jueves, 16 de septiembre de 2010

LA RADIOACTIVIDAD NO SE VE.


Si te asomas a la ventana y ves un mercedes negro, impecable, aparcado delante del portal con dos hombres vestidos de negro esperando apoyados en el capot, es que están interrogando al íntimo de Prada que vive en el primero C, no hay ninguna duda. No estamos hablando de cualquier hora, son las tres de la mañana y la calle está llena de puntos de luz rodeados de mosquitos y mariposas (podría ladrar algún perro, no lo recuerdo).

Abdel Alim de Agadem al suroeste del Niger entro en la sidrería el Mandilón – un sábado, en pleno partido de futbol- con cien gramos de uranio doscientos treinta y cinco prensado en forma de semiesfera envuelto en papel albal, metido en el bolsillo, rozándole cuando caminaba en la zona del pectíneo, al ladito de los testículos. Para aquel inmediato instante billones de electrones, neutrones, y rallos gamma -medio locos-, pululaban en el ambiente. Colgado sobre su espalda llevaba un desplegables enrollado lleno de relojes de alta gama: Rolex, Sandoz, Seikos, Patek, todos chinos, de pega, y alguna bisuteria de puño y cuello. Se estuvo paseando por la sidrería de un lado a otro, abriéndole la tienda a Mino, rozándole el prensado radioactivo al lado de la próstata (casi dos minutos de exposición), luego Amelia, embarazada de cuatro meses, se estuvo probando una pulsera de perlas de plástico imitación durante unos dos minutos (expuesta). Paso el corrillo de Nando donde estaba escanciando sidra el Perlorita en cuarta ronda, y se descojonaron largamente del negro, a Parrado le tuvo el prensado a dos centímetros de su vejiga natatoria durante más de cinco minutos (ya le escocia raramente y parecía flotar). Cuando llegó a Prada el negro se caló, y no le dijo nada, salió como de estampida.
Fosforescencias verdosas de aparición mariana habría en el Mandilón si apagaran la luz. Los cortinones blancos del comedor serían síndones con un perfil de sidrero barrigón si fueran revelados.

Rosalía, la mujer de Prada, pegó un cambio a peor. De llevar minifaldas enseñando casi la mandanga pasó a faldones de color negro estilo chador disimulado en la cabeza con un tocado de shayla de popelín imitando a seda, envuelto a medio pelo de colores morados según el código hiyab. Ahora es como una forastera, casi no sale, se puso plena de caderas de comer baklavas, (tremendamente dulces por el almíbar y la miel que llevan).

Unos días después Abdel Alim entró en el Mandilón con un built de fondo estampado y lleno de colorines, llevando doscientos gramos de uranio doscientos treinta y cinco escondidos en su fondo, prensado en otra semiesfera en forma de cuenco alfarero, por la parte de arriba un puñado de pulseras holográficas disimulaban su contenido.
Aquel día estaban Mateo, Tolentino, Damian y Santos, dándole al tute perronero. Se arrimó a la mesa y mientras les enseñaba un Seiko de pega tipo cronómetro, a Tolentino le quedaba el built rozándole la parte vertebral torácica, lo que le hizo absorber una dosis equivalente a ochocientos milisieverts en cuatro minutos, infinitamente más que en cien vidas juntas espatarrado sin protección en las playas de Benidorm al lado de la parienta.


Prada se puso a filtrar aquella solución concentrada de acido úrico con un filtro de la máquina del café para eliminar las impurezas. Muy despacio le añadió un pocillo de ácido nítrico agitándolo con mucho mimo y dejó reposar la mezcla durante una hora. Volvió a filtrarlo todo unas tres veces más hasta que logró que los cristales de nitrato de urea se quedaran en el filtro, lavándolos con agua destilada. Durante varios días repitió esta operación sobre la mesa de la cocina, mientras Rosalía planchaba pacientemente, o leía sarias en el hadiz.
Lo dejaba secar veinticuatro horas y al día siguiente bajaba aquella pequeña cantidad de explosivo a los trasteros, y lo almacenaba en una fiambrera para tortillas al lado del resto de los componentes ya medio ensamblados en prueba.

De la cantidad de viajes que dio Abdel ya lo conocían como el negro del Mandilón, el puto moro. En algún corro le ofrecían sidra. Su cara parecía salpicada de brillante purpurina, y sus cabellos eran como un tupido ondulado de corderillo, del color del betún. Desenrollaba la tienda sobre una mesa, o la dejaba caer sobre la cintura apareciendo aquel muestrario de relojes de alta gama. Pura chatarra.
Siempre traía aquel built diferente que abría para ofrecer las pulseras de hologramas, el recorrido era entre burlas y palmadas, acabando en el mismo lugar, levantando las manos en un gesto de venta figurada delante del íntimo Prada.
El último envío había sido una caja de forma cúbica metido en un neceser de señora.

Al trastero de Prada se bajaba por una escalera de caracol, que daba a dos pasillos opuestos con puertas grises a ambos lados como si fueran celdas de castigo. Lo tenía muy ordenado, con estanterías metálicas en dos lados de la pared, tableros de herramienta, y un banco de trabajo limpio, bien distribuido, como el de un relojero.
Prada pasaba horas y horas allí metido, por la parte inferior de la puerta arrastraba una pequeña goma fuelle adosada para que no pasase la luz, y cuando alguien de los pisos abría la puerta contra incendios de acceso se quedaba paralizado y en silencio, como si sólo existiese la nada.

Y así fue como todo fue cuadrando, no es difícil cuadrar lo que ya había cuadrado en otro sitio, no era más que un mecano, mucho más fácil que armar un mueble de Ikea. Primero fue la caja cuadrada de composite de fibra de carbono; sobre cuatro perfiles de acero inoxidable deslizó el casquete esférico, introduciéndolo en el fondo del soporte guiadera, a ochenta milímetros exactamente de la carga receptora. Luego el vástago con la carga explosiva en el extremo, el detonador y el circuito integrado temporizador, cerrando herméticamente la caja cúbica, atornillándola con cuatro pasadores tipo allén a contratuerca y arandela grover.

Si te asomas a la ventana y miras a la calle en vez de al cielo, ves un mercedes negro impecable y dos hombres vestidos de negro esperando, y a otros dos hombres de negro que sacan del portal, agarrado por los brazos, al místico Prada, y te pones en lo peor. Y yo lo estaba viendo. Si estás asomado a la ventana nunca llegas a calcular el tiempo que tarda una explosión nuclear en llegar desde un trastero del sótano hasta la ventana de un cuarto. El efecto de lo que llaman vaporización es instantáneo, digo instantáneo por no decir nada de nada. Pero existe un mínimo momento de nada (una mínima nada), siempre hay una billonésima parte de segundo en que aprecias un resplandor como si hubiese emergido una estrella y todo hubiese acabado al fin; como si hubiéramos nacido en otro lugar (en el extremo de la espiral más larga de la vía Láctea).

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Para otra vez informate,que la sidreria existe!!

KENIT dijo...

Lo sé, en la Calzada.

BRUXINA dijo...

jejeje... muy bueno el post... ;)

Anónimo dijo...

Bueno esa historia no es peor que la realidad en la que en el mandilon yo no como ni bebo por razones de higiene ya que a veces en el plato y en los pinchos te ponen animalillos de mas.