viernes, 18 de marzo de 2016

VALE.



vale, todo está bien,
pero
pero por qué me lo dijiste ahora,
eres tonto del culo
o qué
hacía unas tortillas de patata increíbles, con unas dunas y unos cráteres como los de la luna, pero del color del huevo, de ese tono que depende del color del huevo, y la sopa de garbanzos que ya olía desde la puerta con aquel sabor, y las empanadas de hojaldre de carne, y las croquetas de marisco que se les veía el marisco, y las torrijas, y el arroz con leche,
pero se murió ayer,
ayer a las tres de la mañana,
en ese momento que todo está sólo
y los camiones de basura
con la tele encendida vendiendo fajas para adelgazar a 49,9 euros más gastos de envío,

había entrado en la salita para apagarla,
y le cerró los ojos a eso de las tres,


hacía unas cebollas rellenas de lo que sea que te chupabas los dedos.

miércoles, 16 de marzo de 2016

MARTE CON VISTAS.



AHORA QUE VOY SÓLO POR AQUÍ ME ACUERDO MUCHO.

En Marte hay piedras alargadas o perfectamente cuadradas o perfectamente rectangulares, y si ves el suelo es como si hubiese habido agua hace muchísimos años, y las crestas de las montañas y colinas son como las del puerto de Arisa cuando miras desde la ventana.

Eso se lo conté a las doce de la mañana de un jueves, luego salimos cogidos de la mano tan despacio que tardamos casi una hora en llegar al único banco que hay en la carretera que va al pueblo de San Esteban, que tiene muchas mimosas y castaños viejos que ya no quieren crecer más porque también están muy cansados de la vida y quieren morirse.

No sabemos quién morirá antes.

El aire te da allí de forma constante tan fresco y limpio que cerramos los ojos despacito como los gatos, a veces el sol parece adormecerte, y no hace falta decir nada.

O le digo.

Sabes, en Marte algún día habrá casas como esas de la colina del Suco, y serán de color blanco.

Si si si si si si.


Como si estuviera ahí, como si cogiese su mano casi fría, y ella me mirase con aquellos ojos acuosos esperando que le contase cualquier cosa.

martes, 15 de marzo de 2016

RESPIRAR.



Te dije, respira despacio.
Hay mucha angustia en el aire.
La cama intransitable como un desierto.
A gatas irte hasta el fondo en una gran aventura. Cruzar los Andes.
Con todo el frío sobre tus manos.
Limitar la luz del universo. Sólo es un gesto.
Estira la mano lo que puedas -como un australopithecus que señala su corazón-
y empujar la ventana en un último esfuerzo.
Es sublime este gesto
que aún alcanzo
señalando espacios llenos de vacío.
Qué cantidad de ausencia es necesaria
para quedar hartos.

viernes, 11 de marzo de 2016

EJACULATION.




CASO PRODIGIOSO OCURRIDO EN EL 2003. RELATADO EN PRIMERA PERSONA, O ASÍ.

Era un gesto caritativo. Limpiaba mis comisuras con un paño lleno de restos de aquella bazofia verdosa; verduras aplastadas, trituradas, recalentadas hasta la saciedad. Una y otra vez la cuchara dando vueltas pacientemente en el borde del plato, no sé aún por qué dando tantas vueltas repleta de mejunje, si luego se paraba para recoger un poco de aquel potaje sobre el inicio cóncavo de la cuchara, y desde allí a mi boca haciéndome aquellos arrumacos como si fuera un niño de dos años. Se doblaba ligeramente sobre mi, era reclinarse lentamente y debajo del peto de su mandil blanco percibía sus amplios pechos casi rozándome en la boca.

Por donde mis omóplatos. Cruzando mis glúteos. Dos estrobos de nailon y el sonido de la maquinita. La habitación blanca llena de neón azulado. El sonido del motorcito eléctrico moviendo el brazo elevador y yo como un bulto en una  posición combada, ligeramente arqueadas mis espaldas hasta reposar sobre la cama, tapadas las sábanas con varias capas de plásticos puestos a propósito para que no se absorbiese la humedad. Pensaba aún en esa operación casi fabril como si esto fuera un almacén de ancianos subdivididos y clasificados por plantas según su dependencia.

Pensaba en cuánto tiempo había pasado para volver a ser como un niño indefenso que volvía hacía la nada.

Algunas veces tocando mi cara había sentido una calavera dibujada en tres dimensione. Mis pómulos prominentes y las cavernas de los ojos, las cejas como dos colinas, el mentón afilado, sobre los maxilares casi marcados los escasos dientes que me quedaban, como abducida la piel sobre lo que era la foto de la muerte. Me estaba quedando en los mismos huesos por aquel síndrome inexplicable, aún no clasificado, aún sin nombre, con la nomenclatura de andar por casa, puesta por el endocrino, algo así como extraños ataques polucionales agudos.

Llegaba la noche tan agradable. Algunas veces la maniobra se alargaba dependiendo de los arreglos del colchón. Otras veces un forzudo enfermero me depositaba bruscamente, y la enfermera me tapaba con aquella especie de ule y el cobertor. Quedaban mis ojos perdidos sobre el techo uniforme, sin ninguna marca, sólo con una leve sombra que no daba pie a imaginarse grotescos personajes. Sólo la luz tenue y los sonidos habituales desde el largo pasillo con el trajinar del tran tran de los carros de comida en el retorno de la recogida.

Luego el sopor y los ojos cada vez más cerrados. Esa penumbra inicial que es como el olvido, lo más cercano al inicio de la muerte. Me viene cada tres días el mismo sueño desde el último marzo de ahora hace ocho meses. La oblonga curvatura, la suave dermis que acaricia mi cara como si fueran las manos de un ángel. Areolas que se posan en mi boca, duros pezones que chupo apretando suavemente con mis encías. Sorber rítmico, paladeo de restos de suero lechoso como si volviera al origen de mi existencia cuando mi madre me ofrecía la teta aplastada con su mano. Los sueños no tienen final, son de dimensión lineal e infinita, voluminosos, voluptuosos, un universo dentro de otro universo. Por mi espina dorsal se trasmiten sensaciones lúbricas y un impulso extraño y familiar. La verga de un viejo curvada y dura como el mismo corindón, inflamada, vibrando igual que si fuera un adolescente. Siento una inicial secreción y los tres estados de la eyaculación en uno durante un tiempo que no puedo evaluar. Podría decir cinco minutos o seis minutos (de sublime placer), con aquel chorro continuado a mas de cuarenta metros por segundo, mojándolo todo, rebotando sobre los plásticos que me rodean, sintiendo la pegajosa y cálida sensación sobre mis raquíticas piernas, más de quinientos centímetros cúbicos de semen con una densidad poblacional de noventa y ocho millones de espermatozoides por cada mililitro cubicado.



miércoles, 9 de marzo de 2016

HISTORIAS DE HACE TIEMPO.





Era una historia que llevaba papeles de caramelo y hojas marchitadas metidas entre las hojas de un libro, miradas en un bar de carretera, un navajazo en un barrio no recomendable, largas noches de hospital, muchas horas días meses sin trabajo, penas de amor, odios de amor, amores no correspondidos, enfermedades interminables, enfermedades inmediatas con el tiempo tasándote la vida, agonías desesperadas, neurosis muy obsesivas con muchas palabras dando vueltas, todas las locuras, angustias repentinas en un ascensor que se quedó parado, casi decisiones de suicidio repentinos, suicidios meditados, paisajes de montaña mar o cordilleras, paisajes de ciudad, paisajes con humo, paisajes sin humo, paisajes muertos, puestas de sol interminables en agosto, pan de centeno abierto en canal, odio hasta la muerte, amor hasta la vida, y mucho vino tinto.

Me dije, la empiezo así.

Llevaba muchas horas acostado en esa posición de boca arriba, y fue entonces cuando noté aquella mano extraña, sanadora que me empezó a tocar los mismos huevos, los mismísimos, sin compasión, con desgana, y no sentí nada, porque era la mano que siempre me tocaba en el mismo atardecer y de la misma forma.

Luego estuve distribuyendo lo de más arriba por capítulos.

Al final te aclarabas muy poco.

lunes, 7 de marzo de 2016

SUCCIONADOR.



QUIZÁS HUBIESE SIDO DE ESTO HACE DOS AÑOS.
Cuando entré en la cocina le dije aquí huele a líquido de frenos y a encerrado, y también le dije, hoy tampoco me vas a dar la teta, esto último se lo dije con ciertos arrumacos.
Estaba trajinando sobre la meseta de mármol, moviendo aquellos dos rabitos del mandil que descansaban sobre su amplio culo, trajinaba y trajinaba, luego sacó de la nevera doce zanahorias, tres puerros, cuatro huevos, tres cebollas, varios brotes de coliflor, y una fiambrera de cerámica de hígado encebollado con una leve capa blanquecina sobre su superficie, como de haber permanecido allí varias semanas, y comenzó a meterlo todo dentro de la hoya con cierto orden. Cuando acabó de poner todo en el fuego, va y me dice, vente para la silla. La silla estaba de espaldas a la ventana que reverberaba una enorme clarividencia resplandeciente, me dijo, apoya tu cabeza aquí mientras se sacaba su enorme teta izquierda, tan suave de piel como un celofán, con un gran areola que rebordeada como un tapete bordado, y un pezón en forma de fresón. Así, acurrucado comencé a chupar con aquella cadencia en forma de caricia al mismo tiempo que succionaba sin cesar. Con mi mano derecha me acerqué a su entrepierna, hasta lograr meterle por entre sus bragas y alcanzar su mullido coño, la otra parte de esta cotidiana ceremonia, maseajarla a ella también con mi dedo indice. Estaríamos unos diez minutos largos, succionando y masajeando al mismo tiempo, hasta que a ella le dio El Aquello apretando mucho sus muslos sobre mi mano.

Un poco aturdidos, quizás, sin darnos cuenta, quiźas, áun calientes, quizás.
El niño se había acercado hasta nosotros llorando, con la boca llena de mocos, intentando reptar por sus pantorrillas hasta sus caderas en forma de silla.

Cuando yo le dejé el regazo, se lo volví a decir, le dije, aquí huele a líquido de frenos y a caldo de cerdo, cuando acabes con el niño abre la ventana.

sábado, 5 de marzo de 2016

LAMEDOR.




Meditaba así a sotavento de los visillos, abultados hacía la habitación como si una figura invisible los empujara con esa forma abombada que les da vida momentánea.
Ella estaba frente de mi. Me contuve mucho para no irme hacía ella, ella allí, desafiante, insultante, lo ultimo que pude verle fue la mano en su coño cogido a un puñado, diciéndome comeme aquí so maricón, hijodelagranputa, picha flácida, impotente, al fin y al cabo no dejaban de ser sus clásicas palabras de amor.

Al final no me quedaba más remedio, abarcarle su culo inmenso con mis brazos y empezar a lamer como un poseído.
Siempre era igual cuando yo no podía más.
Meditaba mientras lamía.

martes, 1 de marzo de 2016

COCOROTA.



Llevo días dándole vueltas.
Yo no creía en aquella teoría de los hombres corocota de camello. Pero cuando vi a mi Agustinico por primera vez empecé a creer en aquella teoría de los abovedados con un pequeño valle entre la zona parietal y frontal del cráneo.
Cuando Emerita llevaba seis meses preñada de Agustín le entraba un furor extraño coincidente con las lunas. Yo me imaginaba que lo hacía con el fin de tenerme satisfecho por el miedo a que se me subiese el semen al cerebelo y me saliese por los ojos. Pero no, era porque a ella le iba la marcha de un modo extraño.
Así que nos disponíamos con un cojín gigante en forma de corazón rojo, ella en postura supina forrada la espalda completamente en pelotas y yo envergándola casi como si se la metiese por el culo. No era así. Se la metía por donde el Agustinico saldría dentro de tres meses bien contados. Y era tal la excitación, que había algo de sadismo en los tres últimos quites a vida o muerte. Tan fuertes eran los envites que alguna vez temía que se le fuesen a salir las bolas de los ojos como ya dice el vulgo.
Hasta bien entrado el noveno mes lo hicimos con fruición casi salvaje, yo muy envarado, con mi glande redondito bien regado, muy dilatada la rendijita por donde sale la meada.
Algunas veces en la última embestida tenía esa sensación de chocar con la cabecita del Agustinico, una y otra vez, de forma frenética.
Ahora que lo tengo en brazos, y le miro la cabeza, y que lo observo detenidamente bien, empiezo a creer en las corocotas en forma de glande. Cuando voy por la calle, con esta moda de los rapados, no paro de remirar todas las calvas con ese pequeño oquedad en el medio de la misma sutura Fontanelle, descaradamente fascio y en forma de capullo.
Lo bueno es observar desde platea, tanto cráneo resplandeciente, con la misma pipita de mear mirándote hacía arriba.