jueves, 30 de enero de 2014

CEREMONIA.






Otra vez lo he mirado todo:
grifos, llave del gas, ventanas cerradas…,
sólo una rendija de luz
en la inmensidad del pasillo.
Me acabo de marchar  con esa repetida extrañeza de que alguien ha quedado ahí,
mirándome con sus ojos abiertos.
Sabiendo,
que todo es una simple duda
que siempre que se me olvida el cerrarlos,
y que debo volver,
en una repetida ceremonia,
a pasar mi mano por su cara.

sábado, 25 de enero de 2014

LEJANÍA.



Dentro de años, es la lejanía.
Incluso.
Dentro de un año.
Dentro de tres semanas, o de cuatro.
Sin atribuirlo a nadie en concreto.
Ni tan siquiera a un extraño sueño.
Real.
Dentro de unos segundos,
el miedo
otra vez.
Abrir y cerrar sin detenerte
tiene su parte de vacío.
Dentro de un instante otra vez
-apriétame-,
vuelve lo inmenso
y lo percibo.

viernes, 17 de enero de 2014

LARVAS.



De bronce la manilla resobada. Huele la mano a rastro de metal. Abro la puerta y me siento muy lentamente en el borde de siempre, siento como la cama gime. Me voy recostando hasta encontrar la almohada. La perfección puede ser una postura de reposo. Incuestionable el ejercicio para el descanso. Lo absoluto, la huella del cuerpo, la sensación de casi ingravidez, como si no fueras responsable de ti mismo.
Al abrir los ojos a la plenitud del techo. El orden anárquico de tres hendiduras en zigzag con su final trágico en una esquina.
De fuera es la claridad. La ventana entreabierta. Presiento un rastro azul.
En todo lo que me rodea hay desorden. Hubo otros habitantes aquí. Alguna fotografía sobre el mar. Un cuadro inclinado de un barco muy lejano, casi sin verse en su horizonte, sobre una planicie de agua imaginada gris. Dos anaqueles llenos de loza blanca, platos reclinados rodeados de coronas de flores entrelazadas.

Ayer también fue aquí.

Llegué de esta forma, siempre haciendo los mismos trámites. Desde ayer empujadas las cortinas como única diferencia. Abrir la puerta. Cerrar la puerta. Atravesar el pasillo. Con qué pensamientos ayer. Con qué pensamientos hoy. Y el sublime milagro de la casi ingravidez. Mis ojos escrutando hasta quedar dormido.

De esta forma espero a Lidia.

Debe de tardar siempre. En mi persiste ese sudor frío y un orfeón de moscas. Lleno de dudas por si estoy en el lugar adecuado. Patalean en mi pecho con sus alas, se acicalan allí, se recrean con mi sabor. Sobre el cristal un moscón se persiste en hundirse en el infinito a cabezazos.

Los sonidos son esos, en el mismo orden, no en otro.
No debo hablar de los sonidos, de dónde proceden.
Lo que significan.
Si influyen en mi estado de ánimo.

Luego ocurre que en la habitación están los sueños, y ese asqueroso color blanco que predice la muerte.
Si un día hubieras venido hablaríamos de un tanto hacía atrás. De instantes dichosos en que cierras los ojos para verte sonriendo y riendo y sonriendo y riendo. Incluso, de momentos de lluvia, casi jugando. Del mar tan valiente. De aves infelices entre las hojas amarillentas.

En la estación cálida ya estaban prevenidos los insectos. Fueron varios días de mi presencia. Primero el deambular por el pasillo, y luego aquella ceremonia de la cama. Desde cualquier lugar que atisbasen observarían mi cuerpo reclinarse en dos movimientos casi simétricos para quedar en posición supina, un tanto sumisa con las manos cruzadas sobre el pecho. Ni que decir aquel orden vital en decreciente. Las partes lívidas de mi cuerpo por la rigidez del músculo cardíaco, mis ojos sin la transparencia vital, mi cara, mis manos, mi ano, totalmente fríos. Y aquella rigidez de mi cuerpo.

En qué momento resucitan las larvas dentro de lo inerme, lo que
no tiene vida. Y en qué lugar de los intestinos.

Mi abdomen ya verdoso. Tiré aquel gran pedo final a las veinte horas y ocho minutos. Con un estruendo inusual. En qué momento los espermatozoides se murieron dentro de mis huevos. En qué momento fueron visibles las primeras crisálidas sobre mi abdomen totalmente verde. Y cuándo llegó aquella fauna de lucilias a doblarme.

En realidad, no sé si Lidia nunca vino.




jueves, 16 de enero de 2014

LÍMITES.



Estás limitado. Al este lo que quieras.
Tan encogido que no ocupas.
Tan románticamente libre.
De tanto arrastrarme volar es una opción posible.
Escuchar el viento desde las torres,
como las aves de rapiña.
Presentir que te deshaces,
a lo diminuto
con tanto silencio.
Nada que no sea escuchar las campanas de la resurrección
me vale.
Esculpido en otro inicio,
en un pez con la boca abierta.

miércoles, 15 de enero de 2014

MAS.



Hacían panes en forma de corazón,
y no se cansaban.
A esas horas en que las aceras tienen reflejo de espejo,
veías hombres que no sabían a dónde ir.
Por el cielo, vueltas las estrellas,
en su lado brillante
dejaban que la noche fuera aún oscura
sobre la mejor esquina para el amor,
donde jurarse que toda la vida sería un beso.
Por entre luces azules era como subían los sabores,
fachadas repletas de gentes en sus sueños.
Salí de algún lugar con los ojos cerrados
sintiendo recuerdos inmediatos en mi boca.
Al final, sin nada qué hacer con la mirada
-cansado de recordar-.
resucité al tercer día.
Sin ganas de hacer nada.



CASI UN POEMA.



de todos los pensamientos que tengas
guardate tres para mi
si tienes deseo
recuérdeme
en el vació de tu corazón
esperame a que aparezca
si tienes un poco de esperanza
cuenta conmigo
en lo más inmediato
al despertarte
en ese cuasi segundo
estira tu mano
hacía lo imaginado
como si aún

estuviera ahí

RECUERDOS.



Lo que tu me apeteces,
me levanto con eso al mundo de las cosas,
de todo lo que tengo ordenado y desordenado,
lo que cuelgo para que se vea.
Entre todo debes estar tú,
lo que me abriga y aprieta,
mi alma fría,
el cielo a veces, las nubes deshechas.
Lo que tu me apeteces tiene forma de hojas,
de tierra húmeda, de agua estancada, de reflejos,
la forma del mar y el viento -también-.
Sabes que no puedo ir sin llevarte,
cuando he de hacer lo sublime,
-el gesto-,
simplemente erguirme después de un sueño,
en un día más de suerte,
levantar mi cabeza y sentir

el orden de todos los recuerdos.

martes, 14 de enero de 2014

UN RESTO DE POEMA



de qué país son la gente que llora tanto
de qué lado el agua
para llorar tanto
de qué parte la sal
dónde
de qué parte la tristeza
en tardes cálidas
tardes frías
de qué forma las manos sobre los ojos
y el agua pantanosa
sobre sus pupilas
de qué lugar eres si ya no te recuerdo
sobre el umbral tu sombra
mis manos estiradas
de dónde vienes
de qué día lluvioso

tan inalcanzable

TÚ.




Nuestro primer lugar debajo de un árbol,
jugando con cosas que podían dar vueltas.
A veces, también redondo el sol, sulfatado de añil.
Me amas porque me miras así, y en tus pupilas,
existe un lugar para perderse. Lo sé.
Un pantano gris lleno de tardes cálidas,
y tardes frías.
Mi mano te viene grande, rozar tu espalda,
ser leve, permanecer casi en tu piel un instante.
Nuestro segundo lugar donde atardece,
sin nada qué hacer, sólo tiempo y tiempo,
sin medida,
acostados en el vacío lleno de equilibrio
sin querer volver
al país donde la gente llora.


AVENTURA.



Convertir la fuerza vital de los niños
en energía visible, pensar,
que en sus ojos no hay odio,
y que un asesino no se agita en su interior.
Me dio pena ser grande para postrarme,
y ser cobarde,
y atacar por la espalda, y pensar,
en la gloria correspondiente.
No sé en que segundo mi amor no fue puro,
cuando elucubrando urdí la primera mentira,
sin ningún resquicio.
Sabes, llegas a deambular
otra vez de esa forma, sin vitalidad,
los bolsillos dados la vuelta,
casi menos profundidad cuando miras,
igual de cobarde,
igual de asesino,
agitados por la impaciente espera.
en que he de resolver el desenlace.
de esta fugaz y misteriosa aventura.



jueves, 9 de enero de 2014

PREFERIBLE.




Preferible que tengas las dos piernas,
si pasas de los sesenta, que sea levemente.
De corazón enorme, en su forma, casi insuficiente
para tu pesado cuerpo.
Indistinto que hayas amado, que ya estés gastada
de tanta ausencia.
Si he de llevarte a pasear no me importa,
sortear obstáculos, torrentes grandiosos,
mares agitados,
ciudades violentas, glaciares helados,
leones de Bengala,
viendo la televisión lo soporto todo,
cosas de amor, desánimos,
cuentos sobre ladrones,
siempre que me des la mano,
que pueda ponerla aquí,
para que sepas que estoy vivo,
que mi cabeza pueda posarse en tu regazo,
para ver el techo,
o haciendo juegos entre las grietas
la luz de la ventana.
Si te faltan los dos brazos,
aprendí a sentir
que me abrazan con los ojos.


miércoles, 8 de enero de 2014

SIN NINGÚN FIN.




No era suficiente. A mi no me bastaba levantarme sin nada qué hacer, y estar dando vueltas mientras ella se tomaba el café y un pastelito. Luego se iba. Me asomaba a la ventana y la veía caminar de aquella forma, hasta que su cabeza se perdía en la esquina de la calle.

Mi mujer se había ido a su trabajo diario, como cualquier persona muy decente.

Mi ceremonia para visitar a la otra era cada dos días, cuando se llenaban mis testículos, debido a mi edad un tanto senil el llenado era lento. Hacía tiempo que el semen no me salía con forma de lombriz o ciempiés.

Poner en orden cualquier cosa es sacarla de su situación ideal. Al poco rato la cosa está neurasténica e insoportable, no puede vivir la cosa. Por eso yo me duchaba cada tres días. Y en situación ideal me sentaba en el videt y con agua fría me limpiaba el glande y el culo, a lo sumo con un poco de jabón, y la toalla para secarme una y otra vez por la barriga, ingles y demás.
Luego, unas gotas de perfume.
Mi polla olía a una granja de visones.

Subía al tercero por las escaleras, siempre un grandioso camión de cerveza con unas lonas enormes allí aparcado. Olía a pan y a un poco de pescado, y de los árboles hojas de ese color a miércoles de ceniza.

El sortilegio era que la puerta se abría sola a eso de las once de la mañana, y comenzaba el protocolo sin muchas pausas. Yo arrodillado sobre una alfombra con ornamentos orientales. Abrirle la bata, bajarle las bragas y ver su coño desarreglado oliendo a jabón reciente, con aquellas gotitas de perfume también. Era muy bestia la cosa. Sin presumir como si tuviese un hambre de cuatro días.
Comer a bocados. Su coño se volvía de reseco a suave. Mi lengua no sé hasta dónde le llegaba. Si fuera la del diablo se la sacaría por el culo.

El día que ella por algún motivo intestinal tuvo aquel desarreglo, casi sin darme cuenta de aquel olor a levadura y aquella humedad en mi boca. Bajaba por sus piernas. Hilitos de sabor ocre, un tanto afrutado, como a roble. Caca enorme que cogía sin saberlo con mi boca y lubricaba al fin su mucosa de histérica. Todo quedó como un cuadro más que moderno. Refocilado.

Tuvo que ser en primavera cuando le dije que la amaba. Yo no tenía nada ya que hacer cuando ella se iba a trabajar, las hojas seguían creciendo, la vida seguía. A veces los niños con su griterío, imbéciles siempre, ya con depresión y llenos de manías.
Siempre cuando bajaba tomaba un café sólo, estando muy sólo en La Solana.
Aquel día me dijeron que tenía algo de mierda en la boca.

No sé si sabes cómo huele la tierra.
No sé si sabes cómo hueles tú por dentro.
Los mataderos.
Las guerras.


En el espejo pude verme. A veces bastaba una mirada para comprender que estaba sólo. Siempre esperando a que llegara la noche, sin ningún fin.

lunes, 6 de enero de 2014

ESPERA.




No has de morir sin un último recuerdo.
Sin rastro de mi vida, nada para guiarme, en un ficticio retorno.
Perdida la costumbre de abrazarme a ti por la espalda,
en todos los tiempos en que cansado y sólo
de cualquier regreso, en que por costumbre,
buscaba tu silueta.
Las piernas son para eso, te acercas,
las manos en el contorno de ti,
y los ojos casi cerrados para soñar
que percibo el calor que me daba tu compañía.
Abierta la puerta para alejarme
retornar a la ausencia, al conocimiento,
como antes de un fusilamiento la última brisa sobre tu cara.
Ayer no estabas, sólo la luz del día,
la sombra del día con su luz, otra luz.
Caminar y recordar, pasos con su lentitud,
el olor que desprenden las cosas,
y luego, por unos instantes,
sentarme a esperar,
por si volvieras.

viernes, 3 de enero de 2014

PASEO.





Mi imposibilidad fue en aumento. No sé en qué vez de tantas veces, llegar con mi mano al omóplato derecho fue un problema. Meterme el dedo por el culo también.
Yo llegaba a la ventana a eso de las once de la mañana. Era un largo viaje por enero con ese frio en forma de vapor traslúcido. El afán que me daba fuerzas era ver los capullos de las camelias que rozaban sobre las contraventanas de madera. Ya se les veía por entre las hojas apretadas un rastro de pétalos rojos, o blancos, indistinto fenómeno en una misma rama.
La única especialidad que me quedaba era el pensamiento. Lo otro era tan lento que apenas se describía con unas pocas palabras.
Asomar mi cara entre los visillos como si estuviera rodeado de una mortaja y ver el cielo.
A veces su mano se metía entre mis piernas y Ella notaba mi humedad, la urea con ese poso de amoniaco, pero no le daba más, para mi era como una caricia, aunque me cogía como a un cabrón, sin apenas apretar.
Si alguna vez te has dado la vuelta desde ese sitio, y sabes que tienes que llegar al lugar desde donde partiste, te darás cuenta que en la vida todo es relativo, que ya era relativo desde hace miles de millones de años.
Volver para mi es otro viaje lleno de peligros. 
Toda una aventura que reconozco como tremendamente excitante.
Si alguna vez dejo de poder meterme el dedo por el culo para mi será un gran conflicto existencial,
aún obtengo cierto placer cuando le doy vueltas y vueltas, y lo dejo así todo el día para poder olerlo.