martes, 24 de abril de 2012

LA FORMA DE SU COÑO.



Cuando la lavadora  centrifugaba yo miraba al tambor y me caía patas arriba, hipnotizado. He de decirlo. Era un instante. Puedo decirte en qué vuelta iba.
Ella me posaba la mano en el cuello, y me decía: acuéstate.
Y empezaba hacer la ruta de la seda.
O iba a orar al muro de las lamentaciones, dándome la cabeza vueltas.
Cuando se posaba sobre mi era alentador su movimiento.
Bajaban palomas a una terraza  repleta de azulejos marrón.
Las gaviotas caían en picado en busca de una cabeza de gato siamés.
Y yo, mientras tanto, con aquel mareo en los Urales.
O atravesando el cabo de Buena Esperanza.
Se acercaba todo su peso a mi boca. La abres. Muy lentamente como un platillo volante.
Su culo y toda la parafernalia de su coño debajo del ombligo.
Me lo daba.
Sobre la pared una televisión con James Dean mirando torcido, y suaves cremas.
Colores definitivos de paisajes que absorbía mirando entre sus muslos.
Aquella sensación de que si bajaba pronto  me moriría asfixiado, sin aire.
No sabes lo que es eso, mientras se hace la colada. Ella abierta de piernas sobre mi cara.
Sé que mi boca ya tiene la forma de su coño.

LA MARIPOSA.




Me acuerdo que le sabía a panetela enroscada llena de mermelada. Para el coño era pulcra y limpia. Se lo lavaba mucho.
Yo siempre esperaba dos horas a que cogiese sabor.
Como comer el coño de casa no hay. Los coños de fuera a saber por dónde andan. En cualquier momento el coño lo tienes allí, mientras friega acaso, allí mismo. Con un puñado primero, agarrándolo.
La última vez que le comí el coño fue por Pentecostés, comiéndoselo mucho. Se lo comía abriéndoselo mucho, ella me ayudaba estirándoselo mucho con las manos. Yo le comía el coño sin ninguna ciencia. La lengua de abajo arriba igual que los perros, llevándomelo el flujo hacía su ombligo. Le brillaba la mata de pelos como el rocío sobre la hierba en las mañanas de Marzo.
No sé cuánto había que no follábamos rico, en el sentido de corrernos ahora tú ahora yo, que ya estoy que lo tiro, con el culo bamboleándolo mucho, a lo dámelo, guarra, so putona.
No sé cuánto había. Nunca guarra fue. Aséptica mucho.
Una vez por la noche mató una mariposa con la mano y me dio mucha pena. Habría como dos horas, o no sé cuántas, mirando cómo daba vueltas alrededor de la fluorescente de la cocina, dejando aquel polvillo, con mi único punto ciego. La mariposa estuvo contra una cenefa de flores azules, no llevaba sangre, con mi único punto ciego.
Me dije, esa me las pagas, hija de la gran puta.
Si te fijas, aún el espíritu de la mariposa en un cementerio de azulejos con una cenefa de flores blancas y azules.

Aquel domingo era de esos en que te levantas después de haber dormido mucho, algo sudado, y al abrir la ventana ves esa calima baja que parece tapar los edificios más cercanos, y no sabes si es contaminación de fábrica siderúrgica o niebla que trae el mar. Ella se había levantado por su lado y yo por el otro lado, y allí habían quedado aquellos dos huecos en la cama casi perfectos; la fina colcha por el medio, sin deshacer, indicando que en toda la noche no nos habíamos ni rozado.
Yo estaba acabando de limpiarme los dientes cuando ella entró en silencio en el baño y me puso aquella lista encima de la repisa de cristal donde estaban las toallas. Miré la lista de reojo y mientras me enjaguaba la boca, fui leyéndola: cuatro tazas de eupcakes, dos porciones de tarta de chocolate, un bizcochuelo, uno de crema de chantilly, dos palmeras, una porción de tarta de queso, un trozo de tarta de nueces, una torta de almendra, y cuatro carbayones, -lo de cuatro carbayones me lo había escrito con mayúsculas-.

Los domingos por la mañana la ración de dulce era doble. Ya habíamos pasado la dimensión geométrica de foca y estábamos en la progresión a león de mar, apenas nos quedaba cuello, y nuestras cabezas deambulaban pegadas al cuerpo como si hubieran sido posadas por el arcángel de los seres satisfechos.

Cogí la lista.

Cuando salí a la calle pude apreciar aquella bruma cálida de agosto. Me produjo sofocos mientras la atravesaba en rojo, y me metía en la pastelería Cupertino, nuestro habitual suministrador. Allí le estuve diciendo, después de guardar cola: ahora dos porciones de esa, ahora dos porciones de aquella, ahora dos palmeras doradas, ahora la torta, y le dije, deme cuatro carbayones, pues no me quedan carbayones, me dice, pues pronto se han acabado, le digo, aún son las nueve de la mañana, pues ya se las han llevado todos, pues déme el resto, pues cóbreme; y eso.

Me dejó el lacito, colgué el paquetito del índice, cogí la vuelta, y salí de la pastelería hacia el quiosco de Elvira, allí compré La Nueva España con el suplemento, y me volví para casa.

Cuando entré en la cocina ya estaban los tazones sobre la mesa, había un agradable olor a café recién hecho. Puse el paquete encima y me senté frente a la ventana, en el borde más estrecho de la mesa, ella se sentó en la parte larga. A todo esto, ni los buenos días nos habíamos dicho desde que nos levantamos. Cuando ya humeaban los tazones, ella tiró del lacito y desmadejó el papel que envolvía los pasteles. Sus ojos dieron un repaso rápido al paquete, moviendo con su índice los de crema de chantilly y las palmeras, y entonces me dijo aquello con voz de sargento de la legión, mirándome a los ojos, y acercándome mucho su cara plana de boxeador: ¿Dónde están los carbayones?, y yo le digo, pues Cupertino me dijo que se le habían acabado”. La cosa retornó a un silencio sepulcral, sólo se oía el crepitar de la masa pastelera en nuestras bocas. Cuando se volvió hacía mi y me echó aquella mirada que no pude soportar..., yo me había zampado el de tarta de queso y una palmera. Cuando le di aquel empujón con todas mis fuerzas ella tenía en la boca, a medio masticar, el de tarta de nueces. Cuando yo estaba comiendo una tacita de cupcakes y miré al suelo, mis zapatillas se mojaban sobre un charco de sangre, y ella permanecía caída sobre la silla, la cabeza apoyada en el borde del mármol de la repisa de la cocina, a un paso de desmoronarse contra las baldosas.
Como me imaginé que el día iba para largo, cogí la palmera que quedaba y la mojé lentamente en el café con leche. Sobre mis pies descalzos sentía una cálida humedad pegajosa.
Se ve que era una mujer de mucha sangre.
La mariposa parecía que aún estaba allí, sobre la cenefa, en una flor azul, muy muerta.

jueves, 19 de abril de 2012

LA TELEVISIÓN PUESTA.


Nunca he podido matar a nada que tenga vida.
 
Luna llena que estás en los cielos el día dieciocho. Y me corrí dentro.Y en la cola del paro cuarenta hasta la mesa. Cerrados los ojos. Se me viene el polvo de ayer después de mi cámara y yo (todos tan felices), y por mi Eugenia atravesándole todas las líneas magnéticas por el cuello -que las veía como un yugo de espiras de cobre-,delante de mi capullo ella puesta a lo perra, con la cabeza sobre un almohadón de espuma, mirando hacía la pared de vecindad, con aquel coño recubierto de pelos enroscados hasta la misma rajita, sus espaldas amplias, su culo hermoso, batiéndola cogida por los pelos como a una yegua de su media melena, y yo aguantándole a intervalos de vete tú a saber cuantas entraditas suaves y un tirón descomunal que le hacía doblar el cuello sobre el cojín de retenida sobre el cabecero de caoba estuve dominador y si me venía el gusto pensaba en los hijos de la gran puta que me han puesto en esta cola y me aguantaba aquella subida de gusto y el tirón intermedio era aflorando el capullo donde los labios menores y cogiéndola por el pelo darle aquel baquetazo seco con todas mis fuerzas podían dar y daban y diciendo la musiquilla para mi mismo este por la peluquera del segundo este por la cajera del Más y Más este por ti y este otro por ti que solo me quedas tú aunque ahora mismo te llame por otro nombre (me agradaba también decirle soputa, muy por lo bajo soputa, te gusta soputa, te lo voy a dejar como un bebedero de patos, y eso o eso, y cuando me vaya a correr te la voy aponer en la boca para que me la chupes un poquito al final, ohhhhhh, Eugenita, y me corría dentro, de no sé donde).

Dos de pan y una de leche. Y voy para casa y me llamo Paco de eso en que se dice Paquito Francisquito, y los recuerdos: con su aro  de rueda de bicicleta su deslizadera sus hoyos y piedras en aquel senderito que iba por los sembrados de Modesto pasaba por un carreruco lleno de hojas de roble y llegaba hasta el río haciendo de coche de línea con paradas en Fonsagrada Grandas Pesoz Illano Cedemonio Doiras Boal Viyayon y Navia haciendo aquellos bufidos a lo motor Pegaso moviendo los labios de acelerador y el río esplendorosa plata maderas blancas en las orillas en forma de seres inimaginables hercúleos y extrañamente llenos de vida se me venía Mari Sol la hermana de la maestra de Cangas con aquella dulzura de risa y en mis pantalones cortos subidos por el lado aquellas primeras caricias cayendo sobre el río la florecilla diminuta de leche como un copo y quizás una trucha así con la boca abierta comiéndolo sobre esa forma tan plateada como si la Virgen estuviera allí posada y aún no se hubiese puesto a caminar.

Mi jornada acabada con las dos de pan y la leche de bolsa. Y ella en la cocina con la bata azul el culo doloroso el pelo doloroso y casi sin mirarme ni buenos días ni si ya has vuelto ni si no tomas un café ni si ayer no me has hecho correrme por lo salvaje que eres que un día me vas a sacar los ojos de lo sobrado que vas todo esto es así la casa me huele a ayer y a antes de ayer y a ella y a la cama deshecha y al café que no me he tomado y a las verduras que están cortadas en una pota esperando hervirse llenas de agua sobre la lumbre y no me da la gana de contarte nada ahora mismo que he vuelto con las dos de pan la leche y la cartilla del paro y un poco de pesadumbre.

Métete a pintor haz un módulo de ebanista aún podrías ser: un protésico dental un azulejista un cobrador del frac un carretillero un mecánico de automóviles un chapista un animador de fiestas y a consecuencia de eso ella me repite siempre que no voy a estar así toda la vida follándola de mala manera como si fuera el follador solitario a lo vente pacá que te la empello.

Francisquito que una vez se cagó en la escuela y olía a leche de la moruna fermentada cuando estábamos cantando el cara el sol con la camisa nueva puestos de pie la mierda blanquecina por mis pantorrillas y aquella peste cuando estábamos cantando volverán las oscuras golondrinas y Mari Sol en el pupitre de adelante mirándome con las manos en las narices como si ya no estuviera enamorada de mí

Quiero decir que leo un libro que se llama… siempre se me olvida.

Es lluvia de abril sobre las flores que ponemos a María. Cogidas a puñados sobre un manto de cuneta flores rojas y flores casi verdes que llegan en abril cuando la lluvia deja perlas sobre la hierba en donde se miran los pájaros para estar bonitos en donde se asoman las lagartijas cuando el sol ha salido y aún tienen la cola medio crecida sobre las enredaderas de yedra o los troncos de maíz que hacen música cuando llega la brisa que ha puesto Dios sobre las cosas para que haya hermoso silencio

Y hoy por la noche te volveré a poner donde la tierra tiene dibujadas las rayas del magnetismo del polo norte al, sur pasando por esta habitación que tiene un aire irreverente por el sexo bestial a lo garañón y no quiero que me de el aire porque hoy contaré veinte veces suave suave así tan suave y luego un arrimo de envestida horizontal hasta donde te la pueda meter y te quedes unos instantes con ella que no sé desde donde se vuelve hacía atrás que quisiera ser el agujerito de mear para ver como eres por dentro para atrás para atrás para atrás la bola de mi capullo para volver a empezar y eso y eso no me digas que no te quiero que si te quiero que me gusta mucho hacerte el amor a las once de la noche con la penumbra blanca de la televisión puesta.

miércoles, 18 de abril de 2012

DOMINGO.



Abiertos los ojos, no me da más lo que haya soñado.
Mi cuerpo intacto bajo mis manos. Iniciado el espectáculo:
El silencio en una escena donde nadie habla. Un día más.

La mañana de aquel domingo de julio parecía ser más grande. Cuando Claudia dio dos vueltas a la llave de la puerta de su apartamento eran las doce de la mañana; y cuando salio a la calle el sol se posaba a plomo sobre todo lo viviente. La rutina de los domingos era ir al pequeño rastro de la calle los Arrayanes, subiendo por las callejuelas del barrio viejo.  

Cuando llegó a los tenderetes había lo de siempre: embutidos, prendas de vestir, zapatos, pan de trigo, herramientas viejas, bisuterías… Iba despacio sorteando a la gente, cuando entre los dos setos de arrayán vio aquel chino, con las cuatro tallas de madera sobre una alfombra de fieltro acostadas en el suelo. Se quedó mirándolas, tres de ellas eran tallas extravagantes que representaban figuras extrañamente afiladas, parecían hechas al azar de la imaginación inmediata del artista, llevaban filigranas y ropas colgadas de forma imposible; la cuarta estatuilla era totalmente real en las proporciones y representaba a un negro zumbón desnudo, con medio cuerpo metido entre una base figurada de vegetación tropical disimulando intencionadamente su cintura. A Claudia le llamó la atención su torso desnudo, sus músculos perfectos, los rasgos de su cara redonda. Estuvo largo tiempo regateando con el chino, y al final se llevó la figura bajo el brazo. Dio varias vueltas aquel contorno del rastro, siempre olía de la misma forma y casi siempre eran los mismos vendedores, las mismas caras recordadas de la rutina de todos los domingos.

Cuando entro en su apartamento, y cerro tras de si la puerta, los visillos se movían ligeramente por la brisa. Cuando había tanta luz la sensación de soledad se aminoraba. En el apartamento todo lo que estaba colocado guardando una simetría casi geométrica, las figuras, los cuadros, el taquillón de la entrada, los espejos; todo estaba lleno de objetos decorativos y de recuerdos: fotos en blanco y negro repartidas por la pared en pequeños marcos colgados; todo tan pulcro y tan limpio que las caobas de los armarios parecían espejos.
Miró a la figura y estuvo meditando un instante. Pensó dónde iría bien aquel negro exuberante y musculoso de casi medio metro de altura. Primero lo colocó en una esquina visible desde la entrada según se iba al pequeño comedor, pero no le gustó; casi estuvo media hora cambiándolo de sito, mirándolo en todas las direcciones sin estar de acuerdo consigo misma; al final se decidió por el taquillón, era el más visible, aunque por su altura le tapaba parte el hermoso marco del espejo de la entrada, pero consideró que aquel era el mejor lugar, allí de pie, entre dos fotos iguales inclinadas sobre un pedestal.

Cuando acabó de comer, se dispuso hacer la siesta de los domingos, se fue al sofá de la salita, apoyo la cabeza sobre una almohada adaptada al cuello, se tapó con una manta fina escocesa y prendió la televisión, mirándola con la cabeza de lado, casi forzada, con su mano bajo la cara, hasta que comenzó a sentir aquel sopor de costumbre, y sus parpados fueron cayendo en una placidez arrobadora y extraña.

En el sueño los instantes son infinitos y no mensurables, en los sueños los recuerdos no tienen dimensión y el espacio es una nebulosa de agitados vientos sobre visillos de seda que se mueven entre todos los colores. En aquel sueño de sueños, Claudia sintió, que dos brazos robustos la elevaban, era como una fuerza de origen invisible y sobrenatural que le hacía levitar, y recorrer el corto camino del pasillo hasta su habitación. Flotaba, mientras iba allí acurrucada, sintiéndose abrazada, al mismo tiempo que abrazaba aquel cuello negro con su cara arrimada a un torso duro, perfectamente formado. Percibió como suavemente la posaban sobre la cama, y cuando abrió sus ojos en el sueño de los sueños, lo vio allí, arrodillado entre sus piernas abiertas, vio como se doblaba hacia ella, sintiendo aquel fuerte tirón que pareció desgarrarla y aquellas manos robustas que la arrimaban hacía arriba con destreza. Lo sentía moverse muy dentro de su cuerpo, en el sueño de los sueños, que ya no presentía , porque estaba jadeando entre visillos de colores hasta estremecerse, encogiéndose como si fuera a desaparecer de este mundo.

Cuando despertó estaba sobre la cama de la habitación, la cara empapada en sudor, las manos cogidas a las sabanas arrastradas hacia el centro del colchón, con la colcha en el suelo, y por la ventana entraba una ligera brisa que movía los visillos entre una extraña luz llena de irrelevantes grises,  medio aturdida aún por aquel despertar insólito; tan fuera de sí.

Después de permanecer inerte meditando unos instantes, Claudia escucho la voz de la televisión en el salón, y por un momento, pensó que la había vuelto a dejar encendida por olvido. Se levantó despacio para apagarla, pasó por delante del taquillón, retocó ligeramente la talla de madera, y al mirar al sofá se dio cuenta de que allí estaba su almohada para el cuello, y su manta escocesa tirada a medio camino de la puerta. Todo eran dudas y dudas, porque los sueños nos hacen dudar al despertarnos, no tienen un patrón escrito, no son hologramas figurados, los sueños existen y son reales en su esencia, aparecen y desaparecen, sólo recordamos los inmediatos al despertarnos, o los que dejan rastros de su existencia, y se llaman los sueños que estaban dentro de los sueños.

El silencio en una escena donde nadie habla. Un día más.


DEPENDENCIA



¿Cómo es el tiempo?
(Los simples mortales jalonan el tiempo).
Para abandonarnos lo primero que hicimos fue no recibir noticias del mundo. Sin noticias del mundo es estar abandonado. Un poco de luz por aquí, un poco de luz por allí. De la calle unos pocos ruidos, algarabías de niño, rugidos de motor, y las aves del verano muy gráciles subiendo a plomo, subiendo verticalmente para volver a dejarse caer ingrávidamente. Nos abandonamos aún sabiendo que ya estábamos abandonados. Ella se acercaba con la silla de ruedas a la cama. Ya se había levantado antes para comprobar la realidad de nuestro abandono. Se acercaba muy despacio cuando yo aún estaba de espaldas sobre el colchón tapado por una simple sábana de color violeta, y me movía con su mano vieja y huesuda (moverme, no), era tocarme, pasarme la mano por la espalda para despertarme. Supuestamente yo ya estaba despierto, paradójicamente, haciendo un análisis existencial en la que Ella era la otra parte razonada.

Tengo la impresión de que nunca elucubraba sobre sucesos muy lejanos en el tiempo. Más bien eran hechos inmediatos. De cómo percibía el mundo. O de cómo yo estaba en el mundo. Si mis sentidos habían llegado a su fin para poder percibir, en toda su plenitud, nítidamente el mundo.

Me dice, he empujado hasta aquí tu sillita de ruedas. Pero antes date la vuelta mirando hacía el techo, y levántate la camiseta y bájate los calzoncillos. Yo de alguna forma aún estaba con los ojos cerrados casi sin haber llegado hasta la mañana, o habiendo llegado hasta la mañana no me encontraba completamente despierto. Sentía la toalla mojada por mi barriga, un desagradable frescor por mis ingles, por las pantorrillas el jabón pegajoso, por debajo de los brazos aquel olor fuerte a sudor como si fueran restos de amoniaco. Y una vez terminada su ablución yo permanecía allí acostado boca abajo, o dada la vuelta, era indistinto, hasta que retornaba en su sillita con una bandeja en el regazo y un vaso de leche y galletas que yo, ligeramente sentado para poder deglutir, empezaba a disolver en mi boca.
-¿Qué hemos decidido hoy exactamente?
-Hoy no hemos decidido nada.
Digo un día, pero no es un día a lo lejos, no es un día después de muchos días que casi olvido. Un día es ayer o mañana. Ayer mismo, pero siempre dices: un día.
Es mejor pensar, desde no sé cuando andamos con nuestros carritos a partir de las doce de la mañana por toda la casa, son ejercicios de moverse, ida y vuelta por el pasillo, unos ocho metros de pasillo intentando no cruzarnos (cruzándonos no cabemos, se lo digo). Así que ella asoma en la puerta de la habitación y espera a que yo pase hacía la cocina, ella emprende el trayecto y se mete al salón y yo salgo de la cocina, y giro ciento ochenta grados en el salón y ella, a su vez, se mete en la cocina para que yo pueda hacer de nuevo la recta del pasillo. Para meternos en el baño (por un maldito resalte ), son maniobras especiales. Con sumo cuidado circulamos sin intromisiones en el avance.

-Digo un día, pero puede ser el día de hoy.
-A ciencia cierta para qué nombrar los días.
-¿Es absolutamente necesario?
A una hora próxima al medido día, a media jornada, ya lo habíamos decidido.
- Esto debería ser pronto el final. Una vez abandonados. ¿Merece la pena seguir percibiendo la claridad?
Habíamos coincidido uno frente al otro, y no teníamos espacio. Nos miramos por unos instantes.
Ya no podíamos cruzarnos más.
En realidad, ¿cómo es el tiempo?


domingo, 15 de abril de 2012

LUZ EXTRAÑA.




No sé muy bien cuándo me ha ocurrido.
Me había puesto unos enjuagues con un lingotazo de Listerine.
Un hombre de este tamaño sin pegar un palo al agua no es cosa buena.
Me habían dicho: hoy o mañana. Ya sabes eso de que llega mañana y otra vez te dicen lo mismo: hoy o mañana, ayer ya no puede ser. Incluso en los recuerdos no puede ser.
Insistí en permanecer un rato en todas las colas preestablecidas para ir pasando buenamente las horas matutinas. Según iba caminando a la espera de una entrada para eventos deportivos, o me encontraba con una vuelta y media de gentes con sillas y tiendas de campaña para una lidia de toros, o para un drama teatral, o para un juglar juvenil todas quinceañeras, lolitonas, palpitando su sisito unas veces virgo, otras veces sin virgo, siempre húmedo bienoliente a carnaza de pescado. De esa forma peculiar pasaban los días, tardes muy amplias después de mañanas vertiginosas, fluctuando ligeramente las corrientes del aire veraniego, con esos sopores calenturientos hasta el ocaso vespertino, todo muy teñido de sangre sobre el mar y las montañas.

A Tomasita con su pan bregado en un fardelito de tela bordada a ganchillo. Recién entrada en el portal, desde lejos un culo nada enjuto que entra lentamente en el fresquito, antes de una escalera empinada de madera comida por la lejía. Yo poco después con una diferencia de apenas doce pasos abundantes, también entro como un aparecido en aquella oscuridad, aturdidos los ojos por el resplandor de la calle. Llevo bajo mis brazos cuatro panfletos, y apenas entraban mis pasos tan pequeños sobre los azulejos de color marrón tipo rosa de los vientos, mis pies con zapatos de badana casi resbalando, o haciendo tico, tico y tico, resonando debajo de una claraboya tapada por viejo moho y cagadas de gaviotas.

De qué forma al subir mis ojos turbios que venían de la luz veían un resplandor celestial. Después de doce pasos o no sé cuánto tiempo, no puedo decir cuanto tiempo había pasado medido en pasos, perdido el descoyuntado culo de la Tomasita en el quicio del portal, la cola de su mandil blandiéndose como una conejita. Cuánto tiempo puede pasar desde que una vieja entra hasta que yo llego a donde la vieja entraba, y cuanto se ha desplazado la vieja cuando yo ya estaba dentro del portal, en medio de aquel resplandor cegador, media hora no podría ser, veinte minutos (quizás) no podrían ser, o quizás no eran doce pasos, eran mil doscientos pasos los que había, incluso, (quizás) no era mi portal, era otro portal, la vieja de turno entrando con dos barras de pan bregado para comer masticado biliosamente sobre las encías.

Todas las ancianitas con su mandil a dos lazos amplios al estilo pajarita, con ese retrueque lleno de salero (bien meneado, aún).

Allí.
Fue allí.
La escalera crujía lastimada, la escalera de la época de Primo de Rivera aún con aquellos embellecedores cóncavos, escalones primero en un tramo recto, luego quebrando en curva. El primer pan estaba en el octavo o el noveno escalón, algo blando debajo de mi pie, el otro pan fue más extrañeza entre tanta penumbra iluminada (unas veces), otras veces como si los ojos no quisieran ver. Luego tropecé del todo y me fui de bruces sobre su cuerpo, fue como si por una casualidad extraña hubiera besado sus finos labios, hubiera sentido su pelo rozando mis orejas, sus arrugas en mis pómulos. Como si estuviera la muerte allí tan olorosa a nenuco. Me levanté como una ballesta, muy estremecido. La penumbra ya se había hecho con la claridad de mis ojos. Del portal entraba una franja de luz plena de más allá del medio día, la percibía plenamente allí tirada, con las faldas levantadas, las bragas quitadas, sus piernas diminutas, y su coño muy violado, lleno de semen, y su pelo largo y encanecido como las barbas de un discípulo centenario de Rabindranath Tagore. (Un potorro inanimado, todo allí a lo interruptus, por precaución de preñado...)

Decorado mi rincón con una ventana alta. Una puerta de gris pelado a herrumbres. Cuatro pasadores y una mirilla en forma de ojo de buey. Ojeo los panfletos de la feria taurina de Begoña y los otros eventos. Les había dicho y explicado lo que me pasa con el hoy y con el mañana, y de que forma aún pienso que vivo en el ayer, o de que forma confundo los estados temporales, con una percepción especial de ver hechos que acaecen a muchos metros de distancia. No eran doce pasos desde que mis ojos vieron el culo enjuto de Tomasa, muchos cientos de metros eran, desde la última cola de pibitas. En realidad no soy el violador.


sábado, 14 de abril de 2012

AÚN AQUÍ.



En la memoria hay una luz tenue y una mano larga que te acaricia. Apenas briznas de realidad, sólo un mundo imaginado. Pero aquella mano tan suave que se posaba sobre tu cabeza, en un gesto leve que aún sostienes en el recuerdo. Su forma ruda, y el suave amor de su ternura. Aún aquí.

Recuerdo un mes de Abril. Mi madre me había contado un cuento para dormirme de dos gnomos que se habían quedado perdidos en un bosque lleno de líquenes y senderos repletos de hojas amarillentas de saúcos, castaños, abedules, robles, y lleno de setas protectoras de fríos y frutos ingrávidamente desprendidos.

Resulta que uno de los gnomos no quiso marcharse de la habitación y permaneció conmigo no sé cuánto tiempo, con su carita colorada, su barba blanca y nariz regordeta, su capirote rojo, su amplio cinturón de hebilla dorada, sus babuchas de media caña, su saco de arpillera , y sus grande orejas picudas que lo escuchaban todo, y aquellos pies tan extraños y alargados.

Pues eso, mi madre se había marchado y el gnomo se quedó conmigo al lado de mi cabecera mirándome con aquellos ojos pequeñitos de forma de almendra. Yo al principio casi pasé miedo, por la ventana entraba una escasa claridad de luna menguante y una leve brisa agitaba los manzanos de la huerta como manos abiertas, casi sin ninguna hoja. El gnomo seguía allí, junto a mí, sin decir nada, mirándome a los ojos con un semblante pícaro, manifiestamente interrogante. Desde mi postura apreciaba su sombra formada por la diminuta luz de la mesita que mi madre había dejado encendida por culpa de mis miedos.

Yo esperaba y esperaba a que el gnomo me dijese algo: cómo se llamaba, en qué parte del bosque vivía, si había venido de los Urales, o de los montes de Toledo, o del frondoso Muniellos, con sus colores extraños y siempre diferentes. Pero el gnomo, que se había quedado allí, nada me decía, nada preguntaba, permanecía inerte mirándome y mirándome desde la penumbra.

Había pasado, quizás, media hora, no recuerdo bien esta particularidad, o si el tiempo existía, o si el tiempo existe en los cuentos de los niños que llevan gnomos. El caso es que se acercó ligeramente a mí y sus ojos se hicieron más vivarachos, y por fin vi como la comisura de sus labios gorditos se empezaban a mover sintiendo aquella voz profunda y ronca de persona mayor: Vamos a ver, Servandito, tú lo que quieres es cascártela, a que sí, a que ya pasas de gnomos como yo. Lo miré fijamente, sorprendido, no me imaginaba como aquel ser tan indiferente a las cosas terrenas podía adivinar mis pensamientos. Mira, Servandito, es muy fácil, destapa un poquito, mira, la coges así, por aquí, y la mueves despacito, así, suave, así, así, así…

De cuando entró mi madre no tengo referencia temporal; ya he dicho que los cuentos de los niños tienen esa increíble y extraña dimensión en la que el tiempo no existe. Pero mi madre entró, como de repente, siempre lo hacía para apagar aquella luz del miedo. Aquel día se quedó parada delante de mí viendo un movimiento extraño debajo del cobertor.
Qué estás haciendo, qué haces, hijo, ¡qué haces! Ya era tarde. Mis ojos se nublaron y sentí un gustirrinin que nunca olvidaré (el que olvida la primera paja, se volverá loco cuando sea anciano), acababa de dejar mi primera humedad en la manita diminuta de un gnomo (que ni sabía cómo se llamaba).
Luego fueron aquellos dedos sobre mi cabeza, aún aquí.

miércoles, 11 de abril de 2012

DE ESTE MUNDO.



Vaporosas las costumbres de emitir lo vaporoso. Cuando te abren la puerta están ellos allí.
Las fotos colgadas sueltan fragancias de nostalgia. Ya estaban abrazados.
Y desde el aire en sus diferentes densidades descubres su soledad.
Debajo de la piel estamos nosotros hurgándonos. Sólo es una permeabilidad exigua, transpirable.
Hay algo animal que no detectamos, y existe como ese suave piélago al atardecer.
Si vas allí, detrás de la puerta,  las sombras dejan un rastro en forma de beso que se mueve. Es un beso, se ha quedado sobre los posos del aire, y no quiere salir. Está lleno de nostalgias.

Su aliento tenía esas cosas que nos hace humanos, no sé cómo decirte, si alguna vez entraste en el portal y había empleados municipales con un camión chupona trajinando una alcantarilla, así olía su aliento; todo es imperfecto cuando es real.

Después de tantos años de amontonados aún la besé, y pensé para mi mismo, esto es amor, porque era muy temprano, y ella se estaba haciendo los mismos pensamientos: ...lo mío era un enjambre de cochinillas haciendo surcos entre un montón de estiércol de cerdos preparado para fertilizar sarmientos de viña.
Cuando nos besamos aquello explotó, quiero decir que salieron fuegos de San Telmo entre verdosos y azulados según emergían hacia el techo. Amarse a las cuatro de la mañana, después de haber cenado callos a la madrileña regados con vino tinto de Ribadavia, tiene esas consecuencias. Hicimos la unión del águila, y hubo un encuentro apasionado, yo sabía de sus brazos, de sus manos abiertas, ella detectó mis manos a su vez arañando por su espalda. Cuando acabamos era como si ella oliera a mí y yo oliera a ella, y va y me dice, te huele la boca a piara de cerdos. Para no ofenderla, me di la vuelta hacía la claridad de la ventana. Fuera estaban empezando a poner las calles, y pronto había que levantarse dentro de este mundo.

martes, 10 de abril de 2012

ME HUELE A HUMO DE TABACO.



Y si aún amas así, a qué viene esa desdicha en tus pupilas con rastros lentos de caracol en tu mirada perdida.- y aún, todo lo anterior a olvidar-
Dime si sobre tu corazón circunvalan mariposas del invierno.
Me acercaría a ti, para sentir tu calor, para quitarme el miedo a los gusanos.
A veces pienso que en tu interior vuelan seres que no encuentran la salida, tan llenos de vueltas perdidas. Viven de lo que tú escuchas llenos de aburrimiento.
Tengo una vena aquí, que es como un surco, no sé dónde acaba.
Ven a ver conmigo, no tengas miedo. Hay un camino muy largo, con gente crucificada a los dos lados.
Desde el sofá me declaro todo lo insatisfecho posible por un carro de cadáveres.
Me da pena decirte que por el único agujero que me importa me han metido un tubo ínfimo de deseo, e infinito –meter y meter, era inacabable-.
Han visto nubes manchadas sobre las colinas en forma de manos abiertas.
Llegaba  donde estaban esperando el aire y me  soplaron por la punta del capullo.
Casi me corro pensando en ti, antes de tiempo. Era al cerrar los ojos y verte.
No deseo transitar tras los borregos fingiendo compartir sus sentimientos y anhelos.
Si aún me amas date la vuelta, déjame abrazar tus caderas, rozarme como un perro.
Sentir la suavidad de tu jersey rojo lleno de coletas.
He de contemplarte a través de tus hombros  desde un horizonte que no tiene fin.
Me carcomen el ansia y la alegría, porque  sé que nací para morirme en paz.
Todas las guerras sucedidas contempladas en diferido a toque de mando a distancia.
Sin nada que atraviese mi alma donde el cuerpo acaba. Nada sólido impulsado por un brazo que odia, hercúleo, sin ninguna piedad. Ningún cobarde me ha tocado.
Doy gracias, aunque sea nuestra mortaja la fría espuma del mar.
Date la vuelta, déjame arrimarme, cogerte las tetas y sobarte sobre tu jersey rojo.
Tus ojos me dan miedo con esos rastros indelebles, y la mirada tan fría y absoluta.
También hay cierta bondad cuando no hablas de lo mismo.
Hoy el pan está tan helado que no quiero partirlo.
Toda la casa como si estuviera sola.
Me huele el humo de tabaco.

lunes, 2 de abril de 2012

NO LO OLVIDARÉ NUNCA.



El niño subido sobre una silla que mira a la oscuridad.
Yo he visto su gozo sobre el árbol caído, y el árbol muerto.
La noria dando todas esas vueltas.
La melodía que sube de la plaza: saxo solitario (aquí su forma de voluta).
Saxo estruendoso a veces, sutil voz que nunca más. Y una llamada.
Ahí estuve. Sinceramente lo digo.
Hubo alguna vez una puerta rota y unas escaleras pendientes. Olor a lejía.
Y la llamada por primera vez, y desde entonces todas las llamadas.
Una voz larga. Una orden de repente. Desde ese día.
Se puede esperar una llamada. Siempre (las más horribles en la mitad de la noche).
Aún los ilocalizables pueden esperar una llamada.
Desde ahora la llamada me perseguirá siempre.
Por primera vez el sentido de mi nombre. Y luego.
La llamada es indispensable para reconocerte.
Todo ocurre porque existe una llamada. No es una broma.
Todo les puede ocurrir a los que viven.
Y de repente una carrera inalcanzable. Había sido llamado.
Era una cita sentado sobre un árbol muerto, carbonizado.
Aún estaba el resplandor del fuego sobre las hojas haciendo sombras grotescas.
Giraban y giraban hombres y mujeres cogidos de los brazos.
La noria dando todas esas vueltas, al son de  un saxo solitario.
Una melodía.
Todo bajo las estrellas.
En el cine echaban el tercer hombre a la intemperie.
Era un hombre llamando a una puerta. No lo olvidaré nunca.