sábado, 2 de octubre de 2010

RODABALLO.



Vuelves a decirme aquello de que nada es perfecto y te creeré. San Juan de la Cruz asceta, y Santa Teresa con su dedo y aquel placer que la asolaba, y el origen de todo, el dolor del hambre en el estómago de Muhammad Rumi. Vuelve a decirme que nada es perfecto y te encerraré con los tres para que te coman a bocados. Aún amándome no me consuelas. Si te dignas a acariciarme es como si mandaras tú mano por mensajería y mi pecho tuviese miles de millas por recorrer. Incluso con tus ojos posados sobre mis tetillas viendo las hondonadas de sebo de mi cuerpo, y mis pies juntos y desnudos a lo difunto. Si me atas, así, las manos con un escapulario, y me pones el misal de la primera comunión, podría morirme, ¿y si me vistieses de marinero?
Me dio aquel repente. Me entró la angustia, y salí corriendo escaleras abajo detrás de ti. Era como en los "sanfermines". Me llevé por delante a la mujer del protésico y dos docenas de huevos que llevaba en sus manos en postura de ofrecimiento ¡Diosón!, vaya tortilla. Nunca me paro en situaciones extremas, pero puedo presentirlas cuando minutos antes pienso en trascendente, y hoy me había dado por la perfección, por la mística y la ortodoxia sufista. Era todo un presentimiento, como cuando te pones pálido con el vértigo.
Salí a la calle y llevaba los pelos así, no sé cómo decirte, a lo Tintín, y me metí en la pescadería de Rosa para ver la boca de los peces muertos, como si quisieran más aire; pero era imposible. Cogí tú rodaballo elegido y le hice la respiración boca a boca. Por un instante en la pescadería de Rosa se hizo el silencio más absoluto, sólo roto por el pipi de un perro en la puerta (que esperaba). Todos juntos, sin contar los peces no eran más de cuatro y yo retorciéndome en el suelo (cinco).
No sabes lo que es la angustia de no poder respirar aunque en realidad todo lo tienes abierto, incluso muy dilatada la línea pectinea. Tu garganta regurgitaría una rata Cisjordana, y sin embargo no eres capaz de pasar algo tan diluido como el aire. El rodaballo y yo teníamos el mismo problema: uno muerto, y el otro a punto de morir.
Cuando me viene la angustia lo mejor es que me folles incluso en la pescadería, dices, perdonen, pero me lo tengo que follar aquí mismo, fallándolo es como se le pegaran dos hostias, resucita, es un ataquito de nada, ustedes perdonen por el espectáculo del pez.
Si me permiten, me bajo las bragas y me lo pongo debajo.
Pero no me follas.
He abierto el cielo y hay más cielo detrás del cielo. Ocurre que estuve viendo ayer una película asquerosamente claustrofóbica, en la que al final se abre una ventana y aparece un bosque sobre un valle inmenso y árboles con hojas de colores, un cielo azul y un aire extremadamente fresco. (Quizás me vino ese recuerdo)
No vuelvo al cine. Malditas historias que nunca ocurrieron.
Salgo a buscarte, si me faltas tú me falta el aire y corro despavorido a la pescadería de Rosa. Un ojo del rodaballo era como un plato del café, el otro estaba rojo de atardecer y aún llevaba dos niños corriendo por la playa. Lo salvé al quite del machete de la pescadera, casi todo en silencio, me observan, yo estaba en cuclillas sobre el suelo con mi boca abierta, para que me dejes darle aire al rodaballo que acabas de comprarte.
Se que no eres perfecta, lo sé; pero soportas mis locuras.
Ya parece pasarme el aire.

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