miércoles, 29 de febrero de 2012

OLOR.


Siempre queda un rastro indescriptible, con todas sus vueltas.
Sigues el olor, aprecias su significado, y te obsesionas.

Mi padre siempre follaba a mi madre sin calentarla primero, y ella vivía resignada. A pesar de todo salimos ocho hermanos, tres varones y cinco hembras. Mis dos últimas hermanas decían que no eran del mismo padre, pero nos quisimos igual. Mi padre cuando murió quedó muy natural. Le cruzaron las manos pero no le pusimos escapulario. Siempre nos decía que si lo quemábamos se nos aparecería. Lo quemamos y que yo sepa nunca se nos apareció del todo, que yo sepa aún del todo aparecido, a lo natural. Para aquella ya habíamos venido para Oviedo en el coche de línea, y a la gente que se moría ya se la podía quemar si estaban bien muertos. No sé si mi madre volvió a follar con otro, lo desconozco, no era de mucha mano. Estuvo de negro un año y medio, antes también había estado de negro, de negro o con ropa muy oscura, asombrada. Mi madre siempre me olía a alcanfor y a estiércol cuando pasaba caminando. El negro guarda el olor de las cosas y de las personas durante años, va una capa sobre otra capa, cada capa es un olor, todos están ahí, unas veces un olor, otras veces otro.
 
De Remigio rompió aguas en el prado de Eilao, al lado de un caroco de castaño. Por el rió Navia pasaba una gabarra remada por dos, cargada de corchos de alcornoque, y tallos de roble albardo. Les gritó desesperada, las voces iban al otro lado del río, y volvían; luego iban al otro lado otra vez y volvían hasta el silencio.
Mi hermana Piluca y mi hermana Claudia, las últimas, son rubias y se ponían la permanente. Piluca se casó con un capataz de la forestal, vive en Santander; y Claudia con un conductor de autobuses de Oviedo. En el pueblo se quedó, al principio, Remigio. Llegó a tener catorce vacas cabañesas y doce caballos de los chicos, de suelta, en las praderas de la Silva. Ahora trabaja de peón caminero en el ayuntamiento de Muñalen. Carmen la más gordita se casó en Zamora con un hojalatero. Anita la más risueña estuvo sirviendo en casa de unos abogados en León y luego se casó con uno de ellos por penalti; ahora ya no se ríe. Martita está separada, se casó con un marinero de Valdoviño fue muchos años pantalonera, ahora trabaja en una conservera del Ferrol. Vanesa, la más guapa de todas, está de puta en Madrid. Yo me casé en Gijón con Muriel, una mulata cubana, y creo que me pone los cuernos.
Vi a Muriel muy excitada. Excitada es poco, súper excitada; digo súperexcitada, lo más, nunca la había visto así. Me la había dejado así el garañoncito, que nunca acaba las cosas porque se va antes de tiempo, no que se marcha, que se va. Muriel me olía al Barón Dandy del de Muñalén, siempre le sobresale ese olor cuando espurre los ases de copas en el bar la Cabaña, a lo nudillos talentudos. Muriel cuando anda así desvaría, anda deshaciendo cosas para volver hacerlas, y me pone nervioso de tanta agitación. Me puso en la mesa el caldo de pita y el entrecot, cada vez que llegaba estaba aquel olor a colonia de lujo, se me acercaba y me lo daba su cara, debajo de su pelo. A la Muriel la entiendo cuando está inacabada, se le pone la cara de calentura, azorada de color carmesí sobre la piel oscura, suda, y todo lo toca aprisa como si no supiera lo que toca. Le dije cuando me puso las peras de agua: hoy Remigio no estuvo en la partida y nunca falta. No sabía si decírselo ahora y perderme la calentura, o romperle la cara después, o romperle la cara durante. El caso es que decidí follarla como andaba, no le metí ni mano, para qué, le desprendí de las bragas y la apreté contra los visillos de la ventana por atrás, y le aguanté, y le hice echar la grasita a la hija de la gran puta. No le dije nada, ni siquiera le di una hostia. El de Muñalén es mi hermano, más guapo que yo, pero es de un ábrete que me voy, muy breve. La Muriel es mucha mulata para un garañoncito de mierda.

Sí. Mi madre guardaba el olor de todos los hermanos en sus vestidos negros. Quedaron allí en sus vestidos negros cuando lo de mi padre. El polvo de mi padre quedó volando por los aerogeneradores de los montes de la Bobia y en los vestidos de mi madre.

Mi padre olía a polvo de huesos y a pana. Ahora yo huelo el aire y no huelo nada. Muriel algunas veces tiene restos de hierba en la comisura de los labios y huele a betún y a cabrón. Piluca tiene agujas de pino donde acaba su pelo sobre su frente. Claudia me huele a sudor de camisa con corbata negra. Carmen me huele a estaño pegado y a calle mojada de agua, a bronce, a oxido de fragua. Anita tiene la cara pálida y me huele a tabaco y a pan de escanda y a folios de papel, a tinta, a miedo, a uvas machacadas de Valdevimbre. Martita me huele a anchoas, aceite vegetal, a caballa. Vanesa me huele mucho a soledad y a ambientador de lavanda, a barra de labios, a sudor frió; a las cuatro de la mañana me huele a sobaco y me pongo triste. Yo huelo a vino tinto de Cariñena, a cebollas, a ajo, y desde hace un momento al Barón Dandy de mi hermano el Remigio.
Si me cago en la puta que parió a Remigio me cago en mi madre; entonces no me cago.

Creo que mi padre intentó aparecérseme ayer.
Lúgubremente. Era una sombra sobre un pedestal, a lo santo. Nunca supuse que el polvo pudiera juntarse otra vez para hacer una imagen deforme dentro de una rendija de penumbra.
Tengo que cogerme a Muriel para no tener miedo; pero me empieza a dar asco, me huele a mi hermano.





EL RECUERDO.



Si te queda el recuerdo,
aún cuando te mueres, te estás  gestando.
Y creces mientras respiras.
De todos los abrazos hay uno que te impresiona,
la previa contemplación
nada que se parezca a lo brusco
a los incomprensibles olvidos.
La mano que sobre tu espalda se arrastra,
como limpiando las cosas.
Hubo una reflexión antes de abrazarme a ti,
estuvo lo tenue, el silencio en su apogeo
y un instinto
sin preocuparme por el previo concepto de las partes.
Sólo un instante,  el olor de tu cuello,
una sombra verde sobre tus ojos
el efluvio infinitesimal de una rosa, mi cabeza sobre tu hombro
la primera vez de estar abrazados.
Y al separarte  aquella sonrisa,
en forma de posesivo contagio.
De todos los abrazos siempre hay uno
excesivo en sus efectos,
absoluto,
en su  previa contemplación,
sin fecha para el olvido
indemne para el recuerdo.

lunes, 27 de febrero de 2012

HOSPITAL.


Si te abrazo muy fuerte,
siento como si me quedase más pequeño.
Si te miro a los ojos, es como si viajara contigo
a los paisajes que sueñas,
a las largas noches en que despiertas llena de sufrimiento.
Si estoy contigo en silencio,
salgo de ti,
y me yergo.
Y te veo ahí abajo,
sentada en la cama, intentando desaparecer de entre los vivos.
Si te siento rozándome, es como si tu piel me cubriera,
como si despacio,
reptáramos por el suelo en busca de la brisa.
Y desapareciera el cansancio y la angustia de la vida.
Si te abrazo muy fuerte pienso que me quedo contigo para siempre.

domingo, 26 de febrero de 2012

ESTE LADO TAN ANGUSTIOSO.



El  cristal de un escaparate devuelve mis facciones amargas y desencajadas.
Son de esta vida a la que pertenezco.

Deponiendo, de esa forma en que se depone. No hay otra forma posible. Yo deponía orgulloso desde hacía media hora por lo ceremonioso del acto en si. Y desde fuera agitaban la puerta con un puño, con un pie también, a patadas de punta de pie y con el plano de la suela del zapato, luego se iban y llegaba otro. Tengo que decir que por la forma de llamar fueron varios. Acabé de deponer a las nueve y media de la noche. Puede que estuviese mucho más de media hora deponiendo. No lo sé a ciencia cierta. Muchas veces para deponer tengo que hacer esfuerzos sobrehumanos, y masajearme e introducirme el índice por los músculos retractores, y aún así, pienso que mi esfínter interno y la parte inmediata de mi intestino grueso es un chorizo de piedra de lo duro que parece. Al abrir la puerta fue una circunstancia extraña, olía a desinfectante y sólo estábamos yo y la señora de la limpieza. La señora de la limpieza no sabía si yo existía cuando abrí la puerta del vater. Se extrañó al verme, incluso se asustó, presuntamente asustada -Quizás hubiese oído los esfuerzos de mi sufrido parto. No se lo pregunté. Siempre tendré esa duda-. 
  
Pude haberme destruido antes de ahora. Realmente cada día me destruyo un poco, ir destruyéndose un poco continuamente, como aquí ahora, en una estación de tren, no sabiendo a dónde ir, antes de ahora tampoco lo sabía, me era indiferente. Antes me pasaba que en las estaciones veía a gente parada de esta forma y me daba la risa al mirarlos mientras ellos miraban hacía los lados, gente indecisa, o tal vez los seguían los hombres de negro, o no sabían dónde estaban; o estaban pensando qué hacer en aquel instante. Antes, muchas veces, cuando estaba sentado en un banco de una estación y yo sabía ciertamente a donde iba, me fijaba para la gente que no sabía a donde ir, o quizás pensaban en aquel preciso instante si tenían que ir a otro lugar diferente por algún motivo diferente.
-A esto lo llamo reflexiones cíclicas.
Antes de antes de antes. Eso es lo que ha sucedido ya antes de ahora, valga la redundancia. (Medirlo todo en proporciones -de antes- es muy cómodo. Qué dimensiones tiene un antes).
-Un antes no sé cuánto es, qué valor tiene. Aunque ciertamente es algo mensurable según las circunstancias.
Antes de llegar aquí recuerdo que vivía en una casa con jardín de arbustos silvestres, no un jardín a la sazón, todo era un jardín crecido en la anarquía. Tenía dos árboles a cada lado, no sé de que clase, hojas perennes, creo, y cuatro higueras. De frente dos ventanas, una puerta con alero. Estaba cubierta de pizarras redondas a dos aguas, una chimenea cercana a la cornisa, y humo azulado dando vueltas hacía arriba, una cerca de ladrillo visto de color marrón, una puertecilla semiabierta, y un pequeño sendero que se ondulaba hasta la entrada hecha de maderas acabadas en unas crestas afiladas. Dijeras. Pensaras. Una casa así la hubiera dibujado un niño en primaria, pintada de blanco. Esa era mi casa mucho antes de ahora mismo. Para llegar caminabas por una pradera verde en donde pastaban vacas pintas, unas acostadas, otras con el rabo levantado, cuando antes del medio día había estado haciendo sol, o si antes de medio día el cielo había estado azul, con sol en medio del azul, allí arriba, y habían llegado las moscas, todo lleno de moscas de diversas clases, moscas que picaban, en general, tábanos furibundos chupa sangres.
El señor de la cafetería tiene tres bigotes: las dos cejas y uno grande encima del labio superior picudo en forma de u mayúscula, yo entro en la cafetería y sólo me fijo en sus tres matas de pelo. Me dice: a deponer al vater de la estación, y yo le dije, ya, ya depuse allí, y le continuo, oiga, el Express de Media Noche cuando llega, y me mira extrañado, sin saber si contestarme con una pregunta, ¿a media noche llega el Express de Media Noche? Ya pasaban diez minutos de la media noche. Había pasado todo lo de antes y quedaba todo lo de ahora. Yo sabía que la humedad que tenía Tres Bigotes en la mano era de sacudirse mal la polla, muy mal. Ahora con aquella mano tan húmeda cambiaba los pinchos de bonito con tomate, bonito con mayonesa, indistinto, de sitio, desde otro sitio, de un plato a otro. Y le dije, oiga usted, mire usted, usted tiene el certificado de manipulador de alimentos, acaso, le dije ¡acaso! con suma rotundidad, mira, eso me dijo, mira cacho cabrón, eso me dijo, mira cacho cabrón, eso me dijo, mira cacho cabrón hijodelagranputa, eso me dijo, si salgo de la barra te parto la cara de asqueroso que tienes, al final me lo dijo, lo sabía, lo sabía, no esperaba menos de aquel cerdo, más que cerdo aún.

Ahora ya sabía que el Express de Media Noche no llegaba a las doce de la noche, lógicamente, porque eran las doce y veinte y aún no había llegado, lógicamente. Yo daba vueltas de aquí para allá con mi atadillo a cuestas. Era desde aquí hasta allí y media vuelta. En andar los dos trayectos unos dos minutos, un minuto en cada sentido, aproximadamente, y vuelta a empezar por la mismas marcas del suelo, sin perderme. 

La estación cada vez se estaba quedando más desierta, en el sentido de solitaria, apenas unos hombres y unas mujeres vestidos de cualquier forma, abrigados de la brisa fresca que ya soplaba a lo largo del andén abierto en el sentido de las vías. Las vías a todo lo largo perceptibles por el reflejo de su parte desgastada hasta perderse en la oscuridad, entre las lucecillas rojas de de señales y las luminarias fluorescentes de la estación.

La estación ponía: Un Lugar a Este Lado. Así se llamaba. Yo no sabía el por qué de ese nombre, si es que había otro lado más allá de las vías, partido de este lugar por las vías del tren, otro sitio que si todo fuese correcto debería llamarse: Un Lugar del Otro Lado, aunque si lo piensas, si estuvies. Otro Lado a este sitio donde estoy ahora no le llamarían Este Lado, le llamarían Otro Lado, no sé si lo dije bien, a veces me pierdo elucubrando. Yo estaba reflexionando así, cuando una señora mayor encorvada hacía su parte derecha y hacía delante al mismo tiempo, se me acercó y me preguntó: Señor, para ir al Otro Lado por dónde tengo que tirar, y yo me puse a reflexionar, pensando, menos mal que me había anticipado, y se lo digo, mire señora, usted tiene que cruzar las vías, en total cuatro vías, pero mire hacía los lados, ya está a punto de llegar el Express de Media Noche. La vi alejarse despacio, desde mi posición pronto fue una sombra, y así de lejos, para mí, la viejecita ya había dejado de existir, o nunca había existido.

-Dejas de existir cuando los demás dejan de pensar en ti.

Antes, cuatro antes hacía atrás yo le dije lo clásico que se dicen las parejas cuando el aburrimiento las consume, si es que nunca me has querido. Yo fui rotundo en la argumentación, es lo mismo que si le dices que la has querido siempre pero al contrario, la intención es la misma, entablar conversación. Aquella casa llevaba meses que se me había caído encima, derrumbado en el sentido metafórico. Hacíamos vidas en alcobas diferentes, aunque cuando ella dormía yo me acercaba a la alcoba de abajo, y entreabría ligeramente la puerta y me masturbaba mirándola, tardaba lo mío, algunas veces el semen goteaba por la puerta y me descalzaba un calcetín para limpiarlo por higiene, más bien para que no lo lamieran los niños. El deterioro de pareja empezó seis antes de los cuatro antes, diez antes en total. A ella le dio por comprarse un arpa y aprender solfeo. La primera discusión surgió por los cacharros sobre el fregadero de la cocina, de tres días sin limpiar, con unos olores insoportables, ella estaba todo el día siseando melodías del género de las baladas, arrimando su hombro a la curva de su arpita.

-Ya estaba merto. 

Cogí un cuchillo jamonero y le corté las cuerdas de su arpa, y el arpa entonó aquella musiquita con todas las notas en descendente por su caja de resonancia como si yo supiese música pero no la sabía. Mutilar un arpa es la cosa más fácil si tienes un cuchillo jamonero.

Era un presentimiento antes de ahora. Los sucesos se sucedieron de forma vertiginosa. Perdí mi cubil provisional en el desván de la casa. Meaba por una claraboya giratoria. Defecaba largas horas debajo de la higuera anexa a la portilla de entrada, me limpiaba con sus hojas ásperas. Bajaba a comer cuando no había ruido en las plantas inferiores.

Todo esto fue así hasta antes de aquel jueves en que vi asomar aquella gorra de plato por la trampilla del desván, y luego otra gorra de plato por la trampilla del desván, y me sacaron como un saco de patatas arrastrándome según estaba vestido hasta la portilla de entrada, permaneciendo allí la autoridad hasta que decidí marcharme en zapatillas, y la casa se fue haciendo cada vez más pequeña en la lejanía como si la hubiera pintado un niño con su humo azulado dando vueltas y vueltas hacía el cielo.

Llegué a Este Lado y deambule desde las tres de la tarde. Medité siempre sentado. Cuando caminaba me orientaba siempre volviendo al mismo sitio. Luego otra vez sentado para meditar de qué forma salir de aquí. Llevaba más de un mes llegando al mismo sitio, y aunque preguntaba nadie con certeza me sabía decir cómo salir de Este Lado. Todos coincidían que era muy difícil salir de Este Lado, la única forma, la única posibilidad era venir a la estación y esperar al Express de Media Noche.
Reflexiones que me hice mientras deponía apuntadas sobre mi cuadernillo de parvulito:
-¿Había escuchado algo amable?
-¿Alguien últimamente había dicho mi nombre y yo había dado la vuelta, o un simple: pisss pisss pisss y había dado la vuelta, y aún eso no era para mí. Tanta soledad, ni eso para mí, tanta soledad, ni eso para mí.
-Había sentido un mínimo roce en mi piel que fuese una caricia. Desde cuándo.
-Incluso antes de antes, los roces en mi piel que consideraba caricias eran en si gestos violentos, de esa forma en que crees que son caricias sin serlo (la tortura empieza por una caricia, quizás).
-¿En esta estación que nunca supuse que existiera se va acabar mi vida?
-Es digno para un ser humano de cualquier tipo de inteligencia, con cualquier tipo de locura, quedarse abandonado (y así tan diminuto), que nadie eche de menos tú ausencia.
-¿Había, tal vez, escuchado algo amable?

Y por fin cuando ya no era antes, era ahora, vi en la lejanía aquella luciérnaga diminuta, titilante, y unos leves chasquidos metálicos a lontananza. Cuando esto sucedió el reloj de la estación marcaba la una menos diez, y me dije, con suerte este es el Express de Media Noche de la una menos diez (qué paradojas del tiempo, pensé para mí), pude haber acompañado a esta reflexión una ligera mueca de sonrisa, nunca lo sabré de que forma mis labios lo dieron a entender, nunca me supuse con una sonrisa. 

Bajé a las vías, y para cerciorarme aunque lo sabía me tiré a lo largo de las traviesas poniendo mi oído sobre la vía derecha en el sentido de llegada, era lo mismo, lo mismo daba creo, y comprobé que aquella perceptible vibración que el tren, inexorablemente, se acercaba desde antes hasta después. Me puse de pie sin prisas, me arreglé ligeramente mis harapos y comencé a caminar por el medio de la vía hacía el Express de Media Noche, estaba completamente seguro que por fin iba a salir para siempre de Este Lado tan angustioso.

ESI CAMÍN.



Pel antroxu , tovía fai bastante friu.
El llobu, la lloba tan nel cubil.
Les formigas tan el sou furaco.
Les madreñes tán baxo l’escañu, dinero baxu una llábana.
A fronda triando n aterra.
Y el cascayu,
onde toos s’enllacen.
Que se vayan os morcegos, que se vayan.
Dentes d’alacrán, que se vayan.
Está el mar eternu.
Que fais que nun llames.
Na casa das veyas paredes el llume xa nun prende.
Sacando arrentes os últimos recordos.
Pel antroxu,
as mías  palabras,
son como el caldeiro que reverque.
Os silencios que acouguen,
ou qu’afoguen,
¡qué friu fai!
Mira esi camín.
 as mias palabras,
ou qu’afoguen.

sábado, 25 de febrero de 2012

ESCARCHA.



No sé si me he visto a mí mismo aún del todo. En qué parte de mí se posaron otras manos y otros brazos.
Ni cuántas veces he apretado para amar de forma absoluta.

No sé como nací, ni en qué momento extraño me deslicé por la suavidad de la vagina, para salir con la cabeza hacia arriba o hacia abajo. Pero he nacido. Es irremediable. Y ahora sé que tengo que morirme. Pudo haber sido un miércoles de Marzo cuando olía a pan de mezcla de trigo y centeno, y en el corral las mansas vacas esperaban para despertar, y en el tejo de la puerta el búho daba su último plazo a la noche, y las pisadas de los lobos se alejaban del corral después de husmear el infranqueable portón de roble. Pero no sé que ásperas manos me acogieron, y que otras manos me desligaron del tubo que me alimentaba, para dejarme sólo con mi boca, y ser ya un bocado en busca de alimento. Tampoco sé que agua tibia me quitó los limos rojos en los que flotaba. Pero me dijeron que fuera había escarcha blanca sobre los bordes del camino, y sobre las ramas del tejo. Y que mi madre me recibió sobre sus brazos dispuestos a levantarse porque el trabajo le esperaba. De todas formas, este recuerdo estará en mí, en cualquier lado de mí, pero no sé en qué parte. Y yo soy un resto de la historia anónima de todo aquello, de cuando el camino estaba frío, y el pan estaba grande y dorado, y era una mañana de mi mes de Marzo. Y ahora ya soy residuo, y mis lentos movimientos hacen que la geometría me doble hacia delante, sin quehaceres, sentado en este banco, altas las nubes, esperando pausado que mi historia se acabe, sin que nadie se entere, y en silencio. La vida es así. Sé que no me veré muerto.
(Para el ángel del mal. Que odia la vida y ama a la muerte).

ESPEJO.



De niño me daba miedo ir asomándome.
Era perpetua mi forma. Luego fue el tiempo, inexorable.
La reflexión especular y difusa de mi imagen, hasta el olvido de mi cara.
En el final, inerte, cuando ya me iba.

El día de San Eulogio de hace seis años me levanté con la boca torcida, y aún sigo así, con la boca torcida hacía la derecha según me miras de frente.
Son cosas que pasan, pero en cierto modo me ha cambiado la vida.
Hablar con una boca torcida es como decir las cosas a medias, y cuando mastico, Dorinda tiene la impresión de que no sé donde tengo los labios, me lo dice también cuando le bajo a la vasijita, no es lo mismo que antes, que no le llego bien por donde a ella le gusta, que si a la derecha, que si a la izquierda, que si dale hacía arriba, que déjala ahí y dale con la puntita pero no te pares. Me dirige, antes no hacía falta.

El día que me miré al espejo había dos como yo, el de antes y el de la boca hacía arriba, le digo, oyes, Dorita, ven y dime una cosa, qué me ves raro, y ella que me dice, no me hagas muecas a estas horas, luego el niño, el niño que se dio cuenta a la primera, papá no me hagas reír, y háblame normal.

De repente le dices a tus labios, no os  pongáis así , pero tus labios no te obedecen.
El paralís fue en la boca, lo otro lo sentía normal, los ojos no se te tuercen, en el brazo quizás un cosquilleo. Empezaron aquellos días en que me sentí diferente para los allegados, a los que no conocía no les importaba, pero la vida me cambió paulatinamente, en el Banco me sacaron de ventanilla, les daba la impresión de que me reía a lo rijoso, y los había tontorrones que se creían en un principio que yo era una imagen corporativa.
-El banco que se ríe a lo falso.

Dorinda me ve comer a la cena y algunas veces presiento simpatía en el sentido de divertirse.
Besar ya no me gusta.
He de decir que mi disposición de labios deja zonas de sombra en los labios carnosos de mi mujer, tan blandos, y cuando le saco la lengua para darle vueltas tengo la sensación de que beso a una desconocida.
Por San Eulogio fue. Éramos dos en el espejo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Y UNA EXTRAÑA LUZ.



Hay gente que se muere y deja su coche,
y cuando lo abres huele al que se ha muerto,
sigue allí.
O dejan un vaso medio lleno de vino, y no lo vacías de inmediato.
Y olor a tabaco.
Hay gente que se muere cuando van desde la habitación al pasillo,
y no dicen adiós.
Los hay que dejan una mujer apasionada, sin apenas besos sentidos.
Los que son míseros y se mueren,
insignificantes,
una manta, un cartón, una botella vacía, una caja de hojalata,
un carrito de la compra, abandonados.
Esta mañana te encontrabas en el umbral, y ya sabes que estabas muerto.
Y dejas tu mano posada, invisible, donde intentaste cogerte.
Hay gente que se muere y dejan un niño con los ojos abiertos,
dos hermanos, una hermana, un colchón usado,
y cartas que llegarán después, y ropa doblada, y un libro marcado,
y una silla.
Hay gente sorprendida de estar muerta, que dejan el último cielo estrellado,
antes del último segundo.
Los hay que se quedan en tu mano un instante y te dejan su calor.
La gente se muere y se queda un dibujo, una cara pintada, si es un niño.
Si es un viejo el olor de viejo, un temblor, un pañuelo, un bastón.
Si te han asesinado dejas olor a miedo, y la sangre, la proeza, o la cobardía.
Los hay que se mueren con pena y queda el desazón,
y unas flores desteñidas, un reloj parado, un trocito de jabón,
unas zapatillas gastadas.
Hay gentes que se mueren de repente y te dejan su casa,
con una luz encendida,
restos de comida, plantas que regar, las ventanas abiertas,
un hornillo puesto al rojo, agua evaporada.
Los hay que te hablaron con los ojos y te dejaron la duda,
olor a medicamentos, un vaso de agua,
una joya escondida, dinero arrugado, una deuda.
Si es un niño, un tiovivo sobre la cuna, y ese olor de los niños en la casa.
Hay gentes que se mueren y queda su frente pegada a una ventana,
sus manos posadas en una mesa de mármol, ropa sucia, ropa limpia,
un jersey de cuello alto, unos pantalones cortos.
La pared sobada, un cojín.
La puerta entreabierta.
La puerta cerrada.
Una llave, un perro, un gato.
Una promesa por cumplir.
Una deuda por cobrar.
Un último beso, si aún mueve los labios en un intento imposible.
Hay gentes que se mueren y te dejan un vaso de leche,
un trozo de queso, cebollas, tomates hundidos,
trozos de pan viejo, olor a perfume, su olor en el baño.
Lapiceros de colores, una casita pintada con humo hacía el cielo,
si era un niño en forma de ángel.
Hay gente que se muere y te dejan incrédulo.
Recuerdos de manos que abrazaron, sisesos de cuna,
sábanas blancas, una mesa abierta, sin madre,
sin padre, olor a sudor, ausencia.
Comida en un plato.
Angustia.
Revelaciones insospechadas.
Sabor a sal.
Hay gentes que se mueren y se llevan tu alma.
Y tú quieres irte también, sin dejarte nada.
Y olor a manzanas.
Y una muñeca gastada.
Y una extraña luz.

miércoles, 22 de febrero de 2012

LAS COSAS.



Sek:-He de decirte, que como amante eres como una lija del catorce. Tus manos son como alicates, y me haces desfallecer. Tampoco haces bien las pajas. Lo único que me gusta es comer tu coño, lo húmedo que se pone, y lo salado que está. No me pellizques más las tetillas cuando me ponga duro, o te daré una hostia. No sé si lo entiendes.

Del techo prende una lámpara diminuta, y sobre la mesita una especie de quinqué hace acrecentarse una sombra grotesca. La cabecera de la cama da a un fondo verde. Hay dos mesitas de color blanco y una cama de escasa altura tapada por un edredón decorado con redondelitos azules. A las tres de la mañana no es una hora usual de que él permanezca ahí, acostado, con el pretexto de quedarse leyendo la prensa en su portátil. Su postura habitual es recostarse sobre un mullido cojín contra la cabecera. Cuando ella se acercó soñolienta al despertar y sentir su falta al otro lado no quedaba mucho para llegar a las tres. Lo vio en aquella postura, las manos ingrávidas reposando sobre el teclado, los ojos cerrados como dormido con la cabeza ligeramente  reclinada hacía el lado derecho. De la comisura de sus labios entreabiertos se desprendía una leve humedad viscosa. Y al tocarle el hombro su cabeza por una débil estabilidad se reclinó al sitio contrario. Sus ojos permanecían casi cerrados. A ella le recorrió un escalofrío que la hizo despertarse del todo. Era un extraño presentimiento. Su tez estaba apagada como si llevara el color de la muerte. Hubo una rotunda casualidad al desprenderse su mano deslizándose  del teclado. La pantalla del ordenador se abrió lentamente a un azul oscuro, apareciendo aquel sorprendente diálogo:
Mara: - Dime, cielo.
Sek :   -  La próxima vez me la chupas un poco, ¿vale?. No te daré asco, no.
Mara: -  ¿Estás, ahi?
Mara: -  ¿Estás, ahi?
Mara: -  ¿Estás, ahi?
Mara: -  ¿Estás, ahi?
Mara: -  ¿Estás, ahi? Abre el teléfono para llamarte, no me dejes así.
Mara -  …

Ella se sentó en el borde de la cama unos instantes. Reposó su cabeza sobre las palmas abiertas de sus manos. Luego se levanto, y caminó despacio hasta la otra habitación metiéndose de nuevo medio tapada por las sábanas.
Hacía mucho frío.
A sus ojos llegaba una suave penumbra.

Y despertar para no crecer, sin ansias, sin silencios perpetuos, sin rastros por donde todo se traslada.
Sin consecuencias, sin sobresaltos.
Hay cosas inertes que no puedes ver, y deseos que no consideras.
Es mentira que todo esté quieto.
Sek :- Quédate conmigo para siempre sin aburrirte al doblar las cosas.







PUPILAS.



Los fusilados ven caer la tierra sobre sus pupilas.
Hemos observado que aún vives.
Que detrás de tus ojos hay rastros de amor.
Cógeme la mano un instante antes de que me veas inmóvil.
Acabo de acordarme para siempre de ti.
 
En mil ochocientos noventa, la duda de los doctores era comprobar personalmente lo que hubiera de cierto en la resistencia y sensibilidad de la conciencia de las cabezas de los guillotinados. El doctor Norman y su ayudante Parker tenían dudas razonables de cuánto duraba aquella capacidad de percepción en las cabezas truncadas. Fue en la ejecución colectiva de mil ochocientos noventa y dos, en la que consiguieron autorización para examinar las cabezas de los veinte guillotinados aquella mañana de julio, calurosa, con un extraño sopor circulado por cientos de moscas. Se colocaron debajo del cadalso y las cabezas les eran pasadas a medida que iban cayendo. Allí debajo de la trampilla, por entre las claridades que dejaban las tablas de madera, observaban aquel espectáculo dantesco lleno de horror y sufrimiento. Así preparado, las cabezas caían en sus manos todavía calientes, todas con abundantes rastros de sangre sobre la cara y la barbilla. Las ogían por el pelo, las levantaban apresuradamente para mirarles los ojos, comprobando horrorizados, como todavía se le movían sus pupilas.

martes, 21 de febrero de 2012

VUELTAS.




Habían dicho una vez cuanto silencio tiene que haber para que sea demasiado,
cuanta inmensidad para tener miedo,
cuanto amor para ser querido,
cuanta ira para ser odiado,
cuanta tristeza para querer morirse.
Apenas saliendo de la infancia una vez.
Apenas la adolescencia encontrada.
Apenas la mitad de la vida.
Apenas el final de los años.
Y siempre, siempre, cuanto silencio para ser demasiado.
Estabas tú en el rincón de la sombra y la luz, dispuesta para  estar sóla.
Toda la carga de vivir, la carga de estar viviendo.
Siguiendo ahí,
circunstancialmente indiferente ,siguiendo ahí,
abiertas las hojas de la ventana.
Entre tanta ausencia, tanto silencio - mi amor-,
que parece demasiado.

domingo, 19 de febrero de 2012

NIDOS.


En los nidos hay bocas esperando.
De vez en cuando volando llega una lombriz y los días son una aventura.

Escucho los ruidos cercanos. Si transitas imagínate que detrás de cada cuatro paredes puede haber: amor, odio, sufrimiento, que puede estar surgiendo la vida o la muerte.

Es indistinta la fraternidad de las ánimas de los vivos. Son nidos,

y siempre habrá bocas abiertas.
 
Panchito tenía un terrorífico guerrero de plástico embutido con una coraza de acero inoxidable de alta resistencia, las piernas eran dos orugas gigantescas y devastadoras en forma de triángulos equiláteros, los brazos estaban dotados de unas sierras cilíndricas de cuchillas de titanio bañadas en níquel y cromo, sobre su cabeza llevaba un casco a lo águila imperial, y tapando sus ojos unas protecciones reflectantes de color dorado. Panchito trajinaba con el guerrero universal por el suelo gris, entre granitos de azúcar, alguna hormiguita despreocupada, rumbaba, atronaban sus labios, poniendo en marcha las cuchillas infernales, matando ficticios enemigos, haciendo todo el bien posible a la humanidad.

La lucha era desigual.

La humanidad se desmoronaba por los bárbaros enemigos desperdigados entre las rayitas que separaban las baldosas de la cocina. Los enemigos de la humanidad se meten en las casas al anochecer, y sólo pueden ser vencidos por niños valientes y atrevidos.

El suelo de la cocina un baño de sangre.

Yo arreglaba un tendal de alambre, tipo avión, con las cablecitos blancos que lo giraban oxidados, media hilera de sábanas desprendidas sobre el patio de luces, que habían quedado colgadas por las pinzas, a punto de caerse al vacío, en una situación inestable. Y veía y oía la inmensidad del averno allí abajo, cuatro fachadas de ventanas iguales y simétricas, al atardecer, con sus luces, tenues resplandores de televisión, los olores a comida, las voces que salín riñendo de no sé dónde.

Maruca hacía una tortilla de patata de cinco huevos, la doraba vuelta y vuelta a eso de las nueve de la noche, abierto el cielo por arriba con claridad de día fugado, casi acabado. Una tortilla redondita, inmaculada, equidistante, perfecta, de tres dedos de espesor.

Cuando me di la vuelta Panchito estaba debajo de la mesa de la cocina, y el culo de la Maruca moviéndose mientras lavaba la sartén sobre agua fría, saliendo vapores de restos de calor. Me olía a patata frita y aceite de girasol. Entre la mesa de la cocina y el culo de Maruca habría medio metro, entre el culo de Maruca y el fregadero un cuarto de metro. Pase de lado, de lado a lado, y la noté. Son esas cosas repentinas. Le palpé el culo manoseándolo porque era mío, con mis manos que eran mías, amplio culo blando, circular, hermoso, todo un culo de cuarentona, a lo bruto. Maruca gruño como si el niño le estorbase, pero así arrimados no se notaba mucho. Fue un ser y no ser, subirle el vestido – siempre hay un hueco abierto entre las bragas amplias-, abrirme la bragueta, y así como no quiere la cosa se la colé despacio por un hueco, entre un hueco a través de un hueco, permanecimos unidos sin movernos, uno más uno los dos uno, todo lo tapados posible, muy arrimados, muy juntos. En previsión al arrimo repentino ella se sujetó como pudo, los dos de pie sin mucho miramiento. Cuando notó que algo estaba allí tan suave dio el saltito del susto, pero no se santiguó. Después de hacer una tortilla de patata las cosas del amor no son pecados.
No le hablé nada, miraba a las alacenas como si fuera silbando por una avenida, despreocupado en un parecer desprovisto… De vez en cuando, instantes solo, me levantaba los piquitos de los pies, y estaba más adentro, luego más adentro, luego más afuera, luego en el medio de una distancia increíblemente hermosa. No le decía nada, mis manos buscando apoyo sobre la alacena de los vasos, veía su pelo sobre su nuca y una gotitas de sudor. Mis dedos de los pies de piquito dentro de las zapatillas, muchas veces muchas veces muchas veces mis dedos de los pies dentro de las zapatillas de piquitos varias veces. Movimientos descritos, elevándole, para buscar pucheros, para buscar lo que no buscaba. Todo fue dentro de ella. De una cosa parecida nació mi Panchito. Las pistolas las carga el diablo.
La campana extractora ululaba, y se iba el olor a tortilla, a patatitas quemadas, por aquel hueco de rejilla se iban los pensamientos chimenea arriba hasta el cielo. El color de los pensamientos es como el vapor de agua, tiene tonos azulados, industriosos.
Panchito bufaba con su héroe de las tormentas.Muchos muertos sobre los baldosines,brazos y piernas descoyuntados,  llenos de claridades y fuegos resplandecientes.
Sobre un plato amplio había una tortilla de patata muy amarilla, un solete. Por encima de la ventana del patio de luces estaba la noche como un agujero sin fin.
Por nuestra ventana salía mucha luz amarilla.
El amor es a veces extravagante. El amor baja del cielo y se esconde en un patio de luces a eso del anochecer en forma de besos en la nuca, palpitando entre olores de aceite requemado de girasol.
El mundo estaba salvado de momento.
Había tortilla para cenar.

A NO PODER RESPIRAR.



En el 1.988 hice gestos con la cabeza, hasta ese punto en que decía que sí y que no a la vez. En el 88, estuvo aquella inglesa  -se llamada Anthea-, que dibujaba paisajes sobre paredes blancas, y arrojaba todos los colores, y gesticulaba con sus manos poseída
de fuerzas misteriosas, y se acariciaba el coño con un dedo manchado de azul mientras me miraba con lujuria
sin poder tocarla.
En el 1.988 ya avanzaba sobre el tiempo de forma sinuosa y obsesiva.
Si pudiera irme me iría al 90 de repente, sin sufrir.
En el 88 bombardearon a niños ya muertos, y se crearon las enfermedades.
Me abracé por primera  escrupulosamente a mi mismo, por primera vez con mucho miedo en el 88, y tuve terror a salir a la calle.
Por primera vez comprendí que ya avanzaba hasta la muerte por el 89, y en lo sucesivo. Reconocí el vértigo.
Y pisaba escarchas en el turno de noche.
A finales del 88 Anthea tenía el coño de todos los colores y era más arrogante aún.
No había nada sobre la pared que no tuviese un color y formas imposibles.
A finales del 88 me encontraron ausente una noche, por primera vez.
Sobre mi estomago derramados tubos de colores,
y formas de dedos alargados arrastrando el arcoiris.
Pretendo decir que no hubo otro año, al fin y al acabo nada es progresivo.
Si cortas algo en dos, debes decidir qué parte eliges.
Un año tras otro, tal vez nada sea de repente.
Pero hay un preciso instante en que algo se rompe en dos partes,
y en el 1988 elegí la más absurda.
En el 89 fue Lousse, y su manía de atarme por los brazos,
desnuda sobre mi boca,
y  esa angustia a no poder respirar.

viernes, 17 de febrero de 2012

QUIÉN SABE.


Veamos un ejemplo de aparente desorden.
Lo que te obsesiona te hace más débil, te preocupa.
Son tiempos difíciles en que el pan volverá a tener cenizas sobre su espalda.
Los abismos atraen.
Pero yo vivo en la orilla de tu alma. Inclinado hacía ti, sondeo tus pensamientos, indago el germen de tus actos.
Volveré a comer pan manchado de cenizas.
Podría llegar a decir que la muerte sea mi consuelo.
Presiento:
Que otros, felices, miran un momento tu alma y se van.

No había mucho útil que decir, incluso habiéndole dicho varias veces que la amaba, ella no entendía la casualidad de esa palabra que desprende tanto amor así balbuceada en momentos de dicha suprema, cuando eyaculas en la vasijita y esas cosas; pero cuando te lo haces a ti mismo no vas a decirte que te quieres, quiero decir literalmente, sólo puedes dar gracias a Dios porque lo haya dispuesto, así, la mano tan equidistante. Sólo quería explicar el por qué de esta palabra, su sin sentido, así dicha para recalcar ciertos estados de ánimo, cuando yo le decía, te quiero, te quiero, con ese tono de amamonado (uy uy uy).

Ahora estaba en una plaza pública esperando delante de un prócer de aleación cobre y estaño, con cagaditas, le habían puesto una bala delante mientras huía, y había quedado de valiente no sé que día de no sé qué año de no sé qué mes, lo demás era redondo, en el suelo azulejos, baldosines a lo tablero de ajedrez, a todo eso empezó a llover a pausas, y se retiraron los niños, los mayores así lentamente levantándose de los bancos quedando yo sólo con un ramo de flores, lloviendo a pausas sobre mí. Ella llegó desplazándose, quiero decir que venía hacía mi con un paraguas azul, desplazándose en el sentido de la lejanía, una vez descubierta con mis ojos al otro lado de la calle, supe que era Ella por su forma de caminar, ligeramente pendulando hacia los lados, con aquellas botas de cuero que tenían unos pompones, también, hacía los lados. Fue que llegó hasta mí en unos minutos, dos o tres minutos, posiblemente fueran más porque a mi me dio tiempo a pensar por qué le decía te quiero cuando la veía, qué sentido tenía decirle te quiero cuando la veía, descubrí que cuando había llegado a lo redondo caminaba pisando los baldosines blancos no los negros, los blancos, lo hacia ceremoniosamente siempre los blancos, y no supe a lo que obedecía, si quizás se pensase, si quizás presintiese que el pisar los baldosines negros le traería mala suerte, como ya pendulaba, ahora, al pisar sólo los azulejos blancos se acercaba como haciendo una extraña danza. Si, o no, sí o no. No lo sé. Estando ya delante de mi, yo con un ramo de flores, margaritas eran, eran margaritas de pétalos blancos y un redondelito amarillo en el medio, unas doce margaritas, o quizás más. Y Ella estando delante de mi, sin sentarse aún sobre el banco mojado permaneció de pie mirándome, yo era como un manto de rocío sobre una ribera de hierba verde, miles de gotitas sobre mi gabán, miles de gotitas sobre mi pelo, gotitas deslizándose sobre mi cara, cristalinas bolitas de lluvia en reposo o muriendo grávidas hasta el banco, y desde el banco hasta el suelo ya abundantemente mojado, y entonces, como lo había estado pensando, como cuando eyaculaba dentro de su vasijita (o no eyaculaba), se me viene la palabra y se lo digo, le digo la palabra efecto, te quiero mi amor, estas flores son para ti, y Ella, sí Ella, me mira con aquellos ojos furibundos y me farfulla lo que nunca pudes imaginarte, si es que eres imbecil, tío, desparramando las margaritas por el suelo, al mismo tiempo que se iba pisando lo que le venia en gana, al paso, baldosines negros y baldosines blancos según le salía aquel movimiento tremendamente anárquico y pendulante, ateniéndose con todas sus consecuencias a su fortuna o a su desdicha, nunca se sabe, nunca se sabrá lo de este camino: perderme a mi de vista pudiera ser su buena suerte para su vida.
Pero había pisado dos baldosines negros seguidos a la vez.
Quién sabe.

miércoles, 15 de febrero de 2012

APENAS EQUILIBRIO.


no es pedir mucho que al darte la vuelta
tu mano quede por si misma como si fueras a decirme una última cosa
que me des unos minutos
que si hay aire
pueda abrir la boca donde tú respiras
y compartamos
la bondad que ha quedado sobre todo lo que reposa
que hagas el gesto de la despedida
como si nunca hubiéramos existido
tu mano vuelta sin apenas equilibrio

martes, 14 de febrero de 2012

INDIFERENTE LA ESPECIE.


Todo lo que me sucede ahora, bajo una luz exigua, es una consecuencia ancestral.
He nacido en posición descubierta de una forma ruin, el hecho de nacer me estorbaba.

Los latidos de mi corazón fueron exactos desde un primer segundo.

Pude detectar como lo dulce originario se hacía sal, a este lado de la vida.

Todo un beso por la suave oquedad hasta salir desde el calor a la dulce penumbra.

Una mañana de septiembre en que empecé a olvidarlo todo en una fuga constante no elegida.

Nadie lamiendo mi placenta, ningún animal, nadie sobre mi boca para decirme de qué especie había nacido.

Me suenan los cacharros de la cocina, me huelen las verduras que sin duda borbotean, presiento que ella está allí de la forma habitual, quiero decir lo normal para un día laborable. Todo esto es una vitalidad de un día laborable, por la mañana, el cielo con una pátina de plomo, con ese color alto, sólo traspasado de vez en cuando por aves, vencejillos que van y vienen en una plena anarquía.

De repente mi cabeza no intuye la causa de la verticalidad.

Los amores de pareja, consagrados, la natura carmesí. Desnuda. Un ligero efluvio de perfume del medio día de ayer. Siempre he entrado a gatas así, con mis dos manos delanteras avanzando como un caimán, dando tumbos a izquierda y a derecha, mis dos piernas de atrás estiradas hacia los lados, también como un caimán las manos de atrás.

Voy hacía el olor, o los sonidos. De vez en cuando me paro, indistintamente es un olor o un sonido.
Un ser humano se ha despertado del sopor de la noche.

Al entrar en la cocina ya camino como un perro. Me arrastré como un reptil por unas escaleras que preceden a un pasillo, y voy como un perro por una moqueta que precede a la cocina. Con mi cabeza empujo una puerta acristalada, y la veo a ella con su bata de terciopelo azul claro, sé que desnuda, sin nada, sin nada más que la piel.

Una radio puesta, y sobre una nevera flores de plástico que imitan a camelias blancas.
Me he acercado tal como iba medio caimán, medio perro. Es superior a mi ese olor a verduras de clases variadas, y los pulgos de zanahoria sobre un mesal de mármol oscuro.
Husmeo sus piernas juntas, con mis narices, es como si tuviera dos narices, llego hasta su culo, y ella abre ligeramente las carnes de sus abundantes muslos, y noto todo el olor, algo de mierda, algo de perfume, y no puedo reprimirme. Su coño reposado toda la noche, y mi lengua de arriba abajo la acaricia, mientras ella trajina con una pota llena de coliflor, berzas, y una morcilla echa con sangre. No sé si de vez en cuando se estremece.
Pude haber nacido en otro lugar, pero he nacido aquí. Me es indiferente la especie.

sábado, 11 de febrero de 2012

LA NARANJA.


Antes de separarse la luz de la oscuridad.
Ya existía la respiración.

Antes de juntase las aguas por debajo del cielo.

Ya existía la angustia.

Antes de que  el amor y el odio se propagasen.

Ya te esperaba para apretarte contra mi.

Estaba sentado pelando una naranja con un plato en mi regazo viendo como pasaba la gente por la calle, los trocitos de piel dentro del plato, y aquel olor a naranja que podía oler tan intensamente y que salía de mi plato.

Había una libélula medio inconsciente con cuerpo de mujer y le hablé, la sacudí, le grité, la pellizqué suavemente, comprobé si su pecho subía y bajaba, puse mi cara sobre su boca para sentir el aire de su boca sobre mi mejilla, no tenía signos de vida, así que la puse lateralmente aplastando sus alitas derechas y abrí su boquita por si tenía restos vegetales o algún insecto de agua muerta de pantano, le tuve que extender el cuello, y elevarlo lentamente, sus ojos de mujer libélula permanecían cerrados, y así, casi sin esperanzas, empecé a realizarle compresiones torácicas al ritmo que me daba mi entender, al mismo tiempo presioné sus pequeñas fosas nasales, y empecé a besarla soplando dentro de su boca, se elevaba su pecho cada dos o tres segundos, pero la mujer libélula parecía que no tenía vida, y era todo muy extraño, que la mujer libélula estuviese sobre el cristal, que me oliese a naranja, y que la gente que pasaba por la calle llevase los hombros caídos, de esa forma en que se camina pensando sobre los tristes problemas de la vida.

El cielo parecía despejarse.

Yo con la naranja. Dejaba un rastro de naranja, y entonces me siguió oliendo a naranja como solamente pueden oler las naranjas. Yo ya sabía eso porque había comido muchas naranjas.
Una vez que abrí los ojos vi aquel peruano colgado de un arnés, una cuerda antiácida, retráctil, un mosquetón sujeto al arnés, otro mosquetón cogido a dos cuerdas que bajaban por no sé donde, sentado sobre una sillita de madera, colgado un cubo de su cintura, con un gran rollo pintándolo todo de azul. Sí, lo vi, descender pintándolo todo de azul, de un tono añil, y cuando estuvo frente a mi me miró muy fijo a los ojos y quiso reírse suavemente como se ríen los peruanos juntando los ojitos, y entonces le enseñé mi libélula cogiéndola por las alitas, y al peruanito se le puso la cara triste, y siguió pintando, lo venía pintando todo de añil y todo quedaba del color añil.

Llevar horas aquí y aún seguir recordando. Mover levemente los visillos y ver otro edificio, y un poco del cielo por una parte en que no hay edificios, y sólo está el cielo ahí, el cielo ensimismado sobre mi.
Acaso nunca has machacado una naranja con tus dientes y con tus muelas y en algunos casos con tus encías. Acaso cuando aprisionas los gajos de la naranja no has sentido su jugo recorriendo tú boca por donde te queda la parte del sabor que tienen las cosas, e interpretas, no te imaginas, interpretas que comes la naranja de todos los días a las once de la mañana, y que eso es un recuerdo, que un recuerdo es cada naranja que comes.

En agosto mariquitas y libélulas. En las dalias haciendo de mineros muchos mosquitos. De vez en cuando me funcionaba la memoria. Mi padre apagaba cal dentro de un cráter lleno de agua, y yo removía con un palo, y sobre mis sandalias, a mis deditos les caían gotas de cal que quemaba, y se ponía dura y blanca. Luego un palo largo de una rama de avellano atada al sobresaliente de una rama deforme de roble, y en la punta una brocha con forma de cepillo, yo acercaba el cubo de la cal apagada un metro arriba un metro abajo, mi padre mojaba y lo iba pasando sobre la fachada de la casa, y como a los dos minutos se iba quedando blanco. Y todo esto era por la mañana, en agosto, antes de las fiestas.
 
Otras veces para que no me den ataques de pánico pienso en mí, sólo en mi. Pienso en mí dentro de todo, pienso en mí dentro del universo, pienso en mí en que navego y nunca encuentro el final, pienso en mí que estoy dentro de aquí, o aquí, pienso en mí y cierro los ojos. Lo mejor en los ataques de pánico es pensar que no existes dentro de nada -yo nunca estuve dentro de nada, no lo recuerdo-.

La libélula con forma de mujer está entre los pulgos de la naranja. Fue una mala resucitación, incluso, suponiendo que hubiera hecho una resucitación, tal vez la besé sin meterle aire, incluso, quizás le saqué el aire porque ahora que recuerdo veía que se hinchaba para dentro.

Mi madre una vez me contó un cuento y cuando le miré a los ojos vi en su iris una lacena de platos de loza. Me acuerdo que el cuento iba sobre una familia de enanitos que vivían debajo de una seta amanita casearía decorada como una amanita muscaria, con unas hermosas manchitas blancas que les había pintado mi padre y un peruano pintor de fachadas. Su casita era muy hermosa de forma ovoide, con muchas laminillas transparentes en el techo. Los enanitos tenían una cocina calefactora y los fines de semana hacían empanadas de caracoles. El cuento iba sobre una rebelión de caracoles que aunque andaban muy aprisa siempre los cogían. Y mi madre se dormía junto a mí, pero yo no me dormía y miraba a sus ojos cerrados y ya no veía una alacena de platos de loza blanca, mi madre movía ligeramente los labios y yo pensaba y pensaba que mi madre tenía alitas transparentes.

Una vez mi madre una vez mi madre una vez mi madre una vez mi madre una vez mi madre, que estaba muy cansada, me contó un cuento y se quedó dormida para siempre sobre sus alitas de libélula.
Ahora mismo mis manos huelen a jugo de naranja, y pienso que te esperaba para apretarte contra mi.