viernes, 11 de junio de 2010

SUPERSTICIONES


Muchas veces tienes presentimientos que se cumplen, y otros quedan vagamente olvidados, pudiendo retornar en cualquier momento. No sé si intuir y presentir es lo mismo. Quizás intuir es esperar que algo ocurra porque existen rasgos físicos observables, que nos hacen sospechar que algo puede suceder. Presentir puede tener más apreciaciones de dimensiones diferentes, en donde la superstición tiene una carga muy importante. La superstición a su vez se encadena a ceremonias subjetivas; actos obsesivos que ocurren porque ha nacido algo supersticioso en nosotros; algo alegórico, como el pez que se muerde la cola: hago la ceremonia obsesiva para que un hecho supersticioso no pueda ocurrir; y al contrario, me ha ocurrido un suceso extraño, inusual, desagradable, porque la ceremonia obsesiva no ha sido realizada. Esto que explico, un tanto “farragosamente”, lo hago porque yo ando de estas guisas. Abran una llave grande a la palabra neurosis, y allí encontrarán numerosos síntomas que me van como anillo al dedo. Quiero decir que estoy lleno de costumbres obsesivas. Mi última costumbre obsesiva es muy extraña, cuando la pienso en estado “autovigilado”, me entra el sonrojo. Cuando encuentro a un amigo, a un compañero, a un familiar lejano, o cualquier encuentro informal (por presentación educada), tengo la costumbre, desde hace unos tres meses, de mirarlo fijamente a los ojos, debo encontrar algo en aquellos ojos que soporto, hierático, sin parpadear. En estas circunstancias, como comprenderéis, el otro, como objeto observado, sin delicadeza alguna hacía él, se siente incómodo; pero yo no puedo explicarle que fuerza extraña me lleva a mirarlo, tan fijo, dejándolo desprotegido, agraviado, o a punto de soltarme un improperio o insulto. Pero ahí no acaba. Cuando se marchan, de mi lado, debo tocarlos, es un impulso extraño, debo devolverles la mala energía que me han echado con su mirada. Y para eso tengo que arreglármelas de forma, que mi toque, sea imprevisto, disimulado, un simple roce que haga conductor mi cuerpo sobre su cuerpo, que derrame todo aquel magnetismo (o energía), que me haya podido echar. El problema se agrava si el otro me da la mano, ese es un gesto insoportable, trato de disimular lo mejor que puedo -por supuesto que me lavaré la mano, lo antes posible, cuando el se vaya-. Si se diese la hipotética paradoja, de que “el tocado”, supiese mi manía, o tuviese la misma “noia”, y me volviese a tocar, yo lo tocaría otra vez. Así podríamos estar hasta el juicio final, tocándonos y tocándonos, sin importarnos las consecuencias de agotamiento, o la algarabía ajena.

1 comentario:

EDUARDO YAGÜE dijo...

Entiendo bien, y da angustia.