martes, 21 de septiembre de 2010

NO ESTABA PARA VACILÓN.


Yo en aquellos instantes no estaba allí. Bueno, si estaba pero muy concentrado.En estos casos entras revolucionado y no te das cuenta de los cuadros del pasillo, te tiras a ella sin dar los buenos días, la cita estaba en esa hora y para qué andarse con rodeos. Los días eran buenos y soleados. Ni un “cafelito”. Siempre es lo mismo, te sumerges en su cuello tomando una bocanada de aire, subes a la superficie, vuelves a respirar y te vuelves a sumergir. Tienes la misma costumbre de un camaleón enfurecido. Mueves tus ojos a diferentes lados, y parece que te encuentras insectos en todas las partes de su piel.

Fue la primera vez que me cité con Betiana y la última (sí, la ultimísima). Me acuerdo que aquella mañana de domingo hacía mucho calor, con unos cúmulos tan altos en el cielo que se presentía que alguno se derrumbaría de lo pesados que parecían, algo así como si una piñata para niños fuese a reventar cargada de granizos. Me abrió la puerta con una bata de baño de seda, y cuando la abracé era como si me deslizara por una extraña pendiente perfumada con un olor a hojas de menta. Luego fue lo del cuello y aquellas risitas, ella no soportaba los rebusquillos por el agujero que va hacía al tímpano.

Íbamos por el pasillo dando vueltas. No por el suelo. Por la pared. El vals del deseo, se dice así. La música era el sonido de la calle que se metía por todas las ventanas abiertas, frenazos pitidos, sonidos de voces apagadas. Goteábamos pero en la penumbra no se notaba. Y llegamos al lecho (oh, el lecho, la cama, el cubil). Casi nos ponemos en la alfombra pero desistimos por su dureza. Eran movimientos agresivos, bestias llenas de frenesí; se iba nuestra vida y había que consumar. Y allí se veía mi culo si mirabas desde la altura del armario, ridículamente estrechito y peludo, pero bien metido entre sus piernas, para aquella todo yo estaba en ella (el fin es el ñaca, ñaca y ñaca).

Ella hacía crucigramas en mi espalda con sus dedos. Eso me imaginaba. Corría fichas.

Cuando un pastor alemán gime, es como sentir quejarse a todos sus ancestros de la región de Turingia que está sobre los lomos de una pradera. Hay un poco de lobo en su hocico y algo de pastor persa con ese instinto de saltar sobre las ovejas para guiarlas.

Yo estaba sintiendo de lejos, y entre los muslos de Betiana, aquellos jadeos de fiera, sin saber que bruto animal rasgaba la puerta de las salita con sus uñas, sin saber que por una rara fortuna o por un instinto repetido, la manilla de la puerta cedió abriéndose lentamente.

Para los ojos de un perro, tú culo peludo y descuidado es una extraña sensación, algo se movía sobre su ama, era como un cepillo al revés. El chucho opto por la sensación del instinto, y quizás puso ese hocico ligeramente ladeado como en las historias de Rin Tin Tin . Cuando sentí olisquearme mis prominencias ya era tarde. Sobre mi cuello sentí una dentellada suave que no apretaba pero no soltaba y aquellos limos pegajosos sobre mi cuello.

A vista de armario, por orden de intervención, la cosa era así: Paquita receptiva, yo entornado a lo misionero, y encima de mi aquel chucho con su bulbo (os penis), dispuesto a participar en nuestra unión.

He visto dos veces a Betiana en la Plaza de Jerónimo Atáis. Iba con su perro. Ni que decir tiene que nos miramos a los ojos, (el totalmente enamorado).

Yo me fui en sentido contrario, no vaya a ser…No estaba para vacilón.

1 comentario:

Poma dijo...

A perro flaco todo son pulgas.
Buen relato.