viernes, 31 de diciembre de 2010

AQUÍ.


Hubo una poetisa que empezó a caminar hacía el mar y se ahogó. Jesús caminó como levitando sobre las aguas, y dicen que sigue vivo. Son cosas que pasan. La vida es así.

Me dicen, si no te vas a levantar déjanos sacarte la sábana de abajo. Me da que les huele. Y me empujan media vuelta hacía un lado, media vuelta hacía al otro, y por un instante de costado. Vienen dos que pasan todas las mañanas con su uniforme azul claro. Me han empujado algo hacía la ventana y por un instante he visto cuatro cristales con ese vaho de humedad, casi difuminado en su contorno. He adivinado un día claro.

Ayer me leyeron un poema y me dijeron que se había muerto así, caminando por la arena hacía el mar. Hubo un instante que por algún motivo extraño se puso a caminar. Debía de ser el norte donde estaba el agua. Como una sonámbula; y era en un atardecer. Un poema hermoso. La historia me puso el corazón un poco triste, así que pasé la noche pensando, mirando boca arriba y en esta postura en que ahora me han descubierto.

He de decir que no quiero morirme aún. Si llega otro año habrá otra primavera, eso que tengo ganado. Aún me huelen las flores que me ponen en el respaldo de la ventana. Y hay instantes en que siento que el corazón se me pone triste si me leen poemas, y luego el poeta se suicida.

Hubo una vez que me adormecieron sin cantarme ningún arrullo. Luego todas las noches eran igual. Ya no soñaba. Los días plomizos como los de hoy no suelo recordarlos. Si abren el cielo los seres demoníacos, los días son así.

Me han vuelto a mi situación natural. No hay otra posibilidad. Así tapado con las manos estiradas sobre la funda de la cama, me viene otra vez aquello de la poetisa y me pongo a cerrar los ojos, no vaya a ser que al abrirlos ya no esté aquí.

jueves, 30 de diciembre de 2010

SÓLO HE VIVIDO HASTA AQUÍ PARA CONTÁROSLO.




De todos modos tengo que empezarlo. Me refiero a cualquier cosa. He notado que mi reloj astronómico lleva retraso. Tengo la impresión de que la panadería de Fabiano ya lleva abierta desde hace horas. Lo he detectado por el olor. Me sube ese rastro de las empanadas de bonito de los jueves. Incomparables.

Esta noche reflexioné mucho sobre lo que me dijo Tristán, de que la vida son cuatro días, y eso, que estamos ahorrando, pasándolo mal, machacándonos y luego viene una mala enfermedad y para los gusanos o el incinerador. A mi lo que me dijo Tristán me lo dicen cada poco, pero como él ponía aquella cara de San Juan de la Cruz le di más importancia: los ojos hacía arriba, cerrándolos cuando te hablaba (así), como si lo sintiera de verdad.

Ahora que ya estoy medio levantado es como si me quitaran un peso de encima, es como si fuera más ligero; también me huele el tubo de escape de esa máquina que va barriendo por la calle. Si me vieras como estoy ahora mismo se te quitarían las ganas. Sentado en la cama. Los pies desnudos sobre la alfombra y la cabeza apoyada contra mis rodillas (las manos sobre las sienes te quiero decir). Son esos instantes. No sé si las mujeres hacen lo mismo. Yo, cuando estoy así también me huelo.

Tengo que vestirme e ir al lugar de la reunión. No es que sea frívolo ahora entrar en el baño y acicalarme, ponerme como se dice a lo chorrito del oro. Siento ese tan tan torácico, y es que estos instantes iniciales se me hacen interminables. El acto requiere cierta pulcritud, aunque tengo la extraña impresión de que les importa un bledo la etiqueta, pero yo siempre fui de calzoncillos muy limpios.

Sentir extenuación al levantarse es un signo de que no se ha dormido bien.

La calle está ahí, y hago cálculos de cuantos pasos hay hasta la parada del autobús. Es una costumbre que me da buena suerte, la diferencia diaria suele ser de dos o tres. Hoy voy con febrilidad porque sé que se acabarán todos los peligros. En las calles los automóviles son hostiles, y las papeleras, y los anuncios de lencerías, y los de desodorante; la misma parada anuncia un película de anticipación. Todos están de Domingo, quiero decir pulcros. El autobús pone: Operación Jardín del Edén. Y vamos todos sentados.

El trayecto fueron como dos horas. Sales de la ciudad. Es simple. Ves por ambos lados portales, alguna plaza, varias avenidas, una rotonda, el conductor eligió la segunda salida hacía la derecha. Luego el campo. El cielo alto y gris. Y árboles de hojas perennes y tierras horadadas.

Cuando llegas el autobús frena y el cuerpo se te va hacía adelante. Fuimos saliendo en orden a pila lifo: los últimos en entrar fueron los primeros en salir. Me agrada contaros que yo iba de los primeros. A los lados barandillas de inoxidable pulcramente limpias y todo de aspecto aséptico, pintado de blanco, lleno de flechas de emergencias. Los que iban delante los veía perderse entre dos puertas abatibles que volvían a cerrarse, herméticas. No comentábamos nada entre nosotros, era el silencio del miedo. Alguien dijo que detrás de aquella puerta estaba el final.

Sólo he vivido hasta aquí para contároslo.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

SÉ QUE HE DE PENAR COMO VIEJO Y COMO NIÑO.


Cuando yo era anciano me aburría mucho. Andaba todo el día tomándome la tensión; y cuando me duchaba cada semana al mirarme en el espejo me daba mucha pena. Si ves un anciano delante de un espejo te acojonas pensando en lo que te pasará si sigues vivo.

Pues me veía con todo colgando. Si me vieras los huevos cualquiera lo diría, un puto péndulo de criadillas, mi barriga una doblez que me tapaba hasta llegar casi al escroto; por los brazos como si llevara colgando las mangas de un amplio jersey de invierno.

Una piltrafa.

Me puse a pensar cuando fue la ultima vez que el capullo se me puso empinado mirando hacía mis ojos. Como no escribo diario no puedo asegurarlo, pero creo que fue allá por los sesenta y ocho años en que me dio por ir de putas.

Me morí muy temprano en el invierno, a eso de las seis de la mañana. Una de las mejores horas. Todos tienen prisa. Te mueres dando saltitos como cuando un coche se cala. Y nada de nada, no se abre una ventana blanca, que va, ni hay muchas negociaciones, te dan otro destino. Yo acabo de nacer en Shatesha, al lado de Moscú y huele a remolacha – cocinan un borscht- y olfateo prematuramente un penetrante sbiten, vapores de vodka; y alguien canta muy ronco.

El fallo ha sido del Arcángel Rafael. No me han quitado la memoria. Llevo los achaques de viejo, aún siendo un niño, y todos mis recuerdos, y dos madres, a saber: María Rodríguez Jiménez, natural de Ponferrada, y Svetlana Sokolov Cóluvev, natural de Kaluga en la parte occidental de esta inmensa nevera.

Inicio mi vida bajo un techo alto, mucho vapor de agua caliente, y esos olores extraños. Me miran unos ojos grandes puestos en una cara redonda y colorada, y una boca que se abre amplia de risa y me enseña dos dientes de oro, y una coleta rubia desdejada sobre unas sienes que siento muy suaves y calientes.

Sé que he de penar como viejo y como niño.

martes, 28 de diciembre de 2010

DESHECHOS DE LA PAPEPLERA.


Sientes llorar a alguien. No importa el lugar ni la hora. Alguien lloraba. Se dice así. Luego prosigues bajando las escaleras porque es muy temprano y llevas prisa. El sonido salía de detrás de una puerta del segundo que estaba cerrada a tú paso, y sólo aminoraste la marcha con aquellos tristes gemidos. Levemente te dio pena. Era aquella sensación. Luego el frío de diciembre me da un manotazo en la cara para despertarme del todo. Ya estaba en la misma calle de todos los días.

He intentado suicidarme varias veces en ese mismo lugar y he dado la vuelta. Me falta el ímpetu. Sucede a veces que has reflexionado la forma, haciendo conjeturas sobre el sufrimiento o analizando el shock que debes soportar en los últimos instantes. Seleccionas una forma limpia, rápida y barata. Hubo casos en que la gente elegía el propio nicho alquilado de su cementerio en un afán extraño para evitar trabajo. Conozco algún caso. Un hombre en Extremadura se metió a lo largo en su nicho vestido con su mejor traje, pero descalzo, con una escopeta de caza. Se puso los dos cañones debajo del mentón, y con el dedo gordo del pie atinó con el gatillo. Esta no es una mala idea. A mi me ronda por la cabeza el precipicio. Pero estoy recapacitando. Esos instantes finales, hasta que te estrellas contra las rocas, deben ser de difíciles pensamientos. Quizás el envenenamiento. No sé. Seguiré informando. O quizás no diga nada. Para qué.

Las civilizaciones que han aplicado aquello de que el fin justifica los medios han sido horribles. No me conozco toda la historia de las historias. En la vida normal tampoco es un axioma aquellas que dijeron que el trabajo te hará libre; no por que la frase en sí sea despectiva, sino por donde se dijo y lo que anunciaba. Para qué hablar.

Sabes. Me encanta comerte el coño. Para mi comerte el coño es una ceremonia. Verte como te quedas así tirada en la cama con las piernas abiertas. Empezar a besarte los muslos suavemente y luego ir mordientelo por fuera. Bufff. Me pongo malo sólo con describirlo.Me gusta abrírtelo y ver lo rosadito que lo tienes, e ir chupándotelo. Buscar tú clítoris y acariciarlo como un caramelito. Empiezas a soltar toda esa dulzura en mi boca. Luego mordértelo suavemente. Te digo una cosa: el botoncito se abre ligeramente cuando te lo aprieto suave con los dientes. Y así, abiertito, si le empiezas a pasar la punta de la lengua suelta néctares de miel a borbotones.
Cuando un coño está bien comido se le puede meter el nabo con todas las consecuencias, antes no.
María: Si es que resbalas como la grasa consistente cuando te como con tiempo.

Estaba también allí, tan agradable, acurrucado, que estuve toda la mañana sin nacer. No sé si a alguno de vosotros le pasó eso. Pero hay un momento en que te escupen al mundo. Es como si fueras por un tobogán. Yo lo primero que me encontré fueron tus ojos. Ya estabas allí mirándome. En ese tiempo alguien dijo, ponle el reloj a cero, y entonces empezaron mis problemas. Había una luna inmensa porque era de madrugada.

Te pido por favor que me hagas una paja, ¡anda mujer! Y le cogí la mano y se la puse encima de la bragueta. Era como una monjita. Pues nada. Me desabotoné, me saqué el capullo, le cogí la mano, le hice varios ademanes y muy bajito, y al oído, le dije: muévela así. Y sabes. Ella mirando para la película, y cuando estaban intentando sacarle el secreto a Marlon Brando, se paraba, y a mi me daba un coraje de la hostia. Aquella gilipollas no sabía ni hacer una puta paja con cariño.

La bombilla de mi habitación tiene unas caderas como Lauren Bacall. Y el áurea de Santa Teresa. Cuando tengo miedo a la noche la dejo encendida como si fuera la luna de Valencia; y a eso de las tres de la mañana viene una mariposa llena de polvo blanco a darle vueltas como un Spútnik. Mi miedo juega a contar las vueltas circunvaladas como si fueran ovejitas. Y muy despacio mi miedo tiene sueño. Es mi mariposa blanca. Creo que es mi Ángel de la Guardia.

Cuando caía aquel rocío y dejaba todo la hierba llena de humedad salían cantidad de caracoles y atravesaban el camino. Ya sabes como anda un caracol, va muy despacio. Resulta que pasaba la gente y los pisaba, y quedaban allí despanzurrados. Yo iba delante del carro y de las dos vacas que tiraban y me seguían. Me adelantaba dos o tres metros para coger los caracoles y apartarlos de las rodaduras, los cogía y los tiraba al terraplén lleno de hierba húmeda. Una vez mi padre me dio lo suyo con el cinturón, y me llamó de todo. Pero salvé casi trescientos ochenta caracoles.

Cuando te la meto por el culo, me tengo que poner más levantado. Tú culo es como una esfera con todos los océanos, y el ano lo tienes coincidiendo con el Trópico de Capricornio. Te meto un dedito y le doy una vueltas, luego te pongo el glande allí, la punta del capullo, vamos, y empujo un poquito. No te puedes imaginar el gusto que me da. Es como si me pusiesen dos cablecitos de una pila de petaca en ese sitio donde estaba la fimosis. Yo no sé lo que tú sientes, pero yo te digo una cosa, el culo lo tenéis mucho más suave que el coño. No hay ni comparación.

Yo estaba en los servicios de caballero de la Renfe, en Alcalá de Henares, y luego entraron otros tres, ósea que estábamos meando cuatro, el que estaba a mi lado, dejó entremedias uno libre, y se puso el otro, qué más da la simetría, tenía una camiseta de tirantes, y lucia músculo, lleno de tatuajes, parecían las insignias del Africa Korps. Y va y entra la maricona, como si estuviera vestida de Sevillana, y tío, va y se pone entre el tatuado y yo, y le vemos aquel cacho de mango, yo olivaba de lo grande que lo tenía, enroscado como un bastón de enredadera, y sin más ni más va el tatuado, va y le dice, so maricón te voy a dar de hostias, tú al de señoras, capullo, y le suelta un mamporrazo con el puño cerrado en medio de la covacha, y la maricona que da de bruces con la cabeza contra los azulejos, para luego rebotar en el suelo lleno de orines, tío tio tio, le dio de patadas así, como que fue en medio minuto todo, como que salimos los otros tres sin decir nada, y luego vimos al tatuado saliendo atusándose la bragueta, y oíamos las voces de la maricona allí dentro, como quejándose y llorando.

Yo veo jugar a los niños en todos los sitios y ponen esos ojos. Los veo jugar en el culo del mundo y ponen esos ojos. Ponen esos ojos porque son niños, y los niños son igual en todos los sitios. Pero no sufren igual en todos los lugares. La miseria les pone esas pupilas de documental cuando te miran desde la tele.

He salido de la escuela y voy dando tumbos. Mi boca me sabe a chocolate y hay un aguilucho sobre los cables del teléfono. Llevo una maletita de madera y si la agito cuando corro todo se mueve dentro. Allí van un ciento de historias. Algunas veces me acuerdo de hechos concretos. La mente es extraña. He visto marcharse al aguilucho, y todo ha empezado porque me han dado un trozo de chocolate. Es una casualidad. Los sabores también azuzan los recuerdos.

Cundo me follas encima. Espero. Lo de ponerse el condón es una jodiada. Corta un poco el rollo. Aún no sabes muy bien como acertar con el agujero, el cagueto del culo está a una distancia del canto de una moneda. Luego aprietas despacito y aquello se mete, pero no sabes moverte muy bien. Al final siempre te tengo que decir que te levantes un poco, y yo te doy de abajo arriba, algunas veces se sale, y me fastidia, hay que volver a empezar.

Me he sentado en este banco porque no quiero esperar. Es un momento en el que no tengo nada claras las cosas. Me vienen muchas ideas pero todas son un puro deshecho. He decidido permanecer aquí hasta que me calme.

Pasaba un tren muy largo y alguien estiro una mano y un pañuelo se agitó. Era la letra de un blues. Muy triste. A mi me gusta escuchar blues en silencio, y si por mi ventana hay algún atardecer del color del vino, aún me gustan más. Mi inglés no me permite entenderlos a la primera, por eso les doy vueltas y vueltas y los repito cien veces si hace falta. Aquel blues empezaba así, y era una despedida.

A veces pienso que vivimos en una gran caja de cartón y me da angustia. Sabes, veo esos documentales que dicen lo del Big Ban y que el universo se expande y que tiene una edad de 14.000 millones de años. Y mucho más. Otros dicen que hay varios universos, que se podrá pasar de uno a otro. Pero yo a pesar de todo me angustio, sigo pensando que esto es una caja de zapatos y que me falta el aire.

Venga, Enedina, mujer, chúpamela un poco que también yo te comí el coño.

He llamado a Pedrito para jugar con él, pero me ha dicho su madre que tenía el sarampión. A veces pienso que no quiere jugar conmigo porque soy pobre.
Con María José estoy cansado de jugar, y además tiene una muñeca a la que se le suelta la cabeza.
Las niñas son muy mandonas. A mi lo que me gusta es hacer casitas en el “Caleyo”, y jugar a los médicos, o a las tenderas.
Me dijo Amadeo que le mirase a María José si tenía pelitos en el coño; pero aún no los tiene. Si que le vi la rajita.

Me vino Floro diciéndome que el cementerio estaba lleno de aspas de ventilador, y resulta que eran gamadas. En fin. Tengo ganas de mear, pero no tengo ganas de volver al vater donde aquel hijo de puta le pegó al maricón.



domingo, 26 de diciembre de 2010

Y A LA CHATA MEDIO MUERTA.


Por San Esteban saqué por última vez la piara por las Fontías arriba hacía los castañales de Bibiana. No me gustaba mucho la zona por los roquedales falseados, pero había mucha valduna, regoldonas grandes, pilongas, y mucha castaña bravía.

Demetrio me había soltado los quince de la piara, la mayoría pietraines, y blancos belgas; y la cerda enrojada, lampiña, para crianza; que le quería dar también cuchillo. Ya llevaba dos meses de montaneras por el valle de Bibiana para darle sabor a castaña a los jamones, y ponerle al tocino muchos pespuntes de hebra roja.

Pues aquel día estaba algo triste. No se había quitado la helada, los charcos tenían filigranas blancas de hielo reflejadas por el sol.
La piara iba delante de mí como un desfile, y cuando llegamos al castañal las hojas otoñadas tenían rastros relucientes de escarcha. Se desparramaron por la corripa rastreando con el hocico entre las hojas los erizos de castañas, yo de vez en cuando daba vueltas y se los abría a medio quite de pie.

La Chata siempre andaba arrezongada y a mi vera. Tenía aquella papada grande que daba gusto verla, bien erguido el tronco, con grupa ancha y las orejas siempre apuntando hacía abajo. Era de un rojo ladrillo y andaba por los cuatro partos de muchos lechones.
Qué nalgas tenía la condenada.

El sol se puso allí arriba a eso de las doce, y entraba con clareones amarillentos por entre el castañar. Yo estaba recostado sobre un viejo tronco de zapatonas y la Chata no se me quitaba de allí, era como si lo quisiese para despedirse del cariño que me tenía.Varias veces me metió el hocico afilado y corto entre las perneras como para apartarme. Yo ni caso. Pero ella insistía. Le veía colgando las doce tetas y sus cerdas largas por la rodaja del cuello, y me vino aquello de que había que despedirse con gloria. Siempre andaba con el rabo erguido y la natura fuera. Así que me saqué la polla y se la clavé de lado, ella calladita estuvo, ni enfucicó al gusto. Cuando abrí los ojos después de la nubladera vi a un azor dando vueltas y a la Chata medio muerta.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Y NO SABE QUE YA HA NACIDO.




Esta mañana se veía hacía el Este a Júpiter como si fuera la última parte de un caramelo cuando lo chupas. Y estaba muy frío. Eso lo aprecié por la ventana del comedor un poco antes de las ocho, sin ninguna claridad de amanecida. Es obvio que mi observación duró un mínimo tiempo, y que cerré la ventana y me di la vuelta.

Yo mismo no sé cuántas veces hice esto por la mañana, y siempre me sucede que miro al mismo sitio y no siempre tengo la misma sensación. Pero lo que noto es que cada vez me cuesta más darme la vuelta y empezar a caminar para comenzar el día. Y digo esto porque tengo que ir hasta la cocina, y sin falta volver a la habitación y encender la luz de la mesita y verla a ella que aún está allí durmiendo, y debo meterme en el baño y el primero que me recibe soy yo mismo que me escruto en el espejo.

Pudiera decirse que cada vez es más angustioso, como ahora mismo. Es esa sanación de que tengo todo un día por delante que alguien me ha regalado y que debo estarle agradecido.

Algunas veces vas con la maquinilla de afeitar dándote vueltas. Y es siempre la misma rutina en las pasadas sobre tú cara; el cogerte la nariz de forma idiota para rasurar esos pelillos que están por donde respiras. Lo malo es cuando acabas y te has enjaguado con agua fría, y apareces otra vez dispuesto para emprender la marcha.

Pues me viene eso. Ya lo he dicho.
No sé si al salir estará la espiral que ya sospecho.
Sé que una vez hubo un hombre que se metió en la máquina del tiempo y no sabe que ya ha nacido.

jueves, 23 de diciembre de 2010

SÓLO TENÍA MIS MANITAS FUERA.


Pudiera decirse que estaba medio sumergido. Algunas veces me vuelve ese sueño en que la tierra me devora, y así visto me voy hundiendo hasta que una mínima parte de los brazos, y luego sólo las manos, quedan fuera indicando con sus movimientos un leve rastro de vida.

Otras veces estoy en el espejo y mi imagen se difumina entre infinitos cristales rotos; y otras perdido en un bosque de olmos, dando vueltas y vueltas angustiado buscando la salida entre los claros de luz, hasta que despierto en medio de un sobresalto vertiginoso.

Me miraba fijamente detrás de la mesa. Ella se inclinaba ligeramente hacía atrás y no me quitaba los ojos de encima. Le hablaba de mis pesadillas, de los sueños entrecortados y angustiosos, pero no me decía nada. Se levantó de la silla, y pude verla plenamente. Aunque ya aparentaba sus cincuenta años denotaba una extraña belleza.Muy morena,su pelo largo recogido sobre la espalda y de facciones agradables, con los ojos claros muy grandes y vivos.

-Y qué más sueña.

Sueño siempre angustioso, le dije. Otras veces hay una gran escalera de caracol, no tiene principio ni fin, y yo estoy en el medio, hacía arriba no hay salida, hacía abajo un precipicio inmenso, luego comienza una ligera brisa que va en aumento hasta ser un verdadero vendaval. Sé que tengo que caerme, mi equilibrio es completamente inestable, mi escalera es una escala que da vueltas y vueltas, y cuando ya no aguanto más por el agotamiento, me caigo vertiginosamente hasta el vacío, y entonces despierto totalmente desasosegado.

Ella permanecía con aquella sonrisa hierática y distante. Ahora estaba apoyada sobre la mesa;…y siempre recuerda tan nítidamente sus sueños, me dice. No siempre, le contesto. A veces cuando me despierto siento sólo la humedad del sudor pegajoso que me invade; al mismo tiempo que mi corazón está agitado resonando los latidos en mi sien. En aquellos momentos imagino que me ha sucedido otra pesadilla por la fatiga y la desazón que me envuelven, sin recordar nada, absolutamente nada. Pero en realidad, la mayoría de las veces, los sueños suelen ser totalmente nítidos después de despertar.

-Bien, bien –parecía que lo había comprendido todo-.

-No es nada personal, pero usted tiene un desajuste sexual por parto rápido.

(Vaya, pensé).

Me miraba de aquella forma inquisitiva como si hubiera dado con el santo grial del psicoanálisis; yo percibía que ella a su vez pensaba que ya estaba dentro de mi cabeza y que hurgaba en los despojos de mi inconsciente.

-Usted es un coñeador reprimido. Sus impulsos más primarios son comer coños todo el día, usted va por la calle comiendo coños, en el autobús, en el metro, en el cine come coños, en el restaurante, en las reuniones de trabajo. Usted tiene el síndrome del come y come y come y come. Su inconsciente es compulsivo y le maltrata generando esos vacíos angustiosos en sus sueños.

(Me quedé absorto con su razonamiento: ¡Había acertado!)

Prosiguió:
Tenemos que acabar con esos impulsos. Existe una relación directa entre el vacío existencial y el momento de su nacimiento. Su impulso de comer coños es como si, de alguna forma, intentara volver al útero de su madre. Usted, aunque no lo crea, no ha acabado de nacer, tiene aún medio cuerpo dentro de la vagina materna.

(Estaba perdido, y ya no enlazaba los pensamientos).

-¿Dígame, no siente un impulso irreprimible por comerme el coño ahora mismo?

Quizás abrí mucho los ojos y la miré de frente. No recuerdo bien. Aquella pregunta me dejó ligeramente aturdido, inexpresivo, tratando de reflexionar una contestación coherente. Y no contesté. Ella se sentó en la esquina de la mesa y empezó a quitarse sus medias negras, luego sus bragas, recogiendo su falda hasta la cintura al mismo tiempo que se ladeaba ligeramente hacía mí.

Pude ver la sonrisa maléfica de su coño, rosado, apetecible, y completamente rasurado.

No hubo muchos prolegómenos. Me acerqué lentamente y empecé a comérselo muy suave. Sentí un leve sabor a orín en mi boca. Cuando su humedad se hizo perceptible en mis labios mi lengua notó un extraño dulzor entre lodos de río y ocles del mar. Ella apretaba mi cabeza suavemente y yo empecé a pasarle la lengua abriendo mi boca como si ansiosamente me fuera a morir de sed.

Y hubo un momento, cuando ella se agitaba y su humedad era un rastro pegajoso entre sus piernas que levanté mis ojos y vi aquella onírica nube azulada y la hermosa cara de mi madre que me miraba acariciando mi pelo mientras me ronroneaba una extraña canción de cuna.

Y era cierto que no había nacido del todo, sólo tenía mis manitas fuera.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

ES DE UNO MISMO.


22 de Diciembre, pag: 288.
Me dice: mientras se hace el cocido ponte a gatas que te voy a comer los huevos por debajo del culo al estilo botijo, y yo así, con el cuero puesto, sólo la piel- quiero decir-, me pongo en la cama hacía la claridad de la ventana, en aquella postura tan ridícula. No había un espejo para imaginarse lo que se veía en el alzado: las zonas nobles muy peludas y mis huevos colgando (y es que ya soy un caballo viejo).

-Y esperé.
-Así. Te concentras y cuentas: 1,2,3,4,5,6,7,8…
Esperar así, es como si estuvieras en la cola de la casa de putas del Paraíso para que Eva te la chupe.
Era como si me fueran hacer una prospección. Un hombre así, en esa postura receptiva a lo inseminación, no vale nada. Ponerse así es una osadía en el penal de los desamparados. (te dan besitos como si te fueran a devorar).

-Uyyyyyy. Había contado hasta dieciocho.
-Si es que en el fondo todos llevamos un maricón dentro.

Y en aquel instante en que debían estar dando las once de la mañana y los niños de San Idelfonso andaban atascados con el gordo; siento su dedo dándome vueltas por el ojete del culo, y su boca sorbiéndome el huevo derecho como si chupara un palo de regaliz.

(Se da la circunstancia que yo los huevos los tengo muy pelados, no es por higiene, es por genética, hereditario, vamos)

Y me lo hacía con aquella suavidad y cierto rito iniciático, el dedo en círculos, su boca acariciadora sobre mi bulbo; y, a otros intervalos, tiernos besitos sobre la piel del culo; como descansando de la faena.
Algunas veces su uña me arañaba puntiaguda por el músculo pectineo. En ese estado era una mezcla diluida de placer y dolor enmascarado. La espalda se te curva como a una bestia de carga. No sé si tú sabes eso, o te has parado a pensar, o te han espatarrado, o no soportas caminar a gatas, o lo tuyo es agarrarte a un lavabo y darle lametazos al espejo.
(O vas de culto)
-¡Crápula!
-Si te pone a cien hasta el dedo del urólogo, y vas de hombrón; ¡maricón!, que eres un maricón.

Y me dio por pensar en las teorías de Alfred Adler y en el sentido de la vida, de cómo hay instantes en que se pierde el desarraigo y uno de repente pasa a ser tan terreno como las raíces de una higuera que se desparraman sabiamente para buscar la humedad del suelo en el desierto.
Y también pensé que quizás tengamos piel por el interior, pero la malo del asunto es que no pueden llegar los dedos, porque si nos llegaran, o pudiésemos besar, hasta el corazón fibrilaria vertiginosamente por unos instantes para volver pausadamente a caminar por nuestro pecho.

-Y yo y yo y yo y yo.

Y yo, lo único que hacía, era mirar por debajo de mis piernas y ver las suyas, y de vez en cuándo sentir su pelo derramado sobre mi espalda.

En la cocina teníamos garbanzos cociéndose para hacer sopa, y por un instante me vino aquella sensación tan relajada que sentí muchas ganas de apretarla.
Y precisamente me estaba corriendo a las once horas y dieciséis minutos, cuando los niños de San Idelfonso sacaron el gordo (cincuenta y ocho millll doscientosssss sesenta y ochoooooo) y alguien dijo por el patio de luces: anda anda anda, la salud es lo más importante.

-Que le den por el culo a Too.
-Tú eres la mujer de mi vida, y con eso y la salud ya tengo bastante.

-Mi amor, ahora déjame chuparte el dedo antes de lavarte, no hay ningún asco si la mierda es de uno mismo.

martes, 21 de diciembre de 2010

HASTA EL FINAL.


La de arriba ha puesto el chocolatero a lo alto la lleva, la de abajo el caballo viejo; y yo pienso que a pesar de la crisis esta noche las han follado de lo lindo por lo contentas que están.

Me he abierto los ojos delante del espejo del baño y ya estaba con la polla fuera meando encima de la tapa del vater, es la enésima vez que me pasa, luego aquel riachuelo amarillo por el suelo. A ciencia cierta siempre se dirige hacía la puerta.

Esta noche estuve leyendo a Walt Whitman hasta tarde, y ahora mismo tengo ese rastro de borrachera en la garganta (un extraño sabor de boca), tengo versos en las amígdalas y varios poemas sin digerir por la parte del esófago, alguno anda mezclado por el suelo, en esa distracción, y va camino de la alfombra del pasillo.

En la cocina tengo una radio pegada a la pared y sobre un armario de platos he puesto hojas de eucalipto, y Noelia ha hecho café antes de marcharse, así que me huele raro, no sé cómo decirlo, me huele de color marrón.

Y dice la radio que han llevado una estatua de Chillida al chatarrero y que han pedido treinta euros. Qué hijos de la gran putada, si es que el arte está tirao.

He visto sobre la ventana una mariposa del invierno que da vueltas y deja un rastro de cenizas y busca más luz o no sé lo que ve o si piensa o si sabe donde está y sorbo café que me sabe a chicoria y en esta posición veo algo de cielo a través de un cristal que queda encima y en esta postura tengo que mirar el reloj que cuelga sobre azulejos blancos entre una marca exacta de cenefas de flores y me levanto y abro la ventana y cojo la mariposa del invierno en el hueco de mi mano en forma de puño y la suelto y la veo caerse ingrávida al precipicio porque en realidad no quería suicidarse.

La mariposa dejó sobre el cristal una filigrana, da dos vueltas, sobre otra vuelta y luego es recto y vuelve a bajar en pico y se rubrica sobre si misma en un difuminado, y así, con ese fondo tenue de color del hielo que da la claridad, talmente se me parece a un Miró en todo su esplendor (siete coma ocho euros en el mercado negro).

También tengo una nevera, y sobre la puerta de la nevera cantidad de figurillas pegadas por un imán que lleva detrás, muchos Bob Esponja de color amarillo y cromos de todos los colores.

He oído una aspiradora y por el patio he visto caerse hojas de geranio sobre la mariposa del invierno. Al abrir el agua fría para lavar la taza del café siento en mis manos esa sensación extraña de que debo estar vivo, y cierro el agua y la abro, y vuelvo a cerrarla; en el filtro del fregadero hay mucha mierda, trozos de zanahoria y pan blanco machacado.

Whitman estuvo una vez en un bosque y le dio por cantar y descalzarse para caminar sobre agujas de pino, y el bosque, que daba al mar le hizo ver el azul, y el azul que estaba encima de una ciudad le hizo vagar por calles empinadas, y en la ciudad que tenía gentes variopintas le hizo mirar a otros ojos, y los ojos que tenían alma le hizo comprender a las personas, a los negros a los blancos; y entonces Whitman hizo un poema sobre árboles grandiosos y sobre un mar y sobre una ciudad y sobre hombres y mujeres de todas las razas.

Y yo estoy arrimado a la marcación de la puerta de la cocina y miro al pasillo con un rastro de humedad, y me parece un abismo, no puedo deciros lo largo que es, y hasta donde llega; ni si algún día podré llegar hasta el final.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Y SÉ QUE ME VAS A PERDER.


Debajo de ese rostro tan acicalado sé que estás tú; y debajo de esa tez morena sé que existe un pálido místico, casi mortecino.
Al besarte queda en mi boca un rastro cosmético irrepetible, y de ti se impregnan en mi piel perfumes inigualables, una senda incolora, cristalina, que percibo en mi mismo y me delata.

-So puta, que me quieres arruinar la vida.

Por las Santas Flora y María fue cuando sujeté la escalera de tijera para que tú ordenases las cajas del anaquel llenas de legajos históricos de la Santa Inquisición, pulcramente atados. Vi tus pantys negros y me imaginé que no llevabas ropa interior, quiero decir debajo. Por Santa Flora fue. Le hice el redondel al día veinticuatro (al levantar las hojas de hace tres meses lo he recordado).

Cuando estaba así mirando debajo de tú falda pensé en tus piernas palillo y en los restos de comida de mi muela del juicio, de lo finita que eres. Y es que eres fea de cojones.
Pero sabes, cuando te abrazo siento que no tengo casi nada entre mis brazos, me da aquella sensación de ternura, porque te presiento indefensa como si estuvieras hecha de fina porcelana.

Y todo tú eres vello y bella. Renglones negros en tus piernas, en tus axilas. Un puñetero rizo.

-Y luego.
Hay luego. Te transformas. Veo tus ojitos, tú pelo rubio de mentira, y bajo mis manos sólo encuentro un puro hueso. Eres una ilusión de aparecida. Un pincho moruno de gorrión. Y me apeteces. Sacaría contigo el trocito de hebra de mi muela del juicio.
Ya te dije.
Estás en el palillero, mojo tinta y escribo.
Cuando llego allí con mi boca, por tus piernas baja la miel de dos colmenas; esa eres tú que te derrites y te derrites. Luego pienso que te voy a vencer y me ganas de acostada; eres un refugio porque no tienes fin; eres una cueva sifón que llega hasta el mar y sueltas bufidos de oleaje.

-Puta.
Efeba hasta decir basta, me llenas media boca, pero es un misterio, das como leche condensada, así de dulce, a lo tocinito de cielo. Tus pechos son dos areolas sobre dos botones de nácar; muchas veces me apetecería sacarlos del ojal para ver cómo es tú corazón; saber si es en realidad tan pequeñito.

Eres todo eso, así diminuta, una fontana, agua cristalina y pegajosa que llega hasta los dedos de tus pies, una y otra vez pidiendo y pidiendo, y me vences, y me pareces imposible que seas tan mujer, cuando el viento fuerte casi te impide mantener el equilibrio
Ven a verme, quiero estar contigo. Deseo aullar, y que acabes con las pesadumbres de ser tan maldito, mentiroso, tan increíblemente pasajero por este valle lleno de líquenes blanquecinos que tapan sorprendentes emboscadas.

Y es que eres mucha mujer. Y yo huelo a gasolinero pero soy historiador y archivo cosas.
Te he conocido en un acto de fe de la Santa Inquisición.
Si ni quemabas, so bruja. Soltabas fuegos de San Telmo, o fatuos; vete tú a reconocerlos.

Hoy he tenido que bajar al garaje cuatro veces, cuatro veces he desenroscado el tapón de la gasolina, cuatro veces me he sometido a esos vapores que fluyen, así agachado, dejándome empapar la cara por esos vahos. Me los doy hacía mi con mis dos manos, como orando a Mahoma, vapores que matan el rastro de tú piel.

-Y aún no estaba seguro, y volví a bajar otra vez.
-Y oré.

Mi índice de pectano va en crescendo, la Legal lo nota, hay ciertos octanajes que no disipan las sospechas. Llega desaforada la Legal, cariño, estoy rendida, y en eso que nos damos un beso y es una humareda de naftas y butenos que transcienden, y ella haciendo aquel respingo con la naricita, mi cielo, otra vez ese olor tan rancio, y es que, mi amor, lo del surtidor del Cruce es una pompa de rastros refinados en punto crítico de ignición.

-Y explotará, ya te digo que explotará. Y se llevará media barriada.

-Que lo haces a propósito. Es un protocolo calculado. Tengo la piel llena de ti, y en mi boca regustos de tú coño (tan estrechito).

-So puta, te llevo en la muela del juicio, eres un palillo en mi boca.
- Y sé que me vas a perder.

domingo, 19 de diciembre de 2010

LO SIENTO AQUÍ Y ME DA ANGUSTIA.


Era un paisaje y no estaba adivinado. Lo sé bien. De antes. De ahora. No estaba presentido, dibujado más allá de los ojos como cualquier raya infinita que nos hace dudar sobre el horizonte, interrogándonos sobre distancias, o preguntándonos detrás de allí qué existe. Eso es cierto. Sólo son reflexiones.

Pero cuando me trae Lidia, yo no le pregunto por ese paisaje. Ahora me recreo en la inercia del movimiento, y los olores, o el tacto de sus manos debajo de mi brazo, o su compasión.

Entre el edificio de Correos y el banco Pastor, el sol zumba a las once y yo grito esto es el cupón recalcando las sílabas. Estoy en el portalón del Mercado del Sur y debe sentirse mi voz, oigo otras voces y pueden ser flores lo que huelo, pescado, pan de leña y humo de tubo de escape.

Mi solapa es como un anzuelo y alguien tira y me dice: déme este.

Un vagabundo aristocrático bajaba doblegando ligeramente la espina dorsal por la calle Fundación. Debía de ir repleto de nada, también llevaba una cazadora marrón y unos pantalones a cuadros de payaso, y una peluca rubia y la boca con labios doblemente pintados. Era un pedazo de hombre muy raro. Quizás andaba como un bailarín.

En la calle Fundación, en el paso de cebra largo, por un instante empezó a subir un diábolo que daba vueltas como una hélice.

Me apoyo en Lidia, y ella me deja. Consiste en palpar.

La manilla de bronce ha resonado, y la mano me huele a metal dorado. Abro la puerta y lo primero que hago es sentarme en el bordillo de la cama. La cama gime. Mi cabeza encuentra la almohada y la perfección del techo que da la oscuridad. Luego mis ojos dan la vuelta a todo; es una costumbre. El instinto.

Toda la claridad, si hubiera, es de fuera; la ventana entreabierta y los mismos trámites al llegar.

Las moscas acaso me persiguen por el sudor, por el olor; son un orfeón y patalean en mi pecho acicalándose las alas, o haciendo pasodobles sobre el cristal.

No sé si llegará Lidia a ponerme una almohada. Mi dependencia es total.

Tía Raquel anda pegando voces. La siento desde las primeras horas de la mañana. Desgañitarse. Sigue buscando el Naprosyn. Tiene espondiloartritis, y los dedos así enroscados, en forma de pezuña pero en pequeño. Tía Raquel es una farmacia, también tiene ciática y tortícolis, es una persona hospital que no para de hablar de médicos.

Sonó detrás de mi puerta el dichoso estruendo. Quizás se haya caído de bruces.

He dormido ayer.

Mi diábolo rojo asomaba debajo de una manta.No me caía la lluvia y era todo el universo sobre mis espaldas. Derramaban agua. Y entre tanta soledad había una estrella y muchos nubarrones. En este rincón que queda debajo del Ambulatorio soy un saltimbanqui acurrucado dentro de una caja de cartón. Y así, de reojo, tengo la rara disciplina de mirar al cielo antes de dormirme.

En la Plaza Amorós hay una estatua. Si bajas por Monteado la ves a bocajarro. Está erguido el Quintanar con sombrero napoleónico sobre un caballo con huevos increibles.

Allí, a veces, los niños juegan a dar vueltas.

Nunca hubo tanto movimiento sobre el trono de San Marcelo. San Marcelo está tocado con una capa de achacoso peregrino, y lo extraño es que sobre su cuello hay adornos dorados de laurel. Le dejaron la mirada indulgente. Cuando la gente sale de la Iglesia pone gesto caritativo. Mi boca roja les da besos, y los niños se ríen. Mi diábolo gira y da vueltas y vueltas en el aire.

No puede ser Lidia.

Tan temprano. Tantas veces bajar hasta aquí. Me ha recogido a las dos de la tarde y voy medio meado. Presiento que está vestida de negro, y cuando siento su mano debajo de mi brazo adivino que por fin se ha acabado la mañana. Al empezar a caminar, antes del paso de cebra de la calle Fundación siento un zumbido extraño, elevado en el aire una hélice, y las voces del payaso. Luego es bordear recto o en quiebro, subir las escaleras, sentir la puerta de la casa y el extraño olor a medicinas y a metal dorado.

Tía Raquel debería estar sentada. Está de bruces en el suelo.

Siento las moscas que me escrutan y me huelen, patalean sobre mis ojos cerrados,

Y mi cabeza se reclina sobre la almohada.

No quiero que me acuesten sobre el corazón, lo siento aquí y me da angustia.

viernes, 17 de diciembre de 2010

HOY NECESITO VER EL MAR.


Y además hace mucho tiempo que no te veo, y me da que esto es la distancia; para nosotros es el cosmos de tan alejados que estamos.

Hace tanto tiempo que no veo tus ojos viejos que ha llegado el cansancio a los míos.

Quiero perderme por las calles que frecuentabas por si ya estás de vuelta y se te ocurre amarme otra vez.

Y miro al cielo y hay Dios.

Y vuelan altas las nubes con su peso de algodón, y yo no sé que pensar, y me quedo quieto a recordar por si vienes frente a mi.

Pensar en la muerte es horrible.

Sucede que aún debo amarte y esto es un impulso, esto es por si la calle te devuelve.

Y si ha sido la muerte no hay nada más que contar.

Hoy necesito ver el mar.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

ES PARA ELLA POR SI ALGUNA VEZ QUIERE VOLVER.


Yo no creo que los santos lloren, pero una vez vi a una mujer llorar lágrimas de sangre.

No distinguía bien lo que sucedía delante de mí, me desplazaba y los demás se desplazaban. Veía a la imagen bambolearse por pasos indecisos a través de la pendiente y por un momento creí en el milagro.

Mi Señora era la Santa.

Sí, la que me hacía aquellas albondiguillas de redondez perfecta, manufacturadas a lo monja, apelmazadas con harina y un movimiento de sobaco. Ella, iba allí, y me miraba con la cabeza vuelta por un raro sortilegio, mientras por encima de mí había una nube azulada y un silencio que no estaba roto por la nada (la nada es muy ruidosa).

Era una marianidad, y como tal había aves que no conocía. No gorriones, extrañas aves del paraíso revoloteando, gorjeando en círculos perfectos sobre su cabeza.

Mi Santa, sacada en procesión por todas las calles del pueblo con cara adormecida y una corona dorada sobre sus sienes, llorando aquellas lágrimas, mirándome sólo a mi, el pecador de los pecadores, inepto follador -el rey de los pajilleros-

Recuerdo cuando tocaron en la aldaba de la puerta el cura y aquel grupo de mujeres, los sacristanes vestidos de tratante con blusa blanca, el cura armado de uniforme. Yo bajé abrir limpiándome los ojos. Subieron en tropel sin preguntar y la levantaron de la cama poniéndole la misma funda floreada que la tapaba del frío sobre su  cabeza. Iba de pie, en equlibrio, sobre las parihuelas, rodeada de pétalos blancos en forma de cáliz. Yo absorto. Nada que decir tuve .Nada que objetar en aquella huida a la clausura.

Mi Santa en procesión por la empinada cuesta de los Alisios.

Y ahora me doy cuenta, sí, tarde, ya tarde, que eras una Santa entre todas las Santas, la que me hacía aquellas albondiguillas al estilo monja, puñado sobre el sobaco y codo arrimado en movimiento peristáltico, dando vueltas y vueltas a lo catalina…, y bolita sacada del sobaco hasta la hirviente sartén… Y luego, en las noches oscuras, entre la luz tenue de las bombillas de los Alisios, me abría su pistilo y me hacía mecerme muy suavemente, a ritmo de maneta mete y saca, mientras notaba sobre mis ingles el ligero cosquilleo de una estampita arrugada de la Sagrada Concepción.

Las albóndigas al sobaco las hacía como nadie mi Santa.

Mi Santa ha clausurado.

Es para Ella, por si alguna vez quiere volver.

martes, 14 de diciembre de 2010

Y ATO CABOS.


Azucena me había dicho que se había roto el himen por una separación brusca de los muslos, que se había caído a horcajadas sin empalamiento que no había habido antes penetración lúbrica, y que muchas veces le daba por el onanismo solitario. El caso es que cuando se la metí la cosa fue como pedro por su casa y me dio por primera vez aquello de los celos, y le dije que lo iba a mirar, y que diese la luz del techo, y le metí el dedo por el culo para verlo por la vagina, y cuando lo vi aquello estaba como una flor sin pétalos, hermosamente de color carne, sin un rastro de sangre.

Yo ahora me mezco al lado de las troneras del carbón y tengo esta cosa aquí que me empieza a carcomer. Aún me huele el alcanfor de la camisa de la boda.

Ha pasado el mulero de la Vaguada con troncos de abedul y las mulas se reían.

Le estoy dando vueltas a nuestra historia, y ato cabos.

 

 

domingo, 12 de diciembre de 2010

UN HOMBRE ES UNA PUTA MIERDA.


No es que tenga ganas de enfurecerme, pero te recuerdo tanto que me fatigo pensando.

Y se me viene tú presencia como si fueras un holograma.

Antes de levantarme estiro el brazo todo a lo largo y no abarco nada, y es como si abrazara un trozo de frío porque se me queda la piel blanca. Los lunes uno tarda en ponerse el piloto automático.

No recuerdo cuando fueron los últimos gritos. Lo que recuerdo es el último polvo con gusto. Me viene aquella sensación de haberme tirado de ti como si me fuera la vida, y es que boqueaba como un pececito. Los coitos interruptores te llenan de angustia, te sientes tan mal como si cometieras un asesinato. Y otras veces la fundita se rompía.

Y claro.

Un día tras otro se fue acumulando la tensión.

Besar tú piel con ansia era embarazarte. Y lo curioso de todo esto es que por lo visto no te preñaría ni todo el bloque. Siempre se entera uno tarde.

Levantarse sin tener a donde ir es un fastidio. Y si al hacer el reconocimiento a todas las estancias llegas a la conclusión de que estás sólo la cosa empeora.

-Hoy a dónde ir.

-Qué lindo el día.

Llevo la escafandra puesta y me sumerjo por el Parque de los Patos. Yo y mis pensamientos gloriosos. Hay edades en las que vivir es obligatorio, es como si te metieran diluido con un desatascador todas las sensaciones para que sintieras que algo sucede en el entorno. Soy un hombre y su abrigo de ante, y sus zapatos pulcros, y voy medio afeitado.

Otros que van a mi lado llevan otros dramas escritos en los ojos.

Alguien se dedica a dar abrazos. Menudo gilipollas. Hay gente que no sabe ya lo qué hacer. Te descubren como a los árboles. Prefiero que me des un beso de tornillo aunque te huela el aliento a jengibre y ajo puerro todo junto, y que me metas la lengua y que me hagas sonar la campanilla de la garganta.

Había un gavilán cerca del lago de los patos que estaba cojo. Y varias urracas que en pleno día se cagaban sobre la hierba. Y habiendo mirado mi reloj astronómico decidí volver a casa, porque hay días que parecen interminables si no los terminas a tiempo.

Y al llegar y abrir estaba ese olor que guardo. Y el pasillo tan profundo que si elevas los ojos su geometría de paralelepípedo parece acabar en un punto truncado. Al dar la vuelta está la cama deshecha. Ahora todo es nítido. Vuelvo a llevar los mandos de la nave y me retornan tus gritos, y siento mis blasfemias. Es cierto que cuando me corría fuera me iba estremeciendo por tú vientre y tú estirabas las piernas como si te faltara algo.

-Chitón.

Así vestido, tirado sobre una cama deshecha, un hombre es una puta mierda.

Y SI LEVITAS ES QUE ERES SANTO.


Se nos pasan algunos detalles que no podemos ver, son sutilezas, un simple rozamiento o cuando el aire frío te da en la cara, o cuando presientes, sin motivo, que algo va a suceder. Son como estados de alarma o estados del alma.

Me llamo Remigio y hoy creo que he levitado. Eso es una sensación. Estaba en el pasillo y la niña marchó despavorida dando gritos buscando a su madre. Cuando retornaron ya estaba con mi bata, en posición erguida y simplemente apoyado en el suelo.

Aurora le dio un guantazo a la niña, y yo le reprendí.

-Si es verdad, si es que estaba raro; como si no pesase.

Al ser domingo tuve que salir por el periódico y logré ponerme los calcetines de pie; por otro lado estuve meando durante veinte minutos para quitarme una erección natatoria poco antes de salir. Bajé con normalidad hasta el portal y cuando llegué a un adorno de arbolillo de plástico que hay debajo de los buzones sucedió de nuevo el fenómeno, sentí que me faltaba el rozamiento y que me elevaba dos palmos del suelo, con ese presentimiento de vahído de que se me iba la cabeza hacía los lados.

Flotaba, no cabía duda.

En el kiosco estaba Purita la damisela del tercero con sus labios rojos y una blusita, y unos pantalones puestos a martillazos. Había dos niños y la viejecita de la Tintorería la Romana. Cuando estaba allí otra vez presentí aquella sensación de elevarme. Y vi sus ojos. Se quedaron petrificados al unísono. No era terror. Se imaginaron en un principio que jugaba a las canastas. Pero me vieron mantenerme a tres palmos del suelo, extrañamente vertical y estático.

Levité más de lo previsto, y en esa postura le tuve que pedir las tres revistas de mi mujer, un especial coleccionadle de muñecas, y los dos periódicos de los fines de semana. Fueron instantes confusos.

Para aquella ya sabía que levitaba, no cabía duda. Cada vez eran más dilatadas en el tiempo aquellas sensaciones de ingravidez, que por otro lado, no eran controlables como pudiera ser cualquier otro proceso de mi organismo, algo tan fácil como decirme a mi mismo que debía sentarme o levantarme o doblarme. No. Levitaba sin ninguna premeditación, era absolutamente anárquico aquel impulso que empezaba a elevarme lentamente con un ligero tanteo inestable para luego erguirme una fuerza sutil que no tenía ninguna procedencia instintual ni muscular.

Todo un problema, porque empecé a levitar y a avanzar al mismo tiempo.

Así que iba por la calle con mis periódicos y revistas bajo el brazo y una bolsita de plástico cogida de mi mano, medio erguido inclinado hacía adelante a medio metro del suelo ante el regocijo y pánico general, porque ya no tocaba el suelo, flotaba ingrávido cada vez más alto hacía el cuarto derecha, consiguiendo erguirme sobre los cristales de la ventana del salón, donde la niña me miró como si el mismo diablo se le hubiese presentado.

Vino mi mujer y me vio allí, vio mi cara detrás de los ventanales de dos hojas; y gritó y gritó desesperada, mientras le daba de guantadas a la niña.

-Hay domingos que uno se levanta raro.

-Este doce de diciembre.

-Ya lo dicen los teólogos: el cielo y el infierno son dos estados del alma.

Y si levitas es que eres santo.

sábado, 11 de diciembre de 2010

LA CARGA INANIMADA.


El día está increíblemente azulado.

He considerado que es el momento de sacarlo de casa y llevarlo muy lejos. Así que me dispongo a realizar un acto deleznable. He borrado de mi cabeza cualquier atisbo de conciencia.

Alrededor de mi casa hay muchos tipos de árboles y monte bajo. Parten senderos hacía todos los lugares posibles. Cuando abro la ventana unos desconocidos hablan con otros desconocidos y todo parece simple, hasta los mismos gorriones me lo indican, que me deshaga de él.

Deseo que esta sea la última vez en que lo vea ahí tendido. Comienzo a vestirlo despacio con ropas de abrigo, no deseo que el frió lo coma a las primeras de cambio.

A duras penas he podido bajar las escaleras que dan a la cuadra para atravesarlo sobre los lomos de la mula parda y taparlo con un saco de arpillera. En estos instantes me siento tremendamente cansado y con un gran nerviosismo en mis piernas.

Al salir al camino de piedra y hierba los desconocidos ya se han marchado.

Ascendemos dando vueltas, el sendero serpentea y va escalando por entre monte bajo de xestales, brezos y tojos que arañan mis piernas.

Delante de mí está el robledal de las Ánimas tupido desde el suelo hasta las nubes con mullido amarillo por el suelo. En este lugar tan frondoso y entre tantos tallos alienados se pierde la sensación de orientación. Por encima de mi se describe un azul pleno, y una ligera brisa me hiela la cara.

Desato la carga y la empujo cayendo sobre la hojarasca como un peso muerto casi inanimado.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

QUE FALSO ERAS, JOHN LENNON.


Cada vez que releía el guardián entre el centeno me entraba aquel sopor de hombre inacabado y miraba al techo por si había algo olvidado entre aquellas líneas que me hacían reflexionar.

Mi héroe de infancia había sido Batman y después otros muchos héroes que había ido apilando sobre los estantes. Ensimismado con sus aventuras, siempre buscando aquellas alegorías que los hacían triunfar sobre la maldad. Cuando cayó entre mis manos el guardián entre el centeno descubrí imaginativamente a los héroes de pacotilla que en la antigüedad se llamaban juglares.

Cuando me entraban aquellas crisis me encerraba en mi habitación y me colocaba boca arriba pensando en cuanta desdicha y mal fario de mis héroes actuales, cantantes y petimetres que desgranan palabras baldías en defensa de los más deprimidos de los hombres. Vomitaban palabras venditas por sus bocas y luego cagan oro a borbotones por el agujero del culo.

Me obsesionaba Lennon, el gafitas, el metamorfoseado unas veces con barba descuidada, otras barbilampiño (denotando cierta miseria), con su guitarra apoyada sobre el corazón, cantando versos libertarios, o versos de amor, con músicas que pudo haber puesto sobre su excelsa mente el mismo Arcángel san Gabriel, o un ángel malo, vete tú a saber. Y al final con su putita asiática fiel administradora.

El piano blanco e imagine, inmaculado entre cortinones blancos blancas las paredes de mi héroe que protegía a los pobres y que cuando iba al vater cagaba oro refinado al noventa y nueve por ciento. Él y otros héroes como él, que predican la absolución de los más pobres, ellos que derraman palabras llenas de odio contra los explotadores que mandan a las guerras a morir a los hijos de nuestros hijos, amén.

Y a mí, pensándolo así, me empezó a dar tanto asco de todo aquello que se me revolvía el estómago cuando mi madre me ponía sobre la mesa copos de maíz y leche de búfalo.

Y me dije, este héroe pagará por todos los héroes que cagan piedras preciosas y sueltan baladas de amor por sus bocas inmaculadas.

-Indignos, falsos, hipócritos profetas.

Así que hacía frío y había un edificio lleno de ventanas, y me acerqué a mi héroe y vi su figura estirada extrañamente evangélica y le dije que me pusiese su firma aquí en este reverso de revista, y él como girando la cabeza quiso decir que no me había visto, por eso le disparé a esa mierda de hombre que deshizo mis sueños.

Y es que Yon Lennon decía palabras de amor y cagaba diamantes por el culo, y muy en el fondo era el zorro más falso de los falsos zorros. Y se parecía.

domingo, 5 de diciembre de 2010

ESCRITO POR: "FERNANDO TRÍAS DE BES"


El hijo de un hombre rico abandona los estudios. Su padre le dice que debe buscarse la vida, y el chaval decide montar una panadería. Como necesita financiación, emite unas obligaciones que sus vecinos de escalera adquieren. Cada una vale 5.000 euros. El panadero les devolverá 5.400 euros dos años después. Como el padre es rico, los vecinos entienden que su dinero está garantizado.

 Al cabo de unos meses, la panadería no va bien. El panadero trabaja poco y no está muy pendiente de sus clientes, ya que dedica mucho tiempo a operaciones inmobiliarias, que, según parece, es un sector muy de moda donde trabajando poco ganas mucho dinero. Dicho esto, aunque renqueante, la panadería todavía funciona. 

 El vecino del primero primera, temeroso de no recuperar su dinero, decide vender su obligación por 4.800 euros. Puso 5.000, así que perderá 200, pero mejor eso que quedarse sin nada. Se la compra el del ático, quien cree que el padre empañará las deudas de la panadería si ésta cierra.

 Los vecinos se intercambian las obligaciones del panadero a precios cada vez más bajos. Algunos, por miedo a perder, pero otros porque, sabiendo que el chico necesitará pronto más dinero, si la deuda está por los suelos, podrán apretarle las tuercas al hijo del hombre rico, haciendo un negocio redondo.

 Tanto las ventas masivas de los miedosos como las de los especuladores derrumban el precio de las obligaciones hasta 4.000 euros. 

 Como era de esperar, a los seis meses el panadero precisa más financiación. Y vuelve a emitir obligaciones a 5.000 euros. Pero nadie las compra. ¿El motivo? Las anteriores están a 4.000 euros. Nadie compra por 5.000 al panadero lo que puede adquirir por 4.000 a un vecino. Si el chico quiere emitir deuda, debe pagar un interés mucho más alto.

 El panadero encoleriza. Dice que es un complot, un ataque a su deuda. Sus vecinos han derrumbado el precio de sus obligaciones a sabiendas de que su padre lo avala todo y de que no puede cerrar la panadería. Como no puede asumir tanto coste de su deuda, telefonea a su padre: «Papá, tal vez tendrás que rescatarme».

 La pregunta es: ¿se trata de una conjura de los vecinos contra un padre rico? ¿O del pánico de los vecinos ante un hijo ineficiente y derrochador?