sábado, 29 de diciembre de 2012

EL TAQUILLÓN.





Me entra tú cuñado Julián como un perro de presa, tiene cara de mastín rapado con ese anillado a lo cerdo fociquero que se puso en la nariz, y me dice lo de que era tonto con diploma, oyes a mi tú no me faltes, tú cuñado va de listo o le remueve tú hermana el espíritu de mal fario, sí sí sí, y también te digo que a mi tú hermana Brígida, la de Francia, me lo dijo claro, y tú que eres la hermana mayor también, tan claro como el agua, pásate por casa del tío Pablo y pon en el Cero para vender los muebles de nogal, así fue como se me dijo, textual, y tú que eres la mayor, y mi parienta, deberías de poner orden.

-Me repateáis. Yo no soy ningún chorizo; chorizos en tú puta familia de ovejos.

Yo a casa de tú tío Pablo entré dos veces: una cuando lo encontraron muerto, y otra cuando fui para poner el anuncio para vender la cómoda y los dos armarios de la habitación grande, el resto se lo llevó todo el mastín, chica, si no dejó ni un triste vaso para beber agua; arrampló hasta con la tapa ortopédica del vater.

-Que lo hubiese registrado el mastín, que lo cizañan y va de perdona vidas. Un día lo arrodajo, le hago caligrafía en la barriga, que no me falte al respeto.

Brígida me llamó ayer y le tuve que colgar, así de lagarta y chula, oyes como no miras los cajones antes de mandar llevar los muebles, para doscientos cincuenta putos euros que sacamos, me dijo de todo, y yo le dije lo mío, mucho cuento ahora, mucho cuento, y mira que te quería el Tío, ni una puñetera vez lo fuiste a ver, y le dije más, mete el coño en una palangana con sosa cáustica que te apesta. Y colgó. Tú hermanas tienen cara de pulgón, es de las que pican y se esconden, si pudieran te dejaban sin sangre como un tábano, si tuviera que follar a la francesa ni con una pistola en la cocorota, que me peguen un tiro si la follo; ni que me la chupe le dejo, lo mismo te la muerde con los dientes de gremlins que tiene.

- Tú ya no eres así, a ti te amansé yo a polvos.
Acabaremos mal, bueno ya hemos acabado. Tú eres una cabrita que les haces caso. De mí no desconfía ni Dios, lo entiendes. Si aún te untaré, ya sabes. Y no me vengas diciendo que el tío era recto y decente, al tío con sus setenta años aún le picaba el cachorrillo, y se lo pagaba; muy limpio no sería, pero se lo pagaba a domicilio.

Ya te dije que al tío lo mató contoneándose una rumana, aquella cara que tenía era tan dulce que no es normal morir tan contento, le habían hecho chiripitas, o la danza del velo, y el juez que no es tonto lo vio, y le sacaron aquellos rastros de corrida, y varios pelos de medio metro, qué sí, o china estrecha o rumana, negra no, la negra pela mal, y es enroscado, eso fijo, negra no, yo me inclino por las rumanas del Parque de los Laureles, o por las chinas del Adonay.
En el Cero yo puse: Muebles. Se vende cómoda y dos armarios de nogal, con dibujos tallados en wengue, los armarios son de porte antiguo, a lo austriaco de hace siglos, con muchas figuritas de angelitos por el borde y nudos de mariposa; la cómoda de cuatro cajones muy amplios con un cristal reclinable de forma de huevo. Y casualidades de la vida, de algo que no había esperanza de venta, tú tú tú, me llaman a los tres días, y tú hermana, Brígida (oh, casualidad) recibe la carta de tío con lo del dinero a los cuatro días, y yo, como para darle prisa le digo al del teléfono, pues venga usted con el camión a la calle Acueducto veintiocho, segundo d, yo los espero, por doscientos cincuenta euros, si lo llevan de aquí, es todo suyo.

-Osease, como ves, fue todo cuestión de horas.
-¿La Brígida no tiene móvil?

El Tío era de cariños para Brígida, le daba sus secretos, y algo presentía. Si no te vas de repente, la muerte suele dejar sus cosas, no sé cómo decirlo, es un rastro de cosas, de cosas que se piensan en silencio, la muerte no viene así como así cuando te quiere llevar en reposo, deja rastros, deja cosas. El tío se murió al correrse, fijo; por lo menos disfrutó, tiene que ser la repera irte de boleo (a lo hay hay hay hay, que me voy) y morirte a la vez cuando lo sueltas todo, la soledad incluida. Morirse así tiene que ser de purgatorio, si no es más; pecado pecado pecado. (No te salva ni la caridad, ni aunque digas al Arcángel aquello de que estabas más salido que el pico de una cigüeña).
Vinieron con una Citroen Jumper, pero no traía rótulos, ni teléfonos ni hostias; era de color blanco. Vinieron dos con el conductor, y uno llamaba la atención de lo gordo que estaba, se le veía el pinganillo del culo cuando bajaban los armarios desarmados. La cómoda, no, ya te dije que no la desarmaron, la cómoda, menos el espejo, bajó en una pieza como si fuera un ataúd.

Me llama la vecina, oiga, usted es familiar de Don Pablo, el del segundo d, sabe usted si se iba a marchar a algún lado, que yo sepa no, le digo ; pues oiga, mire, lleva días que no da señales de vida, y la escalera ya tufa, y mi perrita Laika escarba debajo de su puerta, y ya sabe, los perros huelen cosas, a la perra le tufa y si le tufa, pues mire, le digo yo, mañana paso, aunque lo mismo se fue sin avisar, pero si tufa, raro es, el tío es muy limpio, ya sabe usted.

Le dije mañana, iré mañana, no en el momento, el tío era tuyo, de ti, ¿me entiendes?, no mío, y deja de tocar los huevos o te unto,caprichosa, que eres una puta caprichosa; si es que aún te voy a untar, so pija.

Vamos, que al Tío lo mataron trajinando me pongo la mano en el fuego de que es verdad, y bien que lo apretaron al pobrecito, no hace falta ser un Sherlock Holmes para darse cuenta de cómo lo encontré, que sí, que atufaba, calzoncillos bajados, medio tapado, y ni una gota de violencia, solo aquellos ojos abiertos, y aquella mueca que no era de angustia ni de soledad ni de miedo ni de impaciencia, aquella mueca era dulzor después de haberle catado el Puleva, instantes después del hecho, llámalo cómo quieras. Me gustaría ver la cara de la furcia cuando lo descabalgaba.
Dicen que si te mueres jodiendo se te queda dura como un témpano.

Yo la cómoda como que no me dio por mirar bien, bueno, abrí los armarios, y de la cómoda te juro que también fisgué en los cajones, y te juro, que aparte de unas revistas allí no había nada de nada, así que vía mucha vía que me dais asco, sospechar de mi, os voy a mandar a todos a tomar por el culo, si el Tío le dijo a la Brígida que en un doble fondo del taquillón, en el cajón de abajo, había cincuenta mil euros, que hubiese llamado antes, si te digo, no sé ni a quien le vendí los muebles, aquí os dejo los doscientos cincuenta euros, y os vais todos a tomar por el culo, y el móvil del de la furgoneta por si queréis llamar, no te jode con los piojos chupadores, iros a tomar por el culo, hombre.
-Ojala se os aparezca el Tío.

viernes, 23 de noviembre de 2012

ES UNA GUARRADA.




Tengo una prótesis de cadera, dos puntadas en el promontorio del isquion. Doce fistulas interesfinterianas, sin abuso de terceros. Por decir algo para este medio poema.
No me vengas con vaginitis. Apriétame. Sácame la leche.
Otros vivos se encaminan sin tropiezos.
Marchar, no. Mejor quedarse. Ninguna aventura baldía, nada.
¿Cuántos instantes antes del silencio total?
¿Toda reflexión implica pararse para pensar?
Paseate con el dedo por todos los acontecimientos recientes, no encontrarás uno saludable.
Y por qué todo aquí entre mis manos, sin poder hacer nada, hablando y hablando. Hablándome.
Antes de ayer estaba en la misma posición, y ayer. No sé en qué tiempo debo decir amor.
Las pequeñas pausas me desconciertan. Cómo van a proseguir después. Con qué tema.
A veces me quedaba en la cocina después de tomarme un café con leche, la radio puesta y la cabeza entre las manos, y los codos apoyados en el mármol de la mesa.
Me daba que pensar, un día más, por la gracia del espíritu santo.
Yo era un bohemio a eso de las ocho de la mañana con las zapatillas puestas y la luz de la ventana de refilón a la espalda.
Otras veces cruzaba las manos sobre el culo e iba y venía por distancias infinitesimales, lo que ocupa un pensamiento y otro dentro del salón comedor.
Yo predije que la tierra daba vueltas y nadie me hizo caso, que si el el sol salia por la salita se ponía por la cocina, y que había dos hemisferios uno encima del aparador, otro sobre el calentador del gas.
A veces te esperaba aún, ese ruido que hacías de no acertar a la primera en la cerradura.
Y mientras descubría la ley de la gravedad se derramaron dos tazas de leche como una lengua alargada sobre un borde.
Siempre el mismo murmullo. En ocasiones como una sola palabra sin fin que no sé de dónde viene.
Me viene y me viene por los siglos de los siglos.
Que hermoso es quedarse abrazado cuando ella está encima, después de todo, ella respirando, y apretándote con su culo ahí. Dios, qué gusto.
Pero no suena la llave sin acertar.
A veces me quedo esperando horas y horas hasta que el sol está sobre el techo del pasillo a medio día.
A veces pienso que no se deberían dar tantos besos, ni acariciar con los dedos los labios.
Tal día como hoy he de pensar en un largo viaje, por encima de todo, un viaje lleno de aventuras.
Bajar hasta el tercero, sin miedo, estaría bien.
A través de algún hueco estuvo el amanecer según bajaba.
Programada la vuelta, todo ese run run en mi cabeza.
Por favor, ven a sacarme la leche.
¿Esto último es el pensamiento justo, o es una guarrada?

sábado, 17 de noviembre de 2012

EN UN SANTIAMÉN.





A veces en la escuela allá por noviembre encendían una estufa en forma de tubo, y de la estufa también salía un tubo en forma de tubo mas estrecho, y el tubo subía recto, luego se curvaba e iba recto otras vez a través de un cristal. A veces quemábamos leña de roble y olía a árbol duro, a árbol que tuvo miedo.

El maestro olía a antibiótico y a cuarterón. Cuando me daba una hostia en la cara no recuerdo a qué le olía su mano, veía las estrellas.

Dictaba el maestro trabalenguas, de esos que la lengua no sabe a qué atenerse y hay que aguzar mucho el sentido del oído. A veces yo tenía dos gomas, una blanca y otra azul que ponían Milán, y colocaba una goma encima de la otra, y como en el borde de la mesa había una curva me ponía a jugar como a camiones cargados de fruta, y arrumbaba, mientras el humo, ahora, casi trasparente se iba para el cielo llevando todos mis pensamientos.

Yo me veo así, flotando, desde un lugar que me huele a pulpa machacada, y este recuerdo diminuto, casi infinitesimal, es parte de mi vida.

Lalo llevaba la lona suelta. La lona de Lalo iba sobada por el viento y a ramalazos de un lado a otro, seis cuerdas sin amarrar, dos arquillos inclinados hacía atrás, ramaleaba como una banderola, allí donde ponía por el lado derecho: Transportes Lalo, que me cago en su puta madre, ya estaba harto de tanto Lalo la lona, que me llamaba Argimiro Puértolas Vascarán, incluso de los Vascaranes si te pones en los tatarabuelos, incluso en la casa de de los tatararaabuelos de Castiello Bernueces había un piedrolo en la entrada que ponía un león con la lengua fuera y un Vascarán escrito como en latín haciéndole coronilla a la fiera.

Las manzana de Bucovina son rojas y no saben a nada, se lo había pensado tres veces mientras las cargaban, y le dio por morder a tres manzanas rojas que parecían las del maleficio de las Caperucitas, folladas y apaleadas en el monasterio de Putna por frailes que tenían un gran polludo. La pala iba y venía dominada por un barbudo con dos dientes de oro, mal lavado el tío, con los pechos sueltos y una cadena dorada como de vaca. Olía ligeramente a jugo dulce de manzana podre. Estuvieron rayando los laterales del camión a la mediada, casi a la media hora, a las doce de la mañana, daba gusto verlo todo rojillo y un poco de tono verde, antes de poner la lona de Lalo, todo rojo de frutos ya empezando a fermentarse, casi olía a sidrería del Coto y a sobaco de Fomento.

A mi el Muelle de Gijón, cuando está la marea baja me huele a mierda. Y si tienes buen olfato aún te viene un tufo de vientre de ballena. Punta Lequerique huele a meada y el sol se ve doble cuando atardece.

Si sales con un trailer de Bucovina hacia Quintes en Gijón con veintitrés toneladas de manzanas tienes que tener los cojones bien puestos y orientarte bien por una comarcal que le llaman la Jedovnicka. No se te ocurra preguntar por dónde te diga un Rumano, tú siempre vete para el otro lado, tú recto, ni gepese ni hostias, tú hasta la D uno, y que ponga Alemania, o que ponga la Baviera, o que ponga Núremberg. Pero si vas a buscar manzanas rojas a Rumanía y a la vuelta no vas de putas es que eres un punto afeminado.

A mi si no me soban algo la polla no conduzco bien, me gusta llevarla recocida, y que cuando separe el glande del pellejo para mear me huela entre xardo y fañeca.

A la una ya estaba bajando, que a lo mejor era subiendo, pero yo desde Rumanía siempre bajaba, era todo para abajo, aunque subiese. Y como iba bien de tiempo me paré a las afueras  de Brecina, que tiene muchas casas de color verde y de cada una sale una chimenea redonda por donde borbota humo negro que huele a carbón vegetal de raíz de brezo. El putiferio se llamaba Ionela, y me lo indicó un Rumano que iba con una carretilla sin neumático cargado de hierba para los conejos y una guadaña clavada encima, como los de Lugo. Para preguntar a un Rumano por un putiferio no le hagas nunca la señal de la cruz, eso es por Drácula, para preguntar por un putiferio pliegas ligeramente los dedos de la mano derecha y con el indice de la izquierda le haces el mete y saca (eso es en esperanto, y los rumanos lo entienden).

El Ionela está el final de una gran explanada llena de baches y en realidad es un barracón muy alargado con sólo un letrero azul que pone Ionela Club. Para aparcar un cuatro ejes está muy bien, vas todo recto y paras donde te salga de los cojones.

Y entrabas allí entre un mortecino arcoiris y algo que parecía elevarte desde una entrada angosta y un largo trecho hasta una barra en forma de semicírculo. Allí apoyadas casi ocho mujeres abiertas del todo, todo abierto, las piernas, las tetas, las caderas y unos grandes ojos abiertos. Al sentarme sobre un taburete anclado al suelo giré y sin quererlo me di una vuelta y media hasta quedar parado detrás de unas espaldas también abiertas, ligeramente escuálidas, con un collar lleno de corazones de colores hechos de baquelita que le colgaban casi hasta el culo.

No dices nada y a Lalo lo llevan, aún con un rastro de dulzor amargo de vodka con naranja, lo llevan con una mano larga hacía una trastienda llena de habitaciones que en otros tiempos tuvo a obreros del cabronazo de Nicolae Ceaușescu. Estuve en un lugar sin ventanas y un ruido infernal de un grupo electrógeno, ni como te llamas que es lo usual..., a mi siempre que me la chupen, ni besos ni nada, dóblate, ábreme, (todo por señas), y esa emoción del cinto abriéndose, la evilla suelta, y la mano rebuscando. Con putas siempre se me pone tiesa, con la Santa nunca, anda baja de flujo.


Tuve tiempo a cogerle la cara y aumentarle el ritmo. Dale hasta abajo, soputa (pensé), ya sabes hasta la campanilla, me vi delirando, deliro cuando me voy a correr y hace frio como si el alma lo tuviera y el cuerpo quisiera tirarse un pedo al mismo tiempo, se quiso salir y no le dejé, chúpamela bien (pensé),y le quedó en la boca media ración de poso de rodaballo, y le vi bajar la cabeza y aquel gesto de asco, y le vi escupir a la Rumana con una raya en medio de la cabeza, medio pelo moreno a un lado, medio pelo rubio al otro.

Para cobrar debes entender, restriegan levemente el indice y el pulgar. Me tiró lo de la boca sobre el zapato derecho y el pantalón, y se lo dije, tu a cobrar en la barra, y ella que no, y yo que si, y ella que no, y yo que si,sisisi

Salí corriendo y la puerta no era moderna, no abría para afuera, me di una hostia de campanario. Las putas quedaron dando voces, tres al menos me persiguieron. Entré a la cabina del camión como un poseso, encendí y le di a la primera, fue de cero a cien en veinte segundos que para un trailer cargado de manzana roja está de puta madre, y luego Brecina abajo acelerando, a toda pastilla. Por los retrovisores casi ni un alma, el humo negro haciendo aquellas volutas tan espesas, las casas verdes muy lejanas, hasta que no pasaría ni un minuto y vi aquellos dos mercedes de la época de la guerra fría dándome las luces, y no sé cómo fue, me desmadré de las ruedas de adelante, la cabina para un lado, la caja para el otro, y miles de manzanas rojas hasta donde alcanzaba la vista.

Yo ya no estoy aquí. Te pasa todo como en una película a miles de kilómetros de memoria, y el maestro dictándome: Lalin, copia tú sólo, Lalín:

...Lalo llevaba una lona sobre las banderolas ...Y la la lona de Lalo, ponía...

Aún no sé, por qué un cuatro ejes cuando hace la tijera y acaba volcando, le quedan las ruedas de atrás dando vueltas como a una ruleta. Tuve esperando allí hasta que se quedaron quietas. Luego fue eso del telefilme, que toda la vida te pasa por delante de los ojos en un santiamén.


domingo, 7 de octubre de 2012

FORMA DESPROPORCIONADA.



He cambiado tantas veces de refugio por la esperanza de llegar siempre a pie.
La misma ciudad conocida más allá, sin una descripción exacta.
A veces el sueño me viene en esta postura de codos apoyados,
las grandes dimensiones a una distancia de un brazo de unas migas de pan.
A la inmensidad le cuesta entrar en ti, de alguna forma en mi,
sea de noche, sea de día, el otoño ruega por nosotros en su sacrificio todo derramado sobre la tierra,
el frío azul tan lejano, la pútrida hojarasca hacía el negro, las manos frías envueltas en si mismas.
Hay flores abiertas, olvidadas, que nos miran, y si te das la vuelta, dan la vuelta.
Gorriones que aprendieron a picotear sobre el asfalto diminutos guijarros , llenos de hambre.
La inmensidad es demasiado, incluso para la muerte de los patriotas, de alguna forma, de alguna forma desproporcionada.
Nuestro encuentro a las catorce horas de resucitar.
Yo soy el que va conmigo y contigo en compañía.
Alejarnos entre nosotros. Sentir la ausencia en el inmediato segundo de soledad.
Me sabes a chicle, o a otro sabor aquí, tan cerca,
me sabes a eso que deja el mar cuando le apetece marcharse,
pero la inmensidad si es de noche se aplasta sobre mi, sobre ti,
mientras esperamos boca arriba, de alguna forma el sueño en la oscuridad.
Sobre una losa van las pisadas, el húmedo contorno de los pies,
los olores de la ciudad, si hay luz, las sombras. Todo lo que conozco me viene
de las distancias inmediatas y acordadas, pero la inmensidad, de alguna forma
no puedo razonarla, como la muerte que vendrá sobre ti, sobre mi.
Para pensar estaba oscuro.
En esos detalles de estas horas en que sólo estamos para escuchar.
Es importante saber el qué.
La locura comienza cuando te sientes extrañamente alejado de tus pies.
De alguna forma, de alguna forma desproporcionada.

miércoles, 3 de octubre de 2012

POST MERÍDIEM



La lagartija, partida en dos, moviéndose las dos partes. La lagartija sin cola en línea recta sin timón. La larga colita dando tumbos algunas veces avanzaba. La larga vara de avellano con un leve rastro de sangre fría esperando la decisión. La parte de la lagartija que tenía cabeza y vida, impulsando la cola unos metros sobre la hojarasca, esperando que sus movimientos fueran a menos, como así fueron a mucho menos, hasta que casi no fueron nada, en un gesto curvo su espera.

Lo abandoné todo y proseguí. Yo veía el sol en todo posado, y apreciaba las sombras en todo lo que estaba a merced del sol. De una forma u otra la ladera era entorno a un monte descarnado a veces, otras veces lleno de brezos con insectos de muchas clases, haciendo volanderas sobre flores del color del vino.
No sabía que había salido de dónde. Ahora lo recuerdo. No sabía si subir o bajar o ir hacía los lados, no sabía si al tomar una dirección cualquiera retornaría al lugar original. La larga caminata. La larga mañana. La larga sombra que iba delante de mi, inexplicable, cómo podía ir ahí, en caso de ir.

Vi más animales todos con sus vidas. Incluso una serpiente atravesando el camino ondulándose con la cabecita levantada. La larga cola en sí vadeando entre pedruscos gastados de losa y la polvorienta tierra de color de la cal oscura, y algunas piedras como el cristal de trasparentes. La serpiente sabiéndolo que era un trecho peligroso sin maleza a la intemperie. Quizás en su agitada marcha se dio cuenta, los ojos a sus lados en la cabecita triangular. La larga vara certera con tres golpes proporcionados y herméticos, quiero decir, secos en el sentido de la decisión de partirla en dos. Cuatro fueron al final. La cabeza y dos palmos a un lado, la cola y un palmo al otro. Ahora eran un baile, no sabían qué hacer, ambas se enroscaban sin ningún sentido. La ladera estaba lejos para ellas, la cola y la cabeza no podían vivir la una sin la otra. Los movimientos fueron decreciendo. En mi observación percibí un movimiento no armónico, hacía los lados, luego pensé que era el silencio, pero ya habían acabado su larga agonía una sin la otra.

Habiendo dudado, me imaginé que empezaba ahora. Quiero decir que empezaba todo ahora. Es esa sensación de que antes no estabas, ni hacía un momento si quiera estabas. Por eso lo digo.

Puedo decirlo con cierta garantía de acertar: estaba subiendo. El camino amplio algunas veces, se estrechaba otras tantas veces. Podría encontrarme en cualquier lugar de la montaña próxima a no sé dónde. Sabía de sobra que buscar dos existencias de una sola era posible. Demostrado con un ciempiés que huía hacia una piedra plana retocada en su día por un picachón en forma de rueda. Y antes de que entrase en su oscuridad, pude ponerle el pico de mi vara sobre su columna vertebral, con tanta suerte que eran simétricas las dos partes. Y allí otra vez el fenómeno. Habría por un lado cuarenta y ocho pies y por el otro cincuenta y dos pies. Aquí las cosas no cambiaron en la separación de las dos existencias, si en la forma; las dos partes se enroscaban sobre si mismas como haciendo un nudo. Y cómo fue el final semejante a todos los finales. Con paroxismo las patitas agitándose en un principio con mucha fuerza, y luego decayendo hacía la nada, en su movimiento.

Habiendo llegado al convencimiento experimental de que en un mismo ser existen dos vidas. Miré al cielo omnipotente mientras meaba sobre una maleza de zarzales. Todo esto lo hacía al cielo de poniente en su larga presentación de nubes entrelazadas, figuras llenas de anarquía a las que trataba de poner cierto orden.

Era indudable que estaba subiendo, lo notaba en mi intima gravedad, yo estaba pesado dentro de mi. Pude comprobar el desfiladero en dos vueltas más, pudieran haber sido unas cuatro vueltas más, ahora con una gran concentración de robles y abedules, con sus hojas en un pulcro marrón claro sobre sus ramas. El desfiladero llegaba a una profundidad inexplicable y era muy ágil en verticalidad, como si alguien de gran poder hubiera erosionado las rocas para hacerla tan extrañamente plana y recta. El precipicio en si daba miedo, lo digo en el sentido de que debería tener miedo cuando me asomé a comprobar hasta dónde. No tenía esa sensación humana. Estaba dispuesto a comprobar si científicamente podríamos vivir en cada una de nuestras partes separadas. Lo primero que hice fue soltar mi vara de avellano. Cayó pacientemente, vadeando ahora, de lado ahora, en vertical ahora, no pude apreciar el final, todo era muy profundo.

Había otro horizonte cuando estaba pensando. Nada que ver con el de antes, las nubes eran un desfile de hermosas clarividencias, en el sentido del más allá, invitaban a suponer. Intenté recordar el motivo de mi excursión, de dónde había salido, dónde estaba, si debía regresar, si debía sentarme a contemplar la divinidad del infinito, si me esperaba alguien en algún lugar. Todo eso lo pensaba de pie en el más estricto equilibrio estable, en el borde de una roca en forma de grupa. No sé. Pudo haber sido el viento o el ansia de saber. Me precipité a las 12 horas. 20 mn. 32 seg, P.M.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

VALGA LA REDUNDANCIA.




El sacerdote había apoyado la cabeza sobre mi hombro. De mediana edad, vestido a la antigua usanza, desprendía cierto aroma no identificado, podría ser como un leve rastro de olor a tabaco, o a detergente. Aquella postura que en un principio me parecía con cierta sensación deshonesta se me hizo pasajera cuando empecé con mi catarsis, hablándole de mi adicción al Facebook. En principio el no entendía mucho, me susurró, sí, claro, he oído hablar sobre las redes sociales, sí. Luego le comenté mi dependencia desmesurada a estar delante del ordenador viendo como pasaban imágenes, comentarios, argumentos a comentarios, mi estado casi de excitación cuando me aparecían mensajes privados. También le comenté que mi adicción se había pasado al móvil, en todos los sitios y lugares estaba pendiente de lo que por allí circulaba, si era referente a mi o referente a otros. En fin, mi conclusión para que el padre lo comprendiese con un dato estadístico fue el decirle: mire, de un día con su noche en un total de veinticuatro horas estoy en el Facebook, o pendiente de el, unas catorce horas, y eso no es lo malo, lo malo es que mi personalidad se está desdoblando en dos, el que ve aquí con usted, y el que está en el Facebook, qué más de una vez se me ha pasado por la cabeza de trucar una foto con el Photoshop, y ponerme de piloto de Iberia, o cirujano de la Seguridad Social. Para aquella, el peso de la cabeza ladeada del Padre sobre mi hombro era total. Ahora sentía su cálida respiración sobre mi cuello a un ritmo pausado, casi agradable. Le estuve hablando largo tiempo de mi dependencia que ya era un vivir sin vivir en mi.
En el momento en que sentí sus labios pasearse voluptuosamente, le hablaba de mis tres cuentas añadidas con diferente nick, y la encrucijada que resultaba de tener que mantenerlas, en una de ellas me hacía pasar por un terrible agitador social de Anonymous, incluso, dando consejos de crack informático, sin saber lo que era realmente un bit.
Sí. Sus labios se hicieron más persistentes, más insinuantes en lo sensual, su respiración era agradable, y los besos pasaron de una intermitencia asincrónica a una crónica persistencia. He de decir que el padre me puso a cien, y que de mi plática sobre el Facebook pasamos a verdaderos susurros. El momento en que metí mi mano en el interior del confesionario sería a la media hora de haber empezado la confesión. El cura la tenía realmente dura, fue tirar suavemente de seis botoncitos y empezar a manosearsela. Cuando se corrió, crujieron las tablas resecas de la estructura del confesionario en su afán de estirarse las piernas por el pacer.
Me absolvió después de cuarenta y cinco minutos. Cuando iba para el banco, para esperar la excomunión, tuve una sensación de vacío extraño. No por lo pecaminoso del acto en sí, sino porque tenía unos deseos enormes de sacar el móvil, o de llegar a casa para abrir el portátil.
Mis manos olían a rodaballo que apestaban. Al salir me las lave desesperadamente en la taza del agua bendita.
Creo que mi caso no tiene Cura, valga la redundancia.

lunes, 24 de septiembre de 2012

RAZONABLE.



No es que en la garganta te sientas atragantado por los cojones.
Sólo regurgitas ciertas palabras de amor un tanto olvidadas.
Un extremo era estable, el otro también. Por el medio muchas turbulencias.
Recorrimos juntos la millonésima parte de un Meridiano.
Pero un día que hablábamos de geodesia.
-a las 2.280 horas de habernos conocido-,
fue aquella mirada sublime por lo turbia.
En las cosas del espíritu no caben los ejemplos.
Y además hacía frío sobre los estómagos.
Hoy es el día internacional de la de Dios y su Madre, en el sentido de la Inmensidad.
Hablo del día deslucido por la certeza de que ya no me amas.
Lo sé. Abreviando. Ni un milímetro de mi piel te resulta diferente,
no hay recodos, ni pliegues que ya no reconozcas,
ni pensamientos que no detectes,
ni intenciones que no descubras.
Hoy, en aquel estado en que me dejaste, cuasi erecto,
apoyadas tus manos sobre mi pecho, ni un tanto así de la danza del velo,
ni un poco así como un columpio en su momento bajo,
ni una pizca de ojos cerrados, ni un poco de tu peso.
Ni una mueca de desesperación para lograr lo imposible.
Hoy es el día de las cosas tristes, como si le dieras vuelta a un rollito primavera,
en pleno invierno,
y de lo poco profundo, sólo ahí, un poco de sentimientos, un poco de ternura,
abiertas y cerradas las manos desde este rincón de la onomástica de su puta madre,
me hierve la sangre y la añoranza,
y el corazoncillo da esos tumbos solitarios.
Parece que fue ayer la onomástica de una hora celebrada.
Me da que me dejaras, cerrado de piernas,
sólo el techo,
los ojos abiertos, y sólo el techo.
Sé que me dejarás.
Más no puedo imaginar.
No son posibles, ya no cuadran, más mentiras.
Todo oscurecido casi a la vez, aún aquí.
Rápidamente a partir de aquel día.
Del gris al negro en un tiempo razonable.

martes, 11 de septiembre de 2012

RASTROS.



Fuera de mi rastro para la vuelta, he de recordar.
Todo lo que significa la supervivencia, la lucha que mina mi entendimiento.
Sobre mi van tres, con sus formas de interpretar atardeceres,
y otro que me dice que sea un asesino,
otro aplicado en ser práctico.
Me he dado la vuelta hacía detrás de mi. Perseguido aún por alguien que se esconde en mi misma dirección de marcha. ¿Cuántos personajes para poder ser yo, como algo definitivo?
Implorando que al asomarme al espejo no me quede quieto en la huida, como ayer.
Me apiado de lo que repta hacía un lugar desconocido. No sé muy bien si el sol será bueno para su camino, o la lluvia también, o el exceso de vegetación también.
De todos los que van en mi hay uno obsesionado por el fuego, se queda hipnotizado.
Hay otro torturador que cuando pisa lo diminuto restriega con el pie dos veces sobre las losas.
A veces me confunde algo invisible que tiene pretensiones de amor, ve amor en todo,
en todos los sucesos cruentos su lado de amor, como causa.
Pues bien. A mitad del camino, o lo que sea, pretendo llorar con disciplina, unas gotitas por mis mejillas. Uno de ellos, a veces, recuerda cuando salí por la vagina de mi madre, recuerdos de forma abstracta, pasando la lengua por todos suaves sitios, hasta que boca arriba no vi nada. El frío te revienta cuando naces. No sé si era el corazón de otro lo que sentía.
Inevitable proponer que los parpados no se muevan.
Inevitable mis manías, mis fantasías, de ser otro, tal vez.
Recordar. El que recuerda dentro de mi, sin ningún orden: de ahora, de antes.
En este mundo no me queda más capacidad de sacrificio. Aún está el cuerpo con su dolor.
No sé qué hacer. Asomarme sobre el espejo me produce dudas y me da miedo.

martes, 4 de septiembre de 2012

DE LO QUE ESTÁ MUERTO.




De lo que aún queda. Del resto incruento, con cuya diferencia se hace lo absoluto.
Un ejemplo importante del espíritu es la ceniza, todo está incluido allí, incluso el espíritu de los árboles, lo que fue solemne ante tus ojos y endeble bajo el fuego.
En la ceniza están los pensamientos, de un pequeño y disimulado color gris claro.
Y el amor  en forma de polvo diminuto  que lleva el viento, y el sol hace vivo
en forma de lanza que se clava sobre el techo.
El espíritu de los muertos que salen por la noche está hecho de cenizas.
Y algunas chozas cercanas al Monte Oku que brillan con la luna, y cobijan niños negros con ojos del color del volcán.
Las raíces van hacía las cenizas, allí donde la lluvia las filtra, y de la ceniza nacen flores blancas de pétalos comestibles y olores suntuosos.
Hablo de las cenizas invisibles que llevas en tus manos.
Del rastro indeciso que dejan tus ligeros pies de bailarina.
Las que quedan en el pan, las que al quemarse huelen como a espigas de trigo.
Lo que he aprendido queda en las cenizas, y es de color azul oscuro, muy suave, casi imperceptible. Lo que he soñado está allí de un color indefinido, casi sin apariencia.
Mis desgracias quedan en las cenizas, y son de un tenue blanquecino.
Mi dolor, una porción de tizón negro.
Mi odio, un poso de suave marrón oscuro.
Lo que he conocido, lo que he comprendido, como si fuera incoloro e intangible.
El deseo, intrascendente y disimulado en mil colores conjuntados.
Lo que la lluvia arrastra, lo que el viento esparce.
Todo lo que respiras.
De donde vienen los sueños.
Todo. Todo lo cubierto y descubierto
De las cenizas  inertes  de lo que está muerto.

lunes, 3 de septiembre de 2012

EL MAR ME PRODUCE TRISTEZA.




De un tiempo a esta parte me saben mal las nectarinas, los melocotones, y las ciruelas claudias. Voy con propensión al water, y es bastante maloliente, cuando lo miro el color no me gusta, es de un verde oscuro, o color pistacho, salpico muy arriba, y es bastante calamitoso pasar la escobilla, siempre quedan gotitas de mierda. Estoy llevando una estadística de lo que meo, diez veces al día, ciento veinticinco  mililitros, término medio por meada, en un día puedo mear un litro y medio, las medidas las hago en un tarro de cristal de espárragos, mirada mi orina al  trasluz parece vino fino la Ina, tiene muy buena pinta. Me encanta ir al baño y sentarme largo tiempo leyendo el periódico, pero el médico me dice que no es bueno para las almorranas, pues hay tapas de plástico que al hundirse tienen propensión a abrir el ano, lo que las prolapsa, pudiendo reventarlas, como una vez que se me reventó una y me salía la sangre por los pantalones, son muy escandalosas sangrando.
Hace dos años fui operado de hemorroides internas y externas de cuarto grado, por láser. Mis relaciones mejoraron en calidad e intensidad de erección al tener el esfínter sin dolor y sin inflamación. A los cinco o seis meses, tras un esfuerzo para endurecer la erección cerrando el esfínter, sentí un dolor agudo y, a partir de entonces, empecé a tener dificultades para erectar sintiendo que el fluido sanguíneo se iba por otro sitio y notando una sensación dolorosa como en las venas de la pierna derecha principalmente, y como si llevara un pañal o compresa en la parte baja de los glúteos (al tacto no sentía ningún dolor).
Continué manteniendo relaciones con más dificultad y concentración, pero la cadencia fue bajando.
Hace cuatro meses, tras una relación de tres meses a diario y repitiendo en ocasiones, forcé de nuevo el esfínter, no sólo para erectar, sino también para mantenerla dura, y esta vez sentí un dolor agudo en el testículo derecho, un pinchazo en la parte baja derecha del abdomen (como cuando recibes un golpe), y el retraimiento parcial del testículo, que después de eyacular se normalizó.
Pero hasta ahora, cada vez que pienso en sexo al ver una mujer atractiva, me duelen los dos testículos, siento un calor y dolor en el vientre y no reacciona el conjunto genital; además continua la pesadez y dolor en la pierna y la sensación de pañal; me ha bajado la libido y la agresividad cuando entreno. La misma chica de hace cuatro meses ha notado una gran diferencia cuando vino a recuperar en septiembre lo pendiente de  la universidad, inclusive cuando estoy relajado, y , por supuesto, ya no repito hasta el día siguiente (con ella nunca más después de la pésima faena, noto que me quiere dejar, por lo caliente que es).

¿Debo consultar también a un proctólogo por lo del esfínter, y esa pesadez que siento en la pierna y parte del glúteo? La doctora de cabecera dice que puede ser ciática, pero no sé de nadie que por apretar el culo le duela la pierna ¿Será algo vascular del esfínter unido a lo prostático y a lo hormonal, tendré la testosterona baja, mi edad es de 42 años, yo creo que no debería ser?
Todo esto ha sido en muy corto plazo para ser un bajón por la edad. Todo esto me deprime.
Sigo, no obstante, tomando muchas ciruelas claudia, me facilitan en el baño. Lo que ocurre es que lo hago de un tirón, algunas veces me salpico el propio culo, y luego me gusta estar allí leyendo el periódico largo tiempo. Me gustaba mucho más antes, con todas las almorranas, que apretaba y apretaba –incluso con cierto dolor-, y aquello iba saliendo cuando le daba la gana.
Ahora he de estar media hora posterior en el bidet quitando manchitas; mis calzoncillos tengo la impresión que apestan cuando voy al baile.
Uno empieza a estar sólo cuando caga mal.
A veces, es ese remolino del agua, y todo envuelto que se va hacía el mar, me produce tristeza.

lunes, 20 de agosto de 2012

SOBRE EL SUELO.




Me había figurado luchar con el ángel, fuerte, excesivamente  enérgico, maduro, vestido con bata de boxeador. Antes habíamos vomitado cada uno por su lado. Mi ángel con ulcera de estómago sobre mi grupa asomando la cabeza por mi hombro.
Cuando llegaba mi hijo, en esos instantes previos a su llegada tan agitada, el ángel se me subía a la grupa, y los dos deambulábamos con tremendos nervios en el estómago. Ni que decir tiene que mi hijo entraba sin hablar, imperante, dijéramos sospechosamente dominante y agresivo por la abstinencia.
La secuencia era la usual, a mi me sujetaba por el cuello y yo balbuceaba con ese tembleque de los ancianos, el ángel me abandonaba y se subía a él, dada la parte ocupada por su brazo. He de decir que mi hijo no tenía ninguna contemplación y sospechaba que el dinero estaba cambiado de sitio, y no entraba buscando, entraba a horcajadas sobre mi cuello, donde el ángel, con sus alas debía de volar hasta los anaqueles de la cocina, cerca de un botijo de porcelana que hacía de adorno; más de una vez el botijo estuvo a punto de desprenderse sobre los quemadores de butano. Sí. Esa era la secuencia. Mi cuello de viejo apresado por su robusto brazo derecho, y con la izquierda haciéndome un torniquete a la nariz con sus dos dedos índice y pulgar, al mismo tiempo que me preguntaba dónde estaba el dinero esta vez, en qué lugar imaginado de la casa lo escondía, llamándome, incluso, hijo de la gran puta, que sería su abuela, o no sé…
Mi ángel puso aquella apariencia luchadora. Yo sabía cuando las uñas de sus patas no eran dulces en el reposar sobre mis hombros. Retornó a mi desde donde estaba el botijo con un equilibrio estable, y se fue a hasta los ojos de mi hijo. El primer picotazo debió de ser extraordinariamente doloroso, el grito fue de pleno horror, quizás se oyese en todo el patio de luces, las ventanas colindantes, y el portal de entrada. Le prosiguieron numerosos picotazos más. Sentí sobre mis espaldas la sangre de mi sangre, que era la de mi hijo, y como, en un violento impulso, empezó a revolverse por el suelo de la cocina como una  ballesta a fuertes impulsos entre las cuatro sillas y debajo de la propia mesa de mármol. Sus gritos eran espeluznantes, nunca me había imaginado que mi propio hijo pudiese gritar así, nunca jamás había escuchado semejante timbre de voz de su boca. Farfullaba palabras ininteligibles, y por la forma de moverse y llevar las manos a  su frente  supuse que estaba completamente sin ojos para poder ver.
Mi ángel ahora en mi grupa, sin la bata de boxeador, con plumajes blancos brillantes, inmaculados, asomaba su cabeza a mi sien, y ambos lo mirábamos allí en el suelo, de vez en cuando, aún, diciéndome dónde guardaba el asqueroso dinero de la paga del mes de Agosto, mientras la navaja  que apenas sujetaba mi mano derecha se fue cayendo lentamente contra el suelo.



domingo, 12 de agosto de 2012

ANTES.



El epílogo es un modo de final. Tomada, a duras penas, la decisión de acabar.
Arrebatos de tristeza, aún existen, a borbotones, nada lineal o uniforme que te desgaste como el mar a una piedra, (la forma de una arista es su desafío).
Ya no cuento los pasos, pesadamente  en su zozobra no concluida. Nunca.
La mitad de las veces con la vista fija. El total son ocho, y una encrucijada.
Y de tanta dimensión que es, rebosante de vacío, por un final tan inalcanzable.
Me sorprendes en plena meditación. Antes que todas las partes se pongan en marcha.
En su aventura hay un riesgo meditado: dos sillas victorianas y media estatua de un rey negro.
Es mucho mejor que me aprietes por la espalda, si quieres escuchar lo que se mueve.
Que si te siento debajo del cielo (amplio, o eso, la inmensidad), posado sobre un extremo lejano, por un solo punto en equilibrio, como un paraguas dibujadas nubes, y azules, y un rastro de avión en dos vueltas como una filigrana. Dispuesto a oprimirme, el cielo.
Debajo de eso todos los días los gusanos asomados, no está claro si con ojos, a plena luz.
Me quede lleno de paz, adivinando tu aliento sobre mi nuca.
Si fueras destinada tú,
a quitarme el sufrimiento, a sacarme los pies de entre las sábanas.
En su postura  de espera, a tocarme la frente, el pecho, a posar tu cara y que me digas por qué lugar el temblor retorna ondulado e impaciente.
No queda nada y lo sabes, ladrillos reducidos con su enfermedad que los hace tierra.
Un surco, arrastrado el barro, como lengua, un recuerdo del agua sumisa en forma de coleta. Nada es decir poco, por mucho que te figures.
Manos abiertas sobre la cama, los dedos reclinados hacía arriba sin afán de presa.
Sí. Lo deseo.
Que levemente te poses, que aprendas a ser pluma,  un poco de brisa sobre mi cuerpo enfermo.
Si vienes llévame contigo, a veces abro los ojos, y siento los tuyos arrugados, los pómulos descolgados, y un suave roce de fragancia de ayer.
Bajar hacía mi como cuando hueles la tierra después de la lluvia evaporada.
Es una postura quedarte quieta.
Ingrávida, no. Pero parece que me esperas en el último trance, el octavo paso.
Si me ves aún como en la lejanía es que estás en mi mundo.
Debo quedar acurrucado a contemplarte. Dulce el pecho que no se detiene al poner tu mano.
Ya sabes que hay cierto grado de ansiedad en la fatiga.
Deseo que te quedes unos instantes.
Hay una larga pausa.
Antes.

lunes, 6 de agosto de 2012

HASTA EL FIN.



En tu compañía o en otra, me es indiferente.
Entre una larga pausa, entre un extremo y otro, sintiéndome un ser anónimo.
Todo lo que has sentido tú, lo que has pregonado tú, todas las frases hermosas que has hecho sin un sentido claro. Lo construido por ti, lo andado. Lo que te pareció feo o hermoso. Tu mano a veces en forma de golpe,  la ira, y en un  segundo la tierna levedad.
Siempre entre un ritmo y otro ritmo, entre dos sensaciones, dos sabores, dos caricias.
Entre un millón de hombres y mujeres, entre dos instantes inmediatos.
Sé que al despertar retorna el vacío, y he de ordenarlo con los ojos abiertos.
Entre dos miradas a lo lejos y aquí cerca.
Donde mis pies reposan esperando elevarme con tu ayuda.
Vuelto hacía arriba, por encima de mi rostro.
Descontado todo lo intranscendente de mi, se queda sólo un resto de osadía.
Reflexionando entre dos vivencias.
Nada que ocultar. Donde quiera que suceda el despertar.
Sólo con la longitud de mi brazo, inalcanzable, lo que trato de añadir a mi vida.
Tú dando la vuelta dispuesto a ser diferente y reconocido, erguido sobre un mínimo contorno entre muchas manos elevadas.
Entre tu y yo que regresamos al torrente que lleva lo que se diluye lleno de colores.
Sabes muy bien que no habrá paz hasta entonces.
En tu compañía o en otra, me es indiferente cómo llegar hasta el fin.

domingo, 5 de agosto de 2012

NOTICIA



Después de un profundo sueño esperaba noticias sin saber a ciencia cierta, si habría originado alguna acción que ocasionase recibir noticias, estando sentado esperando un gesto de alguien, un acercamiento a mi posición típica de esperar noticias.
De tanto tiempo sentado aquella mañana soleada sólo podía observar cientos de gaviotas locas, y una calle empedrada que dejaba ver al final un trozo de mar calmado. Yo sabía que era lo idóneo para recibir noticias, sin aún, saber ciertamente qué día debería suponer que fuera, indistinto para recibir noticias.
A eso de las once de la mañana, ya subido el sol, mi sombra se había encogido y ya no tenía forma de silla con un cuerpo reposando, era sencillamente una forma geométrica que debías imaginar como mi sombra, sin más particularidades. A esa hora que comento vi subir aquel hombre ataviado con una gorra de plato, uniformado a pesar del calor, subía renqueante moviendo el cuerpo hacía los lados como apesadumbrado y sin ganas, llevando un sobre en la mano. Ciertamente pudo dirigirse a muchos sitios adyacentes, pero los iba pasando, y tuve el presentimiento que al venir por el centro de la calle se dirigía irremisiblemente hacía mi.
Lo que quiero contaros ahora, no es de qué se trataba la noticia, no tendría mayor importancia para vosotros. Lo que quiero contaros fue mi estado en esos instantes previos a que llegase la noticia. El tiempo transcurrido desde que tuve la certeza de que aquel hombre uniformado se dirigía a mi con aquella carta, hasta que estuvo a mi altura. Jamás os desearé un estado de excitación semejante, mi vientre jadeaba, un ligero temblor recorrió mi cuerpo, mis piernas posada una sobre la otra comenzaron a temblar con un repiqueteo de tambor, mi vientre tuvo esa sensación de ganas de defecar, y sentía como si un puño recogiese mi duodeno dándole vueltas y vueltas. No supe jamás por que qué me embargó aquella excitación enfermiza. Cuando llegó a mi altura su cabeza se puso de la parte del sol que me alumbraba. Posiblemente dijo mi nombre, no lo sé a ciencia cierta. Estiró su mano, yo estiré la mía. Al darse la vuelta observé su espalda encorvada alejándose en un bamboleo inestable.
Por fin, la noticia había llegado. Pero en este punto, en que mi cuerpo ya estaba fuera de aquel nerviosismo inquieto, decidí permanecer con ella en mi mano largo tiempo. Incluso después de haber pasado todo el sol, aún permanecía en mi silla, viendo ahora el mar agitado de un color blanquecino tirando a gris en el horizonte. Dentro de mí había ahora nuevas inquietudes y desasosiegos, qué hacer con la carta, si abrirla para conocer las noticias, o romperla para quedar como hasta ahora a merced de mi imaginación suponiendo todas las posibilidades.
Ciertamente no sé qué hacer, y aún permanezco aquí, ya anochecido.
¿He de decidirme al fin a conocer la noticia?

domingo, 22 de julio de 2012

QUE CONOCÍ.



Por exceso de contemplación, entre dos instantes inmediatos, puedes suponer un abismo lleno de tiempo. Algo insalvable.
Por investigaciones llenas de cálculos se sabe que un momento trágico puede ser toda la vida en la plenitud de un mínimo segundo.
Precipitada una hoja en silencio sobre tus pies, en un desafío.
Las golondrinas que ves volar tan alto sin una ley que descifre, sus zigzag.
Los recuerdos que te llevan al ser amado de hace días, cuando coges otra mano de hace años.
Contemplar en soledad y esperar una sentencia imaginaria sentado sobre la piedra que más sobresale hacía el vacío. Imaginarte, el tiempo que en que los caballos blancos tenían alas, y no pesabas.
Sé que el exceso de contemplación me hará sumirme con la cabeza entre mi vientre,
las manos sujetando mis pies esperando un vuelco,
y la sensación ingrávida en una levedad.
Desde la mañana contemplo todos los sucesos, casi son toda mi vida.
Una maraña de sensaciones, los abrazos, la plenitud de recordarte, tú que eres mi amor de ahora, entre la mentira.
Mientras otra mano me soporta, sus dedos sobre mi hombro.
Y tanto resplandor que no me puedo imaginar.
Si lo que contemplo ya era de este mundo,
o son las primeras luces que conocí.

jueves, 7 de junio de 2012

Y A SALTOS VAYA EL CORAZÓN.



Todo se basa en quitarte la sal. Sal de la boca. Sal en  el corazón.
De alguna forma la sal que transpiras, dulce la piel cuando besas.
Sin sal en las manos cuando te toco. El cielo limpio, sin nubes que lleven sal.
Me da que desde hace horas no huelo a Mar Muerto, sin sal para las moscas,
insípido para los gusanos, el dulzor de las miasmas  que se diluyen en las oquedades.
Me acojo a ti que estás en esa mínima vuelta, al dar la vuelta tu espalda.
Desnuda, inmaculada, inmensa como el salar de Uyuni.
Mi brazo te amarra y te sujeta casi sin ver el infinito mar blanco.
Tu cuello en forma de mundo redondo resbalando una gota a mi boca.
Deseo buscar tu densa piel y flotar sobre el valle de tus vértebras.
Entre tus piernas una salina de  sal.
Tres bocanadas de aire, y volver a descansar  sobre  tu espalda,
apretarte hacía mi.
Para  latir más fuerte.
El pan que me entregues, con dos puñados de sal.
Dame tu sal en mi  boca.
Y a saltos  que vaya el corazón.