jueves, 12 de agosto de 2010

ACEITUNAS.


Aún tenía la mano de su padre en su mano. El calor de una mano puede ser como sentir todos los fuegos cerca. Aún se acordaba del carro lleno de hierba muerta con flores que se caían por los lados, y los dos bueyes con aquel paso tan lento que parecía que nunca llegarían a ningún lado. Y aún sentía como la mañana estaba con muchas briznas de aire, que era casi como si los pájaros se asfixiaran, con todo el mayo lleno de colores, y los humos subiendo sobre las casas, así como si estuvieran atadas al cielo y les viese las puertas desde abajo entre un azul que era largo, más claro que el azul que habían puesto allí arriba por pura casualidad. El carro de su padre era un transporte especial de savia verde y flores casi muertas, y la bañera que ahora llevaba por la nacional seis era un trailer que tiraba por treinta y cinco toneladas de botes de aceitunas rellenas de pimiento y anchoas, que calculadas así, eran millones de aceitunas, algo casi insignificante, si no fuera porque el trailer había hecho la tijera de una forma inusual, y por el suelo de la nacional seis, había botes y botes rebotados, algunos abiertos soltando vapores de salitre, y porque las ruedas del trailer seguían girando patas arriba, y sobre el volante, una mano invisible de niño jugaba a que llevaba un camión muy largo bufando buu buu buu con su boca, entre dos marcas de tiza que iban al infinito.

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