miércoles, 29 de septiembre de 2010

A LAS 8 AM.


Olía tremendamente a gas pero no me di cuenta. Salí lanzado por los aires a las 14 horas PM, y fui subiendo como una hoja seca. Al principio pensé que mi destino era la magnetosfera. Visto así a vista de pájaro es como si todos quisieran volar como tú. El caso es que no iba completo: mi cabeza por un lado, brazos y extremidades inferiores por otro, y el corazón, qué sé yo por dónde iba, pero no iba conmigo, fue entonces cuando comprendí que no hacía falta para nada).
Junto a mi subía Eulogio, el quiosquero, mucho más descuartizado, fue plena onda expansiva, y era un trocito aquí y allá mucho más arriba de donde vuelan los azores. Lo vi pasar raudo, tan deshecho que no supe con que parte hablar. De todas formas, cuando nos caímos en el suelo éramos todo uno.
Las explosiones de gas tienen algo inmediato, que te deja pensar un poco pero no sabes en realidad quién eres.
En la sidrería sólo se ha salvado la cocinera por ir a cambiarse el tampax. La vida es así. Si me hubiera dado por ir a mear no estaría contándoos esto (tan apresurado), un domingo 1 de enero a las 14 horas PM.

lunes, 27 de septiembre de 2010

EL ANCIANO Y SUS CALCETINES.


Dado mi ciática en la zona lumbar derecha que me impide doblarme con facilidad, me compré un aparato para ponerme los calcetines. Lleva un mango alargado telescópico como una caña de pescar, acabado en un pequeño círculo de alambre cromado, colocas el calcetín en la punta del útil y tratas de ponértelo de pie en el pie. Hoy lo estrenaba.

Pues estuve por toda la casa andando en calzoncillos con el aparato haber si cogía el pie derecho pero no hubo manera, yo levantaba el pie intentaba cazarlo como si fuera una mariposa con mi útil, y nada, que no lo cazaba, estuve andando y andando sin suerte, mi pie siempre iba por delante. He llegado a la conclusión que este invento es un axioma imposible. Me ha valido treinta y ocho euros en una tienda de ortopedia.

Los lunes no son buenos para los ancianos. Hoy me tocaba el masaje mensual pero no he ido. No me encontraba con fuerzas, este dolor me mata. Arancha me hace masajes linfáticos. Con los nudillos dice que me va siguiendo la linfa, por la columna los dos nudillos bajando y subiendo, me da la vuelta en la camilla y me acaricia las tetillas y luego me pasa la mano por la entrepierna varias veces, si se me pone dura me hace una paja. La sesión son cincuenta euros.

Voy a la tienda con el aparato de los calcetines. Es una señora oblonga de esas que te apetecía follar en la época de Paco y que ahora no se llevan, aunque aún siguen existiendo degenerados. Le digo, señora pues como que no me pesco el pie que lo quería cambiar por algo más útil, y ella me dice quizás no lo haga usted bien, y yo le dije, mire me descalzo, me quito el calcetín y lo probamos, y a la señora como que no le gustó la idea, pero yo insistí, me saqué el calcetín y comencé por la tienda a perseguir a mi pie, y la señora, pero oiga como quiere usted coger al pie así, de esa forma, y va ella y me para, se me pone por detrás como a un niño, y le siento aquellas tetazas contra mi espina dorsal, y yo, y yo, y yo, que me pongo nervioso, mira, que me da un respingo en la ingle, y que vamos y que nos caemos en la moqueta. La señora siempre de lado.

Salí de la tienda con otro útil para leer libros en la cama, es como un atril automatizado lleva un motorcito eléctrico que te pasa las hojas cuando calcas un botón, el caso es que tuve que poner treinta euros más encima.

Me viene siempre ese dolor de espalda.

Morirse no debe ser suficiente.

domingo, 26 de septiembre de 2010

FORMAS.


He descifrado una forma desfigurada delante de mis ojos. Puede ser cualquier cosa, pero debe ser ella. Se me saltaron las lágrimas y ella pensaba que me daba placer, de todas formas era la rutina, por si acaso sucedía aún me tocaba. Podría ocurrir que fuese como subir y bajar del cielo. No lo era.

Llegados hasta aquí puede decirse que ya no siento. Si escupo hacía arriba me cae otra vez, si no escupo mis comisuras son como lava fría.

Debo decir que hoy es domingo, y no va a ocurrir nada.

Todo ha sucedido ya para mí.

sábado, 25 de septiembre de 2010

PUES NO SÉ CÓMO TITULARLO.



La luna tenía esa forma que tiene cuando pasa detrás de las nubes, no sé si te acuerdas.La mañana se había detenido en un hospital así, de repente, son cosas que pasan. Todo se para cuando lo que te importa se queda aparcado, allí, en la octava planta.

Si has sido toda la vida un caníbal, dar flores ahora no merece la pena. Es como llevarle flores a la tumba si en toda la vida no le miraste ni a los ojos. Yo compré dos periódicos y una revista y entré con flojedad en las piernas. Desde que te dan ese aviso tienes el estómago como si estuvieras enamorado. Pero es otra cosa.

Cuando sales como que las cosas son diferentes. Hubo como luna y esa humedad que tienen las mañanas. Llevas la noticia dentro de ti y parece que vas más sólo (a eso le llaman ir acompañado). Todos llevamos el suicidio dentro. Antes o después aflora, aunque en los momentos felices no puedas ni creértelo. Lo llevas ahí, es como la solución final. Y si encima la luna está como estuvo, hoy la cosa invita.

Ahora mismo tengo las manos muy frías.

viernes, 24 de septiembre de 2010

CARAMELOS DE COLORES.


Los niños tienen esas cosas, llevan sus ojos, sus manitas y sus lapiceritos de acuarela, y dibujan la misma casa la misma nube el mismo árbol, y lloran. Yo los veo dando vueltas como en un laberinto entre el guirigay y la maestra gallina. Mueven los bracitos y se agitan con sus mandilones azules, con sus coletas o su pelo corto.

Yo me pongo al lado del embarrado de aluminio, escondido detrás del codo de un pilar y les tiro al aire caramelos de colores.

Ayer me encontraron escondido debajo de la escalera de mi portal. Alguien dijo, es un “drogadito”, pero era yo. Acababa de llegar de dar caramelos a los de preescolar en el recreo de la escuela, y aún llevaba caramelos en los bolsillos.

Según la ley del veintiuno de julio de comunidades sobre propiedad horizontal a mi me correspondía un azulejo de debajo de la escalera y lo estaba disfrutando, acurrucado, sin molestar a nadie. Me quedo así parado, en esa postura de cuclillas cuando me da el bajón. Es mi estado de defensa, la cabeza metida entre las piernas.

Me arrastran hacia fuera. Si, me arrastran, literalmente, arrastrado por el suelo. Y yo me deslizo como el mono que tiene las manos en los oídos, me quedé en el medio del portal en cuclillas, con los ojos perdidos, me rodeaban con las bolsas de la compra. Alguien dijo: es el “drogadito” del cuarto, lleva caramelos en el bolso, habrá que darle (si no) una pila de hostias a ver si deja en paz a los niños.

Luego alguien me empuja y me quedo de lado en el suelo, en la misma postura pero de lado, si alguien quisiera me podría hacer girar como una peonza, y no me inmuto. Cuando te da el bajón tienes los ojos abiertos y siempre miras al mismo sitio, es como si estuvieras agarrotado y atado sobre ti mismo, parece que has nacido, pero no has nacido, es una postura resistente.

Cuando la gente de la calle empezó a mirar a través del portal se quitó la poca luz que entraba. Me llevaron así mismo, así puesto; yo no soltaba mis manos de mis piernas encogidas, no quería desenvolverme. Entre dos me apresaron como a un bulto, noté que eran policías porque olían a alcanfor, y me llevaron, primero me arrastraron tirando sobre los azulejos; se abrió un hueco entre los curiosos y noté la claridad cegadora de la calle.

Quizás en la calle quedó un reguero de caramelos de colores. No recuerdo bien.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

EL OVILLO


Muchas veces me da por pensar que la tengo muy pequeña. Y además en forma de ocarina, muy irregular y llena agujeritos. Pero no siempre pienso en eso, pienso que si en vez de chupármela me la soplan saldría música celestial o el concierto de Aranjuez para ocarina.

Hoy han venido todas las gaviotas a buscar comida a mi terraza porque han visto geranios blancos desde el cielo. Estábamos mi gato y yo jugando con un ovillo de hilo; yo casi desnudo; mi gato con abrigo. Venían en picado como una formación de Stukas, con su pico abierto y las patas preparadas para el aterrizaje. Objetivo: pan blanco. Qué ilusas.

En ese instante fue cuando me la miré en la entrepierna (agachado como estaba se me subían las hormigas por los dedos de los pies), y le vi aquel bultito de ocarina, toda taladrada. Debe estar enferma. Puede ser pus; sí, es algo purulento. Y pensé eso: no creo que sea para soplar. Tendré que mirármelo. Me fastidia mucho bajarme los pantalones y enseñar esto a una médica del seguro, te la mueven con un palito de las aginas, como cuando miras revolviendo con una vara a una culebra muerta en el camino de Santiago.

Lo malo es si me dicen que no me sirve para nada. Con tal de que pueda ir al baño me basta. No pido mucho. Digo yo. Unos cuantos años más de “bugerito”.

Sí, sí; lo malo de todo esto, en caso de que no salga por ahí, es que te metan el dedo en el culo y te encuentres atascado. En Boston o Connecticut, uno explotó en una cervecería y puso perdido a todos. ¡Santa Barbara Vendita!, que no me tapen las orejas ni la nariz ni la boca. ¡Cualquier muerte menos explotar en público!

Las gaviotas al final siguieron de largo, pero me cagaron la chaqueta del pijama.

No recuerdo bien a qué vino esto. Me había levantado y tiré de la persiana para salir a mi jardincito. En esto que aparecen unas doce gaviotas al unísono y que me parece que forman un escuadrón, sí, y que me parece y parece y que me parece. Desde la posición de las gaviotas somos un punto grande y un punto pequeño ;y los geranios. Últimamente descuido mis formas, me da por andar semidesnudo. Quizás esté con una depresión de caballo.

Escúchame. Dame un poco de albahaca. Debería comer más vegetal. Me da que no me pongo la parte de abajo del pijama porque se me pega el pus. Tampoco voy bien de cuerpo. La cocina mediterránea cura muchas enfermedades. Escúchame, tócame el corazón, y dime si sigo vivo, no vaya a ser que ya esté muerto.

Mi gato ha envuelto todo este hilo por mis piernas y no puedo salir de aquí.

martes, 21 de septiembre de 2010

NO ESTABA PARA VACILÓN.


Yo en aquellos instantes no estaba allí. Bueno, si estaba pero muy concentrado.En estos casos entras revolucionado y no te das cuenta de los cuadros del pasillo, te tiras a ella sin dar los buenos días, la cita estaba en esa hora y para qué andarse con rodeos. Los días eran buenos y soleados. Ni un “cafelito”. Siempre es lo mismo, te sumerges en su cuello tomando una bocanada de aire, subes a la superficie, vuelves a respirar y te vuelves a sumergir. Tienes la misma costumbre de un camaleón enfurecido. Mueves tus ojos a diferentes lados, y parece que te encuentras insectos en todas las partes de su piel.

Fue la primera vez que me cité con Betiana y la última (sí, la ultimísima). Me acuerdo que aquella mañana de domingo hacía mucho calor, con unos cúmulos tan altos en el cielo que se presentía que alguno se derrumbaría de lo pesados que parecían, algo así como si una piñata para niños fuese a reventar cargada de granizos. Me abrió la puerta con una bata de baño de seda, y cuando la abracé era como si me deslizara por una extraña pendiente perfumada con un olor a hojas de menta. Luego fue lo del cuello y aquellas risitas, ella no soportaba los rebusquillos por el agujero que va hacía al tímpano.

Íbamos por el pasillo dando vueltas. No por el suelo. Por la pared. El vals del deseo, se dice así. La música era el sonido de la calle que se metía por todas las ventanas abiertas, frenazos pitidos, sonidos de voces apagadas. Goteábamos pero en la penumbra no se notaba. Y llegamos al lecho (oh, el lecho, la cama, el cubil). Casi nos ponemos en la alfombra pero desistimos por su dureza. Eran movimientos agresivos, bestias llenas de frenesí; se iba nuestra vida y había que consumar. Y allí se veía mi culo si mirabas desde la altura del armario, ridículamente estrechito y peludo, pero bien metido entre sus piernas, para aquella todo yo estaba en ella (el fin es el ñaca, ñaca y ñaca).

Ella hacía crucigramas en mi espalda con sus dedos. Eso me imaginaba. Corría fichas.

Cuando un pastor alemán gime, es como sentir quejarse a todos sus ancestros de la región de Turingia que está sobre los lomos de una pradera. Hay un poco de lobo en su hocico y algo de pastor persa con ese instinto de saltar sobre las ovejas para guiarlas.

Yo estaba sintiendo de lejos, y entre los muslos de Betiana, aquellos jadeos de fiera, sin saber que bruto animal rasgaba la puerta de las salita con sus uñas, sin saber que por una rara fortuna o por un instinto repetido, la manilla de la puerta cedió abriéndose lentamente.

Para los ojos de un perro, tú culo peludo y descuidado es una extraña sensación, algo se movía sobre su ama, era como un cepillo al revés. El chucho opto por la sensación del instinto, y quizás puso ese hocico ligeramente ladeado como en las historias de Rin Tin Tin . Cuando sentí olisquearme mis prominencias ya era tarde. Sobre mi cuello sentí una dentellada suave que no apretaba pero no soltaba y aquellos limos pegajosos sobre mi cuello.

A vista de armario, por orden de intervención, la cosa era así: Paquita receptiva, yo entornado a lo misionero, y encima de mi aquel chucho con su bulbo (os penis), dispuesto a participar en nuestra unión.

He visto dos veces a Betiana en la Plaza de Jerónimo Atáis. Iba con su perro. Ni que decir tiene que nos miramos a los ojos, (el totalmente enamorado).

Yo me fui en sentido contrario, no vaya a ser…No estaba para vacilón.

sábado, 18 de septiembre de 2010

METEORITO.



Sobre las cinco de la mañana sentí aquel temblor, me di la vuelta y me encontré con Panchita mirando hacia la pared, le arreglé las piernas en la posición del tresbolillo y la sorprendí por atrás. Me empecé a acordar del vencimiento del seguro de la casa, de la hipoteca, y de la cara triste de la abuela en el balcón de las Adoratrices y me quedé flácido. Panchita me apartó de una coz, y me dijo, saca esa puta mierda de ahí, cabrón, y deja de temblar. Cuando sucedió eso estaba sintiendo aquel desbarajuste de vidrios del contenedor de los residuos en la calle, y me di vuelta boca arriba. Sobre el techo observé cuatro rayas de persiana de color blanco que nunca se juntaban, aunque por un momento parecieron vibrar.
Boca arriba, en posición supina, estoy esperando la muerte, y con los ojos cerrados deseo que el meteorito que venía en dirección prohibida se desvíe correctamente hasta estrellarse en la zona de Suvarnabhumi sobre una convección de pederastas. Al congreso le dio de lado, porque antes arrasó con un parque infantil, y una colonia de boy scout (mil doscientos ingleses, americanos y españoles murieron mientras se la estaban chupando) todo lo demás se desconoce hasta lo de la ola gigante que se aproxima. A Panchita le he cambiado el sueño, lleva sin temblar desde hace dos años y no se inmuta, y eso que tiene artrosis.
Las Adoratrices caminan sometidas a un corsé de hojalata, van de negro con una cofia muy larga que les cubre el cogote a lo Lawrence de Arabia. Entran desde el convento por un pasillo largo donde están los ancianos almacenados y van desfilando de dos en dos, se reparten por las habitaciones como un escuadrón. Al abrir las puertas huele a pegamento y medio.
Yo no me quito de la cabeza aquellos ojos de la abuela que no sé lo que me querían decir.
El ser vivo tiende a ponerse boca arriba o boca abajo, de lado no recuerdo haberme puesto mucho hasta ayer por la noche que lo hice en sueños, y me desperté con el temblor, viendo a la Panchita por atrás, estiré la mano para detectar su posición. Me dije la envergo en sueños y así piensa que la encañona el mismo ángel de las tinieblas, qué miedo, no; yo tenía la vejiga llena y la verga dura, se pone así por presión hidrostática, porque mi cabeza (donde está el alma) no tenía deseo ni amor, se me estaba viniendo lo de la hipoteca vencida y el seguro, y luego los ojos de la abuela que me hablaba. Nunca le vi los ojos tan grandes. Es como si le hubiese dado un ultimátum la misma muerte y presintiese algo extraño como lo hacen los gatos.
Me arrimó aquella coz. De buena gana me hubiese quedado abrazado a ella. La sillita tiene un encanto especial, es como si fueses en una Harley Davison atravesando el Golden Gate. Así, boca arriba, viendo esa claridad rayada de la persiana sin poder escribir en el techo caligráficamente, me da cierta angustia. Se te viene todo a la cabeza en esa postura. La chola es como una obra de teatro: Hamlet envenena a Gertrudis, y así se acaba todo. Despertar hacia el sábado es chocante. Panchita al sentirse mal follada ha cogido otra vez el sueño sin saber que va a morir.
Ahora que Panchita duerme y no me oye, me estoy acordando de lo de hace dos semanas que tuve cuarenta euros de más. Le digo. No me cojas por ahí, cabrón. Me inmoviliza. No me daba gusto, sabes. Los huevos duelen mucho. Me había cogido metiéndome la mano entre las piernas, y me registra con la otra mano. Qué habilidad tenía, era como un prestidigitador, el hijo de puta. Qué hacías ahí. Qué iba hacer, una visita de cortesía, y me apretó más, a mi los huevos ya me duelen al sentarme, imagínate si me los aprietan con sabiduría ¿No llevas nada? Te desnudo aquí mismo. Sólo vine a echar un polvo.A donde la Cubana no vuelvo, me supo mal aquello, yo pastillaje no uso, coca tampoco. Cuando salí a la calle me sentí como arruinado. La Panchita, aunque vaya de putas, me tira mucho (me gasté su regalo: le iba acomprar un Dior de madera y musgo muy floral y algo irreverente, para poner una gotas en el coño)
La ola llegará de un momento a otro y estoy medio asfixiado. Los meteoritos calientan mucho cuando chocan contra la tierra. La gente, como saben que se va acabar el mundo se ponen a rezar, si son anglicanos salen a los parques, en Jerusalén cierran las siete puertas hacen una asamblea entre árabes, armenios ,cristianos y judíos y se ponen de acuerdo, Jesús y Mahoma, ya sabes, nunca se llevaron bien. Esto lo vi en una película de catástrofes. En mi bloque se ponen a follar todos, y se descubre que la mitad eran maricones, el repartidor de Donuts del tercero y el protésico del cuarto, zaca zaca en el rellano. Yo, si se acaba el mundo, y para una vez que pasa, no lo voy hacer con la Panchita me escojo a la farmacéutica del bajo, me parece pulcra e impecable, algo sosa, pero le haré culebrear a la pécora, deben de gustarle las guarradas
Las adoratrices sacaron a todos los ancianos al jardín. Viene como una nube negra inmensa hacía poniente.
Lo bueno de que se acabe el mundo es que ya no me vence el seguro ni la hipoteca de la casa.
¡Hay, Panchita que pancha eres, duermes como un tronco!
¡Si se acaba el mundo, Titi!

jueves, 16 de septiembre de 2010

TE QUIERO SUPERGUARRA.




Que eres como un ánfora con miel y otras porquerías hasta la mitad de tú cuerpo no cabe la menor duda. Ya me lo habían dicho. Y que cuando caminas tus caderas dan esas vibraciones superpuestas como si fueras una mariposa bailando la danza del velo, también me lo habían dicho. Y más. Cuando se mueve tú culo la escala de Richter marca nueve y pico.

Si te lavas los sobacos pierdes algo de ti. Me gusta sobarlos con mi boca cuando intentas coger cosas del aire. Que te afeites el coño no me parece práctico, no puedo ponérmelo de bigote, y no me sabe a nada, incluso aunque te lo escupa.

Ayer te pusiste presumida, me olías a Penélope Cruz, Diane Kruger y a Eva Longoria juntas, vaya guarrada, cuando te pones así se me quitan las ganas de comer chorizo y huevos a la plancha encima de tú culo. Y te vas de rositas sin tus medias negras, y me dejas envuelto en un millón de dudas, no alcanzo a olerte, me despistas, y no puedo rozarme contra la esquinera del pasillo. Qué cerda eres cuando te perfumas.

Por semana santa te vestiste de viuda y te follé como si estuviera muerto. Me prestó.

Por el verano si te bañas en el mar es lo máximo, eres una salina. Me queman las manos cuando te acaricio, y eres una hogaza de pan para matar hipertensos. Te la saco y te la meto y te la vuelvo a meter muy suave y suena flob flob, de lo húmeda que estas. Joderte cuando estás guarra es un primor, se me levanta nada más que me abrazas, y se me pone más dura que un cantimpalo curado con el humo espeso de una encina.


Algunas veces te has escondido y yo cuento hasta veinte ocho. Y ya no estás. Te encuentro en el tambor de la lavadora, te tiro de los pelos, ¡no te laves, so guarra!, si te pones en el agua y te centrifugas no sé donde estás. No te adivino.Y has entrado. Y aunque tengo dos patas me vuelvo de cuatro, y te husmeo. Sabes que te amo porque me hueles mal, y no es una enfermedad, soy un neardental tirándose a una homo sapiens con el graduado escolar y una licenciatura.

Vístete de enfermera. Vete a buscar una hipodérmica para caballos y métemela paralelo al ojete del culo, quiero correrme de gusto. Te aseguro que guardo todo el semen que me sobra en un tarro de mermelada en el congelador de la nevera, es para embarazar a todas las del bloque ¿No te lo crees? ¿Por qué todos los niños del edificio huelen al salir a la calle las esquinas del portal, y se mean en los pantaloncitos? En la reunión de la comunidad del dos mil diez he repartido doscientas dosis criogenizadas. La del sexto se agachó y se lo metió allí mismo, por el potorro arriba: Ya la ves, de ocho meses.

Cerda, cómo andas tan limpia.
Hazme la lluvia dorada dentro del jacuzzi.
Quiero hacerles el carbono catorce a los restos de comida de los platos del fregadero y a tus tampax.
No me jodas más, te quiero superguarra.

LA RADIOACTIVIDAD NO SE VE.


Si te asomas a la ventana y ves un mercedes negro, impecable, aparcado delante del portal con dos hombres vestidos de negro esperando apoyados en el capot, es que están interrogando al íntimo de Prada que vive en el primero C, no hay ninguna duda. No estamos hablando de cualquier hora, son las tres de la mañana y la calle está llena de puntos de luz rodeados de mosquitos y mariposas (podría ladrar algún perro, no lo recuerdo).

Abdel Alim de Agadem al suroeste del Niger entro en la sidrería el Mandilón – un sábado, en pleno partido de futbol- con cien gramos de uranio doscientos treinta y cinco prensado en forma de semiesfera envuelto en papel albal, metido en el bolsillo, rozándole cuando caminaba en la zona del pectíneo, al ladito de los testículos. Para aquel inmediato instante billones de electrones, neutrones, y rallos gamma -medio locos-, pululaban en el ambiente. Colgado sobre su espalda llevaba un desplegables enrollado lleno de relojes de alta gama: Rolex, Sandoz, Seikos, Patek, todos chinos, de pega, y alguna bisuteria de puño y cuello. Se estuvo paseando por la sidrería de un lado a otro, abriéndole la tienda a Mino, rozándole el prensado radioactivo al lado de la próstata (casi dos minutos de exposición), luego Amelia, embarazada de cuatro meses, se estuvo probando una pulsera de perlas de plástico imitación durante unos dos minutos (expuesta). Paso el corrillo de Nando donde estaba escanciando sidra el Perlorita en cuarta ronda, y se descojonaron largamente del negro, a Parrado le tuvo el prensado a dos centímetros de su vejiga natatoria durante más de cinco minutos (ya le escocia raramente y parecía flotar). Cuando llegó a Prada el negro se caló, y no le dijo nada, salió como de estampida.
Fosforescencias verdosas de aparición mariana habría en el Mandilón si apagaran la luz. Los cortinones blancos del comedor serían síndones con un perfil de sidrero barrigón si fueran revelados.

Rosalía, la mujer de Prada, pegó un cambio a peor. De llevar minifaldas enseñando casi la mandanga pasó a faldones de color negro estilo chador disimulado en la cabeza con un tocado de shayla de popelín imitando a seda, envuelto a medio pelo de colores morados según el código hiyab. Ahora es como una forastera, casi no sale, se puso plena de caderas de comer baklavas, (tremendamente dulces por el almíbar y la miel que llevan).

Unos días después Abdel Alim entró en el Mandilón con un built de fondo estampado y lleno de colorines, llevando doscientos gramos de uranio doscientos treinta y cinco escondidos en su fondo, prensado en otra semiesfera en forma de cuenco alfarero, por la parte de arriba un puñado de pulseras holográficas disimulaban su contenido.
Aquel día estaban Mateo, Tolentino, Damian y Santos, dándole al tute perronero. Se arrimó a la mesa y mientras les enseñaba un Seiko de pega tipo cronómetro, a Tolentino le quedaba el built rozándole la parte vertebral torácica, lo que le hizo absorber una dosis equivalente a ochocientos milisieverts en cuatro minutos, infinitamente más que en cien vidas juntas espatarrado sin protección en las playas de Benidorm al lado de la parienta.


Prada se puso a filtrar aquella solución concentrada de acido úrico con un filtro de la máquina del café para eliminar las impurezas. Muy despacio le añadió un pocillo de ácido nítrico agitándolo con mucho mimo y dejó reposar la mezcla durante una hora. Volvió a filtrarlo todo unas tres veces más hasta que logró que los cristales de nitrato de urea se quedaran en el filtro, lavándolos con agua destilada. Durante varios días repitió esta operación sobre la mesa de la cocina, mientras Rosalía planchaba pacientemente, o leía sarias en el hadiz.
Lo dejaba secar veinticuatro horas y al día siguiente bajaba aquella pequeña cantidad de explosivo a los trasteros, y lo almacenaba en una fiambrera para tortillas al lado del resto de los componentes ya medio ensamblados en prueba.

De la cantidad de viajes que dio Abdel ya lo conocían como el negro del Mandilón, el puto moro. En algún corro le ofrecían sidra. Su cara parecía salpicada de brillante purpurina, y sus cabellos eran como un tupido ondulado de corderillo, del color del betún. Desenrollaba la tienda sobre una mesa, o la dejaba caer sobre la cintura apareciendo aquel muestrario de relojes de alta gama. Pura chatarra.
Siempre traía aquel built diferente que abría para ofrecer las pulseras de hologramas, el recorrido era entre burlas y palmadas, acabando en el mismo lugar, levantando las manos en un gesto de venta figurada delante del íntimo Prada.
El último envío había sido una caja de forma cúbica metido en un neceser de señora.

Al trastero de Prada se bajaba por una escalera de caracol, que daba a dos pasillos opuestos con puertas grises a ambos lados como si fueran celdas de castigo. Lo tenía muy ordenado, con estanterías metálicas en dos lados de la pared, tableros de herramienta, y un banco de trabajo limpio, bien distribuido, como el de un relojero.
Prada pasaba horas y horas allí metido, por la parte inferior de la puerta arrastraba una pequeña goma fuelle adosada para que no pasase la luz, y cuando alguien de los pisos abría la puerta contra incendios de acceso se quedaba paralizado y en silencio, como si sólo existiese la nada.

Y así fue como todo fue cuadrando, no es difícil cuadrar lo que ya había cuadrado en otro sitio, no era más que un mecano, mucho más fácil que armar un mueble de Ikea. Primero fue la caja cuadrada de composite de fibra de carbono; sobre cuatro perfiles de acero inoxidable deslizó el casquete esférico, introduciéndolo en el fondo del soporte guiadera, a ochenta milímetros exactamente de la carga receptora. Luego el vástago con la carga explosiva en el extremo, el detonador y el circuito integrado temporizador, cerrando herméticamente la caja cúbica, atornillándola con cuatro pasadores tipo allén a contratuerca y arandela grover.

Si te asomas a la ventana y miras a la calle en vez de al cielo, ves un mercedes negro impecable y dos hombres vestidos de negro esperando, y a otros dos hombres de negro que sacan del portal, agarrado por los brazos, al místico Prada, y te pones en lo peor. Y yo lo estaba viendo. Si estás asomado a la ventana nunca llegas a calcular el tiempo que tarda una explosión nuclear en llegar desde un trastero del sótano hasta la ventana de un cuarto. El efecto de lo que llaman vaporización es instantáneo, digo instantáneo por no decir nada de nada. Pero existe un mínimo momento de nada (una mínima nada), siempre hay una billonésima parte de segundo en que aprecias un resplandor como si hubiese emergido una estrella y todo hubiese acabado al fin; como si hubiéramos nacido en otro lugar (en el extremo de la espiral más larga de la vía Láctea).

lunes, 13 de septiembre de 2010

Y VOY COMO INYECTADO, TÍO.


Cuando todos los dinosaurios empezaron a perecer porque la tierra flotaba entre el humo y no había luz del sol, no olía tan mal como en la pescadería de Paco. Yo ahora mismo estoy aquí esperando por unos chipirones y esto apesta. Es un frente de guerra lleno de gaseados. Absolutamente irrespirable, creo que lo vende pasado de fecha y podre.

La mujer del pescadero se llama Mary y tiene un collar de vieiras. Enfrente de la pescadería de Mary hay un quiosco de chuches con una gran visión comercial, vende almendras garrapiñadas y huele agradable dependiendo a donde mires. La señora del puesto se llama Amalia, es rechoncha y no sé si es fea, pero sus manos son exquisitas con unas uñas muy largas a colores, y mucha bisutería en el puño y colgada del cuello. Siempre está haciendo crucigramas.
Para arañarte la espalda con tus manos atadas a la cabecera podría valer.

Amalia sabe lo nuestro, bueno, saberlo no sé si lo sabe, pero creo que sospecha, uno tiene esa percepción de las cosas, intuición femenina. Es tan metódica mi visita cada semana los miércoles o chipirones o sardinas y algunas veces salmonetes y mientras espero una de garrapiñadas bien puestas de vainilla azúcar quemado y chocolate. Y las miradas, y alguna sonrisa. La Mary se atora si hago que muevo la lengua como nervioso. Soy bífido. Culebro. Ya sabes eso: morder ligeramente el botoncito, abrirlo y luego sobarlo. Si eres bífido mejor que mejor. Yo ya dije que era muy bífido, como una culebra de agua dulce, sin veneno.

En el mismo pasillo hay dos puestos de frutas con muchos colores, y un anuncio de ropa interior con una descocada casi efeba y una boca amplia de rojo que quizás se esté burlando de mí. Yo comprendo que se burlen de mí, estoy muy mal hecho, de gran largura, y acabo en una cabeza descompensada, enjuto, ancho de espaldas y estrecho de culo. Mi culo no se coge se encoge.

Los chipirones me huelen a Mary, y Mary sabe que es la hora, se quita el mandil, las botas de caña alta, los guantes y una gorra de visera tipo soviet, y le dice a Paco, voy por la fruta y me piro hacer la comida, Paco ni la ve, no sé si la escucha, agita un rodaballo, lo ajusticia. Un poco más arriba por donde las infusiones la veo pasar con ese andar que tiene a todo trapo y yo la sigo como un pistolero chupando de un cigarro a lo chulo.

Ella ya estaba en casa y yo llego cinco minutos después. Abrió la puerta con sigilo y su casa huele a pescado y ambientador de pino y a gato. Como hay poco tiempo la trajino en el pasillo de arrimo a la pared. Mis chipirones están a la derecha en el felpudo en su bolsita de plástico derramándose por si mismos, ella como si la fueran a fusilar y yo arrodillado. Las manos suben y bajan debajo de su falda, y todo está allí terso y suave como un celofán para caramelos, pudiera ser pegajoso como el pez fluido como miel de xesta como aceite de almendra; es para pasarle la lengua una y otra vez, que ya no sé a que me huele todo, si a chipirones, a perfume de pino, a fragancias en sus ingles, a almendras garrapiñadas.
Y al final lo que corre por su pantorrilla es un goterón espeso, ingrávido. La fluidez de Mary no zigzaguea, baja pausadamente recto como jugo de almazara y dan ganas de beberlo si hubiera tiempo.
Ellas nunca saben igual.

Cuando salgo el sol está en la calle totalmente posado, resbala sobre todo, y el aire agita el plumaje de los pájaros cobijados en la escasa sombra de los árboles. En mi boca presiento que tengo escamas. Algunas veces pienso que cuando suspira es como si cantase melódicamente por la nariz, es un eco o un sonido largo de faro lejano bajo la luna llena, tengo la impresión que sus piernas no se abren, todo es un conjunto geométricamente perfecto que huele a algas y a mar o a dinosaurio muerto. Mi pescadera alguna veces se ríe como la efeba del anuncio, tiene una cola muy larga y un vestido de escamas de color plata. Siempre soñé comérselo a una sirena; y eso sueño cuando Mary me acaricia la cabeza, sino de qué, con tanta mezcla de olores, aunque te digo una cosa, a mi no me da asco nada si llevo un colocón de amor y voy como inyectado, tío.

domingo, 12 de septiembre de 2010

MAREA.


La montaña se apareció de repente. Estaba soñando. Es lo más inmediato que recuerdo al despertar. Hoy deberías llevarme por la playa de la mano, no hay nada mejor que hacer, acostumbrados como estamos a vivir de sobresaltos. Deberías llevarme a conocer lo que esconde la marea más baja, cómo de escondido estaba todo cuando en el invierno las olas rozaban el malecón. Llévame. En la montaña ya acabo de estar soñando, bájame al mar, tengo miedo de que un día ya no estés, no se trata de viajar, está aquí cerca, es sólo bajar por un camino. Llévame contigo. No hay que dormirse para soñar.

sábado, 11 de septiembre de 2010

LA VERDAD, NO SÉ LO QUE QUIERO DECIR.


Soy un animal lunático, tengo esa sensación de que la casa estuvo vacía mucho tiempo y enciendo la luz despacio. Una luz no se puede encender despacio, la enciendes o no.La he encendido. Me fui por la mañana, y ahora al regresar tengo la impresión de que no he entrado aquí desde hace años. El viento estuvo moviendo los visillos hasta la saciedad. Si has entrado detrás de mí podrías sentarte, esta es tú casa, huele como si hubiera vivido un regimiento de gastadores, y no me recuerda a nada, verdaderamente no sé por qué regreso aquí todos los días, para contarte las mismas cosas, y dejarte pasar hasta el vestíbulo, y decirte, ponte cómoda, y dime como te ha ido el día, sinceramente, hablar contigo es desesperante, nunca me contestas, y la cosa se pone fea en luna llena, suelo arrastrarme por el pasillo porque quiero desaparecer y tengo ataques de pánico. Tengo miedo a que sea verdad, y que estés ahí sentada, no quiero volverme, me quedaré aquí contra la pared, me ayuda a no recordar nada, volver a verte sería insoportable.

lunes, 6 de septiembre de 2010

SIDRA ASTURIANA.


El vaso de sidra iba dando vueltas de mano en mano, cada uno dejaba unos posos en el fondo del vaso y los iba arrojando al suelo sobre el serrín. El bar tenía aquel olor ácido a manzana machacada. Mi psicosis es estrafalaria, y no me permite el más mínimo descuido, mis ojos llevaban un pormenorizado control sobre que zona del vaso no habían pasado los restos de sidra que teóricamente lo limpiaban, qué labios se habían posado sobre aquel borde cristalino sin haber cumplido el ritual.El contagio podía estar en cualquier parte del fino hilo transparente. Yo lo sabía.

En un descuido percibí que algo había entrado en mí. La escasa pulcritud y el orden anárquico de estas ceremonias me había causado una mala pasada, de repente había perdido el control del orden dentro de aquella ruleta amigable, y mis labios se posaron en la parte inadecuada en donde había una marca de labios casi indeleble.
Aquel cabrón me dio el vaso de sidra por la zona donde los posos no habían limpiado el borde al arrojarlos sobre el serrín. Le miré a los ojos con ira angustiosa. Presentía que toda su historia colectiva estaba en aquel borde. Cuando digo esto ya había visto pasar kilómetros y kilómetros de su adn a través de mi boca. Cuando salí de allí eran las ocho de la tarde y aún seguían pasando, los presentía, presentía aquella hélice rozando mi garganta:adeninas, citosinas, guaninas, uracilos, timinas… entrecruzadas, con un sabor azucarado. Una vez que se te mete el adn de otro no te creas que se rompe tan fácil la cadena, una vez que se te mete toda aquella hélice infinita, no sé que pasa en tú interior, algo se trasforma, porque ya estás infectado.
Aquel cabron con los labios abultados como si se inyectara botox era Romeral, el marido de la antipática Marisa, algo anoréxica, aunque comía más que una lima del catorce, entre los dos no dejaban un pincho de tortilla dentro de la rueda, siempre vaciaban el plato en una revuelta insaciable.
Pero cuando el adn de otro te pasa, parte de su historia ya es tuya, yo lo sabía, mi angustia me estaba paralizando, cuando presentí que la última parte de la hélice asesina ya estaba dentro de mis células; lo supe, nada más que sentí aquella sensación de enamoramiento, de la que hasta hacía unos instantes era la mujer más repulsiva del mundo. No sé de que parte de mi interior empezó a surgir aquella apasionada sensación hacía ella. Sin duda, toda la historia de Romeral estaba en mí interior, y ahora comprendía, que Romeral estaba locamente enamorado de Marisa, porque yo, en estos precisos instantes empezaba a sentir esa misma sensación de arrobamiento que sólo pueden tener los enamorados por contagio.

UN VERSO EN EL CAFÉ.


Desgraciado, si te hago un verso te mato, capullo de los huevos. La tarde pinta mal, padezco de almorranas y hoy es mi día crítico. En el trabajo hay una escalera muy larga sin ascensor y la he tenido que subir innumerables veces, por cosas nimias, y eso que soy un profesional ordenado donde los haya para aprovechar los viajes.
Y es que estos pantalones me abrasan.
Estaba en mi trasterito donde los toner y los folios y mi maquinita del café, con aquel poema empezado, y venga y dale al busca, ahora al segundo pasando por el archivo del bajo, ahora el tercero y luego el cuarto.
Le había dado forma, te voy a matar con mis palabras versadas, vais a saber cuando salga mi nombre en los próximos juegos florales, aunque sea una esquinita en el periódico, poeta de tal que gana cual, que eres un desgraciado, administrativillo de mierda, que no paras de joder, que te lleve el porta firmas tú puta madre, al sexto ya no subo, que son las cuatro de la tarde, funcionario de mierda, te lo llevaré mañana si se me ocurre. Desgraciado, un día te meto un verso en el café y te enveneno.

viernes, 3 de septiembre de 2010

MALEVA.


Cuando digo que tienes malevaje psíquico quiero decir que le empiezas a dar vueltas a todo para buscarle una segunda interpretación. No es rebuscado. No sé cómo expresarlo bien. Muchas veces las palabras no coinciden con lo que uno piensa. En realidad lo nuestro lo tomas como una mera transacción comercial, digamos que según pasan los meses le incorporas el “ipece”.
No te aflijas, para mí eres una samaritana.

De todas formas, si te sueltas el pelo me olvido de todo, no es que tú cara sea perfecta, la viruela ha plantado pinos diminutos por tus sienes, pero cuando te sueltas el pelo y me lo pones encima me siento rodeado de todas las especies de la selva, mis ojos vagan por tus raíces, huelo tú perfume y no puedo ver la claridad de la tarde adormecida en la ventana.

Y luego tú boca viene hacía mí. Como estábamos sentados en una silla, me besas de arriba abajo y sale tú lengua igual que un mercancías, y como eres una cochina, me chupas la bilis y la dejas posada en mi cuello. Eres una puñetera maleva psíquica.

Hay momentos que cuando estoy contigo pienso en la muerte, mucho más que en la muerte, pienso que llevo varios siglos muerto, si te aparto el pelo veo tus ojos diminutos, así de pequeños, luego tus piernas cruzadas sobre mis rodillas, y mis brazos apretándote por la espalda. Por la ventana que da al patio no puede suceder nada, es una chimenea que da al cielo y se lleva todas las soledades, en la habitación no sucede nada, la silla de ruedas está aparcada al lado de la mesita; no se la vaya a llevar la grúa.
Y me puedes, me puedes.

Pienso que deberías hacer equilibrios, subirte sobre mis hombros como Pinita del Oro. Siéntate sobre mi cara, quiero que me asfixies con tú coño. Así de claro. Morir de amor. Con lo grande que lo tienes prometo asfixiarme pronto.

Todo lo haces tú. La hebilla del cinturón tiene ese sonido erótico, no el de ahorcarse, ni el de ir a cagar, suena como si el arcángel San Gabriel nos quisiese enseñar el tatuaje de sus ingles, lo abres a un lado y me posas la mano ahí, el capullo está altivo el hijo puta, sobresale sobre todas las cosas, yo lo veo así si me levanto la camisa, sobre todas las cosas, le haces eso con la uña como si acariciaras la bola del cambio. Tienes esas formas descaradas de maleva psíquica. Qué cochina eres. Total, podrías chupármela un poco.

Cuando te sientas así suave, ¡chica!, qué gusto me da, puedo cerrar los ojos y te veo, puedes retírarte un poquito y siento tú pelo, puedes levantar los brazos hacía el techo y siento tus manos. ¡Y cómo te me arrimas! Fuertito y seco! Qué gusto me das! Al patio de luces empiezan a llegar golondrinas, y los retoños de la fértil del primero están cantando, suena a coro celestial como si cantaran los niños de Tölz. Quiero casarme contigo.


Cuando te corres te mueres. No sé si lo sabéis. Tú lo sabes. Te ponen doscientos veinte voltios a la altura de la pelvis, el positivo a un lado, el negativo al otro. Dicen que vibramos un poco antes, y que las buenas zorras lo detectan. Tienes esa forma de agitarte al final frenéticamente como si fuera el popurrí de unos fuegos artificiales. Boba, se que sabes lo que me pasa, imagínatelo: al niño le han pinchado el globo, y lo ves siseando de un lado al otro, y el niño llora. Creo que me he muerto abrazada a ti ¿Quieres casarte conmigo?, por la noche me sacarás de la silla de ruedas y me meterás en la cama, te prometo dormir y dormir; callado siempre. Ya sabes el cuento.

Cuando te veo vestirte, también me gustas. Si se pudieran repetir los instantes no pararía de tocar el mando distancia. Pero te vas. Coges el dinero y te vas. A mí me queda un mundo de tiempo para poder subirme a la silla de ruedas: Tengo casi toda la tarde. Podría morirme antes de lo sólo que me encuentro.
-Aquí hay fragancia tuya.
-¿No vas a cobrarme por eso?

jueves, 2 de septiembre de 2010

ESCOLOPENDRA.


Me contaban aquel cuento de la escolopendra que subía por la fachadas, y mientras dormías por la noche escalaba el borde de la cama y se te metía por la oreja. Y aquello era horrible. Un día me envolví con el cobertor como una momia. El problema era que para ver un poco de luz, mi oreja quedaba fuera, y fue muy angustioso, estuve largo tiempo despierto observando los rincones que estaban entre sombras.

Soñé que era traslúcido, ahora que casi soy viejo. Y me vino a la memoria del sueño aquello que me decían de niño sobre la escolopendra. Era tan larga que su rabo estaba a la altura del segundo, y la ventana de mi habitación queda en el patio de luces de un octavo, tan así de larga que estuvo dos horas metiéndose por mi oreja. Lo horado todo. Fue comiendo y comiendo hasta que mi piel se convirtió en una fina capa trasparente.

Anduve por todos los sitios con el horrible bicho dentro, me veía desnudo en el baño con aquel color parduzco y millones de patas diminutas agitándose en mi interior. Apenas si podía moverme, más bien me arrastraba mientras me iba consumiendo.

Quedé despierto a eso de las seis de la mañana. Mi boca estaba seca, con ese regusto que dejan los malos sueños. Al verme en el espejo aprecié mi angustia, y quedé pensando en los extraños mecanismos de la mente. La escolopendra había vuelto a mi memoria desde no sé qué abismo inimaginado de mi infancia.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

QUE ESTO NO SE VUELVA MÁS TRISTE.


No sé si estaba dormido. Alguien soplaba por entre los visillos, pero era el viento.
He visto en tres dimensiones a Santa Inés en el techo de mi habitación, en una perspectiva caballera focal como si saliera del vértice de las tres paredes opuestas, era ella, llevaba un corderito acurrucado en el brazo derecho y una mata de olivo cogido con la mano izquierda. Fue efímero, pero no era una ensoñación; tampoco se me juntaron los ojos como si estuviera traspuesto.

Nos trajeron distribuida a la abuelita hasta que sea San Andrés, allá por noviembre. Vino en el Lancia de Jacinto.
Lo bueno de la abuelita es que es muy menuda y se le sube bien en la silla y andas con ella en brazos por la casa a lo Perkins en Psicosis. Estos meses nos tenemos que levantar más temprano para limpiarla y darle el café con leche y las galletas. Mueve las encías como maullando, y lo que le cae por la barbilla se lo arrimo con una cucharilla de café.
A mi me toca tres meses al año, a Cecilia, Jacinto y Juana les toca el resto.
Con la abuelita también reparten una imagen en cuadro de los Santos Coronados y dos paquetes de Dodot etapas para ancianos. El resto te lo apañas.

La pura: mártir de la virginidad. El soldado furioso levantó la espada por ser la amante de Cristo, esposa de aquel cuya madre es virgen.
Sé que era la Santa Inés porque lo miré en la enciclopedia del aparador, fue decapitada, prostituida, vejada por los prebostes romanos. Si se me hace la aparecida Inés, será porque tú eres más puta que las gallinas. Cómo puede ser que ahora me libes, y me folles cabalgándome como a una yegua, presionando, girando como un berbiquí, me vuelves loco con esa cara de cándida que pones cuando te veo tan poderosa, y me acuerdo del puto fraile misionero: que si hoy está frío, que anda, ponte encima y hazlo de una vez, y déjame dormir, ni comparación, me gusta el molinete, si aguantase tieso estarías arriba horas y horas y te compraría unas espuelas.
Es que te has puesto hasta más buena desde que sospecho...

Por sus ojos abiertos sube y baja un alacrán largo. En los ancianos, después de cierto tiempo se pierde la conciencia de la soledad.
La abuelita quedó sola hasta las dos de la tarde delante de la ventana entreabierta para que le entre el fresco, enfrente tiene más ventanas, algunas de las ventanas que tiene delante de sus ojos tienen pintados los ladrillos de rojo oscuro, con una rayita blanca en el contorno, como si fuera la casa de los siete enanitos.

Al llegar a casa lo primero que hago es tocarla para saber que no está muerta.
He puesto a la abuelita boca abajo en la cama y luego de lado, y luego al otro lado. Tiene el culo como un tomate. Se lo limpio, y le doy la vuelta que quedaba, panza arriba. En la habitación queda ese olor fuerte a mierda, orín, dodotis nuevo y a papillas.

El teléfono está debajo del coleccionable de enciclopedias, sobre un tapete blanco, y cuando suena vibran unas caracolas con unas medallitas de los Santos Coronados dentro.
Suena el teléfono y me lo dices, llegarás muy tarde, iré cuando pueda, casi doblete en la tienda, entraron unas niñas inglesas de una excusión, lo remueven todo, se van a comprar todas las bragas. Sé que andas por Domingo de Silos, en el piso que está encima de la Bolera. Soy un corto de sueldo: sopa y pan bregado. Cuando me cuentas esas cosas que parecen mentiras no pregunto. Sé que eres más puta que las gallinas.

Los techos de una habitación pueden ser como los de la capilla Sixtina, depende de la imaginación que les pongas.
Qué Santa Inés estuvo aquí está muy claro, ahora el blanco parece como si estuviera quemado, hay un contorno de santa, por la sombra se sabe cuando una mujer es santa o no. Sobre los cristales de la ventana caen gotas muy grandes. Siento a la abuelita con ese ronroneo que hace con la boca después que la limpian, y sigo mirando al techo, por si Santa Inés se aparece, y aunque soy un blasfemo, me están dando ganas de rezar para que esto no se vuelva más triste.