jueves, 29 de diciembre de 2016

TRIGO.




Qué cosas tan guarras le hacía como desnudarla con los ojos ingenuos, o jugar al escondite para poder abrazarla detrás de los almacenes de trigo.

Tu no sabes lo que es una lluvia de trigo.
O una torrentera de trigo.
Como el trigo se desplaza en forma de coletas como si fuera el agua.

Todos los años, al final de la paradoja del tiempo, me doy una vuelta por allí. Sigue allí aquel tubo largo en forma de cilindro enseñando sus tripas llenas de ladrillos entre brezos y maleza como si fuera una columna de Hércules que sujeta el cielo. Si te digo la verdad aún germina el trigo después de cuarenta años, lo ves con ese encorvado que se eleva con su carguita de grano. Y me viene el recuerdo de aquella tarde allí escondidos, jugando a que nos encontrábamos cuando por un designio mágico aquella puerta cedió a tanto posible pan nuestro y dejó aquel hueco entre tablas rotas y el trigo cayó y cayó sobre nuestras cabezas como si fuera la lluvia del gran ser inexistente y mágico.

Al final del tiempo puede decirse un treinta y uno con un cielo muy azul.

Ella.
No sé en qué lugar del cielo por decir algo. O de la tierra.

Ves.
Lo dicho.

Por ahí nacerá un grano. Te lo juro.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

LAS PALABRAS.




Yo sé que nunca vas a escribir bien, no tienes eso que cuando alguien te lea le apetezca coger un folio y emborronar el folio porque le has trasmitido materia oscura que le remueve algo dentro de donde se piensa allí en el estómago o en otro lugar de su cuerpo.


No sabías como empezar me dijiste, y te dije por algo así como que lejos estaba el mar y que bello era agitándose y agitándose incansable desgastando piedras y piedras desde tanto tiempo como que ha llovido millones de toneladas de agua desde entonces.


Sé que te aplasta el infinito cuando miras por la ventana y cierras los ojos. Olía a café pero era igual, tu tenías aquel miedo con tus manos tan vacías sin otra mano por allí que les pasase un dedo de arriba abajo.

Le dije a Gloria que baje a buscarme porque no sé subir por donde bajé.
Es muy largo y serpentea el carrerillo que baja al acantilado. Yo sé que un día no bajarás a buscarme y me quedaré aquí para siempre intentando imaginar una historia que no esté inventada. Contar tantas cosas sublimes de alguna forma diferente que te apetezca leerlo casi por el olor, que a los setenta y dos segundos de abrir el libro no le des la vuelta y lo dejes hasta que le quede una marca de polvo cuando lo vayas a tirar a la basura.
Lo sé muy bien , Gloria. No sé que haré si un día me faltas tú.
Por ejemplo. Como cuando nos decía la maestra, copiar, y casi no había luz.
Yo lo empezaría diciendo cómo puede ser tan inmenso lo que veo y yo tan ridículamente inútil que tengo que rebuscar y rebuscar las palabras que poner aquí y que a mi mismo me asquean cuando lo releo.

martes, 27 de diciembre de 2016

EN ESE LUGAR.




Parece notarse en el aire que dijera algo, no me voy por ejemplo a quedar quieto viendo las horas, ni diciendo recuerdos de hace años cuando los labios eran de celofán y calentaban húmedos.
No me da la gana tener miedo, no me da la gana intentar saber orientarme. Prefiero estar perdido dentro de mi boca buscando un lugar desconocido con mi lengua todos los minutos buscando por allí y allí hasta decir aquí no estuve nunca nunca y volver otra vez a pasar la lengua.
Merece la pena escuchar boca arriba.
Con todo eso sobre ti el techo inmenso con sus nubes y por la noche sus estrellas fugaces, la claridad del amanecer con todas sus noticias.
No perder la esperanza hasta dos minutos antes.
No morirse de pena y abandono de soledad como la cosecha de los árboles.
Que no existiese hasta nunca o no podré verte mas o aún sentir cómo tienes pena donde llevas el corazón.
Las rosas no merecen la pena si no quieres verlas, estar inspirado para ver el atardecer colgado sobre el mar.
Arriesgarse a reposar por el lado de tu corazón sentir ese zumbido colgando de los oídos.
Me gusta soñar en aquellos días en los que empezaban los cuentos erase una vez y luego un montón de palabras y palabras.
¿Si me miras a los ojos no te imaginas que que aún estoy pensando en tus manos blancas que caían levemente sobre mi frente?
Eran como mariposas del invierno.
En aquellos días en que aún sabía tu nombre.

domingo, 18 de diciembre de 2016

ELLA DE VEZ EN CUANDO ME DECÍA UN !HALA,HALA,HALA! TEODORO.



Nunca nos habíamos abrazado hasta las últimas consecuencias. Abrazarse hasta las últimas consecuencias no sé qué es eso, es abrazarse mucho, es abrazarse poco, en realidad no lo sé. Hacía unos días le había dicho que teníamos que abrazarnos, no sé cuántos días hace de esto, pero se lo dije.
Un domingo el cielo no se ponía de acuerdo, de acuerdo como yo lo deseaba, unas veces azul a poniente y con unas nubecitas en el medio de la cúpula, otras veces (o a las dos horas), un tono muy gris y claro en todo lo que abarcaba a mirar a través de un hueco que casi era una ventana, por donde miraba a la calle y al cielo con mis brazos apoyados y encogidos mientras veía los camiones de descarga. Mismamente cuando decidí dar la vuelta cansado de ver el paisaje Ella estaba allí revisando sus nóminas del Súper sentada sobre la cama, se lo dije, le dije lo mismo de hacía varios días, cuánto hace que no nos abrazamos, le dije, hoy es bueno para abrazarse le repetí, cuánto hace que no veo tú coño, le aposté. Noté indiferencia en todo, o acaso supuse que aún no me había oído, o que en realidad no quería oírme. El día transcurrió como de costumbre, no sucedió nada digno de mencionar, pudo haber esa sensación de comer pan del viernes, o incluso pan del jueves, una sopa jardinera a medio día de la Gallina Blanca, algo espesa para ser una sopa digna y un filete con patatas retorcido como una mano medio cerrada. Nada digno de mencionar.A las nueve de la noche había media nostalgia, otra vez encogido en la ventana viendo atardecer, simplemente, simplemente los clareos ahogados y algún resto rojo, y los sonidos de los domingos a eso de las nueve sin mucha trascendencia.
Yo no sé de dónde venía, venía de dentro de la casa, pero no sé de dónde, y la vi sola cenando pan, leche desnatada y unas galletas mientras ojeaba una nómina del súper llena de migas. Me senté también viendo su perfil, su perfil masticando lentamente galletas húmedas de leche. Le dije, deberemos hacerlo, y ella pudo suponerlo, su rajita sobre la silla cuasi aplastada, su rajita.Vi gotitas de agua sobre el vide, dos horas después, y lo pensé de repente, Artemisa la casta diosa de la caza, Fedra la reina trágica se habían confabulado sobre el vide colmadas, cristalinas, perlas de agua como señal divina: se había lavado el coño.
-¿Era buena señal que se lavase el coño antes de ir a la cama?
Yo cené cogollos de Navarra con anchoas, bebí la grasita de las anchoas. A los cogollos los rocié con aceite de oliva, mientras todo esto tuvo que suceder que ella se lavó el coño, mientras yo ponía pimientos del piquillo sobre los cogollos, sobre las anchoas, sobre tres gajos de cebolla, sobre el aceite de oliva y el vinagre de Módena. Muchas veces quedábamos en la habitación a una hora, si dormíamos juntos. Sucede que era a una hora en punto, a las nueve en punto, a las diez en punto, o a otras horas en punto, pero siempre era en punto. Algunas veces ella llegaba antes e iba a dar una vuelta por la habitación del niño, cuando yo llegaba como ella no estaba, pensaba que no había venido y me iba a la salita a ver la tele. Ella volvía y si yo no estaba se marchaba a dar otra vuelta, y así sucesivamente, el caso es que nos encontrábamos al lado de la cama a las tantas, pero siempre era en punto.
-Hoy no.
Hoy eran las nueve en punto y ya estaba allí, panza arriba en bragas y en sujetador. Yo, a todo esto, me había lavado la polla en el lavabo. Todo era así de ecuánime. Ella así de ecuánime seguía mirando la nómina del mes del Súper_Cheap , cuánto le habían sisado el mes pasado de su sufrida retribución. Tal como digo, todo el día obsesionada con la nómina del súper, mirando dígitos con una calculadora de dígitos inmensos. Yo me puse encima de ella a eso de las nueve y media, pasarían dos minutos de la hora, treinta y dos minutos tarde de lo establecido. Mi polla no estaba mal. Le bajé las bragas, las desenganché de un pie, las bragas quedaron en el otro pie encogidas como un liguero, siempre me ha llamado la atención por qué las bragas se quedan así tan recogidas. Me hago mucho daño cuando follo con ella, su coño es una carretera de asfalto en agosto, muy seco, a ella no le pongo vaselina refinada por lo de la flora alterada por los derivados del petróleo, no quiero ver su coño lleno de flores, la vaselina la pongo encima de mi preservativo como un ungüento. Así que ella como un semicrucifijo una mano estirada y la nómina del súper en la otra, ahora sin bragas y un muñón de pelos. Yo un crucifijo entero sobre ella, entrelazada mi mano en su mano libre, quizás algo de ternura en eso, quizás un gesto de amor antes de clavársela despacito y empezar a moverme adentro afuera adentro afuera adentro afuera adentro afuera y luego adentro, y fue cuando me dijo aquello de !HALA, HALA!, Teodoro, que me corrí, y ya está.

viernes, 16 de diciembre de 2016

UNA DE TORTILLA DE PATATA.


Anita, que siempre nos decía que cuando se muriese nos seguiría viendo a vista de pájara, y que las cosas aparte de otras muchas cosas llevaban silencio dentro como las piedras de Pastur. Aún me huele a tortilla cuando entro en la casa vacía y parezco adivinar un rastro azulado que me viene de la cocina, y el ruido del cuchillo asesinando cebollas y patatas, y a veces me huele a betún del negro, a alcanfor mientras una ventana deja un rayo de sol estrellado sobre la moqueta con todas aquellas pequeñas libélulas moviéndose dentro de un tubo invisible como si tuvieran vida. Soltó la palomita blanca por la boca ocho meses justos después de que Amancio el Ioputa soltase el último pedo y moviese la cabeza de tan muerto que estaba, después de haber subido con una rumana de Harghita en el coche a la Campa para ver la estiba y sentir el pitido de los barcos y a que se la chuparan,sí, era raro que entrase en casa con la bragueta abierta, y que no supiese donde estaba, y que se le olvidase subir la cremallera y que lo tuviesen que sentar a la mesa de la cocina con la mirada fija sobre las cenefas en forma mariquitas con sus ojos rojos como si estuvieran llenos de mineral de hierro, Pantono, el Amancio que cuando iba a Benidorn por la época de las flores con un carrón de jubilados, saltaban por sildenafil los detectores del aeropuerto de Ranón, todos sabíamos de aquella que había muerto por superpotencia como el Capitán América, con unas venas de un centímetro de diamétro. ........Anitona con su cara redonda que me olía a aceite de girasol, y que cuando me ponía la mano sobre mi cara ya arrugada se volvían los dedos pequeñitos mientras yo cerraba los ojos para volver a ser un gran viajero de otros mundos. Todo esto cuando subo por estas escaleras viejas de madera, y percibo delante de mi en el piso de arriba unos leves crujidos de pisada de zapatillas en los escalones que se paran cuando yo me paro, y que cuando meto la llave en la puerta parecen seguir inanimados hacía la buhardilla llena de palomas y muñecas que sueltan musiquita si les das la vuelta, y que cuando abro la puerta me viene ese olor a tortilla como si la pájara de Anita me cogiera de mi pequeña mano para llevarme por un pasillo que no se acaba nunca.

lunes, 12 de diciembre de 2016

POCHONA.




La Pochona que se ponía unos tules azules en la cabeza al puro estilo kufiyyas , y era como una bola de la palanca del cambio, gordita, redondita, neumática a veces, con sólo tres marchas. Le decía, llego y me hueles a tres años de distancia y además ya lo se desde el cuarto lo que me vas a decir cuando entre a este infierno, ya lo sabía,sí, como si hubiera sucedido y no sucedido a la vez. Un día le quise hacer lo que le hicieron al pobre gato de Schrödinger, y era muy por la mañana de un día caluroso de agosto cuando lo pensé, aún tengo el día aquí como si se me viniese todo subido de tono aquel día. La Pocha con sus geranios en el quicio de la ventana conyugal, sin una puta cuerda que los sujetase, se lo había dicho el día de Santa Germana Cousin, pedorrona, ponles algo, vas a matar al Pixoto -llamado el Bígaros-, de la Rondona, que estaba sembrando serrín todo el puto día en la puerta de la sidrería mordiendo un puro en la boca, ná, ná,ná, por aquí me entra pero no me sale por aquí, se volvía sorda. Y el olor a potito. Otra vez al entrar estaba dándole la papilla a la Pentona con sus ochenta y siete tacos, haciéndole arrumacos con el arroz con leche o las papas de maíz con torreznos de cerdo piedrain. Lo de Schrödinger me lo imaginé a la siesta del domingo, era ese día caluroso que ya viví, después de haberla montado entrándola entre las bragas y la raja del choto, de lado con insidia, entre toda aquella pelambrera maloliente un ya tá de tantos y tantos ya ta y ta y me fullo too pa ti, como podría hacerlo como lo de aquel gato que estaba vivo y muerto a la vez sin dejar huella, cómo, y sin una miagada siquiera en su caja de cartón que ponía pañales Moli Med absorbe más de una sola vez.
-Un dejavi, uisss, un dejavi.
El día que el viento de la canícula hizo aquella rolleta y levantó el tiesto un dedo del mármol , cómo saber, cómo intuir, cuando se la estaba sacando a la Pochona, que el tiesto bajaba desenfrenado hacía la Rondona, y el Pixoto estaba muerto y vivo a la vez en aquel mismo y preciso instante, el segundo trescientos ochenta y ocho. Cómo procurárselo a ella lo del caso de Schrödinger -un teórico perturbado-, para disimular que aún estaba viva cuando le quité la almohada de la cara, y el espíritu azulado del sidrero pasaba delante de mi ventana diciéndome adiós con las manos, mientras la Pocha parecía sonreírme como si aún estuviera viva o puede que muriéndose a la vez.

viernes, 9 de diciembre de 2016

EMBUTIDOS.




Qué deciros de un chorizo, se podría escribir algo tan gordo como el Quijote: tipos, modalidades, zonas de fabricación, sabores, ternera, cerdo, jabalí, yo qué sé. Al chorizo no lo abrí. Ya sabía que tenían el corazón machacado, está todo junto, podría decirse que un chorizo nunca tuvo corazón. Y a sí les va. Quieren aparentar que no son chorizos, pero son chorizos, siempre los cazas por el olor. Un chorizo huele en todos los sitios. Si los llevaras Orión seguirían oliendo igual, a chorizo.

Si venía la Pioca de Benazolve siempre traía aquellos papeles de estraza con tres vueltas de chorizos de Valdevimbre. La tía de todos tenía unos moños como la dama de Elche, y unas increibles caderas. Cuando yo tendría unos siete años arrumbaba con mi muñeco gerrero debajo de un taburete de nudo de roble, y por un hueco grande le veía su gran coño peludo y hermoso escurrido entre las bragas.

De Benazolve también traía el Portexo vino de tierra de la zona sur de Ponferrada que sabía a cochinilla y a sulfatos, a cepas viejas, sin esperanzas, y que manchaba mucho la ropa. Lo bebiamos en cachos de madera como por Pelorde en la zona de Galicia.

En las tardes de sábado de Noviembre a veces el sol dejaba un rastro muy largo por la zona de los Ancares. Muchos de los que estaban a la mesa no los conocía. A la Moncha sí con aquellos ojos tan profundos que te miraban como si pidieran un ruego para el más allá, con tanto dolor en su cuerpo antes de irse con la santa compaña.

Ferino que había quedado manco por el vuelco de una Carroceta cargada de texo de contrabando por la cuenca del Burbia.

A mi lo que me gustaba era el chorizo, muerto a tajos gordos, dejando aquel rastro de pimentón, como si fuera a derrimirnos en un acto sacramental.

Luego venía un frío que pelaba, la niebla baja de ribera y un extraño sueño medio borracho que te dejaba sin alma.




martes, 6 de diciembre de 2016

ORUJO.



Pence vino ayer de Monforte con dos botas de caña altas de cuero gordo, y dos costales de cerdo bien curados y dos botellas de orujo añejado de pulpa de uva de la zona del xestal. Vino Nita, la boba, toda pintada, y el castrón de Richar que anda por la zona de las piedronas de Pembrokeshire aprendiendo el inglés. Bajamos todos incluida la tia Paula toda coja y el mulón de Papandreu a la cabaña de Suarna para ver bien el río entre los castaños y los abedules amarillos. Prendimos fuego de caroco de madroño y después de comer descorchamos el orujo. A lo que os voy es a ese olor, yo lo bebo a morro después de un trozo de chocolate negro y me quedo pensando mientras baja y te purifica y el río tiene ese poso de plata que parece un camino que no se acaba nunca, y parece la entrada del mismo cielo.