viernes, 2 de marzo de 2012

PENDIENTE DE PRADO.



Elucubraba en una posición tremendamente inestable. Mientras la inmensidad se había puesto de un tono gris donde antes había plena luz. El tiempo había pasado, había pensado (circunstancialmente los pensamientos llevan tiempo, pero cuánto). En aquella posición me dije, es cuestión de un impulso. Hay ciertas leyes de la física creadas por el hombre que explican lo que, acaso, no ha creado el Sumo Hacedor: la gravedad en el sentido de atracción hacía abajo y hacía los lados (hacía abajo le dicen peso). Como yo estaba sobre un plano inclinado había una línea de fuerza hacía los matorrales varias decenas de metros hacía la profundidad del todo, el todo era un límite en donde terminaba aquel abismo inmediato.
–Alguien puede pensar en el infierno, pero no era el infierno, al otro lado había ocho vacas pintas-.
Fue cuestión de una reflexión, me impuse aquella reflexión, déjate ir de forma secuencial, una vuelta a otra vuelta y así a otra vuelta que lleva a otra. Me encontraba feliz por dejar de pensar si en realidad había dado placer a algo, exceptuando insectos y peces, así que fue lo más fácil que os podéis imaginar. Di la primera vuelta y el resto vino rodado. Al principio fui lentamente, veía girar ahora las colinas, ahora el cielo, al principio muy ordenado, colinas, cielo, colinas, cielo…, pero llevaría como unas veinte vueltas cuando todo se difuminó, no sabia dónde estaban las colinas y dónde estaba el cielo, era como una vorágine y tuve que cerrar mis ojos hasta que sentí un estruendo, con cierto dolor sobre mi cuerpo, pinchacitos en mis muslos. Permanecí unos instantes, ciertamente confundido, como si no supiera dónde estaba, una desorientación desproporcionada, pues calculado a groso modo habría dado unas doscientas ochenta y seis vueltas y media. Después de unos instantes, ya más sereno, abrí de nuevo mis ojos, y aunque yo estaba previsiblemente quieto, todo giraba en mi entorno, las colinas, la inmensidad gris, todo giraba ahora circumpolarmente; mientras sentía unas enormes ganas de vomitar todo lo que había estado pensando sin ningún sentido estructurado.
Qué me importará a mi mismo si alguna vez he dado placer a algo o a alguien, digamos, placer a algo con dos patas, placer a algo con cuatro patas, descontados: insectos, reptiles, y peces.
Lo que medito ahora es sobre este nuevo estado existencial, sobre esta sublime experiencia extracorpórea, y la forma de salirme de este laberinto de zarzales.


3 comentarios:

delia díaz dijo...

hay que tener muchos cojones o tal vez prisa o ambas, que no son excluyentes, para dejarse rodar por una ladera, aproximadamente, doscientas ochenta y seis vueltas y media, cuando lo práctico sería bajar andando
es casi como dejarse rodar por la vida; abajo de la pendiente uno puede encontrarse zarzales, es lo más fácil, nunca vi colchones colocados para la ocasión, pero también puede encontrar el final envuelto en el mullido prado lleno de amapolas rojas
cuando uno trata de dar placer a alguien puede que se parezca a eso

me estoy aficionando a desperezarme con tus lecturas

abrázote

Anónimo dijo...

Se nota que eres un aldeano de Gijón.
Patético. Una de vacas.
Mírame de una puta vez.
... ... ..
¿?

BRUXINA dijo...

yo me estoy aficionando a tus entradas, las hay muy buenas...
y también a las bobadas que escriben otros especímenes incapaces de abandonar el anonimato e insultarte a la puta cara.
Un abrazo Sr. Kenit