, pero supe solfeo con siete años,
y al atardecer mi madre me iba buscar al kung fu,
y los sábados por la mañana mi padre me llevaba a patinar,
los domingos mi madre me llevaba a catequesis, y hubo muchos lunes
de gimnasia rítmica, pintura de acuarelas, inglés, francés;
alemán los jueves.
Verdaderamente la primera paja me la hice a los catorce años,
casi no sabía, moví mi prepucio por instinto, casualmente,
y me entró el primer gusto a las tres de la tarde sobre un cobertor a rayas.
Crecí sabiendo de todo un poco, ya sabes cómo es eso, ya lo sabes.
Un día te ponen a tocar el piano, por casualidad, otro día das unas volteretas.
Otro día declamas salmos.
La gente asiente por lo del niño prodigio, prodigioso.
Pero realmente buenas pajas nunca me hice. Lo que es un pajote con todas las de la ley,
científicamente reposado, a lo manco perezoso.
A mis padres los vi follar por primera vez en cuaresma. Por la mañana olía a churros y chocolate.
También estaba la abuela vigilando, y no nos fuimos de la puerta hasta que se corrió mi padre: relinchaba a lo mula maderera.
Mi madre hacía que pataleaba con las zapatillas puestas. Intenté hacerme una paja a escondidas, harto de chocolate, inspirándome en el culo de mi padre.
La abuelita me vigilaba, ni una puta paja tranquilo.
Comía sopa de letras, me gustaba poner nombres a las cosas al borde del plato.
Venían en los atardeceres sobre los libros de matemáticas libélulas hermosas.
Soñaba con volar desde arriba hasta el suelo, en un santiamén, muy despacio el santiamén.
Soñaba que algún día sería piloto de aviación y hacía pajaritas con la forma de la tartana voladora de Leonardo da Vinci.
Pero buenas pajas nunca me hice.
Lo intentaba delante del espejo, y se me venía el culo de mi padre a la cabeza;
la abuela vigilando.
Una puta pena de pajas.
Tantas actividades extraescolares, tantos chuches, me hicieron un gordito.
Lo que se dice una buena paja, nunca nunca nunca.
Ahora, el culo de mi padre ya no existe.
La abuela me vigila desde el cielo.
Mi preparación fue extraordinaria para el cobro de morosos.
Pero una buena paja, nunca nunca nunca.
Una puta pena.

sábado, 23 de abril de 2011

NO SÉ HASTA CUANDO.


Me había parecido verte en otra oscuridad, no en esta concretamente, era en otra oscuridad, sin duda.
Cuando abro la puerta que da a cualquier lado pudiera decirse que vive una sombra allí donde está todo lo que poseo, todo lo inanimado, recuerdos que guardan tu presencia y otras presencias.
En sí mismo un objeto no es nada, sólo cuando lo miras recupera su geometría en el espacio, armoniosamente incluso, envuelto en sombras lo adivinas, allí siempre.
El mundo puede ser tan diminuto como una celda. Un preso no debe necesitar más para ser feliz, tiene que convencerse de lo que hay...
La tortura de un hombre dentro de un espacio diminuto, si no está narcotizado, es porque no se da cuenta de que sólo tiene ese horrible espacio, el espacio es tan reducido que casi es Él mismo dentro de si mismo.
Dentro de nosotros mismos, muchas veces, nos angustiamos, es la locura.
Los años te inhabilitan de cualquier forma cada día que pasa hasta el final, si el final es no encontrado de repente: inesperado (en disminución lo vital).
Ser viejo. Vas para viejo. Te encuentras viejo. Vive, todo se quedará aquí.
Un viejo no puede abarcar más, cada vez se reduce más el entorno, lo que miras, lo que puedes palpar, lo que puedes descubrir, lo que puedes modificar, lo que puedes crear, lo que puedes sentir.
Yo estoy en un atardecer cualquiera. Fuera hay tonalidades sobre algo.
Al atardecer coexiste lo difuminado y hay otra vida que retorna de los sueños.
Es angustioso ver que las sombras toman forma, aquí sentado, petrificado, fácil presa.
Cuando te veo en la oscuridad tan cerca de mi respirando sobre mi cara,
enroscada sobre toda la noche, como una duda inamovible que no puedo despejar ni moviendo los brazos para espantarte, ni eso; otra vez te formas y permaneces.
Me encuentro aquí por una casualidad y de momento, felizmente, sé quién soy.
No sé hasta cuando.

viernes, 22 de abril de 2011

PROSEGUIR NUESTRO CAMINO.



Les dije: os puedo preparar cualquier cosa, cualquier cosa está muy bueno. Nada me contestaron, de todas formas nada me iban a decir. Saqué de la nevera doce zanahorias, tres puerros, cuatro huevos, tres cebollas, varios brotes de coliflor, y una fiambrera de cerámica de hígado encebollado con una leve capa blanquecina sobre su superficie como de haber permanecido allí varias semanas; también encontré dentro de una bolsa de tela llena de bordados varios mendrugos de pan. Les dije mientras me esperaban, podéis tumbaros un poco tomando el fresco, creo que entendieron esa orden por el gesto brusco de mi cabeza. Las casas de campo del extrarradio tienen esas comodidades añadidas, están al mismo ras del suelo, y se puede salir atravesando el alfeizar de las ventanas para tomar el fresco. Salieron gruñendo, no esperaba menos de los dos. Él, con pequeños arrumacos de mal humor, Ella olisqueando las esquinas como era su costumbre.
La comida para tres es muy fácil, puse agua a cocer sobre el fuego de la cocina. Corté todos los ingredientes con un orden, y los mezclé dentro de la hoya sin ningún orden. Mientras esto pasaba me asomé a una ventana más elevada que daba a una tarima de tabletillas de madera que bordeaba la casa, con una barandilla rústica hecha de trozos de pino con muchos nudos. Observé más allá de la arboleda el tono de luz diluyéndose, la tarde caía suave y lentamente sobre los montes cercanos, mientras un ligero sonido de hojarasca era percibido por todos nosotros aunque no sé de qué forma en cada uno de ellos. Los observé a unos metros del alféizar que habían atravesado de un saltito, cada uno a lo suyo, ella con su hocico removiendo terrales de hierba, Él, olfateando las esquinas, levantando su pata intentando miccionar sin ganas a cada instante. No proseguí mucho tiempo allí; de la cocina empezó a llegarme aquel olor ocre a cocido de verduras, y el repiqueteo de las gotas que salían por el borde de la hoya cayéndose sobre la llama. Me acerqué hasta la cocina y comprobé que aquello ya estaba cocido. Le di varias vueltas aún, le añadí el hígado encebollado, abrí los cuatro huevos y los derramé dentro, incluí los mendrugos de pan desmenuzados, y le seguí dando vueltas con un cucharón de madera para que se acabase de hacer hasta el reposo.
Tuve que entrar en un trastero del sótano a buscar un barreño mediano, cuando lo abrí, apenumbrado por una simple bombilla mortecina, me miraron varias muñecas con caras de cerámica arrimadas a la pared, al tiempo que percibía un penetrante olor a alcanfor, a polvo, y a trastos viejos.
Dispuse el barreño de madera en el medio de la cocina. El guiso estaba templado, y lo fui volcando con suavidad. Percibí sus vapores, su olor no me pareció desagradable. He de decir que tenía textura densa de caldada, y el olor a podrido de la coliflor era el predominante; pero incluso así, no parecía de mala calidad aquella cena improvisada.
Ya no me quedaba nada más que llamarlos y entoné aquella renglera de sonidos onomatopéyicos tan familiares: uinn uinn uinn (dejando caer mucho las enes para Ella), y: uiff uiff uiff (enfatizando mucho las efes para Él). Vinieron en unos instantes. Ella traía su boca llena de tierra, Él, ahora, levantaba sus labios desiguales husmeando aquel olor que flotaba en el aire, su territorio estaba lleno de efluvios confusos de coliflor. Les dije: esto es cualquier cosa, cualquier cosa quizás no tenga buen sabor pero nos alimentará, es de gran contenido energético y bueno para la circulación. Parémonos un momento y demos gracias al Señor por haber encontrado estos alimentos en esta casa abandonada.
Lo bendije: ...oh, Señor, bendice estos alimentos que vamos a tomar...
Fueron respetuosos con aquel silencio.
Cuando empezamos a cenar ya no existía la luz del atardecer, la noche debió de llegar desde los montes cercanos, caída ya sin ningún recato y sin ninguna claridad.
Metimos los tres con ansiedad la cabeza en el barreño. Yo no muy diestro en comer directamente con mi boca, con alguna dificultad para absorber, deglutir, y masticar con esta secuencia que debía ser continuada. Mi cabeza estaba al lado del de Ella, sentía en su movimiento ladeado rozarme a veces sus grandes pestañas y mientras comía observaba su facilidad para hacerse con los mejores trozos de la caldada. Eran dentelladas hasta casi el fondo, su facilidad le hacía comer con suma rapidez, llevándose los mejores viandas, como digo. Él, era el menos ducho, gemía a veces, se limitaba a meter su boquita (hociquito) por algún trozo flotante de hígado encebollado, agitando la cabeza hacía los lados de impotencia. Media hora larga más tarde, dentro del barreño quedaban sólo un dedo de posos y algunos restos de hígado de mal sabor.

Permanecimos reposando la cena un largo rato. Nada nos decíamos, era imposible; quizás nuestras miradas…, también era imposible mirarse de frente, sobre todo a Ella con aquellos ojos acuosos a los lados y aquellas pestañas tan largas a lo osita Peggy. De fuera llegaban los ruidos de la noche, más precisos porque la oscuridad hace espesos los sonidos, unos zumbidos mecánicos de la ciudad que estaba al fondo, bufidos de gatos, gorjeo de búhos, y la suave brisa que arrastraba las hojas inmediatas sobre el suelo.
Sobre las doce de la noche les propuse acostarnos. Esta decisión sabía que iba generar algún tipo de conflicto dado que sólo había un camastro en toda la casa. La simplicidad de una cama estrecha, una alfombra y una mesita de noche sin cajones, y en la pared pegado un papel lleno de filigranas y festones con ciertas simetrías de color verde y azul oscuro. Hubo que decidir cómo dormir. Era indudable que una parte de la cama sería para mí. Y que mi predilección era acostarme con Ella. Fueron ciertos gruñidos que no entendía, tampoco sabía si entre ellos se entendían. Así estuvieron casi un minuto, tratando de entenderse, tomando una decisión que sólo tenía una solución: uno de los dos dormiría sobre la alfombra. Salí de allí unos instantes, para dejar que tomaran por si mismos aquel crucial acuerdo, y me quedé pensando en el pasillo lleno de oscuridad. Algunas veces la sombra de los pasillos me hace sentir una repentina ansiedad. Si los camino lentamente suelo estirar los brazos como un sonámbulo, cerrando los ojos, algunas veces, en esos estados, puedo percibir la materia oscura como una suave gelatina que me roza.
Cuando volví a la habitación los vi razonablemente ubicados, no hizo falta modificar su posición. Premeditadamente, si Ella no hubiera estado acostada sobre el camastro, hubiera tenido que desubicarlos, y los hubiera ordenado en las mismas posiciones que estaban ahora: Él, enroscado sobre la alfombra, y Ella toda a lo largo con su barriga caída dispuesta hacía el lado donde pretendo reposar mirándole sólo un ojo.
Había cierto sopor en la estancia y me quedé en camiseta y calzoncillos. Me acosté despacio hacía su lado y me tapé ligeramente con una fina colcha. Le pasé mi mano por su cuello percibiendo su fuerte respirar, y aquel olor pútrido sobre mi boca. Delante de mí estaban sus doce tetitas, no era cuestión de hacer un sorteo, empecé a chupar las de un lado en orden descendente, las del otro lado en orden ascendente, luego alternativamente quebrando a un lado y al otro el orden. Noté como Ella agitaba su respirar de forma diferente. Noté que su excitación aumentaba cuando permanecía succionando las terceras tetitas intermedias a ambos lados. Sabiendo esto, permanecí largamente allí pasando mi lengua suavemente.
La noche fue larga y apasionada.
Él, desde la alfombra, nos sentía jadear, abriendo su ojito lagrimoso.
No sé si estaba celoso. Lo ignoro. Tampoco me importaba.
Dentro de unas horas debíamos de proseguir nuestro camino.

miércoles, 20 de abril de 2011

BERBERECHOS.



Esto fue al final del todo.
Yo estaba en el suelo porque circunstancialmente me había caído de la cama. Quiero decir que estaba equidistante de todo menos de la cama; pues si estiraba mi mano aún podía asirme al colchón por el borde superior, digo asirme, no en el sentido de apoyarme para elevarme, sino en el sentido de asirme para poder intentar elevar mi cabeza. También gritaba orientando mi boca indistintamente hacía los lados, con el fin de que los posibles gritos que saliesen de mi boca pudieran ser escuchados hacia el norte, hacia el este y hacía el oeste, el sur no era dominado aún debido al escaso margen que dejaba mi cuello para poder girar en esta dirección. En mi suave caída hasta la alfombra, había arrastrado las sábanas y el cobertor quedando las mismas sobre mí, lo que impedía que la brisa que entraba por la ventana entreabierta enfriase mi piel desnuda, sintiendo sólo la frialdad por la parte de mi cuerpo apoyada en las baldosas. De encima de la cama sentía unos rugidos casi estertóreos, y el contorno ovalado de su barriga que subía y bajaba.

Esto fue cómo hace unos ocho minutos.
Me dispongo a escribir esto sin mucho afecto, quiero decir que no estoy afectado.
Percibo con regularidad sensaciones inequívocas, señales extracorpóreas, que aunque difusas me llenan de dudas razonables. Desde hace seis años me vienen obsesionando las empanadas de berberechos, los berberechos en si, su deformación vulvar. Quiero decir que los berberechos me apasionan en cualquiera de sus formas y presentaciones, incluso dentro de la almejita. Tengo una predisposición angustiosa si no capto su sabor en periodos de frecuencia quincenal, ni un día más. Me veo obligado a tener en casa una logística de unas doscientas veinte latas, ni una menos, viajo siempre con una media de cuatro latas, ojeo su posibilidad de comida en los platos del día. Quiero decir con todo esto que es evidente y manifiesta mi compulsión por este molusco arenero. Antes era mucho de zamburrinas, me encantaban las picantotas en conserva. También las navajitas asomando por su vértice entre las dos hojitas laterales.
Fui mucho de almejitas y caracoles de mar. Lo mío quizás sea algo cliptoriano.
He de consultar.
Le dije a ella, sácame otras dos latas de la alacena, joder, no quiero cucharilla del café, las voy a beber.

Veo tantas latas vacías en el abismo del patio de luces, que me parece imposible.
(Ocho mil cuatrocientas setenta, muy aproximado)

Esto fue ayer a media tarde.
Yo soy mucho de tocarme los huevos en cualquier lado, incluso llevando traje, y cuando hablo con otro (u otra) en la misma calle. No sé por qué motivo siempre me los estoy rascando o sobando. Muchas veces cuando estamos mi mujer y yo panza arriba sobre la cama, también me los toco. Mi mujer me llama guarro, guarrón, porque en esas circunstancias, después de sobármelos bien bien, me huelo la mano, y me huele a sudor de huevos, a rancio. Algunas veces también me paso la mano y los dedos por la raja del culo y saco bolitas de pelusillas -lo del culo es sólo es en los días santos y fiestas nacionales-.

Esto fue el viernes en el baño mientras cenaba la parienta:
Algunas veces me hago de pajas con la vecina, quiero decir pensando, imagino que la penetro, pero cuando la estoy penetrando voy y me corro. No soy mucho de aguantar en las pajas. Con mi mujer aguanto más, la veo allí, con los ojos abiertos.

Esto fue con siete años:
Plañíamos en el aspecto de cantar al santísimo. Todo creado a cuatro patas, incluso sin esfuerzo apoyados sus brazos de cualquier parte del universo, deponiendo. Una gran cagada. Nos venía a decir aquel fraile sin cara desde la esquina del pulpito, elevado sobre todos nosotros. Y entre deposición y deposición del sumo hacedor, plañíamos canciones a muchas voces que sonaban hueco por cualquier hueco de la iglesia.

Esto lo hago siempre:
Muchas veces me quedo mirando la sombra de las cosas, según va pasando el sol, es una costumbre de antiguo. Últimamente lo hago con una línea recta del armario a eso del medio día, cuando le da el sol de lado. La sombra va pasando sobre la alfombra dejando una leve penumbra a ambos lados. Quiero decir que no es una línea exacta, es difuminada. Muchas veces antes de llegar al borde de mi cama, me pongo a dormir. Cuando miro a esa línea no pienso en nada. No sé si es posible no pensar en nada.

Esto algunas veces ocurre:
Los vecinos de abajo son muy mayores. Ella está muy impedida. Un día vi descargar en el portal un artilugio como una grúa con un vástago cromado y unas ruedas. A él lo siento pegar muchas voces a eso de las nueve de la mañana. Quiero decir que lo sentía.
Últimamente no se oye nada. Mi mujer me dice que quizás la haya matado. No sé.
No huelo nada.

Esto cuando mi mujer tiene la regla (no le gusta por el ojete):
Cuando mi mujer me hace una paja (al unísono) también me gusta que me meta el dedo por el culo, y que lo mueva al mismo tiempo (al unísono). Si te fijas en el dedo medio de la mano izquierda –es zurda para las pajas- no tiene la uña preparada.
Ni pintada siquiera. Es una putada, pero…

(…Me jode mucho el olor de la acetona cuando se limpia las uñas. Eso y el zotal no lo soporto. Tampoco soporto el olor a pino que pone la gente para enmascarar el olor cuando se tira pedos en el coche).

Esto todos los días:
Me da pena ver a la señora del tercero con ese niño cogido de la mano. Es un niño grande. Algunas veces cuando salen del ascensor y los veo, me pregunto que será del niño grande cuando la señora no esté. Se me olvida siempre. Cuando los veo lo vuelvo a recordar. Siempre hay mucho silencio cuando salen. Yo los miro.

Esto cuando ceno:
Cuando abro las latas de berberechos no suelo meterlas en la basura, le digo a mi mujer que abra la ventana de la cocina y las tiro al patio de luces. Me gusta llevar la cuenta de las que como. Hay gente que protesta por los tendales de ropa. A mi me la suda. Las de berberechos ya taparon a las de zamburrinas, y las de zamburrinas ya taparon a las de almejas a la marinera.

Esto la semana pasada:
Al niño le compré un juego de cartabones traslucidos. Estuve dos días para explicarle lo del ángulo de noventa grados, un día para el de treinta grados, y una semana para el de sesenta grados. Al final ya le dije que la suma de los tres tiene que ser ciento ochenta.
Muchas veces se mete la madre por el medio que no tiene ni puta idea.
(Un grado es una cosa muy pequeña que se curva)

Esto pensando:
Lo va a querer dos veces. Tres, no.
Si lo quieres tres, no puedo.

Esto un Jueves con siete años:
Aquel fraile que no se le veía la cara, me dio un beso en la boca dentro del confesionario. Yo aún era un niño, y era por Semana Santa. Los santos tapados de negro. Las campanas tocando a muerto. Olía a incienso y a mimosas secas. A muchas viejas les olía el potorro. Olía a cuarterón de picadillo. Sí. Olía a masaje Floid. A humo de roble.Había mujeres que olían a pan de centeno. Olía a placenta de vaca. Olía a tierra mezclada con estiércol de conejo. A madera húmeda de pino. A serrín de madera mojada por la lluvia. A destilado de uvas de vino fermentadas. A laurel.

Esto ahora mismo:
Me dio un cólico, aquí.
Donde tengo la mano. Es como si te follaran por el culo con unas tijeras.
Y las abriesen dentro. Y luego les dieras vuelta. Y luego cortaras. O si te zurcieran con bramante. En la misma juntura, zurcida también la juntura. Del aguijonazo di un brinco milagroso. Levité del dolor.

Creo que fue una ojeriza.
No vuelvo a comer otra puta lata de berberechos. Así me tenga que ir al psiquiatra del seguro.

¿De la cama me tiró mi mujer? Dijerase que me dio un telele repentino. No me muevo con todo el conocimiento. A ciencia cierta no sé si me tiró ella sin querer a me dio algo nefrítico, algo algo algo. Es como si no pudiera gritar. Es como si no salieran gritos de mi boca, mientras la oigo a ella roncar completamente desnuda sudando como una cerda.

Cuando doy voces aquí al lado de la cama, tengo la sensación de que no salen voces de mi boca. ¿Serán esos instantes antes de morirse?
Esto ya no es la vida.
¿Qué será entonces?
¿Estaré vivo?





domingo, 17 de abril de 2011

EXTRAÑAMENTE, MIRÁNDOME.


Había un piano, recto por un lado y cóncavo por el otro y tenía una cola de piano, que no sé a que se debe, así visto, lo de la cola. Ella estaba de pie arrimada a la parte cóncava talludita como si fuera una viuda, sin duda era viuda talluda. Cuando la visitaba se ponía esplendorosa, otras veces, quiero decir que remarcaba su figura de una forma que parecía intranscendente, pero no lo era. También su cara retocada en sus sombras y luces, retocada su piel ya envejecida, levemente para que no lo pareciese tanto, también sus ojos que no eran tan grandes con aquella sombra que los hacía engañosamente grandes, más claros. Ya había atardecido, y sobre el piano una lamparita que lo dejaba todo tenue, digiérase en una penumbra acogedora para el amor. Yo me supuse que Ella estaba con la algarabía del deseo, esa leve humedad posmenopáusica, preparada para lo que pudiera surgir. Tengo que decir que era después de la atardecida, noche plena, no sé de que mes, no sé de que día, era de este año, y cuando entré en su casa había cerezos floridos. Premeditadamente razono la situación, aquella concavidad y aún sus caderas elevadas sobre aquella concavidad ajustadas (¿ambas?) a la curvatura del piano, sus ojos mirándome. Me acerqué plenamente. Sentí sus muslos calientes, sus tetas extrañamente elevadas contra mi pecho y me acerqué con mi boca abierta hasta su boca cerrada, incluso los labios apretados, yo haciendo una culebrita con mi cintura sobres sus muslos, erecto, sí, casualmente; mi lengua se metió entre sus labios como una cuña de madera sobre la madera hendida y acaricie sus dientes, hasta que poco a poco la fue abriendo y sentí su húmeda lengua. He de decir que mi mano era un puñado entre sus piernas sobre su falda, un puñado de faldas, braga y coño.
Y apretaba y aflojaba, varias veces, a ese ritmo, la mano o el puño, es esa sensación en que crees que das placer salvaje, costumbres trasnochadas aprendidas en el campo, con el ganado. Y fue esa ocurrencia de meterme más adentro, ya en el interior de la falda, en el interior de la braga para hacer otro puñado muy grande notando sus pelos en mis manos y aquella fluidez dispuesta, rezumando, creía, sobre la palma de mi mano una suave viscosidad, divina, fruto de su supuesta calentura posmenopáusica, vete tú a saber, si era así..., si rezumaba.
Fue su rodilla, pretendo suponerlo contra mis huevos, lo de mis huevos era cierto, un hondo dolor después de aquel descomunal golpe tan imprevisto en si mismo, pura inercia seca y fuerte entre mis ingles; ira transformada en fuerza. Pude haber quedado pálido, no sé, tirado fetalmente, con mis manos allí, aliviando lo imposible, aquel dolor que emergía quemándome por momentos, debajo casi de la misma cola del piano, o lo que pudiera llamarse la parte cóncava que veía desde mi ridícula posición.

Análisis:
-Lo impredecible de las reacciones humanas.
-Intentando ser discreto, pensando que la discreción tapa ciertas ansias, aparentemente.
-Lo supuesto de nuestros pensamientos alegóricos respecto a la realidad cierta del otro ser, que imaginado, creemos se presenta ante nosotros como un objeto repentino, que puede ser pasajeramente ¿amado?, manoseado, sin más.
-Un rodillazo en mis huevos como efecto de un erróneo planteamiento movido por apariencias ambientales externas muy imprecisas.
-La suposición de cierta ternura donde solamente había impulsos felinos, o recuerdos de fidelidades maritales dadas, prometidas, en el lecho de muerte: “nunca más follada, nunca más mi coño horadado”.

En la campiña arrullaban cantos matutinos los alimoches, aguiluchos y vencejos, gorriones también había. Las gotas frías de rocío se disponían impacientes para ser absorbidas por el sol. Mis huevos aún hervían impávidos, indefensos, sin ser culpables de nada, absolutamente.

Era antes del amanecer y decidí coger mi auto de cuatro ruedas (4) para irme destemplado a un lugar llamado Otro Sitio. Llegué a Otro Sitio después de conducir durante unos treinta minutos por una autovía con escaso tráfico y varios túneles repetidos y equidistantes. Había un amanecer despejado y generoso en rastros rojizos horizontales sobre unas montañas suaves aún no despejadas del todo por la oscuridad. Me mantuve con cierta disciplina al volante, con aquella sensación que me venía en forma de pulsión desde la entrepierna.

Llegué al Otro Sitio a las ocho y media de la mañana y decidí aparcar directamente delante de la plaza de abastos. La campanita de la puerta de entrada en arco de oliva estaba dando los tres badajitos de las medias. Había dos perros con los culos juntos, de esa forma en que no pueden salirse una vez acabado el coito, ahora sin gusto alguno, un guripa con medio medallero refulgido, quiero decir brillante, en las solapas, indicativos de la municipalidad, los iba arrimando con su bota grande, despreocupadamente, y los canes, aullaban, ahora de dolor, sus miembros ahora enculados a noventa grados, sus miembros hinchados ahora a noventa grados llenos de dolor, sin poder salirse el uno del otro (yo en estos casos me desinflo, pensé para mí, ¡qué dolor!).

Por muy bien que puedas describir un hecho, incluyendo todas las sensaciones de los sentidos, nunca será igual que la realidad.
Cómo podrías describir el olor de unos fréjoles cociéndose, por ejemplo.
¿Es cierto que unos olores invitan a otros olores? Esta podría ser una teoría nada despreciable.
Había razonado comer pescado a medio día.
¿De alguna forma se me había ocurrido comer pescado?
¿Olía mi mano, aún, a pescado? No puedo describir ese olor. Es eso el motivo de mi ocurrencia, mis ganas de pescado.
No lo sé, no puedo saberlo.
Puede ser. Podría ser.

Había pasado varias veces viendo los peces. Todos acostados en diferentes posiciones, ordenados por tamaños en algunos casos, en otros casos ordenados por clases, nunca ordenados por colores ni por el precio; otros a granel depositados por el hielo como si los hubiesen tirado a propósito. Di varias vueltas como digo, y me fijé en un salmonete de tamaño mediano dispuesto en navegación, apoyado sobre su parte inferior, ligeramente encorvado, sus ojos a los lados como si aún estuviesen tocados por el agua del mar. Me decidí por sus ojos carmesí que parecían mirarme de lado, o ladeados. Para que me pudiesen mirar los ojos del salmonete debería recorrer hacía cada lado una proporción aproximada a dos pasos equidistantes; entonces el me veía, indistintamente por cada ojo, dependiendo de que lado me dispusiese durante la observación.Delante de mí una señora mayor estiraba su mano para coger merluza en rodajitas. Cuando me aproxime todos los peces allí dispuestos parecían enjaezados para que fuesen ellos de mi elección. Pero yo, le dije a Ella, una pescadera rolliza, con mandilón de caucho hasta la cintura y guantes de plástico hasta los codos, muy abrigada, déme ese, el salmonete, como lo quiere, en rodajitas, sin cola, la cabeza partida, le quito los ojos, no los ojos no se los quite, y lo de las huevaras (si me las llevaba), va y me dice, se lleva usted las huevaras.

Todo en esta jornada era relativamente nauseabundo.

Retorné a mi casa a las nueve y media de la mañana del día de hoy, ciertamente, he retornado medio sano. De alguna forma encogido, ligeramente doblado al lado izquierdo en sentido de mi propulsión. Cuando ayer salí de mi casa no me imaginaba cómo iba a volver. Nadie estaba en el garaje, nadie en el ascensor, así que no tuve que explicar ninguna coartada por mi estado de deambulación. Aunque no había nadie, fui discreto al entrar en mi casa. Deposité el salmonete en la nevera como si nada, quiero decir tirarlo dentro según venia. Luego, aún, aquel adormecimiento. No supe que hacer de inmediato, ninguna idea, es eso, es eso. Me dio por asomarme al espejo, presumiblemente era yo, al salir del baño aún quedaba allí mi imagen, extrañamente, mirándome.



viernes, 15 de abril de 2011

SUBLIME EXPERIENCIA EXTRACORPÓREA.



…lo que viene de atrás son pensamientos irrelevantes que no transcribo, en el sentido más amplio que tiene la acción transcribir, es decir, no transcribo nada. Delante de mí hay una amplitud inmensa, sería imposible relatar lo grande que parece, es todo el campo verde por el suelo, azul por el cielo y por los lados interminable. Y lo que se me ocurre mirando todo esto, es si alguna vez he dado placer a algo o a alguien, digamos, placer a algo con dos patas, placer a algo con cuatro patas, descontados: insectos, reptiles, y peces.
He podido tirarme todo lo largo que soy sobre esta mullida alfombra de hierva y florecillas, y he podido cerrar los ojos para ser inanimado a los seres vivos que me rodean, intentando estar completamente al margen, sin conseguirlo, incluso al margen de Dios que está debajo de mí, sobre mí, y donde quiera que toques: Dios allí, sobre todas las cosas, incluidas las inanimadas; los hombres que lo crearon todo lo pusieron de dueño sobre lo vivo, lo viviente, sobre lo que ha vivido, sobre lo que vivirá.
De esta forma que estoy he girado. Se entiende por girar sobre mi culo. Considerando mi culo el punto de giro, considerando mi culo lo más idóneo para intentar girar por su equidistancia proporcionada. Ya estoy girado, sin dificultad girado. Ahora veo la inmensidad desde otro punto de vista, hay otra proporción en las distancias desde las colinas hasta mí. Veo la inclinación inmensa hacia arriba en forma de pendiente que no deseo subir, y hacía abajo varios cercados divisorios construidos de maderas carcomidas y trepados por zarzales. Y e aquí, que habiéndome puesto en una posición ciertamente preocupante, estando en un equilibrio totalmente inestable, aún así, sigo repasando por mi memoria, si alguna vez di placer a algo o a alguien, exceptuando insectos, reptiles y peces.
En esta nueva posición sigo sin estar al margen de Dios.
Me he cagado en Dios muchas veces por culpa de mi mismo.
Me arrepiento de haberme cagado en Dios.
Me he cagado en los hombres muchas veces que es como cagarme en Dios.
He hecho daño a los hombres muchas veces que es como hacérselo a Dios.
He adorado a Dios muchas veces después de haberme cagado en Él.
He robado a los hombres llenos de miseria, he maltratado a los hombres que es como maltratar al opulento Dios.
¿Y si Dios también es un asesino? (esto último con todas las reservas).

Elucubraba así, sin un sentido práctico, relacionando al creador de Dios con Dios, como tal. Es decir, si has creado algo puedes hacer con él lo que te plazca.
Elucubraba en una posición tremendamente inestable. Mientras la inmensidad se había puesto de un tono gris donde antes había plena luz. El tiempo había pasado, había pensado (circunstancialmente los pensamientos llevan tiempo.) En aquella posición me dije, es cuestión de un impulso. Hay ciertas leyes de la física creadas por el hombre que explican lo que, acaso, no ha creado Dios: la gravedad en el sentido de atracción hacía abajo y hacía los lados (hacía abajo le dicen peso). Como yo estaba sobre un plano inclinado había una línea de fuerza hacía los matorrales varias decenas de metros hacía la profundidad del todo, el todo era un límite en donde terminaba aquel abismo inmediato.
–Alguien puede pensar en el infierno, pero no era el infierno, al otro lado había ocho vacas pintas-.
Fue cuestión de una reflexión, me impuse aquella reflexión, déjate ir de forma secuencial, una vuelta a otra vuelta y así a otra vuelta que lleva a otra. Me encontraba feliz por dejar de pensar si en realidad había dado placer a algo, exceptuando insectos y peces, así que fue lo más fácil que os podéis imaginar. Di la primera vuelta y el resto vino rodado. Al principio fui lentamente, veía girar ahora las colinas, ahora el cielo, al principio muy ordenado, colinas, cielo, colinas, cielo…, pero llevaría como unas veinte vueltas cuando todo se difuminó, no sabia dónde estaban las colinas y dónde estaba el cielo, era como una vorágine y tuve que cerrar mis ojos hasta que sentí un estruendo, con cierto dolor sobre mi cuerpo, pinchacitos en mis muslos. Permanecí unos instantes, ciertamente confundido, como si no supiera donde estaba, una desorientación desproporcionada, pues calculado a groso modo habría dado unas doscientas ochenta y seis vueltas y media. Después de unos instantes, ya más sereno, abrí de nuevo mis ojos, y aunque yo estaba previsiblemente quieto, todo giraba en mi entorno, las colinas, la inmensidad gris, todo giraba ahora circumpolarmente; mientras sentía unas enormes ganas de vomitar todo lo que había estado pensando sin ningún sentido estructurado.
Qué me importará a mi mismo si alguna vez he dado placer a algo o a alguien, digamos, placer a algo con dos patas, placer a algo con cuatro patas, descontados: insectos, reptiles, y peces.
Lo que medito ahora es sobre este nuevo estado existencial, sobre esta sublime experiencia extracorpórea.


jueves, 14 de abril de 2011

PARA QUE NO ME PUEDAN ESCUCHAR.



Sonaban unas sirenas desde lejos. De lejos sonaban unas palomas en el tejado, como suenan las palomas con eso gutural después de haber engullido un resto de comida de algo encontrado, de algo que estaba allí muerto o vivo sobre el tejado, dando la vuelta a la coja, una patita encogida, incluso palomas mensajeras, si es que lo eran. Luego, puede que al unísono, estaba el sonido de un reloj despertador a cada poco, no sé si a cada segundo que sonaba, toc, tic, con esa variante, tic, toc, o así, indistinto, aleatorio. Todo sobre un color blanco indiferente que también sonaba a color blanco. A todo esto me había despertado con un desequilibrio mental, demente es de mental, era una sensación extraña, adivinaba lo que sonaba, pero no sabía dónde estaba, lo miraba todo, los ojos para un lado, los ojos para el otro, sólo podía mover los ojos arriba hacía la cabecera acolchada de mi cama, abajo hacia mis pies desnudos asomando debajo de un cobertor, recordar, no recordaba, hubiera pensado que hubiera estado, que hubiera llegado de otro lado a este lugar, o que hubiera permanecido aquí no sé desde cuanto hace contado en una pila de instantes incontables.
Sí.
Sí.
Estar situados es esto: un (.), estás dentro de algo, y a su vez eso está dentro de algo,
dijéramos esto: [((.))]. Puedes seguir hasta el infinito, paréntesis, corchetes, nunca sabrás en realidad cual es el final.

¿Debes angustiarte por eso?
¿Debes inventarte ceremonias esquizofrénicas para justificar lo inexistente?

Digamos un estado mental sin ubicación en el espacio, en aquel momento todos los pensamientos, una paradoja, el mismo pensamiento era el que se preguntaba dónde estaba pensando, en qué lugar los pensamientos, podría decirse, sin armarse un lío mental. Cosas de esas, dado mi estado, reflexionaba, eran sin mucho sentido, si no estás ubicado nada tiene sentido, así dicho: no saber cómo, no saber dónde, no saber en qué.
Y les daba y les daba a los pensamientos tortuosos. Para eso imaginaba mover la cabeza, incluso la movía de forma insignificante debajo de la cincha de cuero hebillada: ¿pensaban, acaso, que mi boca podría morder a mi boca?
Desde mi corazón no importa en qué ventrículo, mi centro de gravedad en el ventrículo izquierdo, para ubicarme en ese punto, tres coordenadas para tres dimensiones, ubicado en un sitio sin moverme pero sin saber con qué referencia, quiero decir desde dónde, para saber si pertenecía a algún estado referenciado, siempre es: tú vas de aquí hasta aquí, tú te mueves desde allí, tú has llegado desde otro lugar, me entiendes, a eso me refiero, ubicados respecto a qué.
Por un momento alguien había entrado, había entrado alguien y otros más, con una cara, uno con una cara, era escrutarme con sus ojos desde arriba, todo blanco menos la cara, la cara pálida, con una lucecita mirando mis ojos, mis ojos estirados arriba, abajo, a los lados, escrutándome, luego golpecitos en el abdomen sonando a vacío dentro, dentro nada, era un tambor, pon, pon, y por la espala escuchando, ensimismado, agitando los pulmones a una orden me decía: hínchate de aire, aflójate de aire, por la boca entendido, por la boca, siniestramente respirando a sus ordenes. Mientras todo esto sucedía, otros cuatro sujetándome, uno por un brazo, otro por otro brazo, otro por un pie, el otro en el otro pie, o por la pierna, incluso sentándose sobre mis piernas para hacer más énfasis, todos ellos sujetándome por algún motivo que desconozco. En total, en la habitación blanca cinco vestidos de blanco muy junto a mí, casi al lado como bien he dicho, sujetar es estar muy al lado de alguien. Por un momento se fueron, pero seguía aún atado de aquella forma no sé de qué parte de la cama mirando al techo, ahora, en este preciso instante, mirando al techo, ya dije, escuchando desde no sé donde…, y no sé porqué motivo puedo reconocer lo inmediato, interpretar los sonidos.
Pero no sé realmente dónde estoy ubicado dentro de tanta luz.
Pensé que tenía que irme, para irse hay que moverse, yo moviéndome haciendo fuerza, apenas unos milímetros moviéndome, moverte unos milímetros es insignificante respecto a tu posición inicial, un micromovimiento, ni mis brazos ni mis piernas, dos o tres milímetros acaso, y cómo irme de aquí, cerrando los ojos, no hay otra forma ,cerrando los ojos pensando cómo flotar sostenido por tanta luz, vadeando por entre tanta luz por entre los sonidos que me siguen viniendo como un pretexto para querer huir de este lugar que no puedo ubicar, descifrar, recordar. Podría decirse que no sé quién soy, sólo, con los ojos cerrados para que no me puedan escuchar.

miércoles, 13 de abril de 2011

AMANTE TAN COBARDE.


Los óvulos estaban allí, Ella los había puesto, era tradición del Santo Ogino que los óvulos bajasen hasta allí, unas cosas diminutas, redonditas, como si los hubiese sentido caer hasta allí, tenía aquellas sensaciones cuando le pasaba esto de los óvulos, era un afán increíble de aparearse, de que le metiesen por allí la polla, hasta casi donde estaban los óvulos en su nidito. Fue un día de estos, de ovulación, no sé cuantos óvulos habían bajado en torrente, desde algún lugar bajaban. Habían bajado por la mañana a eso de las nueve en un acto reflejo al darse la vuelta para recogerse el pelo, pudiera ser también que hubiesen acabado de llegar a eso de las diez y media mientras hacía la cama exmatrimonial y alisaba con las manos unos pliegues de una colcha de color azul oscuro. El caso es que se asomó a la ventana y vio la tristeza intranscendente de la calle, las dos aceras, los coches en orden pulcro alineados en dos hileras, los ventanales de ambos lados, un reparador del gas de los falsos, un camión de reparto bajando palets repletos, un hombre como pajeando a los palets con una elevadora de cuatro ruedas, los tendales como banderolas agitándose, y a su hombre que llegaba desde algún lugar de la ciudad, sigiloso, su hombre acicalado, su hombre presuroso.

Su hombre tardó como unos cuatro minutos antes de entrar girando la llave, antes de entrar había sentido el ascensor con aquel ruido chirriado de puertas de corredera, las llaves giraron, la puerta de entrada giró también, y hubo brisa desde la ventana pasando por toda la casa hasta la cara de su hombre, desde su pelo suelto su cuerpo desnudo, dentro de una bata transparente, hasta la cara de su hombre que olía todos aquellos aires que habían subido también en desorden desde su coño. Y como una premonición casi a eso de las once de la mañana sintió la parte de Él arrimarse a su culo, y Él sintió sus formas abundantes blandas como un globo repleto de aire, como un flotador de bebecito dentro del mar. Ella seguía viendo lo que veía hacía unos momentos, tanta tristeza, lo de hacía unos momentos con algún trasiego más, irrelevantes trasiegos. Ahora sus tetas manoseadas, un movimiento instintivo escurriéndose hacia atrás, notándolo tan excitado, su vergazo, su verga como un palo recto y vertical. Los óvulos estaban allí a la buena, habían bajado a primeras horas de la mañana porque era su costumbre ver cierto tipo de lunas imaginadas, festejadas, y desatar aquellas ansias y fulgores como llamando a la vida. Ella se había dado la vuelta, y el ya estaba de frente mucho antes, de frente a su nuca mucho antes, ahora de frente a su hermosa cara, se reconocían con la boca abierta, las lenguas hasta donde buenamente podían llegar, anudadas, y fue aquello inconsciente de ir caminando a pasitos de baile cortos, cogido, inseparables, abrazados hasta el borde de la cama, si, y por una casualidad no premeditada, o quizás premeditada, ella cayó debajo y el encima, y el hizo aquello de siempre, intentar hablarle con la boca al coño, le hablaba muchas veces casi sin respirar en los prolegómenos, pero ella necesitaba mucho más, mucho más; de repente, los óvulos se aburrían allí calentitos pero solos, así, fue así, le dijo, mi amor métemela ya de una puta vez, sácamela por el culo, así mismo le dijo, de una puta vez que la atravesase, como acuciando, angustiada; así que su hombre se bajó los pantalones de esa forma, sonó la hebilla del cinturón de esa forma, y así amordazadas las dos piernas entre sus calzoncillos, entre sus perneras, atado, se escurrió hacia adentro a la primera en un acierto pleno, todo el muñón y la bola hasta los huevos, cerquita del mismo culo, todo aquello tan lubricado, tan acariciadoramente suave que vibró en varias acometidas emocionadas, en la ultima acometida después de treinta y ocho vibró diferente al tiempo que las manos de Ella amordazaban las dos partes de su culo que iba a retirarse hacia atrás lleno de cobardía, como otros días en otras mañanas llenas de cobardía, y ella tan harta de ovalarse tantas veces ovalándose para nada, todo un desperdicio sobre los pelos de su coño. Tantas veces esperando en la ventana, tantas secuencias repetidas tantos óvulos ansiosamente solos esperando a un triste amante tan cobarde.

martes, 12 de abril de 2011

OTRA VEZ.


Allí donde el poeta estuvo dando vueltas tan angustiado,
alrededor de su escondite.
Escrutando desde su colina.
Buscando desde donde hasta donde acababa el mar.
Quiero jugar contigo otra vez.
Ven, dame tú alma bella, otra vez.
Ven, acompáñame,
Quédate conmigo, por favor,
Otra vez.

viernes, 8 de abril de 2011

ÁRBOL MEDIO MUERTO.


Se habían abrazado ya antes tres veces o cuatro veces, era un rito abrazarse, en realidad se abrazaban con cierta ceremonia predeterminada, no había ninguna sensación dérmica en este hecho, se abrazaban tres o cuatro veces, se tocaban las sienes, incluso, un leve roce de labios, todo se desarrollaba como un hecho protocolario. Podía ser en cualquier lugar, una avenida o una calle secundaria que va a una avenida, con gente que pasaba a su lado en cualquier dirección. Cuando se abrazaban siempre había un banco vacío, un muñón escuálido de árbol y un cielo indeterminado que nadie apreciaba desde aquel lugar. Todos los días en el mismo sitio o un poco más arriba, o un poco más hacia un lado, o un poco más abajo, o en la otra acera que era semejante, sólo con los bancos en sentido contrario, se abrazaban, tres o cuatro veces, luego hablaban, ella me dijo, yo le dije, ya se lo decía yo, no me hizo caso, le está muy bien, va de lista, se pensaba que lo tenía amarrado. Muchas veces una de ellas llevaba cogida una bolsa de plástico con un anagrama y tres peces muertos dentro, un pez envuelto en la sangre de los otros dos, y los otros dos con la boca abierta como aún respirando, la otra de las dos, con otra bolsa y un pollo descuartizado en trozos diminutos sólo la cabeza del pollo con los ojos a los lados entera y una cresta en carne viva, las dos apretaban algo contra el pecho, o contra el corazón, o contra la parte superior del abdomen, los bolsos de cuero con los monederos dentro. No se citaban allí, era una casualidad estadística, una había salido a una hora, la otra había salido a otra hora semejante, desplazada en dos minutos, una respecto a la otra, y habían caminado por calles adyacentes con pasos de dimensiones parecidas, algunas veces cierta incertidumbre en ambas a la hora de tomar una decisión en un semáforo en rojo, cierta particularidad anárquica no definida de antemano como posibilidad de suceso, la incidencia de este hecho era mínima a la hora del encuentro, siempre al lado de un banco vacío, cercano a un muñón de árbol medio muerto.