jueves, 29 de septiembre de 2011

EL PATITO.


La niña está mirando extrañada su patito de color amarillo. Aún no es del todo de día. Estoy sentado delante del ventanal del comedor sobre una silla de mimbre en una posición estática que hasta cierto punto me parece ilógica. Cabalgo el salvavidas de la niña cubierto por una bata desgastada de color agrisado, y por debajo de mis dos piernas asoma la cabeza del patito con sus grandes ojos abiertos y su largo pico hinchado, esbozando una pícara sonrisa.

Y la niña viene a cogerle el pico al pato, y yo llamo a Zulema para que quite a la niña de aquí, porque con sus manitas me roza el capullo sobre la cresta del patito sin quererlo, y Zulema llega y coge la niña de muy mala hostia tirando de ella, y me dice aquello de vaya postura de cerdo degenerado que tienes.
 
Cuando leí el informe del cirujano y vi todo aquello me sorprendí de cierta manera: dos prolapsos internos, cuatro abultamientos perianales, seis ramificaciones de tejido submucoso sobre el mismo borde dentado del pectíneo; eso sí, todo muy prolapsado, abultadito y presionando sobre una dermis tan fina que cuando te limpiabas la tajadera veías las estrellas.
Lo malo será cuando me vaya de bareta, pondré los zócalos perdidos.
A mi lo que me gustaban mucho eran los mejillones de escollera cociditos con salsa de cebolla, aceite virgen de oliva, perejil, y mucho picantón de guindilla de Otare. Siempre que los comía sudaba por la calva y me ponía rojo como un tomate. Una vez los comí en el restaurante que está en la escorrentía de Mereci, y me dieron aquellos retorcijones. No tuve más remedio que ir al baño, y en el baño daba aquellas voces que se hizo el silencio y se dejó de mear y de escanciar sidra. El padecimiento de almorranas te evita malas tentaciones, es lo único bueno que tiene. Guardarte mucho de que no te prolapse ningún mango hostil, sería placer sádico del prolapsador, pero el prolapsado para qué describir, como si te metieran un gancho de cocina al rojo y te escarbaran dentro en forma de movimiento de manubrio.

Zulema me dejó la persiana entreabierta, y me huele a café torrefacto. La claridad empezaba a ser tenue cuando sentí un portazo de salida dado de mala gana. Por entre la ventana que está casi abierta entra una agradable brisa que me huele algo al mar.

La niña ha vuelto de forma sigilosa.

Y me vuelve a mirar con aquella extrañeza y aquellos ojos tan grandes. Está delante del pico del pato Donald, y quizás pensará cómo su papasito puede estar cabalgando su juguete de la playa. Por qué raro misterio la cabeza del pato está ligeramente deforme e hinchada, y su pico rojo tiene aquel gesto adelfo. De no sé dónde siento como el pedaleo de una máquina de coser y voces de televisión. Y en otro instante que no he calculado percibo su manita buscando el inicio y el final del pato debajo de mis posaderas amoratadas por el color del yodo. Una extraña y dulce sensación que no evito ni reprimo.

Es un imprevisto.

Siento una llave dando dos vueltas, y un estrépito, y el sonido de unas campanitas de cerámica que hay en el pasillo. Me levanté como si estuviera pasando un sueño horrible, igual que un resorte, de repente, con la energía de un cadete militar. Empujé a la niña y se calló de espaldas contra el suelo empezando un llanto de desesperada rabia.

Cuando Zulema apareció en el umbral de la puerta percibí sobre mi espalda su mirada de furia contenida. La niña salió corriendo y se agarró a su falda al mismo tiempo que angustiadamente señalaba su hollado patito. Permanecí estático. Me veían en aquella perspectiva, recortado por la leve claridad de la ventana. Por mi cuerpo había circulando un escalofrío extraño, como si hubiera caído sobre mí un verdadero rayo y toda la tormenta.

Por la calle pasaba alguien vociferando, y la brisa movió ligeramente los visillos, enseñando en el alféizar dos macetas completamente deshabitadas.
La piel de mi espalda estaba llena de sensaciones (desazón de inexistencia), mezclas de frío y calor que se alternaban. No sé, a ciencia cierta, si estaba llorando; nunca me doy cuenta cuando lloro.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

EN SU CARA.



Argimiro era un iconoclasta psicológico que destruía a todo lo que tocaba. Era de esos compañeros de oficina, simpatiquillos, ramplones y miserables que se ríen de todo lo vencido y apocado. En mis primeros meses de trabajo me lo había hecho pasar muy mal con sus bromas desconsideradas, sus burlas y vejaciones. No voy a pormenorizar todo lo vivido en aquellos pasillos recortados por biombos y estanterías. Pero todo tiene en esta vida su justo precio, es el fabuloso precio que vale la venganza. La idea surgió un jueves de semana santa de hace casi un año. Lo vi con su mujer en una sidrería del barrio del Coto, sentados en una mesa del fondo. No sé si el me vio. Pero yo los estuve observando largo rato, y comprendí por el comportamiento de ella, por sus miradas, por su forma de gesticular, por un sexto sentido que a veces tenemos, que era una gran celosa. Lo medité a la vuelta hacía mi casa, lo pensé sagazmente, lo razoné. La idea me vino cuando al llegar un día del trabajo vi aquellas muestras de perfume, fragancias a la luz de la Luna, a nombre de mi mujer sobre el taquillón de la entrada. En un flas fugaz y repentino se me vino a la cabeza aquella idea... Tardé unas dos semanas en hacerme con una llave de su taquilla, allí dejaba habitualmente su chaqueta, abrigo, o bufanda y sus cosas personales. No fue difícil empezar a posar aquellas gotitas en cuello, mangas, forro interior, etc., solo un rastro imperceptible; algunas veces mojado levemente en un algodón con el fin de que no se diese cuenta. Solo la astucia de una mujer puede descubrirla, sólo el efluvio del tapón de la gasolina del coche podría aliviarlo y confundirlo. Es indudable que su mujer me había parecido una gran zorra olorosa. Distribuí durante dos meses aquel leve sopor alternando los días. Algunas veces le colgué disimuladamente largos cabellos en la zona interior del cuello y solapas, (eran cabellos de Mercedes, la de Compras, me aprovechaba de su incipiente alopecia).
Con esta ceremonia obsesiva, repetitiva en el tiempo, pasé unos tres meses, sin efectos aparentes; sin que aquel hijo de la gran puta dejara de machacarme con sus burlas. Hasta que un día, un cuatro de septiembre, lo recuerdo como si fuera hoy, lo vi entrar, casi desapercibido, silencioso, con aquellos cuatro arañazos, como si le hubieran dibujado las senyera catalana sobre en su cara.

lunes, 26 de septiembre de 2011

GRANDIOSOS COLORES.


Cuando llenábamos ramos de laurel con galletas redondas a las que se les podía meter un dedo por el medio, y luego los llenábamos de caramelos que atábamos con hilo de coser, y luego papeles de celofán que eran de colores, deshilachados, y luego en la misma punta del ramo un lazo rosa de mis hermanas. Y luego los llenábamos con más cosas que no recuerdo. Los llenábamos.

Las galletas María se rompían por el medio.
Los hombres se morían y cerrábamos las ventanas para que no se quedase el alma.
Los llenábamos de... no me acuerdo.
Bueno, el ramo estaba repleto de todo cuando lo mirabas.

Era por Abril.
Llevo varios años pensando en cómo soñaba.
La antena de la radio era un hilo de cobre, la radio estaba tapada por un tapete blanco, la antena salía por la parte de atrás, iba hacía arriba, atravesaba las tablas del techo hasta el desván, por el desván de un lado al otro, enroscado sobre una viga carcomida, y salía una punta simple de alambre entre el hueco de las losas de pizarra, y por allí entraba todo, y era increíble, sí.
Era por Septiembre.
Cuando el sol se derretía muy rojo anunciando el vendaval. Por Noviembre.
Mis hermanas le daban a un mando en forma de ruedecita trasparente muy despacio, la radio hacía aquellos ruidos de ultramundo, y luego las ondas largas llegaban con los sonidos de jazz de la Big Band, desde el otro lado del mar. Ritmos extraños, irreconocibles. Eran sonidos acaramelados que iban y venían por el cable de cobre como si fueran azotados por el viento.
Júpiter en el cielo hacía el oeste por Octubre, y Venus en Diciembre por el sur.
La Vía Láctea como una lechera derramada.
Los murciélagos en Agosto desfilando antes de las doce de la noche.
El veinticuatro de junio, los muertos salían para abrazarnos.
La mula, como un camello, de Lulo de Erías, atada delante de la puerta de la escuela. Las patas de la mula como si fuera un puente. Yo siempre llegaba tarde con un maletín de madera, que algunas veces tenía un cristal dentro, y que cuando corrías se agitaba todo, dos lapiceros de colores y una pizarra con un marco de abedul en donde dibujaba filigranas. La mula pensando en lo suyo. Sentía desde dentro de la escuela la voz de Sarandeses en aquel ritual de la memoria, canturreaban. Me metí por debajo del puente, y la mula se dio cuenta. La patada fue tan grandiosa que volví a nacer aquel día.
A mi me gustaba mucho la hermana de la maestra de las niñas.
Se llamaba Mari Sol.
Era por Enero.
Por donde caía la nieve todo con forma de roscón blanco.
Los pájaros entraban en la sala ateridos de frío. Olía a todos dentro de la casa.
Por las noches las bombillas amarillentas con aquel sombrero blanco dejaban caer una claridad extraña.
Llevaban a Julia dando a luz sobre una escalera de madera envuelta en mantas
Yo estaba mirando una revista en blanco y negro de la Habana.
En la portada venía Lauren Bacal como una diosa.
Por Mayo eran grandiosos los colores.


domingo, 25 de septiembre de 2011

GRUPA DE LA MUERTE.



El día era el habitual, ni muchas nubes ni pocas, sólo estaban lisas y altas. No hacía ni mucho frío ni mucho calor, digamos que todo era normal.Pero para Celestino era el tercer jueves del mes, y a su edad solo podía ya homenajearse con ciertos refinados gustos. Le había dado por las sesenta y cuatro artes de Babhravya, y todas sus doctrinas secretas que intentaban buscar la profundidad de los escondidos sentidos de su envejecido cuerpo. Pero como la eterna juventud es trasmutable, Celestino buscaba en el jardín del edén muchachas jóvenes, muchachas que le llenasen de vida.
Cuando enfiló la Calle Felipe Neri iba dispuesto, mudado y limpio. Todo era igual que siempre: la parada de taxis, el kiosco de periódicos, y frente a la cafetería Oriental estaba el número 28, sobre un portal con dos escalones, disimulado y sencillo. Tocó en el tercero, esperó unos instantes, miró en todas las direcciones de la calle por si había algún conocido sospechoso, y empujó la puerta. En un santiamén estuvo delante del piso B, otro timbrazo, y sintió como descorrian un cerrojo y abrían. Allí estaba ella ,con su quimono japonés joven y bella, mirándole.
Nunca había muchos prolegómenos, lo habitual era desnudarse, y abrazarla. Ella le preguntaba qué postura quería adoptar entre aquel figurado catálogo: la unión del águila, la posición de la alineación perfecta, la unión de los amantes, la posición de la amazona, la unión del antílope, la postura del árbol de la fruta, la postura de la balanza, la postura del columpio, la postura del bambú, la unión de la boa, (la postura de la carretilla, estaba desechada por su edad), la unión del gato…
Y él, que era precavido y exacto, le dijo su fantasía semanal, hoy deseaba la posición de Andrómaca: Aquella en que el hombre está acostado sobre la espalda y espera que la mujer se posicione encima de él, en cuclillas, el busto completamente erguido para dejarse caer con todo su peso. Siendo ella la que controla perfectamente la profundidad y el ritmo, liberando a sus anchas sus fantasías de dominación, sintiéndose él plenamente dominado. Esta era la secuencia, y así se hizo, como si de la nada hubiera surgido el paraíso, como si aquellos instantes fueran regalados después de una larga vida sacrificada por la inapetencia sexual de su Santa Mujer. La sintió sobre si. La veía sentada sobre su cuerpo deforme, tan hermosa y perfecta, casi soñando que era una diosa del mismo paraíso de Belcebú. Y así fue como ella, se dejó caer tres veces, o quizás más. Fueron unos instantes. Lo miró tremendamente extrañada, al sentir su repentina flacidez, su inanimada cara, sus brazos caídos a lo largo del cuerpo, y en su boca dibujada aquella extraña y plácida sonrisa, como si en aquellos precisos instantes ella estuviese cabalgando sobre la sublime grupa de la muerte.


sábado, 24 de septiembre de 2011

ME HA PUESTO.


Era aquella parsimonia para limpiarse desde la sínfisis púbica hasta el transverso superficial del periné, sentada en el bidet, o con la ducha pasando una y otra vez su mano. Su vestíbulo y todo el peritoneo con aquel piquito de pelo en forma de triangulo esotérico, espiritual, con el vértice hacía abajo, marcando el camino. Era como un rito lavarse todas las incurvaciones , secárselo cuidadosamente, para ponerse luego unas gotitas de fragancia, que dejaba un profundo olor a sándalo. Otros perfumes que se ponía le daban a aquella desembocadura un toque de esencia de pétalos y peristilos, a flores de bach, extraordinariamente apetecible.

Habíamos pasado junto a la marea, y un puntito rojo esmeralda al lado de las colinas que daban al puerto como una pequeña luciérnaga. El mar como un plomo quieto. Las barquitas extrañamente inmóviles, levemente reflejadas en el agua, como si se preparasen para una tempestad. Tu mano pequeñita casi imperceptible, y quizás algo de deseo, y los olores a escamas, a posos putrefactos de aceite y moho que se agarraban a los pantalanes.

Y aún el olor a incienso, el olor a cera, los músculos ateridos y estáticos por estar tanto tiempo posados sobre el duro banco de madera donde nos encontrábamos, en la nave de la Epístola, en el primer banco que daba al trascoro, delante del altar de Nuestra Señora la Mayor.

Las noches del sábado al domingo veníamos de las vigilias nocturnas con todo el recato a que obligaba aquel cumplimiento con Jesús Sacramentado. Lo hacíamos en tiempos de adviento, en tiempos de cuaresma, en tiempos de pascua, y en tiempos ordinarios. La liturgia se alargaba desde las doce de la noche hasta bien pasadas las cinco de la mañana en que volvíamos a casa desde la iglesia de la Anunciación, por toda la Avenida De los Sitios pasando por el Puerto. Me agradaba traerte de la mano. Cuando llegábamos a casa nos poníamos a tomar el café y unas tostadas en la mesa de la cocina, en pleno silencio y en total recogimiento celebrado.

Me olías a incienso.

Me olías a ropa negra.

Todo tenía un protocolo meticuloso. Te encerrabas en el baño, el bidet daba aquellos golpes de ariete y todo vibraba al cerrar y abrir el agua. Nunca me permitiste ver esa ceremonia. Aquel sonido a carcasa metálica del bidet era el húmedo anuncio de tú deseo.

Me olías a cera de color rojo.

De aquella forma entrábamos en el cuarto siguiendo el recogimiento en el trámite de desnudarnos y meternos bajo las limpias sábanas con otro olor a fragancias de flores en épocas de androceos. Era un rito su forma de acostarse boca abajo. Dejándome a la vista su desnudez blanquecina, sus extraordinarios glúteos, que empezaba a manosear suavemente recorriéndolos con mis dedos.

A Clarita le excitaba muchísimo que la maseajase con mi lengua por la zona de su línea pectinea. Escondido sobre la blanca sábana el otro encanto. Era abrirle despacito su oquedad y comenzar un suave movimiento, y sentir una relajación total de su músculo coccigeo, y aquellos saltitos prolongados, casi irreverentes hasta que comenzaba su vasoconstricción, y una acentuada miotonía.

Su fase meseta era amplia, al principio contenida para luego pasar a aquellas veintitrés contracciones de su zona pélvica que me hacían desconcentrarme, pues debía coger con fuerza sus glúteos mayores para no desajustar mi lengua en su hendidura. Tengo que decir, que a veces mi lengua la penetraba hasta la cercanía de la amigdala palatina, allí donde se captan lo más amargo de los sabores. Eso la volvía tan excitada que llegaba a desvariar diciéndome que me quería que me quería y que me quería. Tengo que decir al respecto, que su control de esfínter debía ser totalmente inconsciente, nunca me tiró ni el más triste de los pedos; siempre disfruté de aquella fragancia desprendida como a pétalos de lirios.

Una vez hecho el sitio, mi lengua horadada una y otra vez de adentro a fuera, hasta que volvían sus agitadas contracciones.

Tengo que deciros, que la lengua es un músculo que raramente se cansa.

La lengua en el ano de una mujer también requiere su ritmo y es de cierto sibaritismo este placer.

Cuando te dabas la vuelta las sabanas tenían aquella geometría de Síndone, un rastro abundante de flujo que me olía como a níscalos hervidos y a salsa boloñesa.


He de decir que Clarita, incluso en los más profundos de los paroxismos no se dejaba besar por mí, le daba asco mi boca que tanto sabía a ella.

También he decir que estas situaciones no eran buscadas por mí deseo. Quiero decir que no estaba socorrido por el extravío del fulgor. Al contrario, en este acto era totalmente ceremonioso y activo. Suavemente le daba la vuelta a Clarita para verle su hermoso y perfecto culo, siempre iniciando las caricias con leves paseos con mis manos por su fascia glutea y por su espina iliaca (zonas muy sensibles, por sus ramificaciones nerviosas).

Ella era de total sumisión pasiva.

Todo esto terminaba sobre las siete de la mañana, en que reverentemente rezábamos y nos poníamos a dormir.

Yo quedaba con aquel sabor extraño de su parte más íntima dentro de mi boca, y con aquella calentura que hacía tiritar mi alma.

Sabores de ella, amor santo.Sé que ahora está en el cielo que hay sobre el otro cielo.Llevo el sabor de sus miserias aquí.Pero aún la amo.

Siempre amanecía con una extraña soledad y mucha claridad blanca.

(Yo he vuelto a la gárgola del templo, donde Satanás me ha puesto)


viernes, 23 de septiembre de 2011

RASTROS DE CARMÍN.



-La maté del todo bien.

Sin grandes sufrimientos, sólo con ciertas alteraciones rítmicas en su corazón, el mal endémico de los tiempos, los corazones agitados. Habían sido dos años incruentos subiendo a las arboledas de Priano, en la primavera, a buscar hermosos Zapatitos de Cristo, o dedaleras como les llamábamos en el colegio. Su fatigado corazón se merecía aumentar el ritmo, pausadamente, quería matarla del todo bien.

Y allí estaba, tan natural, los ojos abiertos, las manos estiradas como si la noche, a eso de las tres de la mañana se hubiese caído sobre sus pupilas, como si aquel extraño gesto con la boca ligeramente abierta hubiera intentado decirme que me quería.

Busqué la mejor ropa, su preferida, un vestido corto hecho de muselinas forradito de color negro. Ella se perdía por aquel vestido que se adaptaba a la perfección a las formas casi simétricas de su cuerpo, con aquella purpurina dorada, descuidada, arropando su cintura. Encontré en el cajón de la cómoda un liguero de encaje con medias de red, que aún no sabiendo si eran de uso y a moda con el vestido se los fui poniendo muy despacio, continué con unas braguitas negras a juego de encaje adornadas con unas puntillas de festón triangular muy hermosas y adosadas a sus muslos.

No sabía muy bien el orden, es un lío vestir a un muerto con cierta elegancia.

Todo era tan especial y singular que la maquillé al uso. Despejé su frente, limpie su cara, y me quedé pensando qué maquillaje ponerle. Lo hice como mejor supe, reafirmando sus ojos, dándoles luz, marcándolos en tonos verdosos; puse un leve rastro sobre sus pálidos pómulos, y sus labios rojos esculpidos en forma de fresa como si fuera una esfinge.

Se quedó allí a lo largo sobre la sábana blanca, la ropa de la cama retirada. Estaba tan hermosa, tan bien muerta. Me acaricie suavemente mirándola lleno de recuerdos, y ceremoniosamente me puse sobre ella levantándole el borde de sus bragas. La penetré y aún la encontré tierna, lúbrica, casi caliente, mientras besaba sus labios fríos.

Su boca sólo me supo a rastros de carmín.


miércoles, 21 de septiembre de 2011

CON CIERTA FACILIDAD.



Intentaré contaros en pocas palabras lo que me está sucediendo. Todo empezó en mayo de hace dos años al levantarme para ir a trabajar. Sentí un pequeño dolor en lo que los galenos llaman surco ínter glúteo –para entendernos, un poco más arriba de la abertura del ano-. No le di la mayor importancia en aquel momento. Pero a partir de aquel día las molestias fueron a más, sobre todo cuando me sentaba a en la oficina. Empecé a notar al frotarme en la ducha un pequeño bultito en esa zona. Me miré con la ayuda de un espejo, viendo claramente una pequeña pretuberancia dura, con abundante bello. Pasarían unos dos meses, estando en el baño, mi mujer me preguntó que era lo que tenía entre los glúteos. Yo le contesté que parecía una acumulación de sebo, aunque lo notaba muy localizado y no parecía blando. Mi mujer me animó a consultarlo. Al mes siguiente estaba delante de la médica del seguro, un poco cortado, con los pantalones bajados. Sin importancia, me dijo, eso es sebo. Se llama un absceso pilonidal. Si crece más habrá que extirparlo, lo cual es sumamente sencillo. Pues bien. Os puedo decir que llevo andados unos doce especialistas. No era sebo, ni mucho menos. El bulto empezó a aumentar vertiginosamente como una ramificación en forma de cartílago. Centímetro a centímetro se fue extendiendo. Al principio parecía como una irrigación de pequeñas venitas, casi transparente, hasta que se fue haciendo perfectamente consistente y duro. Mi situación ahora mismo es muy confusa. La enfermedad está considerada de las muy raras. Es más. No hay ningún dato a nivel mundial que indique en ningún país conocido algo semejante. Lo llevo lo mejor que puedo, incluida su connotación jocosa. Lo extraño de este raro apéndice es su sensibilidad al frió. No siento otro tipo de molestias. Ni siquiera ahora al sentarme sobre el respaldo de la silla en la oficina. Mi mujer me ha hecho como un pequeño calcetín para resguardarlo. Por su gran semejanza lo he llamado rabo de cerdo. Los especialistas me han dicho que podría llegar a los veintitrés centímetros. Ya empiezo a moverlo con cierta facilidad.

TAN POCA COSA.



Llevaríamos tres horas caminando cuando se hizo el silencio, que era como un murmullo. Los pies iban uno detrás del otro, y avanzábamos despacio, que es avanzar, empujando nuestros carritos cargados de cosas que no deseo enumerar (ni sé si servían para algo). Me hablaba de que su corazón se agitaba, me decía: mi corazón es como si estuviera bailando una danza sin ritmo dentro de mi pecho, yo la consolaba, y a su vez le decía: el corazón es una bomba de impulsión (esto era físicamente cierto), y le cuesta más trabajo bombear hacía la cabeza que hacía los pies, y eso, le continuaba diciendo, que los pies se mueven mucho más que la cabeza, pero…, no la convencía, levantaba su mano, mímicamente, la abría y la cerraba pausadamente y de repente abría su mano con un gesto más desesperado, y me decía, mi corazón hace esto cada poco, como mi mano, no sé si te das cuenta. A todo esto (esto) tengo que decir que Ella y Yo estábamos huyendo de la ciudad por la carretera más recta que había. Si mirabas desde dentro de la ciudad hacía afuera, era una recta inmensa, que cuando volvías los ojos hacía atrás te impresionaba lo que habías caminado, la ciudad se iba diluyendo en el horizonte en un cúmulo de edificios, y dos rayas horizontales con un tono marrón de tierras labrantías a ambos lados. Huyendo, ¿no es exactamente huyendo? ¿O esto (esto) no es huir?
A Ella no la conocía del todo. Es decir, no huía del todo, no la conocía del todo, pero le hablaba cada vez más para conocerla mejor. Ella llevaba en su carro cachivaches femeninos, yo en mi carro con ruedas de una vieja bicicleta llevaba, más bien, cosas de guarecerse, su carro era un viejo cochecito de niño y le cogían menos cosas, lo que ocupa un niño, más o menos a lo largo y más o menos a lo ancho. Pues íbamos, así, huyendo de una ciudad a otra. Si vas de una ciudad a otra acabarás huyendo de las dos ciudades a la vez, y si no al tiempo. Le decía lo del corazón para darle ánimos, pero ella levantaba su mano derecha (que era la única que tenía libre), y comenzaba a gesticular abriéndola (su mano) pausadamente a veces, otras veces como si la mano gritase, muy abierta, y me decía, este es mi corazón, así es como da los vuelcos en mi pecho. Y yo le decía otra vez lo del corazón…: mira, el corazón es una bomba aspirante impelente… y así y así y así y esto y esto (esto).
Cuando miraba para atrás la ciudad era cada vez más diminuta, y me daba miedo de estar tan solos en medio de tanta inmensidad, y con su patatita dando tantos vuelcos.
-Por las noche muchas veces escucho mi corazón, y me  aterroriza  depender de tan poca cosa.

martes, 20 de septiembre de 2011

SIN SABER POR QUÉ.


-Es un recuerdo.
-No es una ensoñación.
-No es un estímulo.
-Es un recuerdo nebuloso para seguir viviendo.
Debía de tener unos doce años cuando me cogió de la mano. Su brazo era muy largo. Así que íbamos ella y yo como si me llevara una extraterrestre. De una mano fina de dedos largos colgaba una mano mas pequeña que era la mía, con un pulso de camisa blanca dobladito. En la habitación había una imagen del Perpetuo Socorro (había estado más veces allí), y unos cortinones color púrpura tan grandes como los que se habrían en el cine. De un manotazo le dio a uno a cerrarse, y la luz que entraba se hizo un rayón largo, de arriba abajo por las paredes reflejándose en el suelo de madera, el resto era penumbra y mucho silencio de siesta. Me arrimó a la cama. Su gran mano pasaba por mi cara como si arrastrasen celofán, así de suave. Y yo le veía sus ojos hundidos, sus pómulos prominentes, su amplia frente despoblada de pelo. Cuando se arrodilló delante de mi vi su cara más cercana, era como tallada en madera. Un respirar agitado, y un extraño olor a laurel desprendido de su ropa. Varias veces acarició mi entrepierna metiendo el dedo por entre las perneras de mis pantalones cortos. Sentía su dedo sobándome una y otra vez, su uña pintada arañándome suavemente mientras con su otra mano hacía musarañas sobre mi barriga. Para aquella yo había cerrado los ojos. No veía su cara, como de virgen, en forma de talla de madera, de rasgos tan quebrados, los labios pintados de rojo encima de mi cuello. Fueron unos instantes, como un juego.Percibía su boca, su cálido aliento. Lo que sucedía no sé si era un sueño milagroso. Me acariciaba como si chupase un piruli. Fue sublime. Su cabeza parecía atada a mi, doblándose una y otra vez sobre mis piernas...
...y por un instante me quedé abrazado a su cuello, casi desmayado, hubo una luz blanca sobre mis ojos cerrados. Me daban ganas de besarle la boca sin saber por qué.



lunes, 12 de septiembre de 2011

EL SONIDO DE SU CORAZÓN.


Ella.
Yo.
Y el Ser.
Desde nuestra ventana veíamos quinientos millones de mundos habitables sólo en la Vía Láctea.

Yo me obsesionaba con tanta inmensidad.
Me preguntaba por qué tanto aquí y ahora si al final todo era nada, por así decirlo.
Lo diminuta que resultaba nuestra panorámica. Infinitesimal.
A ciencia cierta uno no sabe dónde está el límite de sí mismo. Cuánto transciende de sí. Te vas tocando de la cabeza a los pies con parsimonia y eso es el volumen que ocupas. Lo demás es vacío. No hablo de lo que puedes ocupar en los demás que te conocen como Ser. No. O cuánto va a quedar de ti como recuerdo. Eso de que vives en la memoria de los otros es una gilipollez suprema. En realidad no vives en ningún lado. Estás muerto.

Me hubiera alojado para siempre en ella, pero ese fenómeno no era posible. Mis ansias de meterme dentro de su cueva como un ciempiés.

La soledad es indescriptible. De qué modo todas las noches pasadas. Todos los días leyendo poemas de amor escritos en las tapas de los libros de otros poetas. Sus ojos presagiaban eso insatisfecho mirando siempre muy lejos. No había nada tras sus ojos llenos de contornos negros. Si paras las manos en la piel detienes las caricias. Todo lo angustioso se produce de repente.

Algunas veces cuando ella llegaba estaba con esos pormenores y otros pensamientos sobre mi. Contemplando. Momentos antes existía yo y ella, quiero decir que estaba pensando que ella se acercaba a la cita. Entonces ella existía para mi. Cuando entraba no le miraba a los ojos. Nunca. Le miraba a las piernas que eran muy largas. Como en una ceremonia que había pensado desde el día anterior. En silencio ceremonial me arrodillaba delante de ella y la abrazaba por las caderas mirando hacía arriba su cara de esfinge, la mordía ansiosamente por encima de su ropa. En esos instantes el mundo deja de existir. Cuando traía falda metía mi cabeza por debajo y me llegaba el efluvio de sus gotitas alucinantes a lo Clive Christian’s , no eran de Clive pero pudieran serlo. Le comía el coño a bocados, casi perdía la respiración, todo aquello me parecía un manjar de dioses. Le venía tardíamente su manantial, como si vibrase ligeramente. Se doblaba lentamente por la pared hasta sentarse en el suelo, y entonces comprobaba la inmensidad de sus piernas porque para besarlas hasta llegar a chuparle los dedos de los pies tardaba un mundo entre una y la otra (alternativamente).

Me traía empanadas de hojaldre rellenas de bonito y tomate. Después de comerle el coño nunca la podía follar porque yo ya me había corrido de tanto gusto que le daba a ella. Así que comíamos la empanada de bonito en la cocina. La partíamos en sectores proporcionales, ocho o diez a lo sumo y la saboreábamos con sidra dulce mientras nos mirábamos a los ojos también dulcemente.

Hablar filosóficamente para entender a Dios o lo que sea. Quizás para no estar tan solos.

Yo le hablaba mucho en abstracto. Le preguntaba por qué si yo le comía el coño a ella, por qué ella nunca me comía el pito. Siempre dispuesto y limpio, lavado en el videt instantes antes, lavado suavemente con agua tibia, ablucido con jabón Heno de Pravia todo el capullo y las cascarrias pegadas a los pelos en la zona del perineo arrancadas, también la raja de mi culo lavada. Nunca me contestaba. Veía moverse su boca masticando lentamente los trocitos de empanada con mucha educación, sin desprenderse ni la más mínima miga de hojaldre, bebiendo la sidra y apretando mucho los labios al final para no regurgitar.

Estábamos satisfechos así, no copulábamos. Sus estertores, su mirada turbia me agitaban de tal manera que eran incontrolables mis músculos puboccocigeos y me iba por la patita y por los conductos aferentes en orden inverso.
Otras veces le abría allí por donde nos unimos al mar, y le metía la lengua hasta donde me llegaba, muy hondo, me quedaba muchos instantes dándole vueltas y vueltas, hablándole a las olas, o más bien rozándole el pútrido bolo cercano al sigmoideo. Al final, cuando me iba despacio y mi lengua volvía muy asustada, ella no reprimía sus ventosidades. Tengo que decir que incluso eso me olía a gotitas de Clive Christian’s. Un conglomerado de sabores y efluvios nada desdeñables.

Nada es extraño y baldío, nada es turbio e insalubre si procede del ser al que tanto amas.
Me olvidaba en aquellos instantes lo trascendente de mi Ser.
Mi idolatrado Martín Heidegger es ciertamente la materia oscura. Lo que se ve en demasía y no se entiende. Eso pensaba sin el más mínimo asco.

La tarde quizás se caía con toda su simple parafernalia. Hay tardes que son sospechosamente de relleno en nuestra existencia.

Nos asomábamos al balcón y veíamos los tejados marrones y el cielo la mayor parte de las veces con aquel gris tan liso y uniforme que lo hacía más lejano. Estábamos juntos rozándonos los codos. Y yo siempre le hablaba de lo mismo como si presintiese mi propia muerte. Me obsesionaba aquello. Le decía: yo solo perduraré en ti, no en nadie más, perduraré en ti mientras tu recuerdo me recuerde, luego será la nada, sabes, yo le llamo a eso el silencio absoluto. Ella me miraba con su cara de esfinge, como extrañada, y yo me hacía unos pasos atrás para ver sus largas piernas desnudas (una vez más), por si acaso tenía que morirme al final de aquella tarde.

Algunas veces escuchaba sobre su pecho.
No recuerdo ahora cómo era el sonido de su corazón.

domingo, 11 de septiembre de 2011

DETONACIÓN FINAL


Por fin estaba en Lisboa, en la misma plaza Restauradores llena de palomas, con el pináculo en el medio, clavado en lo que perecía un azul pleno. De una pianola salía un sonido de acordeón con soniquete de fado acatarrado. La gente pasaba a mi lado sin acordarse de mí. Por un instante me sentí feliz. Me senté en la silla de un limpiabotas y vi como mis zapatos tomaban tono de espejo negro. El día podía ser largo y dichoso. Me levanté dispuesto a disfrutar de la lejanía de mis enemigos, de mi azaroso viaje por tierras de paisajes oscuros, y llenos de peligros. Caminé entre árboles espesos de hojas por una acera empedrada e irregular. Como ya era la hora de viandas, entré en mi restaurante habitual de fugas, el Pinoquio. Me senté en una vieja mesa barnizada y levanté la mano para pedir la carta. Fue en ese instante cuando sobre mi nuca sentí la presión fría del cañón de la pistola, y en un silencio que pareció un abismo de tiempo, el suave roce del gatillo, y la detonación final.

jueves, 8 de septiembre de 2011

PINTADO DE COLORES.


Me encontraba con todos los Mayos, allí, quizás,
se precipitaban alegrías y mullidas algas
donde el mar daba una vuelta, sonidos de olas
en largas tardes de sol, enamorados,
escondidos donde las rocas dejaban una sombra, también,
tras las ventanas pintadas de blanco, viejos visillos arrugados
con zurcidos verdes en forma de hojas de trébol, escondidos,
tras las camelias crecidas en tierra negra y jugos de estiércol.
Éramos niños, escrutábamos, caballos blancos con una mancha marrón, allí, quizás,
gentes esplendorosas que no trabajaban,
con vidas tan plenas que siempre se reían.

Había palomas, zapatos de charol, bombillas rojas, pañuelos en forma de bolsillo, y gitanos cantando, y tú piel olía a restos del mar, no era mi boca, eras tú que formabas mis labios. Entonces, cuando los mayos llegaban, soñábamos veinticuatro horas,
mientras sentíamos las máquinas coser pantalones, y las tahonas cocer el pan,
o hincharse corazones escondidos, allí, también, donde el mar daba una vuelta.

Había ido hasta California a darle besos a Bette Davis, y transcendía,
dentro de tú boca, te dibujaba paisajes con un dedo apoyado en tú sien,
te hacía conchas del mar con un hilo de bramante y nombres dibujados dentro,
y te amaba,
por los siglos de los siglos, allí, quizás, donde las flores que salen del mar se vuelven blancas para no morirse.

Mi padre tenía bigotes de color naranja, y le subía el humo por los ojos, y olía a cuarterón, y le contaba mentiras, de que el mar no estaba allí donde decía.
Luego íbamos por la calle y olía a cuero y a caoba de guitarra, a barniz.
De los balcones colgaban geranios rojos, allí, también, donde estaba aquella vuelta del mar.

Yo sabía que llegarían las tardes de Junio y Agosto, a Julio no lo cuento, más largas aún, pero habría girasoles y largas siestas, y estarías tú entre el ruido de las vecinas, azoteas, chimeneas, tendales azotándose contra el viento, y letras bordadas en mis bolsillos, allí, quizás, los lentos días no interrogaban, no había porvenir, y el tiempo estaba pintado de colores.

martes, 6 de septiembre de 2011

ME HABÍA DADO TIEMPO A CORRER.


...de aquel modo en que me había sentado sobre una piedra sobrenatural tallada por Dios de esa forma para que se sentasen los niños que no querían ir a la escuela mis botas que ya llegaban hasta el suelo la maletita de madera con una flor blanca dibujada en la tapa mis codos sobre mis rodillas mi cara sobre mis manos que estaban sobre mis codos observando ensimismado el suelo escondido detrás de las mimosas dulzonas una hormiga que venía de no sé donde haciendo curvas sobre la rugosa lastra del suelo con una carga en la boca parte de una pata de cigarra quizás o un moscón o un saltamontes y que llegó al borde de mi bota como a un abismo yo mientras tanto dudando levantando mi pie y poniéndoselo encima de aquella forma en que me imaginaba su muerte luego de un instante no sé cuántos segundos la hormiguita que mágicamente asomaba debajo del talón de mi bota con su carga quizás un trozo de ala de libélula apresada sobre su boca...

...y seguía viva, era un juego...

...todo un pensamiento muy largo, sentía moverse como si fuera un jabalí, quiero decir una bestia bufando, se movían los zarzales y el brezo lleno de rocío. Cuando volvía el cuello lo veía allí a unos veinte metros saliendo de la espesura donde se iniciaba el mimosal, mi padre empezando a sacarse el cinto, mi padre dándole dos vueltas en el puño, blandiendo la hebilla en círculos, los pantalones a la altura del culo, los calzoncillos al aire, desequilibrado, zancadilleado por las perneras, dando vueltas como un bulto ingrávido por el sendero y echando cagamentos.

A mi me había dado tiempo a correr

domingo, 4 de septiembre de 2011

EL VERDADERO SILENCIO.


Mis pertenencias. He debido de olvidarlas.
Una habitación para toda la vida que me queda. Siempre la misma habitación hasta el final.
El cielo nunca igual, diferente. Suceden resplandores. Ahora mismo es opaco como la ceniza.
Cuántas cosas tengo. Enumero. Contar los pensamientos. Una cosa es un pensamiento.
No sé cuánto aquí. Aún.
Una boca a veces de amplios labios, reclinada sobre mi.
Al final de la vida.
Mis pertenencias.
Estoy recostado esperando hasta la noche.
Pronto. Quizás. El verdadero silencio.

viernes, 2 de septiembre de 2011

UN DÍA.



Un día me metieron un caramelo en la boca. Esa impresión inicial a pipermint o mentol después de comerle el coño sentada en la silla de la cocina y yo de rodillas, una postura inadecuada.
Me metió un caramelo en la boca.
Se meneaba hacía los lados y luego se agachó. Mi cabeza quedó allí casi un minuto sin poder salirse.
Me subí por todo su vientre hasta su boca en un viaje muy largo. Y no me quiso la boca con todo lo que llevaba de ella antes de las anginas todo el flujo posado.
Me pone un caramelo de mentol y lo trago todo con aquel sabor entre piedra de mar y moho, o esa capita que se le pone al brazo de gitano después de un tiempo.
Las lentejas tenían los dedos pegados en la tartera y subía un humo espeso, toda la cocina llena de niebla de río en tres capas muy azules
Tampoco quiso que yo me sentase en la silla para que ella se pusiese sentada encima, valga la redundancia, y se dejase caer desde la Luna, la hija de la gran puta. Siempre le huele el culo a mierda. Lahijadelagranputa.
Le dije para cambiar de tema ayer me dijeron hay mundos que ya están muertos pero los sigues viendo y además hay otros mundos con gente como tu y como yo ahora mismo como yo comiéndote el coño socerdasoguarrona.
Cuando se levantó vi que no se ponía las bragas porque no las tenía eso pensé estaba sin bragas por si se me ocurría bajarme al pilón pero no tuvo la delicadeza de sentarse en el videt y pasarse la mano por los labios menores
Sonaba una orquesta en el tercero, una perorata, y por los respiraderos de la cocina también sonaban aves del paraíso.
Como no me dejó besarla en la boca le pase los labios por el cuello, le metí la lengua por las orejas, nomequisodejarmechuparlelatetas aunque no le tengo asco tiré lo que quedaba de caramelo por la taza de del váter, por el corazón no era mentolado, era de miel, su corazón no sé .
Noches así, un calvo en la tele y todas las noticias de que lo que ves en el universo de colores en realidad no es así, son radiaciones electromagnéticas interpretadas por códigos de colores, que no es tan hermoso. Tiene que haber un porrón de universos. Tengo esa impresión
Estamos desencantados a veces el agua del fregadero se va haciendo ruidos extraños. Me da que otros seres habitan aquí.
No sé si estoy en casa de nadie.
Según entraba te vi sentada con las piernas abiertas y me puse de rodillas.
Hijadelagranputa.
Por si acaso Dios hizo al mundo y sólo existimos nosotros quise besarte y te acabé comiéndote el coño.