sábado, 31 de marzo de 2012

CAILLEACH





Guarda mi sueño.
La antigua sensación que no olvidas. Un beso largo sin amor que permanece. Has sido el elegido para penar por las calles. Entre puertas cerradas, solares vacíos, hasta que llegue el encuentro que te redima. Aplastado por el peso de la noche, boca arriba, con esa mueca de los seres imposibles. No hay dos caras que queden iguales cuando las visita la muerte. He de recordar una fantasía antes de que mi boca se llene de estrellas esperando un último beso.No era un presentimiento.

Me desvié en la revuelta del Perdón y subí una corta senda que da a la cueva del Chanto. Era una tormenta de verano intensa. Por las montañas de Ansilán  había claros azules por donde se filtraba el sol en forma de rayos casi místicos, y  en el escarpado de Arrumas una nube negra que asustaba, con truenos largos y relámpagos que partían el cielo en la lejanía. Casi empapado logré entrar en el Chanto, atravesando un empedrado de aluvión pastoso y losas de pizarra que había a la entrada. La cueva siempre estaba disimuladamente tapada por tres robles altos y gruesos, y un castaño resguardado que nacía trenzado sobre las rendijas que dejaban dos rocas partidas. Su entrada es diminuta, muy estrecha, por lo que hay que pasar de lado hacía una cavidad amplia y cavernosa, con fuerte olor de lodos descompuestos mezclados de areniscas sobre el suelo, y un techo apenas perceptible lleno de pequeños limos de estalactitas. Frente a la abertura se aprecia monstruosa, por la escasa claridad, una columna primaria, deforme, con un raro pie circular en forma de altar en su base. Por el suelo había gran cantidad de huesos de animales, plumas de aves y moho blanquecino que brillaba con la escasa claridad por las irregulares paredes.
Se decía que esta cueva tenía una gran sima nunca transitada, y  algunas leyendas comentaban que llegaba al mar a la altura de la Punta Dos Corvos, y que algunas noches en pleno silencio de búhos y cornejas, se escuchaban las olas aproximándose por su sima interminable. Pero el mar estaba muy lejos y lo único que oía era el torrente del aguacero que caía sobre la entrada, precipitándose loma abajo, arrastrando hojarasca y tierra.
Estaba totalmente empapado. Decidí sentarme en una roca húmeda cercana  a la claridad. Así permanecí unos instantes apreciando las ramas de los robles con sus hojas amarillentas, agitadas por los goterones de lluvia que las hacia caer al suelo. Cansado me recosté.  Mis ojos fueron observando la escasa parte del techo que dejaba ver la entrada. Adiviné o imaginé extrañas figuras sobre su rugosidad. Mi mirada se hizo perdida y ensoñada y la medida del tiempo pareció desaparecer por un mágico encantamiento de un fuerte olor de una extraña fragancia que me iba aproximándome al letargo, o a los inicios del sueño, con mi nuca incómodamente recostada hacía la lúgubre sima, plenamente oscura, como si  formara parte del otro mundo.
Puede que estuviese soñando o ensoñando o plenamente dormido cuando la vi acercarse escondida entre sombras y volutas azuladas, su cabeza rodeada de un largo pelo negro en una mitad, y en la otra mitad de color centeno. No sé de qué forma apareció. De qué forma avanzaba, si apoyándose en el suelo, si levitaba, si volaba sin brazos, si tenía plumaje o escamas, si llevaba pies o cola,si tenía un sólo ojo o dos ojos. A ciencia cierta sólo vi su cara, separado el pelo por una leve brisa. Lentamente fue acercando sus labios a mi boca. Cerré los ojos no sé por qué sensual instinto de dejarme llevar por aquella lengua larga y carnosa ,que se revolvió entre mis encías, buscando la profundidad de mi garganta. No sé si estaba dormido cuando la luz fuerte de la tarde se posó sobre mis ojos y vi que ya no llovía sobre los robles, sobre el castaño centenario. Sólo sentía un goterón constante golpeando sobre las pizarras del suelo.
Salí de la cueva del Chanto sintiendo la humedad sobre mi cuerpo, con una extraña desazón de sueño incompleto, bajé rápido cogiéndome al monte bajo y a los xestales. Cuando estaba saliendo de la vuelta del Perdón, se anudaban las ramas con el viento, la tierra olía al sopor de la lluvia soltando vaho blanquecino entre piedras y arbustos. Mi boca tenía un sabor a rancia melaza. No pensaba en nada. Ni en mi sueño. Tardé en darme cuenta de que sobre mi cuello el viento agitaba varios cabellos largos, y sobre mi ropa se había fijado aquella fragancia extraña que me estuvo acompañando, inexplicablemente, varios días como un extraño y maldito presentimiento.

viernes, 30 de marzo de 2012

ESCONDITE.



                                                             
                                            

No hay el menor rastro de mi en todo lo que encuentro,
mil veces contados los pasos
nada.
En lo leve ni en lo trágico.
Ni en el recuerdo permanezco.
He olvidado las distancias, lo inmediato,
la luz que me cubre, el pesado marco de la puerta
que me hace visible o invisible
nada.
Sin rastro permanezco.
Dado la vuelta.
Vaga la imagen.
Irreconocible.
No existo en el espejo.

Sólo me llegaba aquel olor a goma caliente de las ruedas del coche. Los sentí correr hacía un lado y al otro. Cuando estaba llegando al cuarenta abrí los ojos, me los restregué, no había nadie y el sol me cegaba. Di dos vueltas sobre mis pies y todo me pareció extraño, las casas, el pequeño parque, y sobre todo el crucero de la plaza, no había crucero, en su lugar una estatua alada que no conocía. No cabía duda, no estaba en el mismo sitio, no sentía las mismas voces, las gentes que estaban a mi lado eran extrañas. Mi confusión aumento cuando vi aquellos carros tirados por caballos, los titiriteros, la extraña jerga y, unos brazos fuertes que me levantaron del suelo, metiéndome debajo de una lona, con gentes que no conocía.
Volví a contar hasta cuarenta por si era un sueño.

jueves, 29 de marzo de 2012

MUY PESADA.



Volver al punto de partida: El mismo camino y los otros dos caminos a elegir. Volver a decidir los mismos sucesos. La curiosidad no es más fuerte en mi que otro sentimiento cualquiera. Hay tanta inmensidad que aún sabiendo que elegiré el mismo camino de siempre, me siento unos instantes a pensar en cómo repetiré la misma tristeza.

Sin acogerme a lo que la naturaleza me ha dado me traslado con esa sensación de que voy aprisa. Y en realidad no puedo deciros si es cierto. Me comparo con otras veces que iba lento. Desde hace un tiempo a esta parte camino como un recluso liberado, con esas largas pisadas que iban de una pared a la otra en las salidas al patio. Lo extraño es que no soy consciente de esta ceremonia en el sentido de qué armonioso, ni a  qué amplitud acelerada. Ni si en algunos intervalos avanzo constante sabiendo de dónde he salido ni a dónde voy. Tampoco puedo deciros  cuánto tiempo entre dos puntos, porque desconozco la trayectoria al ser esta completamente aleatoria.

Desde el origen todo mi movimineto ha sido una forma de escaparme, incluso cuando me acercaba. Es esa sensación de que constantemente me estoy alejando. Me habían postulado en varias circunvalaciones, y cuando me miraban, alguien podía decir, con cierta exactitud: está ahí, pero si daban la vuelta no tenían ningún fundamento real para decir que seguía en el mismo sitio. Quiero decir que no era como cuando vas en el tren y aprecias con tus ojos un árbol grandioso que pasa vertiginosamente delante de ti, y que cuando dejas de verlo puedes afirmar con total exactitud de que el árbol sigue ahí, en ese lugar, pasando velozmente delante de otros ojos. O como cuando miras a la luna, y luego dejas de mirarla, puedes afirmar con cierta seguridad de que la luna sigue ahí para otros románticos aunque no la veas.
En mi caso si me mirabas estaba en una posición, si dejabas de hacerlo y volvías a mirarme estaba en otra diferente. Tenía esa percepción de las cosas, esa sensación de que nadie nunca podría determinar mi posición exacta. Eso me preocupaba e inquietaba sobremanera.
Todo en mi era de una extraordinaria ambigüedad. Sobretodo en los dos instintos que mantienen viva a la especie: la comida y el sexo. Además de otras rarezas que no voy a pormenorizar en este pequeño relato. Aquella manía de mensurarlo todo antes de deglutirlo, era como un sentido extraño de estar comiéndolo antes de comerlo, de percibir los sabores, de sentir su masticación, de darle vueltas en la boca. En cosas del amor era parecido. Antes de desnudarnos me llegaba su piel, la percibía, percibía el leve contacto, sus labios en mi nuca, las bruscas caricias, la obligación de ponerme a cuatro patas, cómo agarraba mis huevos debajo de mis piernas, cómo acariciaba mi culo y luego la presión dentro de mi ano, sintiendo como su verga llegaba hasta mi mierda, y aquella sensación extraña de sentirlo cogido a mi, o violentamente contra mi culo como si me diese fuertes palmadas en mis glúteos, y al final la cálida sensación de su eyaculación y estremecimiento. Todas esas sensaciones eran percibidas en una rara dimensión anticipada como una premonición que fielmente se cumpliría a los escasos minutos.
Pretendí innumerables veces bajar hacía atrás desde el tercero cogido con mi mano sobre el pasamanos de la escalera muy lentamente, un paso atrás,  otro y otro, quería disfrutar de aquella forma de avanzar, invertir la forma del desplazamiento para percibir que aún estando alejándome me acercaba, pero fue en vano, aún así, nadie pudo determinar mi posición exacta. Esta forma de avanzar me causó innumerables problemas en la calle, por tropiezos incontrolados, riesgos innecesarios y la jocosidad y el delirio del resto de los viandantes, que nunca me percibieron en el mismo sitio cuando dejaban de mirarme.
Desde hace un año mi vida está rodeada de inusuales fenomenologías. Tengo la percepción de que no soy ubicado por el entorno inteligente. Tengo la apreciación de que los demás no me fijan dentro de su mundo, me siento desplazado. Mi familia y mis amigos me aborrecen por la pesada y machaconas incongruencias de mis preguntas: siempre con las mismas diatribas: ¿cómo me ves ahora?, ¿y ahora? ¿En qué posición crees que estoy? ¿Cómo me percibes? Sin duda alguna presiento su alejamiento, aumentado progresivamente mi aislamiento. En la última comida familiar me vieron comer sobre un plato vacío, llevar a mi boca una cuchara vacía, masticar pan ficticio, beber de una copa sin un poso de bebida. Y de eso otro, tan absoluto y determinista, me ven acariciar, besar, sentir, en posturas ridículas, con mis brazos abrazando contornos invisibles, como si solo estuviera el aire para poder amarlo.

No sé cuánto tiempo habré perdido digiriendo mentalmente estos dos actos vitales. O preocupándome de mi posición aparente. Fijándome en donde los demás podían encontrarme cuando dirigían sus ojos hacía mí, o devorando las viandas previamente  como en una ceremonia religiosa. Nunca he percibido el que avanzase, tampoco el que retrocediese. Y medito muchas veces si el estar parado sólo es una parte del tránsito.
No sé si deciros que me angustia mirar un hormiguero.

De los dos caminos, siempre elijo el mismo. Mi vida, tengo que decirlo, se está volviendo muy pesada.

martes, 27 de marzo de 2012

CAERTE MUERTO.



Entre cada estío hay un periodo de enorme exhuberancia.
El duelo de la tierra deja paso a rastros de espesos  colores,
y la vida  alberga sublimes  instantes antes de desaparecer llena de dolor.
Sabes.
Aunque estés clínicamente muerto sobre el vapor que suelta tu boca en  un espejo
se podría pintar un corazón. Y tengo que decirte que, cada cierto tiempo,
en todo lo que toco pacientemente con la mano elevada en un gesto de caricia
siento que mi deseo sigue intacto. Que me huelo a mi mismo y no me ofende, como si presagiase dentro de mí el estiércol como una solución final. No debes temer cuando surjas del estío en una nueva vida: perecerás de nuevo, resurgirás de nuevo.
Fluir sin ninguna ley es el enigma de la teoría del caos. De dos sucesos antagónicos uno será sacrificado, y no tiene por qué prevalecer el más fuerte.
Los designios dentro de  una vorágine no existen.
A ciencia cierta no sé cuantos hombres en este instante se han doblado,
golpeados por el odio de  un rígido puño cerrado, ni cuantos insectos contemplan vorazmente una articulación de un reptil muerto en estos instantes en que la luz apremia.
Cuando voy al baño me doy la vuelta y observo la taza restos sanguinolentos.
La desdicha premeditada. El sobrevivir necesita que te observes. Realmente cuánta pasión atesoras, cuántas ganas de amar, o cuantas veces vas a masticar sin perder la compostura. Cuando trituras tienes algo de australopiteco. Cuando miras tu mierda y la hueles para olvidarla, tienes algo de lobo estepario, de perro vagabundo.
Es interesante que sepas, por si te hace falta, desfallecer al lado de un camino,
viendo la inmensidad de la solitaria llanura en un instante cósmico.
Y que
entre cada estío dejes  tu rastro sobre la tierra,
con un afán vano de que puedan descubrirte si tienes que caerte muerto.

domingo, 25 de marzo de 2012

DESVÁN.


Hay algo que gira y que casi se hace invisible.

Entre las gruesas losas entretejadas del desván había pequeños nidos de avispas y crecía el moho. Luego el aire entraba de aquella forma de silbo, y al subir y dar vuelta a la trampilla entrabas en un mundo inmaculado con un rastro de polvo posado sobre un desbarajuste de objetos. Percibías el rastro de los insectos por el suelo, y las telas de araña haciendo finos equilibrios sobre pontoncillos de madera llenos de polilla.

Hay veces que piensas que ya has vivido algo. No sé cómo se llama. Es una extraña sensación de apenas dos segundos en que la realidad tiene las tres certezas del pasado del presente y del futuro. Ocurre que algo que percibes despierta en ti una rara dimensión desconocida.

Recordaba los años transcurridos desde la última vez que había estado allí, sin tener una conciencia clara de cuándo había sido. Quizás lo que presentía en mi estómago, y en el peso extraño de mi espalda, era el principio angustioso del pánico que hacía revivir aquel espacio identificado en mi memoria.

Hay pensamientos que se vuelven como imágenes en blanco y negro; son como cine mudo que puedes percibir cerrando los ojos.

En primavera, con siete años, yo andaba a las cerezas y escalaba donde estaban los cuervos picoteando aquellas bolitas rojas abiertas y heridas por la lluvia, reventadas, con aquel resto marrón y transparente de miel dulzona de hormiga.

El valle estaba abajo y a mi madre me llamaba desde arriba. La casa recién pintada con cal apagada como dibujada entre el maíz. Yo bajaba del cerezo con agilidad pasmosa avezado a gatear hacía atrás con los bolsillos llenos a reventar de ramas cortadas al ras. Algunas veces me ponía sobre las orejas pendientes de cerezas, o las rumiaba despacio tragando las pepitas.
Luego era la estampida, correr pendiente arriba hasta agotarme.

Hubo un día de un mes de un año en que ya era de tarde, la misma tarde que ayer y antes de ayer en las dos primeras horas que marcan la siesta. Cuando llegué a casa mi madre estaba amasando pan en la artesa, la veía gesticular con sus brazos y levantar sus manos hacía la frente sudorosa con aquellos restos de harina apelmazada sobre sus codos. Cuando entré la vi así y no le dije nada, yo pensaba y pensaba, llevaba cosas de niño en la cabeza, y corriendo subí los escalones de una escalera de dos vueltas en caracol que iba hacía el desván.
Abrir la trampilla del desván era imaginarme los secretos de las cosas.

Y no lo sé. No sé lo que tienen los desvanes. Allí había vida.

Los desvanes tienen penumbra y tienen aire que sisea, patatas tiradas, mazorcas de maíz, apeos, cajas viejas llenas de recuerdos, y una pequeña claraboya en el mismo centro de sus dos vertientes así redonda y un cilindro de luz que se estrellaba sobre el suelo lleno de polvo que había despertado la corriente.
Y yo llevaba muchas cosas en la cabeza, buscaba una larga caña de bambú con una veleta de cuatro colores clavada sobre su punta.

Los niños cuando piensan en el próximo juego se absorben, imaginan, enmudecen.

Mis ojos se tardaron en adaptar a un pasillo estrecho y la tabletilla de madera sonó levemente mientras mi cabeza chocaba con algo extraño que colgaba. Miré hacía arriba y aún recuerdo el escalofrío, y mis piernas temblando. Mi padre estaba allí mirándome con aquellos ojos abiertos, inanimados, su cuello ladeado sobre una gruesa cuerda de carro que aprisionaba su nuca. Fueron dos o tres segundos. Percibí el leve calor de mi orina bajando a través de mis pantalones cortos, y luego su goteo por encima de mis pantorrillas.

Me agarré sobre sus manos llenas de manchones de cal y estiércol.

Acabo de entrar, y está el polvo y la cercha de madera y muy al fondo hay una caña de bambú y una veleta de colores parada con una misma vuelta en el tiempo.

Nunca espanté a los cuervos con mi caña de bambú y mi veleta. Hubo un tiempo en que en el valle de Senlla había flores blancas y cuervos que comían bolitas rojas y hormigas que subían presurosas por el tallo dejando un rastro de melaza, y niños que corrían y corrían, trepaban y trepaban, llenando los bolsillos de ramas con cerezas.

Ahora.
Queda un desván apenas observado y mis huellas y la cercha medio podre que sujetó la misma muerte. Y mis pies que reculan apoyándose sobre escalones endebles, y me cabeza sujetando una trampilla que se cierra para siempre.

sábado, 24 de marzo de 2012

SIESTA.


Cuando me mirabas tus ojos parecía que proyectaban una de Disney en Cinemascope (Mickey Mouse y su compinche Donald Duck). Así de grandes eran con tantas chirivitas. Fuera quería llover porque la primavera estaba harta de tostar la tierra, y los vapores del calor subían como humos de fábrica de cemento, con aquel olor a tierra amasada sin agua. Ese olor también lo tienen los caminos polvorientos, ya lo conoces. Y nosotros estábamos fuera, y es como si estuviésemos viéndonos también tras los cristales. Son las ventajas de lo mágico. Pero no sabíamos desde qué parte de la galería llena de enredaderas de pino y flores de azucenas nos observábamos a nosotros mismos. A eso de las tres de la tarde, después de comernos un melón entero así de grande como un balón de rugby, estirábamos las piernas para que no pasase nada, el respaldo eran dos robles que tenían tallo de mujer diabólica. Alguna abeja volaba hacía el trabajo. Los pájaros que se marchaban habían venido del otro lado del río, y descansaban por si acaso no hubiese otros árboles tan altos. Querían redactar un cuento para niños, por eso se juntaban.
Hubo un momento que te vi tendida sobre una toalla. Me dabas la espalda. El viento cruzaba de un lado al otro y agitaba el somier de hierba. Tú espalda es como un portaviones de grande. Tú espalda es como un refugio de trinchera y me apetece ponerme detrás de ti para que no me vea el miedo. Allí sobre nosotros está la casa vieja que una vez fue blanca, un pajar y algo de humo por la chimenea. La quise dibujar otra vez. Ya sabes como es eso: con dos pájaros de verde, y las volutas de humo con azul como una firma, el tejado son dos trazos inclinados, y hay un animal que ahora no recuerdo, y aunque es de día y tiene un sol, le pongo también una luna y estrellas por si acaso. Otras veces también hubo un horno y muchos rosales y yedra que lo ahorcaba todo para sujetarlo, trepando disimuladamente como un ciempiés.
Veo bajar a la abuela cojeando. Tengo miedo a que caiga y empiece a dar vueltas como un puercoespín. Tan gordita y buena. Es como una bola de amor. Cuando llegue aquí le diré que se siente. Ella también vino del otro mundo. Los tres estamos aquí y nadie más sabe que queremos dormir la siesta.

viernes, 23 de marzo de 2012

ESPECULATIVO.


Dos sombras. Entre las sombras una penumbra indefinida. Todos los días recurro a mi escondite. Nidos a los lados con no sé cuántos corazones. Entre tantas posibilidades de felicidad tiene que existir alguna desdicha. He abierto mi puerta. Encuentro mi olor, y cierro.

En mi bloque creo que estoy considerado como un ciudadano normal. De esos que cuando matan a la mujer y a sus dos hijos y viene la televisión a preguntar, la gente contesta: “a mi él me parecía una bella persona”, “muy normal, vamos”. “Ella traía los niños muy limpios y aseados”. Yo puedo considerarme de esos: comunitariamente normal.
Lo que ocurre es que soy un “especulador de convivencia”. Me gustan las pequeñas fechorías, atentados nimios a los bienes comunes o individuales; digamos que soy un distorsionador ambiental. Os podría enumerar la cantidad de insignificantes gamberradas que he hecho, todas con un disimulo digno del más calculador de los asesinos. No quiero cansaros con pormenores, sería para un relato largo, y esto es un miserable blog, que se debe leer con letra grande, deprisa y sin complicaciones -si relatas mucho la gente lo abandona -.
Lo que si os contaré es mi última sutilidad. La he llamado: “operación buzón”. En mi bloque, a mano derecha según se entras en el portal, hay treinta y seis buzones dispuestos en un cuadrado de celdas, chapados en imitación a caoba (de seis por seis) en un empotrado dispuesto en un frontal. Se me ocurrió hace dos meses hacer lo que yo llamo en mi argot: un protocolo de afinidad psicológica individual (PAPI) (simplemente: “hijoputeo” comunal). La configuración la podéis imaginar: son seis letras desde la A hasta la F, por lo que la 1A, siempre está en la misma hilera que el 1B, 1C, 1D, 1E, 1F. Pues bien, mi primer experimento consistió en comprobar la afinidad entre los seis vecinos del primero. El viernes, sin que me viese nadie, cogí varios panfletos de propaganda que había en el buzón exterior para los mendigos del marketing, subí a casa, y los desmenucé en trocitos irrisorios, cuatro puñados razonablemente partidos en trocitos diminutos. Hice un viaje al portal, miré que no entrase nadie de la calle, observé el ascensor, y pacientemente los metí en el buzón del 1ºE. Resultado: Al día siguiente apareció el 1ºA hasta atrás de recortes de periódico. Conclusión: entre el 1ºE y el 1ºA, afinidad inexistente (he apuntado en mi base de datos: se podría conseguir enfrentamiento, observar, mujer y marido; posibilidad de anónimo).
A los cuatro días consideré un estudio sociológico en el tercero. A la una de la mañana bajé con cuatro cagarrutas de mi “Laika”, y las metí en el 3ºF. A los dos días el 3ºB apareció, no os podéis imaginar, con mierda de persona, real como la vida misma, totalmente embadurnado en su interior, olía que mataba. Conclusión: entre el 3ºF y el 3ºB, afinidad inexistente (se podría conseguir enfrentamiento serio. El del 3ºF es cinturón negro, rapado al cero, un espécimen de gimnasio, por su correspondencia he detectado que frecuenta partidos de derechas; el del 3ºB, es el clásico iconoclasta, anda desarrapado, greñudo, ido, parece un asceta, no hay color...en un enfrentamiento).
Bueno, no quiero resultar pesado. Seguiré con mi análisis sociológicos. Este pequeño ensayo es para explicaros como realizo mis muestreos bajo un estricto protocolo de ruteo.
Por cierto, yo vivo en el 6º F. Felizmente casado con Florinda, tenemos dos niños (niño y niña): Florianita y Cristobal [ito].
PD:Respecto a mi familia, algunas veces pienso cosas tremendamente horribles y extrañas. Mi cabeza no tiene ningún límite especulativo.

jueves, 22 de marzo de 2012

CUÁNTICA.


De todos los lugares que visitas siempre hay uno más frío.
Otro lugar que visitas tiene un cálido recibimiento.
Y otro te huele a confituras, a zapatos, a goma, a comida.
Si existe el desdén me encuentro en su punto medio.
Bajo sus influjos ausentes.
Mis ojos están en medio de un punto muerto.

Estábamos unos frente a otros, nos encontrábamos con los ojos una vez más de tantas veces, usualmente los domingos, sin nada qué hacer, habían bajado el día, alguien, para que estuviese allí, y había bajado con el día cierta claridad que asomaba por la ventana y caía encima de la mesa.

Se cumplía la paradoja: existía lo que olía.
Casualmente olía a potaje de garbanzos con bacalao.

Los garbanzos mezclados con el bacalao, el bacalao hervido, todo junto, humeante. Casualmente la cocina era un espacio habitado, todos juntos, y la abuelita.

Si ves nuestras manos boca arriba o boca abajo, son manos que llegaron hasta allí de aquella forma tan ruda cogiendo pan, cogiéndo los cubiertos, comíamos ayudados por cucharas y tenedores, y yo bebía vino tinto a morro y ellos agua en vasos de cristal.

Ella lo cocinaba bien todo, le ponía amor, los garbanzos era de lo mejor, incluso, con cualquier cosa que le dijeses de mezclarlos, imaginate, garbanzos con mejillones, te los haría, borboteantes los mejillones y los garbanzos, también.
Le dije: tú, todos nosotros, estamos hechos de átomos, somos átomos, los átomos son tan pequeños que si la tierra fuera como un garbanzo, un garbanzo de esos que está en tú plato, sería un átomo comparado con la tierra de forma de garbanzo, sí, sí,sí, así.

La abuela trituraba el bacalao con su dentadura postiza pegada al cielo de la boca con una ventosa, hebras de bacalao y les daba vuelta en la boca, y yo estaba dispuesto con el puño cerrado a darle en la nuca, a desnucarla, si no lo escupía rápido a donde fuese, incluso al suelo, pero lo tragó después de un sonido estertóreo.
Yo se lo dije a ella lo del átomo, y también le dije que por la siesta íbamos a follar, como sonaba lo de follar, se lo decía para que se sentase en el bidet y se hiciese las abluciones por si me daba por comerle el coño.

La abuelita es mi abuela no la de ella, es la mía, y no se muere aún.

Les dije a todos, epiciclamos, quiero decir que vamos en línea recta y luego damos vueltas sobre nosotros mismos, tú cuando vas al súper epiciclas, y el niño cuando va al cole, y yo epiciclo cuando recojo los tampax en los vateres de los edificios oficiales, o si el jefe me manda a la sección de desratización por las alcantarillas, epiciclando, las ratas aguaronas también epiciclan.
Y me da por mirarlos a todos, todos estamos hechos de átomos, muchos átomos todos juntos unos encima de otros ordenados, fluctuando, y en realidad no nos tocamos nunca, es una ilusión.

La abuelita rebanaba con el pan, le daba vueltas al pan limpiando el plato, y yo le escurría al vino a borbotones, la abuelita aún con hambre, y yo vi aquel ramallaje de bacalao enredado como maleza entre unos veinte garbanzos y un trozo de patata temprana, y se me vino Poncio Pilatos a la mollera y se lo puse a la abuelita en el fondo del plato, tan profundo, lleno de florecillas en el fondo.
Proseguía hablándoles.Los átomos con cargas electrónicas desiguales en su ultima orbita se llaman iones, tu tienes iones y yo también.
En un momento que miraba el plato, por decirlo, así me viene aquel rugido, no era el niño ni ella, era la abuelita como una madeja en el suelo agitando las piernas, epicclando, y mi mujer que se levanta para abrirle la boca, y yo que le digo, tu quieta, deja esa boca, que sea una boca menos.

Objetivamente hablando, no se puede determinar exactamente la posición de algo que se mueve a tanta velocidad y que es tan pequeñito. Si medimos la posición de un electrón con una precisión del orden del tamaño de un átomo, el principio de incertidumbre dice que no podemos conocer su velocidad ni su estado en un instante preciso. Cómo vas a medir con un metro de costurera la cabeza de un alfiler, sí,sí,sí,sí, eso les decía mientras el niño y ella lloraban porque en realidad no tenían ni puta idea de física cuántica, y la abuelita ya estaba medio muerta sobre el suelo.





miércoles, 21 de marzo de 2012

MARES DEL SUR.



Una ventana abierta, en el frente otra ventana abierta.
Algunas veces le leía a Stevenson, o Herman Melville, muy pausadamente. Y ella cerraba los ojos si era por el amanecer.
Otras veces le decía que estábamos en una playa Hiva Oa de atardecida. Que sobre las montañas oscuras ya sin luz nubes espesas dejaban ver un nítido azul, y que una ligera brisa empujaba sus cabellos hacía su espalda. Sobre sus pies una arena blanca y cálida tapaba sus uñas pintadas de rojo. No faltaba el champán francés  ni brochetas de frutas tropicales, mientras aquella suave y húmeda brisa removía sus rizados cabellos. Sobre la mesita de noche le ponía un ventilador a bajas vueltas que removía el aire contra su cara, y ella cerrados los ojos, quizás imaginaba el Bounty con su motín, y a Marlon Brando con la cara del color del cobre. Algunas veces sonreía.
Por el patio de luces asomaban tres claraboyas en forma de huevo y muchos rumores. Fue un instante impreciso sesgado de resplandores de televisión  y olores a refritos, a gritos de niños. Me arrimé a ella lentamente y la abracé por su cuello, apretando su boca contra mi pecho suavemente, mientras, le seguía hablando de un mar muy largo, de luces cristalinas, de rayos de luz zigzagueantes en el fondo jugando en vaivenes con la arena, de frutas de todos los colores. Fueron apenas dos minutos. Sentí su mano desprendida contra mi mano en un gesto leve e inútil, y al apartarme de Ella su boca abierta.
El cielo que se ve por los patios de luces algunas veces es semejante al de los Mares del Sur.
Una ventana abierta, en el frente otra ventana abierta.

SI FUERA MÁS DE DÍA.


-El lugar donde rendido te has dormido no es igual que en el que despiertas. Sin embargo, en el intervalo temporal no ha sucedido nada, no hay un nexo que una los dos estados. Toda la vida he estado eludiendo situaciones comprometidas, vagos fantasmas. Habiendo llegado a una estación desierta. En mi existencia casi no hay relato, sólo un recuerdo circunstancial. No puedo culpar a nadie, el asesino soy yo.

-Por una pequeña ventana una pequeña claridad.

Esta noche me desperté aquí. Y no sé por qué tengo tanto miedo. Siento el eco de pisadas que se alejan al fondo del pasillo. Y ahora lo comprendo todo. A las siete de la tarde me trajeron a este calabozo...

Le había avisado. Había días que subía hablar con él, hasta tres veces, a la nueve de la mañana, a las cuatro de la tarde, a las diez de la noche. Una vez subí a las dos de la mañana. Abría la puertecilla del trastero, encogido, y mostraba aquella cara con sonrisita conejera, “ya acabo”, “es un cajón de la cocina para mi hija la de Barruelo”. Fabricaba para toda la familia y allegados: cucharitas de madera, cestitas de mimbre con asas adornadas de fantasías, orlas, bastones de empuñadura con cara de águila, cestas de ropa. Sobre la pared, aprovechando la caída del tejado con velux, tenía innumerables herramientas cuidadosamente ordenadas. Al fondo, en un mínimo hueco, una sierra eléctrica para madera anclada en el suelo. Al otro lado de la puerta asomaba un banco con escoplos, baquetas, punteros, y una lijadora.

Desde que se fue mi mujer me pasé a dormir a la habitación de la niña. Aún me huelen sus muñecos. Allí se oye más. Primero golpes, puntas que se caen al suelo, la sierra comiendo la madera, el taladro, el escoplo rasgando, una radio a todo trapo. Y eso durante dos años, o un poco más. Pude haber subido más de cien veces. Enfilaba las escaleras en zapatillas, escogía el pasillo de la izquierda, y al fondo, distinguía la luz de su trastero como una luciérnaga debajo de la puerta. Algunas veces estaba acompañado de un crio de unos siete años. Abría la puerta, y lo mismo de siempre, “es una pequeña estantería para mi hija de Ponferrada”, “ya acabo”.

La cabeza es como una botella, se va llenando, y le vas dando vueltas y vueltas para que coja todo. Cuando llegas a la desesperación siempre te encuentras sólo. Nadie te dice eso que estás pensando será tu ruina, o sal a dar una vuelta a que te de el aire, o antes de hacerlo medita lo que es un hombre arruinado para toda la vida.

El martes pasado estuve en casa de mi primo Paco Toncho, el de la Hueria de Carrocera. Antes de comer tomamos unas sidras en una bodega que tiene arrimada a la casa. Tenía cuatro escopetas de caza colgadas dentro de un armario. Y empecé a pensar cómo hacer para que me dejara una.

Cuando el tarro está lleno de una sola idea, ya nada tiene solución. Te obsesionas, y no piensas en otra cosa.

Ayer salí del turno de noche a las 6 de la mañana. Serían las diez cuando un sonido rasgado se me metió por mi cabeza. Subí arriba. Le toqué en la puerta ligeramente con los nudillos, y disparé los dos cartuchos con postas de jabalí. Aún no me han dicho si también estaba el niño.

En esta inmovilidad no sé dónde ubicarme mejor para no tener tanto miedo.
-Si fuera más de día.

martes, 20 de marzo de 2012

SALIR PITANDO.



Aunque no lo medites, y te creas invulnerable, cada día es una ruleta, tú sólo pones el número. En un avanzado estado de desdicha las posibilidades aumentan. A veces te queda el sol, o la lluvia y todos los estados posibles de tu conciencia. Nunca pienses en lo inmutable. Todo da vueltas.

Me he despertado sólo en esta pensión, y tengo esa sensación de que mi alma aún no ha llegado aquí. Mi postura sobre la cama podría ser la definitiva para poder morirme a gusto, totalmente estirado, boca arriba, y las manos sobre el pecho. En algún momento de la noche adopte esta postura. Y ahora no sé qué hacer con estos minutos que me quedan. Este paisaje no es gran cosa. Moscas extraviadas y los reflejos de la ventana sobre el borde de un armario con un color de caoba opaco por el uso, y unos visillos que aparecieron sin darme cuenta, descolgados de un lado. Pero mi día es este, no puede haber otro. Lo he elegido entre todos los días posibles, habiendo dudado hasta la saciedad por supersticiones del santoral que no vienen a cuento. Mi estómago está arrugado de hambre y nervios, y me parece mentira que esa sensación pueda con mi desesperación de la última semana. Por el pasillo siento desde hace tiempo trajinar de gente; africanos e hispanos, algunos entraron ayer cuando yo, con sus chándales blancos, encapuchada la cabeza, comiendo bocadillos. Toda la noche hubo ruido, algunas mujeres gritaban desesperadas. Nada que objetar. Al levantarme lo hago despacio, y siento cierta sensación de alivio. Al vestirme me considero más tranquilo como si nada me importara nada. Me pongo mi pequeña mochila a la espalda y salgo a un pasillo de madera que huele a lejía. Ayer pague por adelantado según la costumbre de la casa. En la calle, arrimados a la puerta varios africanos esperan, otros están sentados en la acera, y arrimados a los árboles. Dos gañanes hablan con ellos desde sus furgonetas en marcha, debe ser la oferta del día. Yo he empezado a cruzar la calle. Siento esa extraña opresión del sudor frió que me pega la ropa a la piel. Lo había premeditado de forma sencilla. Entro detrás de una señora que va cojeando con su cartilla de ahorros abierta. Me vale la Caja Rural. Abro la cremallera de mi mochila sacando la pistola. En el banco sólo hay tres personas, y la anciana que sigue mirando su cartilla sin enterarse del mundo. Ahora sólo tengo que echarle un par de cojones al asunto, y salir pitando.

lunes, 19 de marzo de 2012

EN ABSOLUTA OSADÍA.



De todo los seres vivos que reptan me quedo con los violentos gestos de dolor,
cuando son cortados en dos por el machete, pisoteados,
golpeados, y gesticulan aún  independientes, en ese marasmo por no huir de la vida.
De todo lo que vuela en la amplitud, sus ansias de libertad.
De todo lo que camina con odio para poder vivir
sobre los huesos del enemigo que adivinan debajo de la hierva verde, asesinados,
de todos los bandos posibles, de todas las ideas,
reposando con golpes inútiles -la violencia estricta-, y en las orbitas abiertas
una ultima imagen, un ultimo pensamiento entre sus huesos.
De todo lo que me alimenta el gesto de poder llevarlo a la boca,
saciar mi hambre, ver sus colores, sentir el sabor de lo que mastico.
De las manos su obediencia inmediata.
De los pies sus dudas en el camino.
De la piel la capacidad de presentir el endeble rastro de un insecto.
De los ojos, si percibo sombras en la noche sé que veré el día.
Y el don de pensar frenético, o la locura incluso, con ese rostro indiferente,
abrigado por una camisa de fuerza.
Como punzadas de dientes de sierra sentir las pasiones roerte en el estómago.
O el amor cuando te estremeces en un brusco despertar.
O los valles donde no debo llorar por tanta hermosura.
Y lo que bajo el agua vive sin aguantar el aire.
En el funeral los abrazos regalados.
Y siempre quiero morirme:
Si mi final es arrastrarme o rodar sobre algo sin pies ni manos, quiero morirme.
Si mi final es permanecer mirando a un punto ciego, quiero morirme.
Si mi final es la violenta desdicha de un solo y fustigante pensamiento, quiero morirme.
Repetido, inacabado.
De todo el  que miente para apaciguar un sufrimiento ajeno.
En una absoluta osadía.

domingo, 18 de marzo de 2012

LAVANDEIRA.



Un pájaro perdido no sabe donde está su nido.
El silencio y la soledad del bosque te acogen.
No llevas tu alma.

Cuando mirabas el río Andunin desde la vuelta de Anxo, a eso de las ocho de la tarde del mes de junio, y el sol ya estaba acabando, lo veías tranquilo, lleno de ondas suaves con un color extrañamente rosado por la luz reflejada que le entraba de costado. Y cuando te ibas acercando y los robledales, y los rodales de castaños, se abrían para dejar verlo, los tonos cambiaban a otros colores entre plateado y azul, que iba quedándose totalmente claro, según de que lado lo mirases. Así lo veía yo cuando me senté unos instantes entre el monte bajo de brezo de color púrpra florido, resguardado por un grupo abedules cortos. Tenía las varas de avellano guardadas a pocos metros entre unos arbustos de espinera. Encendí un cigarro y me quedé mirando la hondonada del Xeixo, y como las golondrinas hacían zigzags vertiginosos a dos palmos del agua. Un poco más abajo el río se metía hacia dentro y recibía las aguas estrelladas que venían de la Peña Douro. Ahora no hacían ruido porque apenas se despeñaba el agua. Al mirar el cielo sólo había ligeras nubes empedradas con aquel tono tirando a rojizo que se anteponía a la anochecida. Pensé que Juvenal (el guarda), ya no debería de andar por la zona, y  saqué las varas, acercándome por un sendero angosto lleno de roca blanca, hacía una quebrada con pequeñas piedras de caliza que resbalaron bajo mis pies. Pase por entre robles, arces, olmos, y cuando llegué al castaño gigante de los de Beron pude ver el agua muy cerca agitándose suave sobre los restos de madera gastada y blanca, y contra las piedras pulidas de la orilla. Caminé unos metros hasta llegar a un recodo angosto, siempre solía armar en aquella zona, era profunda y resguardada, las varas se veían poco, y me parecía que la nutria no era dada a meterse tan profundo para comer las truchas. Empecé a dejar las varas sujetas por buenas piedras tapadas con ramos de castaño. Cuando llegué al Douro había armado unas sesenta y ocho varas con anzuelo y lombriz viva, enhebrada.
Siempre acababa la última vara aquí. Desde este lugar podía ver como la peña se metía hacía dentro, y sobre ella el desfiladero pronunciado de unos veinte metros, con el agua agitada deshaciéndose en espuma blanca. En este lugar del río el atardecer se acaba antes, la claridad parece amortiguada por las sombras de la vegetación que crece en sus bordes. Fue allí donde me paré y encendí otro cigarro. Ahora sentía cercano el sonido del agua que caía chocando sobre las rocas, sonidos como lluvia de goterón desprendiéndose pacíficamente sobre el río. Me quedé sentado en cuclillas, intentando distinguir las varas, mirando el ligero oleaje sobre los pedruscos desgastados. Las varas casi no se distinguían porque la orilla se difuminaba lejana hasta donde podía ver. La brisa ya era ligera y fresca. Miré al cielo de nuevo y ya era de añil oscuro. Cuando volví la cabeza hacía la peña, la vi allí arrodillada sobre una lasca de piedra inclinada que salía del agua; estaba allí, volviendo ligeramente la cabeza para mirarme con una leve sonrisa ; era como si hubiera estado allí toda la vida , y yo no me hubiese dado cuenta hasta este preciso instante. Al volverse de espaldas observé su chaqueta de lana harapienta, las manos extrañamente largas apoyadas en el suelo; y a su lado una cesta de mimbre llena de ropas manchadas de sangre. Por mi espalda corrió un escalofrío extraño, lentamente me puse de pie, me separaban unos pasos de aquella vieja que había surgido de la nada, con cara arrugada, y mirada mística (como si ya hubiera vivido un siglo), sus manos delgadas y huesudas restregaban, ahora, una y otra vez aquella ropa manchada. Permanecí unos instantes sin saber qué hacer, hasta que me decidí a caminar despacio, di hacia atrás unos pasos y estuve escondido en la maleza. Luego, sin pensarlo, corrí monte arriba despavorido, sin sentir el dolor de los zarzales, tojos y helechos arrastrándose al paso de mis rodillas. A mi cabeza venían pensamientos vertiginosos y sin sentido, razonamientos fuera de todo hecho natural (sin poder contestarme), me preguntaba una y otra vez que hacía allí, y por qué precisamente a mí, en esa atardecida de junio, se me tuvo que aparecer la Lavandeira al lado del río Andunin.

Los bordes de la luna eran suaves. Ella se hundió con facilidad. De toda la vida que el río acoge queda su resplandor.

viernes, 16 de marzo de 2012

REGALO DE LA CASA PARA EL VIERNES.



No es bueno ir a los lugares donde habitan los hombres que no tienen dientes.

Una bala se ha detenido. Desesperadamente silbaba buscando la muerte perfecta. Era un día barnizado, casi elegante, rocío vespertino, y todos los colores que debes ver cuando agonizas. Céspedes carcomidos de las afueras donde la ciudad se acaba con árboles endebles que nunca quisieron crecer.

Aquella mañana me habías abrazado. Llevaba como flores en mi cuello, y el olor de tus brazos, y quizás era feliz porque no tenía otro recuerdo.

Estuve andando con mi cámara de un lado a otro. Me subí a un autobús y noté en los ojos del conductor que no querían ir allí. Y los que se subían parecía que ya estaban muertos, con aquellos gestos obligados por un mínimo esfuerzo para vencer la inercia al sentarse detrás de un cristal que los reflejaba cuando había penumbras.

En las ciudades hay paisajes que son lunares. La mano de Dios nunca ha pasado para indicar los placeres de este mundo.

Mucho antes el autobús se había parado. Y luego algo como una calle, y un supermercado dentro de una chavola, y los niños y sus ojos; los niños son iguales en cualquier sitio, juegan, juegan, juegan, o juegan a la muerte.

Como si fuera el reportero solitario me adentré. Los becarios tenemos ese ímpetu que nos imbuyen en las ciencias de la información, pero aún no sabemos oler en las intifadas que están a varias millas del más inmediato y lujoso de los centros comerciales.

Me veo en la obligación de deciros que la bala no era para mí. Por eso dejó de silbar un instante, fueron milésimas de segundo (permitidos por la muerte), para recordarme que llevaba un abrazo de ti y un leve rastro de perfume.
-Hasta nunca.
Llévate este día, es un regalo de la casa para el viernes.

jueves, 15 de marzo de 2012

BAILE.



Un perro escuálido mira a un lado y al otro antes de cruzar la carretera.
Es de una lentitud veloz el polvo dando vueltas.
Alguien abrió una puerta y la luz destruyó una sombra espesa.
Nada es tan triste como un acordeón que suena solitario en el atardecer. Te sientes más sólo.

Era tan bella que resultaba empalagosa. Así que no la saqué a bailar. Saqué a una que se llamaba Cristina, delgadísima, y la apreté contra mi. No daba mucho calor, y si la apretabas mucho era como si crujiese. Le dije, mira, aunque fuese…, necesitaba comerte el coño. Comer un coño así es como una ruleta rusa, no sabes lo que te vas a encontrar. Echaba un pestazo increíble. Me dijo, esto es lo que tengo, hazme lo que quieras con tu boca, pero metérmela ni se te ocurra. La arrimé a la tapia del cementerio. Bajaban alimoches haciendo vaivenes, jugaban entre sí a que eran pájaros. Cuando metí la cabeza bajo su falda aún era de día. Le comí todo el coño hasta dejárselo limpio. Me dije, ya está bien de tanta porquería. Cuando saqué la cabeza ya la tarde se había ido a otro lugar. Zigzagueaban murciélagos, quiero decir que no iban en línea recta, ondulaban. Nos llegaba el suave ritmo de un bajo de esa forma en que los bajos flotan sobre el resto de los instrumentos en las lentas noches de agosto, y según nos íbamos acercando, más perceptibles, un saxo, un acordeón, un clarinete, y unas maracas. Ella se volvió a arrimar a una pared repleta de cal blanca y yo me di varias vueltas. La bella, que se llamaba Josefina, seguía allí, y no bailaba con nadie.

miércoles, 14 de marzo de 2012

VECINOS.



CUARTO-A: Creo que mi vecino esconde algún secreto. Son tres de familia, y han venido a vivir al tercero hace como unos tres años. -por mayo, creo, del 2009-. Lo vengo observando desde hace ocho meses. Sus salidas y entradas. Quién los visita. Hace como diez días metieron en casa un aparador de dimensiones un tanto raras. No era de madera. Parecía de un metal como inoxidable. Y eso no es normal. Podría tener algún tipo de mecanismo electrónico en su interior. La esposa se peina con moño. El alisa el pelo hacía atrás. El niño lleva unos pantaloncitos bombachos muy ajustados. Y no parece tener amigos, apenas sale a jugar al parque, y cuando lo hace está totalmente sólo, y hablando consigo mismo, inventándose sus juegos. Lo que me hizo empezar a sospechar fue la visita del mes pasado. Dos mujeres y un hombre con sendos maletines, muy trajeados y pulcros, exquisitos. Lo del buzón es otra cosa. Pone familia de Breixo López. Ojeo de vez en cuando el buzón. Los sobres que reciben son de un formato plastificado, con muchos colores. Estoy tentado abrírselo. Quizás lo haga. Lo que ya colmó el vaso es lo del tendal. Lo cambiaron ayer. Tiene toda la pinta de ser una antena. Su forma helicoidal, doce vueltas de espira perfecta, el nudo central que hará de foco. Para mí, que es una antena de malla, camuflada.

TERCERO–C: Tengo una imagen de Nuestra señora de África sobre una cómoda de estilo Victoriano con un espejo en la habitación del niño. Por cuaresma siempre le pongo el manto morado, y flores de begonia. Y al triste Cristo que tiene en los brazos lo tapo con un mantón púrpura bordado de puntilla a dos capas blanca y roja. Mi marido le llama la morenita. Y aL niño no le da miedo el verla por las mañanas cuando despierta. Siempre me dice que la mira desde arriba, y que le dice cosas. El caso es que desde hace unos meses observo un rayo extraño que se filtra a través de la ventana. Antes no pasaba esto. Se pusieron a construir una obra de cuatro plantas en la otra calle - ahora ya van en la tercera-, y el sol nos da de forma diferente por la habitación de la niña; que tiene ventana balconada, con cristale escarchados.
A las doce en punto, se filtra un rayo por entre los dos pilares de la obra y una estructura de grúa, dando de lleno sobre la foto de Genoveva, la abuela del niño. Y no acaba ahí... El rayo parece que sale más amarillo, como un pequeño tubo de cristal lleno polvo flotando, reflejándose sobre la cara de nuestra negrita. A los dos minutos se difumina suavemente quedando la cara con un halo lleno de dulzura, aumentando su poder sobre el policromado de los jarrones, y el espejo de la cómoda, llenando la estancia de una sinfonía de los colores de lo mas variado (que yo me acuerde y vea: Aguamarina, Albaricoque, Amaranto, Ámbar, Añil, Caqui, Carmesí, Carmín, Cerúleo, Chartreuse, Cinzolino, y me dejo muchos cuyos tonos son indescriptibles, y no tienen nombre).
Hoy ha sido un día extraño y milagroso. Mi marido está aquí arrodillado. Mi niño con sus manitas juntas. Y yo tirada en el suelo con mis brazos en cruz, mientras rezamos el rosario.

lunes, 12 de marzo de 2012

COLOR NEGRO.



Brilla la gran cabalgata de nubes.
Por la noche las luciérnagas prenden fuego.
Y luego está el recuerdo, inexorable.
Y aún te preguntas hasta cuándo.
El terror más supremo es perder la capacidad de suicidarte.

Aquel día que la maestra abrió el cuento de tapas de cartón y surgió aquel fuelle de colores; el mundo para mí tuvo otra dimensión. A mis ocho años parecía que el papel por primera vez tomaba vida. Pasamos uno por uno por la mesa de la maestra, y lo íbamos abriendo con sumo cuidado: primero aparecían aquellas irregularidades de las dobleces, luego, como si fuera tomando otra dimensión mágica, empezaba a surgir de la nada aquel arco iris de colores tan vivos: los pájaros, los caminos, el pueblo, el valle verde…; todo lleno de tonalidades diferentes (la realidad nos ponía aquellos tonos delante de nuestros ojos todos los días en el paisaje del entorno), pero así, de aquella forma tan gráfica nunca lo había visto. Lo que la maestra nos quería explicar eran los colores. Para mí desde aquel día los colores estaban en las cosas, eran inherentes a su sustancia, habían sido creados así como los Ángeles y los Arcángeles. Era una gran ilusión saber aquello. Por eso, aquel arco de papel que se iba abriendo despacio con todos los colores posibles y existentes representaba la realidad palpable de todo lo que me rodeaba, todas las tonalidades en una progresión infinita, porque infinito era el mundo, según nuestra maestra. Mucho después me desilusionarían las realidades físicas cuando me hicieron comprender que los colores no existen, que las cosas en sí, empiezan en el blanco y negro, (en el inicio es el negro absoluto), que lo abarca todo. Que sólo la luz proyectada sobre las cosas da la ilusión de los colores al ser rechazada en frecuencias de periodos infinitos, y del que sólo captamos una parte, que nosotros interpretamos si nos queda capacidad sensorial para hacerlo. Recordar ahora esto, quizás no venga a cuento, se me vino a la cabeza como una advertencia extraña que, de momento, por raros fenómenos neuronales me ata a la realidad, y que posiblemente al paso de los años me haga retornar a la oscuridad perfecta, porque en realidad todos hemos surgido del color negro y volverás a diluirte en él.

domingo, 11 de marzo de 2012

FATIGA PREVIA.



Todo lo que se interrumpe, en si mismo, tiene una vertiente trágica.
Como el balazo  presentido  que te era destinado,
sin ser el héroe de una historia dentro de un libro aburrido.
Como todo pronóstico el romper un tallo endeble, cortar el pan,
-dar una parte generosamente-.
Es dividir con un fin premeditado, lo previamente  imaginado dividido.
En lo inerte no percibes el dolor de la convulsión.
En lo vivo algo se queda en los ojos, una revelación,
en la cara un invisible y primigenio surco.
A un animal si lo encierras pierde el vigor y la memoria de  su fuga constante,
haces exigua su libertad. Lo vuelves dócil en su furia, una bestia melancólica.
El desear la muerte a un asesino que aún no ha confesado.
El odiar al que no piensa como tu lleva implícito -si ejecutas tus pensamientos-,
el arruinarlo impunemente en dos partes que unidas  eran su vida.
Y en el amor, si de verdad te quieren,
te surge esa leve idea de olvidar al que te ama, sin dar la mano, minimamente,
en un gesto de despedida. Sin valorar cuánto te desean.
A uno de ellos decir adiós le es suficiente. Queda indemne en la evidencia de su parte.
Al otro le sale un ciempiés en el estómago, y se arrastra
alimentándose de recuerdos en una dimensión desigual y desproporcionada.
Si piensas bien, antes o después todos somos divididos.
Estará ese gesto que dobla y que retuerce, y el dolor en su inercia mientras contemplas el gesto inexorable de lo que inesperadamente te desgaja.
Les llega la hora a los más fuertes. No existirá la posibilidad del fracaso en tu efemérides – en toda división puede haber dos seres que se odian en ti mismo-.
Cuando vuelto el reloj de arena,
los últimos gramos dejen una parte inexistente,
sin tiempo, sin una  mínima mota de polvo  para tu vida,
porque has llegado al final del laberinto.
Haz caso a tus presentimientos. En una edad indefinida.
Todo lo que se interrumpe tiene una parte de fatiga previa.