lunes, 17 de mayo de 2010

TÚMULO MILIMÉTRICO


Tengo una terracita, que no es gran cosa, anexa a la habitación donde dormíamos mi esposa y yo; son seis metros cuadrados a lo sumo, con una hilera de maceteros de geranio colgados sobre una barandilla que da al tejado, cuatro rosales plantados sobre latas vacías de aceite, un pino rojo diminuto sobre tiesto de barro, una camelia de casi un metro, preciosa, y varias clavelinas ya marchitadas. Lo bueno de mi terracita es que da a la salida del sol; y esto me ha intrigado desde hace diez años que llevo viviendo aquí. En las diferentes mañanas, despejadas de nubes, en las que me quedo en la cama absorto mirando al techo, he observado como se va desplazando la luz del sol en su nacimiento desde mayo hasta finales de junio, los dos meses más extraordinarios; el resto del año es una penumbra con luz mortecina y desigual, que se pasea despacio por la pared lateral: primero sobre un anaquel con dos enciclopedias, y luego sobre nuestro cuadro de boda; donde aparecemos mi esposa y yo aquel día tan celebrado. Pero a decir verdad, el fenómeno más preciso es el veintiuno de junio, la luz forma una extraña prolongación circular que, exactamente, a las seis de la mañana, se interpone entre nuestras cabezas, dejando un alo extraño que parece separarlas sobre el cuadro. Pues bien, el año pasado he recogido las coordenadas exactas, referenciadas desde este punto respecto al suelo, y en el otro eje a la marcación de la puerta; estas coordenadas las he calculado con perspectiva focal al punto intermedio de la terraza (Esta situación de cálculo me ha obligado a volver a recordar trigonometría espacial en mi enciclopedia escolar). Una vez que las proyecciones caballeras estuvieron claras, he construido, en el punto medio de la terraza, con ladrillo de cara vista esmaltada en marrón y de forma curva, un túmulo cilíndrico, de mil doscientos sesenta y ocho milímetros de altura. Al mismo he anclado una pequeña estructura metálica regulable en sentido cardinal; esta regulación exacta me permite orientar con una tolerancia de desplazamiento en ambos sentidos de cincuenta y ocho milímetros, las cuatro posiciones en las cuales a esa hora justa y determinada, el sol, en su salida, focalizará sus rayos por un tubo circular de dieciocho milímetros de diámetro, en cuyo interior hay un cristal prismático de tres lados de incidencia, suavemente pulimentado.
Pues bien, hoy es veintiuno de junio – mi suerte me ha permitido un día completamente despejado- , son las cinco de la mañana y cincuenta y cinco minutos. No he tenido que despertar a mi mujer, porque me ha abandonado hace dos meses -un mes después de construir el túmulo-. En mis manos tengo una pequeña llave inglesa; y sobre el horizonte comienzo a ver la franja roja y curvada del sol. Lo observo nítido con mis gafas inactínicas, y ahora mismo estoy orientando el prisma hacia su radio medio (las guiaderas se deslizan con suavidad mecánica: exacta, milimétrica), quedando orientado en el mismo centro del sol. Me he girado para ver la pared, y es extraordinario, en la parte superior del cuadro, entre nuestras dos cabezas, hay un punto de unos treinta milímetros con todas las tonalidades iridiscentes que mis ojos puedan identificar.
¡Qué pena que no esté mi mujer para verlo!
Las generaciones futuras, no sabrán si es una casualidad que el sol se proyecte de esa forma, tan exacta, a través del túmulo; o si este ha sido construido como un monumento de adoración totémica, en donde se realizaban extraños sacrificios de convivencia; o como una escultura surrealista; o simplemente será tomado, por los menos imaginativos, como un estrambótico macetero decorativo.

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