lunes, 9 de agosto de 2010

VAPORES DE TRI.


Wenceslao el encargado nos daba aquellos vaporizadores llenos de tricloroetileno, para quitar las manchas de las sábanas. Las más difíciles de quitar eran las de semen que venían de los hoteles, y otros indescriptibles flujos, (la sangre, no sé por que motivo, se iba rápido). Después de centrifugar aquella montaña de sábanas nos las tiraban encima del tablado de pino, y las repasábamos una por una buscando manchas hasta en los zurcidos de los bordes. En aquel bajo sólo había dos raquíticas ventanas que daban a un oscuro y profundo patio de luces, por donde en las mañanas entraba un poco de claridad, y algo de aire fresco el resto del día. Les dábamos a los vaporizadores una y otra vez, y el tricloroetileno salía fino y pulverizado. Como no usábamos mascarillas a las dos horas ya teníamos un coloque bestial, como si estuviéramos idos. En el borde contrario de la gran tarima estaban Elena y Magín, y a mi lado Rosa. Nos ayudábamos los cuatro para estirarlas a todo lo largo, si detectábamos una mancha, le dábamos varios toques, y así recibíamos el pulverizado a viceversa: ellos a nosotros y nosotros a ellos, a cada lado de la gran mesa de tablillas.
Hasta que no se modernizó la tintorería, trabajamos así, muy artesanal todo. Elena y Magín murieron de leucemia hace unos cuatro años, con muy poco tiempo entre los dos. A Rosa la echaron hace un año, cuando trajeron la gran lavadora que parece una ruleta, y lo lava y lo quita todo. Yo sigo aquí, muy arrugado. Ahora no usamos Tricloroetileno, pero este raquítico bajo sigue igual, aunque han quitado la gran mesa en donde exponíamos las sábanas a la luz, para detectar manchas y quitarlas.
Algunas veces, si me ensueño, aún veo a Elena a Magín y a Rosa, medio sonados, con aquellas risas fuera de tono, sudando por el vapor, gritando poseídos obscenidad tras obscenidad, medio drogados por aquellos vapores de TRI.

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