domingo, 27 de junio de 2010

NOCHE


Me pone cuando en la noche todo está tan en silencio, y tú imaginación te dice que tengo miedo y entonces te aceras a mi y me coges por la espalda. Cuando estás así agarrada tú bien sabes que me quitas sensaciones angustiosas; sabes que tus brazos me sujetan en ese vuelo rasante que bordea el precipicio sobre las claridades del averno. Cuando siento tu blanda figura sobre mis vértebras y adivino tu respirar sobre mi nuca, las arrugas de tu frente, tu pelo espeso, tu olor de siempre, sabes que el caballo de la muerte se detiene, y ya no tengo miedo a que me toque su leve silueta.
Me pone tú cabeza caída, tus manos elásticamente flojas sobre la extraña dimensión de mi espalda a eso de las cuatro de la mañana, mientras la calle se queda sola, hablando con aullidos, y lo que me iba a devorar ya no me devora, y se queda fuera, y lo veo con los ojos abiertos observándome tras la ventana con su capa oscura y su velo invisible, con infinitos mensajes de dolor sobre los huesos de sus manos.
Me pone cuando tú cara se pega a mí, y te me aprietas.

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