sábado, 31 de julio de 2010

AGUJAS.


Hace más de cuatrocientos años la joven Beatriz Cenci soportaba, entre cortinajes y alcobas escondidas, muchos ataques incestuosos de su aristocrático padre. El Papa de entonces, dadas las circunstancias, y por habladurías que se van deformando la declaró bajo el influjo del Dios de las tinieblas, condenándola a muerte. Antes de morirse tuvo que purgar sus penas porque estaba poseída por el diablo; el diablo estaba en su interior, ella no lo sabía. Su particular locura no le dejaba ver que dentro de su piel el alma de Belcebú reinaba. La Inquisición en estos casos no era parca en recursos. Físicamente si estás poseído es que algo está dentro de ti. El diablo imprime su señal en cualquier parte del cuerpo, que no vamos a enumerar; sería repasar las partes más cruciales de nuestro organismo.
Para tal tortura, escogieron una entablada en forma de potro o mesa. Cuatro monjas había en la estancia iluminada con antorchas. Primero la desnudaron. Luego la ataron. La superiora, más entendida en cosas del cuerpo, marcaba los lugares sobre su piel blanca como la leche, y las otras iban clavándole las agujas en un atroz suplicio, siendo cuidadosas de no afectar vísceras principales para mantenerla viva el más tiempo posible. Una vez muerta no se sabe, a ciencia cierta, si Belcebú recibió alguno de los innumerables pinchazos, o si por una extraña magia aún mora entre los huesos, o el polvo, de la desdichada y ultrajada Beatriz Cenci.

jueves, 29 de julio de 2010

ELLA.


De velux a velux, de bajo cubierta a bajo cubierta, la veo esquinándome un poco hacía la izquierda. Mejor perceptible cuando hay penumbra por su noche avecinada, o desde mi día que también va siendo noche. Ella no corre las cortinas de la ducha, y por el verano queda aquella rendija de su ventanita inclinada que la ventila y le da frescor. Y entonces yo lo apago todo, en mi está la penumbra y en ella aquella claridad que le dan los óculos casi evanescentes y sutilmente azulados, que caen como luz celestial sobre su cuerpo iluminando a mi diosa aparecida. Nunca la confundo con su marido, un espécimen descomunal, rapado al cero, y que antes era musculazo y ahora tiene gordura de cebón. Mi "Kuka" me embriaga todas las semanas dos veces (o así), así son sus costumbres de higiene, de pie, maseajandose con esplendorosas espumas por su espalda, dándose la vuelta para que le vea aquellos tocinillos de cielo con areolas y pezones lanzados hacía arriba, viéndolos vibrar armoniosamente, mientras con un regusto ceremonioso, me agito a mi mismo ensoñándome, ojos en blanco, con una caricia casi ficticia de la que me separan cinco metros completamente nítidos y reales, tan lejanos de su piel como las antípodas de este trozo de tierra que me sustenta.

MAL SENTADO


Pues de esto ya hablé mucho después de haber quedado viudo, o pude haber hablado en otro lugar que ahora no recuerdo. Pero lo cierto es que me siento como si estuviera delante de un cuerpo presente, no sentado bien, sin apoyar mi espalda de viejo contra el sofá que huele a cuero recién abetunado y a perfume. Y es que ando como avergonzado a mis años, ya de vuelta de todo, el ir a estos lugares me sigue afectando, por lo clandestino que me resulta (me desequilibra) el haber llegado al piso ha sido un fenómeno de ocultismo al más puro estilo houdiniano, incluso cuando caminaba muy lejos de aquí, en esta dirección, sospechaba que la gente que me miraba sabía a donde iba, y todos pensando lo que yo pensaba, “pues este sinvergüenza con sus setenta años, y aún va de putas”, pero a quién le van a ir con el chisme, si ya no tengo a nadie, si ya estoy más sólo que la una. Ese trayecto es lo más delicado. Pero, ahora, cuando ya estoy mal sentado aquí, en esta postura inadecuada, es como si me quitaran un peso de encima, porque es un ínterin, sólo queda que la Paula acabe con lo que ha empezado en la habitación de en medio, la siento fingir con el que sea, suspira graciosamente. Las otras están a mi lado, una acatarrada sonándose con grandes aspavientos, las otras tres, muy jóvenes, pintándose las uñas con un olor a cetona que lo tapa todo, me enseñan la “muda” abriéndose mucho para que observe. Me levanto para ir al baño y piensan que he desistido, que me voy, pero yo les digo que visito al excusado, y en el excusado flotando bolitas estreñidas como de oveja. Cuando vuelvo la Paula ya está allí sentada, y enterada, con el pelo aún revuelto, la cara arrosetada entrada en calor, y al verme de vuelta se levanta, y me coge de la mano como si me sacara de paseo, y entramos a la habitación muy despacio, con aquel olor a fornicio que tiene sin ventilar. Se abre la bata y lo trasparente y aparente se hace real como un milagro de satanás (tal parece que la hubieran dejado llena de abrazos y de besos).

lunes, 26 de julio de 2010

PEREJIL


Pues ando metiendo ajos por todos los sitios, y también me como ajos macerados con leche espesa y miel. Mis poros destilan ajo y huelo a ajo arriero, porque la bruja del tercero viene cada poco a pedir perejil, y me da ese pálpito de que tiene intenciones extrañas respecto a mi persona. Si no os habéis puesto ajo en el culo, probad de nuevo esta sensación de estar empalado, es como un frescor que no ensucia, ahí también lo llevo por si los malos espíritus tienen esas sucias tendencias. La última vez vino con un sofoco, tocó sabiendo que la oteaba por la mirilla, quizás sintió su desplazamiento, o pudo ver acercándose mi ojo, pues tiene otra dimensión para captar ondas que se escapan a la percepción humana. Siempre ha vivido sola, medio encantada. Algunas veces el cruzarla por la escalera era tener malas sensaciones el resto del día, con su mirada de orden oculto, diciéndome con los ojos que le diese ramitas de perejil para no sé que sortilegios.

AGÜERO


No estaba descrita en el bestiario. Como iba a estarlo aquella “coruxa” insomne que regresaba todas las noches al “carozo” de roble en el huerto de Doña Brígida. Cuando la “coruxa” llegaba en las cortas noches de agosto y coincidía luna llena era para llevarse un alma y ponerla a penar. Nadie sabe por que era en agosto, y no en otro mes cuando aquel enorme pájaro de plumas pardas miraba a todo lo que se arrastraba en plena noche ya hubiese luna llena o casi crecida a llena, no valía otra luna. Doña Brígida que vivía sola por cosas de la vida lo veía llegar a eso de las doce de la noche en plena canícula, cuando el sopor nos hace sudar desnudos. Se ponía sobre el arco mediano del roble, y se quedaba quieta girando lentamente su cabeza hacia los lados como si llevara una escafandra, sus ojos se posaban en todo lo viviente, y cuando la luz de la luna estaba allí todo lo amplia que daba el cielo, empezaba acompasadamente con los graznidos que resonaban entre las casas, sin resuello, hasta casi las cuatro de la mañana, o hasta que el último débil empezaba a morir y a penar.

sábado, 24 de julio de 2010

EL CREDO


El Maestro explicaba los pormenores de su aparato. La sección máxima del poste de unos ciento cuarenta milímetros de sección cuadrada, la palanca que se debía ajustar bien al cuello, para que con tres cuartos de vuelta y dos segundos a lo máximo lo quebrase
(esa era la ciencia), la ranura de la corredera, y el cierre; algunas veces había encontrado cuellos verdaderamente grandes y gordos que apenas había sitio para que al cierre pudiese metérsele el pasador. El Maestro también me dijo que le echaba unas gotas de aceite de oliva a la rosca para que la palanca, al último quite, fuese sensible y sin impedimento. Muy pulcro el Maestro en todas estas cosas que llevaba al detalle: la altura del poste, el asiento del ajusticiado que muchas veces suplementaba con un cojín de hierba seca metida en un saco para que la nuca quedase horizontal evitando que un mal guiado no rompiese el hueso. También me dijo que el invento del de Plasencia no le gustaba nada dejando aquella aguja que se clavaba y atravesaba la parte inferior hasta casi la mandíbula al girar la manivela. Siempre decía que el reo no moría antes y sufría mucho para llegar al final. Él se ufanaba en dejarlos listos para visita, con rasgos placenteros cuando se les quitaba la capucha. Lo que más le jodía al Maestro era esperar por el rezo del credo una vez que estaban sentados en el sillín, ya con el corbatín puesto, y el capellán gordo como una vaca, dando vueltas por el cadalso espantándoles los demonios en un último intento de redención. Aquello de: “Creo en Dios padre todo poderoso…”, acojonaba más a las víctimas, en vez de relajarlas las ponía más rígidas de musculatura, lo que hacía que el quite tuviese que ser más certero y seco. Además a que venía aquello de dar el quite cuando el credo llegaba a la perorata de: “y en Jesucristo su único hijo”.

viernes, 23 de julio de 2010

DÉJÀ VU DE UN SUEÑO QUE YA HABÍA VIVIDO.


No sé por qué me puse a dormir la siesta debajo de aquel manzano. Mi padre siempre me lo decía: “No te pongas a dormir debajo de un manzano con manzanas a punto de madurar, te van a dejar “descornao”. El caso es que haciendo “caso omiso” a esta recomendación me puse debajo de uno de fuji, tan rojo de fruta, que daba gusto verlo. No sólo eso. Me tendí a la sombra del más grande y amplio. Desde aquella posición podía verlo cargado hasta las mismas entrañas de las ramas, con aquellas manzanas grandes tirando a color ya madurado.
Para quitar la humedad de la hierba tendí dos sacos muy tupidos, y una chaqueta vieja de lana que había cogido del pajar. Y así, boca arriba, con los ojos abiertos hacía los ralos del azul del cielo, veía la fruta colgada por toda la amplitud de las ramas. No tuve ningún miedo a que una manzana de buena medida se desprendiese contra mi cabeza o mi cuerpo; no suponían ningún riesgo las leyes clásicas de la gravedad (apenas siseaba una ligera brisa que no tocaba ni movía las ramas). En el verano las primeras horas de la tarde son para quedarse dormido sin mucha dificultad. Y fue aquella suave placidez la que hizo caer mis párpados, mientras los sonidos de todo lo que me rodeaba llegaban apagados; incluido el jolgorio de los pájaros que danzaban de un lado al otro piando como poseídos.
Y en aquella postura de boca arriba, con las piernas ligeramente encogidas, me vino el sueño. Había entrado en el un poco por agotamiento, y otro poco por lo templado del día, otro poco por sentirme hipnotizado al mirar el cielo y ver ligeras nubes desplazarse por entre las hojas (que no sabes si se desplazan las nubes o las hojas). Los instantes que siguieron los recuerdo confusamente. Percibí la irreal imagen de un gran árbol que no estaba plantado en ningún lado. Sobre un color de azul difuminado que casi era blanco. El árbol no tenía hojas ni raíces, un simple tallo recto y ramajes con una simetría inusual, igual de ramas a un lado y al otro, cargado de manzanas de un rojo extrañamente brillante. Me sentía con los ojos abiertos, observando, mirando la escena, viendo como se desprendía una gran manzana, hasta caer lentamente sobre mi cabeza, quedándose parada sobre mis ojos, en una estabilidad de mágico equilibrio.
Fue entonces cuando me despertó la ventolera, y la lluvia de fujis sobre mi cuerpo, y los nubarrones de una tormenta cercana que vareaba agua racheada con grandes goterones. No sé el tiempo que dormí. Estaba empapado. Sin preocuparme mucho, corrí hacía el pajar, y me quedé mirando al cielo, que ya no estaba azul. Desde la arcada de entrada, resguardado de la lluvia, veía como se desprendían manzanas y manzanas sobre la yerba.
Se me ocurrió dormir la siesta debajo de un manzano Fuji que había al lado del pajar de la hierba seca. Mi padre nunca me lo recomendaba. Cuando era pequeño siempre escogía los dos abedules del ponto, antes de llegar a casa. Al final decidí quedarme en el pajar porque empezaban a llegar nubes por las montañas de “Cova dos Torgos” Fue una pena, porque me hubiera gustado tirarme debajo del manzano de Fuji, me gusta su color rojo, salteado entre las hojas amarillas y verdes, y cuando están maduras aquel olor dulce, profundo, tan agradable. Al despertarme estaba parando de llover, y cuando me asomé a la cancela vi todas las manzanas por el suelo. Me acerqué despacio entre la hierba mojada, y cogí un saco que estaba debajo para recogerlas. Me pareció extraño aquel saco, y la vieja chaqueta de lana que estaba de almohada con la forma de haber reposado una cabeza, era como si alguien hubiera tenido allí un largo sueño de siesta, o por un instante mi memoria fuese recorrida por un déjà vu de un sueño que ya había vivido
.

jueves, 22 de julio de 2010

BUITRES.


Cuando una res moría por enfermedad en la cuadra o eran sacrificadas por otro motivo, sin poderlas aprovechar para comida, eran llevadas por los labradores a San Esteban de los Buitres, al despeñadero de la curva en la carretera que iba hasta Pesoz. Cuando te asomabas aquel precipicio veías el río allí abajo, a mas de doscientos metros, plateado la mayoría de las veces por el contra luz que daba la claridad del día hacía poniente.
Las reses eran colocadas en carros de tiro y llevadas al precipicio. Cuando una res caía, (una vaca, un caballo, y sobre todo ovejas), a la media hora comenzaban los buitres a otear el aire dando vueltas; cantidad innumerable de buitres que a una orden instintual e imprevisible se precipitaban sobre la res muerta.
Esto que os cuento era sobre los años sesenta.
Recuerdo que hace unos años (quizás sobre los noventa) se intentó repoblar la zona de nuevo con buitres traídos de la cabecera del Ebro. Se les preparó el hábitat llevándoles carroña a semejanza de lo que había en aquellos años de postguerra. Por lo visto el fracaso fue total. Los buitres, duraron unos meses y fueron despareciendo. Los ornitólogos no han dado una explicación clara a este fenómeno. Quizás la carroña de la época del hambre era más exquisita para los buitres que la carroña de la época de la abundancia.
Nunca se sabrá (por lo visto).

EL QUE QUIERA CREER QUE CREA.


Marta y yo habíamos tenido aquellas tendencias durante nuestra convivencia. Mientras que ella había vivido nos habíamos soportado en largas tardes y noches de tedio sentados delante de la televisión, y siempre acabábamos el aburrimiento con aquel argot confidente de una simple mirada, y la frasecita:” ¿Una manecita?”, “¿Un dedito?”.
Todo era tan locuaz y simple como eso. Empezar así a acariciarnos, limando nuestras asperezas con geles aromáticos. Sabíamos que podía ser rítmicamente interminable como el bolero de Ravel. Pero teníamos todo el tiempo del mundo.
Su hermana Magdalena me había insistido una y otra vez lo de aquello tan espirituoso, de que su hermana se le hacía presente en los lugares más recónditos de su casa. Mostrándose en sigilosos roces, en luces que supuestamente nunca se habían apagado o encendido, en muebles inestables que a las tres de la mañana, por no sé que extraños flujos, dejaban aquel sonido quebradizo como de algo que se dobla o se vuelve del equilibrio inestable al estable. Yo le decía que eso eran flujos magnéticos. Que suele ocurrir. Que el flujo cambia por las noches en la tierra. Que los enfermos terminales mueren a esas horas. Pero no pude convencerla. Y heme aquí, delante de esta Bruja, tocada con un quimono de guiri verbenero, llena de colgajos de hojalatas doradas, y piedras encadenadas en todas las partes de su cuerpo. Heme aquí, en esta habitación, cogida mi mano a la diestra de Magdalena, y a la siniestra de la Bruja, entre esta penumbra, y silencio sepulcral, escuchando las invocaciones roncas de esta adivina, para que Marta se haga etérea ante nosotros. Y como es tan suave el relatar de la bruja, clamando, implorando, apretando mi mano derecha, empiezo a sentir una rara ensoñación, que no sé si es alucinación o cansancio, al mismo tiempo que presiento que una extraña y sabia mano está desabrochando mi bragueta, lo que hace aflorar un sudor frío en todo mi cuerpo y parte de mi alma; y por un absoluto razonamiento matemático de parvulito, miro las manos que hay sobre la mesa (seis manos cuento), y nadie más estaba cuando había entrado en esta sagrada alcoba.
PD. Los pies no cuentan. La mesa era tan ancha que aún escurriéndose debajo no habrían llegado a mis partes ni Magdalena, ni la misma Bruja.
El que quiera creer que crea.

miércoles, 21 de julio de 2010

EL DUENDE.


Siempre llevábamos aquel control estricto porque no deseábamos llegar al climaterio sin haber conseguido descendencia. En el pueblo la mayoría de las familias eran numerosas. En aquella época los niños hacían labores en el campo desde edades muy tempranas. Por eso permanecíamos mucho tiempo en la habitación cuando las labores de la tierra lo permitían. Nuestra habitación daba a la huerta del Soto, y por nuestra ventana veíamos los manzanos y los castaños que rodeaban la casa; el castaño que asomaba sus ramajes era centenario, lleno de corvas y ramas extrañamente deformes en donde se escondían las ardillas.
Lo intentamos numerosas veces, incluso en horas intempestivas: durante el sopor de las siestas de agosto que acababan en tormentas atronadas; durante las grises otoñadas de cielos altos; o las blancas nevadas de enero mientras el ganado rumiaba en la cuadra; o en las tardes de domingo después de procesionar al altísimo; en los viernes santos después de rezar delante de la virgen del Carmen tapada con cortinajes negros; o en noches largas de luna llena cuando su reflejo iba pasando por las paredes de la habitación como si estuviera viva sobre las aguas gélidas de un río.
Colgado en nuestra cabecera, al lado del cristo de Medinaceli, habíamos colocado aquel diagrama de los ciclos en los primeros seis meses. Los catorce días de la ovulación los marcábamos en rojo; días de menstruación en color naranja; y los días llenos de gracia con un verde claro. Llevábamos con el sistema cinco meses, desde que Don Cosme, el médico, nos habría predicho y explicado el teorema de Ogino con su estadística. Así lo establecíamos de mutuo acuerdo en los días fértiles, no hacíamos apenas prolegómenos, Priscila se colocaba con las piernas abiertas, en silencio, y yo la penetraba con una almohada bajo su espalda.
Cuando Priscila quedó preñada de Pacho era el mes de Abril, época de sementera.
Volteábamos la tierra, la dejábamos abierta al sol para oxigenarla llena de lombrices, escolopendras, vacalorias, topillos asustados, ciempiés negros, y gorriones que venían a darse un festín. Cuando Priscila quedó preñada se acababa casi abril y los días empezaban a ser largos y cansados; sacábamos las reses al ballico, y limpiábamos el maíz de hierbas de maldición; y eran esos días que cuando hacíamos la hornada el humo subía recto, de intenso color azul. Cuando Priscila quedó preñada estábamos entre el pajar y la cuadra. Nos vino aquel “repente” y llegamos a besarnos. Tiramos dos cantaros de leche. La preñé sobre el revuelto de la yerba seca, todo olía a boñiga y a manzana, a estiércol humeante, y cuando miré sobre el tablado del cavanón, antes de venirme el gusto, había una hilera de cuervos y tres urracas que andaban locas dando vueltas sobre el ganado. Pensé que era una premonición.
Priscila alumbró el ocho de febrero del año siguiente. Con nevada muy alta; cuando mirabas los tejados tenían forma de hongos blancos. En la cocina estaban las mujeres. Julia (la entendida) calentando agua, y todo estaba lleno de vapores y orégano quemado para desinfectar.
Cuando me llamaron yo estaba en la cuadra echando brezal seco para mullir el ganado.
Subí con un nudo en el estómago, y cuando entré en la cocina y Julia abrió el mandil, lo vi allí ensangrentado, pequeñito, con su cara picuda y con mucho pelo, los dedos de sus manos extrañamente cortos, sus piececitos alargados de tres dedos cada uno, y su piel de duende toda de color verde.

lunes, 19 de julio de 2010

SUPONÍAS.


saber que hay sitios a los que no volverás nunca
te ha hecho más humano
saber que el tiempo estuvo a un tris
de no ser contado por tus dedos
te ha hecho más humano
incluso ya piensas por ti mismo
que llegará el día en que no visites
el lugar más amado de tú casa
y también reconoces
que no volverás a sentir el contorno de otra boca
sobre tú propia boca
sobre tus viejos pechos sobre tú piel caliente
y puede
que esté a punto de acabarse
todas las angustias
la larga incertidumbre
las largas noches en que suponías todo eso

UN ATARDECER MÁS.


Ahora que miro detrás de la ventana, mientras estoy acostado en la cama, veo la otra esquina del patio de luces, las otras ventanas igual que la mía con un leve rastro de luz amarillenta. Y al ver esta vista que no tiene nada, sólo lo que vislumbro de los seres humanos que están al otro lado, el lado de otros seres como yo que también quizás me pueden estar viendo. Ahora me apetece cerrar los ojos y viajar en el tiempo a otro atardecer cuando tenía ocho años tan sólo, y también estaba sobre mi pequeña cama detrás de una galería pintada de blanco, viendo la hilera de ventanales llenos de cristales perfectos, cuadriculados, dejando entrar toda aquella luz de la tarde. Y así, cerrados los ojos, ensoñándome, observo los ramajes del viejo olmo, con aquella rama larga que mi padre podaba todos los años, porque siempre quería meterse por la ventana. Y así, cerrados los ojos, oigo el guirigay de las golondrinas debajo de los aleros del tejado, y a mis dos hermanas corriendo y jugando con los perros por entre los pegollos del hórreo. Y así, cerrados los ojos, recuerdo en este camastro tan estrecho lo leve y simple que ha pasado todo este tiempo de mi vida, tan rápido, tan insólito. Mientras la noche va llegando más apresurada detrás de mi ventana de ahora, en este patio de luces con estos sonidos y estas claridades, esperando para dormirme un poco más temprano que de costumbre.

sábado, 17 de julio de 2010

PUPILAS


En mil ochocientos noventa, la duda de los doctores era comprobar personalmente lo que hubiera de cierto en la resistencia y sensibilidad de la conciencia de las cabezas de los guillotinados. El doctor Norman y su ayudante Parker tenían dudas razonables de cuanto duraba aquella capacidad de percepción en las cabezas truncadas. Fue en la ejecución colectiva de mil ochocientos noventa y dos en la que consiguieron autorización para examinar las cabezas de los veinte guillotinados aquella mañana de julio calurosa con un extraño sopor circulado por cientos de moscas. Se colocaron debajo del cadalso y las cabezas les eran pasadas a medida que iban cayendo. Allí debajo de la trampilla, por entre las claridades que dejaban las tablas de madera, observaban aquel espectáculo dantesco lleno de horror y sufrimiento. Así preparado, las cabezas caían en sus manos todavía calientes, todas con abundantes rastros de sangre sobre la cara y la barbilla. Las cogían por el pelo, las levantaban apresuradamente para mirarles los ojos, comprobando horrorizados, como todavía se le movían sus pupilas.

viernes, 16 de julio de 2010

OÍDOS


El veinte de abril de hace dos años (lo tengo apuntado) fue cuando empecé a sentir aquella música en mis oídos. Los especialistas me decían que no era música, que era una especie de tono bajo como si alguien cortase con una sierra mecánica un trozo de madera. Así me lo querían describir. Pero no era eso. Repetidamente sonaban en mis oídos, rotándose en el tiempo de forma continuada la: sonata para piano n.º 8 en do menor, primer y segundo movimiento; sonata para piano n.º 14 en do menor, primer movimiento; sonata para piano n.º 32 en do menor, primer movimiento ( Quiero decir que todo fue inventado por Ludwig van Beethoven, por si no lo habíais cazado). También alternaron otras veces la obertura de Romeo y Julieta de Piotr Ilich Chaikovski. El caso es que ese fue el inicio de mi desventura, para los galenos eran sonidos de simples sierras mecánicas, pero yo, a cada paso que daba sólo escuchaba celestiales ensoñaciones de piano. La cosa empeoró con lo de las voces. Cuando dije que oía insistentemente el sermón de la montaña, dando pormenores y detalles exactos, la cosa, entonces, se puso seria. Todos empezaron a darme la razón. Mis oídos eran una agradable fiesta.

jueves, 15 de julio de 2010

SUCESIVAMENTE.


a mi me han dicho que la eternidad es una fuerza
que todo lo hace más grande
sin ningún final premeditado
que
algún día tendrá que volver a morir
para volver a nacer
creo en todo eso
no puedo creer en otra cosa
porque me da angustia no ser eterno
y
ya no cuento los latidos de mi corazón
porque estaré en otro corazón latiendo
así sucesivamente
todo esto me lo han dicho en un atardecer
cuando era casi niño
volviendo de ver marcharse a un hombre bueno
por los siglos de los siglos a otro sufrimiento
o a otro resplandor
me lo explicaron poniendo dos dedos así
casi tocándose
eso era lo pequeño
luego abriendo los brazos como abrazando
eso era lo grande
luego para que no llorase
me dijeron
que todos estamos en todo lo aparente
tan solos y angustiados
así sucesivamente

FARMACIA.


Comprar condones en la época de Paco era un suplicio. Las farmacias formaban parte del poder fáctico, tanto como los militares, las eléctricas o los del Opus Dei. Las farmacéuticas habitualmente eran mujeres mayores con la cara muy pálida y los labios pintados de rojo, con un quimono blanco inmaculado. Las farmacias de la época de Paco solían tener al Caudillo (Don Paco) colgado sobre el anaquel, por encima de los medicamentos. Y olían muy intensamente a penicilina, o a preparados contra la calvicie que salía de la trastiendas. Cerraban todas puntualmente a las ocho de la tarde, y si tenías una necesidad urgente ibas al quinto pino a buscar la de guardia oteando la crucecita roja y la serpiente. Pues bien. Yo una vez entré a comprar condones en los años sesenta , a una de la avenida del Cid Campeador en Burgos, con cara de pardillo; muy atorado porque delante de mi y detrás de mi había respetables señores y señoras; y cuando llegué al mostrador estaba la ayudanta de la farmacéutica y le dije aquello de: “Venden preservativos sueltos”, y que la “gertrudis” aquella se me queda mirando como si le hubiera enseñado la cruz invertida, y va a la vieja bruja que rebuscaba en un estante, y me señala, y la bruja se acerca con aquel semblante de zombie, arrugada, como si le hubiesen echado doce gramos de polvos de arroz en la cara, y me dice: “Que deseaba usted”, y yo se lo digo con todas las letras, pero muy bajito, acojonado:”Si venden condones a granel, sueltos”, y va ella, y se pone un poquito con color en los carrillos, y me dice : ¡SINVERGUENZA!, así de alto, y la gente que estaba allí, me espetan miradas y miradas, y yo salgo de la farmacia sin un puto condón, y con mal de ojo. Así que el domingo me fui al rastro y en un tenderete, compré una tira de seis que tenía el moro escondido debajo de una caja con jengibre; posiblemente caducados de tantos días expuestos al sol.
Me los metí en el bolso y me fui a abusar a la viuda, veinte años mayor que yo, pero que me daba mucho gusto, porque de repente, como buscando el tiempo perdido, se había hecho muy golfa en la cama, y le iba todo... Pues los condones, debía ser que tenían el espermicida sobrepasado, y mi viuda estuvo con la flora vaginal alterada durante dos meses, en los que no pude hace nada; y yo con aquella soledad en la mirada; esa forma de mirar tan triste que tiene la gente que no da ni recibe amor.
Las farmacéuticas de los años sesenta eran así, con aquellas caras blancas, las batas blancas, y en el invierno, el reflejo rojo sobre el cristal de la cruz que se encendía y apagaba hasta las ocho de la tarde si no estaba de guardia la serpiente.
La vida era sí, para qué darle más vueltas a los recuerdos...

miércoles, 14 de julio de 2010

ARRAYANES.


Pues estaba allí tempranito, sólo, endomingado, esperando en el parque del Ambulatorio. Les tiraba gusanitos a las palomas, y daban vueltas con las alas bajas picoteando. Me apoyaba con las dos manos sobre el nudo del bastón de roble, debajo del fresno, detrás de los arrayanes que hacen algo de laberinto, y sólo se ven pasar las cabezas de la gente por afuera, como un guiñol. A mis años recibo el sol de marzo con agrado, y medio me “adormito”. Vi a la rumana que asomaba la cabeza por encima del borde del arrayán, luego llegó y se sentó a mi lado. No sé que farfulló, no la entendía, pero se me arrimó mucho, olía a tabaco. Su cuerpo estaba caliente porque era gorda con la cara plana y enrojecida. Algo dijo. Luego me posó su mano derecha en las rodillas. Al poco rato la acercó más, comenzando a acariciarme. Me dio aquella cosa de respigos cuando me bajo la bragueta, estuvo dándole vueltas un buen rato con los dedos, muy disimuladamente (era algo basta en los toques). Y se me puso “atrempada”. Retiró la mano y me pidió diez euros. Se los dí. Volvió a meter la mano, y a los quince minutos estuve resucitado, “flácidamentedura”, escupiendo el chorrete. Se marchó limpiándose las manos con un clínex, arremolinando a las palomas. Ahora siento escozor, humedad y alivio. Esta rumana era algo más brusca que la de la semana pasada .A mis años, en marzo, el sol da gusto detrás de los arrayanes.
Si quieres traerme una carta para el más allá ya sabes donde estoy, se la entregaré Belcebú de tú parte. Quizás me quede poco.

BIOGRAFIA


casi todo el mundo tiene biografía
vas al buscador universal
pones cualquier nombre de los que escuchas
el algoritmo se pone a escrutar
y allí está
fulano de tal
o mengano
nació en no se donde
y escribe versos
o hace novelas policíacas
o ensayos sobre los colores
luego pone
cuantos eucaliptos han talado
sus últimas ediciones
otro que se llama
zutano de tal
escribe cosas de la vida
digo esto
porque yo quiero ser alguien
cueste lo que cueste
hasta ahora he trasformado
serpientes de acero
he triturado piedra
he contado ladrillos
he puesto cables de telégrafo
para colgar la ropa
y he contado bites con los dedos
apareándolos dos a dos
para que no estuviesen solos
pero soy auténtico
quiero poner mi nombre
fulano zutano mangano
y que esté allí
nació el día
tal y tal
y
parecía gilipollas
pero
espabiló
y
escribió
un poema en forma de algodón
que bajó de los cielos
como la cagada de una paloma

LOCURA


últimamente me devoro a mi mismo
es esa sensación de llevar la lengua de bufanda
de saborear la luna
o quemarse con el sol cuando lo limpio
otras veces parece que mis brazos me dan vueltas
y como la fruta de los árboles
y apago las bombillas
siempre con esa sensación
y mal sabor de boca
otras
mi piel es una toalla
que llevo como un jersey sobre la espalda
para rozarme en los autobuses cuando frenan
comerme a mi mismo viene de viejo
primero los dedos de los pies
al final la propia boca
para ser invisible
arrastrándome con el aire
y es que estoy loco
llevo de loco mucho tiempo
lo digo en este segundo de lucidez
que reflexiono
contar todas mis locuras seria muy largo
llegar a ser loco lleva su tiempo

DE PIE.


Algunas veces cuando a eso del amanecer me levanto de la cama, me empiezan a venir los pensamientos, y pienso que lo llevo haciendo así, con el mismo rito, desde hace años. Y pienso que quizás no hay otra forma diferente de hacerlo; y pienso, muchas veces, que no hay otra forma de pensar diferente. Cuando lo hago, me refiero a lo estrictamente terrenal; decirme a mi mismo: ¡joder!, otra vez vivo. Al levantarme, algunas veces, antes de posar mis pies desnudos lentamente, me imagino que debajo no hay nada, no existe la alfombra, ni el parquet; y, circunstancialmente, no existe el lugar en el que debo sustentarme: sólo un vortice en espiral que da vueltas y vueltas. Me han dicho que esas sensaciones son de tránsito hacía el abismo. Lo he consultado con especialistas de la mente (del cuerpo, para qué), y han meneado hacía los lados sus cabezas reflexivas; lo que me ha dado pie (valga la redundancia) a empezar a preocuparme. Desde hace unos días he considerado esta sensación como enfermiza, proponiéndome que el levantarme, por las mañanas, pase a ser un hecho corriente, no transcendental o ceremonioso. Al abrir mis ojos he decidido permanecer en estado fetal contra la escasa luz de la ventana, esperar a que circule el aire. Luego he decidido agitar las manos con el fin confirmar que pertenezco a este espacio, y permanezco vivo. Lo demás es cuestión de buscar acomodo cierto tiempo, en otra postura, como si mis pensamientos decantaran igual que la turbidez de un líquido en el fondo de una botella. La maniobra final es decidirme a girar sobre mi mismo, sobre el eje horizontal de mis caderas; para luego bajar lentamente los pies (quizás lo más angustioso), hasta comprobar que debajo de mí no está el averno, y que por un milagro sorprendente logro ponerme otra vez, vertical, de pie, soportado por el mundo.

lunes, 12 de julio de 2010

FIESTAS.


Soltaron a los solteros y a los casados bajo un sol de justicia, a eso de las seis de la tarde, en el campo de futbol de Ardura para las fiestas de Santa Verónica. Pusieron las atracciones en el campo de la iglesia, por la parte de atrás, en la explanada de los madereros, que estaba vacía. Los casados se emplearon a fondo, entre mucho polvo. A la Verónica la habían sacado por la mañana, con gran recogimiento y toque de campanas. Los voladores los iban tirando desde un carro, Prisciano, el hijo de la Justa, y Cosme el hijo de la Rabuca. Los solteros dieron muchas patadas en las espinillas. La virgen iba con manto nuevo que había bordado la viuda de Don Nazario, el de la Ferretería. En la plaza del pueblo pusieron la jaula de madera con la vaquilla. Estaba escuálida. Yo le vi los ojos al pasar y daba pena el mirarlos. A las diez de la noche la soltaron, la azuzaron, la torturaron, y a las doce la volvieron a meter en la jaula para el día siguiente. Yo no quise volver a pasar por allí, para no verle los ojos; daban mucha pena los ojos de la vaquilla.

domingo, 11 de julio de 2010

LA ROJA.


La enciclopedia de las calamidades humanas describía semejante clase de suplicio, típico al parecer de las regiones y pueblos orientales, estuvo muy en boga especialmente entre los turcos. Los reos, desnudos y ensartados en palos muy robustos y primorosamente afilados, cuyas puntas sobresalían a través de sus espaldas, hombros o boca, permanecían agonizando largo tiempo, expuestos delante de las fortalezas o castillos señoriales, para que semejante final sirviera de señal ejemplificadota o aterrorizante a todos los demás.
Y aún así, mi alma que ha salido de mi cuerpo, ha extraído de los anales de las historias antiguas descripciones figuradas de torturas sublimes al lado de pendones, y banderas coronadas.
Mi alma, se dispone hoy a verme, delante de mi Full HD", 60 pulgadas (152 cm) 16/9, 100Hz, TDT HD, expuesta a los terrores inmediatos, empalado sobre mi sofá cama, amplio de cerveza en mi nevera, con dos empanadas de bonito, y tres de carne.
Estaré aquí, ligero de ropa, desde las 15 Horas hasta las 24 horas, empaladito, mientras mi alma descansa, sobre el pedestal del castillo, viéndome, de espaldas, el pico afilado de la estaca que me sale por mi cuello.

viernes, 9 de julio de 2010

CARONS.


Quizás esa fragancia que deja en la escalera sea de un Carons Poivire. No es descriptible el olor que desprende, no sé que semejanza floral adoptar; pero esa esencia que impregna mi entorno, me revive y hace descubrir en mi nuevas sensaciones, que me impulsan a devorar su efluvio , a acosar su espacio con instinto animal. Cada vez me recreo más, y considero que el volumen vital que ocupa es parte de mi vida.
La parte más repugnante de su cuerpo podría ser un excitante alimento para mí.
Ayer acabé de construir el Introescopio, he calculado su cánula y el foco luminoso, el cable trasmisor, y el módulo receptor. La longitud total a la que puede llegar es de seis metros, desde el conducto común del aire acondicionado, que bordea la estructura intermedia del edificio al nivel de nuestra planta. He hecho cuatro intentos con resultado desigual; en principio sólo he obtenido por el visor óptico leves sombras, entre claridades rojizas que me indican que en el trayecto no ha encontrado ninguna salida. Hoy por la mañana he podido ver ciertas partes de su baño, lo que parece ser los azulejos superiores, y creo que todo dependerá de la orientación que logre darle a través del pulsador de control a la mirilla óptica inicial. A través de las pequeñas rendijas que dan a mi baño, percibo la fragancia de su eau. Mi excitación va en aumento. Llevo un control pormenorizado de sus costumbres, todo apuntado, con datos nimios y datos relevantes de sus idas y venidas. Su ducha es a las diez de la noche, los viernes es un largo baño, lo sé por los sonidos del agua a través de la pared.
Hoy no es un día irrelevante para mí. Es el día en que me dispongo a esperar. Veo nítidamente con un enfoque angulado su baño. Estoy aquí en esta postura un tanto extraña, sobre una escalera de aluminio con ménsula superior, sentado, el objetivo dispuesto, y ya me dan ganas de empezar a acariciarme solamente por ver el espacio que tocan sus manos. Su Carons empieza a ser una obsesión enfermiza que no sé como acabará. Quizás deba fagocitarla para que sea completamente mía.

jueves, 8 de julio de 2010

LAS ESTRELLAS QUE AÚN NO HABÍAN SALIDO.


Descuelgo el teléfono de la mesita y era la de Vodafon: “Sr. Cosme Luiña, tenemos una oferta de tarifa plana, y no sé cuantos canales de televisión”, y esto todo que os cuento, a eso de las nueve de la noche, y la parienta al lado, y esto fueron siete días seguidos a eso de las nueve de la de la noche, o tarde, que en el verano, vete tú a saber, y era la de Vodafon u otra operadora , siempre con esa voz suave con cierto deje que no era español, sudamericano, colombiano, podrías ser, y la parienta al lado, que casi se oía: “Sr. Cosme con que operadora está usted”, y la parienta a eso de las nueve de la noche, todos los días mientras veíamos algo salvaje en la tele, con la luz de la mesita en penumbra, la ventana abierta de par en par por donde entraba todavía claridad de un día muy largo, por donde entraba el calor de esa forma tan vaporosa, y allí estábamos “esponzorrados” en la cama matrimonial, con mucha humedad sobre la piel, yo con unos calzoncillos floridos y ella con apenas una blusilla beis y unas bragas endebles, yo con mis piernas arqueadas y peludas vistas sobre el espejo del armario (mis costillas como los restos de un buitre), y ella con aquellas pantorrillas, inabarcables, y el bulto del estómago en forma de suave cordillera, y la de Vodafon, llamando: “Compare, nuestra oferta bloque, es la más competitiva…”, tan suave y vibrante la voz que se oía a través del auricular en todas direcciones, a esa misma hora, en ese mismo instante que casi parecía una cita, o un reclamo insistente de amor, y luego la parienta, que se me viene encima, que agarra el teléfono y lo aventa por la ventana, y me coge la oreja izquierda, y me la estira transversal y radialmente hacía todos los puntos cardinales, y me pone aquella cara encima de mi cara, la boca con espuma de caballo reventado, y me dice , sin comerlo ni beberlo: “Hijo de la gran puta, con quien te andas viendo”, mientras me apretaba con la otra mano los “guevos”, haciéndome ver las estrellas que aún no habían salido.

miércoles, 7 de julio de 2010

ENCERRADO




Había salido como de costumbre por mi ruta habitual para el trabajo. Me refiero a todo lo cotidiano antes de abrir la puerta de salida de mi casa, enfilar el portal presuroso y ver delante de mí la avenida Sta. Isabel de Portugal. El día de Julio había empezado plomizo, alguna nube baja y mucha luz. Por esta avenida solía caminar unos trescientos metros hasta desviarme descendiendo por los callejones del casco viejo, en la zona del barrio de Loyola. Cuando iba descendiendo por la peatonal de Crisólogo sentí un trotar fuerte de lo que parecían reses y me volví para observar de donde venía aquel ruido. ¡Qué decir! Pude ver con nitidez: dos berranditos colorados, y uno negro al sesgo, empujándose al desplazarse, dos murachados mamporreros, todos con una cornamenta “ansí de grande”; más atrás venían los toros: uno navarrito, un jijona colorado, y cuatro miuras negros como el betún. Estaban armados para arriba que daban miedo. Apenas discutí conmigo mismo. Empecé a correr despavorido. Me encontré, sin más ni más, danzando a pierna suelta en solitario; nadie a los lados, ni una madera para resguardarse, ni un triste portal en que guarecerse; bajé aplomado, dando con las zancas en el culo, deslomado. Me desvié por Nazario, abrí por Santa Justa y San Elías, y llegué a la plazoleta del mercado. La fuente estaba allí a borbotones, con su repisa mediana de piedra; pensé en subirme, pero me vi asustado y desprotegido, así, que seguí dando suela por la Calle Galicia hasta la avenida Enrique Poncel, muy poblada aquellas horas de tráfico, y llena de gente.
Lo extraño del asunto es que yo iba furibundo, con un morraco oliéndome el culo, y nadie se extrañaba; todos los viandantes a sus cosas sin importarles las cornamentas que acechaban. Me parecía imposible, su osadía, su valentía. Alguno se enfrentaba a mis ojos angustiados cuando me subían de frente, y se quedaban mirando, impasibles, dando la vuelta, viendo mi imagen desprotegida desde la espalda, abierto el paso todo lo que daba (como un Carpanta de la vida), con la camisa fuera, el pelo revuelto, los pantalones medio caídos.
Iba poseído por el mismísmo diablo.


martes, 6 de julio de 2010

RESPLANDORES


Pues no sé si estoy cansado, o ando con síntomas de querulancia, o con presentimientos de una ola gigante, o desarreglado, desangelado, alelado, agilipollado; desaborido, digamos que todos los sabores que he probado hoy son insípidos, y que tampoco hay fragancias en el ambiente, y que más bien mi entorno es un revoltijo de piñata humana. Lo que noto es un vapor de agua o de algo que debe subir de la tierra hacía el cielo, como evanescente (porque pesa menos), que hace temblar el ambiente ondulando lo amarillo, lo azul y lo blanco, si lo miras al refilón. Se está evaporando todo, es la desintegración, la conversión y transición de mi piel al color y la textura de la mojama. Digamos que he venido aquí huyendo de no sé donde; a veces pasa eso, todo el año esperando para huir como un fugitivo, y ahora echo de menos los churros y el café con leche de la Tropical, y aquel olor mañanero a anís que sale de la trastienda, o a lejía que sale de los inodoros; y me parecen casi ceremoniales las bocas del metro que te tragan en su estómago de hiena entre aquel aliento indigesto; porque esto de ahora mismo es de supervivencia en un oasis en forma de trasero, adornado con arena parda de desierto. Ayer hice cinco trayectos a la habitación del hotel, y hoy por la marcha que llevo, serán seis o siete (parece que me he regulado y hago mejor de cuerpo); a saber siempre: corriendo a la playa o devolviéndome la playa (no vomitándome, digamos así), y los trasiegos en la misma playa después de escurrirme la arena agitándome las manos. Mi función es de acopio, meramente logística: voy a buscar agua o Fanta al Chiringo de Tomás, el cascarrabias, y del chiringo de Tomás a la tumbona que me huele a llanta de bicicleta o a goma del camión del butano. Tendré que llevar así unos doce días, sin casi penumbra, con tanta luz como puedo abarcar a cualquier punto cardinal que mire, algunas veces desorientado entre la gente que va y viene pisando las cabezas de las gambas y de los niños despistados. Me empiezo a llevar mal con esto, debiera pensar en volver a meterme en una alcantarilla, o en cualquier útero de los que hay por aquí abiertos al sol, después de coger comida sin mayonesa en algún self-service, no vaya a ser que me vuelvan los apretones y me tenga que apoyar en un wc municipal.

lunes, 5 de julio de 2010

ASOMADO


Por la barba que rodea mi cara me llaman El Asomado. Y es verdad. Parece que siempre estoy mirando fuera de mi mismo. Desde esta paraninfo escrutador, recito y digo mucho mejor mis poemas en los encuentros y tertulias literarias que frecuento.
Ayer hice un poema sobre el fuego.
En este poema relato (entre abstracto y coloquial), este fenómeno natural relacionándolo con el axioma de la vida: de cómo alegóricamente convertimos en cenizas cosas tan leves como el alma; de cómo el alma emerge vencedora del fuego, incombustible, sin una mala sombra negra; de cómo un niño instintualmente “mea” sobre un pequeño fuego hecho entre envolturas de papel y cegadoras volutas de humo. Todo tan ancestral como el instinto más profundo de nuestro inconsciente colectivo.
Hoy le estoy dando los últimos retoques.
Lo leeré esta noche en la penumbra de un anaquel lleno de libros guardando mis espaldas.
Últimamente me gusta darle forma transcendente a los finales. El final de los poemas debe ser estricto y definitivo. Deben encerrar en una simple sentencia lo que no se ha dicho en los versos anteriores (Los finales de un poema son como una flor: los peristilos forman el fonema, los pétalos son el envolvente que lo hacen armónicamente contagioso). Y estoy pensando en que el sentido final de esta grandiosidad que estoy acabando, tendrá que ver con el carácter purificador del fuego: el fuego como un hecho físico no inventado; el fuego inherente al propio universo, que desciende de la montaña en las manos del hombre. O el fuego encontrado. Huyendo del fuego.
No sé…
Me vienen a borbotones grandes ideas (Las bocanadas de calor del Vesubio, como un dragón enfurecido, quemando las calles de Pompeya).
A eso de las seis de la tarde, me arreglaré un poco la barba. Tendrá esa geometría de monte bajo que me rodea la cara; bien delimitada y rasurada, simétricamente igual por ambos lados, desde mis patillas bordeando en una vuelta sinuosa la barbilla.
¡SI! Parezco asomar al mundo. Y delante del atril, entre la penumbra del pequeño foco que alumbra mi poema, resalta más oscura mi ropa negra, mis manos largas dando pausados vaivenes.
Debo parecer el mismo demonio; y eso me gusta.

viernes, 2 de julio de 2010

RELLANO.


Mi bloque es de los antiguos, y no tiene ascensor. Son seis plantas y subir al quinto me cuesta lo mío, me lo tomo con calma las cuatro veces que suelo subirlo y bajarlo cada día. A saber: a eso de las siete y media de la mañana, a las dos de la tarde, a las siete de la tarde, y con alguna costumbre, si voy a la sidrería, a las ocho de la tarde. Los domingos tengo una rutina de bajada y subida menor, porque duermo la siesta. Muchas veces había visto a Mariola y a Paquita en el rellano del tercero. Son vecinas de puerta, con aldaba una, y santón de los antiguos la otra, sobre las mirillas de corredera .Siempre estaban así (ahí) con sus catarsis: “Y me dijo ella” “Y yo le dije” “Y la muy fresca me contestó”. No parecían llevarse mal del todo, con sus bolsas de plástico del Alimerka arrimadas al zócalo de madera. Y sus:”Pues hija, eso me dijo”. “No me lo puedo creer”, o, “Vaya morro que tiene”; “Y ella me contestó, textualmente, déjala en casa de tu madre, la muy falsa”. Cosas así se decían.
Fue el domingo pasado cuando subía mí calvario de escalones añejos, con mis piernas viejas, dando pasos dóciles, un poco quemado por el calor, cuando las presentí allí. Antes de llegar al rellano noté algo raro en las voces, eran un tanto imperantes, procaces y agresivas: “Vamos a ver, pija, tú ami no me dices eso, so cerda”, creo que era Mariola. “Un día te vamos a partir la cara, hija de puta”, creo que era Paquita. Cuando enfilé el rellano ocurrió el suceso cruento; las traspasaba por el medio con mi “perdón” habitual cuando se enzarzaron con las manos, y yo me vi cruzado por aquellas dos zarpas que se agarraban pelos y muñones. Os quiero decir que vi peligrar mi integridad física, no hay agresividad más animal que verse entre las dos caras de mujeres que se zurran. Intenté separarlas, con voces que no recuerdo: “Pero amos, hombre”, creo que dije. Me gané dos arañazos en mis pómulos que ahora mismo parecen la señera catalana. Allí se quedaron, os lo aseguro, dándose badana: “Que me la sudan mucho, estas dos zorras”.”Como si las folla un pez”.

jueves, 1 de julio de 2010

LA SEÑAL DEL SACRIFICIO.


Llevo esperando la señal desde hace muchos ancestros, porque yo soy el sucesor, y en mi han puesto a la vez las mismas proporciones de amor, odio y violencia. Mirándome a mi mismo, también he encontrado varias arrobas de miseria, que me pesan y me hacen doblarme sin descaro hacia el suelo. Estoy hecho para blasfemar, me lo habían dicho: Dirás tú nombre en vano, y te abrazarás a todos los que te encaran para hacerles una cruz en la espalda, marcarás su cuello para que un día sean sacrificados si suben a la montaña en el día de su onomástica. Te estoy esperando a ti con tú piel recién mudada, tersa, llena de escamas recién nacidas, a ti que vas con branquias por la ciudad y te asomas a las ventanillas para respirar y decir adiós con los puños levantados. Tú eres el señalado y debes presentarme todos los pensamientos, los que te hacen angustioso el camino, los que te hacen imperfecto. Para ser digno, debes contarme cuantas veces has sido premeditadamente falso haciendo tus negocios, parando la hora en tu reloj de oro, para obrar con ventaja ante los mendigos. Y cuantas veces has asomado por los bares, para presentarte ante el anaquel lleno de botellas como un sabio profeta. O, cuantas veces, has hecho poemas, frases largas, y te has estremecido con tu propio picor de sarna. Cuantas veces, subido a una tarima como un murciélago, has hablado de la sangre, dirigiendo huestes de guerreros. O cuantas veces has mirado tu cuerpo, lleno de miedo, buscando colores saludables.
Cuantas veces has azuzado al diablo sobre las almas blancas. Y has llevado sobre tu pecho medallas ceremoniosas, de seres blasfemos y asesinos. Dime si tus tatuajes son caligrafías de salvaje o axiomas filosóficos. Dime si tus anillos se oxidarán en tus dedos o en tu boca cuando te llegue la muerte. Tú que, disfrazado, has engañado a los niños a propósito, con historias dibujadas que nunca se acababan, mirándoles ingenuamente dentro de los ojos.
Tú eres el señalado, llevas las marcas tatuadas, y deberás salir de excursión. Prepara viandas, un bastón y vete subiendo en calma. Escala la senda que da a un roble pintado de negro, y espera unos instantes. No habrá ceremonia, solo un salmo. Desnúdate de medio cuerpo, deja visible tú señal; y espera.