martes, 31 de agosto de 2010

NO QUIERO LEER TUS LABIOS.


Las gaviotas están ahí arriba y gritan como condenadas.

Me vienes a los cinco minutos con aquello de que no estás segura, y digo yo, pues como que ya llevamos diez años así, y hasta antes de esos cinco minutos eras tú la que me insistía: tienes que decidirte de una puñetera vez, esta situación yo no la aguanto, el polvete de los miércoles el polvete de los domingos, ya no aguanto más, no sé a lo que juegas conmigo, te resulto comodona.

Por encima de mí ventana hay como una visera de piedra que se está resquebrajando, por ella crece una planta enredadera en plan silvestre que da unas flores pequeñitas, y enfrente hay una panadería un bar sidrería y una droguería. Cuando estoy en la ventana tú a veces me coges por detrás y siento la piel de tus piernas contra mi culo.
Eres una indecente.

Llevaba esperando a que te decidieses y me contestas eso, que no estás segura pero te aprietas contra mí, me gusta cuando me frotas la pelambrera de tu coño, qué salvaje, como está húmedo tengo la impresión que te pegas a mi con loptite. Si te pegas a mi, nos sacarán los bomberos para llevarnos al hospital. No juegues.

La cama está ahí deshecha, siempre tan sola, son muchas horas en diez años, y esperando y esperando y luego a que vuelvas y cuando pasan las horas que estoy contigo y terminan, me quedo mas solo que el pirata Calico Jack en la cubierta de su bergantín. Las sábanas serán las de hace un mes, con esos mapamundis, uno en marcha y uno con la boca y luego yo te comía a ti, sabes rico, tienes esa costumbre de perfumarte, eres una atrevida indecente sabiendo a sal que huele a rosas.

Pero ahora que por la calle casi no viene nadie, no sé por que me aprietas, los animales presentimos los temblores de tierra. Las vibrisas de mis huevos barruntan algo. Si tuvieras un cinturón con un buen mango de plástico me gustaría que me la metieras con vaselina, y que me dijeras: ábrete cabrón, y relájate.

Pero si me aprietas así, es que me quieres decir que esta vez es la última vez, sin avisar antes, sé que me lo vas a decir y no quiero escucharlo.

Las gaviotas están ahí arriba y gritan como condenadas.
Veo tus labios moviéndose y no quiero leerlos.

lunes, 30 de agosto de 2010

LOS OJOS DE PERRO.


A mi los ojos de los perros que salen a la carretera a morirse no me gustan. Tienen una tristeza que no podría soportar. Incluso si un niño hambriento te mira. Incluso un anciano con toda la carga de somníferos. Pero los ojos de un perro, así vistos, pueden dejarte con un agujero para todo el día. Es eso del alma que dicen que da pena.

No digo los perros falderos con las uñas cortadas, los lame coños, los mete mete. Digo los perros sin nadie, los ves por ahí jugando con los niños, a niños que tienen los ojos tristes jugando con perros con esos ojos.

Tú a Mónica la tienes con los ojos tristes, tira por el carrito del niño con parsimonia, como una autómata. Y me parece que no son cosas de estos tiempos. La llevas por ahí, muy bien puesta, eso sí, pero le veo los ojos tristes. "Enjaezada", sí; pero chico. Y ella a ti te lleva como un marimbo. Y el niño con bordados por todos los sitios como el niño de La Virgen María.

Ayer iba por la calle y viene aquel capullo con la chapa, conoce usted a este señor, vivía en el primero, y yo digo, coño, el Cubano, que hace ahí de perfil, lo andamos buscando para un requerimiento judicial. La lógica me dice que el Cubano le pega a Mónica. El Cubano tiene cara de hiena, y anda con zapatos blancos y una camisa color rosa. Los cubanos son los reyes del mundo, saben de todo.

El perro que apalearon en el parque tenía un ojo como gris, y el otro no lo abría, también cojeaba. Alguno dijo que tenía la rabia y que metía la cabeza dentro de los carros de los bebés cuando andaban las madres despistadas. El que más le pegó fue el Cubano, a los cubanos les pegan en Cuba si se chivan los comisarios.

Los de la protectora. Alguien llamó a los de la protectora. Preguntaban por dónde va el perro, el perro va por la carretera abajo porque quiere suicidarse, y si no va por la carretera estará metido en los vateres abandonados del funicular, que se sentían quejidos de perro apaleado. Y los de la protectora, quien le pegaba, el que más le pegaba era el hijoputa del Cubano.

La pasma estuvo otra vez con la chapita, conocen a este, de frente, de perfil por un lado y por el otro, coño, si es el Cubano, el cabronazo del Cubano, pues mire acaba de pasar con la mujer, iban para el centro, debieron de coger el autobús en la parada de San Bernardo, si se dan prisa lo mismo lo cogen.

Y el perro, a los de la protectora les dijeron que era un perro con los ojos tristes, un ojo gris ya no estaba triste, el otro estaba rojo, y tampoco estaba triste. Cojeaba. Y el perro, si no está en los servicios marchó a suicidarse a la general.


El autobús paró delante del Banco Benemérito. Oiga, la social, queremos hablar con usted, esta es su señora, si lo es, mire, tiene una denuncia contra usted de su madre, dice que tiene los ojos muy tristes; la protectora dice también que le atizó usted al perro del parque. Ahora son dos las denuncias, usted va por ahí dejando los ojos “todos”, todos los ojos muy tristes, y eso está penado por la ley, y nos vamos a cagar en tu puta madre, así que , venga, que te vamos a contar un cuento en la comisaría.

El perro es ese que está en la general con los intestinos fuera, al final ha conseguido suicidarse. Avisa a los de la protectora que no busquen más.

jueves, 26 de agosto de 2010

U 235.


Me dijo Mendeléiev que en tú anillo llevas Laurencio. No ha sido una sorpresa. Ya lo había notado. Tienes esa virtud patética de enseñarme el dedo, cierro los ojos y esimismado lo siento. Eres una artista. Pero no me habías contado lo del Laurencio.
El medidor Geiger pita como una locomotora en un paso a nivel. Deberé pedirte que para la próxima te quites el anillo. En estos jueguecitos vamos a ser francos. Si persistes, yo me colocaré una bola de uranio doscientos treinta y cinco.
Sospechas bien.

WINDSUF.


La tarde está como para encenderle una cerilla. Explotaría. Por encima cientos de gaviotas presienten que algo pasará, y se cagan de gusto. El mar está más plano y brillante que los azulejos de un ministerio. Se palpa en el cargado ambiente que hoy nos ducharemos por última vez. La gente está ansiosa por chapotearse. Somos como niños. En la playa, como si se hubieran vuelto locos, todos fornican. Sólo hay que pedir permiso a cualquier espatarrada. Es así de simple:”Por favor, si no le importa, puedo metérsela, será un momento”. “Sí, por supuesto, me bajo el bikini, tómame.” ¿Tontona, te la clavo? Es como si fuera el juicio final. Todos lo saben: sólo tenemos dos branquias y además olemos y comemos por ellas. De repente, hacía poniente, se ve aquella hondonada en el mar. Un hueco, y un pico. Gigante. No sé cómo decirlo, “ansi de grande” .Por fin ya está llegando la arbolada perfecta. Ágilmente la cabalgo. Ahora mismo voy sobre la cresta del tsunami, y no sé dónde acabaré, menos mal que llevaba mi tabla de windsurf, otros no pueden decir lo mismo. Que me quiten lo “bailao”. Otra ola así no la pillo en mi puta vida.

SERÁS DE OTRA.


Antes de que Eiffel empezase a colocar remaches, Ella ya llevaba aquella coraza de hierro, al solape, sobre su corazón. Me hizo tanto daño porque soy muy romántico y enamoradizo.
Muchas veces buscaba azucenas por las rendijas de los edificios oficiales para llevárselas a su oficina… Era altiva. Su papelera, un vergel de flores regaladas. Su oficina olía a cosmética antiarrugas y a pétalos marchitos.
La máquina de las fotocopias funcionaba como si imprimiese billetes de quinientos, a turno continuado, yo pasaba con fajos enteros, una y otra vez, por si la rendija de su puerta me dejaba ver sus piernas.
En el organigrama soy un puto corre ve y dile (todo junto). La nada, cósmicamente hablando.
Le mandé el primer anónimo por Pentecostés. Te quiero. Secamente. Quiero decir rotundo, pudiera haberlo escrito un coronel de infantería. No fue un mensaje tipo avioncinto Concord, iba claramente en el porta firmas. Yo reparto los garabatos de un lado al otro y se lo puse en un folio reciclado escrito en rojo. Claramente. Así: Te quiero. Cuando me dejó el porta firmas en el cajetín el papel ya no estaba. Lo vi por la tarde, arrugado como un corazón herido al lado de su papelera llena de colores. (Hubo juego sucio en aquel tiro debajo del aro).
Un día me llamó: Mira, no sé quién mete las notitas. Pero al que sea, mandaré que le corten los cojones, y se los cortarán; ya me entiendes. Sé que sospechaba, y que hablaba al aire para que yo lo escuchara como que pasaba por allí, no para que lo trasmitiera a las generaciones futuras, no, para que yo lo oyera ¡Claro que sospechaba! Yo le miré los ojos. Eran como el faro de la Torre de Hércules; y sus tetas, así sostenidas una arroba cada una, ubres de cabañesa, pero muy rectas, casi se tenían solas. Yo no sé que tengo con las tetas grandes. A mi madre le molestaban.
Pues nada.
No sé cuantas veces pasaría hacía la fotocopiadora, calculo, hacía allá, hacía acá, veinte veces en ocho horas por dos son cuarenta veces en ocho horas, por ocho meses que llevo enamorado, la bonita cifra de nueve mil seiscientas veces delante de la rendija de su puerta (no desconté festivos, los sábados y domingos por la mañana, pasaba ficticiamente, ensoñándola en la cama).
Pero siempre hay un día.
Es pura estadística.
Fue por la Natividad de Nuestra señora.
Para darle cierto romanticismo al artículo quiero decir que era una tarde fría, por las ventanas se veía un gris mortecino y los cristales lloraban. Pudo haber sobrado esto. No importa. Todo parecía abandonado y solitario, a pesar de que por un error de cálculo y olvido había retornado yo a mi pupitre (como en las películas).
Allí estaba la rendija indiscreta, manías de una puerta que no cierra bien. O confianzas de la soledad del momento. No había mucha luz, sólo una penumbra salía de aquella raya que caía vertical por la pared. Los susurros eran como un nido de golondrinas a las seis de la mañana. Algunas veces los besos suenan así, o como si comieras natillas. Al pasar por la rendija de la puerta no vi sus dos piernas, había cuatro. Las cuatro hermosas y torneadas.
Hay, mi amor, fue una tarde indiscreta, y luego llena de vacío.
Ahora te sigo queriendo, pero de otra forma.
Me has quitado un peso de encima. Serás de otra.

miércoles, 25 de agosto de 2010

PROPPER.


Cómo era aquello que le decía que me daban ganas de matarla a besos, o que la iba a desgastar con la lengua como a un caramelo de palo ¡Pero qué va!
Cuando venía en el tren siempre era en el último vagón, y yo pasaba revista a todos los que habían trabajado y caminaban por el andén, se les notaba con aquella cara de serios. Pero algunas veces también venían viajeros que reían.
Entonces aparecía ella con aquella sonrisa, y yo ponía la cara de Mister Propper, el que dibujan los niños con la risa mucho más para arriba que como salía en la tele.
Abrazarla, era para que me oliese a camelias, y luego le ponía mi boca en el cuello, y me venía aquel impulso, me crecían los colmillos y la mordía y le chupaba la sangre.
Al final, ¡qué va!, no la mordía, sentía su perfume, y el resto del olor, y me ponía tonto, tonto, con la cara de Mister Propper a lo tierno
Esas cosas no se olvidan. Aún está el reloj. Del andén no queda nada. Bueno queda la fachada de ladrillo.
Ayer estuve allí.
Cerré los ojos, y soñé que me abrazaban, y me vino como un poco de perfume a camelia.

FILLOAS.


Ayer para cenar comí de postre Filloas con licor de orujo y naranja amarga. Dos platos. Tengo esa bola en el estómago, no sé en que parte, me palpo en todos los sitios. Esta mañana Agustina me arrimó el choto al culo, y no pude. Veía a otro conmigo que se aprovechó.

Me da que soy dos. Llevo tres días pensando eso. Ayer cogí la carroceta y me largué hasta Peneda; afané un abedul para madreñas, antes de que fuese el guarda. Al volver por Laboreiro, si que éramos dos. Fijo.

Y ya no hay vuelta atrás: Somos yo y otro.
Y el otro es el que más contenta deja a la Agustina.

martes, 24 de agosto de 2010

EQUINOCCIO.


Dos años más tarde que aquella última vuelta de la tierra, en el equinoccio de septiembre, tuve una duda de qué hacer con mi vida: Puedo hacer esto puedo hacer lo otro. Ya sabes. Se llaman proyectos.
Pero un día que estaba sentado frente a las cortinas de mi habitación, no había otro paisaje, o quizás lo había pero no me daba cuenta, me vino aquella sensación de que ya no necesitaba mi vida.
Razonas.
Para eso está el Dosulepin, lo haces en el ámbito de su efecto.
Si yo no necesito mi vida, ¿quien puede necesitarla?, regalarme a alguien es dejarles un muerto. Soy un mamón.
Aquel equinoccio tenía una circunstancia extraña. El atardecer era como si hubiesen sacado doscientos pintores del paro y le hubiesen mandado pintar de rojo lo que se veía. Se veía muy largo y ancho, lo alto era lo rojo, y por abajo toda una franja de color vino.
-¿Son rarezas?.
-¡No, son dudas muy raras!
Unas veces sí, otras veces no, con todo soy igual. Deprimirse en una cola de hombres y mujeres, sin saber qué hacer, sin muchas expectativas.
Cuando llegué a casa vi las cortinas y pensé que era el cine, me encontraba aturdido, y me senté a esperar.
Llevar una vida así con esta incertidumbre es angustioso, siempre pensando que alguien se va a morir porque está harto, siempre pensando que si mi vida ya no vale nada debo regalarla.
Recuerdos.( Esas cosas que se me pasan por la cabeza, desorganizadas).
De niño tenía una cometa que no andaba bien, volaba de lado. Cuando hacía poco viento se estabilizaba. Aquel día la cometa se había cansado, porque yo tiré suave de la cuerda, pero se estrelló contra el suelo. Aquel día por primera vez tuve esta sensación que ahora tengo, por primera vez intenté regalar mi vida. Y era una puta cometa, y yo era muy niño, así que fíjate como me empezaron a ir las cosas.
Quizás no haya pasado tanto tiempo, pudieron haber sido horas.
Este día de Septiembre ha tenido un horizonte muy rojo.
En todos los equinoccios hay días así.

FÍSICA.


Pues como que no era capaz de entender la teoría de la relatividad; y de que la gravedad era una onda electromagnética. Llegué a esa edad en que memorizas lo que no entiendes, te das de hostias en la cabeza mientras miras el cielo tras la ventana, y es como si rezaras el rosario, no entiendes nada.
Pero tú me gustabas.
Lo notaba en la entrepierna cuando me quedaba pensando en el otro mundo sólo contigo, igual que los asnos. Algunas veces me iba hacer una paja al baño y tú te reencarnabas para facilitarme la labor; así descubrí la nebulosa Águila, cerrando los ojos mínimamente mientras me corría.
Desistí de todo a esa edad en que eres un polvorín, y me amenazaron con echarme de casa. Mi habitación era el bunker más robusto del Cinturón de Hierro, en mis ventanas cuatro nidos de ametralladoras, luego en las paredes The Doors tapándolo todo.
La gravitación universal se iba y se venía. Alguien le había complicado la vida a Newton; la física cuántica tiene esas cosas que no se pueden medir a simple vista; necesitaba comprenderlo, y estiraba los libros por la cama para tener más superficie de lectura. Paseaba como los abogados, con mucha disciplina.
Pero seguía pensando en ti.
Necesitaría una vara de avellano para darle golpes a la polla, debería amaestrarla. Ya sabes como hacen las serpientes cuando están encantadas, resurgen.
Se muy bien que serían capaces de atarme la mano a la espalda para que no me quedase tísico por tú culpa. Existía la Santa Inquisición.
Algunas veces, después de tantos años, aún sigo pensando en ti.

UN BESO.


Yo estaba esperando aquel beso toda la vida, sabes lo que es toda la vida, pues es toda la vida. Muchas veces por aquel valle que imaginaba volaban mariposas de color rojo oscuro y amarillo (también alguna pardilla). Todo lo que veía era inmenso, llegaba desde un lugar a otro lugar como en una fábula. Pero el beso nunca me lo dabas.
La ”seño” tenía una blusa de color veis, levitaba entre los pupitres porque yo no le veía las piernas y siempre que señalaba en el mapa te señalaba a ti.
Dibujaba el valle como si tuviese todas las estaciones, por unos sitios nevaba y por otros el sol derretía la nieve, y por otros el agua corría para agitar una gran rueda de molino.
Y seguía esperando que me dieses aquel beso.
Tan modosita.
Llevabas una chaqueta azul y trenzas tan largas que parecía que nacían de la tierra, y tú eras una rama de coletas. Cuando dabas la vuelta hacía atrás no sé si me mirabas o te hacías la niña loca.
Yo quería dibujar el paisaje más hermoso para dártelo.
Le puse un arco iris.
Pero no sé si alguna vez me diste aquel beso.
Ya no lo recuerdo.

lunes, 23 de agosto de 2010

EL FREGADERO.


Estaba sentado allí con cara de jabalí a eso de las nueve de la noche, esperando, con dos cuartillos de vino de Pitarra. Las noches por el verano vienen de no sé que lugar lejano. Ella avanzó hacía su espalda como si hubiese un terraplén, con aquel plato de canelones humeando, en equilibrio. El jabato coge el tenedor con un puño, estilo gladiador, sin decir nada mete uno en la boca, así caliente, casi flotando como un grumo, paladea, y le dice aquello: hija de puta, esto lo va a comer tú puta madre, ya estoy harto de decirte que los quiero muy cargados de orégano, albahaca y tomate, ni les pusiste la puta guindilla, la próxima vez te los estrello en el patio de luces (digamos que era una expresión coloquial de pura rutina).

El paladar es como el mar degustando aguas fecales.
El jabato dominaba los gustos. Decía de coña conocer el sabor del aire, y el olfato de la nada. Y presagiaba en el ambiente las subidas de humedad y la electricidad estática.

Pero había otro trasiego lleno de frenesí de vida en la cocina.
Los insectos.
En aquellas horas, las hormigas seguían su periplo por la marcación, venían ordenadas como un regimiento de gastadores, desviándose del amarillento rastro de azufre que bordeaba la esquinera de la ventana, optando por una ruta alternativa, más complicada, entre una fisura y el tirador de la persiana.

Y la tele como el gran hermano.
El jabato y su tele de veinte pulgadas encendida sobre un pequeño aparador.
La cocina era una penumbra y las claridades se reflejaban como una película de Charlot sobre una alacena que tomaba vida de colores, entre reflejos de platos y vasos de cristal.
Adivina un destello policromado sobre lo evanescente (iridiscente, quiero decir, si se miraba desde la posición de los ojos de Dios).

La parienta.
Ella quizás no dijo nada, pero si que pensó, pensaba, recogió los canelones hacía su lado de la mesa, fue a la despensa y trajo un chorizo de Valdevimbre, picantón. Ya había dejado una patata cortadita en la sartén, la patata se lastimaba en el aceite hirviendo, les dio vueltas, y las patatas gritaron con más lástima. Al chorizo no le fue bien el aceite de girasol y también gritó, llevaba un tajo en su barriguita y soltaba borbotones de especies; y luego el huevo, casi al final, se quedó como un sol amarillo, enterito (qué no fuese a romperse ni a estrellarse sobre el patio de luces).

El vino clarete se refleja sobre la mesa como un láser.
El jabalí tuvo delante aquel manjar y pidió más Pitarra gesticulando con el dedo amenazador hacía la botella. Tuvo más Pitarra de un “arrosado” claro ligeramente fresco, así reflejado como dije.

El estraperlo de azúcar.
Las hormigas habían recuperado el ritmo y se estaban apoderando del azúcar de la alacena.

Las viandas.
Y el jabato le daba vueltas al chorizo, al chorizo mojado en el huevo, a las patatas mojadas en la grasa del chorizo, y todo ello con la yema amarilla desparramada, el pan medio centeno medio trigo era una esponja, y el jabalí masticaba y masticaba; cuando masticaba sonaba a desenvolver plástico ñac ñac ñac, o a un niño sorbiendo leche de la tetilla de un biberón.
Al acabar como se le estiraba la barriga se fue al baño con sus cosas de todo el día. Llevaba una revista con la programación mensual de la tele, y unas lentes.

Por aquel tiempo las hormigas habían solucionado lo suyo.
Establecida la ruta llamaron a las que estaban intentando una entrada forzada por el solape del tubo del gas en el piso de arriba. La orden fue aprovechar lo descubierto, el azúcar moreno, y aquel agradable olor a chorizo con huevo y patatas que les levantaba el ansia.
Era aromático y pegajoso por toda la casa. Un sopor que no se quitaba hasta el otro día.
Se abrió otra vía en la expedición de las hormigas: la norte sur.

El fulgor.
“Si me quieres dímelo y si no vete al carajo, que otras más guapas que tú yo me las tuve debajo”.

Cuando vino del baño ella se afanaba con los cacharros con unas gotitas de “fairytina”, un poco de espuma entre el agua, y sus manos dándole vueltas y vueltas. Para hacer esto siempre se menea algo el culo, no la danza del velo ni una incipiente samba, el fregar los platos es ancestral, casi instintual. Sintió la mano del jabato entre las piernas amarrándole de un puñado, lo que era de él, y ella no pudo si no que abrirlas, era todo suyo, del jabato. Luego, sintió su lado salvaje de infancia de rayoncito dándole varios empujones en la misma quilla sobre la pura línea de navegación que forman el cóccix y el sacro, sus manos seguían removiendo la espuma, ella sentía lo usual, su cabeza se agitó varias veces a un palmo de la alacena, en unos instantes casi atómicos lo sintió derrumbado sobre su espalda con un rugir estertóreo de jabato satisfecho, en todo esto no se decía ni palabra, el permiso estaba concedido, el tomar era inherente a la vida de las bestias, antes por lo menos le decía una ternura , que así, “asícosuca”, como lo meneas el culete, cielo, como que te voy hacer el polvo del fregadero y te vas a quedar con el y con lo que salga.

viernes, 20 de agosto de 2010

PALOMAS.


A mi todas las palomas juntas me parecen insoportables. Si hay tres o cuatro y alguna es blanca lo llevo mejor. Si hay alguna anciana que deja caer un sobre lleno de arroz, como que iba por allí, me vuelvo histérico.
Yo paseaba por la calle, iba catatónico, caminaba como Macinger Z, digo inestable, si te pones a sembrar trigo así daba yo las manos
Pero a pesar de tanto movimiento tenía la impresión de que no avanzaba.
De repente llegué a una plaza que era redonda, en el medio tenía un sol hecho de mármol y los jardines tenían forma de agroglifos, estaban diseñados por extraterrestres. Al llegar allí todas las palomas levantaron el vuelo. Era una sensación acústica repentina de agua estrellada y vuelos trepidantes.
Yo siempre me sentaba en aquel banco después de apartar las pipas. Iba allí porque tú lengua aún estaba entrando en mi boca como si me metiesen la polla de un mandril. Tú lengua era como un desatascador, succionaba. En aquel banco es como si aún hubiese líquido prostático y flujos vaginales. Me olía. Los locos tenemos varios kilómetros olfato_métricos. Tenía que haber algo de amor en todo aquel paseo. No puede ser que una lengua larga tire tanto. Tenía que haber cierto romanticismo para permanecer allí aguantando a las palomas, tanto tiempo.

RESACA.


Cuando me estaba levantando mis párpados pesaban más que una grúa de desestiba, y en mi estómago quedaban los restos de veinte garrafones de metílico. Era una mala bestia. Quiero decir que aún "abantaba", y el armario daba vueltas como un carrusel. Cuando estás así no puedes darte cuenta de en qué sentido gira la tierra, todo es un giro. Lo digo por lo del día y la noche. Me hubiera gustado no haber vomitado sobre la alfombra. También me daban calambres.
Lo del día anterior me vino como si me cargaran gasolina. Plenamente. Ella se me apareció como la virgen de Fátima, digo su cara, fluctuante y cercana, con la marca en el pómulo de la hostia que le había dado, de la primera hostia, digo, luego creo que le di más, ya no recuerdo bien.
Cuando toda la claridad de la ventana se hizo patente, comprendí que estaba bien orientado. La noche era lo anterior. No quiero hablar mucho más de esto. Esperaré aquí otros acontecimientos. De todas formas ya no podré dar marcha atrás.

miércoles, 18 de agosto de 2010

UNA PITÓN A ESO DE ALBA.


Al anacoreta del octavo se le había escapado una pitón real a eso del alba, porque la pitón había sentido el frío de los fusilados en el terrárium, y había salido de su escondite para otear más calor por entre los sayales de Shangó y Yemayá, sobre un anaquel lleno de velas perfumadas, greguerías de objetos y varias botellas de ron.

Raro en Agosto el frío en un octavo a poniente con una aislamiento de la época de la aluminosis lleno de retracciones hidráulicas, rendijas como puños detrás de los cortinones dorados donde el cajón de la persiana se esconde. Algunas veces el incienso de ceremonias salía al exterior por una rendija en forma de abanico que había debajo de la cornisa del alero. Allí recuerdan los antepasados que anidaban las golondrinas antes de que llegasen los ojos del reptil.

Cuando despertó no vio la cola escondida entre las cortezas de encina, ni las escamas blanquecinas con sus dibujos de fractal. La rama de roble pelado donde se enroscaba estaba vacía y sin rastro.

Buscó por toda la casa, arrastrándose, por donde la vista no se posaba, con todas las alargaderas de cepillos. Empalmó fregonas y repto debajo de los somieres por si había un bulto en forma de espiral. Desmontó a Shangó y Yemayá, los despejó de los ropajes y ungüentos; lo desordenó todo, palpó debajo de lavabos por donde el agua calienta, y en las alacenas de comida; pero Xanadú no aparecía (así le llamaban al bicho).

Estaba desesperado, se le notaba en el fruncido de sus cejas.

Se puso el keicogi de seda y unos geta barnizados, y los del piso de abajo sintieron una larga carrera como de caballo hacía la puerta de salida, e hicieron el coro habitual de monosílabos: “yaestáelhiodeputa” con sus zuecos. Las pisadas resonaron escalera abajo con ritmo de claqué, como si Astaire marcase volteos en el rellano y vertiginosos golpes en los escalones.

Los vecinos de abajo sintieron el timbre poco después del alba, y aquel zapateo nervioso tras la puerta, y era como para pegarle una patada en los cojones. Al mirarlo aumentado por la mirilla figuraba un Einstein de almanaque con ojitos de botón de la bragueta.
No le abrieron.
Sintieron el claqueo escalones abajo, los timbrazos y nudillos en las puertas, cada vez más lejanos como si llegasen de la ultratumba del portal.

El anacoreta (fama de largo pene: se le subían las hormigas cuando cagaba entre la hojarasca -contaban-) se llamaba Ceferino. El mote era por los quimonos japoneses que le marcaban tienda de campaña cuando subía al trastero de los áticos. Quizás era priapismo, o presión testicular por la zona del uraco de la vejiga, o una leyenda urbana de bruja de portal.

Así que un poco después del alba (sobre esa hora en que se tomó la isla de Perejil) y como era sábado, los vecinos andaban revolucionados. Les habían claqueado de lo lindo, y Ceferino tenia toda la cara llena de hijosdeputa, el keicogi abierto, con rosetones de pelos por donde las tetillas. Algunos se les vino a la cabeza el suministrarse los churros una hora antes y empezaron a bajar al Servichurro, que los ponen con mucho bicarbonato y no se indigieren. (En el Servichurro aún dan buñuelos con sangre de cerdo).

En los corrillos todo eran supuestos...

Para cuando cuento esto, la pitón ya no era la que era, iba en seis metros y en la zona del vientre ciento veinte milímetros de espesor. Estaba alimentada por mininos asilvestrados, de los que maúllan entre estercoleros de supermercados, y cartones de embalajes de aparadores y espejos de baño, restos de la tienda La Saneada, en el mismo bajo. El gatito que le despareció a Elena en el tercero está en la misma cola de la pitón, y miaga en su interior como si fuera el piloto de timoneras.

Mucho después del alba, cuando los fusilados miran como escondidos. A Ceferino le untaron la cara. Le dieron una hostia en forma de saeta quedándose sentado sobre unas begonias de plástico del portal. Luego subió llorando de rabia, asco, rencor y todo eso que hace el odio. Cerró la puerta tras de sí y comenzó a vestir a Shangó y Yemayá con sus mantos de terciopelo azul dispuesto a ir a un Mayombero profesional para vengarse. Cuando estaba abotonando el cuello de la túnica a Yemayá, sintió aquel roce escamoso sobre la piel de su pierna, y como en un repentino presentimiento al volver los ojos, vio a Xanadu allí enroscada, sobre los azulejos como si tiritara de frío, dispuesta a no marcharse de nuevo a la rendija de la ventana, donde hace mucho, muchísimo frío, para una pitón a eso del alba.

lunes, 16 de agosto de 2010

LAS MAÑANITAS DEL REY DAVID.




Me traen hasta allí en la silla de ruedas, le llaman la galería del Rey David. Después de haberme aseado restregándome con las toallitas aún huelo a neumático, ese olor lleva años conmigo, y no son las llantas de la silla, es mi intimidad. En el corredor estamos aparcados en batería, y al otro lado de los cristales existe esa raya infinita que dejan ver los árboles y el monte bajo, los zarzales inmediatos de la pared que separa al camino que va a la iglesia. La que me trae hasta aquí se llama Lidia y debajo de su bata blanca se le adivina un gran culete; nos trae por escrupuloso orden de habitación, por ejemplo: no está el que aparca a mi lado por lo que barrunto que pasó a mejor vida. Una vez aquí no vas a preguntar por el paisaje, sólo siento el gorjeo del respirar de mis convecinos, y los olores y el tacto que aún no me han dejado. Fuera el sol es una tarta grande, y mi cabeza se posa sobre mí corazón, la modorra tiene esa sensación de letargo invernado hasta la hora de la sopa; y el hilo musical es una nana, mientras que mis manos aprietan los cromados de la silla conteniendo mi respiración y mis esfínteres.

sábado, 14 de agosto de 2010

LA NEGRA.


Después de haberle achicado doscientos cincuenta mililitros cúbicos de flujo, salí corriendo por entre los taburetes del bar para arrojar la bocanada a la calle, no fuesen a resbalar por su suavidad entre los posos de cerveza, la negra, es proclive y abundante y como estaba borracha y olía a betún, no pude hacerle otra cosa allí tumbada. Mientras los negros del conjunto tocaban al otro lado de la cortinas please send me someone to love, que sinceramente, no sé lo que quiere decir. Después de haber estado escribiendo tres días seguidos sobre la historia de la horca me dan tantos escalofríos de contarlo, que me daban ganas de bajar al Rincón Latino a mirar las botellas del anaquel y solicitar tres dobles de buchanans sorbidos en la misma esquina del mostrador de siempre, y hoy, por un caso de esos que pasan, se me quedó la negra mirando con aquellos ojos perdidos de macaca y no le hice ascos a la zorra, como si fuese un pensamiento de siesta, nadie te viese, y encima hubiese tormenta de truenos, porque si te mandan escribir de la horca de su in humanitarismo y de la incomodidad del reo y toda la ceremonia ,se te hace la boca con ese asco, y nada importa, y si a eso de las tres de la mañana, en el reservado queda una negra borracha, y no tienes tiesa la verga, lo único que puedes hacerle allí recostada, medio tumbada de lado, con aquellas caderas que pesaban lo suyo, es, verterle una bocanada de wiski en el coño para quitarle el sabor a melaza y achicarle doscientos cincuenta militros cúbicos de flujo. Quedarse dormido allí era un suicidio viendo el cacho de negro que cantaba please send me someone to love, así que salí disparado y lo escupí en la calle para que resbalase algún sereno, y me fui a dormir, para estar en forma mañana y escribir sobre como agitan los pies los ahorcados caminando en el vacío.

viernes, 13 de agosto de 2010

LA HUERTA MEDITERRANEA.


En el infierno todo decanta hacía un cubeto sumergido a no sé que cota, pero sé que es muy negativa, está debajo de todo lo que vive. Todos los detritos que no son sólidos van allí, y una bomba sumergida con filtro de tupido ancho los chupa y los eleva hacía la vida, y de allí van a una acequia de nivel para distribuirse por aquella red de venas sobre la tierra, eso quiere decir que las raíces de los pimientos, alcachofas, tomates, acelgas, naranjos están alimentándose de esos jugos. Yo a Satanás lo he visto muchas veces probando una endivia, cortándola con un cuchillo de Albacete, mientras se agitaba el meñique para que se descolgase un Durex sensitivo, otras veces he visto al primo de San Miguel Arcángel (el torcido) pinchándose en la vena con un rosal borbonia, crecido en las lindes donde los tomates cherrys son bolitas rojas como los huevos de un babuino en celo.
Al infierno se decanta todo, desde los doscientos mililitros de flujos que sorbemos todos los días y escupimos por la taza del dentista, hasta los que dejamos olvidados en la mansa inclinación del periné. Todo muy variopinto.
Pues yo estaba allí abajo controlando el nivel de la bomba, eran dos en stand-by con un flotador en forma de huevo de elefante, cogido por una tanza de nylon, usado por el administrador del diablo para pescar tiburones en las costas de Luanda, en donde los cerdos americanos tienen un estercolero. Quiero decir que estaba allí en el turno de mañana para que la densidad putrefacta no llegase a la marca amarilla y el flotador no se quedase atascado.
A eso de las diez vino Berenice, un ángel desplumado de alas tocado con una gorra de Goodyear, y sin sacarse el dedo del culo, me dio la orden de que el filtrado debía ser menos espeso, y a eso voy, como se puede hacer esto, enviar a la superficie sólidos, con un riesgo potencial de obturación en los piñones de la bomba de achique.
Así que tuve que abrir la compuerta de los lixiviados de dos coma ocho mililitros de espesor y estar atento, sin poder comerme el bocadillo.

Cuando acabé mi jornada ascendí, muy cansado, de la cota menos doscientos veintiocho metros, tardé lo mío en subir los ciento treinta y ocho escalones.
Al relevo le dije que no despreciase nada, ni vísceras ni grumos, todo debería volver a la vida.

jueves, 12 de agosto de 2010

ACEITUNAS.


Aún tenía la mano de su padre en su mano. El calor de una mano puede ser como sentir todos los fuegos cerca. Aún se acordaba del carro lleno de hierba muerta con flores que se caían por los lados, y los dos bueyes con aquel paso tan lento que parecía que nunca llegarían a ningún lado. Y aún sentía como la mañana estaba con muchas briznas de aire, que era casi como si los pájaros se asfixiaran, con todo el mayo lleno de colores, y los humos subiendo sobre las casas, así como si estuvieran atadas al cielo y les viese las puertas desde abajo entre un azul que era largo, más claro que el azul que habían puesto allí arriba por pura casualidad. El carro de su padre era un transporte especial de savia verde y flores casi muertas, y la bañera que ahora llevaba por la nacional seis era un trailer que tiraba por treinta y cinco toneladas de botes de aceitunas rellenas de pimiento y anchoas, que calculadas así, eran millones de aceitunas, algo casi insignificante, si no fuera porque el trailer había hecho la tijera de una forma inusual, y por el suelo de la nacional seis, había botes y botes rebotados, algunos abiertos soltando vapores de salitre, y porque las ruedas del trailer seguían girando patas arriba, y sobre el volante, una mano invisible de niño jugaba a que llevaba un camión muy largo bufando buu buu buu con su boca, entre dos marcas de tiza que iban al infinito.

martes, 10 de agosto de 2010

TELÉFONO.


Cuando he vuelto a casa estaba el mismo olor que había dejado, y el gato suelto migándome en la puerta. A mi estas cosas no suelen deprimirme, no soy dado a abrir las ventanas para ventilar la casa. Después de dos minutos o así, sonó el teléfono y me supuse que era alguien que quería conversación, pero a esas horas de la tarde a mi no me gusta hablar con nadie. Pero el teléfono se para, y a los cinco minutos o así, se pone a sonar de nuevo: ¿Sí, con quién hablo? ¿Don fulano de tal y tal?. Sí, dígame. Oiga, usted es familiar de fulano de tal, tal, y tal que vivía en tal y cual. Y cuelgo, porque ya está bien, y no quiero hablar de mis cosas. Voy a debajo de la escalera y le recojo la mierda al gato que es lo que olía diferente, si es que olía diferente por una mierda más o menos. De todas formas, explicar lo que siento cuando vuelvo a casa no es de importancia capital. Uno está sólo con sus formas, y sus sensaciones, el cuerpo se va adaptando a la misma geometría, por eso en casa puedes andar con los ojos cerrados; si no has hecho la prueba deberías de probar, a eso de las tres de la mañana pones el reloj para que te den ganas de mear, y caminas al inodoro sin tocar nada; llegarás. Yo hoy he llegado aquí y no sé cuantas veces he estado llegando. Esta ceremonia es un calco de otras ceremonias. El gato me miaga cuando llego, y suena el teléfono, y no me gusta responder, porque sé que me van a preguntar lo mismo: ¡Oiga! ¿Don Remigio Estremera Gómez? ¿Vivía ahí? ¿Es usted familiar? Mire, somos de la Funeraria la Luz Perenne, necesitamos ponernos en contacto con algún familiar; es por lo de los extras. Y cuelgo. Porque cuando vuelvo a casa ese olor nauseabundo, es el mismo olor que he dejado, y ya estoy hasta la coronilla de contestar al teléfono para decirles lo de siempre: que el muerto soy yo, y los muertos ya no pagamos los extras hasta que no nos entierran, y por lo visto, yo aún estoy aquí, todo lo largo e hijo puta que era, tirado sobre la moqueta del pasillo con el gato comiéndome los ojos, y a ciencia cierta, no sé si me han enterrado todavía.

lunes, 9 de agosto de 2010

VAPORES DE TRI.


Wenceslao el encargado nos daba aquellos vaporizadores llenos de tricloroetileno, para quitar las manchas de las sábanas. Las más difíciles de quitar eran las de semen que venían de los hoteles, y otros indescriptibles flujos, (la sangre, no sé por que motivo, se iba rápido). Después de centrifugar aquella montaña de sábanas nos las tiraban encima del tablado de pino, y las repasábamos una por una buscando manchas hasta en los zurcidos de los bordes. En aquel bajo sólo había dos raquíticas ventanas que daban a un oscuro y profundo patio de luces, por donde en las mañanas entraba un poco de claridad, y algo de aire fresco el resto del día. Les dábamos a los vaporizadores una y otra vez, y el tricloroetileno salía fino y pulverizado. Como no usábamos mascarillas a las dos horas ya teníamos un coloque bestial, como si estuviéramos idos. En el borde contrario de la gran tarima estaban Elena y Magín, y a mi lado Rosa. Nos ayudábamos los cuatro para estirarlas a todo lo largo, si detectábamos una mancha, le dábamos varios toques, y así recibíamos el pulverizado a viceversa: ellos a nosotros y nosotros a ellos, a cada lado de la gran mesa de tablillas.
Hasta que no se modernizó la tintorería, trabajamos así, muy artesanal todo. Elena y Magín murieron de leucemia hace unos cuatro años, con muy poco tiempo entre los dos. A Rosa la echaron hace un año, cuando trajeron la gran lavadora que parece una ruleta, y lo lava y lo quita todo. Yo sigo aquí, muy arrugado. Ahora no usamos Tricloroetileno, pero este raquítico bajo sigue igual, aunque han quitado la gran mesa en donde exponíamos las sábanas a la luz, para detectar manchas y quitarlas.
Algunas veces, si me ensueño, aún veo a Elena a Magín y a Rosa, medio sonados, con aquellas risas fuera de tono, sudando por el vapor, gritando poseídos obscenidad tras obscenidad, medio drogados por aquellos vapores de TRI.

EL CERRO DE SANTA CATALINA.


Cuando veo a una mujer o a un hombre (en la soledad) mirando al mar, siempre pienso por qué miran al mar. Si aquella raya infinita que diferencia el azul del cielo del agua difuminada, en su plenitud, representa el gesto de la huida a ese lugar ciego en donde los ojos, por un extraño efecto físico, distorsionan el espacio y hacen volar los pensamientos.
Yo también estuve allí hablando conmigo mismo, de esas cosas que nos afligen por conflictivas, difíciles e insoportables; en los anexos de la locura. Y el gesto es ese, te sientas de espaldas a todo, lo de atrás de ti, que es el mundo con sus sonidos y su vida, su horizonte sesgado e irregular de edificios y chimeneas humeantes. Te pones de cuclillas en la pendiente, sentado sobre la hierba, reclinado hacía adelante en una postura equilibrada y dócil, las manos cogidas abrazando las piernas. Y lo que está frente a ti, contrario a lo que está detrás de ti, es el mar, que quizás no ves, pero lo sientes por la brisa que acaricia tú cara surgida de la corriente del precipicio. No es un momento romántico, es la nada, el impulso suicida que espera la noche, porque soy un cobarde, y no sé si me arrepentiré antes de que llegue la oscuridad, y el Cerro de Santa Catalana se llene de fantasmas figurados, que sólo dan vueltas y vueltas como saltimbanquis, alrededor de mi cabeza, empezando a escribir el epitafio anónimo de mi vida.

sábado, 7 de agosto de 2010

SABIENDO A CHOCOLATE.


Comía tanto chocolate, que le sabía a chocolate cuando él la comía. No era nada repulsiva esa vianda que ella le mostraba como si fuera a tener un niño, con las piernas abiertas. Aquella costumbre era repetitiva. Ella podía leer un periódico o una revista de muebles sobre su cabeza, sin inmutarse. Mientras él saboreaba aquella delicatessen llena de multisabores. Estas cosas son así. Describir como son las costumbres del matrimonio cuando los años empiezan a ser largos, es complicado, se degenera; cada uno tendrá sus costumbres y confianzas (como todos), se hace a ello cuando la ve allí adosada a la taza del inodoro con aquel culo tan grande, como pensando lo que deparará el día que está por delante; y ella le ve a él con cara de hipocondriaco en la misma postura esforzada, pensando en el color intestinal que tendrá el huevo de ese día. Pero las rutinas son las rutinas. El proceder siempre era el mismo. Sabían como comportarse en esos instantes, y cual, y cuando, era el momento: largas noches de invierno en donde las horas son lentas delante de la televisión, antes de que llegue el sueño; cortas noches de verano, cuando la luz en forma de penumbra aún es perceptible a través de la ventana durante la anochecida.
Cosas que la vida tiene, y que guardamos en tremendos secretos de sólo dos.
Ella se colocaba sobre la cama apoyando su espalda sobre un blando cojín a la cabecera, luego abría las piernas todo lo que daba, dejando ver su amplitud, sus blandas carnes. Cogía su revista y estiraba su mano sobre la tableta de chocolate negro que había en la mesita, degustaba un primer trocito, aquel gusto ligeramente amargo, con una pizca de dulzor que le daba un suave sabor a piña; su gusto preferido. Todo tan rutinario. El se acercaba a cuatro patas por la alfombra, al pie de la cama, miagando como un gatito, y se subía lentamente por la parte de atrás como un minino dócil y cariñoso. Luego su cabeza se escondía entre aquellos muslos abiertos, un poco más abiertos, dejando de miagar (su boca estaba ocupada en otros menesteres); porque se iniciaba la ceremonia semanal, aquel protocolo de sabores diferentes: “hoy le tocaba comerla sabiendo a chocolate”

viernes, 6 de agosto de 2010

TROYA.


Aquel viernes de agosto la calle Teresa Jornet tenía mucha gente por los bordes y por el medio; los bancos también estaban llenos de gente mayor, porque a eso de las seis de la tarde no da el sol y se está fresquito. A la altura de Intimidades Sonia, estaban aquellos “cachosnegros” con el abanico en el suelo, llenos de cedes de películas, y me dio por pasar delante de ellos, no soy muy aficionado a comprarles a estos negratos de mierda, pero aquel día vi que el que estaba en el medio tenía la de Troya, esa del mueble de madera llena de guerrilleros que acaban tomando el pueblo, aunque a mi el que me gusta es el Pit, siempre me gustó este chaval, y la Diana Kruger con su melena rubia; está para mojarle pan en la salsa del potorro. Le digo al negrato, esa, se la apunto con el dedo, y el negrato me levanta tres dedos y le entiendo lo de los tres euros, yo le levanto dos dedos, pero el negro sigue con los tres levantados, y le digo, me cago en tú madre, toma cabrón, y me da la cajita con una fotocopia en blanco y negro del Brad Pit con el careto lleno de responsabilidad, y dos euros de vuelta.
No di mucha más caminata, hacía calor, bajé por San José de Calasanz , San Bernardo, y llegué a casa a eso de las siete y media, decidido a ver Troya en el video, para darle “palante y patrás”, y ver bien a la Diane. Cogí de la nevera cinco botes de San Miguel, y de la alacena tres bolsas de patatas fritas, una de picolas, y cuatro paquetes de huesitos, y me metí el “cdneldvd”, espanzurrándome en la cama medio en pelotas, le doy al play, y me cago en su puta madre, que el puto negro me había dado una de los Gremlis, que no puedo ni verlos. Salté de la cama como si me hubieran puesto dinamita con mecha rápida debajo, me puse los pantalones y salí como una flecha, atajé por Esteban de Hungría, y llegué a Teresa Jornét sudando como un cerdo, pero aquel puto negro (que tenía una mandíbula como un cazo, que no se la arreglaría ni con las cadenas de un coche), ya no estaba, medio les dije a los otros dos, donde el “negromierda” enseñándoles la película, se hacían los longuis, ya sabes, "noentender". Me volví para casa muy cabreado. Me quedé con las ganas de darle “palante y patrás” a la Diana Kruger, y quizás cascármela con mucho sentimiento.
Habrían pasado unos tres días, creo que era un lunes a las siete de la tarde (con esto de las fechas tengo amnesia) y me dio por pasar por Jornet, y que veo al negro del cazo, allí, con el género sobre el abanico, pues me dio “rejuntura”, no puedo ver a estos hijos de puta, nos vienen a corromper, a quitarnos el trabajo, me acerco a él y me encaro, ”negromierda” (todo esto con cara de hiena), tu no me diste:"Troyamedistegremlisasesinos”, y le doy un empujón que le hago recular dos metros, y eso que era un cacho de negro, que si me da una hostia no me encuentran, los otros que estaban al lado vienen contra mí, y yo entonces, le cojo el abanico y salgo pitando Jornet abajo, todo lo que daba, enfilo San Esteban de Hungría, arrastrando el abanico, espaniando cdes a un lado y al otro, y dos negros detrás de mi a toda pastilla, cuando había llegado a Vanney vi la sidrería El Abuelo, y me cuelo dentro, con el abanico agarrado, y la gente que estaba allí que no daban crédito (flipaban), y me meto en el de señoras, porque el de caballeros estaba trancado, y ahora me aporrean la puerta, y no sé si es el puto negro del cazo, porque esto que os cuento no fue del otro día, es de ahora mismo, y ahí afuera debe de haber la de Dios con los dos putos negros de mierda que me engañaron como a un pardillo, y me dieron una de Gremlis que no los puedo ni ver, enseñando esa dentadura que ponen las personas civilizadas detrás de una ventanilla de cualquier “organismuoficiarrr”.
(Pues no sé si es hoy lunes o domingo, esta puta amnesia…)

jueves, 5 de agosto de 2010

SUPER




Hoy me levanté con encefalograma plano. Iba hacer un poema después de desayunar pero vino mi mujer a decirme que le tenía que comprar dos cajas de leche en el súper, que ella no puede con los brazos, que le pesaban mucho. Cuando me casé con mi mujer lo hice porque me pareció muy espaciosa y cómoda (y limpia) para vivir con ella; pero yo ahora de jubilado lo único que quiero es hacer poemas. Ayer tuvimos un encontronazo a eso de las seis de la tarde porque me da por controlar cuando entra y cuando sale, y le dije, pues vaya, dos horas en el Alimerka, ya te vale. Se puso como una fiera, que si a ella no la controla ni Dios, que ahora que iba estar a su rabo todo el puto día, que me anduviese con cuidado…El caso es que yo quiero ser poeta y me pone el encefalograma plano, y no me vienen las ideas.

miércoles, 4 de agosto de 2010

EUTONÍA ES LO QUE TIENE.


Estando allí acostado panza arriba, se me vino aquella idea de conciencia. Yo digo que tengo conciencia cuando pienso. A la situación contraria, usualmente, le llamo “Alelamiento”, término científico “acuñado” por mí para describirme a mi mismo y describir a los demás en situaciones en las cuales se observa que alguien, aún estando en este mundo, su apariencia psíquica indica que está fuera de el.
Como digo, estaba panza arriba, en plena canícula, desnudo sobre la cama revuelta, tal como soy ahora (no como me trajeron al mundo), y me puse hacer una eutonía, así que acomodé una pequeña almohada bajo mi nuca y comencé el proceso como mandan los protocolos observándome con detenimiento. Me vi todo lo largo posible, quiero decir, todo lo que soy como YO consciente. Sinceramente era desagradable la vista: tetas de macho abultadas con vello abundante entorno a unos pezones muy prominentes, barriga oblonga muy alta (a pesar de la ley de la gravedad), poblada por un ombligo extremadamente enrojecido en forma de flor de geranio, ampliamente poblado también de un “vellocino” rubio crecido a matas; para verme los huevos tuve que levantar con esfuerzo la cabeza, estaban como tirados sobre mí, displicentes, lejanos, ligeramente acojonados; no digamos nada de la “vaina” con todo el prepucio arrugado; lo siguiente eran las piernas semejantes a dos palillos de tambor inusualmente delgadas en su proporción ósea, en comparación al resto de la estructura que soportaban, también llenas y profusas en vello, aflorando por las pantorrillas un brillo sudoroso casi reflectante; de los brazos mejor no hablar, sólo resaltar en este punto un gran sobaco muy habitado por seres desconocidos, y fragancias de extraña catadura.
Así descrito y observado empecé la secuencia: “entuniarme” armoniosamente. Primero con pequeñas tensiones relajantes de brazos, piernas, y encogimientos de panza en varios ejercicios y en secuencias repetidas (tal que con temblores de la danza del velo).
Todo suave y sin prisas.
En eso consiste la ciencia de la conciencia. La eutonía es lo
que tiene.