martes, 27 de septiembre de 2016

QUIZÁS UN BUCLE.






Me levanté como de costumbre, con la rutina habitual de todos los días. Son los ejercicios que el pensamiento no ve ni coordina, como si dentro de nosotros, un pequeño enanito llevara los mandos. Cerré la puerta de casa tras de mi y bajé paso a paso las escaleras, he de decir que los ascensores me producen claustrofobia. Cuando llegué a la cota inferior para entrar a mi garaje sentí el sonido lejano de un claxon. Pasé las dos puertas de seguridad y el sonido se hizo totalmente perceptible, mientras el automatismo fue encendiendo las luces y pude comprobar con sorpresa que el sonido procedía de mi coche aparcado en la plaza número cuatro. Con cierta cautela y algo de miedo me acerqué lentamente desde la parte de atrás hasta que se hizo totalmente visible el cristal delantero. De aquella calma angustiosa pasé al miedo más profundo y paralizante, en mi coche había un hombre dentro. Estaba con la cabeza apoyada en el claxon, con el pelo recién cortado como yo, con las gafas semicaidas como las mías, con misma camisa blanca y corbata, y con mis mismos ojos abiertos sin dejar de mirarme. Quedé inerte unos instantes, hasta que me decidí a abrir la puerta lentamente, viendo como la figura se difuminaba como un arco de neón transparente. Presa del pánico decidí sentarme muy despacio en el asiento. Fue entonces cuando sentí que mi cabeza se desvanecía golpeando el frontal del volante, empezando aquel zumbido largo y estridente que se fue extinguiendo hasta quedarme casi inerte. Mientras mis ojos, ya casi paralizados, veían cómo alguien se acercaba al coche .Era un hombre que caminaba como yo, con mis mismos pantalones, con las mismas gafas y la misma cara, y los mismos ojos cansados que se miraban a si mismos.

lunes, 12 de septiembre de 2016

GARBANZOS.



Le dije para cambiar de tema ayer vi en un documental de la dos que hay mundos como el nuestro que ya están muertos desde hace millones de años. En realidad le quería decir que cerraban por derribo ultramarinos La Antigua, pero no le dije eso para no deprimirla más. No sé si soportaría no poder comprar nunca más garbanzos chamad y estar allí minutos y minutos hablando de cosas intrascendentes.

Si te ibas.

Si te ibas. Según mirabas sus espaldas te dabas cuenta de lo qué era el cansancio o las pocas ganas de vivir. En algún momento las cortinas la taparon como si fuera una aparecida movidas por una leve brisa de aire.

Sí.

Ella seguía allí en la ventana esperando no sé qué, sabía de sobra que nuestro hijo no iba a volver.

La ventana había quedado abierta, llevaba días y días como si fuera un homenaje.

Si te ibas.


Si te ibas, los visillos aún adivinaban su forma llena de vacío.