martes, 30 de marzo de 2010

CAMA


Me ha pasado que no he podido despertarme a tiempo de tan rápido que he dormido.
Me sucede a veces que deseo quedarme aquí revuelto entre las sábanas, en el profundo hueco del colchón desgastado, marcado por el efecto de los muelles en los que reposo, desde hace mucho tiempo. Hoy a ciencia cierta podría contemplar largo rato las claridades que me ofenden, por si hubiera regresado de un sueño, o de otro lugar que no recuerdo. El levantarme es una desgana que no me propongo superar. Obedece a la misteriosa necesidad de ser ingrávido, mi ancestro quiere convertir el aire en una pastosa placenta, que aún me proteja de todos los misterios que me aguardan. Quiero regresar a ese lugar sin luz, que se despidió de mí hace unos cuantos lustros, para dejarme posado sobre la inmensidad. No deseo la brisa que me saque del letargo, ni la frialdad de las baldosas que me levanten la piel de los pies, sintiéndolas tan frías, como el corazón de una estatua. Deseo tomar otra vez un vaso de agua y dos grageas azules, para poder cerrar los ojos y olvidarme de la angustia de despertar en otro lugar que no haya contemplado, en otro lugar extraño, lleno de puertas blancas, y túneles de cristal, ascensores que mueven mi cansado corazón, manos largas que me palpan, máquinas que quieren esconderme, luces que me hacen pisar supersticiosamente mi sombra, y ojos que intentan delatarme escrutando los huesos de mi cara.
Mi amor, por lo que más quieras, no me dejes aquí, dame tú piel disuelta en agua. Entra en mí y expulsa estos demonios que me comen
.

lunes, 29 de marzo de 2010

INEN


…estar en la cola del paro no es circunstancial, ni nada poético, es un anatema, en el sentido etimológico de maldición, nada que decir al respecto, ni nada que argumentar, ni nada que oponer, ni nada que objetar, por eso, ni nada de nada, simplemente estoy aquí, en la calle Camino de los Ganapanes, Barrio del Pilar y , son las seis de la mañana, la cola es muy larga, dijérase que todos nos hemos puesto de acuerdo para venir a esta hora, pensando que aún nos quedan dos horas de cola, y esta es la cola identificada como la cola del martes día uno de diciembre, porque hay otras colas, cada día tiene sus colas, y esta es la hora que he dicho, y somos una buena colección de razas: negros, moros, blancos, amarillos, algún cobrizo, mongólicos, caucásicos, malayos, puede que allí haya hasta un bosquimano, pero nos llevamos bien, dentro de lo que cabe, la mañana está fría, y si miras al cielo tiene un color de añil tirando a blanco, como si se reflejara que el día está próximo, yo intento hablarme a mi mismo, a mis cincuenta y seis años he aprendido a conversar con el inútil que llevo dentro, por no haber cotizado a las arcas del estado más tiempo, para tener una paguita decente, para no angustiarme con ser un mendigo, por ser honesto, ni ser un puto chatarrero, para no tener que ver las aberturas del infierno, y recordar con arrepentimiento cuando salía a la ventana para aullar como un lobo por cada hijo que Marisa traía al mundo, para avisar que salía a buscar comida, mientras ella quedaba encamada lamiendo al niño, como ahora, como hace media hora, quedaban cuatro en casa, durmiendo, grandes y anchos como armarios, con la boca abierta, como pico de pelícano, en casa quedaba Marisa, echando dos aguas seguidas al café, en las postrimerías de la noche, buscando tras la ventana una pota de cachelos cocidos con sardinas de Cedeira, sintiendo el frío del día en sus amplias y gordas manos, que llevan el daño de la vida, y que me hacen daño si me acarician, y es que hoy es el día uno, y ficho, fichamos casi todos, esperando que se abra la pulcra sala y podamos calentarnos cuando esto fluya a paso de costalero, y aquí estoy, y miro al cielo, encogido hacia mi como la media luna , protegido por los cuerpos de jóvenes que no son de aquí, y que no entiendo, un grupo largo de mozos de otras tierras, que hablan de sus cosas, y ríen, sentados en el borde de la acera, sintiendo el aire que mueven los coches, mientra yo aprieto mi abrigo contra mi corazón, sin saber por que hostias vine tan temprano, si me queda todo el día por delante para pensar qué hacer con mi puta vida.

viernes, 26 de marzo de 2010

GALLETAS DE NAVIA


Cuando mi padre bajaba a Navia, siempre le pedía un paquete de galletas maría.Tenía aquella ilusión de niño, de abrir aquel paquete con papel fino y azulado. Ir cogiéndolas con la mano, y sentirlas crujientes en la boca. El asunto era ir dosificándolas para dos días, esconderlas para que mis hermanas no las encontrasen. Un día comprobé que mi padre me engañaba, y que casi siempre se le olvidaban -lo encontré comprándolas en la tienda de Hortensia-. Todo cambió. Aquel paquete ya no me gustó. No eran galletas de Navia.

jueves, 25 de marzo de 2010

LA CURVA


Las consecuencias de lo que me ha sucedido, no podré evaluarlas ahora. Todo fue muy rápido.Venia por la comarcal quinientos doce, por la zona de Riofrío hacía Bejar. La noche era despejada con una gran luna llena que me cogía de costado; según iba cambiando de dirección la carretera, algunas veces, la veía por el retrovisor completamente nítida. Las luces me marcaban los arcenes. Todo sucedió en un tramo recto antes de entrar en la curva de de los Robles- que le llaman la de los Espíritus-. Apenas me di cuenta. Fue como si de repente se me hubiese echado encima un bulto. Le di con todo el frontal izquierdo del coche; y vi. como caía a la cuneta en una zona de ligero desnivel. Aminoré la marcha. Parecía una mujer. Cambié a primera. Muy lento, miré a todos los lados, y no vi a nadie. Luego pisé a fondo el acelerador y salí como una centella. Cuando llegué a casa pasaban de las cuatro de la mañana. Lo primero que hice fue mirar el coche. Tenía un pequeño abollon a la altura del faro izquierdo, que estaba roto. En el borde de un cristal en punta, que había quedado sujeto por al marco del embellecedor, encontré un trozo de tela negra, de unos dos centímetros, y restos de sangre. Lo que me extraño eran aquellos pelos de color marrón oscuro, que parecían cerdas de animal, pegados en el interior del faro.
Cuando entré en casa, la luna estaba en todo lo alto, muy grande y muy blanca. Y comenzó a entrarme una gran desazón.

martes, 23 de marzo de 2010

ASENTAMIENTOS


Me llamo Agapito Contreras Muñoz. Tengo cincuenta y cuatro años. Jubilado de la minería desde hace diez. Vivo en Soto Llano. Y esto está lleno de verdor. La primavera este año es amplia en colores. Huele a humedad. Creo que habrá buenas cosechas.
Desde hace seis años labro una pequeña huertita alquilada al ayuntamiento, para el entretenimiento mío, y el de mi mujer. No es que lo necesitemos para vivir. Con la paga tenemos de sobra. Pero nos ayuda a llevar mejor el tiempo libre, y a observar la sucesión de las estaciones. Mi parcela inicial era de sesenta y cuatro metros cuadrados, separada de las otras parcelas por un simple surco. Allí tengo mis cositas: Tomates, fréjoles, pimientos, patatas, dos cerezos que planté el año pasado e injerté a picotas, unas flores de geranio de mi mujer, coles, berzas desparramadas, y una camelia preciosa, ya florecida. Cada poco lo voy rotando en la cosecha, es bueno para la tierra. Empecé con esta parcelita, y ahora tengo tres más; estas tres no son alquiladas, las han ido abandonando, y yo me fui haciendo con ellas. Hasta el momento ningún problema he tenido con lo que he labrado. La cosa empezó con la que tengo a mi derecha. Llevaba abandonada unos cuatro meses, y me dije, pues si no plantan, planto yo. Y la hice curiosita, toda de lechugas; daba gusto verlas, rectas y simétricas, habían aprendido todas.
Pues hace dos días vino mi mujer toda corrida, y me lo dijo, arrancadas de cuajo, arrasadas. Y ayer, fue el acabose, en mi parcela, en la de siempre, los dos cerezos cortados con serrucho. Así están las cosas. No lo voy a denunciar. Para qué. Solo era mío lo que he había labrado. Pero a mi no me jode nadie. Llevo aquí sentado desde las diez de la noche, y ya son las tres de la mañana.
Tengo la escopeta cargada con postas de jabalí. Y hace un frío que pela.

lunes, 22 de marzo de 2010

EL MÓVIL


Era como una costumbre rutinaria. Más o menos cada tres días por la tarde, la llamaba por el móvil. Subía con el coche los cuatro kilómetros que lo separaban del Cerro del Puerto; pasaba las ruinas romanas, bordeando los prados siempre verdes, y se metía en la plaza de aparcamiento más alejada y solitaria. Muchos días el mar estaba sin bruma, totalmente despejado. Siempre había algún barco cercano soltando aquel largo pitido de aviso al práctico y; cuando bajaba la ventanilla del coche, sentía los ruidos metálicos del puerto. La llamaba era siempre a eso de las cuatro y media. Sabía su costumbre de dormir un poco la siesta. Cogía el móvil, marcaba, y al otro lado estaba su voz cercana. Empezaban a charlar de temas sin importancia. El le describía lo que estaba viendo, la bruma, o el mar despejado y hermoso. Alguna vez llevaba la conversación al tono más intimista y afectivo, comenzaba a mandarle caricias con su voz; tenía ese don de la descripción metódica, pausada, y tremendamente descriptiva e inmediata. A los pocos minutos las palabras de ella comenzaban a ser entrecortadas, casi susurros entre una respiración más agitada. El le describía la ensoñación de sus manos sobre su cuerpo, lo que hacía su boca entre sus piernas, como luego se erguía sobre ella, como se movía. Había un instante en que el teléfono solo intercambiaba un raro lenguaje de susurros -estremecimientos reales o fingidos-, mientras el se acariciaba, con la mirada perdida hacía el mar; viendo aquella ralla, clara y limpia, lejana y perfecta, como si la estuviera dibujado un niño.

domingo, 21 de marzo de 2010

CAM


Alejandra se encontraba delante del espejo dándose los últimos retoques a su cara. Por sus grandes ojos, siempre resaltaba labios, pómulos y cejas. Hoy sin embargo se estaba poniendo una sombra gris siguiendo la forma del ojo, deseaba resaltarlos, deseaba que su mirada tuviera el don de la observación plena. Había quedado con Teo. No sabía si su nombre era real, o producto de la casualidad. Llevaba cuatro meses viéndolo a través de la cam. Ella se había reservado el secreto, nunca se había mostrado. Había grabado a Teo de medio cuerpo. Había grabado la última obscenidad de medio cuerpo para abajo en un directorio llamado Teo_18.11.09, en donde se acumulaban 68 videos en formato mpg. Se vistió elegantemente, llevaba una falda de cashmere, un suéter cerrado Cardigan, unos zapatos con cremallera de piel gamusa, y un abrigo cruzado, estampado. Como contraseña para el encuentro se había puesto una bufanda artesana de fantasía color marrón. El color de la bufanda no era el acordado; en la última conexión le había dicho que se pondría un gorro color negro, pero lo evitó para tener esa ventaja en la sorpresa del encuentro; aparte que la hacía más pequeñita.
Salió de casa a las siete de la tarde. Había quedado en una cafetería llamada Malevos, en Pintor Rosales, cerca de su casa. Caminó de prisa. En unos diez minutos estuvo en la puerta. Lo primero que hizo fue otear la barra. Lo vio de espaldas, sentado sobre una silla alta, ojeando un periódico, con un cigarro en la mano y una caña de cerveza en el mostrador. Como en un acto reflejo el se giró hacía la puerta. Sus miradas pudieron haberse cruzado. Nunca se sabrá. Ella lo observó un instante, dio media vuelta, y se marchó calle abajo.

sábado, 20 de marzo de 2010

NECESITO SOÑAR




Ya le habíamos dado varias vueltas por el exterior; fijándonos en la configuración estructural de aquel edificio; con el fin de poder realizar una oferta ventajosa para su derribo. Ahora estábamos en el interior. Íbamos caminando por un pasillo central lleno de basura. Se observaba al fondo una división marcada por una barrera de barrotes metálicos de media altura, y una puerta central. Las paredes estaban llenas de grafitis dibujados entre la separación de las celdas, con puertas diminutas. Había tres niveles de celdas con pasillo lateral, y en el techo una gran claraboya central por donde entraba muchísima luz. Caminábamos rápido, tomando notas sobre un plano, de las características de la antigua cárcel; las partes metálicas aprovechables, dimensiones, tabiques, muros, vigas maestras; con el fin de poder hacer el trabajo en el menor precio, y lo más rápido posible. Subimos a través de una escalera metálica con descansillo, a la segunda planta, en donde se repetía la misma división de celdas. Nuestro acompañante nos abrió una de ellas. La puerta metálica pintada de gris, fuertemente reforzada, tenía tres pasadores de pestillo, uno de ellos de grandes dimensiones en el medio. En la parte superior había una mirilla de forma rectangular no más grande que una mano; encima el número veintiocho torpemente rotulado. La puerta estaba entreabierta; al abrirla totalmente emitió un sonido de gozne desengrasado. Al pasar a su interior observé un cubículo de unos seis metros cuadrados, con techo muy alto, la pared del fondo era irregular, y con una ventana diminuta cruzada de barrotes sobre un cristal ahumado y sucio. Las paredes estaban pintadas de blanco, muy sucias, con zócalo marrón totalmente desconchado.
Al entrar en su interior sentí un extraño escalofrío; entre claustrofobia y esa sensación que nos da cuando entramos en recintos sagrados, llenos de historia; podría describirlo como una reflexiva reverencia del lugar; de lo que allí pudo haber sucedido, y de las personas que les tocó vivir una triste parte de su vida en su interior. Por un momento mi imaginación me hizo quedarme absorto, alejado del mundo de mis acompañantes, alejado del interés comercial de sus proporciones y espesores de muros. Mis ojos se deslizaron por aquella pared que un día había tenido un zócalo marrón y resto blanco, y ahora sólo tenia pequeños rastros de esos colores; llenos de ralladuras, de pequeños mensajes, de figuras de extraña perspectiva. Mis ojos fueron dando una pequeña vuelta de reconocimiento; y se detuvieron en una frase escrita entre dos sombras de suciedad, que había dejado una litera de dos camas - volcada ahora hacía un lado-. La frase escrita y rotulada en azul, a la que le faltaba una letra, decía textualmente: Necesito soñar.

viernes, 19 de marzo de 2010

LILIT


Yo soy Lilit, la esposa orgiástica que descubrió la noche.
La que puso sobre su cuerpo desnudo una cadena de diamantes.
Y se paseo entre bancos vacíos y farolas llenas de luciérnagas.
Yo he aplacado la soledad de corazones repletos de agua.
Y he dado vida a murciélagos rotos por las ramas.
Y he mirado en el fondo de los vasos ojos hechos con pintura negra.
Con otros Ángeles del mal he deambulado,
surcando senderos con forma de cuchillo.
Buscando bocas abiertas de ansiedad y faltas de alimento.
Baje por oscuras callejuelas, entre hojas de arces rojas y amarillas.
Rampante y silenciosa con los pies desnudos.
Y ofrecí la eternidad de mi cuerpo escuchando maldiciones.
Di de mamar mis pechos a seres desdentados.
Destilé la esencia de las almas que ya no vuelan por las nubes.
Regale llaveros y relojes a la muerte.
Y acaricie con mi boca la verga del demonio.
Yo soy Lilit y nunca muero. Jamás mi cadáver será encontrado.
Llevo una cadena de diamantes y, soy invisible entre el violeta.
Estoy tan llena de amor que la maldad me sale por los ojos.
Si me ves de lejos en la noche,
mi sombra contoneada es la propuesta.
Si me deseas y me amas ven conmigo al callejón de los equilibrios.
Y busca a tu querida y despídete de ella.
Te ha dado placer la propia muerte,
arrinconado contra un anuncio lleno de proclamas.
Y tú alma quedará penando por los siglos de los siglos.

jueves, 18 de marzo de 2010

MUTACIONES


Existe la creencia popular de que todos los hechos que nos suceden ocurren por una secuencia continuada y suave de acontecimientos temporales. Salvo los accidentes o incidentes que obedecen a la quimera del destino; y son repentinos como una losa de piedra sometida a la gravedad.
Mi teoría indica que no es cierto.
Por supuesto no intentaré imponer mi nueva elucubración filosófica; soy un simple mortal que acaba de entrar en una sidrería acompañada de unos amigos; y con estos pensamientos sublimes en la cabeza. Pero como sigo pensando; mientras percibo el agradable olor del serrín y la humedad de los restos de sidra escanciada y encharcada en el suelo. Considero que el modelo científico del Big Bang no es una casualidad. No se puso en marcha por si sólo. Hubo un instante o miles de millones de instantes significativamente coincidentes en esa singularidad paradójica. Esto se puede extrapolar a cualquier suceso: La teoría matemática del caos aplicada a sistemas complejos llenos de dinamismo. Los fractales de Mandelbrot que llevan las expresiones matemáticas de lo aleatorio a la hermosura de las formas y los colores. La propia economía globalizada, organizada a nivel planetario; llena de consecuencias y de factores no controlables, que por un simple efecto mariposa en un punto exacto y momento exacto; comienzan a desencadenar nuestros males miserables. Aplicar la ciencia estadística en si, es evaluar términos medios; obtener experiencias de infinitos parámetros que, en si mismos, son principio y fin de algo que no está identificado. La estadística nunca nos podrá medir los instantes precisos en que se desencadena un efecto. Sólo ayuda en algunos casos a predecir la causa.
Pues así estoy pensado.
Mientras veo a mis compañeros riéndose a carcajadas, frente a mi, sintiendo este pequeño bullicio de entrada y salida de gente; los anaqueles repletos de bebidas, en el techo colgados jamones, y viandas muy apetecibles, la televisión al fondo con un emocionante partido de futbol. Cuando de repente tengo la sensación de que soy invisible. Presiento que nadie me percibe. Con un poder sobrenatural absoluto para comprobar y vislumbrar la progresión vital de mis amigos. Para percibir, como en este mismo instante -en que le miro a ella a los ojos- su código genético fue mutado; modificado por energías inexplicables. Y como en este preciso estado es identificado por un punto coordenado en el tiempo y el espacio. -Consecuencia exacta de millones de variables-
Una sola de ellas ha llamado a la muerte, que veo detrás de esos ojos tan hermosos, que amo a escondidas, y que desearía para mi y para siempre.

martes, 16 de marzo de 2010

FRAILE


Habíamos ido a buscar aquel fraile al coche de línea a la parada del Xeixo. Cuando se bajó ya cantábamos canciones enseñadas por los maestros en largas tardes de invierno. Lo vi descender con su capucha en la espalda y aquella barba blanca, la cara huesuda de grandes pómulos y tez morena. Hicimos dos filas los niños a un lado, las niñas al otro. Don Anacleto -el cura- Sarandeses -el maestro- y el Fraile en el medio. Así caminamos primero por el tramo asfaltado de la carretera, y luego por la rampa pastosa y marrón recién mojada por la lluvia. Cuando pasamos por la casa del Zapatero, olía a mimosas, por la casa del Malio olía a pan recién sacado del horno, en la casa de Mayorazo olía el estiércol cargado en un carro, en la casa del Pico olía a hierba seca, y por todos los sitios que pasaba la comitiva espantábamos a los tordos que habían salido a beber el agua recién caída sobre huertas, losas y empedrados. Cuando llegamos a la iglesia olía a incienso, repleta de gente, y en silencio casi eterno. El presbiterio estaba tapado por una gran cortina de sabanas negras. Casi asustaba aquella sombra de popelín –moviéndose ligeramente- que tapaba el contorno pronunciado de la virgen del Carmen - tan graciosa- Nos dispusieron en fila para confesar, mientras sonaba el monótono coro del rosario. Mi fila estaba delante del confesionario del fraile. Y sólo quedaban tres niños mudaditos para llegar. Me subió un rubor frió, la sensación de repentino miedo. Estaba a una distancia de unos dos o tres metros. La tarde ya se notaba con luz apagada por las claraboyas del crucero. El fraile tenía su capucha bajada sobre la cabeza, y en su faz sólo se adivinaba un contorno oscuro y plano, roto algunas veces por una mueca de su boca, o por su barba blanca.
Me empezó a invadir el miedo.
No sabía qué decirle. Cuando llegué casi temblaba. Me arrodillé, y sentí su mano larga y fuerte que me abrazaba. Percibí un olor a tabaco de cuarterón, y su respiración dificultosa, resonando asmática, su barba contra mi cara, y su boca húmeda posada levemente sobre mi cuello.

lunes, 15 de marzo de 2010

HIERBA.


En Diciembre, a eso de las doce de la mañana, la hierba tiene muchas gotas de rocío. Si la miras de frente cuando el sol la alumbra por detrás, ves infinitas pompas brillar en diferentes tonalidades. Algunas soportan la inclinación de luz reflejando un diminuto arco iris. Ahora mismo las veo así, delante de mí. Mi guadaña se abre y se cierra y va segando suavemente una senda de casi dos metros de ancho, dejando solo un puño desde la raíz. A mi lado se van depositando flores y flores, tallos verdes de hojas, infinidad de colores caídos desordenadamente. Cuando descanso apoyado sobre el talón del mango. Veo el monte de la Bobia amplio y grande, desgastado sobre el horizonte -limpio de nubes- con una tonalidad blanca, que resplandece transparente como el celofán. Yo siego y siego absorto, recogiendo la brisa sobre mi cara, y me siento tranquilo y a gusto, mientras lejos de mí, observo un azor que hace chillar a una liebre. Haciéndome pensar que en la misma perfección de la vida, la muerte figura como alimaña. Yo siego y siego, y sobre mi guadaña se marcan rastros de clorofila verde. Porque es diciembre, a eso de las doce de la mañana, y da pena segar tanta vida. Sintiéndome un cosechador, severo, como la propia muerte.

jueves, 11 de marzo de 2010

ABDUCIDOS













Aún es muy temprano y hora mismo voy camino de la sierra, por una senda de madereros. Hay árboles frondosos a ambos lados, robles y abedules en su mayoría. El suelo está mullido por las primeras hojas del otoño. Es un día claro con nubes altas muy diluidas. Delante de mi va Castor, mi perro, jaleado por los ruidos que presiente, de zorzales, mirlos, perdices, y algún zorro que nos vigila en la distancia. Este camino por el que voy se llama Senda de Cortines. Es muy solitario. Antiguamente había colmenas resguardadas de los osos por altas edificaciones circulares de piedra. Acabo de pasar el Cortin de Chozas que está en una zona amplia y despejada. Y ahora sólo siento el ruido de las hojas que desplazan mis pies. Castor se ha puesto a mi lado, parece asustado. Hay un silencio extrañamente repentino, no vuela ni un pájaro, no pian los gorriones, no gragean ni cuervos ni gavilanes. Desde hace un instante, sobre la vertical me envuelve un halo violeta con raras tonalidades rojizas. Apenas puedo ver los empedrados del cortin. Tampoco los árboles. He empezado a levitar suavemente impulsado por una fuerza vertical. Estoy en un túnel cilíndrico, y puedo ver como me acerco a una boca de color amarillento que me abduce. Castor va a mi lado y tiene las orejas gachas.

miércoles, 10 de marzo de 2010

A LAS 6 DE LA MAÑANA




A eso de las seis de la mañana, me sacaron arrastras.
Entre dos me llevaron escribiendo dos rayas por el suelo.
Me arrimaron a una pared quedando dibujado.
Sin saber donde poner las manos.
Sin saber donde dejar mi boca.
Sin saber si cerrar mis ojos.
Si saber si guardar el alma.
Sin saber si mirar la hora.
A eso de las seis de la mañana.
Me vinieron a buscar para quitarme el tiempo.

CUANDO NACISTE


Cuando naciste nada era extraño.
Fue sorprendente, la carga del frío que arropó tú piel.
La opresión del vapor que lloraba en los cristales.
Cuando naciste había una cortina blanca encima de tus ojos.
Un resplandor extraño que apenas descifrabas.
Mientras salías del vientre de tú madre como una sobra.
Medio escupido sobre unas manos temblorosas.
Acurrucado e indefenso. Flotando en el vacío.
La boca repentinamente abierta amenazando a las galaxias.
Para comer a gritos el mundo que empezabas.
Cuando naciste no había luna llena.
Y el sol aún no existía sobre el marrón de la montaña.
No había pan sobre la mesa, ni vino en la jarra del estante.
Cuando naciste el hambre quería derrumbar a golpes tú puerta.
Para devolverte hacía la nada.

martes, 9 de marzo de 2010

PUERTO DEL PICO


No sé por qué siempre vengo por aquí. Es una costumbre vieja de hace años, pasar por Ávila hacía Talavera de la Reina, y bajar las revueltas del puerto del Pico, viendo los empedrados de Gredos, y la calzada romana con sus angostas pendientes, mientras bajo despacio. Cuando está despejado se ve la amplia sierra. Los pueblos encalados al fondo que se van acercando. Hoy estoy descendiendo ensimismado, por el borde del petril, ajustando la raya central. Y voy pensando. Nada dispar de lo que ultimamente me obsesiona. Mi cabeza es una función teatral, pero el cielo está tan azul y es tan grande y tan lejano, que me apetece subirme a la grupa de las nubes. En estos instantes he llegado a la conclusión de que no tengo nada importante que hacer. Estoy llegando a la empinada curva del arroyo, -en el descenso es vertiginosa-. He pisado el acelerador a tope y he soltado el volante. Nadie me espera.

HAZME UN VERSO


Hazme un verso para quitarme el hambre.
Hazme otro para redimir mi angustia.
Y otro para quitarme las penas de amor.
Encuentra uno pequeñito para elevarme en el aire.
Y uno en forma de mano que me arrastre como a un niño.
Hazme un verso que me bese cuando esté triste.
Y otro que me haga recordar mi infancia.
Quiero uno que me quite el odio.
Y otro que no me haga tan enamorado de ti.
Y uno largo que siembre el camino para guiarme.
Y uno corto que me enseñe el horizonte.
Uno alto para sentir el viento.
Uno profundo para ver los peces.
Hazme un verso para no quitar la vida.
Uno extraño que me explique mi locura.
Uno débil para ser sensible.
Uno fuerte para defenderte.
Uno orgulloso para mantenerme vivo.
Uno en forma de viento para que me acaricie.
Uno eterno para poder ver a los que han muerto.
Uno de caramelo para sentir tus labios.
Uno infinito para ver a Dios, si existe.

viernes, 5 de marzo de 2010

EL BAR DE AGAPITO


Como había escrito ayer precipitadamente. A eso de las 11 de la noche sentí un gran alboroto en la calle. En ese momento llegaba la policía, con escándalo de sirenas y luces. En la acera opuesta al restaurante ,Comidas Agapito, había cantidad de gente, la mayoría vecinos de mi portal. Como no puede ser de otro modo, la curiosidad me hizo poner los zapatos y bajar las escaleras apresuradamente. Ni siquiera esperé al ascensor. Cuando llegué a la calle, vi con sorpresa a la mayoría de mis vecinos, muchos con bata de casa y zapatillas, apostados en el frente del bar. Yo pasé a engrosar la pequeña multitud de morbosos espectadores. Lo primero fue preguntar lo que había pasado, y así me contaron que la esposa de Agapito, llamada Anunciación, lo había encontrado en el frigorífico de viandas, haciendo el ñaca, ñaca, con la cocinera -contratada hacía cuatro meses, y por lo visto, también casada- Anunciación debía de tener sospechas del affair. Cuando entró en el bar- venía, según contaban, de Zara, aún se veía la bolsa sobre el suelo del bar .Cogió un cochillo jamonero apoyado en el mostrador, y se dirigió directamente al frigorífico. Lo que comentan los vecinos podría llegar a ficción surrealista, para desembocar luego en una gran leyenda urbana. Según cuentan hubo una corta persecución. Ella salió a la calle semidesnuda. El deambulo a trancas por el bar, tropezando sobre una mesa del comedor, con tan mala fortuna que se golpeó con la cabeza sobre una columna central, quedando semiinconsciente en el suelo. Lo que no es leyenda y es real, fue la reacción de Natividad. Le bajó los pantalones, y de un tajo certero le rebanó los huevos. Los que se asomaron a través de los cristales de una ventana que da del comedor a la calle. Describen la escena con macabro morbo. Por lo visto, el cadáver de Agapito yace en el suelo, con los pantalones bajados, sobre un gran charco de sangre, y con los huevos y pene, cómicamente sobre su regazo.


lunes, 1 de marzo de 2010

MAL DE OJO


Hakam, tenía todas las paranoias posibles. Descubrí su inquietud cuando le di por primera vez la mano. Intentó rehusarla disimuladamente; pero al verse sorprendido no tuvo más remedio que apretármela levemente. -Sentí entonces su frialdad y una blandura de forma gelatinosa- Y observé  su repentino acaloramiento para buscar  el baño, en un vana intención (supuse) de poder lavar su mano. 

Después de varios encuentros comprendí que su otra “noia”, era la del mal de ojo. Si cariñosamente le ponías la palma en la espalda en un gesto amistoso, el se desvivía en devolverte el tocamiento espiritual, con un disimulado intento por tocarte también a ti. Era así su compulsividad.

-El mal de ojo debía quedar en el otro. 

En mi andadura profesional lo he llamado “Síndrome del enguello”, o poder paranormal de transmitir el mal.

  Ahora mismo,- como os cuento- , Hakam y yo, llevamos dadas cuatro vueltas a la manzana de la calle de Begoña. El me toca y yo lo toco. No podemos parar. Nos siguen dos policías municipales con el coche reglamentario, una unidad de la cruz roja, dos miembros de protección civil, y número indeterminado de periodistas. No puedo deciros cuando el agotamiento nos hará desistir del mal del “enguello”.

De momento avanzamos tocándonos mutuamente, en un bucle interminable.