jueves, 26 de agosto de 2010

SERÁS DE OTRA.


Antes de que Eiffel empezase a colocar remaches, Ella ya llevaba aquella coraza de hierro, al solape, sobre su corazón. Me hizo tanto daño porque soy muy romántico y enamoradizo.
Muchas veces buscaba azucenas por las rendijas de los edificios oficiales para llevárselas a su oficina… Era altiva. Su papelera, un vergel de flores regaladas. Su oficina olía a cosmética antiarrugas y a pétalos marchitos.
La máquina de las fotocopias funcionaba como si imprimiese billetes de quinientos, a turno continuado, yo pasaba con fajos enteros, una y otra vez, por si la rendija de su puerta me dejaba ver sus piernas.
En el organigrama soy un puto corre ve y dile (todo junto). La nada, cósmicamente hablando.
Le mandé el primer anónimo por Pentecostés. Te quiero. Secamente. Quiero decir rotundo, pudiera haberlo escrito un coronel de infantería. No fue un mensaje tipo avioncinto Concord, iba claramente en el porta firmas. Yo reparto los garabatos de un lado al otro y se lo puse en un folio reciclado escrito en rojo. Claramente. Así: Te quiero. Cuando me dejó el porta firmas en el cajetín el papel ya no estaba. Lo vi por la tarde, arrugado como un corazón herido al lado de su papelera llena de colores. (Hubo juego sucio en aquel tiro debajo del aro).
Un día me llamó: Mira, no sé quién mete las notitas. Pero al que sea, mandaré que le corten los cojones, y se los cortarán; ya me entiendes. Sé que sospechaba, y que hablaba al aire para que yo lo escuchara como que pasaba por allí, no para que lo trasmitiera a las generaciones futuras, no, para que yo lo oyera ¡Claro que sospechaba! Yo le miré los ojos. Eran como el faro de la Torre de Hércules; y sus tetas, así sostenidas una arroba cada una, ubres de cabañesa, pero muy rectas, casi se tenían solas. Yo no sé que tengo con las tetas grandes. A mi madre le molestaban.
Pues nada.
No sé cuantas veces pasaría hacía la fotocopiadora, calculo, hacía allá, hacía acá, veinte veces en ocho horas por dos son cuarenta veces en ocho horas, por ocho meses que llevo enamorado, la bonita cifra de nueve mil seiscientas veces delante de la rendija de su puerta (no desconté festivos, los sábados y domingos por la mañana, pasaba ficticiamente, ensoñándola en la cama).
Pero siempre hay un día.
Es pura estadística.
Fue por la Natividad de Nuestra señora.
Para darle cierto romanticismo al artículo quiero decir que era una tarde fría, por las ventanas se veía un gris mortecino y los cristales lloraban. Pudo haber sobrado esto. No importa. Todo parecía abandonado y solitario, a pesar de que por un error de cálculo y olvido había retornado yo a mi pupitre (como en las películas).
Allí estaba la rendija indiscreta, manías de una puerta que no cierra bien. O confianzas de la soledad del momento. No había mucha luz, sólo una penumbra salía de aquella raya que caía vertical por la pared. Los susurros eran como un nido de golondrinas a las seis de la mañana. Algunas veces los besos suenan así, o como si comieras natillas. Al pasar por la rendija de la puerta no vi sus dos piernas, había cuatro. Las cuatro hermosas y torneadas.
Hay, mi amor, fue una tarde indiscreta, y luego llena de vacío.
Ahora te sigo queriendo, pero de otra forma.
Me has quitado un peso de encima. Serás de otra.

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