lunes, 31 de enero de 2011

RAMAS BLANCAS DE GINERIO.


Cuando Erika me pasaba por las pantorrillas aquellas ramas de ginerio comenzaba de nuevo la ceremonia mensual. Antes me había desplazado con la parsimonia que da la vejez por toda la avenida Puertollano hasta un tercero derecha, en el número treinta y ocho, entre un puesto de pan y un kiosco con muchas golosinas de colores.

La habitación tenía dos escasas ventanas tapadas por cortinas romanas caídas hasta el suelo, y sobre ellas unos cortinones de terciopelo brocado de varios colores dejando una penumbra de arcoiris que cuando traspasaba la puerta, me daba la impresión de entrar en un hermoso templo en donde se reencarnaran la mismísima diosa Gea, o las desastrosas y perversas Moiras.
Me había recibido previa cita con su pinganillo portátil, su gorra de las SS, su corsé de cuero, y unas bragas tan ceñidas que parecía que iba a explotar de un momento a otro. Era, dijéramos, muy neumática y extensamente grácil de movimientos. Y al abrirme la puerta se estaba corriendo por teléfono con un empleado de banca, eso me dijo.

Y ahora, sobre mis viejas pantorrillas de carnes descolgadas me pasaba el ginerio de esa forma tan suya, como si quitara el polvo de una lámpara. Me daba media vuelta y la veía tan rellenita empezando a imaginarla en la ribera del Rin, quizás por la zona de Maguncia, en la región del Palatinado. Una vez me había dicho que de joven había enseñado a ojos absortos la misma imprenta donde Gutemberg inició nuestro calvario. Y que había nacido en una casa con piedra de color rojo, que era como de un cuento de hadas. Y que por carnaval, o por la noche de San Juan, después del veinte de junio, empezó a disfrazarse -su gran pasión-. Y que en unos fuegos artificiales llenos de colores la besaron por primera vez mientras le metían la lengua en la boca y un dedo por el ojete del culo.

A mi lo del ginerio me gustaba. Ella estaba sentada a mi lado, y yo desnudo con una escuálida figura de viejo con más de sesenta y ocho años. Y me preguntaba de qué está hecha la piel, y por qué me estremecía mientras sentía aquellos susurros tan suaves de la Erika; que parte eran para mí, y otra parte para un degenerado funcionario de hacienda.

-¿Me sientes mi amor, te vas a correr en mi boquita?

Para acabar conmigo Erika se quitaba el pinganillo y se encendía un cigarro. Cuando en aquella parte del protocolo veía que hacía eso me entraba el nerviosismo de un joven estudiante en prácticas de amor. Me bajaba los calzoncillos, y ya no era el ginerio, eran sus manos a través de mi viejo cuerpo con esa forma pausada erizando mis cabellos blancos, dándome un poco de vida (Erika era como una samaritana, pero cobraba ciento ochenta euros con los viejos).
Veía tan enorme y cercana su boca botoxa que pensaba que me iba a devorar, posaba sus labios y me decía aquello de me sabes steinbutt, (lo de steinbutt era en pleno alemán, que básicamente quería decir que mi polla le sabía a rodaballo).

Plenamete erguido, una vez de todas las veces posibles que un viejo podía, se sentaba sobre mí , recogía de nuevo su pinganillo, y flacidamente me penetraba -lo digo a la inversa por una consecuencia razonada-. Se movía lentamente y empezaba aquella perorata: dime mi cielo, de dónde eres, dime que deseas mi amor, estoy completamente desnuda parat tí.
Y yo lo sabía. Sabía que Erika con aquella gorra de las SS era el mísmisimo diablo; pero a mi no me importaba, al fin y al cabo, los viejos deberíamos de morirnos así, tan arrobados, tan acariciados por unas ramas blancas de ginerio.

domingo, 30 de enero de 2011

SEA MÁS CORTO.


Estaba tan cerca de mí que me parecía imposible que hubiese ocurrido hay momentos en los que naces para eso y vives instantes en los que ciertamente el tiempo tiene la singularidad de la inexistencia era el momento tan esperado desde hacia tanto tiempo que nada de lo que me rodeaba me importaba ficticiamente le miraba a los ojos y se fue acercando y yo también me fui acercando y cuando te acercas así es como si fuerais a encontraos al mismo meridiano de Greenwich por cualquiera de sus alturas tuve aquella sensación que daba su boca y sus labios y todo me volaba o daba vueltas podrían haber girado y girado palomas como en esas películas en donde pasan rasantes en forma de estampida cuando te encuentras en un parque y estás en el medio del Retiro allí donde el Ángel Caído esperando con la boca así a que alguien te de un beso los locos tenemos esa forma de concebir los hechos los estados los instantes si eres un esquizofrénico puedes pensar en desorbitar los momentos modificarlos a tú antojo y antes de conocer a tú amada puedes esperar en una mañana fría de domingo con los ojos cerrados y esa plena fe en que la gente puede llegar a amarte por eso por eso por eso por eso con la boca así puesta miro al Ángel Caído para que se baje del pedestal y pose levemente sus extraños y fríos labios de acero sobre mis calientes labios en el beso final el beso final tiene esa forma incruenta cuando te empiezas a morir estando simplemente de pie y el único beso que esperabas te lo da el Ángel Caído del Retiro porque simplemente eres un loco y en ese mismo instante lo único que quieres es morirte y ya pones la boca abierta para que el tiempo de la agonía sea más corto.

sábado, 29 de enero de 2011

GOTAS DE AGUA BENDITA.

En aquella época andaba tan salido que hacía muchos poemas.
Mis poluciones nocturnas eran tan abundantes que mi madre tuvo que tirar el colchón. Lo sacamos por la noche a la calle Constantino, porque tenía vergüenza de que nos viesen los vecinos. Lo dejamos arrimado a la caseta del transformador. Tenía dibujado de color amarillento: África, Oceanía, Europa meridional, la cordillera de los Andes, el cuerno de África, Arabia (incipiente). El colchón estuvo hasta el día de San Amado, el 20 de Febrero, lo habíamos puesto un 28 de Enero el día de santo Tomás de Aquino.
Nadie sospechó nada. Lo acabaron recogiendo unos gitanos de Villacajón.

En mí habitación había mucho frío y humedad; también tenía un orinal porque no teníamos baño. Por las mañanas lo tirábamos sobre un montón de estiércol que daba a un pequeño gallinero destartalado en nuestra casa del Fumeru. También había una tienda de ultramarinos que vendían arena para limpiar el planchón de la cocina donde asábamos las castañas. Las castañas si no las rayabas con un cuchillo explotaban.
Y soñaba.
Yo estuve cuando los últimos de Filipinas. Era aquel que cantaba por soleares detrás del paredón y que luego le pegan un tiro. Poco después era Paul en Desayuno con Diamantes; el vecino Boo en Matar a un Ruiseñor; Norman Bates asomado a la ventana en Psicosis; el deseado Benjamín en el Graduado, el chapero de Cowboy de Medianoche; el que le dio la paliza a Ransom en El Hombre que mato a Liberty Valance, la silla de ruedas que llevaba a Blanche en ¿Qué fue de Baby Jane?; el único que no desapareció en El pueblo de los Malditos. Disparé detrás de los muros del Álamo, intenté poseer a la novicia en Viridiana; fui amadeo en el Verdugo; Clin Eastwood en la Muerte tenía un precio. Así eran las tardes imaginadas.Mucho antes ya había visto (de más crio): Ben-Hur, Casa Blanca, Espartaco, Lo que el viento se llevó, Los Tres Chiflados, todo lo de los Hermanos Marx, El Gordo y el Flaco, Charlot, Buster Keaton, Flash Gordon, Batman, El Hombre Cohete (el hombre coete me gustaba porque llevaba un cohete encima del culo)

Tuve una novia de Villaoril que en el cine María Cristina de Gijón me hizo las mejores pajas de mi vida, y eso no lo cambio por nada. Aún las recuerdo. Con lo que llevábamos suelto (jersey abrigo…) me tapaba. Tenía aquella clase especial para disimular, y las manos tan suaves. Escupía un poquito en la palma de la mano y te iba acariciando el nabo, era una maravilla, me corría entre fantasías. Años después me dieron por el culo, y yo también di varias veces, también descapullé con mujeres; pero, hijos míos, aquellas pajas fueron inolvidables; -hay tres recogidas mi diario con categoría diez-.

Mi novia se llamaba Herminia, pero me daba no sé qué decirle que la quería porque no sonaba tan bien como en el cine.
Una vez que iba corriendo delante de los grises, me metí en el hueco del escaparate de la librería Cervantes y como no tenía salida me machacaron a palos los hijos de la gran puta. Aquel día lo recuerdo por eso, y porque me dejó Herminita, le habían dicho que, aparte..., también era maricón.
Yo creo que no era maricón, a mi los coños me gustaban cantidad. En aquella época los coños primero te olían a alcanfor, luego a brillantina, imagínate lo que quieras, digo preferentemente; luego también olían un poquito acetona, cuando los abrías era otra cosa, te olían al régimen, a rancio, como a la Iglesiona por Semana Santa.

Herminia se casó con un cajero del banco Pastor, que está al lado del muelle, frente al espigón, según coges la Marqués de San Esteban, en un edificio que parecía que estaba hecho de chocolate. Yo la vi varias veces por el paseo de San Lorenzo cuando ennoviaron, y a mi los ojos se me iban para las manos de Herminita. Eso, así, disimulando, un ligero gesto de saludo, y es como si me llevara el capullo con ella, porque cuando seguía caminando no sentía nada entre las piernas.

Mi padre trabajó en las campanas para los cimientos de Ensidesa. Con lo que ahorró se compró una moto Lambreta y la llevó al pueblo para las fiestas. Cuando estaban bailando pasó varias veces con la Lambreta por el medio como si no se diera importancia. Mi madre se enamoró de él por lo de la Lambreta. De mi pueblo se murieron muchos, y aún están allí, entre los lodos y el frío de la ría de Avilés.

Por el culo sólo me dieron cuatro veces, luego lo dejé, eso se deja como el tabaco, porque te llega a no gustar, lo malo es que si has sido fumador y estás al lado de uno que fuma no te desagrada, por eso a mi me siguen gustando los maricones, pero ya no peto.
Mi madre iba a la Iglesia de las Quintanas y robaba agua bendita en una botella de La Casera y cuando llegaba a casa iba soltando unas gotas por aquí y por allá, era por lo de las presencias y las impregnaciones. Una botella le podía durar hasta tres meses, luego robaba más. Hacer agua bendita tiene sus dificultades.
Tenía un cobertor que me pesaba mucho y un magnetófono de novena mano encima de la mesita. Me gustaban los tarantos, no sé por qué, y un armario de caoba al que no le cerraban bien las puertas de lo viejo que era, y el suelo estaba cubierto de loseta que tenía unas filigranas en forma de círculos concéntricos de color marrón. Antes de hacerme las pajas esperaba a calentar un poco.

Mi padre se puso malo de alzheimer un domingo por la mañana, empezó a notar que el dedo meñique de la mano derecha se le empezaba a mover, y el no le decía que se moviese. Yo no sabía qué era eso, y me seguí haciendo pajas.

Con los años fui aprendiendo. Algunas veces llegaba a casa y mi padre estaba tirado en suelo porque mi madre no podía con aquel corpachón, y yo a duras penas podía. Entre los dos lo metíamos en la cama, boca arriba, y yo le miraba a los ojos, aquellos ojos inexpresivos me daban mucha pena (tuve una temporada muy grande sin hacerme pajas por culpa de los ojos de mi padre).
Al acabar de comer la cocina de mi casa olía a vinagre y arena de limpiar el planchón.
Y el gato se ponía a dormir encima de una silla de la habitación donde había muerto mi padre , y mi madre decía que donde duermen los gatos hay una presencia, pero yo creo que la única presencia que había allí eran estos recuerdos, los recuerdos tienen esas cosas y se convierten en espíritus que retornan a través del tiempo.
Luego mi madre tiraba unas gotas de agua bendita.

viernes, 28 de enero de 2011

COSAS TAN TRISTES.


No había nada que la que la defendiese, sólo sus dientes que estaban cerrados, y un temblor que denotaba miedo. La estancia tenía paredes tan débiles que se escuchaba el viento de inmediato y otros susurros; todos escondidos en cualquier parte, rodeados de miseria y de trastos miserables.
Cuando la noche llega la miseria es más efectiva y desolada.
Había salido de la madriguera de su mujer como un animal que tiene luz en los ojos y la boca seca. La niña de apenas doce años en su camastro miraba una esquina en la que se dibujaba un clareón de luz. Lo sintió acercarse y pensó que era una sombra en forma de serpiente. Sitió que otras manos sujetaban sus manos y apretó los dientes para que su padre no la besase en la boca.
No había gritado ninguna noche.
La miseria tiene estas cosas tan tristes.

jueves, 27 de enero de 2011

Y NO QUISO VOLVER NUNCA.


Hubo una vez que me emborraché porque tenía ganas,
-no era para olvidar-.
Whisky de garrafón al más puro estilo,
y no era para olvidar.
Tenía fuego en la cara y me fui al mar por el camino más corto,
se me ocurrió caminar sin rumbo,
y llegue a la misma hora en que el mar se encogía lentamente.
Ya estaba allí, y sin remedio tuve que mirar toda la parafernalia de colores.
Era el mar:
yo a las olas las veía como labios con carmín blanco, trasparente a veces,
las olas tan penetrantes e insistentes sobre mis pies descalzos.
Y era el frío.
En la arena blanda una mano que se hundía debajo de mi huella, no caminaba recto,
mis pies eran manos posadas, y,
a barlovento una tormenta, cien soles en uno, los labios de Dios empujando los colores para despejar todos los fríos de febrero.
No era para olvidar, ya estaba enamorado, me quería a mi mismo repleto de palabras.
Palabras por aquí, por allí, a borbotones, miles de palabras describiendo imágenes, sensaciones que no era capaz de encajar ni relatar.
Te mueres así, tal vez, y nunca describes lo que quieres,
al final vas a lo mismo, acabas con el corazón herido y blasfemando,
sorteando las palabras que te sobran, escuchando, por si encuentras las que faltan.
Ayer noche había bailado antes de venir aquí, caderas amplias,
y en el trajín encontré el calor que dan las hembras. Las había de pago,
y otras por mirarlas te regalaban sus ojos pintados y profundos y una blasfemia y un papasito y un momentito y un yo no beso con la boca abierta, al final,
todo se resumía en las caderas, sonámbulo, la cabeza sobre sus pechos, y mi boca de fuego haciendo agujeros en sus corazones, o algo así sería,
y el fulgor,
se dice así a la calentura, yermos cuerpos llenos de pintura roja, restos blancos que aplacan las arrugas, sabores indescriptibles en los labios,
como a pan blanco y a caramelos de miel;
y el abrazo, y los abrazos, y los besos, aún hoy,
aquí junto al mar,
casi no lo recuerdo,
Sé que di besos de amor supremo, incluso,
besos que das muy enamorado, incluso,
con mi boca abierta,
-casi no recuerdo-,
mi lengua era de fuego, no persiste aquel sabor.

Yo estuve en el mar.
Yo no puedo decir que no haya amado. Amé. Simplemente tengo esa sensación,
ocurre a veces,
que sin darte cuenta estás amando. Ya sabes.
Te desnudas y alguien te arropa con su piel,
y recuerdas que fue ayer cuando tuviste frío.

Hoy desesperado he estado en el mar y me veo a mi mismo franqueando las olas.
Te besan y te besan y te besan las olas, nunca tantos besos juntos y el rugido del amor.
Por fin me describo a mi mismo, me sobran las palabras, los brazos, las piernas,
lo último que me sobra es mi propio corazón.
Estoy aquí para describirme, hubo una vez…
Sólo hubo una vez un hombre que fue hacía el mar para apagar su boca en llamas,
y no quiso volver nunca.

martes, 25 de enero de 2011

CREO QUE ESTO YA LO HABÍAN CONTADO.


Debo darme prisa, ya quedan pocas historias, casi no hay historias, podría no haber historias, entonces,
sólo debo contarte lo que me pasa, entonces,
si has venido a verme y vienes con lúgubres sensaciones, debes hacerme una sanación,
pon tus manos sobre mi entrepierna, es así,
tan duro como te lo digo;
la historia, es eso tan manido, que no hay historias:
que no hay historias,
que no hay historias,
que no hay historias,
Te lo dije imperantemente repetido.
A veces llovía de esa forma tan insidiosa que el paisaje no existe porque una cortina diáfana y gris lo cubre todo, digo todo: parques, avenidas, el fondo de las ventanas, las tapas de los libros, los libros abiertos; hay sonidos amortiguados por la lluvia, y, sobre todo, ángeles en forma de vapor bailando sobre la copa de los árboles, también en la ciudad;
Entonces.
La historia empezaba así porque yo lo quise, era mi historia, y aún no había personajes. Yo estaba imbuido, inmerso en la historia de las historias, y debía darme prisa; mi historia estaba naciendo en otro, con la misma forma y las mismas consecuencias, las mismas ocurrencias, al borde de de una cordillera de los Andes, o en el mismo golfo de Méjico, cerca de los racimos de uvas de California, por los aluviones de Nueva Orleans, en los arrabales de Ankara, por las playas del mar Rojo, y entre las putas miserias de Calcuta.
Ven a tocarme los huevos en el sentido más amplio del amor, acariciarme te digo,
sóbame, existe la soledad, me dan vahídos, sécate las manos sobre la vieja piel arrugada que tapa mi corazón.
Te quiero.
No es broma.

Esto que te digo es en el preciso instante en que estoy preparado para empezar mi historia. Podría comenzar así:
Era una vez.
La tarde estaba en calma y llovía.
Ella le miró a los ojos.
El estaba estrechándola cuando de repente…
Había una playa tan larga que no cabía en el mar, era Callo Largo, y no era playa.

Deja el inconsciente vaivén de tú mano y, mientras, mira a la ventana llena de vencejos, y las sutiles sombras que deja el atardecer paseándose, lamiendo nuestras caras, así de pesadas y robustas, hercúleas sobre la cal de la pared, llenas de vida sombría, porque son sombras caprichosas y se mueren con la luz.
Tócame y cerraré los ojos, sáname, dame sal, bocanadas de yodo, sorbe amoniaco como si fueras Satanás y disuélveme como a un azucarillo, digiéreme, mándame al mar desde la taza de tú váter.

He de contar una historia que no sepa nadie, he de borrar todo lo que vi, todo lo que oí, todo lo que leí, ni rastro de todos los poetas que han pasado por delante de mis ojos.
Dramaturgos con la piel blanca, que han venido a contarme cosas de las damas de la noche, que han horadado mentiras sobre viajes infinitos en extraordinarias naves sobre largos gusanos, estrellas fundidas entre estrellas, otras tierras diminutas, creadas, llenas de volcanes. Y la muerte, hablando sin contemplaciones sobre el sufrimiento, sobre la desidia, sobre la cobardía, sobre héroes, sobre la nada en la estricta acepción: nada de nada.

Mi historia debe ser pura, sin rastros de palabras rebuscadas, sin dejes, tiene que ser una sinfonía inexistente aún, nunca escuchada. Nada en mi cabeza debe recordar: He quemado el resto de las historias que me han contado, los cuentos que me adormecían de niño, todos los duendes de los bosques, las largas fantasías que me contaban en la noches sin luna, historias de otras historias desde los siglos de los siglos. Amen.
Todo borrado, joder, borrado borrado borrado borrado.
¿Lo recuerdas?, eras un niño cuando borrabas.

Y punto.

Y aún así, no puedo adelantarte nada de mi historia, le he puesto cositas:
papeles de caramelo y hojas marchitadas metidas entre las hojas de un libro; miradas en un bar de carretera; una navajazo en un barrio no recomendable; penas de amor, odios de amor, amores no correspondidos; enfermedades interminables, enfermedades inmediatas con el tiempo tasándote la vida; agonías desesperadas; todas las locuras, locuras repentinas en un ascensor; decisiones de suicidio, suicidios meditados; paisajes de montaña, mar, o cordilleras; paisajes de ciudad, paisajes con humo, paisajes sin humo, paisajes muertos.

La historia empieza así:
Llevaba muchas horas acostado y miraba al techo, y fue entonces cuando noté aquella mano extraña, sanadora que me empezó a tocar los mismos huevos, los mismísimos, sin compasión, con desgana, y no sentí nada, porque era la mano que siempre me tocaba en el mismo atardecer y de la misma forma. (Era una agonía).

Pero cómo contaré la parte de amor que corresponde, y aún no sabiéndolo he de definirlo.

Debo decir que ha amanecido, permanecí levantado, caminé desde mi habitación hasta mi habitación, desesperado, buscando el argumento de mi historia. Tenía que nacer, tenía que vivir, tenía que morir. Y esa era toda una larga y anónima vida.
Y no sabía cómo.
No sabía dónde.
No sabía con quién.

Las vidas así son difíciles de contar, luego:
Dónde los pondría.
Dónde amarían.
Dónde vivirían.
Dónde morirían.
Y la felicidad, algo de misterio, un poco de violencia, amor, sexo, miserias, hambre, desesperación, y mucha incertidumbre.

No sé.
Me estoy dando prisa, me han contado,
algo semejante se le ha ocurrido a un pringado, sonámbulo y arribista que vive el las afueras del Tigris y del Eufrates, donde la antigua Babilonia.
Ese si tiene argumentos e historias verdaderas.
Es carne de su carne y está esparcido por los aires.
Hazme una sanación, si quieres.
Mi historia es parte de otra historia, y viene así, con algo promulgado, es una parte de una parte de una parte de una parte de una parte.
Creo que esto ya lo habían contado.

lunes, 24 de enero de 2011

YO EN ESTA ESCENA NUNCA DIJE NADA.


Ayer vino mi santa a verme. Mi santa lleva cuatro años sin vivir conmigo pero de vez en cuando viene a verme. Algunas veces viene a verme aún no estando yo en casa; y lo sé porque me huele a ella nada más abrir la puerta. Y cuando ocurre eso, pues pienso, ya estuvo la santa aquí.

Ayer domingo por la mañana vino mi santa y yo estaba en casa, concretamente desayunando en la cocina. Entra la santa, y nada más entrar no me da ni los buenos días, me dice aquello: esto huele a perro muerto. Yo estaba de espaldas a ella, ella avanzaba por el pasillo. Me imaginé que para alguien que entra de la calle las casas pueden oler a cualquier cosa, pero no a perro muerto, cuando te dicen eso es que el que entra no viene con buenas intenciones, por eso me extrañó aquel insulto tan desagradable. Siempre pensaba que ella me seguía amando; sino, de qué, este control tan extraño desde hace casi cuatro años en que se fue.

Esto lo cuento metódicamente.

Ya he dicho que yo estaba de espaldas desayunando unas tostadas con margarina y mermelada de cereza. A mí lo que me olía era a café. En otro relato ya conté una de sus visitas que nunca eran iguales. De espaldas estaba, y no me di la vuelta. La vi delante de mí casi de repente, aún venía vestida de vigilante. El uniforme de vigilante lo traía debajo de una especie de abrigo de lana azul oscuro que le bajaba hasta mucho más de la cintura, así vestida tenías que adivinar que era una vigilante por el bajo de sus pantalones grises, por una pequeña marca fluorescente de color naranja que le bordeaba en forma de pliegue, o por las botas con aquellos cordones gordos de tipo militar, muy reforzadas y de caña alta.

Ella delante de mí mirándome. Esa escena en la cual ves a dos a vista de pájaro, uno sentado, la otra deambulando de adelante atrás. Mojaba mis tostadas con cierta frecuencia y me las metía en la boca. A mis espaldas daba el pasillo, en el frente una ventana por donde entraba una relativa claridad que tendía a gris o a un color así, muy disimulado. No es que la mirase a ella, aún no le había dicho nada. En el fregadero estaban los cacharros sin lavar de quince días hacía atrás (digo quince días por poner una referencia temporal). Estar sin lavar era poco decir. Algunos platos tenían grandes restos de comida, en general posos de chorizo frito y huevo, que con el frío se quedan muy pegados y pringosos.

El bidón de la basura que estaba debajo del fregadero no lo había visto. Le olía.

Metódicamente.

Me dice: mira que eres cerdo. Yo aún no le había dicho nada. Y se quita aquel abrigo de lana tirándolo sobre una silla, y la veo totalmente con aquel uniforme verde oscuro, una pequeña insignia en forma de corazón sobre el bolsillo derecho de la chaqueta. Se quita también la chaqueta y observo por fin aquella pistola enorme que tanto miedo me daba, y con la que tantas veces me había amenazado. También se había remangado. Comenzó a fregar los cacharros con aquel desparpajo que ponía cuando fregaba los platos, tenedores, espumaderas, cuchillos, vasos del café, etc. Un movimiento de fantasía en su culo con semigiros sufis, volteos deviches, saltitos sharki y todo lo pasional de esas posturas a lo cobra que tiene la danza del velo, quiero decir que su culo se movía así, con esa armonía. Y aún moviéndose así, yo pasaba del tema. Ni se me vinieron a la memoria aquellos actos sexuales socorridos en el fregadero, a cualquier hora del día, metiéndosela por el agujero del culo, con cierta violencia, hasta no se donde.

Metódicamente.

La escena era esa. Otra escena. Ella fregando los platos. Llamándome nombres despectivos de animales salvajes: serpiente, lagartija, sapo, gusano, zorro, asqueroso mandril, buitre carroñero, alimaña, sanguijuela, hiena, lobo; y animales domésticos como: gallina, conejo, asno , mula; y seres inanimados como: espantapájaros, saltimbanqui; y residuos de la naturaleza como: rastrojo, estiércol; y residuos urbanos como: basura, poso de cloaca, mierda.

Metódicamente.

Fueron veinte minutos sintiendo el grifo. Yo aún no había hablado. Recuerdo que algo olía a perfume. Yo tenía aquella sensación de que aún había perfume del día de ayer, no todo era olor a efluvios animales en mi casa. Olía a perfume. Es ese leve rastro que dejan ciertas mujeres que han estado contigo el día anterior como si quisieran permanecer en tú recuerdo para toda la vida.

Yo no sé si tú sabes lo que es morirse trágicamente. Hay veces en que lo presientes. Si miras a través de una ventana las nubes parece que se agitan a cámara rápida. Y está ese presentimiento, una sensación inmediata en que los sentidos están más despiertos que de costumbre. Te digo esto para cuando te vayas a morir de joven, con todos los sentidos en tus poros, captando lo más inusual de tú organismo, incluso el correr de la sangre impulsada por los latidos de tú corazón a todas las partes de tú cuerpo.

Metódicamente. Y es así. Sin haber dicho ni una palabra. Esta escena es tan fácil que no necesita entrenamiento previo. Se podría empezar por un plano general desde el fondo del pasillo, y luego bajamos a un plano en profundidad; o un plano medio largo; y acabamos con un primer plano de su pistola sobre mi sien.

Sientes ese frío del cañón de la pistola y tus sentidos perciben la ínfima vibración – un contacto microscópico-, el roce metálico del tambor que gira, y la detonación: bunnnn. Son mínimos segundos. No da tiempo a decir nada. Yo en esta escena nunca dije nada, sólo me morí.

domingo, 23 de enero de 2011

ALGUIEN HA ESTADO ALLÍ.


Uno por uno es uno, uno por dos es dos, uno por tres es tres, uno por cuatro es cuatro. Y que fácil. Recordar eso cuando estás a punto de morirte. Y una estufa en el centro de la escuela quemando leños de castaño, con una chimenea que daba vueltas como una serpiente y salía por un cristal roto soltando humo azul entre las ramas de un roble.Mi escuela era una tartana zíngara y viajabamos por todos los oceanos aprendiéndonos todos los golfos, estrechos, todos los mares. Y yo tenía un amor, y no sé por qué ahora mismo lo recuerdo, y me está mirando.

Alguien habla. Tú escuchas su voz en esa posición. Pero hay más. La habitación pudiera estar llena de gente. O puede suceder que no haya nadie. O puede suceder que sólo el silencio roto por algo que rasga, por algo que se desliza, por algo que roza el techo, sea lo que escuches, y no sientas que nadie habla. Porque estás absolutamente sólo, boca abajo, sobre la cama.

De cuando quedé dormido. De cómo y en que forma cerré los ojos para quedarme dormido. O cómo pude cerrar los ojos si estaba boca abajo con mi cara aplastada contra las sábanas. El caso es que tenía los ojos cerrados ¿O no lo recuerdo?

Sonaba una ambulancia. Una ambulancia soltaba fogonazos azules. Una ambulancia sorteaba el tráfico para devolverme a mi casa. Se desgañitaba para dejarme de vuelta.

En la acera se miraban, era alguien, alguien pensaba que se moría alguien, pero no era cierto, era alguien.

Ya me habían dicho: acabarás así. Pero yo no sabía que, incluso, boca abajo acabaría así. Si acaso hubiese sido una desdicha, pero no lo era. Ha sido que se me ha acabado el tiempo.

-¿Lo ha sido?

Y me habían dicho, también, me habían dicho que me acostase despacio, como sobre el corazón, para yo saber que era boca abajo, no boca arriba, boca abajo. Cuando me habían puesto así, desdeñosamente, puedo decir que era ayer. Fue una depositación. Cuando se fueron sentí la puerta, se dice, levemente, sonido leve. La puerta daba a este mundo.

Ella se había quedado y estaba de pie. Se había quedado de pie mirándome, yo boca abajo, y ella me miraba.

Le dije a mi amada: vete. Sé que deseaba irse, incluso amándome, que era lo que me decía siempre: que me amaba. Y también cerró la puerta, ella no levemente, sentí que retornaba el aire de la puerta, porque el aire no pudo salir a tiempo, de la puerta hacía este mundo.

Aún recuerdo ahora mismo cosas del retorno. No hay ascensor. Los sanitarios blasfemaban. Ella detrás de los sanitarios con un bolso de cuero y una bolsa de plástico y su perfume que le daba una vuelta y antes de llegar a cualquier lado, olía.

En la bolsa de plástico estaban mis cosas:

A saber:-Cepillo de dientes. -Pasta de dientes.- Seis mudas sucias.- Dos camisetas de tirantes.- Un libro. -(¡Qué mas cosas!)- No recuerdo.

Tuvo que ser Junio. A veces pienso que era Junio. Tal vez. En realidad , si no era Junio, sería Julio o sería Mayo. El caso es que no lo recuerdo bien. Tampoco importa.

De cuando quedé dormido. De cómo cerré los ojos para quedarme dormido. O como pude cerrar los ojos si estaban boca abajo.

Y de momento. Era de un momento a otro. Yo mido en momentos y ya habían pasado todos. Estaba en aquel preciso momento, en una postura equidistante a los bordes de la cama, es decir, en el medio. Y ese era el ultimísimo momento.

Antes de que viniesen los enfermeros a buscarme, había una pared blanca, y yo estaba apoyado sobre la pared blanca, de pie; pero me caía hacía un lado, o me caía, a veces, hacía el otro lado. Ella de espaldas, con su bolso, su bolsa de plástico. El galeno le hablaba: desechado. Lees las bocas vocalizar: De-se-cha-do.

Absolutamente; boca abajo y en silencio. Porque ahora recuerdo esto: La historia sagrada, los reyes godos, la leche de los americanos. Y antes de morirme, tú, que siempre dabas la vuelta para mirarme.

Boca abajo. Fue ayer. Era junio. Ella no estaba allí.

Sobre la sábana santa hay un contorno de morfina, alguien ha estado allí.

sábado, 22 de enero de 2011

Y ME QUEDARÉ MUERTO AHÍ MISMO.


Hoy no sé lo que voy a escribir pero estoy haciendo un cocido de garbanzos, me dio por eso. Abrí la nevera y encontré varios huesos no sé de qué animal, previsiblemente ternera o cerdo, y un chorizo, es lo que suele haber; también había cuatro zanahorias, perejil muy seco, una solitaria cebolla, cuatro puerros, y en una bolsita de la lacena la medida de una taza de garbanzos. Tengo que decir, que esto está al revés, lo primero que encontré fueron los garbanzos, es decir, la causa fue encontrarme con los garbanzos de morro, cuando no los buscaba, y eso originó el efecto, hacer un cocido de garbanzos, y desencadenó todo lo que os conté al principio.
El diagrama de flujo sería:
(Coordenadas espacio tiempo)Sin quererlo---> encuentro garbanzos-->busco el resto de componentes --> empiezo a cocinar garbanzos.

Ya sabéis como es eso -si os ponéis a cocinar garbanzos ,encontrar la paciencia-. A los garbanzos hay que dejarlos remojando casi ocho horas, lo pone en el manual de cocinar garbanzos, y lo dicen en la tele; quiere decir esto que en todo el proceso descrito existe un fallo primario, los garbanzos no se dejaron al remojo, lo cual implicará que se podrá matar con ellos una cabra.
El diagrama de flujo se rompería por un enlace.
-->Garbanzos no puestos al remojo -->garbanzos de cocción anormal--> garbanzos duros -->los garbanzos los van a comer su puta madre.

El resto es meterlo todo en una pota y esperar.

Cuando estaba abriendo los puerros me puse a considerar sobre la naturaleza. Para lavarlos les di un tajo con el cuchillo por la mitad, y al abrirlos vi todas esas hojitas superpuestas en capas como si estuvieran envolviendo algo, cada vez más tiernas hasta un corazón inexistente. A la cebolla le pasaba lo mismo, me dio por cortarla a la mitad, conté treinta capas hasta el corazón, pero allí no había nada, y entonces me pregunté, para qué tantas capas para no envolver nada. Las personas piensan que la naturaleza es sabia, pero la verdad, yo algunas veces lo dudo. Lo que os acabo de contar es una contradicción (analizarlo hoy sábado).

La zanahoria nada. Le pasé un cuchillo por encima para quitarle lo de afuera, la raspé vamos, y soltó sobre el cuchillo toda la piel arrugada que llevaba. Y me dije, qué tendrá por dentro, pues eran dos, y a una la partí por la mitad, nada, no había nada; bueno notas una diferencia de coloración en el centro en forma de llama de vela, quizás es un tono más claro y suave; pero en realidad, las zanahorias tampoco son nada del otro mundo.

Para qué decir. El perejil estaba seco. Para que elucubrar. Las hojitas con ese tono amarillento, muy mortecinas.

De los garbanzos qué decir, andan siempre juntos como si fueran unos cobardes. Tienes que tener cuidado que no se te caigan al suelo, se desparraman, son muy astutos, suelen esconderse detrás de las patas de las sillas, y para encontrarlos pierdes tú tiempo.Cogí uno, y lo estuve mirando. Se hacía el duro. Con esa pequeña arista circular en forma de resalte, a lo glande. No pude abrirlo a la mitad con el cuchillo. Literalmente lo tuve que machacar. Y nada. Cuando machacas algo no puedes ver su corazón.

Mientras que se hacen los garbanzos os voy hacer un poema:
Va:
De repente me había llegado la alegría, no puedes decir nada si te llega la alegría.
Puede llover o hacer sol, y la alegría está ahí con sus dientes blancos, vanamente,
va recorriendo tú cuerpo hasta que flotas por una pura razón celestial.
Lo has perdonado todo, y estás tú solo,
en conjunción,
todas las galaxias cogidas de la mano.De repente,
hay palomas y pañuelos blancos y mucha luz;
y no sabes si atardece o amanece, todo se ha sellado,
con tú presencia.
Y tú presencia está llena de risa y amor.

-->Garbanzos cocidos-->cojo una con la mano-->muy mala pinta.

Tengo una espumadera en la mano de esas de malla fina, como las caretas que se ponen los de esgrima. Le digo, espumadera, no me jodas ahora, ¿vale? La pota, con una bayeta por las asas para no quemarme, debajo la espumadera, y debajo de la espumadera otra pota limpia de color orinal blanca, y voy vertiendo, sale un humo espeso que me empaña las gafas, y ,despacito, la espumadera cumple con su función, queda todo allí esparcidito.
(Le doy las gracias a la espumadera y la felicito).

Esto que he recogido lo dejaré para sopa de letras. Me encanta comer sopa de letras, escribo palabras alrededor del plato. No acuerdo la última vez que comí sopa de letras, pero por el borde del plato dejé muchas preguntas escritas que hoy en día aún no he contestado. Claro, ahora ya no me acuerdo que preguntas eran.

Qué deciros de un chorizo, se podría escribir algo tan gordo como el Quijote: tipos, modalidades, zonas de fabricación, sabores, ternera, cerdo, jabalí; yo qué sé. Al chorizo no lo abrí. Ya sabía que tenían el corazón machacado, está todo junto, podría decirse que un chorizo nunca tuvo corazón. Y a sí les va. Quieren aparentar que no son chorizos, pero son chorizos, siempre los cazas por el olor. Un chorizo huele en todos los sitios. Si los llevaras Orión seguirían oliendo igual, a chorizo.

Bien. He cogido los garbanzos escurriditos, (escurridos del todo, no; he dejado algo de caldo para que les de gusto), introduzco el chorizo para que se joda, añado un poco de agua, un poco de pimentón dulce, un pelito de azafrán, y sal. Y lo pongo a cocer lentamente.

Un día os hablaré de la sal.
Otro día os hablaré del azafrán.
Otro día os hablaré del pimentón.
Otro día os hablaré del agua.
Otro día os hablaré del fuego que calienta el agua.
Otro día os hablaré de mi cocina, con tarritos sobre una alacena, y unas pinturas extrañas sobre los azulejos.
Otro día os hablaré de mí,
De mí corazón que da saltos, y algunas veces pienso que se parará;
y que me quedaré muerto ahí mismo.

viernes, 21 de enero de 2011

ROMPERLO.


Es una casualidad que tenga que hacer un poema de amor tan apresurado, se dice: casualmente lo pensaba en este momento; y es que estás tú.
Será el doscientos ocho billones un millón cuatrocientos mil noventa y ocho registrado por la humanidad con copyright de autor, por si las moscas.
Y digo.
De esta cantidad ingente, se descuentan:
poemas de desamor; los oníricos deslumbrados por mensajes celestiales; poemas en actos posesivos; los que te dicta la tristeza; poemas por ansiedad; los que te comenta la locura; si eres un asesino y eres poeta; si eres un predicador y engañas; si dejas rastros vocalizados de Satanás y hablas como los ángeles sobre un cajón de cerveza; aquellos que dices sin mirar a los ojos; aquellos que te salen por rencor cuando te aplasta el cielo; poemas con ideario político; poemas sociales para agitar a las masas; poemas con metáforas; poemas melódicos muy repetitivos; poemas de presidiario; poemas cantados al mar que no tienen fondo de atardecer:
-y y y y etc etc etc-.
Quiero decir también que descuento todos los que Thomas Dylan tiró a la papelera, aún siendo extraordinarios, por ser de poeta patentado.

Esto es un poema de amor para ti que no te conozco, y me hablas todas las noches a través del ojo de una aguja en mis oídos.

Digo palabras de exorcismo en una ceremonia, debo quitarte de mi mente, hablo al revés para que me entiendas.

Empiezo diciéndote que te quiero obsesivamente en el sentido estricto de lo que significa obsesión, es una descorazonada locura, cuando me acompañas en todos los caminos, incluso, en los caminos del sueño sobre líquenes de colores y árboles que en los poemas siempre besan el cielo.

Estás conmigo. He visto tú contorno. Estabas en mi lecho, esa figura que son varias curvas formadas por las sombras, tus piernas encogidas, tú piel dejando un rastro de luz azulado, y todas las cosas inmediatas que tengo dentro de mi espacio.
Eres como un milagro,
en este mismo momento en que se me ocurre un poema de amor, sin haberte conocido.
(Eres el milagro).
Eres lo imaginado.
Lo intocable.
La ternura.

Y a esto hay que ponerle flores, y un susto, un eras tú, un me mirabas, un me estremecí, un si estás tú, un se acaba el mundo, un me rompes el corazón, un no me hagas daño, un te soy indiferente, un estás jugando conmigo, un de qué vamos a vivir, un me muero cuando me tocas, un cuando te digo que te quiero, un me vuelves loco, un cuando estoy dentro de ti no existe el mundo
(si existe, pero me das mucho gusto cuando me estremezco).

Un un un un un….

Es una casualidad que deba hacer un poema de amor precisamente hoy viernes veintiuno de enero Santa Inés, y eso,
no sé sí te llamas así, y eso,
no sé cómo es cuando se está cerca de tus ojos, mirándote de esa forma tan extraña en que miran los enamorados, como si como sí…,
no sé cómo decirlo.

El amor es un tipo de esquizofrenia y sólo se cura sin pastillas si los dos existen y se aman.

Bien.
Te digo. Me levanté y hacía mucho frío. Lo primero que hago: me acuerdo de ti, realmente no es hacer nada, es acordarse de ti, de tú cara, qué estarás haciendo ahora, adonde irás, si tienes esas sensación de miedo a la amplitud, si estás en el punto más alto de la montaña y eres toda tú llena de gracia y alegría, si vas a bajar al valle donde tocas la angustia y la tristeza , si viajas a algún punto de la tierra, o simplemente te sientas en un parque a tomar el sol, y y y , de tus ilusiones y esas cosas, si te preocupa lo que va a venir, y ya ha venido.

Algunas veces pienso que juegas conmigo, y me da pena, aunque te quiero tanto que no me importa si te divierte.
Dejaría que me ataras así como te guste, dos manos a babor, dos pies a estribor y tú en el palo mayor con todo el viento a favor horadando mi estómago.
Nunca gritaré de horror si eres tú quien me navegas.

Casualmente pasaba por aquí y tuve que hacerte un poema de amor, sobre la marcha, sin corregirlo mucho, no le des más vueltas.
Si me quieres un poquito, me daré por contento. Déjame imaginarlo.

(Fue un poco rápido. Los poemas de amor hay que pensarlos con calma. Ya no tiene remedio).

Si quieres puedes romperlo.

SI QUIERES PUEDES ROMPERLO.


Es una casualidad que tenga que hacer un poema de amor tan apresurado, se dice: casualmente lo pensaba en este momento; y es que estás tú.
Será el doscientos ocho billones un millón cuatrocientos mil noventa y ocho registrado por la humanidad con copyright de autor, por si las moscas.
Y digo.
De esta cantidad ingente, se descuentan:
poemas de desamor; los oníricos deslumbrados por mensajes celestiales; poemas en actos posesivos; los que te dicta la tristeza; poemas por ansiedad; los que te comenta la locura; si eres un asesino y eres poeta; si eres un predicador y engañas; si dejas rastros vocalizados de Satanás y hablas como los ángeles sobre un cajón de cerveza; aquellos que dices sin mirar a los ojos; aquellos que te salen por rencor cuando te aplasta el cielo; poemas con ideario político; poemas sociales para agitar a las masas; poemas con metáforas; poemas melódicos muy repetitivos; poemas de presidiario; poemas cantados al mar que no tienen fondo de atardecer:
-y y y y etc etc etc-.
Quiero decir también que descuento todos los que Thomas Dylan tiró a la papelera, aún siendo extraordinarios, por ser de poeta patentado.

Esto es un poema de amor para ti que no te conozco, y me hablas todas las noches a través del ojo de una aguja en mis oídos.

Digo palabras de exorcismo en una ceremonia, debo quitarte de mi mente, hablo al revés para que me entiendas.

Empiezo diciéndote que te quiero obsesivamente en el sentido estricto de lo que significa obsesión, es una descorazonada locura, cuando me acompañas en todos los caminos, incluso, en los caminos del sueño sobre líquenes de colores y árboles que en los poemas siempre besan el cielo.

Estás conmigo. He visto tú contorno. Estabas en mi lecho, esa figura que son varias curvas formadas por las sombras, tus piernas encogidas, tú piel dejando un rastro de luz azulado, y todas las cosas inmediatas que tengo dentro de mi espacio.
Eres como un milagro,
en este mismo momento en que se me ocurre un poema de amor, sin haberte conocido.
(Eres el milagro).
Eres lo imaginado.
Lo intocable.
La ternura.

Y a esto hay que ponerle flores, y un susto, un eras tú, un me mirabas, un me estremecí, un si estás tú, un se acaba el mundo, un me rompes el corazón, un no me hagas daño, un te soy indiferente, un estás jugando conmigo, un de qué vamos a vivir, un me muero cuando me tocas, un cuando te digo que te quiero, un me vuelves loco, un cuando estoy dentro de ti no existe el mundo
(si existe, pero me das mucho gusto cuando me estremezco).

Un un un un un….

Es una casualidad que deba hacer un poema de amor precisamente hoy viernes veintiuno de enero Santa Inés, y eso,
no sé sí te llamas así, y eso,
no sé cómo es cuando se está cerca de tus ojos, mirándote de esa forma tan extraña en que miran los enamorados, como si como sí…,
no sé cómo decirlo.

El amor es un tipo de esquizofrenia y sólo se cura sin pastillas si los dos existen y se aman.

Bien.
Te digo. Me levanté y hacía mucho frío. Lo primero que hago: me acuerdo de ti, realmente no es hacer nada, es acordarse de ti, de tú cara, qué estarás haciendo ahora, adonde irás, si tienes esas sensación de miedo a la amplitud, si estás en el punto más alto de la montaña y eres toda tú llena de gracia y alegría, si vas a bajar al valle donde tocas la angustia y la tristeza , si viajas a algún punto de la tierra, o simplemente te sientas en un parque a tomar el sol, y y y , de tus ilusiones y esas cosas, si te preocupa lo que va a venir, y ya ha venido.

Algunas veces pienso que juegas conmigo, y me da pena, aunque te quiero tanto que no me importa si te divierte.
Dejaría que me ataras así como te guste, dos manos a babor, dos pies a estribor y tú en el palo mayor con todo el viento a favor horadando mi estómago.
Nunca gritaré de horror si eres tú quien me navegas.


Casualmente pasaba por aquí y tuve que hacerte un poema de amor, sobre la marcha, sin corregirlo mucho, no le des más vueltas.
Si me quieres un poquito, me daré por contento. Déjame imaginarlo.

(Fue un poco rápido. Los poemas de amor hay que pensarlos con calma. Ya no tiene remedio).

Si quieres puedes romperlo.

miércoles, 19 de enero de 2011

CÓMO ME SABES.


Te escribo desde aquí. Llevo dos horas encadenado a un poste del teléfono porque quiero verte, y doy voces como un poseído por esta injusticia. Los municipales sólo atienden crisis nerviosas, no crisis de amor, y los del cero noventa y uno pasan de largo.Me preguntaste: y si me apareciera por la noche qué me harías, y yo te dije, te empalaría, ya me entiendes, finamente te la metería por atrás, según llegas, a la izquierda, contra la pared, y sobre tú misma nuca te empezaría a decir, dime si me quieres porque yo te quiero, sí sí sí, pero no te has aparecido; y este poste alquitranado y la cadena de buey me están jodiendo la espalda.

Debo gritar más.

Pasa una señora con un coche de niño. Lleva en el cochecito un armario entero de ropa, y dos cómodas, y me mira a los ojos y sus ojos llevan un mundo escondido que sólo enseña al amanecer porque a esas horas se le sale todo el sufrimiento, de tanto preguntarse quién es a si misma, de tanto contestarse que no lo sabe. La viejecita me huele a cuero, a badana, y sus arrugas son tan grandes como las marcas que dejan los arroyos en el borde de las montañas que dan al mar, por la zona donde dicen que Dios posó una uña.

Aquella noche en que viniste a verme, estaban las gaviotas iluminadas por los alerones, dando giros. Yo estaba en la ventana reclinado y ya llevaba dos sueños y dos vueltas enteras, y un boca abajo, y una boca arriba, y antes había estado de lado. Entraste de esa forma que deseaba. (yo me imagino cuando entras, de puntillas, vas descalza, y no me dices nada).

No os aconsejo dormir tanto en la ventana, es incómodo.

He caído en tus brazos y me sujetas bajándolos, y casi me iba dar una hostia en el suelo, y tus brazos se paran allí mismo, entre un bordillo, y una cuneta que tiene forma de copón sin tapa y que es de la hidroeléctrica, faltó el canto de un duro, y cuando sabía que no me iba a morir te vi allí, me parecías la Inmaculada Concepción de tan hermosa que estabas, tenías sobre la cabeza un halo de color amarillo de los que robaste a Saturno (¿o es Venus?), y un velo de seda tan fina que te hacía unas vueltecillas como si fueras a una misa de cuaresma en la iglesia de los Capuchinos.

Todo esto me lo imagino, porque en realidad, lo único extraordinario es que soy un espantapájaros asustando a los gorriones para que no se posen sobre las líneas del Morse (¿que ya no hay Morse? A mí el Morse me gustaba: una raya un punto y una raya: te jodes).

Me jodo y me aguanto, y hace frío. Dos cabrones me tiraron la llave del candado.

Otra vez con esas dudas, qué te haría. Te daría la vuelta, así de pie, arrimadita a la pared, te pondría la mano en la cara para saber que eres tú. ¿Qué ropa traes?, ¿pantalones?, te bajaría los pantalones; ¿traes bragas?, te quitaría las bragas, te las bajaría, un saltito a la comba y te las saco por el pie derecho. Te abriría las piernas. Uff, mi amor, luego me arrodillaría delante de ti porque eres una santa, y desde esa posición quiero rezarte antes de morderte el coño con toda la boca abierta; y te diría, meate sobre mí boca, tengo mucha sed, esto es un puñetero desierto de tristeza.

La señora del carro está al otro lado y tiene nostalgia, su pelo es como el esparto de una escoba, y ahora que se ríe un poco, una de sus arrugas parece el Cañón del Colorado, y yo pienso por qué se ríe. Y cuando la miro sé que se ríe como una loca, es esa misma forma que cuando te ríes parece que lloras.

Se abre el cielo. Si no has visto abrirse el cielo es que no miras. Siempre andas mirándote los cojones y a donde escupes. El cielo cuando se abre suelta gaviotas, vienen a cientos y cuando las ves allí arriba no sabes por que extraña ley dan tantas vueltas, si hay algo o alguien que les diga que deben dar vueltas ataviadas con tanto plumaje blanco, y con las patitas encogidas.

El poema: es que tengo que hacerte un poema, por si me suicido;
(Verosímilmente con una cuerda o por velocidad o por velocidad contra mí).
El poema llevará: dos corazones; veinte kilómetros de arterias y venas; tus ojos y los míos; un paisaje de castaños, y otros árboles que no he decidido aún; agua que se despeña formando un arco iris; hambre de amor, hambre de vida, vivir con hambre; doscientos sentimientos de los más usuales; el viento en su modalidad de brisa; el mar cuando tiene olas y cuando está manso; veinte puestas de sol con colores imposibles –(no he decidido si llevará rojo); tengo que ponerle equilibro en el sentido de caminar recto; un parque con bancos para viejos , y viejos sentados al sol con caras tristes, y una UVI esperando a un anciano que se murió bailando bachata en un centro social; y un viejo con bastón y la cabeza apoyada en el bastón; ah, muy importante, unas manos, unas manos que saludan que se abren y que se cierran; un pañuelo agitándose en el viento; un tren antiguo de vapor; el humo del tren, el humo de una casa en un valle verde; el pan; tú olor, como me hueles antes de lavarte y después de lavarte; ah, sí, tres mil ochocientos noventa y ocho te quieros, por si acaso, se gastan mucho. No sé, si hay algo por ahí, que te guste, me lo dices, y lo metemos. (Luego se agita. Es por si no estoy yo).
Perdóname, se me olvidaba cuando me besas, como son tus labios, y hasta donde me llega tú lengua, ah, y las gaviotas. (Fijo que se me queda algo…, ves: la piel).

Y ayer me dijiste lo de las mariposas en el estómago.
-¿Quieres que le pongamos mariposas?

Otra cosa que he pensado que te haría.
(Lo de los sabores, muy importante)

Déjame decirte. Tú coño me huele a restos de uvas dentro de un alambique. Sí. Y si te devoro más adentro, me sabe a yerba cuando lleva mucho tiempo húmeda, y cuando te vas en mi boca, me sabe a ti, que no sé aún cómo me sabes.

lunes, 17 de enero de 2011

Y YO TE QUIERO.


Esta mañana al ir al baño me he mirado la mierda y estaba negra como el betún. Por otro lado, por causas que desconozco, dos asteroides del cinturón de Kuiper se han dado una hostia que ni te cuento. He de tener cuidado. Por una vez no salgo con el condón puesto. Me encuentro con esa sensación de que me voy a morir; y, por si las moscas, tengo que caminar igual, digamos, no he modificado mi agenda, pocas cosas apuntadas; muy simple: Día 17 de enero, lunes del 2011 (en blanco).

Ponte en mi lugar por una vez. Debiera ocurrir el fenómeno de la conjunción, la conjunción de cualquier cosa, ejemplo: tú perrita no mea en el mismo sitio, habitual bolsos Mara; otro ejemplo: has ido caminando y no te cae el piano del anuncio; en todos los años que llevo viviendo nunca vi meter un puto piano por la ventana, pero dicen que existe esa maniobra de mudanzas, sí, que existe ese momento grandioso, la música es muy juguetona, si sopla el viento dicen que suenan las cuerdas, algunas veces tocan a Franz Liszt mientras ascienden. No vas conjuntada. A saber como llevas la muda. Me imagino tus braguitas. Las comería, y no te lo digo en broma, delante de ti si hace falta; te metería la lengua en el ojete del culo después de cagar. Nada de ti me da asco, nada nada nada.

Me fijé.
Una vez salí por la mañana, y por eso de la conjunción de los fenómenos, por una rendijita, detrás de la persiana, salieron unas extrañas hierbas y una flor, no podría decir su color, deciros un color aleatorio sería confundir a la naturaleza, pero salían, sí, unas hojitas de nada. Y mira, como que me alegró la mañana. Me marché circunstancialmente ilusionado.

Pero esta mañana, no sé por qué causas extrañas he pensado que he empezado a morirme, y hago cábalas. Extrañamente soy ese que va por la acera en el mismo borde de los edificios con su carterita, me pongo una gabardina azul marino, pues eso, con una gabardina azul marino, y una corbata, y con el pelo descuidado por atrás, y las gafas, te pongo gafas, y unos zapatos tan limpios, te pongo zapatos de cuero liso marrón oscuro; y el alma que no sé como es, pero te pongo alma (andar sin alma es como conducir un coche sin cigüeñal), y te la pongo, sí. Ya está.

Oyes. El día está hermoso. Creo que me he enamorado ayer. Subo Santiago Apóstol arriba. Una señora tiene castañas y le da por asarlas dentro de una cabaña de madera. Te digo que huele a castañas, me entiendes. Huele de esa forma. Por un momento párate a pensar en ese olor. Bien, estás en el momento. Pero tú cuello huele a fragancias. Nada que ver. Esto es pobre y terrenal.

Mira. No me voy a confundir ni un pelo. En este preciso instante un chino se la está metiendo a una china, o un chino le está metiendo su pollita bolígrafo Bic por el culo a otro chino. Obvio, no. Un kamikaze árabe sunita acciona su carga de muerte en un barrio chiíta. Usual, no. Alguien abre la boca debajo de la tierra o inmerso en el agua. Algunos de los que van a mi lado, o yo mismo, he mutado en una zona lejos del corazón (¿por qué el corazón no muta?, has llegado a pensar esto; se muere de viejo o tupido de porquería, raro, no). Del universo no te pongo nada, vete tú a saber, pero en el mismo origen hablan de un guisante así comprimido, como una pipa saladita, lo entiendes, y bunnnn, y ahora por esa casualidad yo me expando por la calle. Mira. No dejo de pensar en ti desde el otro día. Te lo juro. Quizás eres un corte sublibidinal en mi mente, pero no dejo de pensar en ti desde el otro día. He visto tus fotos y qué delgadita eres, no sé cómo sería el besarte, y cerrar los ojos. Es desastroso para mí enamorarme de ti. Porque tendría que volver a decir cosas de esas, te quiero te quiero te quiero. Y me resulta muy difícil por lo cansado que estoy.

(Oyes, quizás vaya a morirme).

Cuando voy caminando suelo hacer ejercicios mentales de esos, son muy saludables: en este instante en ese sitio está pasando esto; en este instante un hombre de tal sitio está haciendo esto; en este instante un asteroide de hielo sucio suelta leche bondadosa al lado del sol; en este instante en este instante en este instante. Mete en ese juego a seres queridos, si quieres. Llegas a estremecerte, porque piensas que en ese preciso instante tienen mucho dolor por algo repentino (y el dolor es dolor).

Yo en mi vida civil llevo censos. A las once de la mañana estoy en los soportales de la Plaza Mayor como un clavo, en la cafetería Timoteo, al lado de la entrada principal del ayuntamiento, donde está el municipal. Podemos quedar allí. No sé si está bien lo que vamos hacer, soy muy enamoradizo, mucho mucho mucho. No me has dicho si fumas. Lo digo por vernos fuera. El mar está al lado, es muy ventilado. Te conoceré a la primera, no hace falta que te pongas un pañuelo de los San Fermines.

Me da que me voy a enamorar de ti. No sé si decirte lo que vi en el baño. Así de primeras, sin conocerte bien es muy fuerte, dirás que soy un guarro, lo soy, pero te miraré a los ojos, es lo primero que haré, fijo que tus ojos dicen cosas y no te has enterado. Me has dicho que eres muy delgadita. Que bien. Eres una media ración de amor. Y sabes, comerte será un abrir y cerrar de ojos, de hecho, creo que ya te he fagocitado la última noche después de haberme enamorado de tí.

Qué casualidad, hay un millón de chinos jodiéndose a la vez. Y yo te quiero.

domingo, 16 de enero de 2011

TARDE DE DOMINGO.


Recuerdo que una vez estiré un brazo y no encontré el fondo,
había gaviotas bajo la ventana, recuerdo,
y una persiana daba vueltas como un pergamino, y,
me dije a mi mismo, tú cuerpo se niega a obedecerte, prepárate,
llama a los ángeles del infierno, olvídate de flores rojas, despídete de olores, besos, y dile al sol que nunca te espere.

Empezaba a temblar.

Después llegó Febrero, ya sabes, me puse un máscara veneciana y llamé al dios Onan leyendo un título figurado que se llama muerte de las sensaciones, recuerdo, que leía con las piernas cruzadas y el libro en mi otra mano, que no vibraba.

Perdido estaba sobre puentes lúgubres, mohos malolientes, piedras gastadas.
Yo cerraba los ojos y vagaba porque nunca estuve allí, no lo recuerdo, no vi esa amanerada perfección de los edificios, las grotescas cúpulas, no oí las campanas en la noche, ni vi figuras vestidas de negro, sólo leía Muerte en Venecia.

Es difícil olvidarse que abarcaste cosas, y fuiste prensil desde que te has desencorvado, genialmente, mirando al cielo de un atardecer en que la luz no entraba entre árboles grandiosos de innumerables clases y especies. Pero eso no lo recuerdo bien, lo digo así, pero no lo recuerdo bien.
Tengo un pañuelo entre mis manos quizás fue del color de las paredes, me sabe a salmuera y aprecio los rastros de mi boca, limos de animal que balbucea, inapreciablemente has vuelto a ser niño, en los gestos, en el caminar encorvado, en esa forma inestable en que colocas los pies en tú camino, y das una vuelta a la cama, cogiéndote a su ecuador, y en el lado corto los vendavales te azotan porque has llegado al estrecho de Magallanes, allí, donde la almohada hace un surco abovedado de olas gigantes, arboladas.

Estoy muerto de miedo, me cago, mi brazo estirado no alcanza nada y sé que he llegado a ese sitio donde había un mango de madera, algo circular, usual y de manejo simple.

Felices tiempos de aburrimiento en los que contaba cosas, hacía multiplicaciones, mensuraba, me levantaba para avanzar por la calle y me azotaban el aire y las preocupaciones.
¿Me vas amar así?

En una grandiosa llanura descubría amores y tú fuiste el amor. ¿Me vas amar así?

En el almacén de ancianos hay grandes curvas, a derecha e izquierda. Transitadas por bolsos marrones y damas lúgubres, caballeros de domingo, y por un lado, aparcados un sin fin de cochecitos. Mi brazo se ha levantado y no encuentra el fondo, mi nariz otea y no huele ni la más triste sopa, y presiento que me marcho del mismo mundo de los vivos.
Por favor, ¿me vas amar así?

Si aún me amas huele por mí, descríbemelo.
Ama por mí, y dime como es un beso, he de reconóceme de nuevo.
Coge una mano y coméntame lo que es la piel, y el calor.
Y si me miras, dime que se me mueven los ojos.
Y qué te inspira oliendo los colores, en esa aventura que es vivir, sentir, amar, llorar.
Y si aún de verdad me amas, quédate conmigo, no me dejes sólo en esta tarde de domingo.

sábado, 15 de enero de 2011

OS DEJO.


Mi gato se pone en esa postura de hucha de cerámica y no deja de mirarme. Hablo con él. Hay una ventana y veo la claridad de sol sobre un edificio de enfrente. Al levantarme no sabía realmente qué decir, ni qué hacer. Hoy es sábado por la mañana.

Adivina en que hemos hipermejorado.

Los jamoncitos de pollo están a tres con noventa, el filete de añojo a siete con noventa (todo el kilo, digo); el gambón especial a ocho con setenta y cinco; la naranja daisy a cero coma sesenta y siete; la manzana golden a uno coma noventa y cinco. También: jamón cocido, sobrasada cular, queso montelarreina, mozzarella rallada, café molido, dos de pan bimbo, y fitness de cereales (ocho), para los niños. Para Paco catorce latas de conserva de ventrisca, dieciocho de mejillones en escabeche, le encantan; veintisiete de filetes de anchoa, ochenta y cuatro de bonito del norte, catorce pack dúo de caldo de pollo; noventa y ocho latas de sardinas cuca; ciento ochenta latas de callos con garbanzos; y sesenta y ocho de fabada el Litoral.

Hago el pedido.

Sabes, hoy no sé como tengo el coño: me pide.

Os dejo.

lunes, 10 de enero de 2011

ESCALERA.


Mi calle, no tiene pretensiones de barrio a lo Saint Paúl, ni encantos medievales, pero hay hombres que besan a la noche y esperan en las aceras con pantalones ajustados. Un día estuve acorralado en el portal por niños que bebían alcohol, y luego te miraban con los ojos turbios como toros en su envestida. Nada más que eso. Sin enfadarme. Al entrar las piernas de una chica derramaban sobre la penumbra su claridad de piel blanca como si las bañara la luna.
Y había besos tan largos y perezosos que sonaban sorbiendo corazones e intestinos; manos muy largas que se agarraban a los cuellos, asustadas, como si fueran a caer sobre un precipicio repleto de algas malolientes en las cloacas marinas.
Yo a esas horas de la noche venía del rompeolas, de pensar presagios, y extrañas reflexiones de la vejez que sólo el infinito te contesta. Nada había en mi vuelta a raras horas de la noche, no era un buscón ni esperaba sobre los bancos, con mi camisa blanca y el pecho entreabierto hasta el corazón, me sentaba por cansancio; por vanos y poéticos pensamientos.
Los jóvenes se hablaban a escondidas dando voces, sentados como tordillos en el resalte de la puerta, y al dejarme paso, parecía caminar entre cadáveres. Y estaba dentro. No daba la luz por cobardía. Sentía jadear. Veía manos abiertas entre flores artificiales recubiertas de plata, y vestidos blancos de alfombra sobre la escalera.

domingo, 9 de enero de 2011

LOS OJOS DE UNA MUCHACHA.


Hoy es un poema de Enero, no hay para más.

He persistido para ver las nubes que he remendado después de una noche compulsiva.

Y ha sido despiadado el cielo, sólo hay rastros de aviones,

estelas blancas. Lo otro es una casualidad azul, por donde voy.

Y luego hay una orquesta en el paraninfo del parque, que es un paraguas.

Y de allí el sonido se confunde con un guirigay de gorriones, puestos para la escena de la despedida.

Sobre una acera un coche fúnebre espera, paciente, recubierto de coronas.

Dejadme reposar un poco, que esos valses que suenan, acunen una muerte beatífica.

(Antes de que la ceremonia fuera un rito notarial, ya había una parcela para mí en el infierno).

Decirle al coche que espere, a que aún venga del mar.

Quiero ver por última vez los ojos de una muchacha.