miércoles, 26 de septiembre de 2012

VALGA LA REDUNDANCIA.




El sacerdote había apoyado la cabeza sobre mi hombro. De mediana edad, vestido a la antigua usanza, desprendía cierto aroma no identificado, podría ser como un leve rastro de olor a tabaco, o a detergente. Aquella postura que en un principio me parecía con cierta sensación deshonesta se me hizo pasajera cuando empecé con mi catarsis, hablándole de mi adicción al Facebook. En principio el no entendía mucho, me susurró, sí, claro, he oído hablar sobre las redes sociales, sí. Luego le comenté mi dependencia desmesurada a estar delante del ordenador viendo como pasaban imágenes, comentarios, argumentos a comentarios, mi estado casi de excitación cuando me aparecían mensajes privados. También le comenté que mi adicción se había pasado al móvil, en todos los sitios y lugares estaba pendiente de lo que por allí circulaba, si era referente a mi o referente a otros. En fin, mi conclusión para que el padre lo comprendiese con un dato estadístico fue el decirle: mire, de un día con su noche en un total de veinticuatro horas estoy en el Facebook, o pendiente de el, unas catorce horas, y eso no es lo malo, lo malo es que mi personalidad se está desdoblando en dos, el que ve aquí con usted, y el que está en el Facebook, qué más de una vez se me ha pasado por la cabeza de trucar una foto con el Photoshop, y ponerme de piloto de Iberia, o cirujano de la Seguridad Social. Para aquella, el peso de la cabeza ladeada del Padre sobre mi hombro era total. Ahora sentía su cálida respiración sobre mi cuello a un ritmo pausado, casi agradable. Le estuve hablando largo tiempo de mi dependencia que ya era un vivir sin vivir en mi.
En el momento en que sentí sus labios pasearse voluptuosamente, le hablaba de mis tres cuentas añadidas con diferente nick, y la encrucijada que resultaba de tener que mantenerlas, en una de ellas me hacía pasar por un terrible agitador social de Anonymous, incluso, dando consejos de crack informático, sin saber lo que era realmente un bit.
Sí. Sus labios se hicieron más persistentes, más insinuantes en lo sensual, su respiración era agradable, y los besos pasaron de una intermitencia asincrónica a una crónica persistencia. He de decir que el padre me puso a cien, y que de mi plática sobre el Facebook pasamos a verdaderos susurros. El momento en que metí mi mano en el interior del confesionario sería a la media hora de haber empezado la confesión. El cura la tenía realmente dura, fue tirar suavemente de seis botoncitos y empezar a manosearsela. Cuando se corrió, crujieron las tablas resecas de la estructura del confesionario en su afán de estirarse las piernas por el pacer.
Me absolvió después de cuarenta y cinco minutos. Cuando iba para el banco, para esperar la excomunión, tuve una sensación de vacío extraño. No por lo pecaminoso del acto en sí, sino porque tenía unos deseos enormes de sacar el móvil, o de llegar a casa para abrir el portátil.
Mis manos olían a rodaballo que apestaban. Al salir me las lave desesperadamente en la taza del agua bendita.
Creo que mi caso no tiene Cura, valga la redundancia.

lunes, 24 de septiembre de 2012

RAZONABLE.



No es que en la garganta te sientas atragantado por los cojones.
Sólo regurgitas ciertas palabras de amor un tanto olvidadas.
Un extremo era estable, el otro también. Por el medio muchas turbulencias.
Recorrimos juntos la millonésima parte de un Meridiano.
Pero un día que hablábamos de geodesia.
-a las 2.280 horas de habernos conocido-,
fue aquella mirada sublime por lo turbia.
En las cosas del espíritu no caben los ejemplos.
Y además hacía frío sobre los estómagos.
Hoy es el día internacional de la de Dios y su Madre, en el sentido de la Inmensidad.
Hablo del día deslucido por la certeza de que ya no me amas.
Lo sé. Abreviando. Ni un milímetro de mi piel te resulta diferente,
no hay recodos, ni pliegues que ya no reconozcas,
ni pensamientos que no detectes,
ni intenciones que no descubras.
Hoy, en aquel estado en que me dejaste, cuasi erecto,
apoyadas tus manos sobre mi pecho, ni un tanto así de la danza del velo,
ni un poco así como un columpio en su momento bajo,
ni una pizca de ojos cerrados, ni un poco de tu peso.
Ni una mueca de desesperación para lograr lo imposible.
Hoy es el día de las cosas tristes, como si le dieras vuelta a un rollito primavera,
en pleno invierno,
y de lo poco profundo, sólo ahí, un poco de sentimientos, un poco de ternura,
abiertas y cerradas las manos desde este rincón de la onomástica de su puta madre,
me hierve la sangre y la añoranza,
y el corazoncillo da esos tumbos solitarios.
Parece que fue ayer la onomástica de una hora celebrada.
Me da que me dejaras, cerrado de piernas,
sólo el techo,
los ojos abiertos, y sólo el techo.
Sé que me dejarás.
Más no puedo imaginar.
No son posibles, ya no cuadran, más mentiras.
Todo oscurecido casi a la vez, aún aquí.
Rápidamente a partir de aquel día.
Del gris al negro en un tiempo razonable.

martes, 11 de septiembre de 2012

RASTROS.



Fuera de mi rastro para la vuelta, he de recordar.
Todo lo que significa la supervivencia, la lucha que mina mi entendimiento.
Sobre mi van tres, con sus formas de interpretar atardeceres,
y otro que me dice que sea un asesino,
otro aplicado en ser práctico.
Me he dado la vuelta hacía detrás de mi. Perseguido aún por alguien que se esconde en mi misma dirección de marcha. ¿Cuántos personajes para poder ser yo, como algo definitivo?
Implorando que al asomarme al espejo no me quede quieto en la huida, como ayer.
Me apiado de lo que repta hacía un lugar desconocido. No sé muy bien si el sol será bueno para su camino, o la lluvia también, o el exceso de vegetación también.
De todos los que van en mi hay uno obsesionado por el fuego, se queda hipnotizado.
Hay otro torturador que cuando pisa lo diminuto restriega con el pie dos veces sobre las losas.
A veces me confunde algo invisible que tiene pretensiones de amor, ve amor en todo,
en todos los sucesos cruentos su lado de amor, como causa.
Pues bien. A mitad del camino, o lo que sea, pretendo llorar con disciplina, unas gotitas por mis mejillas. Uno de ellos, a veces, recuerda cuando salí por la vagina de mi madre, recuerdos de forma abstracta, pasando la lengua por todos suaves sitios, hasta que boca arriba no vi nada. El frío te revienta cuando naces. No sé si era el corazón de otro lo que sentía.
Inevitable proponer que los parpados no se muevan.
Inevitable mis manías, mis fantasías, de ser otro, tal vez.
Recordar. El que recuerda dentro de mi, sin ningún orden: de ahora, de antes.
En este mundo no me queda más capacidad de sacrificio. Aún está el cuerpo con su dolor.
No sé qué hacer. Asomarme sobre el espejo me produce dudas y me da miedo.

martes, 4 de septiembre de 2012

DE LO QUE ESTÁ MUERTO.




De lo que aún queda. Del resto incruento, con cuya diferencia se hace lo absoluto.
Un ejemplo importante del espíritu es la ceniza, todo está incluido allí, incluso el espíritu de los árboles, lo que fue solemne ante tus ojos y endeble bajo el fuego.
En la ceniza están los pensamientos, de un pequeño y disimulado color gris claro.
Y el amor  en forma de polvo diminuto  que lleva el viento, y el sol hace vivo
en forma de lanza que se clava sobre el techo.
El espíritu de los muertos que salen por la noche está hecho de cenizas.
Y algunas chozas cercanas al Monte Oku que brillan con la luna, y cobijan niños negros con ojos del color del volcán.
Las raíces van hacía las cenizas, allí donde la lluvia las filtra, y de la ceniza nacen flores blancas de pétalos comestibles y olores suntuosos.
Hablo de las cenizas invisibles que llevas en tus manos.
Del rastro indeciso que dejan tus ligeros pies de bailarina.
Las que quedan en el pan, las que al quemarse huelen como a espigas de trigo.
Lo que he aprendido queda en las cenizas, y es de color azul oscuro, muy suave, casi imperceptible. Lo que he soñado está allí de un color indefinido, casi sin apariencia.
Mis desgracias quedan en las cenizas, y son de un tenue blanquecino.
Mi dolor, una porción de tizón negro.
Mi odio, un poso de suave marrón oscuro.
Lo que he conocido, lo que he comprendido, como si fuera incoloro e intangible.
El deseo, intrascendente y disimulado en mil colores conjuntados.
Lo que la lluvia arrastra, lo que el viento esparce.
Todo lo que respiras.
De donde vienen los sueños.
Todo. Todo lo cubierto y descubierto
De las cenizas  inertes  de lo que está muerto.

lunes, 3 de septiembre de 2012

EL MAR ME PRODUCE TRISTEZA.




De un tiempo a esta parte me saben mal las nectarinas, los melocotones, y las ciruelas claudias. Voy con propensión al water, y es bastante maloliente, cuando lo miro el color no me gusta, es de un verde oscuro, o color pistacho, salpico muy arriba, y es bastante calamitoso pasar la escobilla, siempre quedan gotitas de mierda. Estoy llevando una estadística de lo que meo, diez veces al día, ciento veinticinco  mililitros, término medio por meada, en un día puedo mear un litro y medio, las medidas las hago en un tarro de cristal de espárragos, mirada mi orina al  trasluz parece vino fino la Ina, tiene muy buena pinta. Me encanta ir al baño y sentarme largo tiempo leyendo el periódico, pero el médico me dice que no es bueno para las almorranas, pues hay tapas de plástico que al hundirse tienen propensión a abrir el ano, lo que las prolapsa, pudiendo reventarlas, como una vez que se me reventó una y me salía la sangre por los pantalones, son muy escandalosas sangrando.
Hace dos años fui operado de hemorroides internas y externas de cuarto grado, por láser. Mis relaciones mejoraron en calidad e intensidad de erección al tener el esfínter sin dolor y sin inflamación. A los cinco o seis meses, tras un esfuerzo para endurecer la erección cerrando el esfínter, sentí un dolor agudo y, a partir de entonces, empecé a tener dificultades para erectar sintiendo que el fluido sanguíneo se iba por otro sitio y notando una sensación dolorosa como en las venas de la pierna derecha principalmente, y como si llevara un pañal o compresa en la parte baja de los glúteos (al tacto no sentía ningún dolor).
Continué manteniendo relaciones con más dificultad y concentración, pero la cadencia fue bajando.
Hace cuatro meses, tras una relación de tres meses a diario y repitiendo en ocasiones, forcé de nuevo el esfínter, no sólo para erectar, sino también para mantenerla dura, y esta vez sentí un dolor agudo en el testículo derecho, un pinchazo en la parte baja derecha del abdomen (como cuando recibes un golpe), y el retraimiento parcial del testículo, que después de eyacular se normalizó.
Pero hasta ahora, cada vez que pienso en sexo al ver una mujer atractiva, me duelen los dos testículos, siento un calor y dolor en el vientre y no reacciona el conjunto genital; además continua la pesadez y dolor en la pierna y la sensación de pañal; me ha bajado la libido y la agresividad cuando entreno. La misma chica de hace cuatro meses ha notado una gran diferencia cuando vino a recuperar en septiembre lo pendiente de  la universidad, inclusive cuando estoy relajado, y , por supuesto, ya no repito hasta el día siguiente (con ella nunca más después de la pésima faena, noto que me quiere dejar, por lo caliente que es).

¿Debo consultar también a un proctólogo por lo del esfínter, y esa pesadez que siento en la pierna y parte del glúteo? La doctora de cabecera dice que puede ser ciática, pero no sé de nadie que por apretar el culo le duela la pierna ¿Será algo vascular del esfínter unido a lo prostático y a lo hormonal, tendré la testosterona baja, mi edad es de 42 años, yo creo que no debería ser?
Todo esto ha sido en muy corto plazo para ser un bajón por la edad. Todo esto me deprime.
Sigo, no obstante, tomando muchas ciruelas claudia, me facilitan en el baño. Lo que ocurre es que lo hago de un tirón, algunas veces me salpico el propio culo, y luego me gusta estar allí leyendo el periódico largo tiempo. Me gustaba mucho más antes, con todas las almorranas, que apretaba y apretaba –incluso con cierto dolor-, y aquello iba saliendo cuando le daba la gana.
Ahora he de estar media hora posterior en el bidet quitando manchitas; mis calzoncillos tengo la impresión que apestan cuando voy al baile.
Uno empieza a estar sólo cuando caga mal.
A veces, es ese remolino del agua, y todo envuelto que se va hacía el mar, me produce tristeza.