miércoles, 30 de junio de 2010

PARAFRENIA.


Llevo cuatro días fabulando sobre un duende encontradizo. No recuerdo muy bien de qué forma empezó a deslizarse por el balcón a eso de las tres de la tarde; en pleno día. Lo anormal del duende es que empieza a parecer con la cabeza boca abajo, y se asoma despacio por los primeros rayones de la persiana. En esta situación, después de cuatro días encontrándolo, no sé, a ciencia cierta, si es fabulación, o su larga nariz aguileña, que parece tan real, me husmea, oliéndome todas las tardes a eso de las tres. Lo he representado muchas veces de mediana estatura, con cara amarilla, labios rojos, vestido con un holgado quimono verde, con una gorra de mago caída hacía atrás, y unas babuchas abiertas de talón y punta levantada (metidas en unos grandes pies; puestos al final de unas piernas extrañamente delgadas y corvas). Algunas veces, cuando la persiana está bajada, siento unos golpecitos, y luego una sombra deslizarse por la parte de la luz. Lo veo allí, desde mi postura supina, embobado, como reptando boca abajo, hasta que le abro con desgana un hueco de dos palmos; y entonces (“fabuladamente”), veo primero su sombrero en forma de cono, y luego su cara amarillenta, sus dedos largos haciéndome muecas y sombras chinas. Y así fabulo dentro de mis cuatro paredes, y paso las horas entre los sonidos de la calle, y el calor que me hace estar tan desnudo como Dios quiso que llegase al mundo. Y mi fabulación aumenta día a día, y ahora lo he puesto delante de mi, sentado sobre la cómoda, con sus manos largas, tapadas por manguitos rojos, cogidas en los bordes de caoba .He logrado que me hable y me cuente cosas de su mundo, de que extraños bosques ha llegado, y cómo logra desplazarse hasta mi balcón sin ser visto por los indiscretos vecinos. Logro interrogarle con preguntas llenas de malicia; y, él, sigue a lo suyo, contestando lo que quiere en su idioma de monosílabos y palabras que no puedo transcribir. Fabulo y fabulo; y lo hago llegar, quedarse conmigo; lo hago desaparecer, desde esta postura en la que contemplo la penumbra por la luz transfigurada, los sonidos lejanos o las voces cercanas de otro mundo que me transporta, dentro de esta fabula que lleva cuatro días riéndose de mí.

lunes, 28 de junio de 2010

LUEGO: ...K. T. JASPERS




Luego subí a casa para romperme la cabeza con un libro, y allí estuve dándole vueltas aquella filosofía que me explicaba de forma precisa por qué estaba tan aburrido. Luego por el patio de luces gritaron que se habían caído unos pantalones desde el quinto, y me quitaron la concentración. Luego me levanté y fui a la cocina, y comí cerezas, me asomé a la terraza y empecé a escupir las pepitas sobre el pantalón que estaba allí abajo espatarrado. Pero me dije que quizás debía lavarse un poco, y fui al baño, cogí un caldero de agua, y lo tiré tal como iba. Por arriba alguien dijo:!ioputa!, y luego yo me escondí detrás de las cortinas, mientras el libro estaba sobre la silla, espatarrado también, en dos, por la página sesenta y ocho. Por el patio no hay mucha luz, hacía arriba es como un túnel vertical, al final aprecias un azul mortecino, y las nubes que pasan muy rápido. Luego, salio otra vez la del pantalón, una mujer que se le descolgaban los mofletes y el pelo y que gritó de nuevo: ¡ioputa! Luego volví a la cocina y vi el aceite requemado que olía a chorizo metido en un frasco de mermelada adaptado al uso, y me dije, esto le vendrá bien, y pumba, se lo tiro a los pantalones, y ahora, entre el agua y el aceite brillaban las nubes sobre las perneras, y otra vez, la gorda:! ioputa, ioputa! Luego volví acoger el libro por la página sesenta y ocho, e intenté concentrarme, porque Karl Theodor Jaspers es complicado de leer, y entonces, fue lo de la niña, la vi pasar como una exhalación, y todo gritos, y todo cabezas que salían por las ventanas, y la niña allí colgada del tendal del tercero, y todo voces, y la gorda que me ve y me dice:! ioputa, ioputa.!.
Leer a Karl Theodor Jaspers sentado delante de la ventana que da al patio de luces, tiene estas cosas.



domingo, 27 de junio de 2010

NOCHE


Me pone cuando en la noche todo está tan en silencio, y tú imaginación te dice que tengo miedo y entonces te aceras a mi y me coges por la espalda. Cuando estás así agarrada tú bien sabes que me quitas sensaciones angustiosas; sabes que tus brazos me sujetan en ese vuelo rasante que bordea el precipicio sobre las claridades del averno. Cuando siento tu blanda figura sobre mis vértebras y adivino tu respirar sobre mi nuca, las arrugas de tu frente, tu pelo espeso, tu olor de siempre, sabes que el caballo de la muerte se detiene, y ya no tengo miedo a que me toque su leve silueta.
Me pone tú cabeza caída, tus manos elásticamente flojas sobre la extraña dimensión de mi espalda a eso de las cuatro de la mañana, mientras la calle se queda sola, hablando con aullidos, y lo que me iba a devorar ya no me devora, y se queda fuera, y lo veo con los ojos abiertos observándome tras la ventana con su capa oscura y su velo invisible, con infinitos mensajes de dolor sobre los huesos de sus manos.
Me pone cuando tú cara se pega a mí, y te me aprietas.

sábado, 26 de junio de 2010

SIRENA


Otra vez sobre la proa del barco vinieron aquellos delfines que parecían tirar de el; quizás les gustaba la espuma que rompía sobre el agua; solían acompañarnos millas y millas cuando había calma. Esta vez eran nueve colocados por el lado que rompía hacia estribor. Yo me quedé embobado observándolos, iban tan alineados que me pareció oportuno sacarles una foto, no era habitual sacar escenas del mar; la rutina diaria de las duras jornadas de trabajo lo convertían todo en pasajero, usual, sin muchas ganas de guardar en el recuerdo; pero como había contado en el trasluz del agua hasta nueve delfines, me pareció curioso. Después de sacar la foto me quedé ensimismado unos instantes viéndolos allí, con aquella velocidad vertiginosa como si fueran arrastrando la proa. Entre la luz del sol que daba de costado, las siluetas apenas perceptibles de los delfines, y la espuma blanca de la rompiente, hizo que una extraña ensoñación óptica surgiese ante mis ojos: pudiera ser que allí delante, a unos metros, comandando la extraña tropa de tiro, estuviese ella, como otras veces, con medio cuerpo sobre el agua; su larga melena plateada, con sus grandes ojos, y su cola escamosa apenas sumergida sobre el suave oleaje , levantando sus brazos blancos, guiándonos a no sé que lugar de la tierra; agitando aquel “corcel” de delfines para que tirasen otra vez de nuestra proa.

viernes, 25 de junio de 2010

MOMENTO


Estoy ahí contigo de la misma forma que las ramas hasta el final en el árbol seco. Y doy vueltas contigo, incluso me arrastro por todos los lugares. Y algunas veces al ir contigo tan alto te reclamo un beso, que me das y que yo te devuelvo. Me atrapas entre tus piernas, y me derrites, me desintegras dentro de ti, con tu calor, con tus manos abiertas para que las lea. Y luego los dos juntos comemos el aire de todo el mar a puñados, como si llenáramos el vacío de sal y rastros de luz roja. Estoy contigo y no parece pasar nada: de todo estar tan quieto las aves vuelan sobre un punto, las ramas no se mueven, y parecen dibujadas sobre el cielo.

jueves, 24 de junio de 2010

SENSORYS


Hacía varias horas que me rondaba aquella idea por la cabeza, pero no sabía como darle forma. Algunas veces suele pasar eso en los bancos de pruebas, estas dándole vueltas y vueltas a algo sin encontrar una solución que te satisfaga. Analizas pormenorizadamente todos los detalles; incluso te llegas a abstraer de otros problemas pudiendo desembocar en una obsesión completamente desordenada llena de tormentas de ideas.
Estaba claro que no iba poder ajustar aquellas dos piezas para que el mecanismo funcionase a la perfección .Repasé de forma adecuada la cola de milano de la guía posterior hasta dejarla en la parte larga y en los vértices de las esquinas con una tolerancia de tres millonésimas de milímetro. Adapté también todas las articulaciones en los tensores cableados por hilos de acero de apenas una décima, regulando la presión hidráulica a cero coma ciento veintitrés bares. En el banco de pruebas se movían todas las articulaciones a la perfección dirigidas por el plc, desarrollando toda la secuencia algorítmica de forma secuencial. El software de interacción de protocolo analógico digital seguía todos los parámetros correctamente según los pasos del diagrama de flujo; y los sensores de sensibilidad obedecían con tolerancias de uno dividido por un millón de “sensorys” por milímetro cuadrado.
Cuando la miraba sobre la silla, con aquel pelo rubio, me parecía una diosa de la robótica. La había vestido con ropas exóticas; la había perfumado con unos roces de Majesty; le había puesto aquellas piernas torneadas con un color de piel logrado a la perfección en su tono y tacto, (incluido un suave vello incipiente); y su cara perfecta imitando los rasgos (hasta unos limites casi reales), de la famosa atriz Cameron Díaz (que era en mi amor propio, mi pérfida reina particular).
Era lógico que al mirarla me subiese cierto rubor y estremecimiento; como ese cosquilleo que nos da en el estómago cuando presagiamos la erótica y voluptuosa sensualidad de un próximo apareamiento.
La había estado probando con apéndices artificiales sin haber conseguido unos resultados aceptables. Al regular los sensores hidráulicos de su boca no había conseguido una progresión adecuada en el coeficiente (A/D), apriete deslizamiento, que debía ser de uno dividido por dos millones de newton de fuerza; por lo que siempre se quedaba aprisionada después de unos doscientos movimientos, hasta una profundidad de setenta milímetros medidos en el consolador de referencia. Ahora, después de una obsesiva noche, creía que el ajuste de los dos pulsores que gobernaban los diminutos cardan verticales, y estos a su vez a los colectores de las trescientas mil terminaciones táctiles de sus labios, había quedado resuelto puliendo ligeramente las esquinas de la cola de milano.
La impaciencia me embargaba. Era el momento de saber la realidad electromecánica de aquella diosa de la robótica. Era el momento de probar en mis carnes su funcionamiento (quizás precipitado dada su complejidad). No pude esperar más, en aquella posición estática, después de haber puesto el plc (Power Line Communications) en marcha, la arrimé hacía mí introduciéndole el programa doscientos treinta y ocho, llamado, no sin cierta mofa: “DS/38-Diablilla Succionadora”.
No describo los pormenores de mi acercamiento, ni de su hacer con mi cremallera, ni sus manos cogidas sobre mi culo, ni su leve impulso para arrimarme a su boca. Ahora mismo sólo os puedo decir, que me encuentro aprisionado fuertemente por sus dientes en esa parte…, en una posición ridícula, después de haber llamado al ciento doce para que nos lleven a urgencias a mí y a Cameron Díaz, por si hay que diseccionar sus labios, para que deje libre mi “hombría”.

miércoles, 23 de junio de 2010

EL DÍA MÁS LARGO

Adivino que estás ahí porque hay una sombra que se le ha escapado al sol, y percibo tú silueta colgada de la campana aspiradora de la cocina; y veo tus manos manoseando no se que, pudiera ser una patata, o una manzana, porque cuelga un rizo de piel que baja balanceándose hasta el fregadero. No creo que sea otra cosa. Por encima de los muebles hay dos jarrones de Talavera, y desparramado sobre la alacena presiento que has tirado hojas de eucaliptos de nuestras “selvas”: flotamos sobre ese olor a vahos de viejo como si expectorásemos debajo de una sábana. Esto es todo lo que adivino. Te estoy observando por la rendija que deja la puerta entre las bisagras y no quiero entrar a tu mundo, porque el mundo es tan pequeño como tú quieras, y está quieto y plano si tú lo deseas, ya que el cosmos no existe para ti , tú estás en el; si acaso la señal inequívoca de la sombra que se desplaza por donde el sol va a escondidas, deformando la perspectiva de forma diferente, invadiéndolo todo, sin dejar esquinas, ni recovecos, ni nada; sólo tú silueta (que el mundo es así, ya sabes que es un secreto a voces).
Sé que nunca te has ido a otro lado, somos compañeros en el estricto sentido animal de la palabra; podemos olernos: tú abres la boca y te veo dentro, y tú a su vez cuentas mis cortos pasos, mientras hago eternos viajes sin equipaje a otros lados de la casa; siendo necesario descansar a la entrada de la puerta: quizás se abra, y aparezca alguien que suelte monosílabos ilegibles, y me repase cómo suenan las palabras.
Casi puedo certificar que estás ahí, mágicamente se ha caído una voluta al suelo y lo que envuelve ahora está lleno de vacío. Casi puedo decir que eres tú porque mueves la boca alimentándote con dificultad; y puede que, mientras lo haces, pienses en este nuevo día, (el más largo), tan calcado al de ayer, en que también estabas sola con todo el sol en la espalda, y tú figura marcada en los azulejos jugaba con los rastros de flores aplastadas, gravadas e irreconocibles.
Mi amor, (o eso), adivino que estás ahí, pero no quiero hablarte, sólo deseo verte por la rendija que deja la puerta y la marcación cuando está entreabierta; no quiero que me veas viéndote, porque todo perdería su encanto. Yo viajaré por el pasillo a lugares insólitos donde las nubes gigantescas parece que nunca se acaban sobre el cielo; donde las estrellas por la noche son tan grandes como en los veranos lo es Venus hacía el oeste. Viajaré a playas solitarias de arena blanca y solo tres palmeras entre el mar azul y la tierra, como ponen las estampas de turistas.
Mi amor, si estás ahí, si eres tú en realidad, agita tú brazo para saber que la sombra aún permanece viva; y dame tú mano, y viaja conmigo al fondo del pasillo, aquí también hace sol y existe algo que se llama azul pintado supuestamente sobre el cielo.

martes, 22 de junio de 2010

PIRÁMIDE


Hoy veintidós de junio por fin he terminado de colocar el último cristal traslúcido que corona la pirámide. En su interior ha quedado la cama matrimonial con su cabecera en el vértice posterior, orientado en dirección norte sur; siguiendo estrictamente las teorías de Karrel Durbal. Mi mujer, incrédula hasta hace unos días, ha quedado fascinada por el espectáculo iridiscente que producen los policromados de los tres lados al recibir la luz de la ventana. También le gusta la entrada por uno de los planos formada por un arco de aluminio, pulido cuidadosamente con fieltro. Ella ha cambiado la ropa de la cama, ha sacado del armario una colcha dorada, y ha repartido cuatro cojines sobre la cabecera. No pudimos resistirnos, y durante unos instantes, hemos permanecido recostados, en un fugaz estreno, cogidos de la mano. Yo no se lo quise comentar; pero al estar allí, los dos juntos, sintiendo su mano, mirando hacía aquel punto “inter seccional” de los tres lados, en donde cuelgan ocho pequeños lec (Light emitting electrochemical cells) con los colores básicos; he sentido, un suave escalofrío, y lo que hace muchos años no presentía con mi mujer: una incipiente erección.

lunes, 21 de junio de 2010

ASIMETRIAS


A ciencia cierta no sé si esta noche he dormido bien. Al levantarme he descubierto una descorrección en la geometría de los tabiques, lo que debiera estar perpendicular respecto a un plano, está ligeramente inclinado; y al levantarme he tenido esa sensación de irme hacía un lado, sin estar bebido, ni haber tomado otro tipo de estimulantes: Quiero decir que he tenido que subir hacía el baño, he tenido que bajar hacía el salón, y he tenido que subir otra vez hacia la cocina. Ahora mismo presiento que incluso se está estrechando el pasillo, que se están alargando las lámparas, por lo que algunas empiezan a rozar el suelo. No puedo determinar que causa externa ocasiona esta distorsión de la realidad, estoy absolutamente seguro que no parte de mí ninguna sensación que pueda hacerme ver mi entorno de esta manera. Así que me he puesto a considerar sentado en lo que parece ser el techo, ya que la mesa de la cocina está sobre el suelo por encima de mi cabeza; veo al revés los visillos de la ventana con sus volantes plisaditos. Al estar viviendo sólo no tengo una referencia objetiva para preguntar si alguien tiene esta misma perspectiva geométrica; que por otro lado no me produce ningún tipo de vértigo. Ayer por la tarde tuve algún ahogo, como si no hubiese aire suficiente para colmar mis pulmones, pero esa sensación de no poder respirar es normal (siempre logro convencerme que todo el aire existente desde el azul hasta mi boca es para mi sólo), me ha pasado muchas veces; pero lo de hoy no está dentro de mi corta historia como ser humano. Algo no va bien. Presiento que los terrícolas ven las cosas de otra forma más equilibrada y simétrica respecto a sus puntos de referencia.

domingo, 20 de junio de 2010

"TURKO"



He dicho más de una vez que no es recomendable ojear fotos antiguas, por si los recuerdos no son recomendables, y remueven viejas situaciones de conciencia un tanto desagradables.
Ayer, asumiendo riesgos, encontré la foto del Turko, y me quedé largo rato recordando su pequeña historia:
Habíamos salido sobre las doce de la mañana de Melilla hacía Málaga con buena mar, pero a unas treinta millas se pusieron aquellos nubarrones hacia el noroeste, negros, como si dentro fuese el mismo demonio. El temporal empezó de repente, y lo que parecía en un principio un oleaje llevadero de mar de fondo se convirtió en mar arbolada. El barco de tan sólo quince metros de eslora lo llevaba mal, mantener la proa hacia aquellas inmensas olas era dificultoso, hubo que poner todas las bombas a achicar; viendo como las máquinas no podrían aguantar mucho tiempo aquellas exigencias de esfuerzo. El patrón decidió entrar en el pequeño muelle de Alborán. Era bien entrada la tarde cuando pudimos enfilar el pequeño y angosto entrante de la isla. La guarnición de Infantería de Marina nos ayudó a atar el barco, y todos nos creímos salvados de una buena. Estuvimos allí esperando a que la mar se hubiese calmado. Yo trabajé en la sala de máquinas arreglando una avería hasta las diez de la noche en la que decidimos salir de nuevo.Necesitado de tomar aire fresco, salí a la cubierta. Había una luna inmensa y el mar estaba como un plato; se veía un reflejo en forma de camino blanco hacia Málaga.
Cuando estaba arrimado a la baranda mirando el pequeño muelle, y a mis compañeros soltando las estachas, vi aquellos ojillos relucientes, sentí su aullar lastimero que hizo que me fijase detrás de un bulto de trasmallos apilados. Era un pequeño cachorro. No lo pensé dos veces; salté al espigón y lo recogí, metiéndolo en el barco.
En la foto que ahora observo lo veo a mi lado, ya crecido, con aquellos ojos pendientes de algo que le iba a arrojar. Esto debió de ser poco antes de que lo tuviésemos que desembarcar por una enfermedad que le había entrado en las patas; y que el veterinario nos dijo que era por culpa de los restos de gasoil y salitre de la cubierta. Recuerdo que lo dejamos casi dos años después en Almería, en una protectora de animales. No podéis imaginaros mi tristeza cuando lo dejamos allí, dentro de aquellas jaulas.
Ya no podría correr más detrás de las gaviotas.
Hay algunas veces, que las fotos antiguas nos remueven recuerdos llenos de una extraña y afectiva tristeza.
Recordar ahora al Turko, creo que fue una buena idea.

viernes, 18 de junio de 2010

PEAJE


Esta mañana me dirigía a mi trabajo por la calle Paulino Nola. Es una avenida muy transitada a eso de las siete de la mañana; va directamente al centro neurálgico de la ciudad, trazando una amplia curva de dos carriles y anchas aceras en ambos sentidos. Me extrañó al observar que todas las calles adyacentes de salida estuviesen cortadas, por vayas metálicas que impedían el tráfico desde esta imensa arteria. Cuando llevaba caminando unos doscientos metros empecé a ver la gran cola de coches por el centro de la calzada, y en las aceras pude observar una hilera de personas perfectamente alineadas. Se me pasaron por la cabeza innumerables pensamientos desde alguna desgracia en algún edificio o un grave accidente de tráfico. Cuando llegué a los primeros viandantes de la cola, lo primero que hice fue preguntar lo que pasaba. El hombre que estaba delante de mí se volvió ( pude ver aquellos ojitos pequeños que a su vez me miraban, y su cara mal afeitada), contestándome con desgana: “Es un peaje gubernamental”. Me lo dijo como si fuera un hecho cotidiano, de toda la vida; pero yo, la verdad, no estaba enterado. La cola iba despacio; según me iba acercando pude ver los tornos antes de la hilera de ventanillas a ambos lados de dos pasillos, con fuertes vallas laterales, vigiladas por tres guardias cada una, perfectamente uniformados y armados. A esta altura pude observar también a los coches alineados en dos filas de barreras simétricamente señaladas: se levantaba la barrera, el coche entraba, pagaba en la ventanilla y posteriormente se abría la barrera de salida. Al ver todo este despliegue quedé “anonadado” porque ayer, en este mismo lugar, no había nada. Me llamó la atención el gran cartel digital que atravesaba la calle, con aquellas letras grandes que cambiaban alternando en un parpadeo entre el rojo y el azul: PRDTC,y en letras más pequeñas un aclaratorio: Peaje Recaudatorio De Tránsito Ciudadano.
No tengo mucho más que contar. El peaje fueron cinco euros. Queda claro que mañana no paso por Paulino Mora, aunque tenga que rodear cuatro manzanas. Pero lo que me preocupa es lo que hablaban en la cola; por lo visto, son peajes itinerantes: los ponen y los levantan en minutos. Así que vete tú a saber…; veremos lo que pasa. Acabarán poniendo en todas las calles un PRDTC. No sé a dónde iremos a parar.

miércoles, 16 de junio de 2010

CATARSIS.


La pasé al salón y le mandé sentarse. Se quedó ligeramente inclinada hacía adelante. Cuando miré su cara vi sus ojos exaltados, y quizás algún rictus en sus labios que indicaba cierta tristeza. No le ofrecí nada; por las horas que eran sabía que no tomaría café, era lo único que le apetecía cuando llegaba a mi casa. Estaba en silencio, esperando, quizás ansiosa por comenzar, necesitaba que yo rompiese el hielo, aunque aquellas citas eran tan normales que no hacía falta. Para mí ya era tarde. Cuando le abrí la puerta me disponía a cenar, mi comida esperaba encima de la mesa de la cocina. El vivir sólo me ha dado cierta disciplina en hacer las cosas a la hora, sin nadie ajeno que me lo impida. Pero allí estaba ella, sentada, mirándome con aquella cara pálida, quizás llena de ansiedad. Reflexioné que sería mejor acabar con aquello lo antes posible; así es que salí a la escalera y subí al trastero; a los tres minutos estaba otra vez de vuelta con Catarsin debajo del brazo. Arrimé una silla, la puse delante de ella, y acomodé a Catarsin en una postura idónea, lo más cercana posible, con sus ojos de plástico enfrentados a su mirada.
Allí quedaron mi representación inanimada, y ella que comenzó hablar de corrillo, sin parar, de sus desengaños, de sus problemas económicos, de sus hijos, de su madre anciana, de sus miedos y fobias, de su trabajo perdido hacia unos días, de sus incipientes achaques físicos. Desde la cocina la oía hablar y hablar, no paraba. Cuando acabé de cenar me metí en mi habitación y aún estuvo hablando casi una hora más -hasta que sus palabras se fueron haciendo más pausadas, adormecidas, hasta que casi se hizo el silencio-. Entonces me senté en la silla que ocupaba el muñeco dejando a este arrinconado en el suelo. Al mirarla vi que estaba llorando; me levanté hacía ella y la abracé, sentí el movimiento de sus gemidos contra mi pecho, y la humedad de sus lágrimas contra mi cara. Mientras la abrazaba tuve esa sensación de que no tenía nada entre mis brazos, que todo era una farsa inventada, una ensoñación, una representación onírica; y que aquel muñeco estuvo allí siempre, sujeto sobre una silla, mirándome, con sus ojos inexpresivos de plástico, escuchándome todas las noches después de cenar.

ENVIRONMENT


Mi entorno no es dichoso en el amplio sentido de la palabra, pero puedo considerarlo hasta cierto punto confortable. Tengo mi butacón para sentarme; y me da la claridad casi todo el día, por una ventana del patio de luces.
Quizás noto en falta un poco más de espacio vital, aunque mis estiramientos son estáticos y apenas desarrollo ejercicios que requieran desplazamientos de mi cuerpo; a saber: trabajo los grandes pectorales, los grandes dorsales, hago derechos e izquierdos posicionados para la columna, ayudado de los brazos estirados; para las oblicuas utilizo el palo de la fregona; formo los deltoides; saco músculo a los hombros utilizando kilos de azúcar envueltos en cinta aislante (dos o tres paquetes de un kilo en cada mano); el transverso espinoso forzado me lo hago como si rezara a Mahoma; bíceps, tríceps y braquial anterior lo trabajo con tres kilos de garbanzos atados a cinta adhesiva, y con unas manillas de fieltro duro para facilitar todos los movimientos; mi abdomen lo trabajo con sentadillas, atando mis pies con una cuerda a la parte inferior del radiador; la posición de la cobra la hago como si hiciera el amor con la alfombra (a tironcitos). A todo esto, para compensar la relajación final, le añado varias posiciones de yoga: la de la cigüeña, el triángulo, el pavo real, el cuervo, etc. La que más practico es la posición de la cigüeña (padahastasana); una de las más difíciles ya que permite flexionar la espalda hacia adelante hasta extremos inimaginables. Cuando perfeccione este ejercicio tengo una vana esperanza de poder acariciarme a mi mismo algún día (coloquialmente: “chupármela”), no sé cuando alcanzaré el prana, pero el onanismo con la boca es algo que me apasiona.

martes, 15 de junio de 2010

IRINEO


Irineo se bajó los pantalones y los calzoncillos, abriendo ampliamente sus piernas, apoyándose con las manos sobre una mesa camilla. A sus años aquella postura tan particular le parecía de una indecencia sublime, que no casaba, en absoluto, con su histórica rudeza. Si estaba allí era por la insistencia machacona de Clotilde, su mujer. El doctor Bernabé le hablaba pausadamente; ya había sospechado su nerviosismo. Había contado con ciertas reticencias proporcionales a la edad, en personas de otras épocas, no dadas a este tipo de consultas. Bernabé le dijo: “Relájese, Irineo”. Irineo en aquella postura todo lo veía tendencioso; lo de relajarse sobre todo. Como suponer, analizar, vislumbrar que raras elucubraciones pasaban por su mente. Que se figuraba de aquello, tan cotidiano y normal dentro de la ciencia de la auscultación médica. “Relájese, Irineo, relájese”, le repitió el doctor Bernabé. Irineo, de vez en cuando volteaba la cabeza como una res extrañada, oteando las evoluciones de la mano enguantada del doctor Bernabé; presintiendo, casi adivinando, como, detrás de sus anchas espaldas, el doctor se lubricaba el dedo, al mismo tiempo que volvía a sentir su voz suave (quizás imaginación suya), amanerada, leve, acariciadora, y sensual (y quién sabe si llena de fulgor). Tal era su objetiva percepción de la escena, de todo el acto transcurrido desde su posicionamiento, “mirando para Extremadura”, a la impresión de aquel dedo largo y afilado de pianista, metido por donde se acaba la boca.
Aunque el doctor no fue nada brusco, cual sería la sensación…; que Irineo soltó tal estridente relincho animal, que su mujer llena de pánico, entro en la consulta procedente de la sala de espera, despavorida, para interesarse por aquel rugido inhumano de su marido. Ese era el mismo instante en que este salía fuera de sí, subiéndose los pantalones, sintiéndose violado por un acariciador y perverso dedo de urólogo, manifiestamente dulce y persuasivo.

lunes, 14 de junio de 2010

CACOFONÍA


Le dejé el manuscrito un jueves de septiembre. Lo recuerdo bien por la ilusión que me hizo. En estos casos es normal que la imaginación se desborde por el hecho de que, por fin, puedes publicar algo que has escrito y que otros puedan leer -Es el ego que tienen poetas, ensayistas, escritores [etcétera]; en general, muy egocéntricos e infantiles-. El Sr. Silverio estaba allí sentado, tirado hacía atrás, en su sillón de cuero, mirándome. Supongo que habría detectado en mi forma de hablar el nerviosismo que me embargaba. Venga acá ese manuscrito –me dijo-. Quede claro que lo hago por la recomendación que trae usted, no suelo hacer esto con nadie –prosiguió-. Yo quizás asentí con la cabeza; qué decir en estos casos. Cuando salí de allí observé mi manuscrito, impoluto, exquisitamente encuadernado con tapas de cartón de color rojo oscuro, y el título en una etiqueta blanca que ponía aquello de: “La sima de las almas caídas”. El título era sugerente y profundo. Pues bien; allí quedó Silverio con mi manuscrito, y su mesa desordenada llena de coleccionables sobre la guerra civil española. Pasarían unos tres meses y fui llamado de nuevo por el Sr. Silverio. Casi lo encontré de la misma forma, como si no se hubiera despegado de allí desde la última entrevista; ahora, quizás existía sobre sus espaldas aquella penumbra que lo hacía extrañamente enigmático y sugerente. Sobre su mesa aparecían infinidad de fascículos desordenados, en uno de ellos ponía: “El frente de Pravia: ¿Cuántos cañones tenía el enemigo?”
Me mandó sentarme, y así lo hice. De aquella ya no estaba nervioso, quizás ya no me importaba su opinión sobre mi novela (que no había extraviado). Allí estaba el manuscrito, delante de él. A simple vista no detecté ninguna plegadura que le hubiese quitado su virginidad al papel, ni mucho menos ninguna hoja marcando páginas con párrafos destacables. Fue entonces cuando el Sr. Silverio me espetó aquello: –Hijo, mío. Su manuscrito está lleno de cacofonías; como escritor no irá usted a ninguna parte. Búsquese la vida en otra cosa, o pruebe usted a decir acertijos por los bares.
Creo que lo miré fijamente durante más de veinte segundos; que ya es mirar. No hablamos mucho más, me lo extendió con su mano en un gesto enérgico, y salí de allí lentamente, sin ninguna prisa (ahora mismo no me acuerdo si me despedí). Cuando iba por el pasillo, me dio por ojear mi manuscrito. Comprobé ese estado de las hojas recién escritas, recién ordenadas, recién encuadernadas. El manuscrito estaba virginal; el Sr. Silverio ni lo había abierto.
PD:
Así vistas las cosas, a muchos años de aquella “trascendental entrevista”, reflexionando, y aplicando protocolos “marcusianos”; quizás el Sr. Silverio me haya salvado la vida
.

viernes, 11 de junio de 2010

SUPERSTICIONES


Muchas veces tienes presentimientos que se cumplen, y otros quedan vagamente olvidados, pudiendo retornar en cualquier momento. No sé si intuir y presentir es lo mismo. Quizás intuir es esperar que algo ocurra porque existen rasgos físicos observables, que nos hacen sospechar que algo puede suceder. Presentir puede tener más apreciaciones de dimensiones diferentes, en donde la superstición tiene una carga muy importante. La superstición a su vez se encadena a ceremonias subjetivas; actos obsesivos que ocurren porque ha nacido algo supersticioso en nosotros; algo alegórico, como el pez que se muerde la cola: hago la ceremonia obsesiva para que un hecho supersticioso no pueda ocurrir; y al contrario, me ha ocurrido un suceso extraño, inusual, desagradable, porque la ceremonia obsesiva no ha sido realizada. Esto que explico, un tanto “farragosamente”, lo hago porque yo ando de estas guisas. Abran una llave grande a la palabra neurosis, y allí encontrarán numerosos síntomas que me van como anillo al dedo. Quiero decir que estoy lleno de costumbres obsesivas. Mi última costumbre obsesiva es muy extraña, cuando la pienso en estado “autovigilado”, me entra el sonrojo. Cuando encuentro a un amigo, a un compañero, a un familiar lejano, o cualquier encuentro informal (por presentación educada), tengo la costumbre, desde hace unos tres meses, de mirarlo fijamente a los ojos, debo encontrar algo en aquellos ojos que soporto, hierático, sin parpadear. En estas circunstancias, como comprenderéis, el otro, como objeto observado, sin delicadeza alguna hacía él, se siente incómodo; pero yo no puedo explicarle que fuerza extraña me lleva a mirarlo, tan fijo, dejándolo desprotegido, agraviado, o a punto de soltarme un improperio o insulto. Pero ahí no acaba. Cuando se marchan, de mi lado, debo tocarlos, es un impulso extraño, debo devolverles la mala energía que me han echado con su mirada. Y para eso tengo que arreglármelas de forma, que mi toque, sea imprevisto, disimulado, un simple roce que haga conductor mi cuerpo sobre su cuerpo, que derrame todo aquel magnetismo (o energía), que me haya podido echar. El problema se agrava si el otro me da la mano, ese es un gesto insoportable, trato de disimular lo mejor que puedo -por supuesto que me lavaré la mano, lo antes posible, cuando el se vaya-. Si se diese la hipotética paradoja, de que “el tocado”, supiese mi manía, o tuviese la misma “noia”, y me volviese a tocar, yo lo tocaría otra vez. Así podríamos estar hasta el juicio final, tocándonos y tocándonos, sin importarnos las consecuencias de agotamiento, o la algarabía ajena.

LLUVIA


De todas las cosas que podíamos añorar o detestar estaba la lluvia. Podíamos añorarla hasta sentir la necesidad de una boca sedienta; de hacer rogativas, de sacar a la Virgen del Carmen a dar vueltas por el atrio de la iglesia y alrededor del cementerio. Podíamos añorar el olor que dejaba la tierra cuando volvía la lluvia, aquel vapor que se veía subir abandonando la sed. Por otro lado, en el mes de Abril cuando las claridades empezaban a ser largas, si la lluvia se ponía días y días con aquella capota de niebla sobre los montes, también la odiábamos. La lluvia tenía esas alegrías y esas tristezas. Yo ahora quiero hablar del exceso de lluvia y de los recuerdos. Los recuerdos pueden ser gotas y gotas, ensoñados, detrás de un cristal que está como llorando. La sorpresa, la pesadumbre del sueño cortado repentinamente al labrador que baja precipitado para ve flotar a las vacas, a los caballos, sobre una mezcla de abono y agua turbia, en una cuadra hecha de losas; sobre esa angustia de tener que correr en una noche cerrada de diluvio, a soltar las ataduras del pesebre porque el agua está ahí, y aquello no es el Arca, es tierra firme, con ese nivel que llama a la muerte a bocanadas.
Pero de todas las tardes que recuerdo, de tanta lluvia, que parece imposible que el cielo tenga - ahora, detrás de los cristales-, se me vienen a la memoria los ojos de mi padre, mirando como de repente la torrentera , por la ley inexorable de la gravedad, bajaba por un cauce que nunca había existido, arrollando todo lo que encontraba a su paso; el maíz plantado, arrastrando como si pareciese toda la vida en una simple cosecha, viendo todo aquello, impotente (desesperadamente), llorando; sin saber si el agua que bajaba sobre su cara arrugada eran gotas de lluvia, o lagrimas de tristeza y sufrimiento.

jueves, 10 de junio de 2010

EL EFECTO RELÉ


Ya empiezo a prescindir de ciertos recuerdos, aquellos que tienen una carga de acritud más elevada. Estar avezado a controlar los malos recuerdos no es fácil, aunque instintualmente tratamos de evitarlos. Algunas veces, no sé por qué mecanismo y efecto relé, vuelven a nosotros, desorientándonos, dejándonos fríos por esa realidad recobrada que parece aplastante.
Yo ahora mismo me encuentro delante del aparador de la habitación, hace tiempo que no abro esta puerta, no sé cuanto. Y me ha dado por coger una vieja caja de zapatos azul escondida por prendas de ropa en la parte de atrás de un estante. Me dio por sentarme en la cama. Al abrirla vi toda una historia: fotos antiguas, y alguna reciente de tan sólo hace unos doce años.
He ido recorriéndolas con mis ojos al mismo tiempo que las ordenaba. Las fotos tienen ese efecto relé, han abierto los circuitos de mi memoria; eran personajes olvidados unos, casi olvidados otros; pero por un destello inicial que me produce la imagen que miro, empiezo a recordar muchos sucesos amables de mi vida, y otros que me producen un cierto escalofrío cuando los recuerdo, y que por un efecto extraño y pulsional me obligarán a pensar en ello el resto del día, o de los días.
Prescindiré también de las cajas de los recuerdos: de lazos ajados, de lápices, de cuadernos con figuras grotescas y colores irreales, de fotos que retratan parte de mi vida en la vida de los otros, de objetos manoseados por seres amados u odiados, que guardan parte de fragancias olorosas, o sombras desgastadas.
He desencadenado el efecto relé: un impulso desencadena un efecto, y este a su vez varios efectos en cadena. (No quería recordar…; no debería haber recordado. Ahora empiezo a darle vueltas aquí...).

miércoles, 9 de junio de 2010

TABACO


El abuelo se sentaba debajo de la mimosa y no le repugnaba aquel olor dulzón que desprendía; ni el rastro de polen amarillento que le caía por la boina cuando se iba, después de estar allí sentado toda la mañana. Los domingos, muchas veces, me ponía a su lado y percibía su olor a estiércol, y a cuarterón de tabaco. Me gustaba verlo aparecer detrás de las bocanadas de humo, su cara llena de rallones y surcos, su nariz chata de boxeador, y sus grandes manos apoyadas en el bastón. Los domingos le recogía colillas; lo que agarraba después de otear en el atrio de la iglesia, o por la acera del ayuntamiento. Cuando acababan las fiestas de San Timoteo, algunas veces conseguía cigarros enteros, sin prender, o algunos prendidos por la punta, o algunos con labios de mujer marcados y la mitad sin consumir. A mi me gustaba darle aquellos cigarros; y el, algunas veces, me estiraba una perrona grande de su bolsillo del chaleco; pero si no había perrona, sentía su mano gorda, áspera, pasar sobre mi cabeza; y a mi me gustaba, porque yo quería mucho a mi abuelo, y cuando ya no vino a sentarse allí, lo eché mucho de menos.
La mimosa aún está, lo que no está es el banco de madera hecho de roble.
Hacía años que no volvía a oler aquel pegajoso aroma.
Es innecesario decir que las cosas que ves te hacen recordar; y al verlas, después de tantos años, retornan con una ternura y una tristeza como si formaran parte de una dimensión inexistente, que sólo tú conoces y descifras.

martes, 8 de junio de 2010

JUEGO DE NIÑOS


Andábamos a eso de las seis de la tarde jugando por el Sendero de la Vega. Este sendero era muy antiguo, y bajaba paralelo a unos amplios cortafuegos que llegaban hasta Villa Vélez, cortando un tupido bosque de eucaliptos. En el medio estaban aquellas columnas de alta tensión, con las catenarias de cable en amplios arcos que brillaban con el sol. Eliseo y yo siempre jugábamos por aquel sendero bajando el terraplén, arrastrándonos en sacos de plástico en donde había hierba; o en una carreta de ruedas de madera con la parte de atrás frenando por donde el suelo estaba pelado.
Aquel día Eliseo se quedó ensimismado mirando para las barras de acero galvanizadas que se levantaban como monstruos a unos metros de distancia. Luego comenzó a caminar hasta la base de la más cercana; yo quise seguirle pero algo, no sé el qué, me hizo quedar parado, mirándole. No le grité porque no suponía nada (cuando tienes ocho años no hay nada peligroso), eran simples barras de hierro entrelazadas que se debían de gatear muy bien. Cuando llegó a la base de hormigón en donde partía el primer angular de la estructura se quedó parado, pensativo, y a continuación comenzó a subir la columna por el borde con una agilidad asombrosa.
Fue a un poco más de la mitad de su ascensión, cuando salió de unos de los aisladores del cable inferior, aquel fogonazo que me cegó momentáneamente ,dejándome aturdido unos segundos.
Eliseo había desaparecido de mi vista.
Salí corriendo sendero abajo; asombrosamente mantuve el equilibrio sin caerme. Cuando pasé las primeras casas del pueblo iba gritando desesperadamente.

lunes, 7 de junio de 2010

VERTIGO


Esta mañana me levanté y todo me daba vueltas. Mover la cabeza lo más mínimo sobre la almohada era como si todo se me cayese encima; una sensación de nausea completa, y muchas ganas de vomitar. En esos instantes no sabía, no podía determinar las causas de aquel repentino ataque; me imaginé un sin fin de enfermedades, desde las más simples a las más complejas. Creo que estuve en esa postura unas cuatro horas, desde las siete hasta las once, estático, sin moverme lo más mínimo; mirando al techo. Si me movía era todo repetido, parecía que se caían otra vez el techo y los tabiques; ahora que lo estoy escribiendo siento que me vuelve esa sensación. Cuando me levanté, a eso de las once, tuve la impresión de que todos aquellos síntomas me habían desaparecido, aparte de un mal recuerdo, me quedaban escasas secuelas. Bajé al garaje y me metí en el coche para ir al trabajo. Logré salir de la ciudad sin ningún problema, pero cuando atravesaba el puente de San Juan, me vino otra vez aquello, creo que fue acompañado de un desfallecimiento, y no controlé el volante. No sé lo que pasó exactamente; ahora me encuentro en un sitio todo blanco y a mi alrededor veo mujeres efebas, muy hermosas, estoy recostado entre el regazo de una de ellas que acaricia mis cabellos, mientras la otra lo hace en esa "suavidad" que sospecho inequívoca; y otra me da a beber lo que parece y sabe como un caldo de gallina, o de ángel; vete tú a saber.

VETERINARIA


Como en el pueblo no hay Médico me vino a ver la Veterinaria. Era graciosilla. Yo le dije que me tomase como tal; para que no se le hiciese novedad. Me auscultó por todos los sitios posibles de mi cuerpo en donde el corazón tiene posibilidades de sonar debajo de la piel. Vi como ponía cara de preocupada. Luego me cogió por la barbilla y por mi nariz, y me miró dentro de la boca. Cuando se iba me dijo aquello de que llevaba una vida de verdadero perro (valga la redundancia).

AP6



Esta pequeña nota la escribo apresurado sobre el volante de mi coche, mientras espero aparcado en el área de servicio de la AP6, en Villalba. No tengo mucho tiempo para andar con descripciones. Es junio y por ahí arriba está todo azul, no hay ni una nube. Siento el paso de los grandes camiones moviendo el aire; y no percibo muchas más sensaciones de mi entorno; aparte de un intenso olor a neumático y asfalto (brisa inexistente; a veces, alguna sensación de sofoco). Ahora mismo me encuentro plenamente ansioso. Tengo la impresión de que me vienen siguiendo desde Adanero -y esto (creo) no es ninguna manía persecutoria- He mirado una y otra vez por el retrovisor y los he visto; han ido intercalando los coches para no ser detectados: primero un Alfa Romeo, luego un Passat, un Citroen C5, un Mercedes SL 350, un BMW, impecable, de última generación, y de gran cilindrada [etc.]. Ahora mismo reflexiono qué hacer. He parado porque necesito pensar y escribir esto (mi mujer lleva un cuarto de hora en el baño). La nota la dejaré en la guantera. No sé quién quiere acabar conmigo; ni por qué motivo.
Para qué quiero decir más nada; ni como me encuentro; ni lo que llevo vestido; ni si existe algún motivo para estar angustiado; ni si, a ciencia cierta, alguien desea detectar mi presencia por un error manifiesto. Mientras conducía he venido reflexionando sobre todos los actos, y el dolor que he podido causar en otros, y me he dado cuenta de que, sin ningún género de dudas, me debería declarar culpable.
La nota la he dejado metida entre el seguro del coche y la carta de circulación.
Mi mujer acaba de salir del servicio, y se dirige hacía aquí. En estos instantes no sé si ha venido notando mi nerviosismo, o también tiene conciencia de a quién nos enfrentamos. Cuando viajamos no hablamos mucho, es una prolongación de nuestra vida en el salón de casa. De todas formas no quisiera implicarla en nada de esto, quizás debiera arrancar el coche y marcharme, continuar este viaje sin ella.
-Creo que es lo mejor.
-Deberé hacerlo.
La veo ahí con las manos levantadas, luego su dedo en la sien, gesticulando; ahora, a ciencia cierta, ya casi no la distingo en mi retrovisor…; sólo aparece un Audi A8, de color gris que va muy cerca de mí, y la mancha azul del cielo, y unos ojos que me miran fijamente y que ahora mismo no puedo reconocer
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domingo, 6 de junio de 2010

SOMBRA.


Mi sombra iba delante de mí, porque el sol estaba allí arriba, detrás, y caía pesado como un plomo; y también estaba todo parado, nunca se movían las hojas de los árboles, porque el viento no daba por ningún lado. Cuando todo está así iluminado abres los ojos muy poco, molesta la claridad y no prestas mucha atención. Estos senderos para subirlos tienen algo de inhumano, pero si los bajas apresurado puedes despeñarte por las losas de punta que reciben tus pies. Salir a estas horas con el perro es un riesgo, se te puede cocer el cerebro. Del pueblo no se oía nada, alguna voz, quién sabe de que sitio; lo otro eran las chicharras en un coro machacón. El perro se paró allí, en aquel rastro de sumidero seco, otras veces con agua, y se puso aullar, a mover la tierra con las patas, yo me acerqué con cierto cansancio, y vi la mano saliendo, medio deshecha, por entre aquellos plantones de jara. No sé porque rara posición, en ese instante, mi sombra era yo mismo, la pisaba, sobresalía de mí en un contorno extraño, porque el sol debía estar allí arriba, en vertical sobre mi cabeza, tan extrañamente grande; mientras miraba aquel dedo de mujer que me apuntaba, con su anillo de oro, husmeado por el perro.
Ahora me pregunto que impulso extraño me ha traído, otra vez, a este lugar.

sábado, 5 de junio de 2010

PALABRAS


Amaro era de Veigadana, al lado de Porriño. Onofre era de Portezuelo, al lado de Plasencia. Y esto que os cuento fue hace bastantes años, cuando todos andábamos por la cuarentena y trabajábamos en Fertiberia, en una planta de Avilés. Allí los turnos de noche tenían aquel aire turbio de la ría; una zona industrial lo llena todo de humo pegajoso, cuando no corre el aire, lo respiras, te suenas la nariz y allí queda aquel rastro negro de detritus. Amaro y Onofre se llevaban tan mal que cuando se miraban sus ojos se lanzaban rayos y centellas. Amaro era el maquinista de los vagones cargados de sacos de abono, los arrastraba hacía la báscula con su ruidosa máquina Diesel. Los dos se comunicaban por una emisora de radio portátil. La cosa consistía en dejarlos perfectamente situados y alienados sobre una marca de la vía móvil de la báscula. Pues bien, Onofre tenía el puesto de la cabina de pesada, y cuando el vagón estaba perfectamente situado sobre la marca para pesarlo, le decía a Amaro: ¡sooooo!; y cuando le faltaba un poco por llegar, le decía: ¡arreeeee!, o: ¡burroooo, arreee!, o: ¡burrooo, soooo! Aquel día, que el aire estaba tan denso, y que las luces del puerto de Avilés, parecían un árbol de navidad, aunque fuese una noche de julio; Amaro entró en la cabina de Onofre, y sin mediar palabra, y tan desprevenido como estaba, le dio un soberbio puñetazo en la cara. Onofre, quedó allí tendido, medio aturdido, sangrando abundante por la nariz. Minutos después, por la emisora de Amaro se oían aquellas bucólicas y suaves ordenes: ¡un poco p’adelante!, ¡un poco p’atrassss! Las noches, al lado de la ría de Aviles, parecen hermosas, porque las luces se reflejan en la ría, las hay de todos los colores, y porque no se ve el humo de las baterías de cock, subir blancas como tripas hacia el cielo, aunque se pueda coger denso sobre las cabezas. Durante muchas noches, los vagones repletos de sacos de abono, siguieron acercándose a la báscula, y lo que la emisora decía, era un pequeño lamento de odio contenido, no había: ¡burrooo, soooo!, ni: ¡burroooo, arreee!, eran simples: ¡un poco p’adelante!, ¡un poco p’atrassss!.
Las relaciones humanas dependen, casi siempre, de la interpretación que se les de a las palabras.

jueves, 3 de junio de 2010

PROCESIONARIA


Si ves germinar algo, piensas que es un milagro; y todo lo que corre o repta por el suelo puede serlo también.
El jueves pasado baje a los pinares de la Hondonada, había dos años que no pasaba por allí, desde lejos se ve tupido, y según vas bajando la cuesta hacía Zenón, empiezas a oler la resina fresca. Allí hay mucho pino piñonero, negrales y blanquillos, bastantes donceles, y algún que otro pino real. Cuando vas caminando por el suelo pisas la aguja marrón que suena bajo tus pies como si estuvieras cortando pan recién salido del horno. Cuando llegué a la parte frondosa del pinar me quedé extrañado al mirar sus copas, se veían los bolsones con su envoltura blanquecina como de tela de araña completamente compacta, con forma de huevo, colgada de la rama principal o de los salientes más extremos. Cuando me seguí adentrando empecé a comprobar por los recovecos del suelo aquel desfile singular de procesionarias. No podría evaluar la cantidad de metros ni la cantidad de hileras que zigzagueaban sobre el seco mullido, comunicando entre sí todos los tallos de los pinos afectados. Su orden era estricto: las podía observar en una zona limpia de aguja, casi en línea recta, sin la más mínima separación entre la cabeza de una y la cola de la otra; las procesionarias iban reptando a un ritmo lento y metódico; al acercarme a uno de los pinos observé que la comitiva ascendía por el tronco, y se iba desplazando hasta aquel nido, elevado, recubierto de un envoltorio de tupida tela blanca. Todos los pinos habitados por aquel extraño nido tenían la mayor parte de las agujas de un marrón oscuro; (en algunos ya era el color pardo del árbol seco), llegando casi hasta la base del tallo. Sobre la copa del pino, la fina tela que lo cubría estaba deshilachada por el viento, dejando ver su interior vacío, sin vida, sobre una rama abandonada y completamente muerta.
Es paradójico que al mismo tiempo que algo germina, algo tiene que morir en el entorno, y una gran parte de todo lo que corre y repta, para sobrevivir debe parasitar entre la sabia o la sangre
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miércoles, 2 de junio de 2010

PICADURA


El aguijón me había entrado por el deltoides, cruzado el músculo frontal del abdomen, y haciendo una extraña filigrana hacia adentro me había salido por el recto femoral. Lo extraño de todo esto es que el final había quedado fuera del hombro con forma de empuñadura. El caso es que, cuando me ponía un jersey o una camisa, andaba con aquel bulto sobre la parte de atrás del hombro izquierdo, y por el otro lado el principio del aguijón me asomaba en la zona del fémur, un poco más arriba de la rodilla derecha (esta parte siempre me agujereaba los pantalones cuando caminaba, lo que hacía que al dar el paso se me viese el calcetín de este pie). Tengo que decir, que sentía ligeros dolores cuando me doblaba en la oficina, después de estar un tiempo sentado; también me estorbaba para hacer el amor con mi mujer, no porque fuese doloroso, sino por el miedo que ella tenía de la parte del aguijón, perfectamente afilado, que me salía por la pierna; aunque yo no me cansaba de decirle que no era venenoso.
Estuve así durante dos meses. Mi familia cercana, amigos, mis dos hijos, mi esposa, me insistían en la necesidad de quitarme aquel extraño aguijón. Así que acudí a Luis Gonzaga, un traumatólogo de renombre, (aunque los había que decían que aquel caso era claro de medicina interna, incluso otros despistados me recomendaron varios urólogos, una amiga me llegó a decir que era un caso claro de ginecología, en fin…), Gonzaga fue sincero en sus apreciaciones, me dijo que me iba a doler algo al extraerlo, debía de hacerlo sin anestesia, no sé por que extraños razonamientos médicos; esto último me dio algún escalofrío cuando se lo escuche. Me citó un jueves del mes de mayo de hace ahora unos seis meses. Cuando entré en su consulta me extrañó aquel raro artilugio, que más bien parecía de tortura medieval, era un trípode apoyado sobre el parquet, que casi llegaba al techo, del que colgaba al ras una roldana de doble reenvío, por la que pasaba una cuerda de pita blanca; en el centro del trípode había una camilla. Gonzaga me explicó con pocas palabras el método que iba a emplear, no hacía falta explicarlo mucho, físicamente estaba claro. Me tuve que desnudar, me puso sentado sobre la camilla con los pies colgando; Gonzaga retornó la cuerda de pita hacia atrás invirtiendo el giro de la roldana, hizo un nudo franciscano ,( muy bueno por su apriete en retenida al tiro), en la parte del aguijón que asomaba sobre mi hombro, y me preguntó si estaba preparado, le dije, adelante doctor; y empezó a tirar; al principio parecía que me levantaba a mi y al aguijón a la vez, por lo que pegó varios tirones fuertes, y sentí como se empezaba a deslizar por el interior de mi cuerpo, viendo al mismo tiempo como la roldana giraba, y la cuerda de pita se arrastraba llevando consigo al aguijón, hasta que estuvo completamente fuera. Cuando salió la punta afilada del principio, me dio un ligero respigo de dolor, pero tengo que decir, que para ser sin anestesia, el doctor Gonzaga era un mago de la traumatología: sólo unas gotas de sangre salieron de las dos heridas.
Si habéis llegado leyendo hasta aquí, es que tenéis un aguante increíble, o que os gusta cualquier cosa mal escrita. Si habéis llegado hasta aquí, os preguntareis que "ser" fue el que me picó con aquel metro doscientos ochenta de aguijón, eso os lo contaré más adelante. Mientras tanto ir leyendo esto:
Quien las espinas no siente, de aguijones no se cura.” (Refranero español).

(En los días duros de esta perra vida, es conveniente tocarse el deltoide, por si llevamos a casa, aparte de soledad, un aguijón gigante)

martes, 1 de junio de 2010

SACRIFICIO


He tenido suerte, en la trampa de la terraza ha caído una paloma con los ojos amarillos; es hermosa: tiene plumas marrones en el cuello, y las timoneras son de azulado oscuro, con el dorso blanco, y en los tarsos plumas doradas que le tapan los dedos. Hoy estamos a veinticinco y es viernes, la luna llena entra el veintiséis y parece que estará despejado.
También he sacado el tarugo de roble, la palancana, y el cuchillo de chef, y la túnica blanca. La ceremonia la empezaré a las doce de la noche y si no hay novedad, para la una me fumaré los cornezuelos de centeno.
Viendo la paloma tan inquieta dentro de la trampa, zureando, como si presintiese su muerte, me da algo de pena tener que cortarle el cuello.