martes, 8 de junio de 2010

JUEGO DE NIÑOS


Andábamos a eso de las seis de la tarde jugando por el Sendero de la Vega. Este sendero era muy antiguo, y bajaba paralelo a unos amplios cortafuegos que llegaban hasta Villa Vélez, cortando un tupido bosque de eucaliptos. En el medio estaban aquellas columnas de alta tensión, con las catenarias de cable en amplios arcos que brillaban con el sol. Eliseo y yo siempre jugábamos por aquel sendero bajando el terraplén, arrastrándonos en sacos de plástico en donde había hierba; o en una carreta de ruedas de madera con la parte de atrás frenando por donde el suelo estaba pelado.
Aquel día Eliseo se quedó ensimismado mirando para las barras de acero galvanizadas que se levantaban como monstruos a unos metros de distancia. Luego comenzó a caminar hasta la base de la más cercana; yo quise seguirle pero algo, no sé el qué, me hizo quedar parado, mirándole. No le grité porque no suponía nada (cuando tienes ocho años no hay nada peligroso), eran simples barras de hierro entrelazadas que se debían de gatear muy bien. Cuando llegó a la base de hormigón en donde partía el primer angular de la estructura se quedó parado, pensativo, y a continuación comenzó a subir la columna por el borde con una agilidad asombrosa.
Fue a un poco más de la mitad de su ascensión, cuando salió de unos de los aisladores del cable inferior, aquel fogonazo que me cegó momentáneamente ,dejándome aturdido unos segundos.
Eliseo había desaparecido de mi vista.
Salí corriendo sendero abajo; asombrosamente mantuve el equilibrio sin caerme. Cuando pasé las primeras casas del pueblo iba gritando desesperadamente.

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